Un poquito de la visión y la historia del M-19

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El 17 de enero de 1974 el Movimiento 19 de Abril se lanzó al estrellato. Días antes había publicado anuncios publicitarios en periódicos de circulación nacional: «Contra parásitos y gusanos… espere: M-19», «Falta de energía… inactividad? Espere: M-19», «Decaimiento… falta de memoria? Espere: M-19», «Ya llega. M-19».

Se trató de una sólida campaña de expectativa que culminaría con la recuperación de la espada de Bolívar. De nuevo, el mensaje y el símbolo fueron lo fundamental:

«BOLÍVAR, TU ESPADA VUELVE A LA LUCHA
‘No envainaré jamás la espada mientras la libertad de mi pueblo no esté totalmente asegurada’
Discurso pronunciado el 2 de enero de 1814
Simón Bolívar
Y la libertad no esta asegurada [afirma el M-19]. No existe. De México a la Tierra del Fuego, el obrero, el campesino, el trabajador, el estudiante, la mujer del pueblo, el indio…
(...) Su espada (...). Pasa a nuestras manos, a las manos del pueblo en armas. Y apunta ahora contra los explotadores del pueblo. Contra los amos nacionales y extranjeros. Contra ellos, los que la encerraron en museos, enmoheciéndola. Los que deformaron la idea del Libertador. Los que nos llamarán subversivos, apátridas, aventureros, bandoleros. Y es que para ellos este reencuentro de Bolívar con su pueblo es un ultraje, un crimen. Y es que para ellos su espada libertadora en nuestras manos es un peligro…»

Decía un fragmento del breve manifiesto que dejaron en la Quinta de Bolivar, en Bogotá.

Y así, apartándose de las ortodoxias y rituales que acompañan tradicionalmente a la izquierda, el EME llevó la comunicación política y la fuerza de lo simbólico a un nivel nunca antes conocido en el país.

Tres años después las bases sociales del partido gritarían en las calles del país: «Rojas, Perón y Allende, Latinoamérica está que prende».

Pero esta organización se venía gestando desde antes, con exintegrantes de las Farc insatisfechos con el énfasis rural de esa guerrilla, y en el seno de un partido nacionalista de arraigo popular: la Alianza Nacional Popular (ANAPO), encabezado por el General Rojas Pinilla y su hija María Eugenia Rojas, en el que se hablaba de un socialismo a la colombiana y se exaltaba «lo nacional», que históricamente había sido apropiado por las fuerzas de derecha y extrema derecha. En el plano internacional, la ANAPO simpatizaba con el peronismo y con el movimiento de países no alineados, a diferencia de las izquierdas que seguían al pie de la letra lo dispuesto por la Unión Soviética, China, Albania o Cuba.

El nombre del movimiento, 19 de Abril, fue elegido con el propósito de recordar el día en el que el régimen del Frente Nacional —conformado por las élites de los partidos Liberal y Conservador— perpetró el fraude electoral de 1970, en el que se impuso al candidato conservador Misael Pastrana —padre de Andrés Pastrana— como ficha para impedir el posible gobierno de la ANAPO. Tres años después las bases sociales del partido gritarían en las calles del país: «Rojas, Perón y Allende, Latinoamérica está que prende».

“todo ciudadano debe armarse como pueda» [frente al delito organizado]. El M-19 contestó sarcásticamente «… y lo hicimos!!”.

Tras una relación conflictiva con este partido, el M-19 se alzó en vuelo propio y empezó a ganar más y más reconocimiento con acciones polémicas y osadas. Por ejemplo, a fines de 1978, en plena presidencia cuasi dictatorial de Julio Cesar Turbay, la organización inició la excavación de un túnel que comunicaba una casa con el Cantón Norte del ejército.

La incursión por el túnel culminó con la sustracción de más de 5700 armas, a las 0 horas del 1 de enero de 1979. Días atrás el ministro de defensa, el General Luis Carlos Camacho Leyva, había dicho públicamente: “todo ciudadano debe armarse como pueda» [frente al delito organizado]. El M-19 contestó sarcásticamente «… y lo hicimos!!”.

También se ganaron el cariño barrial con acciones como el asalto y reparto de leche transportada en camiones pertenecientes a grandes empresas, como medida inmediata para enfrentar el hambre. En medio de estos operativos insurgentes, en 1985, agentes de la policía asesinaron extrajudicialmente a un grupo de jóvenes del M-19 en el suroriente de Bogotá.

Uno de los episodios oscuros fue el de la toma del Palacio de Justicia, sobre el que reposa una lamentable tergiversación de los hechos nutrida por los relatos difundidos en narconovelas, con los que se legitima la violenta y sangrienta retoma del Palacio realizada por el ejército. Al respecto invito a leer el artículo: «1985: la toma del Palacio de Justicia en contexto» también publicado en Revista Hekatombe.

El M-19 se reclamó como una organización nacionalista e hizo de la democracia real y la paz con justicia social sus principales consignas. Siempre buscó tener un lenguaje claro y directo, a tono con la cultura popular. Como diría Álvaro Fayad, uno de sus comandantes:

«Entonces no nos interesaba aportar nuevas teorías revolucionarias, ni novedosísimas ideas. No. Lo que nos interesaba más era encontrar esa nueva manera de luchar, de organizarse (...) de hacer la revolución del pueblo, es decir, de hacerla como es la gente de Colombia, sencilla, luchadora, alegre, descomplicada, con sentido del humor, mamagallista, sin carretas pesadas, gente que se le mide a las cosas cuando ve posibilidades de victoria… Y así como es el pueblo de Colombia, así es el M-19».

Jaime Bateman, el comandante máximo, lo diría también aunque en otras palabras:

«Y la revolución se hace para el pueblo, por eso tenemos que nacionalizar la revolución, ponerla bajo los pies de Colombia, darle sabor a pachanga, hacerla con bambucos, vallenatos y cumbias, hacerla cantando el Himno Nacional».

Y si bien insistían en la sencillez, como se puede corroborar en sus entrevistas y comunicados, esta no suponía una falta de complejidad en los análisis de contexto y coyuntura que hacían.

Con errores y aciertos, marcaron la pauta sobre la importancia de comprender y fundirse con los símbolos y lenguajes de la cultura popular, y de asumir una actitud pedagógica de la política, para evitar caer en el espíritu de secta y «alta cultura» que tiende a configurarse en las expresiones de izquierda.

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