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El fascismo daña la imagen urbana

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Hace unos días, el canciller alemán Friedrich Merz declaró que los migrantes “dañan la imagen de las ciudades alemanas” y que “habría que preguntarles a las mujeres, hijas, niñas quién representa el verdadero peligro”. Las palabras no sorprenden, son la traducción contemporánea del fascismo y ese viejo discurso que siempre busca un culpable externo para justificar la podredumbre interna del sistema. Pero que un hombre blanco, poderoso y beneficiario de un Estado que se sostiene sobre la explotación global diga esto, no es un desliz: es ideología pura.

Merz no solo criminaliza la migración, la vuelve amenaza estética: el Stadtbild, la “imagen urbana”, es para él ese paisaje que debe permanecer limpio, ordenado, homogéneo. Lo que le molesta no son los migrantes, sino la interrupción del ideal alemán del progreso capitalista sin rostro ni memoria, el recordatorio de que detrás de cada logro hay manos que no son europeas.

Yo soy migrante, mujer y latinoamericana viviendo en Alemania. Y sí, he visto el peligro, pero no en los cuerpos que cruzan fronteras buscando sobrevivir, sino en los hombres que se sienten dueños de la calle, del trabajo, del idioma y del cuerpo ajeno. Fui víctima y mis amigas también, de violencia por parte de hombres europeos-alemanes, de “ciudadanos modelos”, integrados, rubios, correctos. El peligro no tiene pasaporte ni color de piel: tiene privilegios y un sistema que lo protege aqui y en todo el mundo.

Cuando Merz dice que se les pregunte a las hijas, a las mujeres, quién es el peligro, lo que hace es confirmar que el problema no es la migración sino el machismo, el neofascismo y el capitalismo que los sostiene. Ese mismo sistema que necesita mujeres sumisas, migrantes precarizados y fronteras vigiladas para seguir funcionando.

Europa lleva siglos saqueando el sur global, robando recursos, imponiendo guerras, patrocinando dictaduras, y cuando esas violencias se devuelven en forma de desplazamientos humanos, la respuesta es cerrar fronteras, levantar muros y culpar al migrante. La vieja narrativa de la defensa nacional, el mismo argumento que justificó colonias, paramilitares y corporaciones asesinas, ahora se recicla en discursos como el de Merz, Trump o Netanyahu. Los mismos gobiernos que criminalizan a los migrantes son los que financian las armas que matan niños palestinos. Los mismos que hablan de “democracia” son los que patrocinan el exterminio.

Ninguna persona es ilegal. Ilegal debería ser el sistema que produce desigualdad, que expulsa y mata, que normaliza la violencia patriarcal y el racismo estructural. Ilegal debería ser negar refugio a quienes huyen de las guerras que Europa y Estados Unidos ayudaron a financiar. Ilegal debería ser callar cuando se nos agrede por existir en un cuerpo que no encaja en su Stadtbild.

Ilegal debería ser que se normalice el racismo, que se excuse la violencia de género, que se permita el genocidio mientras se presume de civilización.

El peligro no somos los/las migrantes.

El peligro son los hombres que creen que pueden definir quién pertenece y quién no.

El peligro es el silencio cómplice frente a la violencia, el fascismo que se disfraza de orden y el capitalismo que necesita de todo ello para perpetuarse.

Lo que realmente daña la imagen de Alemania y del mundo no son los migrantes, sino los discursos que legitiman el odio, ese odio causado por el fascismo que ellos representan.

Las ciudades se transforman, son mixtas, diversas, feministas, indígenas, árabes, negras. En las ciudades reales las fronteras se caen. Aunque ellos nos quieran calladas, invisibles o deportadas, seguiremos escribiendo, gritando y existiendo.

Correr en sentido único

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Una carrera, una camiseta

El domingo 19 de octubre amaneció despejado, una mañana óptima para la carrera de 15k en la que participé junto a miles de personas. Me había inscrito por cuenta propia, sin imaginar que el simple hecho de correr se convertiría en una pequeña escena de obediencia y mercado. Días antes del certamen, la entrenadora del equipo del que hago parte me propuso correr con el grupo. Acepté, sin pensar mucho, y luego me explicó que la participación grupal implicaba llevar una manilla identificadora y usar la camiseta oficial de la carrera. Era obligatorio, si no lo hacía, descalificaban al equipo; demasiado tarde para declinar mi aceptación.

El recorrido empezaba en el norte, a la altura de la 134, y seguía por toda la carrera novena. Luego tomaba la 30 (NQS), subía el puente de la 57, pasaba detrás del Campín y volvía a subir por el puente de la 53. Más adelante dábamos un par de vueltas por el barrio La Esmeralda, tomábamos la 60 y finalmente entrábamos al parque Simón Bolívar. Correr era también recorrer la cuidad, pasar por sus capas de cemento y de historia, sentir su respiración hecha asfalto y publicidad. 

Ahí lo entendí. Incluso el acto de correr, que parece libre y personal, está reglamentado, uniformado y capturado. No se puede participar sin cumplir las normas de visibilidad y pertenencia. Mientras caminaba hacia la salida, la multitud era una marea de camisetas idénticas, colores patrocinados y cuerpos que se movían al unísono. El mercado convierte incluso el movimiento —el correr, el respirar, el sudar— en mercancía; estandariza la ropa, el cuerpo, el tiempo y hasta la idea de libertad.

Walter Benjamin, en Einbahnstrasse (Calle de sentido único), ya advertía sobre esa pérdida de diferencia: “…todas las cosas, en un proceso incontenible de mezcla y contaminación, pierden su expresión esencial y lo ambiguo ocupa el lugar de lo auténtico” (pág.27). Del mismo modo, los cuerpos que corren, supuestamente libres, se vuelven intercambiables, absorbidos por el mismo logo y el mismo chip. Correr, en lugar de liberar, se convierte en un circuito de consumo.

La estética del rendimiento

Mientras hacía el recorrido, pensaba en cómo el mercado consigue uniformar hasta los gestos más simples. Hoy, con el cuerpo cansado, sigo dándole vueltas a esa sensación de haber participado en algo que no era del todo mío. Hace unos meses, una compañera de equipo me envió un reel que decía que: “si se pone de moda correr, es el primer indicio de que la ultraderecha va a regresar”. La frase me hizo reír, pero después me quedó rondando. El video afirmaba que cuando la sencillez se vuelve tendencia —uñas cortas, cabello natural, ropa deportiva— eso anuncia recesión económica. Y que cuando el running se populariza, es señal de que la política se mueve hacia la derecha, donde predominan la disciplina, la fuerza mental, y la jerarquía. Benjamin ayuda a pensar lo que hay detrás de esa intuición. El capitalismo tiene la capacidad de absorber cualquier gesto vital y transformarlo en mercancía o en espectáculo. Lo que comenzó como una práctica de cuidado termina siendo un dispositivo de control. El capitalismo no destruye lo singular; lo replica hasta vaciarlo.

Cuando una práctica individual se masifica, deja de ser libre. No porque correr “sea de derecha”, sino porque el capitalismo necesita que todas las personas corramos igual, que compitamos, que nos comparemos, que midamos nuestros pasos, nuestra frecuencia cardíaca, nuestro rendimiento. El problema no está en correr, sino en la ideología de la autoexplotación que lo acompaña, en ese mandato de mejorar siempre, de corregir el cuerpo, y de dominar la mente. Esa moral del esfuerzo solitario alimenta la misma maquinaria que Benjamin veía crecer a pasos de gigante hace casi un siglo.

Cuerpos iguales, tiempos medidos

Esa moral del esfuerzo solitario no solo se piensa, también se encarna. En la carrera, los cuerpos avanzan a un mismo ritmo, sincronizados por la música, los relojes y las vallas publicitarias. Todo parecía dispuesto para que cada quien corriera dentro de una coreografía perfectamente medida. El cuerpo se convierte en superficie publicitaria y el gesto deportivo, en ritual del mercado. Benjamin escribió que la ciudad moderna es invadida por “…aquello que la naturaleza libre tiene de más amargo: las carreteras, las tierras de labor, el cielo nocturno” (28). En la Bogotá que corrí, esa invasión se tradujo en patrocinios. El espacio público quedó colonizado por las marcas, y el “correr juntas” dejó de ser un gesto comunitario para volverse una coreografía de uniformes.

Durante la carrera, las frases de siempre se repetían como eco: “Tú puedes”, “la mente manda”, “el cuerpo obedece” “si superaste a tu ex, puedes con esto”, “¿Te pido un Uber? Esas frases me generan ruido. Separan lo que nunca ha estado separado, la mente del cuerpo, voluntad del agotamiento. Prometen que todo se puede superar si se trabaja lo suficiente. Las frases de superación personal son también una mercancía, parte del mismo consumo simbólico que vende disciplina y felicidad bajo contrato. Recuerdo un grafitti de Toxicómano en la calle 41 bajando por el caño, en una esquina. Tiene el dibujo de una bolsa de basura llena con un letrero que dice “citas y frases de superación personal (tóxicas reciclables)” @toxicomanocallejero. Cada vez que lo veo pienso en eso: en la capacidad del mercado para reciclar incluso la esperanza.

Y, sin embargo, hay algo curioso en esas voces. En el camino aparecen personas que animan a desconocidos, que gritan sin que nadie les pague, que ofrecen agua, que dicen “vamos” solo por acompañar. Hay una generosidad rara ahí, una forma de afecto que no pertenece del todo al mercado, aunque el mercado se aproveche de ella. Es una solidaridad mínima, fugaz, pero que todavía resiste: ese deseo de alentar a otro cuerpo sin pedirle rendimiento o algo de vuelta.

Deporte, política y mercado

Esa solidaridad mínima que todavía resiste en medio del ruido, contrasta con el lenguaje dominante del rendimiento. El reel que me envío Cata, mi amiga, tenía razón en algo. Las tendencias corporales están ligadas a la economía y a la política. La exaltación del cuerpo fuerte, la autosuficiencia, la disciplina individual —todas esas ideas— han sido históricamente útiles para los discursos autoritarios. El problema no es el deporte, sino la lógica del rendimiento, que el capitalismo infiltra en todos los espacios: en la escuela, en el trabajo, en la vida cotidiana y, ahora, en el running. El capitalismo no solo produce mercancías, sino también formas de vida que se ajusten a ellas.

El mercado se apropia del lenguaje del bienestar y del autocuidado. Lo empaqueta y lo vende como identidad: runner, fit, maratonista. Lo que alguna vez fue una práctica vital se convierte en una carrera sin meta. Todo se mide, todo se registra, las calorías, los kilómetros, los tiempos y la energía. La promesa de libertad se transforma en una obligación de rendimiento. El cuerpo ya no corre para sentir, sino para probar que existe a través de la medición.

Correr contra el sentido

Sé que también hago parte de eso que crítico. Esa no fue la primera carrera que corrí y me gusta registrar mis recorridos, guardar las fotos, subir los tiempos a las redes. Hay algo de orgullo, de búsqueda de reconocimiento, de compartir el esfuerzo. Me doy cuenta de que esa necesidad de mostrar también pertenece a la misma lógica que intento pensar críticamente. El cuerpo corre, pero la mirada sigue siendo parte del circuito.  Aun así, algo pasó en la carrera. Corrí junto a una compañera del equipo que podía ir más rápido si quería, y sin embargo decidió quedarse a mi lado. Me acompañó todo el recorrido. Ese gesto, pequeño e invisible para los organizadores, irrelevante para el cronómetro fue lo que más me conmovió. Mientras los demás gritaban “Vamos, que tú puedes”, nosotras simplemente respirábamos al mismo ritmo. Pensé que también hay contagio en resistir, que la solidaridad se encuentra en otros cuerpos, no en las frases de motivación ni en las medallas.

En ese momento, a pesar de ir en la misma dirección de todas las demás personas, sentí que estábamos corriendo contra el sentido único del mercado. No por desafiar el tiempo ni la meta, sino por romper la lógica del rendimiento con una forma de cuidado. El cuerpo de mi compañera, su paso constante a mi lado era una interrupción, un desvío, un recordatorio de que no todo se puede medir ni uniformar. Cuando cruzamos la meta, la música sonaba tan fuerte que costaba escuchar cualquier otra cosa. Me entregaron una medalla igual a las de todes junto con un suero de recuperación. Y, sin embargo, lo que me quedó no fue eso, sino la imagen de dos cuerpos distintos corriendo juntos sin importar el reloj.

Benjamin escribió que el capitalismo construye “la fachada del infierno” (80) con los símbolos de la seriedad y el progreso. Tal vez correr hoy sea hacerlo dentro de esa fachada. Pero mientras haya alguien que se detenga a esperar a otra persona, que corra sin medir su tiempo, todavía habrá un resquicio de vida que no se deja capturar. Correr, no es escapar del mercado, sino atravesarlo sabiendo que no queremos llegar a su meta. Tal vez resistir consista en eso, en seguir corriendo, pero no sola, y sin dejar que nos dicten el paso.

Referencias

Benjamin, Walter (1928). Calle de sentido único (Einbahnstraße), Ediciones Akal.

¡Qué viva la tierra paramilitar!

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Hace un par de días, más exactamente el pasado 7 de octubre, la alcaldía de Federico Gutiérrez, mostró una vez más su talente autoritario y adulador con el patrón (representación no solo de Álvaro Uribe, sino de los cacaos de la ultraderecha local y su infausto legado). En la represión institucional, ejercida sobre una marcha pacífica en contra del genocidio en Palestina, el subsecretario de seguridad de Medellín, el otrora general de la policía Pablo Ruiz, lanza la orden “intervengan”, para que fuerzas del distrito apabullen, agredan y maltraten cobardemente a los marchantes. Todo esto, con la fría complicidad de nuestro querido pseudoalcalde, aquel que nos va a glorificar con un hermoso mar en la ciudad.

La carrera vertiginosa por posicionarse como los hacedores de la nueva cultura paraca es más que evidente. Tanto la alcaldía de Medellín, así como la gobernación antioqueña, irrefutablemente nos lo demuestran con sus acciones. ¿Cesará algún día la cultura paramilitar en el pueblo antioqueño? ¿Será este discurso recurrente el que impulse políticamente a quienes aspiren el mandato de la región? Mark Fisher en su obra Deseo Postcapitalista, aludiendo a Freud nos esgrima la posibilidad de un concepto totémico, derivado del simbólico sacrificio paternalista. Dicha eventualidad, claramente expuesta por nuestro querido alcalde Fico y sus perros de combate, como alias Gury, se exhibe como la extravagante avidez de demostrar sus capacidades represivas con la sociedad indefensa. La alcaldía de Gutiérrez y sus concejales de bolsillo, son al parecer, quienes salvaguardarán aquella figura totémica del paramilitarismo. Más concretamente, serán ellos los que izarán las banderas guerreristas, en contra de lo que huela y piense diferente en el pueblo antioqueño. Como expusiera Fisher: “A través de esta transición de una relación social a una ley consciente, la figura del padre primordial es sustituida por un tótem. Este tótem puede ser un objeto real o imaginario. En algunas sociedades primitivas, el sacrificio del patriarca (…) se vuelve más simbólica” (Fisher 112).

Esta figura patriarcal, quizá un poco desgastada por los líos legales del matarife y la falta de seso de quienes pretenden seguir sus preceptos, dejó su aura totémica en la región paisa. Mitos como la seguridad, la producción laboral desbordada, los paternalismos larvados, el infundado miedo a un supuesto comunismo y las aspiraciones traquetas de grandes hacendados con camionetas Toyota, engullendo aguardiente a lomo de caballo con pistola en cinto, son aquellos valores que los mandatarios regionales de turno, pretenden enarbolar e institucionalizar. Al arribar a la manifestación, cuyo proceso transcurría de lo más pacífico, alias El Gury, con garrote en mano, gruñía irracionalmente “¡hay que defender la ciudad!”. El gran interrogante que genera dicha estúpida acción puede limitarse específicamente a la pregunta: ¿De qué vas a defenderla mi querido mentecato? ¿Tu postura de servidor público te enviste con propiedades de vigilante nocturno para amenazar, amedrentar y coger a palos a la ciudadanía? La derecha colombiana, representada fuertemente por el barullo paramilitar, se deleita en la atrocidad criminal de eliminar al otro. ¿Cómo? Simple, si no se puede por la vía dialéctica y argumental, recurrimos a las vías de hecho, aquellas a las que estamos acostumbrados, verbigracia, la tan sonada expresión de nuestra figura totémica, a saber: “¡Hacen silencio o los callamos!”. Citando a Wolfgang Sofsky: “La violencia explícita busca sembrar el terror, infundir respeto y matar el aburrimiento. Esta violencia posee un sentido genuinamente social (…) Cuanto más cruel sea la ejecución, más grande será la majestad del soberano. Aquí la violencia sirve a la auto-representación y auto-distinción (…) Los espectadores se alimentan de los sufrimientos de la víctima” (Sofsky 28).

Legitimar la violación de derechos, en aras de presuntamente, defender la soberanía de un territorio, no deja de ser un simple sesgo político e ideológico. Los ideales de seguridad autoritaria, no hacen más que alimentar la cultura paraca en el terruño. Es inconcebible que la institucionalidad de alcaldías y gobernaciones, invoque este abominable demonio para movilizar unos supuestos valores regionalistas. Pareciera, que para la alcaldía de Fico, protestar de manera vehemente por aquellas desigualdades y atrocidades globales, es equiparable a lo que ellos conciben como oficio de mamertos, progres o minorías sin mayor recurso que su cultura y dignidad para buscar un lugar en el discurso de poder. Citando una vez más a Mark Fisher: “Si estamos en un grupo subordinado y vemos la forma en que se habla de las cosas en el grupo dominante y luego vemos la realidad de nuestra vida, vemos que una y otra no coinciden. Por lo general, antes de que hayamos tomado conciencia entenderemos el desajuste de nuestra experiencia con respecto a la ideología como una falla en nosotros (…) Están las formas del grupo dominante y las formas del grupo subyugado” (Fisher 163).

Lo caricaturesco de alias el Gury, es la adopción de una teatralidad crispada, heredada de los grotescos comandantes paramilitares. El tono de voz desmesurado, la actitud pendenciera, el hecho de saberse protegido por un referente ideológico infalible (como lo es supuestamente el Centro Democrático) y una alcaldía con un discurso milimétrico que, en el mayor de los casos, lo único que estima es crear una cultura del odio en la población medellinense. El concepto del enemigo interno, persiste en la idiosincrasia paisa. Aquellos fantasmas que rondan la mente de los pobladores, con ideas persistentes de un izquierdismo a ultranza, sin mediar con los valores conservadores de la familia, la religión y la propiedad privada. ¿Cuál es la respuesta? Un ejercicio de violencia que legitime un programa administrativo como la alcaldía de Medellín. Aludiendo a Sofsky: “El sujeto violento entra en un estado de euforia, se entusiasma con su forma de actuar. Cada nueva ocurrencia, cada nuevo muerto hacen crecer su exaltación. Lo cual no significa que esté fuera de sí, ni mucho menos. Se engrandece desde dentro, se expande, se adentra en el terreno de la libertad absoluta” (Sofsky 28). De este modo se materializa un nuevo evento funesto en la cultura antioqueña. Las mentalidades retardatarias y el regodeo por la intimidación institucionalizada, no deberían ser tolerables. Esperemos que dicha situación no haya arruinado el viaje del alcalde.

Referencias

Fisher, Mark (2021). Deseo Postcapitalista, Las Últimas Clases. Editorial Caja Negra, Buenos Aires

Sofsky, Wolfgang (2004). Tiempos de Horror. Amok, Violencia, Guerra. Editorial Siglo XXI, Madrid

A los machetazos

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Cuando nos piden, piensen dialécticamente, me acuerdo de una serie de imágenes en su devenir, la de la semilla, el árbol y el fruto. Plantea Hegel: “El capullo desaparece con la floración, y podría decirse que queda así refutado por ella, del mismo modo que el fruto declara la flor como una existencia falsa de la planta, y brota como su verdad en lugar de aquella. Estas formas no solo se diferencian entre sí, sino que, en tanto que incompatibles, se van desplazando unas a otras. A la vez, sin embargo, su naturaleza fluida hace de ellas momentos de una unidad orgánica, en la que no sólo no entran en disputa, sino que la una es tan necesaria como la otra, y únicamente esta misma necesidad es lo que llega a construir la vida del todo” (La fenomenología del espíritu. Prólogo). El devenir en ciertas triadas (semilla-árbol-fruto/padre-hijo-espíritu santo) o lo que es lo mismo en el decir de filósofos traductores de Hegel, tesis-antítesis-síntesis, nos explica cómo del 1 se convierte en 2, y como de la síntesis de estos dos aparece el 3. Los colombianos, para ponerlo en términos Hegelianos, una vez llegamos a la síntesis, lugar privilegiado donde se resolverían las contradicciones, cortamos a machetazos la superación de las diferencias. Fuerzas regresivas impiden que nuestra muy amada patria saboree lo alcanzado por el “espíritu de la nación”, y nos veamos abocados a vivir en un eterno enfrentamiento, atrapados en la dinámica violenta del amo enfrentado con el siervo. El presidente Gustavo Petro sabe que esa estructura colonial todavía se impone, y por eso la menciona de vez en vez en sus discursos. Volvamos con Hegel para tratar de entender, en lo posible, esta dinámica que aún hoy día goza de absoluta actualidad. En el apartado lV de la Fenomenología del espíritu (Autonomía y no autonomía de la autoconciencia: dominación y servidumbre), Hegel nos habla de dos conciencias que, dadas sus características sociales, económicas y culturales terminan enfrentadas a muerte.

Terminada la lucha, sugiere el filósofo, se define quién es quién, y de ahí surge el amo, considerado un ser en sí (ensimismado, subjetivo, egoísta, mezquino, cuyo objetivo es gozar de lo que produce la servidumbre), y el siervo, considerado un ser para el otro (servil, objetivo, abierto, cuyo fin es trabajar transformando el mundo de los objetos materiales). Una vez se establece el amo, lo que busca no es destruir al siervo sino su reconocimiento, y por eso lo manda a trabajar; prefiere morir que ser un simple esclavo. El siervo, por su parte, prefiere servir, trabajar para el amo en lugar de morir o ser destruido. Para satisfacer al amo, entra en relación con la naturaleza (experimentada como un otro), la tierra, las materias primas, que es donde adquiere a la larga su autonomía y su libertad. Aprende a labrar, cocinar, construir, comerciar, hacer contabilidad, etc., en un proceso de dominio y transformación. El amo, por su parte, termina reconociendo que por haberse alejado de la naturaleza empieza a verse como alguien que no sabe hacer nada, y termina por reconocer la autonomía del siervo; en definitiva, reconoce que se ha convertido en siervo de su siervo, ya que, para cuestiones de trabajo y en aras de satisfacer sus deseos, el siervo es el que posee un saber y ciertos dominios. En definitiva, llega el momento que llama Hegel de reconocer: “Más, para el reconocer propiamente dicha falta el momento de que eso de que el señor hace frente al otro lo haga también frente a sí mismo, y lo que el siervo hace frente a sí, lo haga también frente al otro”. Las dos conciencias, a la par de la metáfora silvestre (afloración-fruto-semilla), pasan por un movimiento que suprime, supera y conserva. Así las cosas, el siervo se vuelve autoconsciente de que, después de todo, no es tan esclavo como parece, dado que posee un saber y un dominio sobre otros objetos, saber y dominio que no posee el amo pues lo ha relegado al siervo, y por eso es que termina siendo reconocido por este. Se vuelve un ser en sí, para sí y para el otro. Y el amo, por su parte, se vuelve autoconsciente de que no es tan amo como pretendía, dado que, para suplir sus deseos, de alguna forma depende del saber y el hacer del siervo que es el que trabaja. En otras palabras, en la dialéctica Hegel nos muestra como la verdad del señorío termina siendo la servidumbre y la verdad del siervo la emancipación por el trabajo. Dadas ciertas circunstancias en el contexto capitalista en el que vivimos, siervo y esclavo acaban pactando y estableciendo nuevas relaciones, acuerdos y consensos, es decir, terminan haciendo comunidad, reconociéndose como conciencias autónomas y libres. Para fines prácticos, determinemos con simpleza maniquea, lo que en Colombia  es una verdad de a puño desde la colonia, de que existen estas dos clases de conciencia, o lo que es casi lo mismo, dos conciencias de clase: La conciencia del amo, conformada por una clase empresarial que corresponde a diez, quizás veinte familias (dueñas de los medios de producción y medios de comunicación), que acaparan el 95% de la economía ,  a la que se le suma una clase media alta (quizás media también), pues dentro del imaginario de una supuesta movilidad social, se conciben como aspirantes a convertirse en amos y por eso emulan y asumen todo el imaginario sociocultural de ellos.

Saltando más de siglo y medio de historia, digamos que una vez la Asamblea nacional constituyente que culminó con la Constitución de 1991, soñamos con ello que se acabarían siglos de luchas, y se detuviera por fin el grifo de sangre heredado de la violencia bipartidista. Pero no fue así, fuimos demasiado ilusos, una vez se instaló el amo en el poder, con su elitismo, clasismo y actitudes mezquinas y egoístas, redujo el contrato a machetazos. Volvió su postura regresiva de amo colonial, a lo que nunca ha renunciado, pues a su parecer con la nueva constitución cedieron demasiado en derechos y poco en deberes, por lo que el pacto constitucional debía desmontarse para imponer su control. El Amo en Colombia, basa su comprensión en la negación y el aniquilamiento del otro. Cada vez que transgrede a machetazos un acuerdo o cercena un tratado de paz, es una herida profunda al espíritu de la nación. Parafraseando a Hegel:  Nada sincronizado puede esperarse si la conciencia nacional es producto de un cerebro dividido, con síndrome de mano ajena. Condición donde una mano intenta abrir una puerta mientras la otra intenta cerrarla. Largo y espinoso camino le espera a la Paz Total.

REFERENCIAS

Hegel, G (2017). Fenomenología del Espíritu. Editorial Gredos, Barcelona.

El espíritu revolucionario en tiempos de burnout

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Cuando estudiaba la licenciatura en ciencias sociales, un profesor dijo en clase que todos éramos revolucionarios cuando éramos estudiantes, pero luego nos chocaríamos con la vida real, el poder del dinero y el trabajo asalariado. Según él, en esas condiciones se nos olvidaría la revolución y entraríamos al ciclo del consumo en el que la meta final es individual: comprar casa, comprar carro, ascender, aumentar los ingresos, etc. El dinero nos seduciría y compraría nuestras apuestas políticas. Me prometí a mí misma no caer en esa trampa y mantenerme fiel a mis ideales. Por ende, me prometí que jamás sería así.

Ahora que dedico la mayoría de mi tiempo a trabajar sé que no es así y no podía ser así. Las conversaciones con mis amistades, que se encuentran en la misma condición de dedicar la mayoría de su tiempo al trabajo, han girado en torno a esa cuestión: trabajar nos agota y nos consume, por lo cual ahora realmente entendemos los planteamientos marxistas. Sin embargo, trabajar también ha maximizado nuestros anhelos de que la realidad cambie. No podíamos renunciar al odio al sistema porque ahora sentimos su peso sobre nuestras carnes. Ya no tenemos el mismo tiempo ni energía para pensar, estudiar, crear. Ahora sentimos cómo el trabajo asalariado nos roba la energía. En lugar de dejarnos seducir por el dinero, sentimos que la necesidad del dinero nos ahoga y anula nuestra humanidad.

Esto se vincula con el trabajo de Simone Weil, filósofa y activista francesa quien desarrolló su pensamiento en la primera mitad del siglo XX. Ella fue una intelectual comprometida con la comprensión de la sociedad para transformarla y especialmente se dedicó a la cuestión laboral. Por ese motivo, en 1934 decidió vivir en su propio cuerpo la condición obrera, renunciando por un año a su trabajo como profesora de filosofía para trabajar en fábricas, incluida la de Renault. A partir de esta experiencia, escribió “la condición obrera”, libro en el cual reúne distintas reflexiones y propuestas en torno al trabajo en las fábricas. De estas reflexiones, destaca el reconocimiento del trabajo en la fábrica como deshumanizante, pues los actos repetitivos agotan, deprimen y nos evitan pensar.

Sin embargo, ella también menciona las huelgas y cómo estas rompen con la rutina de la fábrica para devolver a los trabajadores algo de humanidad, al permitir la colectividad, el diálogo, la crítica y la estrategia. Es decir, incluso en condiciones tan adversas de agotamiento, los trabajadores no renuncian a su deseo de emanciparse, sino que, al contrario, lo añoran con más fuerza pues viven en su cuerpo la opresión y la deshumanización de un sistema que los desangra.

Por lo anterior, estoy convencida de que a los trabajadores defensores de la revolución no nos terminan seduciendo el trabajo ni el dinero. A los trabajadores nos sigue consumiendo el trabajo. El triunfo del sistema radica justamente en eso: no en la eliminación de nuestros anhelos emancipatorios, sino en drenar la energía que requerimos para construir la transformación que deseamos y necesitamos. Es decir, el sistema no elimina nuestros ideales revolucionarios que ahora son más fuertes, sino que consume la energía que requerimos para construir la revolución.

A pesar de lo anterior, en medio del agotamiento y la repetición, los trabajadores nos humanizamos en las huelgas, las protestas, las movilizaciones, las conversaciones con otros en nuestra misma condición, la lectura de los pensadores revolucionarios, la lucha por una reforma laboral digna y un sinfín de acciones que nos humanizan. Aun agotados, seguimos seducidos por la esperanza de que las cosas pueden ser diferentes. En esas acciones está nuestra revolución. Así que no, el espíritu revolucionario no murió en nosotros arrodillado ante el poder del dinero; la revolución grita en el interior de un cuerpo agotado que, a pesar del cansancio, se levanta para reafirmar sus deseos emancipatorios. El sistema puede drenar nuestra energía mental y corporal, pero no nuestro deseo de liberarnos. Nuestro odio hacia el sistema deshumanizante y opresor no ha muerto, sino que se ha fortalecido por los estragos que ocasiona en nuestra vida y en nuestro cuerpo.

El Pacto Histórico, las ganas y el Congreso

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Parece que lo único que se necesita para lanzarse al Congreso por el Pacto Histórico son ganas. No es necesario un trabajo de base consolidado, ni formación política, ni creer de verdad en un proyecto transformador.

Más de 530 personas se inscribieron, lo triste es que no son 530 cuadros políticos, sino que de todos esos, hay un porcentaje considerable que es mediocre como Agmeth Escaf, no mostrará resultados reales como le pasó a Susana Boreal, habrá infiltrados como Paulino Riascos, también de esos que seguro no van a impulsar bajarse el sueldo como pasó con Pizarro, Flórez, Zuleta; o influencers cuyo único mérito es ser parte de una barra brava.

En estos días de consultas, candidaturas y videos ridículos me escondo para que no me pregunten “¿por quién va a votar?”, también para evitar discursos sobre por qué fulanito o sultanita debe llegar y sobre todo, porque me gusta ahorrarle a esas personas incautas las razones por las que no me convencen sus cálculos electorales, ni sus alianzas.

“La política electoral no es lo nuestro”, me decía un amigo y me parece triste, porque la política electoral y no electoral debería ser lo de todas y todos, pero en cambio, en este momento logra el efecto contrario y en mi caso, muchas veces, resulta repelente.

Hay por quién votar, algunas personas son buenas. Ojalá queden y si lo hacen, diosmediante no se corrompan. Dice una canción “el poder emborracha”, el problema es que así no tengan poder, de todos modos muchos terminan en una embriaguez toda loca, vacía y soberbia.

Parece que los sectores “alternativos” o mejor, diferentes a la derecha, no aprenden y estoy convencida de que las ganas no deben ser requisito para aspirar a ser parte del legislativo.

Deberíamos proyectar un legislativo que garantice las transformaciones que necesita el país y procurar prevenir en el corto plazo el fracaso de un proyecto alternativo en el Congreso. Y podré sonar vintage y pasada de moda, pero estoy convencida de la importancia de la formación de cuadros. Hablar de una política de cuadros en tiempos de activismos y no de militantes, de individualidades que se juntan de vez en cuando y no de organizaciones, o egos inflados por las redes sociales o por tener algunos contactos, es complicado, pero si creo en que es posible pensar en la actualidad en otro tipo de figura política.

Nuestro deber es exigir candidaturas que decidan cualificarse y con esto no me refiero a cumplir con el requisito de una maestría o una especialización para sumar una lista de cartones, como argumentó recientemente una influencer, sino de intentar entender el país, el modelo y el sistema, más allá de frases trilladas y conceptos que no entienden; exigir congresistas valientes, dispuestos a denunciar con argumentos; con la capacidad de encontrar soluciones creativas; en los que pese más el trabajo en equipo que iniciativas construidas de afán, o mal hechas.

Vale la pena que, quienes dan el aval se sueñen una política de cuadros democrática, la política de elección o la proyección para candidatizarse no debería traducirse en el nivel de ganas, sino de capacidades, formación y reconocimiento de contexto; no con mantener cacicazgos con delfines o en cuerpo ajeno.

El terror nos ha debilitado políticamente, nos ha dividido y nos ha despojado hasta de la capacidad de llamar las cosas por su nombre;  la comodidad de la burocracia y de los puestos también pesa, y es deber de quienes creemos en un país realmente democrático y justo, soñar con congresistas que nos hagan sentir orgullo.

Este congreso de los sectores “alternativos” dejó mucho que desear. Un congreso diferente, cualificado, debería ser prioridad para mantener la disciplina en la presencia y en las discusiones fundamentales del país. Es un momento histórico para la política seria, no para politiquear y posicionarse para fines puramente individuales. 

Posdata 1: hacerme odiar por los futuros congresistas del país es mi pasión.

Posdata 2: hace mucha falta teoría sobre cuadros al mejor estilo de Mao o de Álvaro Cunhal en estos tiempos de neoliberalismo, redes sociales y ‘tiburones’ de la política, pero obvio a los Dussan, las Flórez, los Lozada y los Argotes no les interesa.

Posdata 3: gente de La Silla Vacía, sé que me leen en silencio, porfis no se inspiren en mi inconformidad para hacer un mal análisis sobre las elecciones y el Pacto Histórico.

Palestina, la rabia como vocación

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La realidad del pueblo Palestino agrieta el alma. Parece que el dolor no es suficiente, ni la mentira, ni la hipocresía de los gobiernos y la prensa occidental. El multilateralismo agacha la mirada para sostener que Palestina no debe tener ni un presente, ni un futuro soberano. El reconocimiento que hacen algunos países de la existencia del Estado palestino parece no ser más que el saludo a la bandera del sistema internacional de derechos humanos y a los solapados valores de las democracias liberales. 

Es que la marca histórica y el horizonte de la nación mediterránea debe ser la colonia y el riesgo de la desaparición cultural y física. Palestina es la terrible muestra paradigmática de lo que Franz Fanon llamaba «la zona del no ser», la zona de la negación colonial de toda humanidad. 

El genocidio asciende a las 66.055 personas asesinadas en Gaza, quizás sean más por subregistros. El control dictatorial de Israel sobre Cisjordania, que no tiene nada que envidiar a los regímenes fascistas, es un control que cuenta con el beneplácito de burócratas palestinos, y continúa pese a todo tratado internacional y a toda resolución de la ONU. 

En su famoso discurso sobre la colonialidad, Aimé Cesáire decía:

«Una civilización (la civilización occidental) que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es una civilización decadente. Una civilización que escoge cerrar los ojos ante sus problemas más cruciales es una civilización herida. Una civilización que le hace trampas a sus principios es una civilización moribunda».

Un civilización moribunda, hipócrita, profundamente hipócrita que no hace nada frente a la violación rampante del Estado de Israel al derecho internacional humanitario y al derecho de mares, cuando en aguas internacionales este país secuestra a cientos de personas de distintas nacionalidades que tenían como propósito abrir un corredor humanitario para Gaza. Una agresión que equivale, en realidad, a la agresión de cada nación. Y tras el secuestro viene la tortura en cárceles israelíes. El secuestro y la tortura a los miembros de la Global Sumud Flotilla que pasa como una noticia más, porque el perpetrador es un aliado occidental. No es un país racializado del sur global, pobre. No, el agresor, el victimario es un aliado estratégico del norte global en la tensa región árabe. 

En el mismo discurso sobre la colonialidad, publicado en 1950 en parís, Aimé Cesáire sentenciaba: 

«en el fondo lo que no le perdona a Hitler (“el burgues” europeo, u occidental para el caso) no es el crimen en sí, el crimen contra el hombre, no es la humillación del hombre en sí, sino el crimen contra el hombre blanco, es la humillacion del hombre blanco, y haber aplicado en Europa procedimientos colonialistas que hasta ahora solo concernian a los arabes de Argelia, a los coolies de la India y a los negros de Africa (…) He hablado mucho de Hitler. Lo merece: permite ver con amplitud y captar que la sociedad capitalista, en su estadio actual, es incapaz de fundamentar un derecho de gentes, al igual que se muestra impotente para fundar una moral individual. Quiérase o no, al final del callejón sin salida de Europa, quiero decir de la Europa de Adenauer, de Schuman, de Bidault y de algunos otros, está Hitler. Al final del capitalismo, deseoso de perpetuarse, está Hitler. Al final del humanismo formal y de la renuncia filosófica, está Hitler».

Y así Cesáire procede a evidenciar cómo prominentes humanistas y hombres de letras europeos justificaban toda clase de crímenes contra la población colonizada. Con razones raciales, morales e incluso intelectuales, justificaban el hecho colonial. El problema para occidente no fue Hitler, fue que Hitler ejerciera las prácticas que Europa perpetuaba no sobre la población blanca y occidental sino sobre la población racializada de otras latitudes asumidas como bárbaras. El occidente blanco colonizador, el norte global diríamos hoy, ya tenía un Hitler dentro de sí. Las prácticas y discursos fascistas eran las prácticas y discursos que llevaba occidente al mundo colonizado desde años atrás. 

Hoy, el pueblo blanco europeo sometido al genocidio hace más de 80 años, ejerce el poder colonial y revive el Hitler que le sometió «nadie coloniza inocentemente, que tampoco nadie coloniza impunemente; que una nación que coloniza, que una civilización que justifica la colonización y, por lo tanto, la fuerza, ya es una civilización enferma, moralmente herida, que irresistiblemente, de consecuencia en consecuencia, de negación en negación, llama a su Hitler, quiero decir, su castigo», insistía Cesáire.

La hipocresía no es, en lo absoluto, una novedad. La diferencia moral entre buenos y malos para las potencias occidentales tiene que ver con aliados, color de piel y recursos. Ese es el rasero de los derechos humanos para el poder imperial. 

Por estos días me hace más sentido la canción Días y Flores, de Silvio Rodríguez:

Será que a la más profunda alegría
me habrá seguido la rabia ese día,
la rabia simple del hombre silvestre,
la rabia bomba, la rabia de muerte,
la rabia imperio asesino de niños,
la rabia se me ha podrido el cariño,
la rabia madre, por Dios, tengo frío,
la rabia es mío, eso es mío, sólo mío,
(…)
la rabia dame o te hago la guerra,
la rabia todo tiene su momento,
la rabia el grito se lo lleva el viento,
la rabia el oro sobre la conciencia,
la rabia —coño— paciencia, paciencia.
La rabia es mi vocación.
Si hay días que vuelvo cansado,
sucio de tiempo, sin para amor,
es que regreso del mundo,
no del bosque, no del sol.

La rabia ante la impotencia, la maldita impotencia de atestiguar un juego de mesa entre gigantes, un juego ya bien conocido en la historia por el reparto de bienes, tierras y poder. Este reparto que recuerda cuando en el siglo XIX las potencias coloniales dibujaron fronteras inexistentes para los pueblos, y crearon países no en razón de historias y culturas sino de intereses económicos y geopolíticos. 

Un juego siniestro al que a veces llaman tratado y que ahora llaman «plan de paz para Palestina» o «plan de paz de Trump». En el siglo XX las potencias implantaron a sangre y fuego un hijo llamado Israel a imagen y semejanza de los patrones occidentales coloniales. Ahora, en el siglo XXI, con este juego los gigantes nos dicen que ni la continuidad del régimen de apartheid contra el pueblo palestino, ni el genocidio, son suficientes. No, no importa solo cercar a una nación, hay que impedir también que piense, que decida a quien elegir. Y esto tampoco es nuevo en la historia. Los cánones del colonialismo puro y duro son la siguiente carta en este juego de poder.

Este Plan, ideado por el gobierno Trump con el beneplácito del Estado genocida, reproduce los cánones coloniales y recuerda otras aventuras estadounidenses. Como señaló Leandro Albani en su artículo El «plan de paz» de Trump para Gaza: colonización y negocios para el portal Desinformemonos: 

«El plan de Trump nos recuerda a la administración de George W. Bush y la imposición en Irak de la Autoridad Provisional de la Coalición (APC) en 2003, tras la invasión militar de aquel país. Encabezada por Paul Bremer III, la APC tuvo la función de organizar el saqueo de los recursos naturales, recrudecer las diferencias internas en Irak, presentarse como una institución transitoria que blanqueó las atrocidades cometidas por las tropas norteamericanas y convertirse en punta de lanza para, por un lado, aplicar un modelo neoliberal salvaje y, por otro, “gestionar” sumas de dinero millonarias que terminaron en decenas de compañías contratistas, como fue el caso de Halliburton, que tenía entre sus principales directivos a Dick Cheney, vicepresidente en la administración Bush».

Las voces bien pensantes han celebrado la propuesta —que inluye además de la violación a la autodeterminación del pueblo, la proyección de, basicamente, un resort para el turismo y los negocios de la población blanqueada construido sobre el bombardeo de Gaza— y repiten cuan mantra la exigencia de la devolución de los rehenes israelíes retenidos por las milicias armadas del partido Hamas (con el fin, justamente, de proponer un intercambio de rehenes), aún cuando las condiciones completamente desiguales se evidencian en la cifra de 48 rehenes israelíes frente a 11.000 prisioneros políticos palestinos. El absurdo llega a un punto inimaginable: el ataque abierto al derecho a la autodeterminación, la salida colonial al colonialismo, se celebra en los grandes medios y en los gobiernos de occidente y el mundo árabe. De nuevo con Cesáire «La maldición más común en este asunto (Colonización y civilización) es ser la víctima de buena fe de una hipocresía colectiva, hábil en plantear mal los problemas para legitimar mejor las odiosas soluciones que se les ofrecen».

La impotencia se procura tramitar con el apoyo al boicot o con donaciones, pero también con el ruido: el ruido informativo contra el silencio que procura el blanqueamiento del genocidio, el ruido de la movilización, el ruido que incomode, aunque sea un poco, a la nueva corte colonial de gobiernos occidentales y árabes hipócritas y de la prensa vasalla. El ruido contra el poder imperial y la incomodidad frente al silencio ensordecedor que queda después del bombardeo. Y aún así la rabia continúa, la rabia como vocación, la rabia contra esta realidad indignante.

«No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es lo más importante».

Ernesto Guevara

El supervisor invisible: vida y resistencia bajo el algoritmo

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Gestión algorítmica, riesgo transferido y deuda digital. Esta segunda entrega describe cómo se trabaja en Rappi, la captura regulatoria regional y las formas de organización que emergieron para disputar derechos.

Puertas giratorias y lobby: el otro motor

La expansión no es solo código. Es política. David Luna, exministro TIC (2015–2018), fundó Alianza In para agrupar a plataformas como Rappi, Uber y Didi e influir en la agenda. Su exviceministro Juan Sebastián Rozo pasó luego a Rappi como jefe de Políticas Andinas y director regional de Política Pública (hasta 2024). En Perú, redes empresariales y parlamentarias (con Adriana Tudela como figura visible) frenaron cinco proyectos de ley pro-derechos de los rappitenderos y otras plataformas; en Argentina, Gabriel Buenos saltó del gobierno macrista a Rappi Cono Sur. La línea entre regulación y cabildeo se difumina cuando los exreguladores acaban en nómina corporativa.

Gestión algorítmica: control sin capataz

Rappi, como Glovo o Deliveroo, organiza trabajo con sistemas opacos que:

  • Asignan pedidos y calculan tarifas dinámicas.
  • Clasifican desempeño con estrellas y métricas.
  • Gamifican con bonos y “rachas” para mantener conexión constante.
  • Sancionan automáticamente con bloqueos por rechazos, demoras o fallas técnicas.

El resultado: el repartidor ve una app; detrás opera un motor estadístico que define su ingreso. Encuestas sindicales señalan que 81 % de repartidores en Colombia depende exclusivamente de Rappi, desmintiendo la “plena libertad” de rotar entre apps.

Riesgo y costo, del lado débil

Jóvenes y migrantes —muchos venezolanos— trabajan sin contrato ni afiliación plena a salud, pensión y riesgos laborales. Pagan bici o moto, combustible, repuestos, teléfono, datos, maleta térmica y casco (en Argentina, vendido por la propia empresa). En ciudades congestionadas, enfrentan accidentes, hurtos y exposición climática. El esquema a destajo convierte cada minuto en carrera por cumplir metas invisibles.

El manejo de efectivo añade fricción: cuando el cliente paga en efectivo, el repartidor luego “le debe” a la plataforma; errores o demoras del sistema se traducen en deudas y bloqueos. En México se reportaron montos de hasta 40.000 pesos, condonados tras protestas.

La comparativa corporativa de “doble del mínimo por hora” repetida en muchas entrevistas de sus directivos omite tiempos muertos, espera, compras y depreciación. Una hora conectada no es una hora pagada.

De la rabia a la organización

La competencia diseñada no impidió la solidaridad. Grupos de WhatsApp y Facebook derivaron en organización sindical:

  • Junio 2019 (Bogotá): protestas con quema de mochilas frente a oficinas de Rappi.
  • 8 de octubre de 2020: nace UNIDAPP (con apoyo de la CUT), tras una movilización de 3.000 repartidores; rechaza el rótulo de “colaboradores”.
  • Durante la pandemia, el sindicato denunció seguimientos y perfilamientos de líderes por seguridad privada.

El cambio político de 2022 con la llegada del gobierno de Gustavo Petro y el Pacto Histórico abrió puertas:

  • Septiembre 2023: Ministerio del Trabajo media un acuerdo; Rappi reconoce a UNIDAPP como interlocutor y ajusta notificaciones de la app.
  • Febrero 2024: se pacta tarifa mínima por pedido; UNIDAPP impulsa avances similares en otras plataformas (como Didi).
  • Marzo 2025 (Medellín): la Unión Sindical de Mensajeros de Tiendas Turbo acuerda mejoras para 700 repartidores (parqueo, hidratación, baños y debido proceso en cierres de cuenta) con mediación de la Dirección Territorial del MinTrabajo.

El ministro Antonio Sanguino (feb. 2025) lo sintetizó: la negociación colectiva no puede obstaculizarse por falta de reglas; toca proteger las nuevas modalidades de trabajo digital y garantizar trabajo digno.

Contrastes regionales

En Argentina, Rappi bloqueó a la directiva del sindicato APP; el conflicto sigue en tribunales en ausencia de un marco favorable y ante el peso del lobby. En Chile, colectivos como Rapi08 y Riders Unidos Ya integran MAREA, que coordina demandas por salario mínimo, seguridad social y derechos sindicales.


Del control algorítmico a la acción colectiva, el tablero se movió. En la tercera entrega, el nuevo marco legal colombiano: qué cambia para plataformas y repartidores, y qué desafíos deja su implementación.

“Salva a Colombia, ¡ten hijos!”: el descaro pronatalista de la derecha colombiana

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Sé que a mi parcera La Terrible no le va a gustar tanto el inicio de esta columna, pero ella sabrá perdonarme por los innumerables momentos en los que el reguetón me arrastra hacia sus fauces. Para mí es imposible no mover mi prolongación de la espalda cuando Ms Nina se tira esta línea: “Soy tu sicaria, me pongo fina, échale agua. No hablo de la planta, hablo de la nalga”. Poesía absoluta para mis oídos descompuestos y perforados por el punk. Es su culpa.

La vuelta es que para mí fue inevitable tararear ese temón en mi cabeza cuando la semana pasada pillé un pendón gigante en la fachada del Congreso que decía “Salva a Colombia, ¡ten hijos!”. El rostro visible era una nena re sonriente con su panza y un vestido azul. De inmediati pensé: Colombia, soy tu sicaria y me pongo fina, porque hace cinco años me ligué las trompas, así que en lugar de salvarte voy a tener que matarte. Una lástima para un país con tanto futuro (miau miau miau miau).

Debo aclarar que no soy una feminista antimaternal. Leyendo las valiosas reflexiones de María Fernanda Cardona, coincido en que algunos parches feministas se han encargado de leer de forma reduccionista la decisión de maternar como si fuese únicamente una imposición patriarcal, cuando a esta acción la rodean muchos elementos para pensar, incluso, la necesaria transformación social. Este no será el foco de este escrito, pero me parece importante decir que admiro y respeto a quienes DECIDEN gestar, maternar y paternar como parte de su capacidad de agencia. Recordemos además que no solo las mujeres cis podemos gestar y maternar, aunque obvio la seño del pendón fuese una mujer blanca cis.  

Aclarado esto, debo decir que el pendón es basura descarada de la derecha pronatalista colombiana. Parte de los datos que les llevó a ponerla en el Congreso para que todo el mundo pudiese verla, tuvo que ver con que según el DANE hubo una caída en la tasa de natalidad en Colombia, que en 2024 fue de 445 mil nacimientos, con una reducción del 13,7% en la última década. Esta caída es una tendencia global.

Hasta ahí suena preocupante para quienes afirman, como la senadora Lorena Ríos de Colombia Justa, que “una patria sin hijos es una patria sin futuro”. Señora, ¿ya se vio Rodrigo D? en este país hablar sobre el futuro es para gente privilegiada como usted. Y ya que nos gustan tanto los datos y nos parecen taaaan alarmantes, veamos dónde está la reducción más alta. Hubo una disminución del 51,1% en la tasa de fecundidad de adolescentes entre los 15 y los 19 años. Les pregunto: ¿no es este un motivo para celebrar? ¿o ustedes también creen que el embarazo adolescente es la mejor manera de salvar esta hermosa patria? La edad media para tener el primer hijx en Colombia está en los 24,4 años. ¿No les parece muy valioso que ahora se pueda planear y decidir sobre esta decisión después de pasar la adolescencia? ¿Dónde quedó el “¿alguien puede pensar en los niños?”. Parece que la preocupación solo emerge cuando hablamos de un feto, porque después de nacer, ya no nos importa.

Ahora, analicemos las razones. Es real que ha habido un descenso histórico de nacimientos, pero en lugar de pedirnos maternar -bueno, a mí no porque soy tu sicaria y ya paila- ¿por qué no analizamos lo que está generando que muchas personas ya no incluyan el maternar o paternar en sus proyectos de vida? Piedad Urdinola, la directora del DANE, afirmó que si bien este fenómeno, que se conoce como proceso de transición demográfica, comenzó en los años 70 de manera lenta, después de 2015 se aceleró. La inestabilidad económica es una de las principales razones por las cuales las familias aplazan el nacimiento de sus hijos, de acuerdo a lo publicado por la oficina de Prensa de la Presidencia de la República.

Si nos empeliculamos más y miramos nuestras propias vidas detenidamente, podemos reconocer que la precarización económica y subjetiva que ha profundizado el neoliberalismo hace que la estabilidad ya no sea una posibilidad, ni la económica, ni la mental, ni la emocional, ni la del proyecto de vida…¡estabilidad de nada! Los índices de violencias basadas en género son macabras. Según CEPAL, 11 mujeres son víctimas de feminicidio CADA DÍA en América Latina y el Caribe. ¿Qué está haciendo la derecha al respecto? Porque parece que solo importamos cuando dejamos de parir, más no cuando nos matan.

En el Concejo de Bogotá está avanzando el Proyecto de Acuerdo 340 propuesto por la concejala liberal Clara Sandoval. Ya sabemos hace tiempo que de liberales no tienen sino el nombre. Este proyecto busca que se exija una valoración obligatoria de salud mental antes de permitir una interrupción voluntaria del embarazo. Les pregunto: ¿quién en la actualidad, habitando este planeta, vive una salud mental plena? Esta es una de las razones por las cuales muchas personas deciden abortar. Resulta que ahora quienes abortan son sicarias de la patria, y parece que “no están en condiciones” de tomar una decisión autónoma. No estamos hablando aquí del abandono parental de hogares, ni de las estadísticas de demandas por alimentos, ni de las miles de personas que no saben hoy cómo sobrevivir vendiendo su fuerza de trabajo mientras hacen trabajos de cuidado con sus familias. Estamos hablando de la necesidad de dedicarnos a lo que derecha cree que por esencia vinimos al mundo: ¡a parir, linduras!

Se me acabó el espacio, pero no la rabia. Nuestro derecho a la autonomía, a la libre decisión y nuestros derechos sexuales y reproductivos están en riesgo, y más en tiempos de ascenso vertiginoso de los neofascismos. A la sociedad colombiana le interesa más tacharnos de sicarias de la patria por decidir no tener hijxs, o por cuestionarnos cada día más esta decisión en un país donde fácilmente tu hijo puede terminar engrosando la lista de “falsos positivos”, o tu hija puede ser víctima de feminicidio, o tu hijo puede ser reclutado por una banda de narcos, o tu hije puede crecer para tener como única opción enriquecer a su patrón que le precarizará hasta la enfermedad.

¿En serio somos las llamadas a salvar a Colombia pariendo? Qué descaro tan serio.

Referencias

Presidencia de la República. (2025). En 2024 nacieron 445 mil bebés en Colombia, una reducción de 13,7 % en la última década, informó el Dane.

CEPAL. (2024). Al menos 11 mujeres son víctimas de feminicidio cada día en América Latina y el Caribe.

Las comunicaciones de la izquierda son radicales: radicalmente pesadas o radicalmente vacías

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Estoy muy preocupada por estas elecciones, más que por las anteriores. La angustia bajó significativamente con el anuncio de la precandidatura de Iván Cepeda, pues el panorama de la izquierda toma forma con una persona seria, formada políticamente, coherente, disciplinada y realmente comprometida con la justicia social, pero en el Congreso el ambiente es desolador.

Hace unos años, armaba plan para ver los debates en Cámara y Senado, eran tan emocionantes como un partido de fútbol, los silencios, los gritos, los discursos de parte y parte, Iván Cepeda, Gustavo Petro, Gloria Inés Ramírez, Piedad Córdoba, hasta el mismo Jorge Enrique Robledo, mandaban la parada y por eso la izquierda (y Robledo), cogieron la buena-mala fama de ser muy buena en la oposición. Siempre argumentada, preparada, con investigaciones exhaustivas, mostrándole al país las relaciones entre políticos y paramilitares, la injerencia de Estados Unidos en Colombia, liderando marchas y mítines. Cada intervención era para tomar nota, era una clase, porque entonces, no les bastaba con hacer muy bien su tarea, sino que buscaban formar a las bases, algo muy similar a lo que hoy hace el Senador Wilson Arias. Pero esos días llegaron a su fin.

Hoy por un lado nos enfrentamos a la falta de visibilidad de cuadros políticos, o de buenos cuadros políticos, y con ella a la decadencia de la representación legislativa. Discursos vacíos, oportunismo político, reflexiones poco elaboradas y la habilidad para crecer en redes sociales. Por otra parte, están los “cuadros políticos”, que arrastran consigo las prácticas amañadas de siempre, acaparamiento del poder, el juego sucio, conspiraciones que poco o nada aportan a la colectividad, al mejor estilo de Gloria Flórez e Isabel Zuleta.

También aparecen las candidaturas por, para y en redes sociales. Recuerdo que hace siete años en el Seminario Internacional 100 años de la Revolución Rusa y 150 años del Capital de Karl Marx, la Revista Hekatombe, por medio de ejemplos en la historia, habló sobre la importancia de la forma a la hora de comunicar, y que la forma no debía vaciar el contenido. Que la comunicación era muy importante para Marx y —en especial— para Lenin, por eso nunca fueron ajenos a buscar formas de comunicar más y mejor, así que rescatando ese legado, era necesario comunicar de formas originales, diferentes, que conectaran con las audiencias y las cualificaran.

A la izquierda colombiana y los sectores que la orbitan les cuesta mucho trabajo comunicar, parece que la última propaganda decente fue la canción ‘A la carga’ de Pacho Galán, para apoyar la candidatura presidencial de Jorge Eliécer Gaitán. En cambio, ahora nos encontramos con copias mal hechas de experiencias que funcionaron en otras partes del mundo, precisamente hace unos días me acordé cuando en 2017 la representante María Fernanda Carrascal con personas que habían sido de Marcha Patriótica, impulsaron la campaña de Humberto de la Calle y reencaucharon descaradamente el «I like Ike» de 1952, para la presidencia de Eisenhower. 

Volviendo a las izquierdas, se ha pasado de embutir toda la información en una hoja tamaño carta, con letra arial 9, en un lenguaje setentero y acartonado, a videos sin mayor contenido político-pedagógico, respondiendo a tendencias tontas de redes sociales, que solo tienen por objetivo conseguir likes, sin dar a conocer un programa, ni pretender cualificar a las audiencias con análisis de interés y profundidad. La comunicación política en las izquierdas es radical; radicalmente pesada o radicalmente vacía, parece que no hay puntos intermedios.

Es muy deprimente seguir las redes sociales de Susana Muhammad, una mujer tan brillante haciendo videos ridículos que no dicen absolutamente nada; vergonzoso saber que es candidato de este sector Quintero, conocido por ideas bobas como el Partido del Tomate, lanzarse de un puente o ahora, ofrecer lavadoras gratis. Ni hablar de los influencers, cuyo principal, por no decir único, mérito es hacer parte de las barras bravas de un sector político, y creer que cuentan con las cualidades para representarnos en el legislativo…

En este contexto, la campaña de Iván Cepeda está perdiendo la fuerza con la que arrancó, al acercarse más a una estrategia de redes y eventos de una ONG de derechos humanos, que a una campaña presidencial. Por supuesto, su base electoral es el movimiento de víctimas y de DDHH, sin embargo, es necesario hablarle a las mayorías del país, eso por supuesto, no quiere decir caer en el ridículo de algunos candidatos, sino de llenar de forma y contenido sus comunicaciones, más allá de la estrategia de voluntariado digital que está promoviendo.

El equipo de Iván Cepeda parece que sigue pensando que se trata de llegar de nuevo al senado con la misma comunicación estática de siempre y, por lo menos en redes, es evidente que no se ha dado cuenta que el momento cambió y que las comunicaciones deben ser eficientes, emotivas, valientes y emocionantes, como lo es el candidato. 

Esa intervención de la Revista Hekatombe en 2017 se llamó “Los medios de comunicación revolucionarios ¿calco o copia? ¿O creación heróica?”, hoy este parafraseo del Amauta cae rebien, porque las campañas presidenciales deben ser creación heróica.

Uribe dijo en 2016: “Hacen daño los compañeros que no cuidan las comunicaciones”, nada más cierto que eso. Cuidar las comunicaciones es cualificarse, ser creativos, tomarse en serio el legislativo y el ejecutivo, saber que nos enfrentamos a una maquinaria que sí funciona y tiene experiencia. Comparto mi preocupación y pido en nombre de Lenin que se les prenda la chispa, y se garantice un congreso decente así como unas campañas presidenciales a la altura del momento.

Posdata uno: que bueno sería volver a aquellos tiempos en los que se hacía de la tribuna un espacio de formación política.

Posdata dos: cerrarme puertas es mi pasión.