Contramasculinidad: la ruptura

El pasado 19 de marzo fue común recibir mensajes de agradecimiento por existir, “por ser la roca donde se erige la vida”, en tarjetas con corbatas y bigotes. Prevaleciendo el color azul como rasgo identitario de los hombres. Pero más allá de agradecer a esa figura que se ha impuesto desde el patriarcado, se trata de reivindicar procesos históricos de construcción identitaria, contrarias a las lógicas del sistema que aportan para su destrucción como estructura social.

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Para iniciar, debo hacer énfasis en la importancia de los estudios de género desarrollados por colectivas feministas desde la mitad del siglo XX, al poner en evidencia que, más allá de ser el patriarcado un sistema de subordinación hacia mujeres por cuenta de hombres, asigna un modelo binario funcional a los intereses del momento histórico y a la perpetuación de las relaciones de poder, imponiéndose como emergente social en la construcción identitaria.

Partiendo del argumento de que en América hubo un proceso de desmasculinización al existir una relación entre colonizadores y colonizados, es decir, del modelo occidental impuesto de masculinidad, Matthew Gutmann, en ‘Traficando hombres: antropología de la masculinidad’, sostiene que hay varios factores a detallar en relación al concepto de masculinidad, como lo es la participación en la crianza, la orientación masculina a la guerra, y los ritos de iniciación y socialización, entre otros.

Según el autor, el rol del hombre (conforme a la cultura y división del trabajo) es el de reproducirse, responder económicamente y proteger a la familia. No en relación a los hijos, ya que no hay un vínculo con ellos por la “incapacidad” en la crianza, sino con la madre. Dirá Scheper Hughes, autora que cita, que simplemente “se encargan de proveer la leche en polvo”. Una exclusión total del proceso.

Frente a la orientación masculina a la guerra, lo explica desde los nacionalismos. El siglo XIX se caracterizó por procesos independentistas y constitución de imperios para la dinamización del mercado, y se reforzó el valor patriótico hacia los hombres para no solo defender y entregar la vida por los ideales del conjunto que se proclama “pueblo”, sino por el mantenimiento de la estructura patriarcal. Porque implica beneficios en torno al poder, se lucha por ser parte.

En esas relaciones de poder subyace este texto, porque a pesar de haber una dominación desde la sexualidad masculina para impartir el orden, hay fisuras sexuales que dictan desarticular la concepción de ‘hombre’ desde la lógica patriarcal. Iniciemos con algo sencillo: las relaciones homosociales. Aunque se caracterizan por ser un espectáculo de hombría, competitividad, jerarquía, promiscuidad y agresión, permite evidenciar rupturas como la de expresarse sentimientos de afecto y cariño. No solo desde el lado homosexual.

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Por eso, homogeneizar a los ‘hombres’ en el concepto de ‘macho’ no es otra cosa más que reproducir las lógicas patriarcales, negar la interseccionalidad que representa la masculinidad y los procesos de contraposición que existen dentro de ésta. Porque sí, es una construcción identitaria que se diversifica en todo su esplendor. Respondiendo de forma personal y relativa al ser, deber ser y hacer de los hombres.

De acuerdo con Leonardo Fabián García, de FLASCO, en su investigación ‘Nuevas masculinidades: discursos y prácticas de resistencia al patriarcado’. Lo masculino y femenino son categorías binarias de diferenciación simbólica. Además, son construcciones heterosociales. Mujeres, hombres e identidades de género no genéricas nutren de conceptualización teórica y práctica estas categorías. Hay una fuerte presencia femenina en la definición de masculinidad, un claro ejemplo, son las madres.

El sociólogo Michael Kimmel, uno de los autores que cita García, afirma que la masculinidad es una negación de lo femenino más que una afirmación de lo masculino. Es a través de esa negación que se lleva a la misoginia, el sexismo, la homofobia y la restricción de las emociones. A parte, la cataloga como referencial porque se es, conforme a lo que otros son. Como ya había dicho, los hombres requieren de validación homosocial porque es allí donde se diferencian. El hetero necesita del homosexual para mostrar su hombría, y el homosexual del hetero para demostrar que es totalmente contrario.

Pese a que las “nuevas masculinidades” aparecen como prácticas contrasistémicas, problematizo lo reciente que hacen verlas. Ya que no son más que la reivindicación de contramasculinidades que históricamente han existido y resistido ante el patriarcado. Rompiendo con el modelo de “no llorar”, “no rendirse”, “competir”, “ser viril”, “ser fuerte”. Ahí está Shakespeare con Hamlet como manifiesto, el drag queenismo, la homosexualidad. Incluso el mismo Jesucristo y su discipulado.

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Pero siento, que ya los tengo cansados, déjenme terminar con lo siguiente. Porque de acuerdo con Lionel Delgado, en su artículo ‘Contra la deconstrucción masculina’, la deconstrucción, precisamente, “es una lectura subversiva y no dogmática de los textos en un sentido amplio: textos literarios, pero también cultura como texto, cuerpo como texto […]”. Según él, no se deconstruye un cuerpo, se deconstruyen los conceptos que se inscriben sobre él.

El problema, plantea, es que es un proceso interminable. Porque al mostrar la heterogeneidad del texto, siempre habrá detalles nuevos por leer. Aparte, también debe ser colectivo, porque implica procesos de transformación en masa. Y, le agrega, es insuficiente para aterrizar procesos de cambio porque no sabe responder al cómo romper con los privilegios. Aun así, no niega su importancia porque permite una lectura propia, reconocer el machismo y, a partir de allí, la construcción de la masculinidad como un concepto contrario. Replanteando su papel en la lucha contra ese sistema.

¿Romper con el patriarcado es romper con la masculinidad? Aunque parezca “obvia” la respuesta, quisiera decir que es gracias a estas contramasculinidades que se pueden esbozar diferentes referentes identitarios que socialmente han sido excluidos, rechazados, y que significan rupturas propias con el patriarcado. Por eso estoy de acuerdo con el planteamiento de García al caracterizar estos procesos como luchas éticopolíticas, ya que permite entender la lucha feminista, crear espacios de diálogo y convergencia para romper, de forma colectiva, con el género como estructura social.

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