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Árboles sí, cemento no. ¡El parque de la enea no se toca!

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Por: Laura Camila

Al alcalde de Manizales Jorge Eduardo Rojas le dio por invertir recursos del municipio en un regalo que nadie necesita y nadie le pidió con el apoyo de la secretaria de Medio Ambiente Jessica Quiroz, quien, desde su inicio en la carrera política como concejal, diputada y ahora secretaria de Medio Ambiente vendió su candidatura bajo un eslogan animalista, que solo se quedó en eso; pues en Quiroz pesan graves denuncias como la realizada por la Fundación Colectivo Identidad Animal y la organización ALEGATO, quienes interpusieron ante la Procuraduría General de la Nación una queja disciplinaria en contra de su cartera por la falta de acción en los casos de maltrato animal de la ciudad. Y ahora resulta que ella firmó el contrato para la destrucción del hábitat de diversas especies animales y vegetales en el barrio La Enea de Manizales.

Mientras que el centro de salud Assbasalud del barrio se encuentra cerrado hace meses y las instituciones educativas reclaman mejoras, el alcalde de Manizales ve conveniente invertir más de 3.500 millones (al inicio del contrato eran 1.800), en la intervención de 10.400 metros del corredor biológico conocido como El Parque de La Enea.

La idea de Rojas es crear un “parque de las mascotas”, con plazoleta de comidas, zonas azules, baños, dos entradas presuntamente con seguridad privada y una jaula para gatos, además, juegos para los perros. Lo que no sabe el alcalde es que este parque ya es un “parque de las mascotas”, basta con ver cómo la pasan de bien los perros mientras corren libres, cavando, jugando, cogiendo palos y revolcándose en pasto verdadero, pues quiere poner grama, es decir, si lo que buscaba era la simpatía de la gente al titularlo como “parque de las mascotas” no le sirvió porque las mascotas ya no tendrán libertad.

Como es de esperar la comunidad de La Enea ha rechazado este obsequio, se han manifestado de manera pacífica en diversas ocasiones, además, crearon un movimiento que se llama ENEA RESISTE cuyo logo es una zarigüeya, pues, acá viene lo más importante y es que en este “relicto biológico” que es un ecosistema que sobrevive en un área reducida, habitan diversas especies animales y vegetales por quienes el movimiento ENEA RESISTE levanta la voz. 

El parque es el hogar permanente y temporal de diversas especies. Está habitado por aves locales como: Barranquillo, Pigua, Gallinazo, Azulejo, Carpintero, Toche Enjalmado, Mirlas, Coquitos, Canarios. Aves migratorias: Tyranus Savana. Mamíferos: Zarigüeyas y Ardillas. Insectos: mariposas, grillos, abejas.

Hay árboles adultos y jóvenes, arbustos, nacimientos de agua, que de hecho salvaron al barrio en el 2011 cuando Manizales se quedó sin el suministro porque una avalancha taponó la bocatoma de la planta de tratamiento del acueducto. Ese año los habitantes del barrio durante horas hacían filas con sus cocas y canecas en los nacimientos para abastecer sus necesidades. Ahora, parece que muchos lo olvidaron y aceptan el regalo de canalizarlos para que se vayan por una alcantarilla.

Rojas y Quiroz y los demás defensores del proyecto argumentan que esto es el desarrollo, que el parque se debe modernizar, pero, ¿acaso el desarrollo no es invertir en salud y educación? o ¿es desarrollo para los bolsillos de quién? Está claro que no para aquellos habitantes y dueños silenciosos del ecosistema.

Definitivamente el lema de Rojas de “un gobierno en serio”, sí le queda bien, es un gobierno en serio comprometido con la deforestación y el especismo. 

Iván Cepeda, queremos un gobierno tuyo

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En la Hekatombe nos la jugamos con la crítica mordaz al sistema, con problematizar lo que parece cotidiano y hasta superficial, pero que en realidad es síntoma de un mundo que se alimenta del despojo. También nos gusta soñar, creemos en la importancia de la curiosidad, de explorar nuevas posibilidades, de imaginar imposibles que realmente son posibles, porque como decía Joe Stromer, “el futuro no está escrito” y seguro no será el que anhelan las derechas.

Lo electoral no nos encanta pero tampoco la torre de marfil de la superioridad moral, por eso, sin tibiezas, sin miedo al qué dirán, informamos que las ovejas negras de la Revista Hekatombe se suman a la campaña austera y popular para que Iván Cepeda sea presidente.

1.

Estamos convencidas y convencidos de que Iván Cepeda debe ser el candidato tanto del Pacto Histórico como de los sectores alternativos y democráticos en general. Su estatura ética y su trayectoria política en favor de las víctimas, de las y los ofendidos, ninguneados, y oprimidos, habla por sí misma. No necesitamos más argumentos.

Desde hace varios años diferentes sectores sociales le han pedido a Iván Cepeda que se lance a la presidencia, él prefirió seguir llevando una legislatura disciplinada y con muchísimos resultados. Hoy las condiciones están dadas para que sea EL CANDIDATO.

2.

La Revista Hekatombe es un medio de comunicación diferente. Somos media punk, una revista de análisis político y cultural sobre la condición de época. Mandamos al carajo la pose hipócrita de la neutralidad y hablamos con toda sinceridad porque no tememos ensuciarnos las manos con las contradicciones de la historia y porque superamos el qué dirán. Por eso anunciamos sin ambigüedades que vamos a dar ese respaldo político y editorial.

3.

El gobierno de Gustavo Petro ha tenido avances fundamentales en la superación de la pobreza, en acciones que promueven la productividad de la economía, y en la integración de sectores excluidos. Los ataques a las leyes de financiamiento por parte de la clase política y el poder económico, y el saboteo a otras reformas que promueven el cambio, le han hecho daño al proyecto, pero también ciertos escándalos que en realidad eran innecesarios. Nos sumamos a la necesidad de darle continuidad al programa, así como a la importancia de reflexionar y establecer un balance serio sobre la primera experiencia de un gobierno progresista en la historia de Colombia, tal y como lo plantea nuestro candidato, Iván Cepeda.

4.

Nuestras familias, nosotros y nosotras hemos sobrevivido y resistido a Laureano Gómez, al Frente Nacional, al Estatuto de Seguridad, al conflicto armado, al uribismo, a las derechas que buscan homogenizar y silenciar. Siguiendo ese legado, no vamos a dar un paso atrás y vamos a seguir creyendo y trabajando por el cambio, porque es posible, porque se ve y porque hay que seguir luchando por él, desde lo que hacemos cotidianamente, con nuestra militancia en la Revista Hekatombe y ahora, respaldando a Iván Cepeda Castro.

Nos gusta el compromiso activo, no solo de palabra, por eso, estaremos generando piezas gráficas y material de campaña para uso libre, para compartir, reproducir y calcar, porque la campaña se hace en la calle, no desde escritorios, ni debajo de la mesa.

Con mucha emoción decimos ¡Iván Cepeda presidente y manos a la obra!

Somos Revista Hekatombe, la oveja negra de la prensa nacional.

Conservadores, reformistas y revolucionarios

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Algo evidente a todas luces, es que en el mundo existen dos tipos de sociedades: las que poseen y las que no poseen. Casi la gran mayoría de países de occidente han renunciado a la lucha por la desigualdad y la pobreza. Sin sonrojarse, se presentan datos como que el 10% por ciento de la población mundial posee toda la riqueza del mundo. En países como Colombia, la proporción es menor, y la riqueza se concentra en el 5% de la población, mientras el otro 95% lucha por sobrevivir. En otros términos, unas pocas familias son las dueñas del país. Para mantener esta brecha de desigualdad, desmontaron los gobiernos democráticos y situaron plutocracias a lo largo y ancho del mundo, instalándose en Colombia a partir del llamado Frente Nacional.

Antes se pensaba que era posible lograr para las sociedades el “pleno empleo” mediante un adecuado plan de gasto público, comandada y librada por órganos políticos robustos que desplegaran todo un arsenal de armas igualmente políticas. Por un tiempo, esa convicción alcanzó, como plantea Zygmunt Bauman, “categoría de axioma, pues era compartida por las fuerzas de todo el espectro político”. La relación entre capital y mano de obra (sobre todo local) era recíproca e interdependiente y se definían sus mutuas transacciones y concesiones que se volvían ley (el capital necesita de la mano de obra, y el trabajador necesita del capital), y esto incluso estaba por encima de la división entre izquierda y derecha. El neoliberalismo rompió con esta luna de miel entre capital y mano de obra implantando reformas regresivas, lo que Bauman llamó retrotopías: “las retrotopías son mundos ideales ubicados en un pasado perdido/robado/abandonado que, aun así, se ha resistido a morir, y no en ese futuro todavía por nacer (y, por lo tanto, inexistente) al que estaba ligada la utopía dos grados de negación antes”. Así las cosas, vemos renacer en el mundo actual la desigualdad social, étnica y económica, un giro de vuelta a Hobbes con la necesidad de volver al proceso civilizador y vigilar, controlar, excluir, enjaular o destruir de manera definitiva al animal que llevamos dentro, al mal que nos carcome como sociedad y que, en Colombia, incluso desde los grandes medios, lo han identificado claramente: llámese comunismo, neocomunismo, castrochavismo, socialismo del siglo XXl o narcosocialismo.

Para entender la retrotopía, basta con mencionar la reforma laboral del delincuente Álvaro Uribe Vélez la cual, rechazando conquistas y acuerdos de los trabajadores, implantó relaciones laborales que, con menosprecio de la mano de obra, favorecía al sector empresarial (no pago de recargos nocturnos, no pago extra de días festivos, no a los contratos y prestaciones, negación salarial a los estudiantes y ni hablar de los aprendices del SENA). Esta forma camuflada de esclavismo y de tensiones ideológicas, nos permite vislumbrar tres formas de actividad política que trataremos de caracterizar en el contexto colombiano, conforme a la existencia de tres tipos de sujetos: los conservaduristas nostálgicos, los reformistas accesorios y los revolucionarios.

La función de un conservadurista nostálgico, es básicamente la defensa a ultranza de viejas estructuras y viejas instituciones. El lema que los caracteriza es “todo tiempo pasado fue mejor”, y por eso hay que volver a reinstalarlo. Se trata de un imaginario que busca defender y recuperar privilegios que descansan en la clase, el estatus, la familia, el apellido, la posesión de la tierra, y las relaciones de poder tipo esclavista, heredado de una estructura social colonial. De ahí el respeto por instituciones conservadoras como la familia patriarcal, la religión (católico-cristiana), la libre empresa y la milicia. Cuando un neoconservador nostálgico identifica problemas políticos, sociales, económicos y culturales, su respuesta es completamente regresiva, colonial y aristocrática, sustentado en una defensa de los privilegios y del estatus quo. Es de su creencia que el país es de ellos, que la tierra está a su disposición, pues pertenece a una larga herencia familiar, y por eso hay que meterle armas y seguridad para que ello siga así.

En segundo lugar, tenemos los reformistas accesorios que antaño se identificaban con fuerzas y valores liberales. Son académicos, estudiosos, trabajadores y empezaron a conformar una clase media y media alta de expertos en cuestiones públicas. Los reformadores toman algunos valores heredados del siglo de las luces: igualdad, justicia, derechos humanos. Más democrático que el anterior, entiende que el poder debe ser mejor compartido al igual que la riqueza. Su lema principal es “a cada cual según sus méritos”, y para ello consolidan todas las reformas que le sean posibles, en busca de una accesoria igualdad. Los reformadores fallan completamente en materia política cuando comienzan a identificarse con los privilegios de la clase dominante, a la que acceden generalmente por mérito o por la ayuda de los conservaduristas, a los que se venden como técnicos y expertos. De ahí su cambio de lema por el de “hay que construir sobre lo construido”. Si plantean una reforma laboral, no tocan la posesión de la tierra y del terrateniente, ni asignan derechos laborales a los trabajadores agrarios y campesinos, con el fin de mantener relaciones laborales tipo amo-vasallo.

Finalmente, como tercer sujeto político tenemos al reformador revolucionario. Más que un reformista o un manipulador de cambios accesorios, sus propuestas promulgan una permutación de paradigma, es decir un cambio en los modelos de hacer política. Un modelo centrado más en las necesidades y derechos del pueblo que de los privilegios de unas cuantas familias. El fin del revolucionario es reducir las desigualdades y la pobreza por medio de la acción misma del propio pueblo. Un posible lema que podríamos atribuirle sería: “resuelve los problemas materiales del hombre, y los cambios en las ideas políticas vienen por añadidura”. La preocupación principal del revolucionario es resolver los dilemas materiales del hombre. Su acceso a una vivienda digna, salud, educación, divertimento y participar de la riqueza. Mientras que los conservaduristas y los reformistas accesorios, pretenden defender el estatus quo de una clase privilegiada que detenta el poder social y económico (medios de producción y relaciones de producción), el revolucionario promueve un cambio de paradigma: el centro en las políticas públicas no es la elite, ni la clase privilegiada, sino el trabajador. ¿Cuál te identifica querido lector?

Referencias

Bauman, Zygmunt (2017). Retrotopía. Editorial Paidos, Buenos Aires

Escuchar distinto. Sobre El tiempo que queda de Laura Quintana

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“Hace años que mi cara no me sorprende, ni siquiera cuando me corto el pelo” escribe Almudena Grandes en Atlas de geografía humana. Esta frase me volvió cuando leí El tiempo que queda. Sobre envejecer en el fin del mundo, el más reciente libro de la filósofa colombiana Laura Quintana, publicado por la editorial Ariel. Porque hay un momento —invisible, lento, íntimo— en que dejamos de reconocernos del todo en el espejo. No es que no sepamos quiénes somos, es que algo se desacomoda en la mirada, un pliegue nuevo, una sombra insistente en el contorno de los ojos, manchas en la cara, y lunares que antes no estaban; el cuerpo que tarda más en reaccionar o empieza a doler sin causa aparente. ¿Cuándo empezó a pasar? ¿Qué significa envejecer cuando el mundo insiste en que el tiempo no debería notarse?

Laura escribe: “Porque el tiempo también queda, va atravesando lo que somos, componiéndose en capas, estratos que van produciendo sutiles y cada vez más visibles alteraciones. Vamos envejeciendo hasta que, de pronto, de una manera incontenible, ya no se puede negar que el cuerpo es viejo: ya no puede lo que podía, sus fuerzas disminuyen, el dolor aparece como algo cotidiano aquí y allá, aunque no sea patológico y se haga soportable” (14). Este libro no es una queja, es una apuesta a mirar la vejez —y el tránsito para llegar a ella— desde otro lugar, no como declive sin retorno, sino como una experiencia material, sensorial y política. El tiempo que queda nos invita a nombrar la vejez y el proceso para llegar a ella sin vergüenza; decirlo con la piel, con la memoria, con la voz de las madres, las abuelas, las hijas, con los cuerpos que ya no entran en la luz blanca de las vitrinas, cuerpos que duelen, que se doblan, que se ensanchan, que se transforman, sí, pero también cuerpos que se afirman, que respiran, que gozan, que todavía se estremecen.

Una de las imágenes más potentes del libro aparece temprano, cuando Laura recuerda a su hija Feliza haciendo cálculos sobre su edad: “Cuando yo tenga cincuenta, dice la niña y luego responde “una abuelita de ochenta y siete, a quien cuidaré.” (p,12) La frase, tan dulce como brutal, le impone una verdad que no se puede desviar, la muerte deja de ser una idea lejana y se convierte en un umbral que se aproxima. Sin embargo, incluso ahí, en ese horizonte que encoge el futuro, hay una potencia que no desaparece, la de hacerse cargo de ese cuerpo que se va siendo. No un cuerpo idealizado, sino uno con historia, con restos, con escarificaciones. Cuerpos como el que nombra María Paz Guerrero en Dios también es una perra: “Dios tiene 53 años arrugas dios está menopáusico, le da rabia, odia su cuerpo que se ensancha, dios ahora es una nevera con espalda ancha, dios ha perdido sus curvas, dios es temporal y el tiempo ataca su figura, dios sale a bailar con su nuevo cuerpo y su cara ajada” (p, 8). Cuerpos divinos y periféricos, que se mueven con lo que tienen, que siguen bailando.

Como ha dicho Anna Freixas en Yo, vieja, necesitamos una agenda política para la vejez que nos permita vivirla a nuestro antojo, sin mandatos rejuvenecedores ni nuevas exigencias que parezcan modernas pero que solo reproducen lo mismo de siempre rendimiento, autoexplotación y control. Una vejez —y un envejecimiento— sin espectáculo, sin nostalgia de juventud, sin simulacro de la inmortalidad. Eso es precisamente lo que Laura recupera en El tiempo que queda, no la exaltación optimista de la madurez, ni el relato derrotista del cuerpo en decadencia. Su escritura se ancla en otra temporalidad, una que reconoce la fragilidad sin rendirse, que nombra la finitud sin encerrarse en ella. Una escritura que escucha, que vuelve a mirar, que presta atención a lo que muchas veces pasa desapercibido.

Este gesto de atención a lo que envejece sin espectáculo ni simulacro de inmortalidad no se limita al cuerpo humano. El tiempo que queda también abre la pregunta por la vejez del mundo. Laura escribe: Quizá haya todo un vínculo por pensar entre el cuidado del mundo, lo que queda de este, y la hospitalidad con respecto a lo viviente” (p,18). Esa línea no aparece como una excepción dentro del libro, sino como parte de una reflexión que pone en relación la fragilidad de los cuerpos humanos con la fragilidad de la tierra. La vejez ya no es solo asunto de piel y órganos, sino también de suelos, aguas, especies que desaparecen, ecosistemas que se deterioran. Este libro acompaña al mundo en su envejecimiento, lo escucha, lo cuida, lo abraza desde su vulnerabilidad compartida.

En el capítulo Escapando de la tierra, Laura se detiene en los millonarios que fantasean con abandonar el planeta, construir refugios fuera de él o asegurar burbujas a salvo del colapso que han ayudado a generar. No se trata solo de una huida del desastre, sino también de una negación del cuerpo, del tiempo y de la historia. Ese impulso por escapar del envejecimiento y del deterioro es también es una apuesta por el control total, una lógica de extracción sin límite, donde tanto la tierra como el cuerpo humano son entendidos como recursos a agotar. Pero el libro propone otra pregunta ¿y si en lugar de huir se tratara de quedarse? De oír lo que queda, lo que aún late, lo que no se deja capturar. Escuchar no como renuncia, sino como forma de presencia. Volver al cuerpo que percibe, al lenguaje que demora, a los vínculos que sostienen. Envejecer, entonces, como forma de atención, de arraigo, de resistencia. Como una manera de quedarse y de escuchar distinto.

Virginia Woolf escribió: No son las catástrofes, los asesinatos, las muertes, las enfermedades las que nos matan, es la manera como los demás miran y ríen y suben las escalerillas del bus.” Esa violencia chiquita, la que no grita, la que se cuela en las miradas y los comentarios, también envejece. Laura lo formula con claridad: “La diferencia que uno siente en su cuerpo, por ejemplo, de los treinta a los cincuenta no es necesariamente tan fuerte si uno goza de buena salud y condiciones de vida favorables. Pero la diferencia sí se hace visible en el juicio que los más jóvenes tienden a producir sobre los rastros que va dejando el paso del tiempo” (p, 43). Esa mirada, que pesa más que el peso de los años, es la que este libro se atreve a devolver. El tiempo que queda no pide permiso para hablar desde lo que incomoda; no se protege con adornos ni se instala en la queja. No busca indulgencia ni redención. Ofrece una lectura que no le teme al desgaste, que no separa lo político de lo íntimo, que insiste en el deseo, en la rabia, en las preguntas. Y también propone otra relación con el tiempo no solo el que nos cambia, sino el que compartimos con otros cuerpos y territorios. Porque vivir de manera más justa más habitable, exige dejar de pelear con el reloj y con el espejo. Como dice Laura: “vivir de manera más sostenible requiera asumir de otra forma cómo el tiempo se inscribe en nuestros cuerpos y en los territorios que habitamos” (p,18)

Este libro no se termina cuando se cierra. Se queda vibrando, latiendo, preguntando. El tiempo que queda abre un espacio para pensar la escucha como práctica política, los afectos como lugar de resistencia, el envejecimiento como posibilidad de transformación. ¿Qué pasaría si pudiéramos caminar el tiempo que nos queda con menos culpa y más conciencia?, ¿si fuéramos capaces de habitar la vejez no como una derrota, sino como una forma de atención radical?, ¿si dejáramos de exigirle a nuestros cuerpos que no cambien, que no duelan, que no recuerden? Este ensayo —que piensa con filósofas, imágenes, luciérnagas, madres, hijas, amigas— no es un libro reservado para especialistas ni una reflexión abstracta sobre el tiempo. Es una invitación a leer con el cuerpo, con las memorias, con las preguntas propias. A detenerse, a prestar atención, a decir lo que muchas veces se silencia.

El tiempo que queda llega en un momento que exige otras formas de vida y de vínculo, cuando se nos agota el planeta, el aliento, la ficción del control. En tiempos donde se venera la juventud eterna y se descartan los cuerpos que ya no rinden como antes, este libro nos propone una pausa, una grieta luminosa, una forma de quedarse. De escuchar distinto. De mirar sin adornos, de envejecer sin esconderse. Y también, de imaginar —desde los cuerpos que cambian y los territorios que se agrietan— un porvenir que no sea solo resistencia, sino también cuidado, compañía y deseo.

Leer este libro no es solo un acto intelectual. Es una experiencia encarnada, situada, profundamente política. Por eso, vale la pena demorar la lectura, dejarse incomodar, preguntarse. Y, sobre todo, dejar que algo quede.

Bibliografía

Freixas, A. (2020). Yo, vieja. Apuntes de supervivencia para seres libres. Capitán Swing.

Grandes, A. (1998). Atlas de geografía humana. Tusquets.

Guerrero, M. P. (2019). Dios también es una perra. Cajón de Sastre. Quintana, L. (2025). El tiempo que queda. Sobre envejecer en el fin del mundo. Ariel

Fuego a las mujeres y motosierra al árbol. Manizales y su política carroñera

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Hace unos días me topé con los titulares de la prensa local manizaleña: “Un hombre quemó a una mujer en la Galería de Manizales”, “Una mujer sufrió graves quemaduras en una residencia de la Galería de Manizales”. La mujer murió el 13 de agosto por la gravedad de sus lesiones. Yo no pude evitar evocar el cuento de Mariana Enríquez “Las cosas que perdimos en el fuego”, donde la autora narra:

“Silvina recordaba apenas los informes en los noticieros, las charlas en la oficina; él la había quemado durante una pelea. Igual que a la chica del subte, le había vaciado una botella de alcohol sobre el cuerpo –ella estaba en la cama– y, después, había echado un fósforo encendido sobre el cuerpo desnudo. La dejó arder unos minutos y la cubrió con la colcha”.

Léanse el cuento, permite pensar en la versión que narran los medios sobre este acontecimiento que, como suele ocurrir en estos tiempos, nos consterna por dos días y luego la vida sigue. Igual que sucedió con la mujer de veinte años que presuntamente asesinó a su hija de dos años a finales de julio. Hablamos de eso por un par de días, nos sorprendimos, hicimos suposiciones sobre las causas y sobre el “mejor” de los castigos, pero eso ya pasó.

Manizales es una ciudad chiquita, y en el resto del país mucha gente cree que aquí no pasa nada. Nada más lejos de la realidad.  El asunto es que para muchas personas ha resultado creíble la idea de la ciudad burbuja, mientras que aquí se van confabulando y haciendo realidad planes y sueños de unos cuantos que amenazan la vida de las personas y otros seres que habitamos estas volcánicas tierras.

Es importante nombrar a Jorge Eduardo Rojas, actual alcalde de Manizales, como el principal responsable de una situación que también pone la muerte como centro: el arboricidio. Durante las últimas semanas ha realizado talas indiscriminadas en varios barrios, eliminando desmedidamente distintos árboles que llenaban de vida nuestro escaso espacio público efectivo. Sus propuestas de renovación urbana son ecocidas, igual que lo ha sido el sostenimiento de procesos de destrucción urbana, despojo y desplazamiento como el Megaproyecto San José, o como mejor lo han renombrado sus habitantes, el “macrodesastre”, que ha dejado como saldo muchas promesas incumplidas y la construcción de la avenida menos transitada de Manizales, a cambio miles de habitantes expulsados.  

¿Qué más podríamos esperar? Es un alcalde que representa lo tipo de la manizaleñidad blanca, heterocis y patriarcal que prioriza los intereses infraestructurales por encima del bienestar de cualquier otro ser. Eso es el “gobierno en serio”, pura mano dura, porque además este mismo alcalde salió a defender a Uribe cuando lo condenaron.  Cito su post en X:

“El presidente Uribe ha sido condenado en primera instancia, pero el Estado de Derecho le otorga el derecho a una segunda instancia, en la cual se evaluarán nuevamente sus argumentos y pruebas. Le expresamos nuestro apoyo y confiamos en que, en esta nueva fase, sus argumentos puedan evidenciar su inocencia”.

Este es el alcalde que defiende a un criminal condenado por la justicia, mientras queman mujeres y matan árboles porque estas son vidas que no deberían importarnos, y porque habitamos tiempos tan violentos y crudos que es fácil anestesiarse y no oponerse. Deberíamos estar denunciando a este tipo por proselitismo político, pero acá estamos, intentando sobrevivir a esta fosa común con himno nacional. Afortunamente, varias personas de diferentes barrios se han movilizado para defender la vida en el territorio, porque es lo que nos queda en medio de la devastación que se expande como una plaga.

Nombro estos acontecimientos como propios de la política carroñera, de aquella que se alimenta de cadáveres, de discursos y prácticas necropolíticas, como las ha nombrado y explicado Mbembe (2011), y que no solo van arrasando con la vida que se cruza a su paso, sino que va sembrando poquito a poco la desesperanza y el sinsentido de hacer algo en medio de un país que te mata por denunciar o que insiste en que otro presente no es posible, ni ahora ni nunca.

¿Quién sigue ahora? ¿quiénes están ahora en la mira de esta política carroñera?  Perdón, olvidaba que escribo desde uno de los diez mejores vivideros del mundo, según ONU Hábitat. No se ofendan.  

¿20 años no es nada? El fin del ciclo progresista en Bolivia

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El ciclo político que inició con el triunfo del primer presidente indígena de la historia de Bolivia parece estar llegando a su fin. Tras 20 años de gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), interrumpidos brevemente por un golpe de Estado en 2019, la derecha está de vuelta y con su regreso pone en jaque a uno de los procesos más emblemáticos del progresismo latinoamericano. Este texto busca contextualizar y analizar algunos de los factores que llevaron a este desenlace.

Un contexto necesario

La histórica y contundente victoria electoral de Evo Morales en 2005 no puede entenderse al margen del periodo de movilizaciones populares y levantamientos de masas que tuvieron lugar en Bolivia entre 2000 y 2004. Las llamadas guerras del agua y del gas, y las marchas cocaleras y campesinas, sumadas a las profundas tradiciones organizativas sindicales, campesinas e indígenas arraigadas en Bolivia, permitieron deponer al gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada y allanaron el camino a Morales hacia la presidencia. En las elecciones de diciembre de 2005, el MAS alcanzó una mayoría inédita que hizo innecesaria la segunda vuelta.

Al calor del triunfo electoral, Forrest Hylton publicó un artículo en la New Left Review que señalaba como un peligro las carencias organizativas del MAS: “El propio MAS no es tanto un partido en el sentido convencional del término como una coalición de facciones personalistas, entre las que la de Morales ejerce una supremacía indiscutible” (p. 1). Años después, Morales admitía en una entrevista con Jordi Évole que le preocupaba el personalismo del proceso boliviano, ya que en América Latina el movimiento político solía girar en torno a una persona.

Pese a estas limitaciones, el gobierno del MAS se afianzó, porque implementó cambios significativos en la vida de los bolivianos. Morales y García Linera nacionalizaron el sector de hidrocarburos en contraposición a grandes megamonopolios imperialistas como Repsol o Shell, mientras los pendones rojos en las instalaciones petroleras se convirtieron en un símbolo de transformación: “Nacionalizado, propiedad de los bolivianos”. El gobierno también entregó 11,7 millones de hectáreas de tierras para fortalecer la propiedad comunitaria. La Constituyente impulsada por el gobierno declaró al Estado plurinacional y comunitario, prohibió el latifundio y lo puso como garante de derechos básicos para la población.

El sostenido crecimiento económico durante los años del MAS y la reducción significativa de la pobreza llevaron a muchos analistas a hablar del “milagro boliviano”. Mientras gobiernos progresistas como los de Venezuela y Argentina enfrentaban crisis económicas por razones distintas, Bolivia mantenía un desempeño sólido.

En política exterior, la administración boliviana se alineó con los gobiernos alternativos del primer ciclo progresista, especialmente con Venezuela y Cuba, e integró al país al ALBA-TCP y a otros instrumentos de unidad regional como UNASUR y CELAC. El Estado boliviano también ha sido una voz firme contra el genocidio que el sionismo fascista comete contra el pueblo palestino. Por estas razones —y por la pugna geopolítica por el “triángulo del litio”— se produjo el golpe de Estado de 2019.

El gobierno de facto fue confrontado por movilizaciones populares que, pese a la represión, presionaron por la convocatoria a elecciones inmediatas, devolviendo la presidencia a quien Morales había señalado como sucesor y continuador del proyecto: Luis Arce, exministro de Economía y Finanzas, reconocido como el arquitecto de los años de auge y bonanza de la economía boliviana

La pugna

Justamente por esas elevadas expectativas, comenzó a agrietarse la gobernabilidad de Arce y Choquehuanca. El ciclo de exportación de gas comenzó a decaer debido a la disparidad en el ritmo entre exploración y explotación de los campos existentes. Esta dinámica lesionó el flujo de divisas, la posibilidad de las políticas de redistribución provocó una inflación que llegó al 25%, disminución de reservas y escasez de bienes básicos, evidenciando la dependencia del proyecto progresista del extractivismo. En este contexto, la derecha aprovechó para golpear a Arce, y sectores cercanos a Morales se movilizaron reclamando al gobierno que no descargara la crisis sobre las personas humildes.

Desde finales de 2021, Morales y Arce pasaron de las recriminaciones mutuas a una disputa abierta por el control del MAS, erosionando el bloque popular y dividiendo al movimiento en evistas y arcistas. Arce movió el poder judicial para impedir la candidatura de Morales y judicializar a sus colaboradores; Morales respondió movilizando con más dureza a la base campesina y cocalera de la zona del trópico. La disputa no solo se mueve en un registro ideológico también incluye la pugna por la reelección: Arce buscaba mantenerse en el poder, mientras Morales asumía que solo él podía reconducir el proceso. Ahora lo único que ha quedado claro es que la derecha fue quien capitalizó políticamente la situación.

El desenlace: vuelve la derecha

Con este telón de fondo llegaron las elecciones de agosto, el espacio político del MAS atomizó su comportamiento en tres tácticas, ninguna de las cuales funcionó: la candidatura del ministro arcista Eduardo del Castillo nunca despegó ni dejó de ser un plan improvisado que se activó cuando las aspiraciones de Arce se hicieron inviables por su mala gestión económica y el desgaste del enfrentamiento con Morales, y obtuvo apenas un 3,1 % de los votos. La táctica de Morales de votar nulo, si bien registró un apoyo importante de 1.252.000 votos, no consiguió poner en cuestión el conjunto del sistema ni la legitimidad de las elecciones. La candidatura de Andrónico Rodríguez, que se presentaba como un intento de superación de la puja entre Arce y Morales, que obtuvo un 8,22 %.

Estas apuestas fallidas nos dejan una segunda vuelta de la que el progresismo y las izquierdas estarán completamente ausentes; una debacle de la influencia territorial del MAS en los departamentos serranos que históricamente había controlado; y una elección que solo puede conducir al pasado, entre Rodrigo Paz Pereira —hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, que inició la transición al neoliberalismo en el país— y el expresidente Jorge “Tuto” Quiroga, colaborador del dictador Hugo Banzer y presidente entre 2001 y 2002, justamente el periodo en que empezó a intensificarse el conflicto social que llevó, a la postre, al primer gobierno de Morales. Todo un salto hacia atrás celebrado por las derechas de todo el mundo. El programa de los candidatos enfrentados coincide, con mayor o menor intensidad, en efectuar recortes, reformar la Constitución Plurinacional de 2009 e implementar un programa afín a las exigencias austericidas del FMI.

En 2020, el holgado triunfo de Arce tras el golpe de Áñez inauguró para el resto de América Latina lo que se veía como un resurgimiento del ciclo progresista: Chile en 2021, Colombia y Brasil en 2022 así lo confirmaron. Hoy, desde una Colombia que está a punto de terminar el primer gobierno progresista de su historia, y que se encuentra ya inmersa en una campaña electoral sobre la cual aún hay muchas incertidumbres, nos preguntamos por los significados y lecciones que nos deja esta vuelta de tuerca en el proceso boliviano.

La respuesta más rápida y socorrida es que dividirse es morir. Y esta conclusión, aunque cierta, deja por fuera, a mi juicio, otros dos aspectos muy importantes: en primer lugar, que cuando el progresismo gestiona la economía y la sociedad como lo haría la derecha —es decir, cuando se modera, acepta el estado de cosas sin más y renuncia a cambiar la vida de la gente de manera fundamental—, desilusiona y con ello pierde toda viabilidad política. En segundo lugar, que el liderazgo personalista y caudillista que quiere encarnar en un individuo el movimiento de la historia es útil para ganar algunas elecciones, pero no para hacer que los proyectos permanezcan en el tiempo, se enraícen en el corazón de las personas y puedan constituir un auténtico bloque histórico.

Veremos si, como amargamente vaticinó el ex vicepresidente García Linera, lo que le espera al proceso boliviano es un declive sin gloria o si, tras estos 20 años, las raíces profundas de la lucha y la organización popular logran hacer florecer una nueva alternativa que ponga en primer lugar la dignificación de los pueblos, las clases trabajadoras y las personas oprimidas de Bolivia.

Entre justicia, historia y fabulación

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En el cuento del escritor francés Víctor Hugo titulado La Torre de las Ratas, aunque, más que un relato, podríamos referirlo también como ensayo, el escritor resalta los infortunios de la tiranía y su contraste entre ficción y realidad de la siguiente manera:

¿Han observado ustedes algo? La historia es en ocasiones inmoral, los cuentos son siempre honestos, morales y virtuosos. En la historia el más fuerte prospera, los tiranos triunfan, los verdugos gozan de buena salud, los monstruos engordan, los Sila se transforman en buenos burgueses (…) mueren en su cama. En los cuentos el infierno es siempre visible. No hay falta que no tenga su castigo a veces incluso exagerado; no hay crimen que no traiga tras de sí un suplicio con frecuencia espantoso; no hay malvado que no se convierta en un desgraciado a veces digno de lástima. Eso ocurre porque la historia se mueve en lo infinito y el cuento en lo finito”.

Ahora bien, muchos colombianos nos alimentamos de la ficción por un poco más de doce años, esperando y presenciando aquel enrevesado juicio del expresidente Álvaro Uribe. Creamos narrativas y posibles escenarios en los cuales pudiera ocurrir lo del pasado 28 de julio, día en que la justicia al fin tocara las puertas de tan siniestro sujeto. Parecía algo improbable, cercano a la más estremecedora justicia poética de los cuentos folklóricos, pero para desgracia de su ahora acéfala y caprichosa turba de seguidores, ha ocurrido. ¿Nos alimentamos por años de una ficción anhelante de justicia? ¿Es la práctica de la injusticia la más grande ficción de la derecha colombiana?

El doble veneno de las preguntas se enfrasca en las sincréticas respuestas de sí y sí. Por un lado, la vehemencia con que los deseosos de justicia, añorábamos dicho momento, sustentado en el extenso acervo probatorio que hundía al matarife en su actuar criminal, mientras, por otro lado, los partidarios del uribismo, confiaban en el manto de prócer que cubría al imputado, como retórica irrefutable para evadir cualquier tipo de sentencia. ¿Triunfo de la justicia? En un país como Colombia, no deja de ser un suceso histórico que la ley llegue a este tipo de personajes. Nuestro acontecer se ha atiborrado de una manipulación histórica tan sustancial, que el simple hecho de señalar al señor Uribe de criminal, era algo blasfemo e impresentable. El gran colombiano, el héroe que libró al campo de la guerrilla, aquel ungido por la divina providencia para liderar al país en su corcel con un cafecito en la mano, era casi imposible que en su actuar, el delinquir fuera un hábito. En un territorio como el nuestro, donde las virtudes heroicas se acercan a personajes como don Anselmo, hacendado y padre de Efraín en La María de Jorge Isaacs, sujetos como el ahora condenado, anexando su turba de seguidores, creen en la injusticia, como una ficción válida de su antiheroísmo. Es apenas obvio que el actuar criminal del expresidente, es precisamente lo que ha llevado su ser a la condena. Contradictoriamente, es el Uribe de la historia y no el de la leyenda, quien ha sido condenado.

El embrollo de la ficción, para hablar de este juicio en concreto, es una mera forma de denuncia de la psicología y actuar del colombiano. ¿Somos tan ingenuos de asumir que el Alvarito de la leyenda, es diferente al de la historia del país? ¿Sobrepasa aquella narrativa absurda de prócer que le endilgan a este sujeto el correcto actuar de la justicia?

Paul Ricoeur, respecto a un concepto clave que es la construcción del “yo”, planteado en el Diario Filosófico, afirmaba: “narrarnos es una forma de comprendernos. Al poner en palabras lo que nos pasa, vamos dando coherencia cosas que antes parecían aisladas. No es solo recordar: es interpretar, unir, resignificar. Así, nuestra historia deja de ser solo pasado y se convierte en sentido” (Tiempo y Narración). Pero, ¿Qué sucede cuando el sentido que le otorgo a mi historia está basado en falacias para oscurecer mis turbias actuaciones? ¿Puedo impregnar lo que considero como mí verdad en el inconsciente colectivo de mis seguidores? El caso Uribe nos expone una crisis esencial en la concepción histórica del país. Estamos frente a un individuo, cuya megalomanía nos ha impuesto una fabulación por encima del ejercicio institucional de una nación. En su actuación ficcional, la ley, no es ya un elemento de proporciones objetivas, sino algo que se asienta en su acomodada ética y raciocinio. Tal y como lo llegara a establecer Michel Foucault en su obra El Pensamiento del Afuera. A saber:

“Si estuviera presente en el fondo de uno mismo, la ley no sería ya la ley, sino la suave interioridad de la conciencia. Si, por el contrario, estuviera presente en un texto, si fuera posible descifrarla entre las líneas de un libro, si pudiera ser consultado el registro, entonces tendría la solidez de las cosas exteriores: podría obedecérsela o desobedecérsela: ¿Dónde estaría entonces su poder?, ¿Qué fuerza o qué prestigio la haría venerable? (…) La ley, asedia las ciudades, las instituciones, las conductas y los gestos” (Foucault 43, 44).

Las reacciones frente y durante el juicio, eran de hacer cola. Miles de personas esperábamos que la justicia hiciera su labor. Lejos de los caprichos históricos derechistas y su ahora condenado mesías. Alvarito, fuertemente trató de anteponer su leyenda frente al discurso legal e institucional. Sus intervenciones, reciamente cuestionadas por la jueza, en vista que poco o nada se relacionaba su biografía y su ficción lejana de un mejor país como su legado, conllevaron a las dilaciones y triquiñuelas legales. Y así como la serpiente llega a morderse la cola, su narrativa no pudo calar frente a la contundente verdad que manifestaban sus acciones punibles. De allí una de las frases más trascendentales de la jueza Sandra Liliana Heredia: “No es un juicio contra la historia política de Colombia, no es una revancha, no es una conspiración, no es un acto de política, es un acto de justicia y solo de justicia”.

Que difícil resulta una comunión en el “yo” del señor del Ubérrimo. El para muchos héroe ideológico y perseguido político, pero en la realidad histórica que enfrenta, el cobarde y criminal condenado que busca evadir su pena, sustentado en un “yo” legendario. Que complejo período electoral le depara a Colombia. La batalla mediática es inminente. Tretas y mentiras inundarán las redes, dividiendo cada vez más a un país inclinado a las narrativas novelescas. Citando a Foucault: “A la ficción se le pide una conversión simétrica (…) dejar de ser el poder que incansablemente produce las imágenes y convertirse por el contrario en la potencia que las desata, las aligera (…), las alienta con una transparencia interior” (Foucault 26, 27).

REFERENCIAS

Foucault, Michel (2014). El Pensamiento del Afuera. Editorial Pre-Textos, Valencia

Un sistema psycho killer

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En la primera temporada de Friends, Chandler Bing tiene una crisis con su trabajo. No se siente satisfecho, le parece monótono y quiere buscar otras alternativas. Más adelante se dedica a la publicidad y su vida, en ese aspecto, tiene un cambio significativo.

Tal vez Friends fue de las últimas series que logró conjugar lo laboral, con el tiempo para los amigos y el ocio. El lugar de trabajo no se configura como un todo, como espacio de socialización, de levante, amistad, despecho, sino que es algo más que pasa en la vida y aunque es importante, no viven en función de eso, a pesar de que cumplen horario, la pasan mal, sufren de acoso y hasta padecen el desempleo. 

El trabajo es una parte de la vida, pero no es lo único, como parece que sí pasa en series más recientes, por ejemplo, The Office, Abbott Elementary, Emily en París, The Rookie, Better Call Saul, o Breaking Bad.

El video de Psycho Killer dirigido por Mike Mills pone esto de manifiesto. El 5 de junio de 2025 presenciamos el relanzamiento de esta canción que nunca tuvo videoclip, más allá de la puesta en escena en Stop Making Sense o las presentaciones de Talking Heads en vivo. El videoclip retrató de una manera tan increíble la canción, que se trata de una zarandeada que termina con la pregunta ¿Qué o quién es el psycho killer?

Desde qué fue lanzada está canción en el álbum Talking Heads: 77, precisamente en 1977, la letra se ha asociado a un ‘asesino psicópata’, pero ahora, en un contexto en el que la productividad lo es todo, queda reflexionar sobre si el capitalismo neoliberal es el psycho killer, o si lo somos nosotras que nos adaptamos sin más, o si esta relación parásita nos convirtió en una criatura que no puede sobrevivir por sí sola y por eso: “Psycho killer, qu’est-ce que c’est?”.

I can’t seem to face up to the facts
Parece que no puedo enfrentar los hechos

I’m tense and nervous and I can’t relax
Estoy tensa y nerviosa y no puedo relajarme.

I can’t sleep, ‘cause my bed’s on fire
No puedo dormir porque mi cama está en llamas

Saoirse Ronan se levanta, habla o pelea con su pareja, va a trabajar, lidia con la dinámica de oficina, come en la oficina, socializa en la oficina, llega a su casa, seguramente para hablar del trabajo, luego amanece y lo único que cambia es la muda de ropa, porque todo pasa exactamente igual. De pronto con más llanto, menos problemas, pero es un círculo vicioso del que parece que no existe escapatoria y lo único que se puede imaginar allí es cambiar el color de las medias.

En el video, ella no está bien, es víctima de la ansiedad, la desconexión y la paranoia, pues parecen requisito y paisaje en un sistema que se traga nuestras vidas, y su estrategia es despojarnos de la capacidad de soñar fuera de él, porque, como indica la escritora Layla Martínez ”la forma en que imaginamos el futuro está condicionada por los productos culturales que consumimos”, y no solo es el futuro, sino también el presente. 

En el video, la protagonista es la psico killer, que asiste a terapia para tratar lo que podríamos interpretar como depresión, que en palabras de mi esposo Mark Fisher en su texto ‘Bueno para nada’, parece ser “deliberadamente cultivada. Esta depresión se manifesta en la aceptación de que las cosas empeorarán (para todos excepto para una pequeña elite), de que tenemos suerte por el mero hecho de tener un trabajo (así que no tenemos que esperar salarios que le sigan el paso a la inflación), de que no podemos permitirnos la contención colectiva del Estado de bienestar”.

You start a conversation you can’t even finish it
Empiezas una conversación y ni siquiera puedes terminarla.

You’re talkin’ a lot, but you’re not sayin’ anything
Estás hablando mucho, pero no dices nada.

When I have nothing to say, my lips are sealed
Cuando no tengo nada que decir, mis labios están sellados

Say something once, why say it again?
Di algo una vez, ¿por qué decirlo otra vez?

Pero también son psico killer las personas que la rodean y normalizan esa monotonía absurda, las que no demuestran ningún tipo de incomodidad, ni se descomponen, sino que se comportan como autómatas de primera generación, incapaces de salirse de unos patrones de comportamiento predeterminados, de su rol dentro del trabajo: la persona que llora, la que no escucha, la que simplemente existe.

Fa-fa-fa-fa, fa-fa-fa-fa, far better
Fa-fa-fa-fa, fa-fa-fa-fa, mucho mejor

Run-run, run-run-run away
Corre, corre, corre, corre, huye

Oh-oh-oh-oh, ay-ay-ay-ay, ooh

Al final del video hay una suerte de frenesí, de reconección. Saoirse baila, siente, grita, se descompone, se calma, las imágenes terminan con ella sentada en la cama, sonriente y consciente. Y seguimos sin saber ¿qué o quién o quiénes son psycho killer?

Don’t touch me, I’m a real live wire
No me toques, soy un verdadero cable vivo

Hay que celebrar

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Tras la lectura del fallo contra Uribe, se han escrito opiniones y análisis valiosos sobre el sentido del mismo, sin embargo, existe una postura con la que difiero: la que llama a no celebrar todavía la condena contra el expresidente. El argumento es razonable, la decisión aún está sujeta a más instancias, y el desenlace puede no ser el deseado. También  hay otro argumento referido a la prisión domiciliaria, el que cuestiona precisamente su carácter domiciliario, así como el lugar mismo en el que se pagaría la pena, una de sus haciendas, en tanto expresión franca del poder terrateniente en el país.

Si bien lo anterior es cierto, este análisis me lleva a recordar las reflexiones de Nietzsche y Bateman sobre lo jovial y el festejo. En la Gaya Ciencia, en el numeral 333 «¿Qué significa conocer?» el filósofo alemán señalaba:

«¡No reírse, no lamentarse ni insultar, sino entender!», dijo Spinoza con esa sencillez sublime que lo caracteriza. Pero, ¿qué es en el fondo ese entender sino la forma  misma  en  que   se   nos  hacen  perceptibles   a  la   vez  las   otras  tres   cosas,  un resultado de esos impulsos distintos y contradictorios que son los deseos de burlarse, de deplorar y de denigrar? Antes de que fuera posible un acto de conocimiento, fue preciso que cada uno de esos impulsos manifestara previamente su opinión parcial sobre el objeto o el acontecimiento en cuestión; después se produjo el conflicto entre esas opiniones parciales y de ahí surgió un estado intermedio, un apaciguamiento, una concesión mutua entre los tres impulsos, una especie de equidad y de pacto entre ellos».

El apartado es claro: ¿Por qué extraer acciones y emociones como la risa, el lamento, el insulto del ejercicio de analizar, de entender, aún cuando son parte del mismo? Más adelante, Nietzsche explica que al final solo tenemos «conciencia» de este apaciguamiento y dejamos de lado los impulsos iniciales. A este pensamiento, se suman otros en los que el autor cuestiona la seriedad del filósofo o del científico para dar validez a sus reflexiones. Entonces, el acto de conocer es y debe ser serio y pesado. No caben los impulsos, o la alegría, la indignación, o por qué no, la celebración.

El 28 de julio y el 1 de agosto son fechas excepcionales no solo en la historia sino en la memoria popular, son fechas para la celebración. El análisis reposado puede derivar en el escepticismo sobre el resultado del proceso, pero en el campo simbólico de la política se trata de un acontecimiento con un mensaje público a reivindicar: el poder real, económico, político, no es inquebrantable. Lo decía el senador Iván Cepeda en sus redes sociales el 30 de julio: «El expresidente ya fue condenado en primera instancia. Eso ya quedó en la historia y nada lo borra. Lo saben».

La preocupación sobre el resultado parece retirar de la operación la felicidad luego de años de indignación y rabia por la impunidad. Es importante retomar aquellos impulsos a los que refiere Nietzsche en el examen de los hechos. Es importante la jovialidad, la celebración, porque son la marca simbólica, es el refuerzo emocional que derivará en consigna, en reflexión y en movilización, de ser necesario. En la disputa del sentido frente a los sectores del poder real, se trata de una victoria, inestable por supuesto, de la fuerza de la vida sobre las lógicas inmunitarias, conservadoras y de muerte de los que son expresión justamente el uribismo y la extrema derecha. 

Como bien se sabe, la pena no está vinculada al bloque metro y el paramilitarismo, a los asesinatos extrajudiciales, a la persecución política de los contradictores, ni mucho menos a la actividad política y administrativa que buscó atacar lo público del Estado. Pero con todo, como operación de un sector del poder judicial, es un evento político fundamental que es útil para demostrar la fragilidad de la hegemonía uribista, y de toda hegemonía. Es una bandera a defender, y un mecanismo para ganar terreno, precisamente, sobre los sectores que expresan lo frívolo, y el ataque a lo vital. 

Por eso, en un sancocho conceptual extraño, tiene (algo de sentido) recordar también a Jaime Bateman, comandante histórico del M-19, en la entrevista dada hace cuatro décadas a Alfredo Molano: «Hay que bailar, hermano, hay que bailar. Hay que bailar y hay que cantar a la vida, y no solo a la muerte, ni cantar a las derrotas. Hay que cantar a la vida, porque si se vive en función de la muerte, uno ya está muerto».

En esta y otras entrevistas, Bateman llamaba a una reflexión emocionada, en la que el juicio de los hechos era conjugado a la actividad, a la afectividad, y a la capacidad de conmoverse y conmover al otro. No se trataba de un examen optimista e incluso vacío sobre las situaciones, sino de una actitud jovial para actuar en política, desde la política viva y desde la vitalidad de la acción. 

Por eso cabe reivindicar la actitud jovial. Por eso hay que cantar a las victorias, y cantar a la vida cuando hay triunfo sobre la política de la muerte.

La doble moral de la guerra y la memoria en la democracia selectiva

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Colombia es un país en el que el olvido no es un accidente, sino una política activa. El mismo país que en 2003 vio ingresar a Salvatore Mancuso, jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia, al Congreso de la República para hablar de justicia y paz, hoy se escandaliza porque el presidente Petro se sube a una tarima pública en Medellín, en junio de 2025, acompañado de jefes criminales para proponer caminos de rendición, justicia restaurativa y fin de la violencia urbana. Se trata de dos hechos no comparables en esencia, pero profundamente relacionados en su tratamiento mediático e institucional. Lo que los une no es su similitud, sino la hipocresía selectiva de las élites que siempre han usado la guerra como mecanismo para sostener su poder. Lo que entonces se leyó como acto de “reconciliación” hoy se caricaturiza como “apología al delito”. ¿Qué cambió?

En 2003, bajo el mandato de Álvaro Uribe Vélez, se consolidó la política de Santa Fe de Ralito, donde se formalizó el proceso de desmovilización con las AUC. Este proceso fue maquillado como una apuesta por la paz, pero en realidad se trató de una estrategia de reciclaje del paramilitarismo. La presencia de Mancuso en el Congreso no fue un hecho espontáneo, sino una expresión institucionalizada de la impunidad: los victimarios fueron escuchados con honores, mientras las víctimas gritaban desde los balcones del olvido. Fue también durante esas audiencias cuando Lilia Solano, con foto en mano de Manuel Cepeda Vargas, asesinado por el paramilitarismo con participación estatal, hizo una intervención que la historia no debería olvidar. La misma historia que la prensa hoy silencia mientras descontextualiza lo que ocurrió en Medellín con Petro.

Y es que el país no ha querido asumir el paramilitarismo como una herida abierta. Las Convivir, legalizadas durante el primer gobierno de Uribe como gobernador de Antioquia, fueron el embrión institucional del terror armado legalizado. Hoy, Uribe enfrenta un proceso penal por presunta manipulación de testigos y vínculos con el paramilitarismo, un hecho que no puede quedar en la nota al pie de página del conflicto. No se trata solo de su responsabilidad penal, sino del legado de impunidad que dejó una política de seguridad que convirtió a los civiles en objetivos militares, al campesinado en botín de guerra, y a la verdad en enemigo del Estado.

Al respecto es imposible hablar de paramilitarismo en Colombia sin hablar de Uribe, no solo como figura pública, sino como articulador de una doctrina de seguridad que institucionalizó el terror, protegió a sus aliados armados y desfiguró el concepto mismo de enemigo interno. Su responsabilidad no es anecdótica: es estructural.

Desde ese lugar, resulta ofensivo que figuras como Federico Gutiérrez o Sergio Fajardo se rasguen las vestiduras por una tarima en Medellín mientras guardan silencio —cuando no complicidad— frente a la historia reciente del paramilitarismo urbano y rural. Lo que Petro hizo en Medellín puede ser discutido, e incluso criticado por su forma o contexto, pero hacerlo sin mencionar el teatro de horror que fue Santa Fe de Ralito o la ley de Justicia y Paz, es actuar con la amnesia conveniente de quienes no quieren recordar que “nos embutieron la guerra hasta el fondo de la tráquea”.

El problema no es la voluntad de paz, sino con quién y cómo se hace. En este punto, Petro —como cualquier mandatario— está en la tensión constante entre el pragmatismo del poder y las demandas históricas de transformación. Su deber no es congraciarse con el empresariado antioqueño ni con los líderes criminales reciclados en nuevos uniformes, sino con las víctimas y los territorios. La diferencia está en el propósito: no es lo mismo pactar para perpetuar un orden desigual, que hacerlo para desmontarlo.

Aquí es donde entra el pensamiento crítico. Colombia ha sido un país de expertos en interpretar su conflicto armado, en redactar informes y hacer memoriales, pero aún tiene una enorme deuda en transformarlo. Y transformar significa, sobre todo, escuchar a las víctimas, desmantelar las estructuras de poder criminal (legales o ilegales) y asumir que la guerra no fue un accidente, sino una estrategia de clase.

Por eso, volver a la escena de la tarima en Medellín no es solo útil, sino urgente. En una sociedad que administra su indignación con criterio de clase y conveniencia política, ese episodio funciona como un espejo. Hoy el país asiste a la cuenta regresiva del juicio contra Álvaro Uribe Vélez, centrado en la manipulación de testigos, pero sería ingenuo pensar que ese es el único crimen en cuestión. Aunque el proceso judicial esté acotado, el juicio moral y político que nos debemos como sociedad no puede ignorar que el paramilitarismo fue —y en muchos casos sigue siendo— una política de Estado camuflada en legalidad. Nombrar esa verdad no es revancha: es condición mínima para la justicia.

La paz no es un evento simbólico ni una fotografía electoral. Es una confrontación directa contra quienes han vivido de la muerte, de los contratos de seguridad, de la tierra robada, del silencio armado. Por eso, la doble moral de las élites duele más que el discurso beligerante: porque hablan de moral cuando lo que defienden es su orden, su acumulación, su inmunidad.

Este no es un elogio a Petro. Es una defensa de la memoria y de la posibilidad de que el país se mire en el espejo roto de su historia sin temor a reconocer que el paramilitarismo no fue solo una desviación, sino una política estructural. Si de verdad se quiere paz, no basta con bajar a los jóvenes de las comunas de las armas: hay que subir a juicio a quienes los armaron desde el escritorio.

Así, el debate no debe centrarse en quién se sube a la tarima, sino en quiénes siguen definiendo las reglas del juego. Porque si algo nos ha enseñado esta democracia «alta», es que la legalidad no siempre es sinónimo de legitimidad, y que, en Colombia, muchas veces, el crimen ha sido la forma más eficaz de gobernar. La pregunta que queda, entonces, no es si Petro se equivocó en la tarima. La pregunta es si como sociedad seguiremos permitiendo que la indignación sea un privilegio administrado por los culpables.

Referencias

Lean a Marx…