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Revista Hekatombe se autogestiona

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La autogestión es una forma colectiva de producir. Su objetivo no es la acumulación de riqueza y la explotación de otras personas, sino la construcción de las garantías de existencia básicas. Sus valores son el apoyo mutuo y la solidaridad antes que la competencia ciega y el egoísmo.

En Revista Hekatombe elegimos el camino de la autogestión para garantizar nuestro funcionamiento, y poder ser fieles a nuestros principios de ovejas negras. Cuando alguna de las personas que nos leen adquiere uno de los artículos que hacemos, está dando un respaldo directo a nuestra existencia como medio alternativo de comunicación.

En este momento contamos con hekaretablos, agenditas, tulas y cuadernos. Pillen para que se antojen, encuentran por cuánto sale cada cosa. Si les interesa algo pueden escribirnos un mensaje interno a nuestro Facebook, Twitter o Instagram. Siga sin compromiso.

Hekaretablos

Arrancamos vendiendo los HekaRetablos, son grandecitos, resistentes y bien bonitos. Tienen base de madera, miden 35 x 50 cm y valen $38.000 pesos sin incluir el costo de envío.

Estos son: 

Esto tiene solución

Si eres una persona graciosa, aguda, llena de esperanza y te pillas las jugaditas sucias del gobierno, debes tener este retablo en tu pared. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Llena tus paredes de un estilo calle y elegante.

La Pola rebelde

 Si crees en la independencia real, te trama el espionaje y entiendes los múltiples significados de «Pola», así es, necesitas este retablo. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

All power to the people

 Si crees que el poder no debe ser para unos pocos, sino pa’l pueblo, y además tienes mucho estilo, este retablo tiene que estar en tu casa. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

La lucha es larga, comencemos ya

¿Eres de esas personas que creen que para que el amor al prójimo sea eficaz, también tiene que buscar el cambio social? Si es así, pez, comprate este retablo. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Mi patria es el mundo entero

 Si amas la bici y además no copeas de fronteras, ni xenofobias, necesitas este retablo en la cabecera de tu cama. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Pelea como Rosa

Si te apasiona romper cadenas y la política, si te paras reduro contra fachos y traidores de clase, la Rosa maravillosa debe estar en tu casa. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Si no puedo bailar no es mi revolución

La gran Emma Goldman tenía las claridades: organización, formación y obvea, la farra. Si compartes esta filosofía de vida, este retablo fue hecho para ti. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Siempre nea

Si sientes orgullo por ser una nea y no gente de bien, este retablo es para ti. Venta por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera. Llena tus paredes de un estilo calle y elegante.

Los siete principios de los pueblos zapatistas

Si crees que los liderazgos deben ser colectivos y te emberraca el autoritarismo venga de donde venga, y cuando piensas en viajes lo primero que te imaginas son las zonas zapatistas de Chiapas, este hekaretablo es para ti. Sale por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Ahora que estamos juntas

Si tienes claro que la policía no nos cuida, pues quienes nos cuidan son nuestras amigas, sales a marchar cada 8 de marzo, 25 de noviembre y lo quemas todo cuando hay un hecho de violencia machista, este hekaretablo es para ti. Sale por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Paulo Freire

Si crees que la educación es fundamental en el camino de la liberación, le escupes a la educación bancaria y autoritaria, este retablo es para tí. Sale por 38 lks y no incluye costo de envío. Mide 35 x 50 cms. Base de madera.

Tulas Hekatombe

Para no encartarse con esas bolsas enormes y siempre tener estilo, hasta para ir a la tienda, llegan las Tulas Hekatombe, pillen tan bonitas:

No me azare

Si eres una de esas personas que son rayadas y ama a los perritus, gaticus y no copias de opiniones del papa, necesitas esta tula en tu vida. La puedes llevar por tan solo 23 lks, no incluye el costo de envío. Mide 37 x 40 cms aprox.

Si eres una de esas personas que no se deja de nada, ni de nadie, y siempre andas con estilo y flow, necesitas esta tula. La puedes llevar por tan solo 23 lks, no incluye el costo de envío. Mide 37 x 40 cms aprox.

Indomestikable

Si eres una de esas personas que no se deja domesticar de nada, ni de nadie, esta tula es para ti. La puedes llevar por tan solo 23 lks, no incluye el costo de envío. Mide 37 x 40 cms aprox.

Recuerden que para adquirirlos nos pueden escribir por nuestras redes sociales y que nos apoyan con nuestra existencia como medio alternativo de comunicación.

Carta abierta al Congreso: nos preocupa la Reforma Tributaria

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Como parece que el gobierno no tiene ni idea de las necesidades del país y tampoco le interesa solucionarlas (por eso propone IVA a los servicios públicos, a la canasta básica familiar y subsidios miserables), se nos ocurrió enviarle esta carta a las y los congresistas, para que no tengan pierde y sepan que nos preocupa la reforma tributaria y tenemos los ojos puesta sobre ella.

Les proponemos a ustedes que también la firmen, que la rotemos en todo lado. Queremos llegar a 10.000, 100.000 firmas, muchas firmas, para que allá en el Congreso sepan que hay un montón de gente que no va a aceptar que nos dejen más mal de lo que estamos.

Parafraseando a Yu-gi-Oh! “¡Vamos a firmar!”

Carta abierta al Congreso: nos preocupa la Reforma Tributaria

Señoras y señores

Congresistas de la República de Colombia

Las y los abajo firmantes nos dirigimos a ustedes para manifestarles nuestra preocupación por la reforma tributaria radicada por el gobierno nacional, pues claramente demuestra estar completamente desconectada de la realidad del país al buscar asignar a la ciudadanía de a pie la carga tributaria que le corresponde a grandes banqueros, empresarios y terratenientes.

Nos preocupa que esta desconexión con el país se vea reflejada en el Congreso de la República al ser aprobada la reforma tributaria presentada por el gobierno nacional, ya sea con algunos cambios secundarios o tal cual fue radicada. Por eso las y los abajo firmantes nos dirigimos a ustedes, para informarles cuáles son algunas de las medidas que consideramos prioritarias y ustedes tengan claro qué deben proponer y aprobar en los debates de los próximos días:

– Necesitamos renta básica de verdad, no subsidios hiperfocalizados y miserabilistas.
– Los alimentos saludables de la canasta básica familiar deben estar libres de IVA.
– No más inversión en dotación de armas para la fuerza pública.
– No más aumento de salario para las y los congresistas.
– Evaluar y gravar de forma justa los beneficios fiscales de las grandes empresas y de la banca.
– Son urgentes los subsidios a las Mypimes ya sea que estén formalizadas o no.
– Carga tributaria acorde a las grandes fortunas de los ricos y superricos.

Decimos esto porque sabemos que existen otras formas para tapar el hueco fiscal resultado de la no muy buena administración de los recursos del país, por ejemplo, con medidas como impuestos a las bebidas azucaradas, o a las iglesias, entre otros.

También queremos que sepan, que las personas abajo firmantes estaremos muy pendientes de los debates en comisiones, en plenaria, de las proposiciones que presenten, de sus argumentos para defender o no las medidas propuestas por el gobierno y procuraremos darlas a conocer a nuestras familias y amigos, para que tengan presente esta información a la hora de votar en las próximas elecciones, cumpliendo nuestro deber democrático como ciudadanos y ciudadanas.

Cordialmente,

Firme aquí.

Gracias por la firma y el enlace para rotar con las amistades para invitarlas a que firmen es este: https://forms.gle/kc5yzrhPA7pbQzeY6

Preguntas de un pueblo que no olvida

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Durante su exilio en Dinamarca, en 1935, Bertolt Brecht se preguntó por una ausencia inquietante: ¿cómo era posible que en Svendborg, el lugar que lo acogía, no existiera memoria alguna de los mineros que habían levantado, con su trabajo y su vida, aquel pueblo próspero y aristocrático? De esa grieta en la historia nació Preguntas de un obrero que lee, una reflexión profundamente dialéctica sobre la disputa por la memoria, sobre quién narra la historia y a quién se le arrebata su lugar en ella.

Hoy retomo ese gesto incómodo de preguntar. Lo hago cada vez que, en medio del ruido de las campañas, emerge ese discurso que insiste en reescribir el pasado para legitimarse en el presente. Pregunto, entonces, no solo por lo que se dice, sino por lo que se oculta; no solo por quienes hablan, sino, sobre todo, por quienes han sido silenciados y pregunto como acto de resistencia para no repetir el miedo.

Aquí están las preguntas del Pueblo que no olvida

¿Con qué moral se erigen jueces
quienes gobernaron entre sombras,
para señalar hoy el gobierno de Gustavo Petro?

Si cuestionar es un acto de moral,
¿dónde estaba esa moral cuando el país vivía en el horror?
¿Dónde estaba la indignación?

¿Quiénes construyeron la historia oficial
que hoy pretenden defender como verdad?
¿No fue acaso tejida entre pactos
de élites liberales y conservadoras
que se turnaron el país como herencia?

¿Quién diseñó este sistema de salud
que hoy llaman “crisis”?
¿No es acaso un monstruo creado
por quienes ahora fingen escándalo?

¿Quién alimentó el paramilitarismo
mientras hablaba de democracia?
¿Quién permitió que la guerra
se volviera negocio y estrategia?

¿Dónde están los 6.402 jóvenes
convertidos en cifras bajo el horror
de los llamados “falsos positivos”?
¿Quién responde por sus nombres,
por sus madres, por su ausencia?

¿Quién recuerda a la Unión Patriótica exterminada,
no por el olvido, sino por la violencia sistemática?

¿Quién legalizó las Convivir
que abrieron la puerta al terror?
¿Quién se benefició de la parapolítica
mientras el país se desangraba?

¿Quién ordenó callar la historia
de la Masacre de las Bananeras?
¿Quién silenció la lucha de Quintín Lame?
¿Quién permitió el asesinato de Jaime Garzón?

¿Qué tipo de justicia prometía la
Ley de Justicia y Paz
mientras garantizaba impunidad?

¿por qué tantas víctimas siguen esperando verdad completa?
¿Justicia para quién, exactamente?

¿Qué significó ver a Salvatore Mancuso
hablar en nombre de la verdad
en escenarios del poder?

Si Salvatore Mancuso habló “la verdad”,
¿por qué esa verdad incómoda tanto cuando señala

responsabilidades más altas?
¿A quién protege el silencio?

¿Quién responde por la Masacre del Salado
y del Aro?

Si estas acciones fueron solo episodios aislados,

¿por qué se repiten los mismos patrones, los mismos nombres,

los mismos intereses?

¿Quién cuenta a los jóvenes,
a los líderes, a los estudiantes
que nunca volvieron?

Y entonces,
¿con qué autoridad moral se construyen discursos,
campañas y verdades a medias?
¿Quién se atreve a señalar
sin primero responder por la historia que carga? ¿Quién responderá por el olvido?

¿Caracol o Uróboro?

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Como la mayoría de los colombianos nacidos a finales del siglo pasado, crecí viendo Caracol y RCN. Entre las icónicas telenovelas, las noticias, los programas extranjeros, los realities y los concursos, estos canales hicieron parte importante de mi socialización. Entre las muchas cosas que aprendí en ese proceso (la mayoría de ellas cuestionables desde mi perspectiva actual), comprendí que el rol de las mujeres en la televisión estaba especialmente definido por su aspecto físico: sólo las mujeres con belleza hegemónica merecían ser visibles en la pantalla. El talento, en ese sentido, no es lo principal, sino cómo lucen. Y este hecho era tan visible que incluso en la cultura popular se reproducía el comentario constante de que ellas estaban ahí porque “quién sabe con quién se acostaría”. Es decir, sus capacidades profesionales no eran la discusión, sino que se daba por hecho que todas ellas, fueran buenas o no haciendo su trabajo, habían accedido a negociar su sexualidad con el fin de obtener un lugar en la pantalla chica.

Ahora que estalló el “escándalo” de acoso sexual en Caracol TV -y que más que un escándalo debe ser reconocido como lo que es: una serie de denuncias con posibles y deseables implicaciones penales- no pude evitar recordar esto y que de ese recuerdo emergieran ciertas reflexiones que deseo compartir con ustedes. Especialmente, quisiera mencionarlo con el fin de cuestionar algunas posiciones que he visto en redes sociales y que dan cuenta de una normalización frente al opinar sobre el cuerpo de las mujeres que aparecen en la televisión y la presunción de que sus cuerpos son públicos y, en ese sentido, el acoso es esperable.

En primer lugar, me percaté de que hay una percepción masiva de que hay profesiones en las cuales el acoso sexual es más justificable o esperable. En el caso de las mujeres que trabajan en la televisión, se da por hecho que para ganarse un lugar ahí debe haber un favor sexual de por medio. Esto, por supuesto, está muy vinculado al boom de las prepago que se detonó con el narcotráfico. Como ejemplo de este hecho está la publicación “¿las prepago?”, basado en los testimonios que dio “Madame Rochy” al periodista Alfredo Serrano y que da cuenta de cómo la movilización masiva de dinero ilícito llegó hasta el mundo del entretenimiento a través de la prostitución de mujeres famosas. La visibilización de este fenómeno en los medios de comunicación llevó a que el país supiera que algunas modelos, actrices, presentadoras, reinas de belleza accedieron a tener relaciones sexuales con narcotraficantes a cambio de dinero. El resultado fue que las personas, por sesgo de generalización, concluyeran que cualquier mujer de la industria estaba dispuesta a acceder a intercambios sexuales a cambio de dinero o éxito profesional. Un sesgo de generalización que, por supuesto, fue alimentado por los mismos medios de comunicación que las contrataban y que sacaron lucro de la hipervisibilización de la noticia, alimentando el morbo de quienes querían saber nombres concretos.

Ahora bien, quienes han tenido que cargar con el peso de este estigma han sido las mujeres que trabajan en la televisión. El resultado es que se normalice que en la industria de la televisión el sexo es una moneda de cambio y que, en ese sentido, lo que en realidad es acoso sea leído en ese contexto como una propuesta. Es decir, masivamente se ha dado por hecho que es normal que en el mundo de la televisión las mujeres tengan que usar su sexualidad como una moneda de cambio y que, en consecuencia, sea normal que un hombre las acose sexualmente.

Esto se vincula con un segundo aspecto y es la cosificación del cuerpo femenino en los medios de comunicación que conduce a que, además de las exigencias profesionales, a las mujeres se les exija cumplir con un estándar de belleza para tener espacio en la televisión. Esta exigencia no se les hace a los hombres. Los hombres pueden lucir cómo sea: gordos, delgados, calvos, con cabello, viejos, jóvenes, de cualquier tamaño, cualquier edad, cualquier característica. En relación con esto, Naira Vink[1] realizó una investigación para su tesis doctoral en 2021 que trata sobre cómo las presentadoras de las grandes cadenas de televisión españolas percibían las exigencias con respecto a su imagen corporal. La investigación concluye que hay una tiranía estética que cosifica el cuerpo de las presentadoras y que lleva a que ellas tengan que preocuparse no únicamente por su desempeño profesional (que es casi que la única preocupación de sus colegas masculinos), sino también de cómo lucen ante la cámara, pues hay una exigencia estética tácita que determina su vinculación laboral. En este sentido, a pesar de que su trabajo no es estético, este elemento sí es fundamental para poder conseguir el trabajo y mantenerse en él.

Dicho lo anterior, considero que estas denuncias de acoso sexual, que acusan a los periodistas Jorge Alfredo Vargas y Ricardo Orrego, son especialmente preocupantes porque en general el acoso sexual hacia las mujeres está normalizado, pero está doblemente normalizado en entornos como la televisión, pues la cosificación del cuerpo femenino es la regla hasta el punto en el que los aspectos profesionales son un tema secundario frente al estético. Y lo más grave de la situación es hasta qué punto la población ha normalizado esta cosificación de las mujeres que trabajan en la televisión, pues sostiene discursos que han pululado en redes sociales y que las responsabilizan de lo vivido. Este hecho contrasta con los hallazgos de la investigación de Vink, que señalan una preocupación estética de las presentadoras por exigencias externas a ellas (por lo cual es tremendamente hipócrita que por guapas se les responsabilice, cuando ese es el estándar que se les exige), mientras que hay también una preocupación por mantener un perfil profesional para que no sean subestimadas en sus labores por ser demasiado sensuales.

Además de lo anterior, llama la atención que hoy los medios de comunicación presenten estos casos como situaciones aisladas que tienen que ver con dos periodistas concretos, cuando se ha evidenciado que hay una normalización de estas prácticas que empieza desde el momento en el cual una mujer hábil profesionalmente no puede aspirar a trabajar con ellos frente a la cámara si no cumple con una apariencia concreta. La sexualización inicia desde el momento en el que la belleza no es una opción para las mujeres, como sí lo es para los hombres, sino que es una imposición que determina una vinculación laboral. Hacerse cargo y asumir la responsabilidad implica que la televisión reconozca que la presión estética que ejerce sobre las mujeres, incluyendo a sus trabajadoras, es la fuente de la cual parte la consideración del cuerpo de las mujeres como un espacio público sobre el cual puede opinarse públicamente.

Crecí viendo cómo en la televisión a todas las mujeres se les hacía un escaneo corporal, desde la típica entrada al programa de televisión mañanero que incluía una “vueltica” de las presentadoras e invitadas mientras la cámara recorría con detalle su cuerpo de pies a cabeza. También crecí viendo cómo las preguntas dirigidas a las famosas tienen que ver con la forma como cuidan su cuerpo y su rostro para lucir así de hermosas. Este es el inicio que abre paso a que el espectador y el compañero de set reconozcan el cuerpo de ellas como un objeto público sobre el cual se puede comentar, el cual se puede escanear y el cual se puede tocar.

Por todo lo anterior, concluyo que Caracol es un Uróboro, es decir, aquella serpiente o dragón que se come su propia cola. Lo es en el sentido en que está viviendo los efectos de lo que el mismo canal produce. Usar sistemáticamente los cuerpos de las mujeres que trabajan con ellos como si fueran un objeto para ver y desear ha dado permiso para que los hombres sientan que tienen un derecho a interactuar con ellas desde la cosificación. Esto, por supuesto, no exculpa a los periodistas acusados, sino que explica cuál es la base relacional e institucional que permite que los hombres depredadores sexuales se sientan en la libertad de actuar de determinadas maneras, que muchos espectadores lo justifiquen y que incluso haya una impunidad frente al acoso sexual. Si una institución normaliza que a las mujeres se les vea como objetos, va a producir relaciones basadas en la cosificación de las mujeres y las va a consentir de manera sistemática.

No quiero finalizar este texto sin mostrar mi total apoyo a las mujeres que se han atrevido a denunciar lo sucedido, a pesar de que sabemos que el dedo acusador encontrará la manera de responsabilizarnos a nosotras de lo que los depredadores sexuales hacen amparados por instituciones misóginas y patriarcales. De igual manera, insistir en que las lógicas bajo las cuales opera el mundo del entretenimiento son productoras de relaciones desiguales de género que alientan, posibilitan y consienten dinámicas que cosifican el cuerpo de las mujeres, lo cual alimenta el imaginario de que hay cuerpos de mujeres públicos cuya sexualización es ineludible. En ese sentido, es hora de que se hagan cargo los que deben asumir la responsabilidad.


[1] Vink, Naiara (2021). La imagen de la periodista en los informativos y su influencia en el desarrollo profesional: percepciones de las reporteras y presentadoras en las principales cadenas privadas de televisión española. [Tesis doctoral]. Universidad del País Vasco. Disponible en: https://addi.ehu.es/bitstream/handle/10810/52859/Tesis_Naiara_Vink.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Contra la oligarquía: hacia una política cumbiera del cambio

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No sé bailar pero amo la cumbia. La cumbia es como el río Magdalena que, cargado de sedimentos, hace mover a cualquier tronco. Amo la cumbia no solo por la música sino por el signo contradictorio que supone como música y práctica cultural.

La cumbia no es un sólo género, en su historia se ha constituido en una práctica cultural que abarca distintas músicas que comparten una base rítmica. En el siglo XX, con las orquestas de salón de los años 30s y 40s, se popularizó entre sectores de élite que quisieron vincularla a su relato de nación “mestiza”, armónica y nostálgica del hispanismo, como señala el musicólogo Juan Ochoa en su artículo “La cumbia en Colombia: invención de una tradición”. Pese a este intento, ese sello cultural, que por supuesto, en los años 60s y 70s también devino en sello comercial con el auge de grupos como Los Corraleros de Majagual o La Billos Caracas Boys, no pudo articularse de forma definitiva a un imaginario nacional blanqueado y homogéneo. 

Pensando en la cumbia, y en esta imposibilidad de ser articulada en un relato excluyente de nación, recuerdo a Marx, específicamente el discurso que pronunció en 1856 en el que se hizo conocida la célebre metáfora del “viejo topo” como sinónimo de revolución:


“En todas las manifestaciones que provocan el desconcierto de la burguesía, de la aristocracia y de los pobres profetas de la regresión reconocemos a nuestro buen amigo Robin Goodfellow, al viejo topo que sabe cavar la tierra con tanta rapidez, a ese digno zapador que se llama Revolución”.


Robin Goodfellow es un personaje de Shakespeare en la obra “Sueño de una noche de verano”, es un hada encuadrada en la mitología celta, un espíritu burlón e incluso embaucador que funciona como una suerte de trickster. Un trickster es una figura ligada a distintas mitologías y creencias, desde nórdicas o africanas hasta indígenas americanas, que se caracteriza por condensar lo ambivalente, lo contradictorio y, sobre todo, lo desobediente con respecto a lo que se debe hacer o asumir en un mapa de mandatos conservadores, como lo pone de presente el poeta guatemalteco Alan Mills en su ensayo “Hackear a coyote”. 

La cumbia es como ese trickster, o también, ese viejo topo “que provoca el desconcierto” de la cultura oligárquica, y que, bajo la superficie de la moral burguesa va cavando la irrupción de la diferencia y lo subalterno. No es que sea pura, y no es que la oligarquía o la élite no baile cumbias. Es el paisaje cumbiero el que, en la práctica, resulta ajeno, en realidad, al mundo oligárquico. El paisaje cumbiero escapa a la hacienda de los Valencia o los Uribe, escapa al club de los Santos o los Gaviria. La cumbia está en la calle, la carretera y en la vereda. La cumbia y el vulgo van de la mano. 

Fue en Santander de Quilichao, en el norte caucano, que escuché una y otra vez, casi que en cada esquina el estribillo “si a usted no le gusta bailar, si a usted no le gusta gozar, no es mi problema, no es mi problema. Yo trabajo para vivir, no vivo pa’ trabajar”, es simple, es casi vulgar, pero escupe al mandato del hacendatario paisa que le ordena a su servidumbre: “hay que trabajar, trabajar y trabajar”. El segundo es un valor enmarcado en la hipócrita moral neoliberal, el primero es una proclama bailable. Es una consigna que no tiene la pretensión de serlo, es el trickster, es la burla pero también el desafío. Dentro de sí está el espíritu del viejo topo con un llamado revolucionario: la vida es ocio, es baile, y no es y no puede ser solo enajenación y explotación en el trabajo. 

La cumbia caucana es sintomática de ese fenomeno maravilloso de los ritmos subalternos: el ritmo negro/indígena caribeño apropiado por las reminicencias del huayno andino, con un toque electrónico en el que lo propio se conecta con lo global, pero una dimensión global que, en sus origenes, también era curiosamente subalterna, si tenemos en cuenta que la musica electrónica nace de escenas underground que le hacían el quite a los rítmos más pop del mundo europeo. Pero lo electrónico se produce de la conjugación de más atmósferas, son los efectos del post punk, del dark wave, de la música que buscaba escapar de los dientes que las grandes corporaciones ponían ahora sobre esa música divergente que era o había sido el punk británico setentero. Pero también están las conexiones con la búsqueda de los sonidos disco, con antecedentes o convivencias con el soul, y aquellos gritos y cuerpos que, antes de su comercialización, sonaban en discotecas afros y homosexuales de los Estados Unidos.

En los bares de clase media payaneses no se escuchan las cumbias caucanas, se vienen a escuchar en las tiendas o bares de ambientes “pesados”, pero cuando se avanza y se cruzan  las fronteras invisibles, las cumbias caucanas que se mezclan con las peruanas, se van convirtiendo en la regla, junto a la música de banda, la norteña, los vallenatos, y toda esa mezcla contradictoria de lo popular. Lo que pasa con ciertos géneros musicales es evidencia de lo que pasa en el país. En ciertos ambientes parecen no existir, solo hace falta caminar un poco para notar la fuerza que tienen. 

El vallenato también viene del entorno cumbiero. Al vallenato lo asociamos con el caribe, pero cuando se navega por el río San Juan, en el Chocó, la inmensidad del cielo del Pacífico, y el paisaje de resguardos indígenas se siente y se escucha al ritmo de vallenatos wounaan. No es el acento costeño, es la acentuación de la lengua propia. No es el caribe, son las fuerzas verde oscuro y grises del pacífico colombiano. Lo popular se encuentra y se entremezcla, y se encuentra porque se reconoce entre lo equivalente o lo igual. El vallenato wounaan, y la cultura popular con la que se mezcla, también tiene la carga contradictoria de lo popular, de su contexto, un contexto de conflicto armado, pero no es solo eso, lo supera. Como la cumbia, el vallenato wounaan se filtra y se mete en el cuerpo, pero no en los cuerpos blanqueados sino en aquellos que sienten el ritmo de lo popular. 

Este gobierno, el gobierno “del cambio”, con sus claroscuros, agrietó el dique estatal con el torrente de lo popular. Cuerpos racializados se abrieron paso más allá de lo permitido por la inclusión superficial de la multiculturalidad. La matriz de la opinión, a fuerza de polémica, fue cambiando. La premisa de un país productivo implicaba una subtrama: productividad es sinónimo de reforma agraria, y reforma agraria es sinónimo de propiedad campesina y también de territorios colectivos indígenas o afro, negros, raizales y palenqueros. 

Un país productivo es un país para la vida, y la vida es educación para más personas en otros entornos, no es solo subsidio a la demanda para que jóvenes de sectores populares entren a la universidad privada, es, por el contrario, fortalecimiento a la educación pública. Es salud preventiva para las periferias geográficas y sociales, son caminos comunitarios, mejores salarios, etc. De algún modo, cuando pienso en el torrente de lo popular que se abrió paso en estos años pienso en la cumbia bordeando los muros y los límites de las grandes haciendas. 

Esa fiesta que se veía lejana, lejos de la tranquilidad de los oligarcas, se va metiendo por medio de los zanjones, de los ríos, de las ciénagas y de las calles hacia ese lugar cerrado que era la nación y el Estado. Un lugar cerrado, exclusivo para los oligarcas y la tecnocracia arribista que se le quería parecer. La cumbia se vincula con lo popular y lo popular con el cambio. Es la plaza pública gritando frente al circuito cerrado de seguridad en el que se siente cómoda la élite.

Hoy, esa clase oligárquica tradicional, que Paloma Valencia representa fielmente, y esa burguesía rentadora y mañosa que ilustra cabalmente de la Espriella, impulsados por la clase terrateniente nacional expresada en Álvaro Uribe, quieren llegar de nuevo al gobierno para volver a poner los muros elitistas al Estado y la nación. 

Las fuerzas de la tradición, el conservadurismo, el blanqueamiento y la exclusión quieren imponerse de nuevo, pero ese trickster cumbiero y fiestero se filtró, irremediablemente, por el dique clasista y racista de la estatalidad oligárquica. 

La industria musical ha blanqueado estos géneros tropicales. Pero los paisajes cumbieros, con sus colores, sabores, con su cuño popular, desbordan una y otra vez el blanqueamiento. No se dejan canalizar, son de nuevo, el río Magdalena, el calor del río Calima, el frío de las montañas del macizo que se va templando a medida que el río va rompiendo la tierra y formando cañones, y cayendo de nuevo hasta las sabanas. Es lo popular con sus contradicciones e inmoralidades. Es un país que es mucho más grande que la propiedad del hacendado. 

El ataque Neoliberal contra Biblored

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Cuando estaba en el colegio y cursaba bachillerato, para mi profesora de español era más importante que sus estudiantes leyeran los clásicos y no que se enamoraran de la literatura. “Leí” El lazarillo de Tormes, un libro de un fraile español de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que me causa escalofríos, El cantar del Mio Cid, entre otros. Todos muy importantes, pero era el momento de leer cosas más acordes a nuestra edad y dinámica hormonal como Un beso de dick de Fernando Molano o El acontecimiento de Annie Ernaux.

Recuerdo que en ese entonces fui a la biblioteca El Tintal con mis hermanos y estaba navegando por los estantes, dejándome perder entre títulos y autores que se veían más interesantes que Rodrigo Díaz de Vivar, hasta que una muchacha se acercó y me preguntó qué estaba buscando, le dije que nada en particular y me acordé de esa tarea que me angustiaba, de ese libro que no entendía y al que le tenía toda la pereza del mundo. Ella escuchó mi crisis, contuvo el desborde emocional sobre mi frustración de leer y leer y que nada tuviera sentido. Se ausentó un momento y llegó con el cantar del Mio Cid en versión de cómic. Lo devoré, lo entendí y no me gustó.

Esa muchacha no era solamente una funcionaria de Biblored, era una guía espiritual, una psicóloga literaria, un faro para salir de las tareas sin propósito, una erudita del Tintal. Y es que fue en otra biblioteca pública que me enamoré del terror feminista, en otra donde escuché a María Fernanda Ampuero, en otra donde pude ser directora de orquesta por dos minutos y en otra donde pude hacer un curso gratuito sobre música clásica.

Biblored es parte del ADN rolo, no es posible pensar en Bogotá e ignorar el sistema de bibliotecas públicas con su bellísima arquitectura, pero también con la oferta académica, cultural y sus guías espirituales.

En diciembre de 2025 escribí Salario mínimo, migajeo y love bombing, allí mencioné que el distrito se ha enfocado en empobrecer a Biblored y sus funcionarios, eliminando horas extras y dominicales. Días después, Biblored presentó en sus redes sociales, como si fuera una gran oportunidad, el cambio de horarios y con ello que las bibliotecas cerrarrían más temprano. A raíz de ese comentario, recibí mensajes de auxiliares y mediadores, contándome que el panorama era todavía más perverso.

El sistema público de bibliotecas de Bogotá enfrenta una de las ofensivas neoliberales más fuertes desde su nacimiento (ni siquiera Enrique Peñalosa se atrevió tanto) pero lo más sorprendente es que, quien está dinamizando esta crisis promovida por el alcalde Fernando Galán, es Santiago Trujillo. 

Cuando llegó Gustavo Petro a la presidencia, muchas personas esperaban que él fuera el ministro de cultura, tenía buena fama, pero como dicen las ancestras, ser calvo y bacán no quita lo neoliberal. Las bibliotecas públicas dependen de la Secretaría de Cultura que es liderada por Trujillo, quien, parece, concibe la cultura como golpes de opinión (¿?) y no como proceso y construcción colectiva.

En la alcaldía de Galán se aplica la vieja fórmula de hacer más con menos, es decir, despedir funcionarios, contratistas o ahora mal llamados “colaboradores”, y a quienes quedan, pedirles que cumplan con lo que venían haciendo y además, que asuman la carga laboral de quienes ya no están. En este momento, según denunció la concejala Donka Atanassova, van a ser despedidas 38 auxiliares, 5 gestores de servicios, 10 mediadores y mediadoras de programación cultural, 2 cargos de comunicación y movilización cultural, lo que implica un impacto renegativo del 21% en la capacidad de programación de las bibliotecas, y se traduce en menos 3.200 actividades al año, afectando 55.000 personas; también representa el fin del préstamo a domicilio, un ejercicio de democratización del conocimiento que permitía que personas que no estuvieran cerca a las bibliotecas, o en condición de discapacidad pudieran acceder a libros, películas, revistas, cds, y todo el material que ha enriquecido la cultura en la ciudad.

Las bibliotecas públicas logran crear comunidades y es gracias al trabajo de todas los funcionarios que sueñan y leen libros y contextos. En las bibliotecas que quedan cerca a las plazas de mercado, en vacaciones, las mamás y cuidadoras llevan a sus hijos para que compartan, aprendan e imaginen, las bibliotecas no son vistas como guarderías (como sí pasa con los colegios), sino como espacios de creación colectiva y de otros futuros posibles; recuerdo que en la biblioteca del parque nacional, con una de las primeras tomas del pueblo embera, hacían actividades para niños y niñas pensadas desde su contexto y cultura alejándose de perspectivas colonizadoras.

La creación de espacios para personas de la tercera edad, para mamás y niños homeschool, para parchar, o para ir después de una agotadora jornada laboral, no dependen únicamente de la disposición del espacio, sino de quienes día a día hacen ejercicios de mediación no en función del indicador, sino de las necesidades de quienes creemos que las bibliotecas son un refugio.

Dice Leila Guerriero que, “la biblioteca como decoración es un sopapo escandaloso, una afrenta, porque el concepto “adorno” está reñido con los libros. Los libros producen alivio pero también malestar, enamoran y hacen sufrir, despiertan evocaciones, melancolía e ideas peligrosas. Eso no lo logra un florero. Verlos hacer las veces de objeto decorativo es como contemplar a un animal salvaje en una jaula”. 

Las bibliotecas para Galán y Trujillo son artefactos decorativos que almacenan todo lo que para ellos es peligroso, como el tejido comunitario, o las personas que aman su trabajo, como mediadores y auxiliares, y que nos guían a los libros que nos están esperando. Con Galán y Trujillo las bibliotecas son espacios de almacenamiento antes que de creación e imaginación, y es que así de corto es el neoliberalismo.

Últimamente he visto a varios y varias influencers que hablan maravillas de Biblored, obviamente son contratados. Sus comentarios son sobre los espacios físicos, y dejan de lado quiénes hacen posible que todo funcione, bueno, tampoco es que tengan la culpa… crecer en medio del privilegio y creer que la cultura y la literatura están despolitizadas, hace que sus reflexiones se queden en la mera descripción y funcionen rebien para el lavado de cara que promueve la alcaldía de Bogotá.

El año pasado Irene Vallejo visitó la biblioteca de la Cárcel Distrital y dijo: “Para mí las bibliotecas son los espacios más revolucionarios que existen en este momento”, de pronto fue esa declaración la que asustó tanto a la administración distrital. 

Posdata: dudo mucho que mi profesora Consuelo de español siga ejerciendo, pero si lo hace y le llega este texto, profe, porfis cambie de libros, asesorese con un profesional de Bibliored para que sus estudiantes se enamoren de la lectura.

Posdata 2: según reportes institucionales de BibloRed, en 2024 se registraron: 2.633.762 visitas presenciales a los espacios de lectura; 1.515.516 visitas a la Biblioteca Digital de Bogotá y 59.845 usuarios utilizaron el servicio de préstamo a domicilio.

Posdata 3: las administraciones neoliberales no logran entender que la belleza de las bibliotecas no está solo en las infraestructuras o los libros sino en las y los trabajadores de la cultura que construyen comunidad y cultivan amor por la lectura y las artes. 

Entre falsas noticias y retractaciones

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El fenómeno de la retractación, luego de lanzar falsas noticias, ha sido una actividad demasiado recurrente en los últimos meses. Lo notamos claramente en revistas como Semana y medios que puntualmente pertenecen a los grandes conglomerados económicos del país, por lo cual, es evidente y nada raro su actuar. Pero, ¿Es en realidad rentable esto de construir falsas noticias para luego arrojar tibias rescisiones? En síntesis, ¿Se ha vuelto rentable el prodigio de la retractación para tan decadentes y poco éticos informativos? En la obra Los Herederos: Los Estudiantes y la Cultura, en el prólogo, escrito magistralmente por Ricardo Sidicaro, nos expone comoPierre Bourdieu, a razón de la estructura de dominación social y democrática, se plantea una postura ideológica, fácilmente extrapolable a nuestro contexto, a saber: “La representación de los ciudadanos se halla debilitada, según Bourdieu, en virtud de que los individuos no cuentan con las mismas competencias y predisposiciones para desempeñarse como ciudadanos efectivamente iguales, dado que, cuanto más desposeídas son las personas, culturalmente sobre todo, más obligadas e inclinadas están a confiar en los mandatarios para tener una palabra política” (Bourdieu 23). Ese capital cultural, del cual en algún momento hablara el sociólogo francés, determina la pobre capacidad del colombiano por desentrañar los escenarios implícitos de la información que consume. Es en este sentido, que la noticia falsa, no solo induce al error informativo, sino que germina como idea en el inconsciente colectivo. Ya luego de esta pérfida circunstancia, se construye la retractación. No como forma de resarcir la manipulación informativa a la cual estuvo expuesto el ciudadano, sino como disposición legal a la cual están sujetos tan excrementicios medios periodísticos.

En esta atmósfera, resultan favorables las retractaciones. El experimento social al que claramente han inducido a su audiencia, crea dos actuaciones posibles. Por un lado, el atajo mental al cual se recurre usualmente cuando simplemente leemos los encabezados y la descripción somera de la información; y, por otro lado, las horas e incluso días en que la noticia falsa circula por los medios digitales o físicos, hace que el cerebro del consumidor se ponga en modo supervivencia. Una manera fácil de agitar las masas para crear respuestas agresivas. En última instancia, la idea es que su audiencia esté enfurecida, que salga a votar enojada y crea que le están robando derechos o imponiendo marcos ideológicos que van en contra de la sana conducta empresarial y heteropatriarcal. ¿Funciona? A vivas luces sí. Los colombianos somos dados a este tipo de comportamientos. Fácilmente estigmatizamos a un adolescente disfrazado de animal y no a un expresidente vinculado a los archivos Epstein con fuertes presunciones de pederastia y de permitir la injerencia de personajes en la soberanía nacional, haciendo uso de armas militares del Estado.

Una de las mayores enseñanzas que nos ha dejado tan lesivos medios, ha sido la exposición de la pobreza cultural del país. Y esta denuncia, lejos de establecerse desde una posición de privilegio de su servidor (porque, de hecho, estoy a kilómetros de pertenecer a una situación de privilegio en este terruño), se manifiesta como el señalamiento a continuos procesos de aculturación. Paradójicamente, el capital intelectual de estas latitudes, siempre lo han concebido lejos de la diversidad cultural e inversamente proporcional a la marginación económica en la cual subsiste un alto porcentaje de su población. El ideal, es establecer posibles comunidades homogéneas, que entren en concordancia con los deseos capitalistas de consumo y consecución de prácticas económicas imposibles, participantes que libremente se vinculen al entramado neoliberal y neocolonial sin mayor repulsa. Que hagan uso de un sistema educativo castrante, en el cual la voz del docente muere en las cuatro paredes de un aula de clase, donde los derroteros se enfrasquen en eufemismos como normalizar, evangelizar, defender, salvar, proteger, entre otros que hacen la vida de la élite y los levantados del país mucho más agradable y folklórica. En palabras de Bourdieu: “Si los propios interesados viven raramente su aprendizaje como renuncia o renegación es porque los saberes que deben conquistar son altamente valorados por la sociedad global y porque esta conquista simboliza el acceso a la élite. Así, hay que distinguir entre la facilidad para asimilar la cultura transmitida por la escuela (mucho mayor a medida que sube el origen social) y la propensión a adquirirla que alcanza su máxima intensidad en la clase media” (Bourdieu 39).

Es de mencionar que, en este entramado del ejercicio comunicativo mediático, el error, presuntamente por falta de confirmación de las fuentes o simplemente como un hecho veleidoso del destino no tiene lugar. Todo es premeditado. Por más falta de ética y profesionalismo, al extremo de la estupidez, si se quiere, de los informativos tradicionales, hay que puntualizar que, detrás de ellos hay un armazón académico con fines neoliberales. Las noticias y programas que consumes a diario, determinan el rango cultural al que ellos quieren que pertenezcas. Psicológicamente y conductualmente te tienen analizado. Saben claramente que eres clase obrera, pero te niegas a dicha representación. Tu inestabilidad es su mayor arma. Temes a no tener empleo, a no tener un servicio de salud decente, a no llevar un plato de comida a casa, en última instancia, son tantas variables y tantos los miedos que la capacidad de razonar se nubla. Solo puedes ver en la información todo aquello que comprometa tu bienestar. Los grandes capitales que representan a estos medios, invierten miles de millones para tenerte eficazmente desinformado, y más que eso, eficientemente acobardado. En esta época de retractaciones es cuando más cobra sentido el poema de Eduardo Galeano El Miedo Global. Recordemos un corto fragmento: “Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. / Y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. / Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. / La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir. / Los civiles tienen miedo a los militares. / Los militares tienen miedo a la falta de armas. / Las armas tienen miedo a la falta de guerra. / Es el tiempo del miedo. / Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo. / Miedo a los ladrones y miedo a la policía. / Miedo a lo que fue. Miedo a lo que será. Miedo de morir. Miedo de vivir”.       

Referencia

Bourdieu, Pierre (2003). Los Herederos: Los Estudiantes y la Cultura. Editorial Siglo XXI, Argentina

¡Vive tu vida! una lagrimita por La Pestilencia

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Corría el año 1986. Colombia vivía un auge brutal del narcotráfico, debido a la consolidación de dos grandes carteles que marcaron nuestra historia: el de Medellín, liderado por Pablo Escobar, y el de Cali, encabezado por los hermanos Orejuela. Paralelamente, iba creciendo el cartel del norte del Valle del Cauca. Ese mismo año mataron a Guillermo Cano, director de El Espectador, cuando todavía había periódicos en este país que le decían la verdad al poder en la cara. Tiempos aquellos.

Al mismo tiempo, las FARC, el ELN y el M-19 ocupaban distintos territorios, y el paramilitarismo se expandía desde las regiones ganaderas del país. Ese mismo año empezó el proceso de genocidio contra las y los militantes de la UP que dejó aproximadamente 6.000 víctimas, entre asesinatos, desapariciones forzadas, entre otros hechos atroces. A esto sumemos la “guerra contra las drogas” en el gobierno de Ronald Reagan en la USA, porque el man declaró que el narcotráfico era una amenaza para la seguridad nacional de su país de narices blancas.

Podría seguir nombrando tragedias, pero quiero detenerme para reconocer el nacimiento de una planta ruderal, una maleza llamada La Pestilencia. Una planta ruderal es aquella que nace en medio de las condiciones más desfavorables y alteradas por el ser humano, por ejemplo, entre el asfalto.  “Ruderal” viene de ruderis, que significa escombro. Eso ha sido La Peste en este país, un rastrojero que se ha abierto paso entre la destrucción y entre el hilo de sangre que no deja de correr en esta herida eternamente abierta llamada Colombia.

En ese mismo 1986, esta banda hacía su primer caseto de cuatro canciones, como cualquier banda marginal de ese tiempo que grababa en los garajes mientras las ofertas para ser sicario pululaban afuera de sus guaridas. En 1989 lanzan su primer disco “La muerte… un compromiso de todos”. Este disco es un gran reflejo de la época y de lo que seguimos siendo como país. ¿Qué punki de este país no ha tarareado este tema mientras se dirige a su trabajo precarizado con los audífonos a todo taco?

Desde la cuna hasta tu tumba

Tienen elegido tu camino

Al colegio, al ejército, al trabajo

Cásate, procréate y muere

Vive tu vida, ¡¡déjate ya de servilismos!!

¿Quién no ha querido quemarlo todo cuando escucha la frase “soldado mutilado hp”? ¿No han sentido ganas de llorar cuando saltan al ritmo de “seguimos tocando y ustedes brincando”? Yo acá tengo los ojos encharcados mientras escribo esto, y me pasó lo mismo al escuchar a Dilson leer la carta de despedida de la banda, mientras lo veía temblar e intentar seguir leyendo con la voz quebrada. Me parece poderosamente conmovedor que este man, al que hemos visto darlo todo gritando en la tarima mientras alza vuelo como un chulo buscando carroña, como esos que vuelan en círculos mientras planean devorarse al próximo muerto que dejaron botado en el monte, aparezca públicamente llorando y mostrándose vulnerable por el fin de esta banda que nos ha marcado a todxs. También estamos quebradxs con la noticia, pero con la gratitud llenando el corazón por estos temas que nos siguen haciendo palpitar la vida habitando la adultez, ese monstruo indomable.

Este escrito es para dar gracias. Probablemente La Peste no vaya a leer esto, pero quiero que quede la huella pública de esta lágrima que hoy me sale por una banda que se va mientras nos deja tremendas reflexiones sobre la violencia sociopolítica de este país, su desigualdad y su injusticia. Gracias por haber hecho ruido todo este tiempo, y, sobre todo, por haber empezado a hacerlo en un año donde todo parecía irse a la mierda. Mientras mataban mechudos en todos los rincones de este país, estos manes estaban gritando:

Trece millones desterrados

Un ministro asesinado

Otros masacrados

Un barco ha naufragado

Fango, fango, fango, fango

¡¡Gracias eternas Peste!! Desde 1986 hasta 2026 ustedes nos han demostrado que, aunque la sangre parezca ahogarnos y apagar la flama del deseo de estar vivxs, siempre hay que seguir gritando, sosteniéndonos en el ruido y abrazándonos en el pogo, aunque sepamos que ya no podemos soñar despiertos porque ese mundo perfecto aquí nunca llegó.

Quien no conoce su historia, esta condenado a padecer el miedo

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Studebaker ya no cree en las campañas

Hubo un tiempo en que las campañas electorales en Colombia se construían sobre un libreto que parecía inamovible. No se trataba solo de propuestas, ni siquiera de programas de gobierno. Se trataba de administrar el miedo. Cada período electoral venía acompañado de una narrativa cuidadosamente instalada: el país al borde del colapso, el enemigo infiltrado, la amenaza que solo podía ser contenida si el poder permanecía en las mismas manos.

Ese libreto no nació de la nada. Tiene historia. Tiene sangre. Tiene memoria.

La política colombiana aprendió muy temprano que el miedo podía convertirse en herramienta electoral. En los años ochenta, cuando el país intentaba abrir espacios democráticos para fuerzas distintas a los partidos tradicionales, la respuesta fue brutal. El exterminio de la Unión Patriótica no fue solo una tragedia humana; fue también un mensaje político. Miles de militantes, concejales, líderes sociales y candidatos asesinados para demostrar que ciertos proyectos políticos no tenían lugar en el sistema. Aquella masacre dejó una lección clara: participar podía costar la vida.

En los noventa el miedo se reorganizó bajo otros nombres. La expansión del paramilitarismo, la guerra abierta contra la insurgencia y la intensificación del conflicto armado configuraron un escenario donde el terror no era solo un discurso, era una realidad cotidiana. Las masacres, los desplazamientos forzados, el control territorial armado y los secuestros construyeron una atmósfera social donde la política se debatía bajo la sombra permanente de la violencia. El país se acostumbró a elegir en medio del miedo.

Ese contexto fue funcional para consolidar una narrativa: cualquier intento de transformación política podía conducir al caos. Las campañas electorales aprendieron a explotar esa sensibilidad colectiva. Se invocaba la seguridad, se exageraban las amenazas, se advertía sobre enemigos internos que pondrían en riesgo la nación. El miedo se volvió argumento, estrategia y propaganda.

En la primera década del siglo XXI esa narrativa alcanzó su punto máximo. La política se organizó alrededor de la promesa de derrotar definitivamente al enemigo interno. Quien cuestionara ese enfoque era inmediatamente sospechoso. La polarización se alimentó de esa lógica: no había adversarios políticos, había amenazas.

Sin embargo, toda narrativa que se repite sin descanso termina desgastándose.

En los últimos años el miedo sigue apareciendo en las campañas electorales, pero su eficacia simbólica ha comenzado a fracturarse. No porque los problemas hayan desaparecido —la violencia persiste, las desigualdades continúan— sino porque el uso político del miedo se ha vuelto demasiado evidente. La ciudadanía ha visto demasiadas veces la misma estrategia: advertir sobre catástrofes inminentes mientras se evade cualquier discusión seria sobre propuestas colectivas.

El resultado es una política convertida en espectáculo.

Hoy es común ver candidatos bailando, gritando consignas vacías o fabricando escándalos mediáticos. La sátira reemplaza el programa político. El insulto sustituye la argumentación. La indignación performativa se convierte en campaña. Mientras tanto, los problemas estructurales del país permanecen intactos.

Esa combinación de miedo y espectáculo no es casual. Funciona como una cortina de humo. Cuando el debate se reduce a la alarma permanente o a la caricatura del adversario, desaparece la necesidad de explicar un proyecto de país. No hay discusión sobre reforma agraria, modelo económico, democratización del poder o redistribución de la riqueza. Solo queda el ruido.

En este punto resulta revelador volver a la literatura. En El delfín de Álvaro Salom Becerra aparece un personaje de pueblo al que llaman Studebaker, un mecánico que observa la política con una mezcla de ironía y distancia. No es el protagonista de la historia, pero encarna una mirada profundamente colombiana: la de quien ve pasar las campañas electorales con la sensación de que, detrás de los discursos grandilocuentes, todo sigue funcionando igual.

Studebaker representa ese ciudadano que percibe la teatralidad de la política. El que entiende que las campañas muchas veces se parecen más a un espectáculo que a una deliberación democrática. El que sospecha que las promesas ruidosas ocultan pactos silenciosos.

Esa sospecha tiene raíces históricas. El país fue gobernado durante décadas por acuerdos entre élites que cerraban la competencia política real. El pacto que dio origen al Frente Nacional, inspirado en acuerdos previos entre dirigentes liberales y conservadores, fue presentado como una fórmula para superar la violencia bipartidista. Pero también consolidó un sistema donde el poder se alternaba entre las mismas élites, mientras amplios sectores sociales quedaban excluidos.

La política colombiana aprendió a funcionar dentro de ese marco: acuerdos por arriba, movilización emocional por abajo.

Hoy, cuando algunos sectores hablan de “salvar a Colombia” o repiten consignas alarmistas sin presentar propuestas concretas, reproducen esa misma lógica. No buscan debatir el futuro del país; buscan reinstalar el miedo como argumento definitivo. El problema es que el contexto ha cambiado. La ciudadanía ha vivido demasiado como para aceptar el mismo libreto sin cuestionarlo.

Las generaciones que crecieron viendo el exterminio de movimientos políticos, el auge del paramilitarismo, las masacres del conflicto armado y las promesas incumplidas del establecimiento saben que el miedo ha sido utilizado muchas veces como herramienta de control político. Y cuando esa conciencia aparece, el miedo deja de ser incuestionable.

Ahí se abre una posibilidad.

Si el miedo ya no paraliza como antes, la política tiene la oportunidad —y la obligación— de reinventarse. No desde el espectáculo ni desde la caricatura del adversario, sino desde la construcción de proyectos colectivos capaces de convocar organización social, formación política y nuevos liderazgos.

La democracia no se fortalece cuando los candidatos compiten por ver quién asusta más o quién produce el meme más viral. Se fortalece cuando la ciudadanía discute seriamente qué país quiere construir.

Tal vez ese sea el desafío del presente: abandonar la política del miedo y recuperar la política de las ideas. Porque mientras el debate siga dominado por alarmas y escándalos, las élites que han administrado el poder durante décadas seguirán jugando en un terreno que conocen demasiado bien.

Y Colombia ya ha pagado un precio demasiado alto por ese juego.

Balance de la consulta a la presidencia de la derecha, la derecha y Roy

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Hoy se enfrentó la derecha solapada de Claudia López, con la derecha pura sangre y la indigna lista de Roy y sus juguetes (¿qué tan por fuera estará Roy de la derecha?). A continuación, comparto mis apreciaciones:

1.

Hay consultas innecesarias, como la de Claudia y la del Frente por la Vida… diría Juan Gabriel (1994) “Pero ¿qué necesidad?, ¿Para qué tanto problema?”

2.

A Quintero le fue prácticamente igual que en la consulta en la que no participó, la diferencia fue de casi 78 mil votos y eso en una consulta presidencial no es gran cosa, ¿cuál será su próximo paradero?, ¿qué movimiento se inventará después de esto?, ¿a qué espectro político se moverá?, ¿será que se corre de nuevo hacia la derecha?

3.

Roy con sus 252.869 me genera muchas preguntas: ¿Angel Beccassino perdió su flow o el costo de la contratación hizo que perdiera de vista el tipo de candidato que tenía? ¿Roy cómo pensará competir contra el 1.540.391 de Iván Cepeda? Estoy ansiosa por escuchar su justificación absurda para exigir ser la fórmula vicepresidencial, no sería raro, porque no le corre sangre por la cara. 

4.

Es increíble que Roy a pesar de perder tan apoteósicamente se crea una opción a la presidencia, y a pesar de quedar después de los candidatos más perdedores de la derecha, o sea los juanes: Galán y Pinzón.

Roy me hizo pensar en un antiguo compañero del trabajo que nunca asumió su responsabilidad por nada y tenía la costumbre de culpar a todo el mundo por sus errores. Según él, lo hacía todo muy bien, daba línea, echaba hate y buscaba salir bien librado incluso, de iniciativas tontas y mal planeadas, como en este caso, el Frente por la Vida.

5.

Me sorprendió Hector Elias ‘Tico’ Pineda que sacó 27.828 votos. Me imagino la conversación que tuvo con Roy para entrar a esa consulta absurda, seguro que fue con unos tragos y la emoción de un ‘conspire’ remal calculado.

6.

Daniel Oviedo me tiene pensativa ¿sacó tantos votos porque incaut_s creyeron que así frenaban a Paloma?, ¿ese candidato gustará porque es un mix de Peñalosa, Galán y Claudia?, no me sorprendería que le fuera muy bien si se lanza a la alcaldía de Bogotá, porque la capital es de derecha vergonzante, perdón, es moderada, cuando de elegir alcalde se trata.

7.

¿Será que el matrimonio de Angélica y Claudia sobrevive a esa quemada?, ¿Qué pensará Angélica Lozano del desastre de Angélica Lozano?

8.

Celebro que a Katherin le fuera tan mal en estas elecciones, merecía quemarse hace años. Es momento de buscar su lugar en el mundo, que, evidentemente, está en la derecha.

9.

Parece que a Cathi Juvinao si le sirvió bailar champeta. En la elección pasada usó como plataforma “Trabajen Vagos”, esta vez sacó los prohibidos, en la próxima con qué nos sorprenderá.

9.1

Cuando hablo de Katherine y Cathi pienso en Camilo Romero y me acuerdo de cuando usaban camisetas iguales, como hacen los besties.

10.

Paloma debe estar en modo fiesta pesada y celebrando lo que no va pasar (diría una amiga “echarse la bendición y a esnifar”). Seguro la van a poner de fórmula vicepresidencial de Abelardo de la Espriella. Así es Uribe, usa a las mujeres para que hagan el trabajo de hormiga y luego pone a un tipo cualquiera para que recoja los frutos. Ese ha sido el modus operandi de estas elecciones.

11. 

La prensa corporativa está comparando la votación de Paloma con la de Iván Cepeda, pero pierden de vista que en estas elecciones se votaban no solo las consultas presidenciales sino también las legislativas. Eso tiene un efecto obvio, las razones para salir a votar para un ciudadano de a pie incrementan, cosa contraria a las elecciones en las que se definió la candidatura de Iván, que eran una consulta exclusiva del Pacto Histórico. Por supuesto, al Pacto le toca ponerse las pilas pero los contextos de votación y elección eran distintos. 

12. 

Sobre la lista del Pacto a la Cámara por Bogotá, no me sorprende que le fuera tan regulimbis. La campaña parecía más un parche de amiwis saliendo a jugar fútbol, a caminar por La Candelaria, Teusaquillo y Chapi, de vez en cuando ir a “territorio” (barrios que queden a 40 minutos de esas localidades) y a opinar sobre todo y nada.

Posdata: Iván presidente en primera vuelta

Posdata 2: todavía hay tiempo para bajarse de esa propuesta del viceministerio gato-perrista, no es necesario darle ideas a la oposición

Individuación o diagnóstico: el derecho humano a ser un desastre

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Por: Daniel Aguirre

Sucedió frente a un cajero automático, en ese intervalo de segundos donde la máquina te devuelve la tarjeta y yo, por una razón inexplicable, decido que el trozo de plástico ya no forma parte de mi acelerada realidad. Lo dejo ahí, parpadeando en la ranura, y me abro sin darme cuenta. No es un hecho aislado. Mi historial de vida podría trazarse mediante un rastro de pasaportes olvidados en aeropuertos, llaves perdidas en el fondo del mar y carnés de identidad que mueren en el olvido de un bolsillo ajeno.

He preguntado dónde están mis gafas con las gafas puestas. No una vez. Las suficientes como para que la gente a mi alrededor ya no responda con preocupación sino con resignación. Soy un güevón buscando sus gafas con las gafas encima de la cabeza. Y por si eso fuera poco, una vez busqué el celular mientras estaba hablando por celular. Con el celular en la mano. En la oreja. Funcionando. Usted sabe cuál cara pone la gente cuando eso pasa. La de ay, este man si es mucha gueva. La de alguien que ya archivó sus expectativas sobre usted en una carpeta que dice casos perdidos, con cariño.

En el mundo moderno, este caos cotidiano tiene un nombre rápido y profiláctico: TDAH. Es un alivio, por supuesto. Es la «llave maestra» que la terapia me entregó para dejar de sentirme un irresponsable y empezar a sentirme un paciente. Pero tras años de análisis, me llega una duda que no sale en los manuales de terapia: ¿En qué momento dejé de tener una personalidad para pasar a tener, simplemente, una avería?

La patologización del «Yo»

Estamos viviendo una era donde la excentricidad ha sido sustituida por el código clínico. Ya no hay «soñadores» ni «despistados melancólicos» (suena Cocteau Twins Peppermint Pig de fondo en mi cabeza); solo hay personas con déficit de atención o fallos en la función ejecutiva. Al adoptar estos términos, estamos cometiendo un error categórico: confundir el síntoma con la esencia.

Carl Jung introdujo el concepto de la Persona para describir la máscara que usamos ante la sociedad. Históricamente, mi máscara era la del man caótico con una anécdota entretenida sobre cómo perdí un objeto de valor. Ahora, mi máscara es el diagnóstico. Es una máscara higiénica, aceptada por mi terapeuta y validada en redes sociales, pero es una máscara que me borra. Si cada vez que pierdo un documento me refugio en la «disfunción ejecutiva», estoy externalizando mi propia vida. Dejo de ser un individuo con una historia para convertirme en un usuario pasivo de un trastorno.

El diagnóstico como coartada

Aquí es donde la cosa se pone incómoda, porque hay algo que nadie quiere decir en voz alta en los espacios seguros de la terapia moderna: hay gente que usa el diagnóstico como escudo para no hacerse responsable de nada.

No hablo de quien genuinamente lucha. Hablo del que llega tarde sistemáticamente a todo, te cancela en el último momento, te deja colgado en un proyecto compartido, te trata con desdén, desaparece cuando más lo necesitas, y luego regresa con esa calma casi admirable, esa cara de que no pasó nada, y dice: es que tengo TDAH, es que soy autista, es que tengo ansiedad. Y ahí termina la conversación. El diagnóstico cae como una reja. No hay nada más que discutir, no hay a quién reclamarle, no hay nadie adentro que responda. Solo el trastorno, flotando ahí como un abogado de oficio que llegó tarde pero igual ganó el caso.

El problema no es el diagnóstico. El problema es cuando el diagnóstico reemplaza la responsabilidad en lugar de contextualizarla. Porque saber por qué haces daño no te absuelve de haberlo hecho. La neurociencia puede explicar el mecanismo, pero no te exime de pedir perdón, de buscar estrategias, de intentar, al menos, no destruir lo que tienes alrededor. Entender tu sombra no es lo mismo que rendirte a ella y enviarle la factura a los demás.

Hay una diferencia abismal entre decir mi cerebro funciona diferente y estoy trabajando en ello y decir mi cerebro funciona diferente, así que eso es todo, buenas noches. La primera es una explicación. La segunda es un gansociego, como dice el Zarco en La vendedora de rosas. Le meten esa idea a uno tan adentro, tan despacio, tan con cara de víctima, que cuando uno se da cuenta ya llevs un año disculpandose lo que no tenías por qué disculpar.

Jung y la traición a la Individuación

Jung sostenía que el propósito de la vida es la individuación: el arduo proceso de integrar nuestras contradicciones, nuestra Sombra y nuestras rarezas para convertirnos en un todo único. El diagnóstico moderno es, en muchos sentidos, el enemigo de la individuación. En lugar de preguntarme qué intenta decirme mi tendencia al extravío sobre mi relación con el mundo, la sociedad me invita a catalogarlo como un error de cableado.

Si mi sombra (ese lado oscuro y desordenado) es simplemente química, entonces no hay nada que integrar. No hay diálogo posible con una sinapsis defectuosa. Al etiquetarme, he dejado de ser un sujeto en mi propia terapia para convertirme en un objeto de estudio. Me he convertido en alguien que habita una vida prediseñada por el DSM-5*, donde cada olvido es una casilla marcada y no una experiencia vivida.

Y lo más siniestro del asunto es que la casilla marcada es cómoda. Tiene la temperatura perfecta. No exige nada. Es un sillón diagnóstico donde uno puede quedarse dormido indefinidamente mientras la vida ocurre en otra habitación.

El derecho a la propia sombra

Hay algo profundamente deshumanizante en la comodidad del diagnóstico. El lenguaje clínico es plano; carece de la poesía del carácter. Prefiero la versión de mí mismo que es un desastre humano, con toda la vergüenza y el aprendizaje que eso conlleva, que la versión que es un paciente ajustando su dosis de dopamina. La primera versión tiene un alma que puede ser herida o redimida; la segunda solo tiene un sistema operativo que necesita un que la reparen.

No se trata de negar la neurociencia. Se trata de no permitir que la neurociencia sea el último párrafo de tu historia. Mi tendencia a perder pasaportes, a botar cédulas en el peor momento imaginable, a ser el güevón que busca el celular mientras habla por celular ….nada de eso es solo un síntoma. Es parte de mi mitología personal, una amalgama de herencias, miedos y una curiosa forma de estar en el mundo que se resiste a la organización cuadriculada de la vida moderna.

Quizás, la próxima vez que deje la tarjeta en el cajero, no lo llame TDAH. Quizás simplemente acepte que soy una persona que habita las nubes con más frecuencia que el asfalto. Que hay una diferencia entre estar roto y estar construido de una manera que el mundo moderno no sabe muy bien cómo archivar.

Es menos eficiente. Me sale caro ser así, porque los pasaportes subieron a más de 300 lukas, porque las copias de tarjetas de banco cuestan y botar unas gafas es un proceso el hp. Genera miradas largas, inauditas y silencios expresivos. Pero es infinitamente más real.

Al final del día, prefiero una identidad llena de baches y olvidos que una etiqueta médica perfectamente limpia donde yo, el individuo, ya no existo. Prefiero ser el man que buscó el celular con el celular en la oreja, a ser el paciente que nunca se buscó a sí mismo en absoluto.

(Suena Ebba Grön – «Flyktsoda»)

* El DSM-5 es el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, quinta edición, utilizado para clasificar y diagnosticar trastornos mentales de manera estandarizada.

Por: Daniel Aguirre

Dime qué medio sigues y te diré a quién le hace campaña

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Nos vendieron la idea de que los medios de comunicación son y deben ser neutrales, lo que funciona muy bien en el papel o en un discurso motivador, pero en la vida real, como siempre, las cosas son más complejas. 

No solo porque quienes hacen parte de los medios de comunicación tienen sesgos, sentimientos, intereses y una trayectoria vital, sino porque cada medio tiene una línea editorial clara, una línea que pesa a la hora de cubrir un hecho, escribir la noticia, revisar y publicarla. Incluso pesa en la decisión sobre las fuentes que deben ser consultadas y el orden en el que serán usadas. Es tan crucial que deja una marca en lo que para Rodolfo Walsh es lo más importante en el ejercicio periodístico: la decisión sobre qué escuchar.

Precisamente hace un año escribí una reflexión sobre el tema: ‘Así es mucho del periodismo actual’, en la que hablo de la endogamia, la pereza, el camino fácil y la falta de cualificación que caracteriza a mucho del periodismo colombiano, a lo que hoy sumo una expresión de mi abuela: “no les corre sangre por la cara”. Esa característica, parece, debe ser un requisito para trabajar en medios. Seguramente, tienen una paleta que mide la ruborización y permite calcular el nivel de descaro del aspirante.

En el periodo de elecciones es cuando la prensa explota con mayor fuerza ese “talento” y según el medio la paleta es más clarita o más carmesí. Es que no les corre sangre en la cara para posar de neutrales mientras evidencian sus líneas editoriales con tal transparencia. Debo decir que me parece muy interesante el caso de la Revista Semana, que es claramente de derechas y alimenta con gula la campaña de Vicky Dávila, en cambio otros medios aplican la siguiente fórmula:

Sin embargo, La Silla Vacía va un poquito más allá, porque no le basta con desprestigiar al candidato que se opone a Sergio Fajardo, sino que persigue y señala a los votantes (es en momentos como este que me arrepiento por la falta de imaginación para representar fórmulas, le fallé a Baldor):

Me imagino que tienen un cuadrito en la sala de redacción que clasifica a los medios como ultra petristas, y no petristas, porque en La Silla Vacía el mundo es remaniqueo. En la columna de petristas aparecen los medios alternativos, contrahegemónicos y otros independientes, por supuesto, una clasificación atravesada por la clase social, porque entre gomelos no se pisan las mangueras.

Además, La Silla Vacía tiene un fetiche con los señalamientos, por ejemplo, contra movimientos sociales, defensores de derechos humanos y medios alternativos de comunicación. Pero eso sí, que nadie los señale porque eso es un ataque contra la prensa y así como Yugi-Oh invoca al Mago Oscuro, ellos invocan a la FLIP.

Por ejemplo, el año pasado, agarraron una investigación de la revista Raya sobre el actual gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón y en lugar de dar más elementos de análisis o robustecerla, lo que hicieron fue deslegitimarla y treparla en la narrativa de información petrista. Para el 2026 se pusieron más ajisosos y atacaron a tres medios de comunicación para señalar a su rival electoral Iván Cepeda. Como en los mejores tiempos del uribismo todo tiene que ver con las FARC, es que parece que eran tan poderosas, que tenían un medio anarquista como aliado, un medio con más de 30 años de historia y otro que se ha enfrentado a todo tipo de ataques por contar la realidad del campo colombiano, lo que demuestra que cada vez la fórmula se complejiza más.

Sería más honesto que los medios digan abiertamente a qué candidato apoyan, así como pasa en la Revista Hekatombe, que cree en la información sincera y por eso desde el principio aclara quién y por qué es su candidato presidencial, no como lo hacen otros medios de forma solapada.

Recordando a mi profesora de matemáticas, Beatriz Caballero, de quien no tengo gratos recuerdos, y apelando al título de esta reflexión, ya dedujimos a quién le va La Silla Vacía y su estrategia de campaña fajardista; Semana es abierta con sus intereses políticos; entonces, por favor resuelvan las fórmulas y digan los otros medios corporativos e independientes a quiénes apoyan por debajo de cuerda.

Posdata 1: debo decir que me sorprendió el apoyo de Rodrigo Lara a Abelardo de la Espriella. Obviamente, no esperaba que se uniera a Iván Cepeda, pero tampoco que se fuera con un candidato que, parece, es mucho menos inteligente que él.

Posdata 2: Rodrigo, qué barato eres, ¿fue por un par de tenis?

Posdata 3: Iván Cepeda gana en primera vuelta.