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Misofonía antineoliberal

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Una mañana, tras un sueño intranquilo, me desperté sintiendo que un monstruoso insecto me habitaba por dentro. No sé si me tragué a Gregorio Samsa o si escuché demasiado punk. Tal vez tomar tanto chamber de guanábana en mi adolescencia me generó este parásito incurable. Lo cierto es que estoy desahuciada.

El visaje es que este insecto me hace querer vomitar cada que escucha palabras como “eficiencia”, “productividad”, “sostenibilidad”, “medible”, “optimización”, entre otras que se ha inventado el neoliberalismo para meternos el cuento de querer rendir más y convertirnos en máquinas porque esto debe generarnos satisfacción. La cosa es que este insecto se mueve dentro de mí todo el tiempo y no me deja en paz, así que básicamente tengo nauseas todo el día, especialmente cuando tengo reuniones.

Cuando miro mi calendario y veo que tengo una reunión, comienza el suplicio. Siento cómo mi insecto interior se comienza a revolcar y a mover sus patas entre mis intestinos. A veces creo que me está diciendo algo, que abandone, que me abra del parche, que busque mejores pastos, pero yo le pido que se calme, porque va a ser re difícil encontrar un lugar en el que no escuchemos ese tipo de palabras.

La nausea en ocasiones es soportable, especialmente cuando las personas se están tirando un discurso en el que intentan camuflar su posicionamiento neoliberal. Por ejemplo, “lo más importante es que la gente pueda acceder a nuestros proyectos y propuestas, finalmente eso es lo que nos tiene aquí, pero no podemos olvidar que esto también tiene que ser sostenible…” ¡¡¡puuuummmmm!!! Comienzan los retorcijones, y yo me muevo en mi silla, pero logro disimular. Imagino que hay gente que cree que tomé leche y no era deslactosada. Mi condición es realmente difícil de explicar en entornos ejecutivos y de solemnidad protocolaria.

La cosa se vuelve problemática cuando la gente, lejos de disimular, se tiran una seguidilla de palabras neo: “muy bonito todo lo que están diciendo y todo, peeeero, sonará muy economicista de mi parte, pero acá la productividad se nos está quedando corta. Además, hay que garantizar la optimización de los recursos, y generar indicadores que nos permitan medir la eficiencia de lo que se está proponiendo. Ahhh, y que no se nos quede de lado la innovación, porque es lo que está mandando la parada”.  Ahí ya parezco twerkeando, porque el insecto empieza a hacer pogo para que yo me vomite.

A veces lo logra, y el vómito sale en forma de repulsión absoluta a lo que escucho, porque mis palabras no lo pueden disfrazar. Otras veces me gana la diplomacia y lo digo con palabras que decoran mi malestar. Ahí el insecto se ríe de mí. A veces escribo y grito punk, y ahí el insecto se toma una siesta. En otras ocasiones salgo peleando conmigo misma o le cuento a alguien de mi nausea cotidiana. Aunque es re incómodo, este insecto me permite estar siempre alerta porque ninguna palabra pasa inadvertida.

Hace poco supe de la misofonía, que se refiere a la irritación que causa escuchar ciertos sonidos. Yo creo que por culpa de esta criatura yo sufro de misofonía antineoliberal, y esa vuelta no tiene cura. Me toca buscar la manera de sacar este vómito, me toca bancarme esta sensación permanente de desasosiego, de insatisfacción, que me empuja a la huida, que a veces me pone triste o me da rabia. Al final, lo único que me sirve realmente es juntarme con otra gente a contarles sobre los discursos de mierda que escuché durante el día, y buscar formas de crear nuestros espacios de fuga y autonomía donde otras formas de nombrar sean posibles.

Ya aprendí a convivir con el Samsa que se quedó a vivir dentro de mis tripas. A la final, mientras más gente conozco, más quiero a mi insecto.

¿Gentrificación o el ideal colonialista neoliberal?

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El fenómeno migratorio fue sin lugar a dudas el principio fundamental de toda cultura universal. La mescolanza, entendida como integración de lo foráneo, enriqueció el componente social, lingüístico, simbólico e ideológico de toda civilización. Como lo enunciara Byung-Chul Han, tomando como punto de partida al filósofo alemán Hegel, a razón de la tradición griega, donde se expone: “Hegel señala, respecto de la génesis de la cultura griega, que es sabido que los comienzos de la cultura coinciden con la llegada de los extranjeros a Grecia (…) El mismo pueblo griego se ha desarrollado a partir de una colluvies, que significa, originalmente, barro, inmundicia, mescolanza, desorden o barullo” (Han 13, 14).

Estos términos, al referirse a la integración de lo extranjero, contradictoriamente, derivan en un acierto histórico. La Grecia clásica se nutrió de los recién llegados, para consolidar una cultura más férrea y firme. Vinculemos a esta breve introducción la polémica que han referido informativos y redes sociales, a razón de la gentrificación y sus vicisitudes. Cuestionemos lo siguiente: ¿Es en efecto la llamada gentrificación un proceso de aculturación? ¿Son estas migraciones otra representación de un discurso capitalista colonizador? Es muy posible que las respuestas sean tan simples que sobren las preguntas. Tratemos de analizar un poco más.

Dadas las condiciones geopolíticas actuales, los procesos migratorios se han acentuado. Bien sea por la búsqueda de mejores condiciones de vida, violencia política o religiosa, los inacabables conflictos bélicos o simplemente, el nuevo espíritu de la época que ha convencido a los habitantes del globo en que son ciudadanos de mundo. Término bastante poético con el que se define una simple capacidad económica para conocer otras latitudes, sin dejar de lado, aquella lógica de poder que permite a los pobladores de territorios de primer mundo, moverse a sus anchas con la libertad que les manifiesta sus bolsillos y el beneplácito de sentirse conquistadores al rosarse con el subdesarrollo de gran cantidad de lugares que visitan.

La representación simbólica e ideológica del migrante contemporáneo es bastante puntual. Aquel concepto del invasor, para referirse al migrante pobre de países subdesarrollados, entra en contraste con el colonizador rico, gringo o europeo, que viene y va a gastar su posicionada moneda en el tercer mundo. Aquel primer modelo de ocupante lo retrata muy bien Slavoj Žižek, en su obra Sobre la Violencia, al referirnos que: “los inmigrantes son invitados que deben acomodarse por sí mismos a los valores culturales que definen a la sociedad anfitriona: Es nuestro país, ámalo o vete (…) La actual tolerancia liberal hacia los demás, el respeto a la alteridad y la apertura hacia ella, se complementan con un miedo obsesivo al acoso (…) el otro está bien, pero solo mientras su presencia no sea invasiva, mientras ese otro no sea realmente otro” (Žižek 46).

La cita anterior, expone un contraste ideológico. Por un lado, el deseo de la derecha a reducir la entrada de migrantes (pobres por supuesto). Aquellos que simplemente van a convertirse en ciudadanos de tercera o en su defecto, las leyes migratorias harán de las suyas con su existencia. Por otro lado, el argumento para sustentar dicho contraste es muy simple. A saber, para el primer mundo, jamás será lo mismo, aceptar visitantes pobres de latitudes africanas, medio oriente o suramericanas, con inexistente capacidad de inversión, lenguas con carga semántica que se acercan al nulo ejercicio de poder, además de costumbres y rasgos culturales concebidos como bárbaros ante su paradigma filosófico. Esta eventualidad, fácilmente equiparable con un ejercicio simbólico violento, por cuanto acepto al otro, mientras suprima lo que lo constituye como perteneciente a una tribu totalmente diferente, ha sido una consecuencia histórica que viene a derramarse a los sabidos países desarrollados. La explotación de recursos, los bloqueos y la intensificación colonialista, le ha detonado en el rostro con una migración indeseable a su entender, aquellos marginados que buscan rasguñar unos centavos en territorios foráneos para subsistir. Lejano a aquel término de gentrificación, que nos trae a adinerados y grandes capitales con fines expansivos, convirtiéndonos en extranjeros de nuestro propio territorio.

¿Vivimos un proceso de aculturación? Al imaginario orientado a la percepción, que la llegada excesiva de extranjeros iba a nutrir la tradición regional y otorgar ganancias monetarias sustanciales, hemos visibilizado como los resultados han sido otros. Nuestras ciudades se abarrotan de cafés uniformes compuestos por muros negros con mensajes sosos e insustanciales o por menús trazados en letra blanca, vitrinas con pastelería de nombres exóticos, haciendo hincapié en la supuesta fusión gastronómica, optamos por extranjerismos para nominar los negocios, los espacios se designan con términos de coworking para aquellos nómadas digitales, las ventas de experiencias redundan a diestra y siniestra y el fenómeno Airbnb, ha desplazado a gran cantidad de residentes que no pueden pagar las elevadas rentas. Nos hemos llenado de lugares artificiales para el turista avasallador. Cabe mencionar que no se debate la práctica del turismo por cuanto es, sin lugar a dudas, fuente de sustento considerable para cualquier nación, pero si son completamente cuestionables los altos índices de especulación inmobiliaria que desplazan al morador y convierten las ciudades en hábitats insufribles. Las recientes protestas en Ciudad de México son un atisbo de lo que nos depara. La desestructuración urbana, de la mano con grandes potentados económicos como Black Rock, accionista de Airbnb, han hecho de los espacios una mera fuente de ingreso. Claramente, la gentrificación es otro tentáculo neoliberal más del cual se nutren. Olvídense de la cultura y la tradición, aquí solo nos interesa el negocio.  

La falta de políticas claras en torno al tema, son evidentes. En nuestras ciudades, la carente legislación de las alcaldías de turno, redunda en la centralización de los proyectos urbanísticos a constructoras privadas y los prácticamente nulos planes de vivienda para el ciudadano de a pie. Como establece Han en su obra Hiperculturalidad: “Es característica de hoy la caída del horizonte. Las relaciones dadoras de sentido e identidad desaparecen. Fragmentación, puntualización y pluralización son síntomas del presente. Estos también rigen la experiencia del tiempo actual” (Han 75). ¡Gringo! No me dejes sin la posibilidad de tener un espacio.

Referencias

Han, Byung-Chul (2018). Hiperculturalidad. Editorial Herder, Barcelona

Žižek, Slavoj (2018). Sobre la Violencia. Editorial Paidós, Barcelona

Los que se rayaron: Capitalismo y salud mental en Manizales

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Por Daniel Aguirre

«La salud mental es la nueva frontera de la lucha de clases» Mark Fisher, k-punk

“Perdido estas vos estoy yo y estamos todos.” Rodrigo D no futuro.

Estoy en uno de esos lugares limpios pero muertos. Todo huele a desinfectante y resignación. Las paredes blancas no hablan, pero uno las oye susurrar secretos de lo que han visto.  Aquí el tiempo no corre, se pudre, se estanca como agua de charco. Aquí, cada pasillo  parece una copia del otro, un ciclo sin salida.

Este sitio (la Clínica San Juan de Dios de Manizales) lo fundaron en los años 50. No fue por bonito ni por conveniente. Fue porque quedaba lejos del centro, al borde de la ciudad, donde nadie los viera. (Manizales es una ciudad de montaña, mediana, fría y con su neblina eterna, en el centro de Colombia). Aquí empezaba la línea que separa a los “normales” de los que ya se rayaron. Yo terminé cruzando esa línea sin darme cuenta.

Estoy acá porque el alcohol me llevó hasta el fondo de la olla y de mí mismo, y de mi relación con los demás. Yo solo quiero dejar de vivir pegado a esa sombra que me respira encima. Años enteros botados entre botellas vacías, promesas rotas y la vida difusa, como una película mal hecha.

A este lugar le llaman “sanatorio”. Suena bonito, pero es solo una forma decente de decir que aquí meten a los que están rotos.

Manizales traga entero y hace como si nada, pero detrás de sus calles empinadas y su neblina eterna, hay un silencio incómodo. Al fín y al cabo siempre nos enseñaron a guardar las apariencias. Aquí nadie habla de salud mental, pero todos conocen a alguien que se mató, se volvió adicto o se enloqueció.

Morirse por dentro es normal en esta ciudad

Estoy en la lista de la clínica como «alcohólico crónico». Bien con letra chiquita. Mi cuarto en la sección de internación para adicciones tiene paredes manchadas con parches negros de humedad. Son como mapas viejos, marcando siempre la misma desgracia, siempre la misma historia repetida. En ese lugar lúgubre y aséptico entendí que lo mío es algo lo más de común. Que pegarse a un vicio pa llenar un vacío es la forma que tenemos de afrontar los retos de la vida moderna. Este lugar está hecho para desastres andantes, como el chirrete, el bipolar, la depresiva, el esquizofrénico, el alcohólico.

Y Manizales, con sus iglesias estiradas y su falsa cordura, tiene un secreto a voces: la locura, el vicio y el suicidio son la misma bestia con tres cabezas. Esa bestia la alimentamos diariamente con resignación y silencio.

Callamos porque así nos enseñaron: a tragar el dolor sin hacerlo público. En una cultura que glorifica el aguante, mostrar fractura emocional es casi una traición al mandato de ser un “echao pa*lante». Por eso se calla. Por eso se muere.

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Recuerdo las caras. Rostros que eran mapas de derrotas privadas: la enfermera que trabajaba 30 horas el fin de semana para tener algún salario decente (sus ojeras moradas merecerían otro artículo), el soldado con manos temblorosas por el bazuco , la chica de call center que inhalaba tusi como si fuera oxígeno. Todos éramos espejos rotos de una sociedad que se desangra en silencio.

Yo, el de pelo decolorado y el que no iba a misa —»el mono», «el artista»— compartía terapia con obreros de construcción, trabajadores sociales, un poeta de las calles que cambiaba poesía por prendas de ropa. El estigma desaparecía cuando nos dábamos cuenta d elo obvio: el dolor no reconoce clase. En nuestras diferencias políticas o educativas, solo nos unía el pánico a nuestros propios pensamientos.

Fue en ese purgatorio donde conocí a otro Daniel. Otro más que estaba pegado a alguna otra adicción. Nunca supe cuál. Cruzamos dos frases un día. Él, ni triste ni alegre: normal. Una semana después, se ahorcó. Todos nos conmovimos, claro. Pero de ahí no pasó. Cero alboroto. Cero lágrimas.

Esa normalización me calló y me cayó remal. ¿Qué cifra esconde su nombre? ¿Qué mierda hace la ciudad con los que se van sin aviso?

Las cifras oficiales dibujan un paisaje desolador: Caldas tiene la tercera tasa más alta de suicidio femenino del país (4.0 por 100.000) y los hombres mueren a 12.9 —un 30% sobre el promedio nacional—. Entre enero y agosto de 2024, 1.942 colombianos eligieron la nada. Pero los números no capturan lo esencial: el momento exacto en que mi compañero de poesía, aquel guerrero autodidacta que sobrevivió a mil batallas callejeras, contó su intento de lanzarse de un puente con la misma naturalidad con que se habla de cambiar el corte de pelo.

«Me cansé de la rutina de intentar salir de la rutina”. Su voz no temblaba. En esta ciudad donde el esfuerzo es religión, la rendición se ha vuelto el único acto de rebeldía posible.

Las tardes en la clínica tenían una rutina demencial: terapia grupal, mandalas, sopas de letras: todo daba cuenta de la falta de recursos de la clínica lo que hacian demasiadas largas las horas mirando el reloj. Fue en esos intersticios del tiempo donde encontré refugio en las palabras. Junto al poeta —ese filósofo de las aceras que citaba a Gabriela Mistral recordando días a la intemperie y con hambre— tejímos un compañerismo basado en el gusto por la lectura.

Él había llegado allí después de que un puente en Manizales le fallara como solución. Yo, porque el alcohol ya no anestesiaba la culpa. Entre nosotros crecía un entendimiento tácito: en Colombia, la salud mental es una guerra librada en soledad. La cultura del «Pilas pues!» y el «echele berraquera»nos condena al silencio.

Byung-Chul Han, filósofo coreano, tenía razón: el neoliberalismo nos convirtió en terratenientes de nosotros mismos. Autoexplotación como virtud. Colapso como fracaso moral.

Para mí, lo más revelador no fueron las crisis de abstinencia ni las noches de insomnio, sino ver cómo las adicciones dibujan un mapa social preciso. El obrero de construcción que olía perico de lo lindo para soportar jornadas de 12 horas. La estudiante universitaria se olía dos gramos de tusi al día para rendir en una agotante carrera de medicina. El exmilitar fumaba bazuco para olvidar lo que vio y lo que le hicieron dejar de ver. Cada sustancia era un síntoma de un sistema que exige productividad infinita mientras desmantela las redes de apoyo.

Mark Fisher, teórico británico, lo diagnosticó: bajo el realismo capitalista, el sufrimiento se medicaliza, se privatiza, se convierte en patología individual. Pero en los pasillos de San Juan de Dios, la verdad era transparente: no estamos locos. Estamos cansados. Cansados de sobrevivir en lugar de vivir.

Aún sueño con el otro Daniel. Con su risa que ahora sé era un disfraz demasiado grande. Su muerte me persigue no por lo excepcional, sino por lo común: en Caldas, un joven se quita la vida cada tres días. Las campanas de la catedral no doblan por ellos. Los medios hablan de las cifras por encima. 

Este silencio suicida y asesino es el verdadero crimen colectivo.

Al salir de la clínica, llevo a día de hoy 8 semanas sobrio.  Pero la rehabilitación verdadera no empieza hasta que no desmontemos las mentiras que matan: que la resiliencia es virtud y no coartada del Estado ausente. Que la masculinidad tóxica es escudo y no veneno. Que las adicciones son vicios y no gritos ahogados.

Manizales seguirá perdiendo Danieles mientras no entendamos que el puente, la cuerda, la botella, no son el final del camino. Son señales de alarma en una sociedad que olvidó cómo cuidar.

En esta ciudad que madruga con bruma espesa, el amanecer solo llegará cuando dejemos de glorificar el aguante y empecemos a tender manos. Sin estigmas. Sin prisas. Como mi querido poeta que me enseñó entre versos y temblores: a veces la verdadera valentía está en decir «no puedo solo».

Del bolígrafo al poder popular: el reto del Pacto Histórico rumbo a 2026

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Escribo estas líneas el día de la Convención Nacional del Pacto Histórico, que da el pistoletazo de salida a la carrera electoral. En octubre —si el CNE no se atraviesa como vaca muerta en el camino— se definirán, mediante consulta democrática, las listas al Congreso y la candidatura que buscará suceder a Gustavo Petro en 2026.

Fueron meses de discusiones ásperas, con intentos de algunos sectores por aferrarse al bolígrafo clásico y relegar la democracia interna al último lugar —siempre bajo la excusa de la coyuntura y la ofensiva permanente de las élites. Afortunadamente, hoy se impuso el clamor de las bases: las decisiones estratégicas de un proyecto que se dice de izquierda deben tomarse de forma participativa.

Pero apenas hemos resuelto el primer escollo. Lo que funcionó en 2022, gracias al liderazgo carismático de Petro, no bastará en 2026 si queremos que el Pacto deje de ser flor de un día y se convierta en un proyecto popular con vocación de poder duradero y de construcción de sentido común.

El Pacto debe erigirse en partido político que gane elecciones, con primarias claras y reglas democráticas. Sin embargo, también debe ser fábrica de ideas y cantera de cuadros: un espacio donde se diseñen, perfeccionen y profundicen las iniciativas locales, regionales y nacionales que transformen Colombia.

Hace falta un tanque de pensamiento que una a la academia militante con los liderazgos sociales, para que la ciencia y la técnica trabajen junto a los saberes populares y ancestrales; que la “tecnocracia” deje de ser sinónimo de un pequeño círculo de universidades de elites bogotano y antioqueño que mira por encima del hombro y con asco a la Colombia popular.

El Pacto necesita un aparato de comunicación capaz de disputar las audiencias que hoy consumen contenidos conservadores o abiertamente reaccionarios. No basta con mandar a los congresistas a la “jaula de hienas” de Semana o RCN —es imprescindible producir narrativas propias, rigurosas y atractivas, que no dependan solo de influencers con alcance, pero sin profundidad. Si el Pacto se toma en serio estas tareas, no solo podrá revalidar el triunfo en 2026: gobernará una generación y reducirá a minoría insignificante a quienes hoy claman por el caos. Porque el reto no es meramente sumar votos; siglas o cupulas; es convertirse en mayoría social, alejándose de las cómodas cámaras de eco de la “mamertosfera” y haciendo política que le importe a la gente de a pie. Ganar el Gobierno no es lo mismo que ganar el poder. El camino para lograrlo empieza —y termina— en hacer real la democracia popular y permanente con las bases y simpatizantes del proyecto.

Esa mierda maoísta. Pensar políticamente desde y en el excremento

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Homenaje a Shi Chuanxian (1915 – 1975)

En la década de 1950, Álvaro Delgado, un militante del Partido Comunista Colombiano, como muchos de los viajeros latinoamericanos hacia China, tuvo la siguiente experiencia excremental, según relata en el libro Todo tiempo pasado fue peor (2007):

"Un día en qué salimos de compras hacia un gran almacén me sorprendió un olor nauseabundo e indescriptible que me golpeó el rostro; busqué la causa y miré hacia una fila de enormes carretas de madera arrastradas cada una por dos hombres, que se perdían a la distancia a gran velocidad a lo largo de la ancha avenida. Nos explicaron que ellos eran hombres muy fuertes y valientes, que se encargaban de extraer el estiércol de las letrinas de las casas, llevarlo a las carretas y salir a depositarlo en terrenos dispuestos para recibirlo como abono. Era una labor tan terrible que los hombres debían previamente beber hasta emborracharse para poder soportar esa tortura, a tal punto que el gobierno había condecorado a varios de ellos con la medalla del trabajo heroico” (Delgado, 2007, p. 168-169).

La memoria odorífera fecal de Álvaro Delgado no es neutral ni apolítica, su asombro y asco por el mal olor del excremento está situada y producida en la construcción corporal de la sensación por la materialidad natu-social de la ecología-mundo capitalista a lo largo del siglo XX, específicamente en lo que se refiere a la gestión del excremento humano en clave higienista.

Las antropologías excrementales plantean que existen dos tipos de sociedades humanas, las fecofóbicas, para quienes alejarse del excremento es sinónimo de bienestar y confort y, las fecofílicas, para quienes la mierda es un tesoro. Esta distinción tipológica es engañosa, en tanto en el movimiento de lo social las heces en su hibridez material, política y simbólica ofrecen desafíos y generan relaciones de cercanía-distancia altamente complejas.

Pese a que el capitalismo fecofóbico del siglo XX, mediante las tecnologías sanitarias de gestión de aguas residuales, trató de separar el excremento humano mediante el alcantarillado subterráneo y las Plantas de Tratamiento de Aguas Residuales, inevitablemente acepta que el excremento biosólido ocupa un lugar en el metabolismo urbano, abono de los prados de barrios populares, relleno de minas abandonadas, entre otras.

En las sociedades capitalistas pro fecofóbicas, el ano humano es conectado al sistema de tuberías de alcantarillado para alejar de los sentidos el excremento almacenado en los intestinos, mientras la sensualidad humana es compensada con la creencia de que defecar es un acto individualista y hedonista idealizado como suave, blando y placentero, y por supuesto, desconectado de su terrenalidad y de su reciprocidad en la producción de materia para el compost. Por el contrario, en las sociedades pro fecofílicas, el ano es parte de un ensamble simpoiético comunitario y terrenal, es pieza clave del compostaje universal de la materia.

Prácticamente todas las sociedades agrarias no capitalistas de la geohistoria mundial aprendieron a utilizar productivamente los excrementos, incluidos los humanos, para recuperar de allí el nitrógeno y el fósforo para cualificar los suelos. China, India y Japón son reconocidas por su larga experiencia en la agricultura excremental. Los excrementos del Cusco eran llevados a las terrazas agrícolas, y en Tenochtitlan las chinampas agrícolas eran mejoradas con los excrementos de la limpia y reluciente ciudad. Podemos suponer que los Muiscas hicieron algo similar en el sistema agrícola del río Hunza (Bogotá). Europa lo hizo con las basuras urbanas y también con el excremento animal (incluido el humano), pero, a lo largo del siglo XIX encontró nitrógeno en el guano de las aves y luego del petróleo, o mejor del gas natural en forma de úrea. (Terminamos comiendo hidrocarburos en lugar de alimentos abonados naturalmente). Pero volvamos a la mierda maoísta que mordió los sentidos comunistas de Álvaro Delgado.

La mierda en China y la mierda maoísta

La civilización china tiene una relación milenaria con la mierda. A principios de la dinastía Han (200 años antes de nuestra era común), se produjo una revolución agro-ecológica en China, los campesinos descubrieron la riqueza del excremento humano. Esta sabiduría popular fue sintetizada por Fan Shengzhi, uno de los primeros agrónomos orientales, que escribió el Fan Shengzhi shu (Manual de Fan Shengzhi). En este manual Fan Shengzhi recomendó que el estiércol humano fresco no era tan efectivo para fines agrícolas como el «abono hermoso», es decir, mierda humana mezclada y fermentada con tallos y hojas de plantas, estiércol y orina de cerdo, estiércol y orina humana, residuos de pienso y lodo de la porqueriza, elegantemente llamado «estiércol de corral», eso es el «abono hermoso».

Desde entonces apareció en los poblados chinos la profesión del recolector urbano de excremento humano que de casa en casa recolectaba estos desechos para convertirlos en abono hermoso. En el siglo XX, antes del triunfo de la revolución de Nueva Democracia, la mafia de traficantes y explotadores de obreros y excremento controlaba el mercado fecal en las ciudades chinas.

Uno de esos obreros pasó a la memoria de larga duración de la revolución china. Se trata de Shi Chuanxiang  (1915 – 1975), este año se conmemora el 50 aniversario de su muerte.

Shi Chuanxiang era, al igual que Mao Tse-Tung, de origen campesino. A los 14 años la pobreza en las zonas rurales lo expulso hacia Pekín en donde se convirtió en recolector de estiércol, sometido y explotado por los “zares” de la mierda, tiranos del estiércol.

Tras la fundación de la República Popular China en 1949 la vida de Shi Chuanxiang se transformó al igual que la de millones de habitantes de la nueva sociedad. Entre las medidas revolucionarias estuvo el desmonte de las mafias de la mierda. El 15 de noviembre de 1949 se celebró una asamblea popular para denunciar los crímenes de los tiranos del estiércol. Shi Chuanxiang fue destacado testigo del oprobio. Por esta razón Shi ingresó al Partido Comunista y desde allí dirigió las brigadas de recolección de excremento para ser convertido en abono. A diferencia de lo que creyó Álvaro Delgado, el obrero Shi Chuanxiang no quiso cambiar de oficio, para él, esta tarea era importante para servir al pueblo y construir la sociedad socialista. Su lema era que prefería que un hombre oliera a feo si a cambio miles gozaban de bienestar.

En Pleno Salto Adelante (1958-1962) el gobierno y el Partido Comunista intensificaron la generación de abonos a partir de excremento humano para incrementar la fertilización de tierras en una época de sequía y hambruna.  Como parte de la estética socialista se exaltó la labor de los obreros recolectores. En 1959 Shi Chuanxiang fue merecedor del título de “héroe del trabajo socialista” y se difundió la importancia de combinar el saber ancestral con las técnicas modernas de compostaje de excrementos como una labor colectiva y cargada de simbología socialista.

Vale la pena recordar que para las décadas de 1950 y 1960 en Colombia -y también en otros países- el Ministerio de Salud y empresas públicas como la Empresa Distrital de Servicios Públicos trataron de implementar políticas de compostaje de basuras urbanas y excrementos humanos mediante plantas productoras de fertilizantes al servicio de la agricultura, pero esos esfuerzos se fueron al piso cuando se impusieron las políticas de revolución verde basadas en el uso de agroquímicos y agrotóxicos.

No obstante, en 1970 Shi Chuanxiang fue criticado por sectores radicales que lo acusaron injustamente de ser seguidor de Lui Shao-chi. Al conocer este despropósito, Mao cuestionó esta política ultraizquierdista y antipopular y restituyó en su trabajo al obrero. Este obrero vivió hasta 1975 y aún hoy es recordado como héroe del trabajo socialista.

Mao, de extracción campesina, comprendía a cabalidad la importancia del excremento como materia prima rica en nitrógeno y fósforo, así como reconocía la importancia del trabajo de recolección de mierda. En su texto Intervenciones en el Foro de Yenán sobre arte y literatura (1942) dijo:

"Después de incorporarme a la revolución y de vivir con los obreros, campesinos y soldados del ejército revolucionario, poco a poco me fui familiarizando con ellos, y ellos conmigo. Fue entonces, y sólo entonces, cuando cambié radicalmente los sentimientos burgueses y pequeñoburgueses que las escuelas burguesas me habían inculcado. Fue entonces cuando, al comparar con los obreros y los campesinos a los intelectuales que no se habían reeducado, encontré que éstos no eran limpios y que, después de todo, los más limpios eran los obreros y campesinos, quienes, aun con sus manos negras y sus pies sucios de boñiga, eran más limpios que los intelectuales burgueses y pequeñoburgueses" (Mao, 1942).

En la revolución cultural después de superado el injusto incidente de Shi Chuanxiang, el trabajo de recolección de excrementos fue exaltado en la educación socialista, campañas masivas de recolección, brigadas infantiles, cuentos y canciones. Muchos intelectuales encopetados en su prestigio burgués fueron llevados a recoger mierda para el socialismo, no como una forma de humillación sino como un ejercicio orientado a reducir la contradicción entre el trabajo manual y el trabajo intelectual y socializar las pesadas cargas de injusticia ambiental en ciertos trabajos realizados solo por los más humildes.

Tras la restauración capitalista en China a partir de 1976 algunos intelectuales que participaron suelen rememorar este pasaje como un doloroso episodio de humillación y destrucción, pero, se silencian ante el trabajo que miles de personas siguen haciendo cotidianamente. Sin embargo, otros intelectuales aprendieron hombro a hombro con los obreros mucho más sobre el compostaje y la agricultura para contribuir en el perfeccionamiento de tecnologías populares de reciclaje de excrementos.

La China actual no ha abandonado esta tecnología milenaria pese a que con la apertura promovida por el grupo de Teng Siao-ping, el país incorporó la nefasta tecnología capitalista de las plantas de tratamiento de aguas residuales. Claro está, en las zonas rurales, los baños secos y el uso de excrementos de animales humanos y no humanos sigue estando ligado a la agricultura familiar.

Recientemente, el senador republicano Rick Scott pretendió escandalizar al mundo con mensajes de soberanía alimentaria yanqui al decir que el ajo que EE.UU., importaba de China estaba regado con aguas residuales humanas. Otros países también importan ajo y no ven como problema esta práctica. China es el número uno en la producción y exportación mundial de ajo, algunos de los mitos sobre esto tienen una respuesta en esta página https://garlics.com/es/blog/es-el-ajo-de-china-una-verdad-segura-detras-de-conceptos-erroneos/

Esta historia de la mierda es una historia de materialidades y terrenalidades de descartes socio-naturales en movimiento, aprender sobre tecnologías ancestrales y sobre cómo el socialismo maoísta en China bregó por una transformación profundamente radical de las relaciones socio-naturales, de las creencias y de los saberes puede contribuir a una mejor comprensión de la necesidad de hacernos más terrenales y comunales para desafiar la voraz ecología-mundo capitalista del siglo XXI.

No siempre hablar mierda es perder el tiempo.

A la mierd4 la aceptación: no odiamos los lunes, odiamos el capitalismo

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En 1992 cantaba Roberth Smith: “No me importa si el lunes es triste, el martes es gris y el miércoles también. Jueves, no me importas. Es viernes, estoy enamorado”. La cuestión es que, muy a nuestro pesar, hoy no es viernes.

Friday I’m In Love es quizás la canción que menos le gusta al vocalista de The Cure, y si bien es una de las versiones más pop de la banda, ilustra bien una sensación básica sobre los lunes y en general, sobre el desarrollo de la semana. Los días no importan más que cuando llega el final de esa rutina, un final que en algunos casos se traduce en viernes, y otros en sábado. 

Pero, ¿por qué ese malestar con la semana? ¿Por qué ese malestar con los lunes? La psicologización de lo social le puso nombre: la deuterofobia. Se trata del miedo a los lunes, un miedo casi irracional, marcado por la ansiedad anticipatoria, por un exceso de futuro inmediato que se siente en el tiempo presente, en el tiempo del domingo en la noche o del lunes a la madrugada ¿Qué va a pasar mañana, pasado mañana, en la semana? ¿Cómo va a salir esta reunión, esta tarea, este escenario que no me permite centrarme en lo que estoy viviendo o haciendo hoy? 

Y entonces el fin de semana, el día o los días de descanso se llevan con cierto malestar. Y se siente, se sabe, que el descanso o el ocio no fueron suficientes, y la sombra que proyectaba el sol del domingo de repente se hace más grande en la noche; es la ansiedad, esa emoción tan ajena a la tranquilidad y tan familiar al capitalismo contemporáneo. 

El artista argentino Alejandro Dolina lo explicaba casi poéticamente hace ya varias décadas:

«El fin de semana suele ser para muchos una esperanza. La esperanza de que algo se produzca en la vida. Que algo venga a romper el aburrimiento, por ejemplo. Que alguien nos venga a salvar la vida con una palabra, que conozcamos una persona maravillosa… que suceda alguna cosa que produzca un cambio en nuestra vida. Después de todo, la única manera de combatir al aburrimiento es con modificaciones. El aburrimiento consiste en la sensación de que no hay próxima ninguna modificación, eso es el aburrimiento. Y, el domingo a la tarde, es lo mismo que en las fiestas cuando son las 5 de la mañana, que uno se da cuenta que ha esperado en vano, que no ha ocurrido nada extraordinario.

Que no han venido personas a salvarnos la vida ni hemos conocido mujeres maravillosas. Y entonces, tiene sabor a desengaño esa hora. También puede ser un síntoma de que la mayoría de las personas odian su trabajo. Entonces quieren que termine, como si se tratara -y creo que se trata- de que el trabajo es un castigo. Salvo aquellos privilegiados que lo aman, que han conseguido lo que 1 de cada 100 personas, que es conseguir que les paguen algún dinero por aquello que harían gratis. Yo estoy entre esos privilegiados y por eso jamás he sentido angustia un domingo a la tarde, y por el contrario, quiero que llegue el momento de trabajar. Pero no tengo derecho a convertir mi privilegio en una perspectiva general«.

Es la variable trabajo, es la variable rutina, pero con un telón de fondo, el capitalismo, ese que la psicologización neoliberal insiste en negar. Hablamos de burnout en abstracto, de ansiedad anticipatoria en abstracto. La salud mental y emocional como una suma de fenómenos individuales y aislados. Es que la incomodidad hacia los lunes es irracional, tal vez venga de la falta de aceptación hacia la rutina y hacia el trabajo, por eso hay que aceptar para asumir la felicidad. Aceptación y felicidad vacía ¡Atención, la ecuación de la alienación está lista!

Y la vida vuelve a su cauce fundamental: trabajar, explotarse, estresarse, dormir. Pero, ¿cómo aceptar? La aceptación sin más nos va matando en vida, se precisa de la semilla de la inconformidad. Hay que politizar esa incomodidad, ese malestar. A la mierd4 la aceptación, porque no odiamos los lunes, odiamos el capitalismo. 

“Hágame este favorcito”: la trampa del voluntarismo precario

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Hace poco volví a leerme “Bueno para nada”, una entrada de blog de Mark Fisher, a quien tanto queremos en esta revista, del año 2014 en la que escribió sobre su depresión, sobre la necesaria crítica a la responsabilización del sujeto frente a sus condiciones y sobre la urgencia de “convertir la desafección privatizada en ira politizada”. Gracias Fishersito porque nos acompañas en los momentos donde lo que nos queda es colectivizar la tristeza.

Volver a estas ideas permite problematizar la imposición de sentirnos inútiles en medio de un sistema que te impone la miseria y al mismo tiempo la culpabilización de vivir en ella, pero también nos permite encontrar otras aristas para pensar nuestra propia vida. Por ejemplo, en el último tiempo me he empeliculado sobre el cansancio, la enfermedad y el permanente malestar en los activismos políticos, y aquí Fisher vuelve a tener toda la vigencia.

Quienes hemos estado durante muchos años en algún tipo de lucha política reconocemos que nos hemos sentido quemadas muchas veces. La fatiga constante, el desasosiego, las defensas por el piso y la batería social en la mierda son solo algunas de sus manifestaciones. Sin embargo, nos han enseñado que, si queremos una transformación real de nuestras condiciones de existencia, hay que aguantarlo, y eso implica nunca detenerse.

El proceso de intentar que un pedacito de mundo cambie nos implica estudiar mucho, masear los temas todo lo posible e intentar lograr la mayor profundidad posible en las comprensiones que nos llevarán a actuar con mayor incidencia política, y esto nos permite consolidar cierto saber. Hasta ahí, todo bien todo bonito solo Nacional.  El problema es que en este sistema de mierda la gente quiere aprovecharse de todo, mercantilizarlo e instrumentalizarlo.

Volvamos al Fishersito. En “Bueno para nada” el autor recupera la noción de David Smail de voluntarismo mágico que este terapeuta usó en su libro “Los orígenes de la infelicidad” para explicar la ficción impuesta de lo que las que crecimos en los noventa cantamos adolescentemente cada que podemos: sé lo que quieras ser, hoy sé una barbie girl. Fisher lo resume en que “es la contracara de la depresión, cuya convicción subyacente es que somos los únicos responsables de nuestra propia miseria y que, por lo tanto, la merecemos”.

Así, este tipo de voluntarismo nos hace creer que todo es posible en la viña del señor y que si nuestras condiciones no cambian es porque no nos da la gana. Esta noción me parece inspiradora para entender nuestra época, pero le pondría otro adjetivo para hablar de los activismos: el voluntarismo es también precario. Así, ser activistas en medio de tiempos profundamente desiguales, hiperproductivistas y explotadores nos impone la ficción de que todo puede ser transformado si damos más de lo posible y esto me parece tramposo.

Habría varias razones para dar cuenta de esta trampa, pero quiero detenerme en dos. La primera tiene que ver con llevar nuestro cuerpo al límite, con el ánimo de ser omnipresentes y omnipotentes, cayendo en una dinámica que replica el productivismo mercantil en la acción política, lo que deja a su paso un costo que nos cuesta reparar, que es nuestra propia salud física y mental que a veces nos lleva a abandonar procesos donde luego nadie nos extraña o nos pregunta cómo estamos. 

Lo segundo es que mucha gente que no hace parte de procesos sociales se aprovecha de nuestra gran intención de querer cambiarlo todo para pedirnos una serie de favorcitos gratuitos. Si usted es activista, ¿cuántas veces una institución le ha pedido que trabaje voluntariamente porque supuestamente no tienen recursos para pagarle? ¿Cuántas convocatorias ha visto donde organismos multilaterales, ONG y fundaciones con mucha luka abren plazas de voluntariado que se venden como una gran oportunidad de mejorar su hoja de vida? ¿Cuántxs profesorxs de las universidades aprovechan que sus estudiantes son “voluntariosxs” y les explotan para ganar réditos académicos individuales?

Creo que a ambas caras de esta moneda hay que decirles ¡basta! No puede ser que los espacios que tienen lks para pagar algo nos exijan que lo hagamos gratuitamente. Tampoco puede seguir sucediendo que se nos vaya la vida luchando para caber dentro de la imagen de las buenas activistas que todo lo hacen, que lo hacen rápido y bien para poder satisfacer las necesidades de todo el mundo. No podemos seguir sosteniendo una idea de acción política basada en la autoexplotación y el voluntarismo precario que nos hace ponernos a eterna disposición de otrxs porque siempre hay que hacer el favorcito.

Hay excepciones y límites cuando el trabajo voluntario que se nos pide tiene una clara intencionalidad, sentido y efecto transformador, pero además que con quien lo hacemos realmente no puede pagarlo ni financiarlo de ninguna manera. Es hermoso cuando entre procesos colectivos hay trueques, intercambios, espacios de apoyo mutuo, solidaridad y colaboración. Cuando es la institucionalidad la que quiere instrumentalizar lo que hacemos, no regale nada, sea una buena para nada.

Mientras sigamos regalando nuestro trabajo a quienes solo lo usan para lavar su cara, se está dejando de contratar de alguien que se ha formado mucho tiempo para hacerlo bien y seguiremos alimentando el tiempo precarizante que aniquila lo posible mientras nos roba la vida por todos los frentes. Sigamos poniendo en la conversación la conciencia de clase y hagamos algo con esta profunda tristeza que nos atraviesa. Como dice Fisher: “todo esto puede hacerse, y una vez que ocurra, ¿quién sabe qué es posible?”.

Referencias

Fisher, M. (2014). “Bueno para nada”. Recuperado de https://www.revistaadynata.com/post/bueno-para-nada-mark-fisher

Smail, D. (2015). The origins of unhappiness. A new understanding of personal distress. Routledge.

El sur también explica

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Ando con el flow anticolonial alborotado y no es para menos, acaba de pasar el Glastonbury y con él, artistas que se saltaron la censura del gobierno inglés. Palestina, la soberanía nacional y la rebeldía marcaron la agenda de uno de los festivales musicales más importantes de occidente (?). The Libertines, Kneecap y Bob Vylan han sido noticia, pero quien me rayó la cabeza fue Seun Kuti, un músico nigeriano que decidió hacer algo impensable: en territorio del rey Carlos III, un cantante originario de la que fue una colonia británica (con todo lo que eso implica), le dijo a lxs jóvenes europexs contra qué deben luchar.

“Pero tengo un consejo para lxs jóvenes de Europa. Sé que quieren liberar a Palestina, quieren liberar al Congo, quieren liberar a Sudán, ¿Quieren liberar a Irán?. Es uno nuevo cada semana. 

¡Europa libre! Liberar a Europa del extremismo de derecha. Liberar a Europa del fascismo. Liberar a Europa del racismo. Liberar a Europa del imperialismo. Cuando haga este trabajo, tan pronto como hagan este trabajo, Gaza será libre, El Congo será libre, Sudán será libre (…), ¡Europa libre!”

No he visto los titulares de medios en Nigeria, pero me imagino que los sectores más conservadores deben estar comentando cosas como: ¡Seun Kuti ataca a Inglaterra!, ¡El rey Carlos III le pide al heredero del afrobeat que respete!, soy curiosa, pero el desparche no me da para hacer esa revisión de prensa, de pronto si alguien la quiere hacer, chévere. Lo importante es que Kuti salió del rol colonial que, parece, todavía se espera de una persona que viene del sur global, al dar línea y además aconsejar, teniendo en cuenta que el lugar del conocimiento fue apropiado por los políticos y académicos del norte, de ese mismo que por siglos nos ha estudiado, analizado, robado, extraído y empobrecido.

La otra cosa que me alborotó el anticolonialismo fue un panel durante la cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo en España. Allí el presidente Gustavo Francisco Petro, aprovechó para hablar de migración, racismo, pobreza y crisis climática, como ya es costumbre. Fue elocuente y claro, pero se lo dijo directamente a Macron, eso en diplomacia norte-sur es como una grosería, es casi que una cachetada con guante, está entre los insultos más escandalosos, porque al norte no se le reclama, solamente se le contempla.

“Presidente Macron, sí se puede producir el doble de vacunas en Sudáfrica, pero cuando la gente estaba muriendo por Covid-19, ¿qué tan rápido llegó la vacuna a un país y qué tan rápido a otro? Yo lo vi y fui testigo, llegó primero a Estados Unidos y a Europa. ¿Cuántos muertos gratuitos hubo en África?, hubo muchos menos en Europa que en los países pobres.

(…) Diré lo siguiente, ya que no me queda mucho tiempo de Gobierno: hace tres años, el problema fundamental de las reuniones internacionales era la crisis climática y hoy es la migración, los votos se consiguen alrededor del discurso antimigrante.

(…) Hay un electorado mayoritariamente ario en estos países, que son del G20 y emiten mucho CO2, que permiten a ciertas corrientes políticas negar la crisis climática. Es más fácil ganar los votos con mentiras y fetiches, diciendo que se va a vivir mejor si los que no tienen el mismo color de piel, ni la misma religión, se expulsan”.

Y en lugar de sentir vergüenza por tantas verdades juntas, Emmanuel Macron se ofendió, le exigió respeto y prácticamente le dijo a mi presidente “maldito colombiano, maldito latino”. No negó nada, lo trató de exagerado y le hizo un llamado a la racionalidad (amiga, ambas hemos pasado por eso).

Los medios de comunicación corporativos y ese fastidioso sector bienpensante que se cree dueño de la verdad y poseedor de las buenas costumbres, salió a criticar a Petro y a decir que nos hizo quedar mal. Un montón de opinadores y periodistas con dismorfia de clase y de hemisferio, hablaron de la “peinada de Macron a Petro”, cuando en realidad, el francés fue el que se quedó sin palabras, solo pudo decir “respéteme” y afirmar que no recibía consejos de gente del sur.

El presidente Gustavo Petro, con el color de piel de la clase trabajadora, con guayabera y pantalón blanco; usando manillas y aseguranzas; hablando en español, sentado cómodamente en la silla y sin dejarse amilanar por un blanquito francés, cuyo único mérito es ser fan de Daft Punk, le cantó las verdades y eso me hace sentir orgullo. A diferencia de lxs dismórficxs, yo no esperaba ver a un presidente encorbatado, sentado a la orilla de la silla, con una actitud débil y servil.

Después de esas declaraciones debió sonar “sí, sí, Colombia, sí, sí Caribe”. Fue tan bueno lo que dijo que la gente debería estar orgullosa y ponerse la camiseta de la Selección, ese hermoso e inocente homenaje a la enciclopedia Nueva Historia de Colombia. 

En medio de esta euforia caí en los brazos de Franz Fanon y de los condenados de la tierra (2016):

“Europa ha asumido la dirección del mundo con ardor, con cinismo y con violencia. Y vean cómo se extiende y se multiplica la sombra de sus monumentos. Cada movimiento de Europa ha hecho estallar los límites del espacio y los del pensamiento. Europa ha rechazado toda humildad, toda modestia, pero también toda solicitud, toda ternura” (Fanon, 2016: 326)

Y para cerrar, cuando Macron dice que no recibe lecciones de gente del sur, saca su casta colonial y no le importa el modelo del carro, los posgrados en el extranjero, los metros cuadrados de las propiedades, ni la ropa de diseñador, sino que, indiscriminadamente se refiere a quienes habitamos el sur, así que les invito a que se ofendan con el presidente de Francia y no sacar pecho porque nos despreció con esa frase.

Posdata: ¡Macron gonorrea, el sur no copea!

Referencias

Fanon, Franz (2016) Los condenados de la tierra.

Pobres viejecitos

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La sensatez y el poder difícilmente van de la mano. Contrario a lo que presumiblemente deberían ser las significaciones de edad y juicio. Con el paso de los años, determinamos que el tiempo nos vuelve más sabios, más expertos, más metódicos. Por encima de los cartones universitarios y las laudes académicas, la prudencia de la senectud es aquel ideal al cual aspirar. Que los años nos marquen el rostro con las huellas de la inteligencia, la humildad, lealtad y madurez se pronuncia como aquel recto sentido de las cosas que tanto profesaba la cultura helénica. Aunque esta magnánima cordura, se va de culo pal estanco cuando de poder y dinero se trata. Ya Shakespeare sabiamente nos lo había proferido en su vasta y genial obra. Personajes como Edmundo del Rey Lear, Claudio de Hamlet o Yago de Otelo, nos emplazan los mayores vicios o delirios de poder. Hablar de la vejez, como brújula de rectitud moral, se ha convertido también en vicio de traidores y desleales. Es tan solo echar un ojo al presunto golpista de Álvaro Leyva, para darnos cuenta que no necesariamente edad y cordura van de la mano. Exponerse como el héroe que la derecha necesita, por encima de acuerdos nacionales y del voto de confianza gubernamental, es algo que recubre el nepotismo de estos mierdosos ancianos. En este sentido, resulta bastante curioso cuestionarse: ¿Qué buscan estos viejos hijuep*ta? ¿En realidad asumen que propenden por un bien nacional? ¿Sostener el legado de hijos y nietos mediocres? ¿Seguir ejerciendo poder como forma simbólica de eternizarse en el panteón nacional?

Quizá la respuesta se simplifique en el hecho de asumir que élite es élite y no darán el brazo a torcer, cuando de ejercicio de poder y beneficios eternos se trata. El procedimiento epistolar de Leyva y la manera de crear fatalidad, mediante embustes teatrales es muy cercana a la dramática shakesperiana. En este orden de ideas, nos recuerda a Edmundo, personaje trascendental en la tragedia del Rey Lear, quien, mediante la escritura de cartas, difamaba y mentía con el propósito de no perder lo que, por nacimiento, asumía como su derecho: el más claro acaparamiento de la soberanía. Recordémoslo con la siguiente cita de su monólogo:

“A ti, naturaleza, mi deidad suprema, he consagrado todos mis servicios. ¿He de arrastrarme por la senda rutinaria permitiendo que las convenciones extravagantes del mundo me priven de mi herencia? (…) ¿Por qué no he de ser ilustre cuando las proporciones de mi cuerpo se hallan tan bien formadas, mi alma es tan noble y mi estatura tan perfecta? (Shakespeare 21,22). A lo que continúa enunciado: “No hay duda: si esta carta logra buen éxito y mi invención triunfa, Yo Edmundo, ocuparé el lugar del noble Edgar…” (22).

Claramente, lo que más llama la atención de la anterior cita, es vislumbrar cómo dichos personajes conciben el mando como un derecho o don otorgado por el excrementicio mérito de su tradición existencial. Eventualidad que supuestamente los enviste con los valores éticos y morales que todo buen líder debe tener. Es decir, nadie más podrá llevar las riendas de una nación como ellos lo harían. Nadie más posee la idoneidad de manipular los recursos estatales como ellos sabiamente lo harían, ad infinitum.

Resulta bastante triste ver como la incoherencia puede apoderarse del criterio humano con el paso de los años. Lo de Leyva, más allá de inverosímil, es bastante deprimente. Consolidar una vida política en la práctica nacional, para luego recaer en mañas traicioneras y desleales es verdaderamente impresentable. Llegar a la autodenigración, acudiendo a políticos enfermizos del Tío Sam como Mario Díaz-Balart, más allá de una actuación criminal, es una postura dogmáticamente patética. Lo más gracioso de todo, es ver cómo el guion dramático se enturbia con el paso de los días. Entran en escena organizaciones delictivas como el Clan del Golfo en la hipotética componenda de este tierno anciano. Todo esto, presuntamente sincronizado con el docto brazo de las comunicaciones en Colombia, la verdadera periodista, Vicky Dávila, el conato de mártir Miguel Uribe Turbay y la gira salvadora que estos hicieron al entablar diálogos con lo más selecto del congreso republicano gringo. Con el fin de salvar al país de la izquierda recalcitrante y criminal.

Como alguna vez enunciara Harold Bloom en su obra Shakespeare: La Invención de lo Humano, a razón del personaje Edmundo del Rey Lear, a saber:

“A la grotesca ambición no le va mejor; cuando Edmundo a punto de morir cavila que a pesar de todo ha sido amado, su súbita capacidad de afecto nos sorprende soberbiamente, pero escogeríamos alguna otra palabra antes que “bienamado” para nombrar la pasión asesina” (Bloom 598).

No hay que olvidar que estos nobles ancianos, siempre actúan con un fin salvador. El deseo de convertirse en héroes fundacionales, va más allá de sus claras virtudes criminales. Recordemos al dictador Videla en Argentina, quien, según anécdotas históricas, luego de la ola de sangre que desató en su país, seguía convencido que había sido elegido por la divina providencia y que sus actuaciones fueron más que justas. ¡Hágame el hijuep*ta favor! De este modo, estos pobres viejecitos conspiran, difaman, delinquen y se regodean en las peores cloacas con el fin de ser nuestros próceres y eternizar su estirpe.

Otra representante del periodismo letrina como lo es Claudia Gurisatti, afirmó a modo de interrogante “¿Cómo podrían llegar a imaginar que un anciano de ochenta y dos años estaría en capacidad de armar una trapisonda de tales magnitudes? Así mismo como aún nos cuesta trabajo imaginar la figura de Francia Márquez en dicha empresa. De ser comprobado esto último, será quizá una de las victorias de Leyva y su actuar. Él, un viejo zorro de la política nacional, logró envolver a alguien que venía de la base. Personajes que fracturaron la tradición política de un país para darle un respiro al marginado. Pero, de algún modo, se desdibujaron en el oscuro camino del poder y el beneficio económico. Álvaro Leyva, nos expuso el vetusto rostro de la tradición política colombiana, criminal, traicionera y miserable. Una élite que sacrifica incluso a su propia prole. A nosotros, la audiencia de esta truculenta trama de traidores, huérfanos y angurrientos de poder, nos vendría bien recordar a Shakespeare con algunos versos de su soneto 55:

“Cuando la guerra atroz derrumbe estatuas / Y las turbas destruyan las murallas, / Ni la espada de Marte ni hostil / llama Abatirán esta memoria viva”.

Referencias

Bloom, Harold (1998). Shakespeare, La Invención de lo Humano. Editorial Penguin, Bogotá

Shakespeare, William (2016). El Rey Lear. Editorial Austral, Madrid

La precarización de los profesionales: una crisis ya anunciada

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El discurso de la meritocracia ha convencido a los hijos de los obreros de una verdad a medias (porque no aplica para todos, ni para la mayoría): la forma de salir de la pobreza, sin acudir a la ilegalidad, es la educación profesional. A través de un título universitario, el hijo del obrero podría acceder a puestos de trabajo mejor remunerados y así garantizar un mejor futuro a sus familias. Creyendo en esa promesa, que en otros tiempos sí se realizaba, muchos empezamos a estudiar con la esperanza de que la vida no fuera tan dura para nosotros, como lo fue para nuestros padres y abuelos. Pero al graduarnos nos encontramos con el mundo real en el que las promesas se rompen y los sueños perecen ante la agresividad. Ese mundo real es el mundo laboral.

En ese mundo real, el discurso de la meritocracia se cae por su propio peso. No únicamente encontramos personas menos preparadas, menos inteligentes y menos profesionales dando ordenes a sus subalternos bien educados, sino que además encontramos un panorama de precarización laboral. La vida del profesional no resultó siendo más fácil: el trabajo consume su vida incluso cuando ya terminó la jornada laboral. También están los contratos indignos, los sueldos bajos y la enorme competencia que nos recuerda que si alguien quiere aspirar a algo mejor debe seguir formándose. Entonces, entramos en un círculo tramposo: trabajar para pagar estudios costosos y estudiar para trabajar. Todo eso sin posibilidades de mejorar realmente las condiciones de vida.  

¿Pero es esto sorprendente? Argumento que esto era esperable. El sistema capitalista es un modo de producción fundamentado en las contradicciones y una de ellas es la masificación de la educación y su relación con el mundo laboral. Mientras que los discursos modernos     -que son la cara amable del capitalismo con los derechos, la igualdad (toda, menos económica), la libertad y la justicia- convencían al pueblo de que la educación nos llevaría a ese futuro anhelado, el sistema requiere masas de personas desposeídas dispuestas a vender su fuerza de trabajo para que el burgués se enriquezca. Y entonces, lo que encontramos es un opuesto: uno acumula capital y con ello buena vida, mientras que muchos otros se mantienen desposeídos y viviendo para trabajar.

Lo ocurrido fue lo siguiente: no puede haber una relación directa entre la educación y el dinero que se gana, puesto que el sistema sólo funciona si hay acumulación de capital, es decir, si la riqueza construida colectivamente sólo beneficia a unos pocos, que cada vez son más pocos y con más capital acumulado. Por lo anterior, en realidad nunca hubo espacio para que más pobres ascendieran socialmente gracias al dinero. El capitalismo, en esencia, sólo funciona cuando hay muchos perjudicados y unos pocos beneficiados. Las reglas mismas del juego impiden que los de abajo puedan masivamente llegar hasta arriba. Y es esa la razón por la cual, desde el inicio, era imposible que una masificación de la educación universitaria llevara también a una masificación de la riqueza que se tradujera en mejores condiciones de vida para los profesionales.

Con esto no estoy negando que la educación universitaria haya permitido el ascenso social de algunas personas, pues ese es un hecho. Lo que estoy sosteniendo es que desde el inicio no había cama para tanta gente, por las reglas mismas del sistema. Y, por ese motivo, no es tu culpa que hayas obtenido un título para terminar ejerciendo una labor completamente diferente o que no hayas podido realizar las promesas de riqueza que te hicieron. La causa de esto es el sistema mismo, pues es imposible que, en el capitalismo, desigual económicamente por definición, muchos en masa podamos ascender.

Aunque esto parezca desalentador, no necesariamente es así. Considero que la esperanza está en darle a la educación el lugar que le corresponde: no existe en función del mundo laboral, sino en función de la humanidad. La educación no puede ser reducida a cuestiones mercantiles, sino que debe dársele la trascendencia que le corresponde: no únicamente forma trabajadores, sino que forma seres humanos y somos más que aquello en lo que trabajamos. No podemos ser reducidos a nuestro título o a nuestro cargo. Es esa reafirmación la que permite que escapemos de la lógica que nos ve como un número más o una máquina para producir.