¿Pintar o no pintar sobre el Che y Camilo? O sobre la banalización del debate.

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El examen de admisión de la Universidad Nacional de Colombia es un filtro que no garantiza la calidad educativa. Un fugaz e inocente pensamiento que derive en argumento podría argüir que su dificultad no es más que el mecanismo mediante el cual se supera la mediocridad de los estudiantes que allí logren ingresar, para que de esta forma, la Universidad se constituya en una institución que compita en el ámbito internacional gracias a sus altos estándares de calidad.

Fugaz e inocente, ergo, un superficial pensamiento. El examen de admisión –con ese grado de dificultad- es un instrumento más que contribuye a la privatización de la universidad pública, en función de los estándares emitidos por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y  el Fondo Monetario Internacional (FMI), que son acoplados mecánicamente por el Ministerio de Educación; En la medida que los únicos –o por lo menos la mayoría- de quienes logran ingresar, son estudiantes egresados de colegios privados de alto y mediano prestigio, con un refuerzo post-escolar en “pre-universitarios”, cuyos costos solo pueden ser pagados por quienes tienen una extracción económica media y media alta, lo que se traduce también, en estudiantes con capital  cultural diferenciado al de estudiantes egresados de colegios públicos de sectores populares.

No quiere decir lo anterior que los egresados de colegios públicos, pertenecientes a sectores populares tengan menores capacidades, pero sí que la desigual distribución del ingreso económico y cultural lleva a que estos estudiantes cuenten con un capital cultural insuficiente en comparación con un egresado de un colegio de las características enunciadas anteriormente. Consecuencia de un país de amplias brechas económicas, educativas y culturales.

Un importante sector de los estudiantes que egresan de colegios  privados están empezando a ocupar el claustro, en detrimento de estudiantes provenientes de colegios públicos. No se trata de una “rabia” o “resentimiento” frente a esta transición que está sufriendo la Universidad Nacional de un tiempo para acá, sino simplemente de señalar que esta institución pública no está albergando a los estudiantes a quienes tendría que estar dirigida precisamente por su carácter público, con apoyo financiero del Estado, así sea cada vez más limitado, sino a estudiantes con capacidad de pago de altos valores de matrícula.

Al no reconocer un valor en lo público, en su significado e importancia en un orden democrático no restringido, el interés de un importante sector del estudiantado se traslada de la exigencia económico-presupuestal de su universidad a la exigencia meramente estética (tal vez por las paredes blancas de las instituciones que otrora ocupaban). No quiere decir esto que el lugar de lo simbólico,  albergando lo estético, no sea un espacio de confrontación fundamental; pero sí que parece importar más la pintura en una pared al hecho de que esa pared (y más paredes) se estén cayendo, por un déficit histórico de recursos del Estado para con la Universidad Nacional y la universidad pública en general.*

También parece importar menos la búsqueda de democracia universitaria, frente a una ilegitima administración, que la indignación frente a una pérdida de clase para una movilización que exija el aumento presupuestal, sin asumir –el estudiante egresado de una institución privada- que ingresó a una universidad pública cuya existencia en gran medida es por la  misma movilización social de estudiantes, educadores y trabajadores.

Es muestra de diversidad de pensamiento estos resultados, aspecto sumamente positivo para la pretensión de universalidad de opiniones y conocimiento que debe tener una universidad. Pero, y este es el gran pero, no en detrimento de exigencias fundamentales como lo es el aumento de presupuesto, democracia universitaria y la defensa de lo público para darle paso única y exclusivamente a la discusión estética y desmovilizadora –como pintar o no pintar sobre el Che o Camilo- que termina en una banalización de las discusiones frente a la incapacidad de combinarlas.

* También puede ser que el desinterés de la administración frente a las fallas en infraestructura de la Universidad sean para que éstas se agudicen hasta darle base al argumento de la inversión privada para la construcción de edificios, y con ello, dar otro paso hacia la privatización de la institución.

 

 

 

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