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Manipulación para volver a…

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Por: Julio Pérez

¿Puede un buen propagandista crear o activar viejos hábitos y hacer que nosotros respondamos de acuerdo a sus intereses particulares? La respuesta rápida es sí, sí puede. Con la preparación ideológica y social adecuada, el condicionamiento adecuado y las condiciones adecuadas del contexto, se puede hacer que un grupo de civiles dotados con un buen equipamiento haga redadas de personas indocumentadas, señaladas de delincuentes, que luego serán deportadas para sus países, o que, por medio de la violencia con masacres dirigidas a campesinos, hacer que abandonen sus tierras y las vendan a bajos precios para realizar tal o cual proyecto o ampliar tal o cual empresa o iniciativa privada, o que, bajo la cátedra, Por qué es licito matar comunistas, acaben con todo un partido político y/o diezmen al máximo una población indeseable de opositores al gobierno. Si, todo eso se puede hacer. ¿Por qué? se preguntarán. La respuesta es sencilla, por el bombardeo al que es sometido ese cerebro rápido pero perezoso que se niega a utilizar habilidades cognitivas superiores. Veamos.

Todos recordarán la alegoría del carro alado de Platón, que se encuentra en el dialogo El Fedro. Como saben, se trata de la representación del alma humana dividida en tres partes: el conductor o auriga, o sea el Yo como individuo, que es la parte racional. El caballo blanco que representa la parte de ideales nobles, asociada a la voluntad, el honor, la búsqueda de lo bueno y lo bello. Y por último tenemos el caballo negro que simboliza los deseos irracionales, los apetitos y las bajas pasiones, que busca llevar el carro hacia una vida de placeres inmediatos. Con esta metáfora, Platón, explica la lucha de la naturaleza humana que se debate entre los impulsos racionales y los deseos pasionales, entre el caballo blanco que es un ascenso hacia ideales nobles, y el caballo negro que es un descenso o caída hacia lo más visceral del alma. La función del auriga, o la razón, es controlar los caballos, sobre todo al negro, y mantener el carro en un perfecto equilibrio y correcta dirección.

Pues bien, no muy alejado de esta metáfora, el premio nobel de economía Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio (1995), sostuvo que mentalmente las personas usamos dos sistemas mentales a la hora de elegir, valorar, comprender o tomar decisiones. Un sistema 1, que llamaremos caballo negro, que es rápido, más intuitivo que racional, emocional y opera de manera automática con atajos mentales (sesgos cognitivos), excelente para estar en modo supervivencia. Y un sistema 2, o caballo blanco, que es lento, racional, pausado y funciona con operaciones lógicas y argumentos. Los dos sistemas, tienen incluso sus circuitos neuronales ubicados espacialmente. El caballo blanco (2) se interconecta hacia arriba, rumbo a la corteza cerebral, lugar de residencia de las operaciones psíquicas superiores, como decía Vygotski, y el caballo negro (1), hacia abajo, donde se interconecta el sistema límbico y el tallo cerebral, residencia de las emociones y respuestas instintivas y automáticas. Nos dice el autor:

Describo el Sistema 1 como el que sin esfuerzo genera impresiones y sentimientos que son las fuentes principales de las creencias explicitas y las elecciones deliberadas del Sistema 2. Las operaciones automáticas del Sistema 1 generan patrones de ideas sorprendentemente complejos, pero solo el lento Sistema 2 puede construir pensamientos en una serie ordenada de pasos (…) Describo las circunstancias en las que el Sistema 2 toma las riendas, anulando los irresponsables impulsos y asociaciones del Sistema 1.

Tal como en la metáfora de Platón, un “conductor” bien direccionado hace que el caballo blanco o sistema 2 tome las riendas del pensamiento y controle o anule los irresponsables impulsos del caballo negro o sistema 1. En la manipulación, se trata de todo lo contrario. Para hacer que usted, incluso, acepte o justifique una masacre, los propagandistas inducen emociones, siembran creencias, o compran sus decisiones. Para hacerlo, bombardean su sistema 1, conducen su caballo negro hacia emociones y pensamientos intuitivos y automáticos, sumergiéndose en las zonas más primitivas del cerebro. Es decir, lo hacen pensar con las vísceras y usar una serie de atajos mentales que no le permiten tomar distancia para poder pensar, reflexionar y decidir de manera más adecuada con la razón. 

Todo automatismo mental se resume en la consolidación de tres pasos que parten de la clarificación de una finalidad. Primero, te muestran señales que indica la presencia de un problema y la necesidad de una solución. Segundo, activan una rutina que históricamente ha funcionado con resultados favorables y que está, por decirlo de algún modo, inconscientemente grabado en tu memoria neuronal colectiva. Finalmente, tercero, se fija la obtención de una recompensa (finalidad-señal-rutina-recompensa). A propósito del Uribismo o Centro Democrático, clarifiquemos algunas acciones de su plan. Plan:

1) Finalidad: volver al poder, con todo el colectivo que representa en el 2026, es obviamente su finalidad.

2) Identificar señales. Usan todos los medios de comunicación disponibles para señalar que todo lo que pasa, dice, propone y hace el gobierno Petro es en realidad un desgobierno en materia de salud y seguridad, incluido otros campos.

3)Reactivar emociones y pasiones, y con ellos una rutina que les ha funcionado históricamente con la creación de un caos que divulgue: odio hacia el mal gobierno, miedo ante los hechos, deseos de un cambio.

4) Vender una idea de recompensa por medio de la “reactivación” de una propuesta de seguridad. Recordemos que en el pasado una vez se anidó el odio y el miedo, los colombianos en su gran mayoría aceptamos y guardamos un silencio cómplice frente a hechos como: la conformación de las Convivir que dio origen a los grupos paramilitares, la creación de grupos de la mal llamada “limpieza social”, la eliminación de  todo un partido político (la Unión Patriótica), la muerte de firmantes de paz, sindicalistas y lideres sociales y ambientales, votamos en un referendo en contra de un proceso de paz, aceptamos de manera velada financiar grupos irregulares, justificamos la connivencia entre fuerzas armadas y grupos de autodefensa, etc. De esta forma, y en aras de la seguridad ante un evidente enemigo, un grupo ideológico o político puede convertirse y convertir a sus seguidores en potenciales asesinos, más cuando, según la ciencia, se dan ciertas condiciones generales, neurológicas, mentales y sociales que acabamos de precisar. Por eso, no se les haga nada extraño que aún resuenen frases que otrora dominaron los púlpitos, y ahora hacen eco en las redes y los medios: “matar liberales no es pecado”, o “es lícito asesinar comunistas”.

Referencias

Kahneman, Daniel. Pensar rápido, pensar despacio. Debate. 2018.

Platón. Diálogos (El Fedro). Altaya. 1995.

Cuando la ausencia respira: fragmentos para una vida auténtica

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Caronte me habló: las hojas no mueren,
se hacen tierra para que otras respiren.

Por: Mafistófeles

La muerte nunca es un hecho neutro. Aparece como misterio y herida social. Ante ella, nuestra razón se quiebra: podemos pensarla como parte del orden natural, como tránsito hacia la nada o como regreso a la tierra, pero siempre nos sorprende. Ninguna palabra basta. La filosofía la ha explicado desde la serenidad, como lo inevitable que no debería temerse, y también desde la angustia, al recordarnos que somos los únicos seres conscientes de nuestra finitud.

Lo que más hiere no es la muerte en sí, sino la ausencia: la certeza de que no volveremos a escuchar una voz ni a habitar una presencia. La vida revela su fragilidad en ese instante, pero también su belleza: lo efímero brilla más intensamente porque sabemos que no dura. Somos como la hierba que crece, se marchita y vuelve a brotar, formando parte de un todo que nunca se detiene. Así, la muerte puede comprenderse como tránsito, como metamorfosis de la existencia.

Algunos la imaginan como retorno a la tierra, descanso que iguala a todos; otros la sienten como frontera absurda que rompe con el sentido mismo de vivir. En cualquier caso, su llegada transforma nuestra relación con el tiempo: lo vivido nunca se repetirá, cada instante tuvo su única oportunidad de existir. Lo amado se vuelve precioso porque se vuelve irrepetible.

En la historia de un amigo, escritor, padre, pescador y amante de la naturaleza, comprendo que la vida nunca se reduce a una línea recta: está hecha de giros, búsquedas y pruebas que revelan lo inagotable del espíritu humano. Allí radica la clave: quien descubre un sentido profundo en lo que hace, habita el mundo con intensidad, como si cada instante fuera un llamado a no aplazar lo esencial.

Comprender la muerte desde esta mirada es aceptar que no nos pertenece como un mal que acecha, sino como transformación inevitable que nunca coincide con nuestra vida: cuando existimos, ella no está; cuando llega, ya no somos. Por eso la partida no significa desaparición, sino continuidad en otra forma. Lo que él fue permanece en las historias contadas, en los cuerpos sanados, en los peces atrapados en el río, en las miradas compartidas con quienes amó. Cada gesto suyo sigue respirando en quienes lo recordamos, como si la memoria fuera el lugar donde la vida se rehúsa a extinguirse.

Esa memoria también habita las páginas que nos dejó: obras donde las palabras nombran lo indecible y transforman la experiencia en eco compartido. En La noche de todas las palabras y En el infierno son los otros, su escritura nos transporta hacia las calles y personajes de Túquerres. Allí no solo narró lo íntimo, sino que rescató la textura de un territorio, la dignidad de su gente y la tensión de un tiempo histórico que aún pesa sobre nosotros. En cada cuento late una geografía irreductible al olvido; en La Santa Bárbara de Don Juan, la fuerza de lo popular y lo colectivo se vuelve literatura, resistencia y memoria condensada en la historia regional de lo que hoy somos. Tomo este tiempo para escribir, porque escribir libera y no puedo pasar una noche sin compartir lo grande de su imaginación al momento de crear historias. Escribo como una forma de resistencia, escribo para preservar la vida, aunque mis palabras son cortas y quizá poco profundas se convierten en fuerza para continuar, no solo compartiendo lo que sé sino buscando con quien seguir sosteniendo un dialogo modesto y profundo, como la vida misma a pesar de todo.

Vivir auténticamente implica reconocer la finitud como horizonte que da densidad al tiempo. La muerte, entonces, no se contempla solo como pérdida, sino como invitación a despertar, a vivir con hondura, a no postergar lo esencial. Como en los ciclos de la naturaleza que tanto amaba, donde nada muere del todo, sino que se transforma, también él se vuelve semilla: palabra en nuestras memorias, gesto en nuestras acciones, brisa en el paisaje que compartió con nosotros.

Aceptar la muerte no es un acto de resignación, sino la comprensión de que somos parte de un flujo mayor que nos trasciende. Y en esa certeza se revela que rendir homenaje a su vida no significa quedar atrapados en la tristeza, sino transformar el dolor en gratitud, el vacío en compromiso, la ausencia en una presencia que nos inspira a habitar el mundo con la misma apertura y fuerza con que él lo hizo. La muerte, así entendida, no clausura la existencia, sino que nos recuerda que vivir es siempre una tarea pendiente: la de amar más, agradecer más y abrirnos a la plenitud de lo que somos y compartimos.

Referencias

Epicuro. (2018). Carta a Meneceo. En G. Reale (Ed.), Textos de filosofía antigua (pp. 203–209). Gredos. (Obra original publicada ca. 306 a. C.).

Heidegger, M. (2009). Ser y tiempo. Trotta. (Obra original publicada en 1927).

Homero. (2007). La Odisea (L. Segalá, Trad.). Gredos. (Obra original publicada ca. siglo VIII a. C.).

Nietzsche, F. (2012). El crepúsculo de los ídolos. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1889).

Rodríguez, A. (2010). La noche de todas las palabras. Editorial Vamos.

Rodríguez, A. (2017). En el infierno son los otros. Veramar.

Séneca. (2010). Cartas a Lucilio. Gredos. (Obra original publicada ca. 65 d. C.).

Virgilio. (2008). La Eneida (J. L. Vidal, Trad.). Cátedra. (Obra original publicada ca. 19 a. C.).

Whitman, W. (2019). Hojas de hierba. Cátedra. (Obra original publicada en 1855).

De bruma, laberintos y violencia

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Por: Sergio Ramírez Agudelo – Carlos Andrés Colorado Franco

En el cuento “Ante la Ley” Kafka presenta a un campesino con la firme intención de entrar a la ley, pero encuentra un insuperable obstáculo: un guardián que custodia las puertas. El campesino insiste en cruzar las puertas que lo llevarán “ante la ley”, pero el guardián, con su figura deforme y animalizada, lo intimida e impide su deseo, al menos de manera temporal: “Tal vez, dice el centinela, pero no por ahora”. Esta intimidación es morfológica y gestual: su cuerpo está cubierto por un abrigo de pieles, un rostro fiero que resalta por su nariz aguileña y barba incipiente. El cuerpo del guardián, que es según él, el menos intimidante de los que se encuentran adentro, y sus expresiones ejercen violencia sobre el campesino: su posición, sus gestos, hacen del pobre curioso un tipo indefenso. El guardián contempla al campesino con cierta ternura: “El guardián le da un escabel, y le permite sentarse a un lado de la puerta”. Este encuentro es el inicio de una espera interminable y una exclusión directa y definitiva, una forma de violencia que niega al individuo cualquier posibilidad de comprender su propio deseo. 

Esta situación revela el sentido doble que toma el título: estar frente a la ley y esperar la ley. En esas tres palabras subyace el sufrimiento del campesino frente al guardián: estar ante la ley, es decir antes de ella y frente a ella, implica para Kafka una interminable espera, pero el checo también mostró que estar dentro de la ley, en ella, puede ser un interminable proceso. La vida del campesino es solo una brevísima e incomprensible circunstancia ante la infinitud del objeto de su deseo. 

De manera póstuma, en la primavera de 1925, aparece El proceso. Allí, el señor K., es acusado, procesado y al parecer culpado por un delito que desconoce; es juzgado por jueces invisibles, leyes desconocidas e indescifrables. El señor K. se encuentra sometido a la violencia de un proceso judicial laberíntico e incomprensible. ¿Qué pasaría si el campesino se atreve a entrar a la ley? O mejor aún ¿cómo puede entender el campesino la ley si se atreve a entrar? Todo deviene en ausencia, misterio, silencio, confusión. Imposible entendimiento. 

Ambas narraciones permiten ver una violencia estructural al estar fuera y dentro de la ley. A pesar de no ser evidente en el vaivén del día a día, moldea nuestras vidas: se ha convertido en un índice común en la vida cotidiana, hay un temor a ella como una bruma que nos envuelve. Compartimos el destino del campesino y del señor K.: desconocemos la ley, interponemos recursos ante funcionarios indiferentes detrás de una ventanilla o un escritorio. Un mundo de verdades elusivas, arbitrariedades, decisiones incomprensibles. Parece que nos acostumbramos a una forma del sufrimiento. 

Hace unos años un amigo argentino decía que estaba encantado con la forma en que su novia colombiana le manifestaba amor. “Las colombianas son muy tiernas”, decía, “porque cuando nos despedimos, me pide que la llame cuando llegue a casa”. Naturalmente, él no entendía cuál era la preocupación de su amada. En Colombia tenemos angustia de que la persona amada no llegue a salvo a casa. Es una de las tantas formas en las que se revela la bruma de la violencia: hay naciones en las que causa el mismo temor estar por fuera, como por dentro de la ley. Protegidos o no, con respaldo del Estado o sin él, la gente es desaparecida, asesinada, y luego, con suerte para la familia, sus cuerpos son hallados e identificados; en ocasiones menos afortunadas, el cuerpo ha sido desmembrado, repartido en distintos lugares, e imposible, casi siempre, de identificar. 

Una prueba de ello es el caso de la niña embera katío, violada por siete militares de las Fuerzas Armadas de Colombia, en territorio de la comunidad, en el municipio de Pueblo Rico, departamento de Risaralda, el 21 de junio de 2020. La crueldad de estos representantes del Estado y su institucionalidad, confirma la desconfianza latente con que algunos sectores de la población los vemos. 

Es cierto que hay formas de la ley que resguardan, que logran lo justo, y quizá por eso aún conservamos esperanzas, pero esto sucede, aceptémoslo, las menos de las veces. En nuestras naciones impera una sensación de continua inseguridad que nos acompaña, estando o no la ley presente. Una mujer violentada en la calle o en su hogar es revictimizada por los funcionarios y sus prácticas engañosas, evasivas o truculentas que se ven expuestas en el proceso de aplicación de La Ley. Los reclamos del feminismo frente al temor permanente que los cuerpos subrogados experimentan en su día a día, como la necesidad de un tratamiento especial en los casos de violencia, se ven por ello justificados. 

La Ley se configura como una presencia hostil que intimida y niega el deseo de acceder, deja en una posición de vulnerabilidad permanente ante lo desconocido, una fuerza espeluznante. La Ley no es una institución transparente, abierta; se trata de una fuerza que, por su naturaleza elusiva, confusa impone una violencia devastadora con mecanismos que se escapan a la comprensión más elemental para aquellos como el campesino, el señor K., o usted lector y lectora. Ambas narraciones de Kafka nos arrojan a la urgencia de dejar la candidez frente a un sistema en permanente falla. Al desenmascarar las formas de la violencia que ejerce, se empieza a construir una emancipación de la opresión del autoritarismo.

Entonces ¿qué nos queda? Frente a lo dicho, la suerte de encontrarnos con un buen funcionario como una esperanza cuando nos acercamos a Ley, o cuando el destino es el laberinto y sus minotauros nos queda al menos no engañarnos a nosotros mismos poniendo en duda aquello a lo que estamos habituados. Desenmascarar las diferentes formas de la violencia es un primer ejercicio de emancipación frente a la opresión y el autoritarismo, como lo dice Bertolt Brecht en su poema Loa de la duda: “Pero la más hermosa de todas las dudas / es cuando los débiles y desalentados levantan su cabeza / y dejan de creer / en la fuerza de sus opresores”.

Referencias bibliográficas

Brecht B. (2016) Loa de la duda. Recuperado de https://www.quehacer.com.uy/index.php/mas/poesia/92-bertolt-brech/1246-loa-a-la-duda-bertolt-brecht

Kafka F. (2025). Ante la ley. Recuperado de https://ciudadseva.com/texto/ante-la-ley/

Ortiz M. (11 de noviembre de 2020). Terminan pruebas en juicio disciplinario por violación de niña embera. El Tiempo. Recuperado de https://www.eltiempo.com/justicia/delitos/terminan-pruebas-en-juicio-disciplinario-por-violacion-de-nina-embera-en-risaralda-548536

Columnistas invitados

Sergio Ramírez Agudelo. Profesor Universidad de Caldas y Universidad Autónoma de Manizales. Departamento de Filosofía y Letras – Departamento de Ciencias Humanas.

Carlos Andrés Colorado Franco. Profesor Universidad de Caldas. Departamento de Lingüística y Literatura

De mártires y otras desfachateces

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La derecha en Colombia no deja de sorprender. Llamémosle oposición, término que ellos mismos se adjudican, para así dejar de lado el posible sesgo ideológico que denuncian continuamente dada su interpretación de país. Hechos como la visita del monigote expresidencial Iván Duque y el oligarca Gilinski al genocida Netanyahu y la postulación del padre de Miguel Uribe Turbay como candidato presidencial del Centro Democrático, exhiben la falta de integridad, empatía, humanidad, respeto, en síntesis, exponen todas aquellas características que hacen de un ser humano una criatura infame y vomitiva. Duque, en su deseo afanoso de no caer en el olvido, hecho por demás difícil, porque ¿quién podría olvidar al peor presidente que haya parido este país? Exhibe sus múltiples facetas: el Dj, el pseudointelectual analista, el escritor, el estratega global, en resumen, una plétora de perspectivas, todas torpemente ejecutadas por un mismo mediocre. Por otro lado, el hecho puntual que motiva el presente texto, es el halo de mártir que desean explotar con el fallecimiento de Uribe Turbay. ¿Puede ser alguien tan hij0 de put4? Si se trata de ellos, al parecer sí. Figurar y retornar al poder es el ideal imperioso. ¿Quién se imaginaria que el vejete de Miguel Uribe Londoño iba a ser propuesto para rejuvenecer la política colombiana? ¡Defenderé el legado y las ideas de mi hijo! ¿Alguien podría recordarnos cuáles fueron las ideas y el legado de este personaje? Al parecer, el manto de mártir que enviste al susodicho, será suficiente para conmover votantes y obtener una presidencia.

Como diría Voltaire en el apartado Sobre los Mártires, contenido en su obra Contra el Fanatismo:

“Tantas causas secretas se mezclan a menudo con la causa aparente, tantos resortes desconocidos sirven para perseguir a un hombre que es imposible de desentrañar, en los siglos posteriores, la fuente oculta de las desgracias de los hombres más considerables, con mayor razón la del suplicio de un particular que no podía ser conocido más que por los de su partido” (Voltaire 49).

Misteriosamente, los inicios de campañas presidenciales en Colombia, luego de los dos períodos de Uribe Vélez, comienzan con atentados terroristas que pretenden recordarnos y fijar en nuestras mentes la autoritaria necesidad de seguridad. ¡Necesitamos seguridad para que funcione el país! ¡Necesitamos seguridad para aceitar el engranaje de las instituciones! El argumento emerge desde el más profundo desespero del panteón opositor. La idea de un sacrificado, es la figura perfecta para arraigar las convicciones en su dispersa fanaticada. Si bien, un mártir, como concepto enciclopédico, nos recuerda a aquel individuo inmolado por sus creencias o su causa. Pero, ¿Acaso las convicciones y las causas de la derecha no están siempre en venta? ¿No es el dinero y el poder lo que los mueve en última instancia?

Que no hay muerto malo, es una de las más consagradas expresiones populares por excelencia. Ahora bien, si tenemos que el prospecto de mártir fue un perfecto inútil en vida, es algo quizá más contundente que la frase anterior. Es verdaderamente chocante asumir aquella narrativa de un Uribe Turbay que luchó por el pueblo. Su memoria, manoseada por sus copartidarios políticos, es ahora parte del paisaje electoral. Porque, ¿qué sería de la campaña de oposición sin sangre y muerte de por medio? ¿Cómo transformarían su discurso sin la fórmula mágica de la supuesta seguridad democrática? Un ala política sin ideas, como la que representan estos personajes, necesita hacer uso del miedo. Crear respuestas automáticas en sus electores, mediadas por el pánico. Hecho por demás ruin, como diría Voltaire a razón de San Atanasio: “Es una herejía execrable querer ganarse por la fuerza, por los golpes, por los encarcelamientos, a aquellos a los que no se ha podido convencer por la razón” (Voltaire 75). Es así como en un giro narrativo el mártir se convierte en victimario. Uribe Turbay, estigmatizó los movimientos sociales, las reformas laborales que buscaban un trabajo digno para los colombianos, incluso al género femenino, con sus afirmaciones desafortunadas en el macabro caso de Rosa Elvira Cely. Resulta bastante rocambolesco que su supuesto legado termine como aquel hábito manchado que busca vestir la oposición. Y para ser aún más ignominiosa esta creación simbólica, tenemos a un criminal condenado, impulsando la campaña que ejecuta el progenitor del finado. ¿No debería estar en la cárcel? ¿No son pues lo máximos defensores de la institucionalidad y la justicia? Sin ningún atisbo de vergüenza, la oposición aún considera viable apoyarse en Uribe Vélez para lograr presidencia. Sin palidecerse y mucho menos conmoverse, Miguel Uribe Londoño, permite que un delincuente haga política con la memoria de su hijo. Con el lecho mortuorio aún tibio, estos nefastos personajes pretenden movilizar miedo y odio en sus votantes.

Y es que al parecer quienes estamos presos somos los colombianos a los designios del criminal Uribe Vélez. Un condenado que hace política, presiona a la justicia, posee un aparato de medios de mierda mintiendo y confundiendo a su servicio, sus hijitos, con delirios de principado, convocando a marchas y revisiones amañadas del caso, en últimas, todo un convoy de patriotas defendiendo lo que ellos consideran el futuro democrático de su finca. Como planteara Erich Fromm en su obra El Miedo a la Libertad a razón del fascismo:

“el fascismo es un problema económico y político, pero su aceptación por parte de todo un pueblo ha de ser entendida sobre una base psicológica (…) Una parte de la población se inicia en la práctica sin presentar mucha resistencia, pero también sin transformarse en admiradora de la ideología (…) en cambio, otra parte del pueblo se siente hondamente atraída, vinculándose de una manera fanática a sus apóstoles” (Fromm 216, 217).

Esta psicología popular es lo que la oposición explota en campaña. La angustia generada por el miedo y el deseo de seguridad, solo puede ser solventada por quien abandere el legado de un mártir, su mártir. Aquel halo espiritual, fuertemente arraigado que lo aporta la religiosidad ciega y la fe en sus líderes, vivos o caídos. Hay que recordar al pueblo quienes son las verdaderas víctimas. Los crímenes de Estado, la represión social y las reformas homicidas son el legado de la oposición y lo que desean movilizar para el 2026. No olvidemos que nuestra libertad garantiza, casi de manera automática, nuestra individualidad. El derecho de expresar nuestros pensamientos, sin embargo, tiene algún significado tan sólo si somos capaces de tener pensamientos propios (Fromm 248).

Referencias

Fromm, Erich (2012). El Miedo a la Libertad. Editorial Paidós, Barcelona

Voltaire (2015). Contra el Fanatismo. Editorial Taurus, Madrid

El parque La Enea siempre ha sido

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Por: Daniel Aguirre

Más que un pedazo de verde.
Es un bar de karaoke al aire libre.
Un aeropuerto de cometas fracasadas.
Un primer beso.
Un atardecer de una pareja de pensionados.
Es todo eso y algo más, algo que no cabe en los planos ni en los decretos.

Aquí en el parque, reinventamos el concepto de ciudad. Como dice la banda de punk Espasmódicos:
«La ciudad bajo tus pies parece pequeña, tú eres un cohete, un misil, una estrella.»

Y lo fuimos. Cohetes. Misiles. Estrellas.

El parque nunca ha sido perfecto.
Tiene grietas. Charcos. Columpios oxidados.
Pero aquí pasan cosas que no caben en oficinas. Conversaciones de madrugada sobre miedos. Proyectos de vida que no llegaron a ningún lado. Primeras veces compartidas con amigos. Aquí las risas duran más que el cemento. Aquí los recuerdos se hacen sólidos.

Cuando tenía doce años también intenté elevar cometas.
Cometas con bolsas de Mercaldas y palitos de guadua.
Nunca volaban. Todas se me caían, una tras otra.
Pero nos reíamos igual.
Incluso el fracaso tenía viento propio.

Oscar y Daniel recuerdan a sus perros,ahora testigos del paso de los días.
Laura recuerda a Box, que ya no está.
Box metiendo las patas en la zanja de agua. Box corriendo por la manga. Rodando. Escarbando. Box siendo feliz.
Y ese recuerdo se quedó aquí, amarrado a los árboles.

El parque también guarda ausencias.
Camilo venía con su hermana.
Ella le gritaba: “el que llegue de último a los columpios es un huevo podrido.”
Él corría. Reía. Se ensuciaba.
Hoy ella ya no está.
Y cada vez que cruza el parque, esa risa le atraviesa la memoria como un eco.
Los lugares guardan esas presencias.
Esos colores que ya no se ven.
Pero siguen aquí, latiendo.

Yo también tuve mis refugios aquí.
Idas con amigos.
A parchar.
A escuchar sonidos estridentes en grabadoras baratas.
Canciones mal grabadas, pero necesarias.
BSN sonando fuerte:
«Todos atrapados en esta jungla de cemento, pánico y descontento es lo único cierto…»
Y nosotros desafinados.
Cantando a gritos.
Como si así espantáramos el miedo.

El parque fue mi lugar seguro.
Era lo bueno de la semana.
El desahogo.
El rincón donde la ciudad no nos aplastaba.

Por eso no me cabe el “progreso” que nos quieren vender.
No me caben las plazoletas de cemento brillante.
No me caben los kioscos que venden hamburguesas tibias.
No me cabe la palabra modernidad en boca de quienes nunca vinieron a escuchar lo que aquí pasa.

Ese progreso no cura la escuela cerrada del barrio.
Ese progreso no abre el puesto de salud donde la gente todavía se enferma.
Ese progreso es disfraz barato.
Maquillaje sin alma.
Negocio, no vida.

El parque enseña otra cosa.
Que los lugares no se construyen solo con planos.
Que las causas no nacen en oficinas.
Que nacen de la voz rota del vecino que protesta.
De la risa de los muchachos tirados en el pasto.
Del perro bebiendo en el manantial.

El parque siempre ha sido.
Y si lo dejamos ser, seguirá siendo mucho más que un proyecto.
Seguirá siendo vida.
Seguirá siendo memoria.
Seguirá siendo nuestro.

De startup a superapp: la red de poder detrás de Rappi

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Mientras el presidente Gustavo Petro firma la reforma que actualiza el Código Sustantivo del Trabajo y dos leyes clave de flexibilización (1990 y 2002), vale mirar el espejo que ofrece Rappi: una plataforma nacida en Bogotá que, en diez años, pasó de “emprendimiento” a actor financiero transnacional. Esta primera entrega sitúa el contexto político y traza el mapa corporativo que explica su ascenso.

Reforma en marcha, democracia frágil

La nueva reforma laboral llega tras un forcejeo de dos meses en la Comisión Séptima del Senado y un trámite en Cámara que recortó capítulos neurálgicos para fortalecer al sindicalismo, en un país que concentra más del 60 % de los asesinatos de sindicalistas documentados. La apuesta del gobierno es ampliar capacidad estatal para garantizar derechos y cortar flujos de dinero público que enriquecieron a élites por décadas. En ese tablero, Rappi ocupa un lugar central.

Rappi en la constelación del capital de riesgo

Fundada en 2015, alcanzó estatus de unicornio tres años después. Opera con residencia fiscal en Delaware y ambición de superapp: integra reparto, pagos, datos, turismo, farma, entretenimiento y servicios financieros. Delivery Hero posee 7,9 % de Rappi; compró el 100 % de Glovo en 2022 (con PedidosYa) y antes tuvo Domicilios.com, luego vendida a iFood. Rappi amarra alianzas con Davivienda (Colombia), Interbank (Perú), Banorte (México) y acuerdos sectoriales (Civitatis, Laboratorios Richmond, Páramo).

También invierte: en 2021 participó en Airlift junto a figuras como Sam Altman, Biz Stone, Steve Pagliuca, Jeffrey Katzenberg, Taavet Hinrikus, Stanley Tang y Bastian Lehmann. No es solo logística: es un nodo de datos, capital y poder.

El credo emprendedor de Simón Borrero

El CEO repite un ideario de autoexigencia (“no quejarse”, “impacto social”) y referentes como Bezos, Musk, Zuckerberg, Jobs. Afirma que los repartidores no son empleados porque se conectan “cuando quieren”. La evidencia contradice esa libertad plena: dependencia económica, control algorítmico y sanciones automatizadas moldean ingresos y horarios. La retórica meritocrática borra las asimetrías de acceso a capital, redes globales y captura regulatoria.

El trabajo que cambió (y lo que no)

Colombia pasó de rural a urbana y financiarizada; la flexibilización de 1990 y 2002 prometió formalización masiva que no llegó. Más de la mitad de la fuerza laboral permanece en la informalidad o economías populares. Entre 2022 y 2025, el salario mínimo subió más del 40 % sin disparar desempleo ni inflación; la desocupación tocó mínimos de 25 años, reabriendo el debate sobre “costos laborales”. En ese contexto, las plataformas funcionan como válvula de escape del subempleo, con jornadas largas, ingresos inciertos y sin protección.

Quema de caja, sube la valoración

En Colombia, Rappi reportó pérdidas operativas superiores a $305.000 millones COP (2019) y por encima de $230.000 millones (2020–2021). 2020 fue el pico de ingresos ($394.800 millones); en 2021 cayeron a $249.529 millones sin que las pérdidas bajaran en igual proporción. Aun así, la valoración saltó de US$1.000 millones (2018) a US$6.400 millones (2024). La clave: capital de riesgo (≈ US$2.200 millones de Sequoia, T. Rowe Price, a16z, SoftBank) que subsidia tarifas para capturar mercado y postergar utilidades. Si la apuesta al monopolio falla, los costos ya habrán sido socializados.


Rappi es tecnología, sí, pero también impuestos, lobby y poder. En la próxima entrega: cómo opera el supervisor invisible (el algoritmo), qué viven los repartidores y cómo responden con organización colectiva.

Árboles sí, cemento no. ¡El parque de la enea no se toca!

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Por: Laura Camila

Al alcalde de Manizales Jorge Eduardo Rojas le dio por invertir recursos del municipio en un regalo que nadie necesita y nadie le pidió con el apoyo de la secretaria de Medio Ambiente Jessica Quiroz, quien, desde su inicio en la carrera política como concejal, diputada y ahora secretaria de Medio Ambiente vendió su candidatura bajo un eslogan animalista, que solo se quedó en eso; pues en Quiroz pesan graves denuncias como la realizada por la Fundación Colectivo Identidad Animal y la organización ALEGATO, quienes interpusieron ante la Procuraduría General de la Nación una queja disciplinaria en contra de su cartera por la falta de acción en los casos de maltrato animal de la ciudad. Y ahora resulta que ella firmó el contrato para la destrucción del hábitat de diversas especies animales y vegetales en el barrio La Enea de Manizales.

Mientras que el centro de salud Assbasalud del barrio se encuentra cerrado hace meses y las instituciones educativas reclaman mejoras, el alcalde de Manizales ve conveniente invertir más de 3.500 millones (al inicio del contrato eran 1.800), en la intervención de 10.400 metros del corredor biológico conocido como El Parque de La Enea.

La idea de Rojas es crear un “parque de las mascotas”, con plazoleta de comidas, zonas azules, baños, dos entradas presuntamente con seguridad privada y una jaula para gatos, además, juegos para los perros. Lo que no sabe el alcalde es que este parque ya es un “parque de las mascotas”, basta con ver cómo la pasan de bien los perros mientras corren libres, cavando, jugando, cogiendo palos y revolcándose en pasto verdadero, pues quiere poner grama, es decir, si lo que buscaba era la simpatía de la gente al titularlo como “parque de las mascotas” no le sirvió porque las mascotas ya no tendrán libertad.

Como es de esperar la comunidad de La Enea ha rechazado este obsequio, se han manifestado de manera pacífica en diversas ocasiones, además, crearon un movimiento que se llama ENEA RESISTE cuyo logo es una zarigüeya, pues, acá viene lo más importante y es que en este “relicto biológico” que es un ecosistema que sobrevive en un área reducida, habitan diversas especies animales y vegetales por quienes el movimiento ENEA RESISTE levanta la voz. 

El parque es el hogar permanente y temporal de diversas especies. Está habitado por aves locales como: Barranquillo, Pigua, Gallinazo, Azulejo, Carpintero, Toche Enjalmado, Mirlas, Coquitos, Canarios. Aves migratorias: Tyranus Savana. Mamíferos: Zarigüeyas y Ardillas. Insectos: mariposas, grillos, abejas.

Hay árboles adultos y jóvenes, arbustos, nacimientos de agua, que de hecho salvaron al barrio en el 2011 cuando Manizales se quedó sin el suministro porque una avalancha taponó la bocatoma de la planta de tratamiento del acueducto. Ese año los habitantes del barrio durante horas hacían filas con sus cocas y canecas en los nacimientos para abastecer sus necesidades. Ahora, parece que muchos lo olvidaron y aceptan el regalo de canalizarlos para que se vayan por una alcantarilla.

Rojas y Quiroz y los demás defensores del proyecto argumentan que esto es el desarrollo, que el parque se debe modernizar, pero, ¿acaso el desarrollo no es invertir en salud y educación? o ¿es desarrollo para los bolsillos de quién? Está claro que no para aquellos habitantes y dueños silenciosos del ecosistema.

Definitivamente el lema de Rojas de “un gobierno en serio”, sí le queda bien, es un gobierno en serio comprometido con la deforestación y el especismo. 

Iván Cepeda, queremos un gobierno tuyo

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En la Hekatombe nos la jugamos con la crítica mordaz al sistema, con problematizar lo que parece cotidiano y hasta superficial, pero que en realidad es síntoma de un mundo que se alimenta del despojo. También nos gusta soñar, creemos en la importancia de la curiosidad, de explorar nuevas posibilidades, de imaginar imposibles que realmente son posibles, porque como decía Joe Stromer, “el futuro no está escrito” y seguro no será el que anhelan las derechas.

Lo electoral no nos encanta pero tampoco la torre de marfil de la superioridad moral, por eso, sin tibiezas, sin miedo al qué dirán, informamos que las ovejas negras de la Revista Hekatombe se suman a la campaña austera y popular para que Iván Cepeda sea presidente.

1.

Estamos convencidas y convencidos de que Iván Cepeda debe ser el candidato tanto del Pacto Histórico como de los sectores alternativos y democráticos en general. Su estatura ética y su trayectoria política en favor de las víctimas, de las y los ofendidos, ninguneados, y oprimidos, habla por sí misma. No necesitamos más argumentos.

Desde hace varios años diferentes sectores sociales le han pedido a Iván Cepeda que se lance a la presidencia, él prefirió seguir llevando una legislatura disciplinada y con muchísimos resultados. Hoy las condiciones están dadas para que sea EL CANDIDATO.

2.

La Revista Hekatombe es un medio de comunicación diferente. Somos media punk, una revista de análisis político y cultural sobre la condición de época. Mandamos al carajo la pose hipócrita de la neutralidad y hablamos con toda sinceridad porque no tememos ensuciarnos las manos con las contradicciones de la historia y porque superamos el qué dirán. Por eso anunciamos sin ambigüedades que vamos a dar ese respaldo político y editorial.

3.

El gobierno de Gustavo Petro ha tenido avances fundamentales en la superación de la pobreza, en acciones que promueven la productividad de la economía, y en la integración de sectores excluidos. Los ataques a las leyes de financiamiento por parte de la clase política y el poder económico, y el saboteo a otras reformas que promueven el cambio, le han hecho daño al proyecto, pero también ciertos escándalos que en realidad eran innecesarios. Nos sumamos a la necesidad de darle continuidad al programa, así como a la importancia de reflexionar y establecer un balance serio sobre la primera experiencia de un gobierno progresista en la historia de Colombia, tal y como lo plantea nuestro candidato, Iván Cepeda.

4.

Nuestras familias, nosotros y nosotras hemos sobrevivido y resistido a Laureano Gómez, al Frente Nacional, al Estatuto de Seguridad, al conflicto armado, al uribismo, a las derechas que buscan homogenizar y silenciar. Siguiendo ese legado, no vamos a dar un paso atrás y vamos a seguir creyendo y trabajando por el cambio, porque es posible, porque se ve y porque hay que seguir luchando por él, desde lo que hacemos cotidianamente, con nuestra militancia en la Revista Hekatombe y ahora, respaldando a Iván Cepeda Castro.

Nos gusta el compromiso activo, no solo de palabra, por eso, estaremos generando piezas gráficas y material de campaña para uso libre, para compartir, reproducir y calcar, porque la campaña se hace en la calle, no desde escritorios, ni debajo de la mesa.

Con mucha emoción decimos ¡Iván Cepeda presidente y manos a la obra!

Somos Revista Hekatombe, la oveja negra de la prensa nacional.

Conservadores, reformistas y revolucionarios

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Algo evidente a todas luces, es que en el mundo existen dos tipos de sociedades: las que poseen y las que no poseen. Casi la gran mayoría de países de occidente han renunciado a la lucha por la desigualdad y la pobreza. Sin sonrojarse, se presentan datos como que el 10% por ciento de la población mundial posee toda la riqueza del mundo. En países como Colombia, la proporción es menor, y la riqueza se concentra en el 5% de la población, mientras el otro 95% lucha por sobrevivir. En otros términos, unas pocas familias son las dueñas del país. Para mantener esta brecha de desigualdad, desmontaron los gobiernos democráticos y situaron plutocracias a lo largo y ancho del mundo, instalándose en Colombia a partir del llamado Frente Nacional.

Antes se pensaba que era posible lograr para las sociedades el “pleno empleo” mediante un adecuado plan de gasto público, comandada y librada por órganos políticos robustos que desplegaran todo un arsenal de armas igualmente políticas. Por un tiempo, esa convicción alcanzó, como plantea Zygmunt Bauman, “categoría de axioma, pues era compartida por las fuerzas de todo el espectro político”. La relación entre capital y mano de obra (sobre todo local) era recíproca e interdependiente y se definían sus mutuas transacciones y concesiones que se volvían ley (el capital necesita de la mano de obra, y el trabajador necesita del capital), y esto incluso estaba por encima de la división entre izquierda y derecha. El neoliberalismo rompió con esta luna de miel entre capital y mano de obra implantando reformas regresivas, lo que Bauman llamó retrotopías: “las retrotopías son mundos ideales ubicados en un pasado perdido/robado/abandonado que, aun así, se ha resistido a morir, y no en ese futuro todavía por nacer (y, por lo tanto, inexistente) al que estaba ligada la utopía dos grados de negación antes”. Así las cosas, vemos renacer en el mundo actual la desigualdad social, étnica y económica, un giro de vuelta a Hobbes con la necesidad de volver al proceso civilizador y vigilar, controlar, excluir, enjaular o destruir de manera definitiva al animal que llevamos dentro, al mal que nos carcome como sociedad y que, en Colombia, incluso desde los grandes medios, lo han identificado claramente: llámese comunismo, neocomunismo, castrochavismo, socialismo del siglo XXl o narcosocialismo.

Para entender la retrotopía, basta con mencionar la reforma laboral del delincuente Álvaro Uribe Vélez la cual, rechazando conquistas y acuerdos de los trabajadores, implantó relaciones laborales que, con menosprecio de la mano de obra, favorecía al sector empresarial (no pago de recargos nocturnos, no pago extra de días festivos, no a los contratos y prestaciones, negación salarial a los estudiantes y ni hablar de los aprendices del SENA). Esta forma camuflada de esclavismo y de tensiones ideológicas, nos permite vislumbrar tres formas de actividad política que trataremos de caracterizar en el contexto colombiano, conforme a la existencia de tres tipos de sujetos: los conservaduristas nostálgicos, los reformistas accesorios y los revolucionarios.

La función de un conservadurista nostálgico, es básicamente la defensa a ultranza de viejas estructuras y viejas instituciones. El lema que los caracteriza es “todo tiempo pasado fue mejor”, y por eso hay que volver a reinstalarlo. Se trata de un imaginario que busca defender y recuperar privilegios que descansan en la clase, el estatus, la familia, el apellido, la posesión de la tierra, y las relaciones de poder tipo esclavista, heredado de una estructura social colonial. De ahí el respeto por instituciones conservadoras como la familia patriarcal, la religión (católico-cristiana), la libre empresa y la milicia. Cuando un neoconservador nostálgico identifica problemas políticos, sociales, económicos y culturales, su respuesta es completamente regresiva, colonial y aristocrática, sustentado en una defensa de los privilegios y del estatus quo. Es de su creencia que el país es de ellos, que la tierra está a su disposición, pues pertenece a una larga herencia familiar, y por eso hay que meterle armas y seguridad para que ello siga así.

En segundo lugar, tenemos los reformistas accesorios que antaño se identificaban con fuerzas y valores liberales. Son académicos, estudiosos, trabajadores y empezaron a conformar una clase media y media alta de expertos en cuestiones públicas. Los reformadores toman algunos valores heredados del siglo de las luces: igualdad, justicia, derechos humanos. Más democrático que el anterior, entiende que el poder debe ser mejor compartido al igual que la riqueza. Su lema principal es “a cada cual según sus méritos”, y para ello consolidan todas las reformas que le sean posibles, en busca de una accesoria igualdad. Los reformadores fallan completamente en materia política cuando comienzan a identificarse con los privilegios de la clase dominante, a la que acceden generalmente por mérito o por la ayuda de los conservaduristas, a los que se venden como técnicos y expertos. De ahí su cambio de lema por el de “hay que construir sobre lo construido”. Si plantean una reforma laboral, no tocan la posesión de la tierra y del terrateniente, ni asignan derechos laborales a los trabajadores agrarios y campesinos, con el fin de mantener relaciones laborales tipo amo-vasallo.

Finalmente, como tercer sujeto político tenemos al reformador revolucionario. Más que un reformista o un manipulador de cambios accesorios, sus propuestas promulgan una permutación de paradigma, es decir un cambio en los modelos de hacer política. Un modelo centrado más en las necesidades y derechos del pueblo que de los privilegios de unas cuantas familias. El fin del revolucionario es reducir las desigualdades y la pobreza por medio de la acción misma del propio pueblo. Un posible lema que podríamos atribuirle sería: “resuelve los problemas materiales del hombre, y los cambios en las ideas políticas vienen por añadidura”. La preocupación principal del revolucionario es resolver los dilemas materiales del hombre. Su acceso a una vivienda digna, salud, educación, divertimento y participar de la riqueza. Mientras que los conservaduristas y los reformistas accesorios, pretenden defender el estatus quo de una clase privilegiada que detenta el poder social y económico (medios de producción y relaciones de producción), el revolucionario promueve un cambio de paradigma: el centro en las políticas públicas no es la elite, ni la clase privilegiada, sino el trabajador. ¿Cuál te identifica querido lector?

Referencias

Bauman, Zygmunt (2017). Retrotopía. Editorial Paidos, Buenos Aires

Escuchar distinto. Sobre El tiempo que queda de Laura Quintana

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“Hace años que mi cara no me sorprende, ni siquiera cuando me corto el pelo” escribe Almudena Grandes en Atlas de geografía humana. Esta frase me volvió cuando leí El tiempo que queda. Sobre envejecer en el fin del mundo, el más reciente libro de la filósofa colombiana Laura Quintana, publicado por la editorial Ariel. Porque hay un momento —invisible, lento, íntimo— en que dejamos de reconocernos del todo en el espejo. No es que no sepamos quiénes somos, es que algo se desacomoda en la mirada, un pliegue nuevo, una sombra insistente en el contorno de los ojos, manchas en la cara, y lunares que antes no estaban; el cuerpo que tarda más en reaccionar o empieza a doler sin causa aparente. ¿Cuándo empezó a pasar? ¿Qué significa envejecer cuando el mundo insiste en que el tiempo no debería notarse?

Laura escribe: “Porque el tiempo también queda, va atravesando lo que somos, componiéndose en capas, estratos que van produciendo sutiles y cada vez más visibles alteraciones. Vamos envejeciendo hasta que, de pronto, de una manera incontenible, ya no se puede negar que el cuerpo es viejo: ya no puede lo que podía, sus fuerzas disminuyen, el dolor aparece como algo cotidiano aquí y allá, aunque no sea patológico y se haga soportable” (14). Este libro no es una queja, es una apuesta a mirar la vejez —y el tránsito para llegar a ella— desde otro lugar, no como declive sin retorno, sino como una experiencia material, sensorial y política. El tiempo que queda nos invita a nombrar la vejez y el proceso para llegar a ella sin vergüenza; decirlo con la piel, con la memoria, con la voz de las madres, las abuelas, las hijas, con los cuerpos que ya no entran en la luz blanca de las vitrinas, cuerpos que duelen, que se doblan, que se ensanchan, que se transforman, sí, pero también cuerpos que se afirman, que respiran, que gozan, que todavía se estremecen.

Una de las imágenes más potentes del libro aparece temprano, cuando Laura recuerda a su hija Feliza haciendo cálculos sobre su edad: “Cuando yo tenga cincuenta, dice la niña y luego responde “una abuelita de ochenta y siete, a quien cuidaré.” (p,12) La frase, tan dulce como brutal, le impone una verdad que no se puede desviar, la muerte deja de ser una idea lejana y se convierte en un umbral que se aproxima. Sin embargo, incluso ahí, en ese horizonte que encoge el futuro, hay una potencia que no desaparece, la de hacerse cargo de ese cuerpo que se va siendo. No un cuerpo idealizado, sino uno con historia, con restos, con escarificaciones. Cuerpos como el que nombra María Paz Guerrero en Dios también es una perra: “Dios tiene 53 años arrugas dios está menopáusico, le da rabia, odia su cuerpo que se ensancha, dios ahora es una nevera con espalda ancha, dios ha perdido sus curvas, dios es temporal y el tiempo ataca su figura, dios sale a bailar con su nuevo cuerpo y su cara ajada” (p, 8). Cuerpos divinos y periféricos, que se mueven con lo que tienen, que siguen bailando.

Como ha dicho Anna Freixas en Yo, vieja, necesitamos una agenda política para la vejez que nos permita vivirla a nuestro antojo, sin mandatos rejuvenecedores ni nuevas exigencias que parezcan modernas pero que solo reproducen lo mismo de siempre rendimiento, autoexplotación y control. Una vejez —y un envejecimiento— sin espectáculo, sin nostalgia de juventud, sin simulacro de la inmortalidad. Eso es precisamente lo que Laura recupera en El tiempo que queda, no la exaltación optimista de la madurez, ni el relato derrotista del cuerpo en decadencia. Su escritura se ancla en otra temporalidad, una que reconoce la fragilidad sin rendirse, que nombra la finitud sin encerrarse en ella. Una escritura que escucha, que vuelve a mirar, que presta atención a lo que muchas veces pasa desapercibido.

Este gesto de atención a lo que envejece sin espectáculo ni simulacro de inmortalidad no se limita al cuerpo humano. El tiempo que queda también abre la pregunta por la vejez del mundo. Laura escribe: Quizá haya todo un vínculo por pensar entre el cuidado del mundo, lo que queda de este, y la hospitalidad con respecto a lo viviente” (p,18). Esa línea no aparece como una excepción dentro del libro, sino como parte de una reflexión que pone en relación la fragilidad de los cuerpos humanos con la fragilidad de la tierra. La vejez ya no es solo asunto de piel y órganos, sino también de suelos, aguas, especies que desaparecen, ecosistemas que se deterioran. Este libro acompaña al mundo en su envejecimiento, lo escucha, lo cuida, lo abraza desde su vulnerabilidad compartida.

En el capítulo Escapando de la tierra, Laura se detiene en los millonarios que fantasean con abandonar el planeta, construir refugios fuera de él o asegurar burbujas a salvo del colapso que han ayudado a generar. No se trata solo de una huida del desastre, sino también de una negación del cuerpo, del tiempo y de la historia. Ese impulso por escapar del envejecimiento y del deterioro es también es una apuesta por el control total, una lógica de extracción sin límite, donde tanto la tierra como el cuerpo humano son entendidos como recursos a agotar. Pero el libro propone otra pregunta ¿y si en lugar de huir se tratara de quedarse? De oír lo que queda, lo que aún late, lo que no se deja capturar. Escuchar no como renuncia, sino como forma de presencia. Volver al cuerpo que percibe, al lenguaje que demora, a los vínculos que sostienen. Envejecer, entonces, como forma de atención, de arraigo, de resistencia. Como una manera de quedarse y de escuchar distinto.

Virginia Woolf escribió: No son las catástrofes, los asesinatos, las muertes, las enfermedades las que nos matan, es la manera como los demás miran y ríen y suben las escalerillas del bus.” Esa violencia chiquita, la que no grita, la que se cuela en las miradas y los comentarios, también envejece. Laura lo formula con claridad: “La diferencia que uno siente en su cuerpo, por ejemplo, de los treinta a los cincuenta no es necesariamente tan fuerte si uno goza de buena salud y condiciones de vida favorables. Pero la diferencia sí se hace visible en el juicio que los más jóvenes tienden a producir sobre los rastros que va dejando el paso del tiempo” (p, 43). Esa mirada, que pesa más que el peso de los años, es la que este libro se atreve a devolver. El tiempo que queda no pide permiso para hablar desde lo que incomoda; no se protege con adornos ni se instala en la queja. No busca indulgencia ni redención. Ofrece una lectura que no le teme al desgaste, que no separa lo político de lo íntimo, que insiste en el deseo, en la rabia, en las preguntas. Y también propone otra relación con el tiempo no solo el que nos cambia, sino el que compartimos con otros cuerpos y territorios. Porque vivir de manera más justa más habitable, exige dejar de pelear con el reloj y con el espejo. Como dice Laura: “vivir de manera más sostenible requiera asumir de otra forma cómo el tiempo se inscribe en nuestros cuerpos y en los territorios que habitamos” (p,18)

Este libro no se termina cuando se cierra. Se queda vibrando, latiendo, preguntando. El tiempo que queda abre un espacio para pensar la escucha como práctica política, los afectos como lugar de resistencia, el envejecimiento como posibilidad de transformación. ¿Qué pasaría si pudiéramos caminar el tiempo que nos queda con menos culpa y más conciencia?, ¿si fuéramos capaces de habitar la vejez no como una derrota, sino como una forma de atención radical?, ¿si dejáramos de exigirle a nuestros cuerpos que no cambien, que no duelan, que no recuerden? Este ensayo —que piensa con filósofas, imágenes, luciérnagas, madres, hijas, amigas— no es un libro reservado para especialistas ni una reflexión abstracta sobre el tiempo. Es una invitación a leer con el cuerpo, con las memorias, con las preguntas propias. A detenerse, a prestar atención, a decir lo que muchas veces se silencia.

El tiempo que queda llega en un momento que exige otras formas de vida y de vínculo, cuando se nos agota el planeta, el aliento, la ficción del control. En tiempos donde se venera la juventud eterna y se descartan los cuerpos que ya no rinden como antes, este libro nos propone una pausa, una grieta luminosa, una forma de quedarse. De escuchar distinto. De mirar sin adornos, de envejecer sin esconderse. Y también, de imaginar —desde los cuerpos que cambian y los territorios que se agrietan— un porvenir que no sea solo resistencia, sino también cuidado, compañía y deseo.

Leer este libro no es solo un acto intelectual. Es una experiencia encarnada, situada, profundamente política. Por eso, vale la pena demorar la lectura, dejarse incomodar, preguntarse. Y, sobre todo, dejar que algo quede.

Bibliografía

Freixas, A. (2020). Yo, vieja. Apuntes de supervivencia para seres libres. Capitán Swing.

Grandes, A. (1998). Atlas de geografía humana. Tusquets.

Guerrero, M. P. (2019). Dios también es una perra. Cajón de Sastre. Quintana, L. (2025). El tiempo que queda. Sobre envejecer en el fin del mundo. Ariel