Desmontar el poder oligárquico

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Por Alejandro Cortés

No ha pasado un día desde su posesión en el que los medios de comunicación no formulen un cuestionamiento a la legitimidad del presidente y su gobierno.

Gustavo Petro llegó a la presidencia de la República con un mandato: cambiar la forma de gobernar. La tarea ha sido difícil, por decir lo menos, y ha estado acompañada de una serie ininterrumpida de escándalos mediáticos, noticias falsas y cuestionamientos sobre sus funcionarios. No ha pasado un día desde su posesión en el que los medios de comunicación no formulen un cuestionamiento a la legitimidad del presidente y su gobierno. Tampoco podemos negar que algunas cosas no han salido bien y que el mandato del cambio está en hoy en disputa, de eso – en últimas – se trata la democracia.

Lo cierto es que cambiar las cosas no es una tarea fácil y que no está en manos del presidente, ni de sus ministros, ni de los funcionarios que acompañan al gobierno realizar toda la tarea. Como dice bien dice el exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera, los cambios se producen cuando una hemos ganado una batalla en el campo de las ideas, solo de esa manera se materializa en el mundo cotidiano ese mandato de cambio. Por eso no es fácil que las cosas cambien, especialmente, cuando llevamos décadas de un aprendizaje sobre las instituciones del Estado en el que estas han funcionado como el botín de unos politiqueros corruptos.

Una circulación oligárquica del poder se ha enquistado profundamente en las instituciones y las ha convertido en un lugar donde los intereses privados se sobreponen al bien común.

Creo que el cambio necesita de un desmonte de lo que podríamos llamar el poder oligárquico. Una forma de ejercicio del poder que ha privilegiado los apellidos, la herencia, la concentración y el cierre de la participación política en todos los niveles. Una circulación oligárquica del poder se ha enquistado profundamente en las instituciones y las ha convertido en un lugar donde los intereses privados se sobreponen al bien común. Los colombianos estamos acostumbrados a pensar el Estado como una máquina fría, corrupta, que no funciona y que en la medida de sus errores necesita ser coaptada por la iniciativa privada. Así han gobernado las élites en este país durante décadas, privatizando la cosa pública, convirtiendo la imagen del Estado en una especie de máquina disfuncional.

Pero, mientras han construido esta imagen errática de las instituciones han usado cada milímetro para construir sus capitales privados mientras hablan de la ineficiencia de lo público. Algunos políticos profesionales han construido una especie de fortín sobre las decisiones públicas que ha estado arropado de dos mantas: la tecnocracia y la rosca. Amparados en un saber altamente ideologizado han intentado que las instituciones funcionen bajo los preceptos de la arquitectura empresarial que tiene como cimiento el rendimiento y la competitividad. Por el otro lado, han refinado una especie de organización silenciosa en la que la función pública termina sostenida por una larga cadena de favores, recomendaciones y cálculos sobre el potencial electoral de cada trabajador. Todo esto mientras organizan licitaciones al acomodo, contratan favores con financiadores y reciben coimas de hasta millones de dólares.

Amparados en un saber altamente ideologizado han intentado que las instituciones funcionen bajo los preceptos de la arquitectura empresarial que tiene como cimiento el rendimiento y la competitividad.

Creo que para desmontar el funcionamiento de estas prácticas el Gobierno del Cambio debe apostar por cuatro reflexiones y prácticas de transformación. La primera de ellas consiste en hacer un buen diagnóstico de la realidad, esto consiste en crear equipos multidisciplinares que funcionen articulados en resolver una pregunta: ¿qué es lo que está pasando? ¿Cuál es el estado actual de la cosa pública y de qué forma podemos intervenir en el corto, mediano y largo plazo para cambiar lo que identificamos como oportuno para transformar? No se trata de grandes disertaciones, se trata de activar espacios de reflexión para tejer con cuidado ese mapa complejo del funcionamiento de las instituciones y de su relación con la sociedad civil. Por otro lado, es necesario construir valor público, muy en la línea de la reflexión de Mazzucato, en torno a producir resultados que hagan evidente que es la alianza entre lo público, lo privado y la ciudadanía la que construye valor en el marco de las necesidades que la sociedad tiene. Se trata de profundizar en que las acciones de las instituciones estén coordinadas con las necesidades reales de la sociedad y que puedan atender a construir una vida mejor para todos en una escala de tiempo razonable, medible y susceptible de mejora constante.

No se trata de grandes disertaciones, se trata de activar espacios de reflexión para tejer con cuidado ese mapa complejo del funcionamiento de las instituciones y de su relación con la sociedad civil.

En el mismo espíritu de la reforma laboral resulta necesario construir una carrera para la función pública que tenga como núcleo una evaluación constante del desempeño de los funcionarios públicos, una evaluación en torno a la efectividad de su trabajo, en torno a los valores que promueven sus acciones que destierre, de una vez por todas, las nefastas prácticas del clientelismo y el nepotismo de la actividad pública. Finalmente, es clave profundizar el modelo de las alianzas público-populares como herramientas activas de una participación de las acciones del Estado en manos de las organizaciones sociales y comunitarias, para tal efecto será necesario que el cumplimiento de las funciones, que el destino de los recursos de todos sea sagrado y que entre las brechas de la organización no se cuelen los intereses de quienes quieren repetir la historia del país a ritmo de castigo.

Adenda: sobre la reforma a la educación que corre en curso en el congreso hoy. Hay varias preguntas que invito a hacerse a los profesores, especialmente, a los de cátedra u ocasionales. ¿Qué papel jugamos en esas reformas? ¿Cómo hacemos para organizarnos y que las universidades públicas y privadas fomenten contrataciones que le den un rol social que se sintonice con convertir a la educación el motor del cambio? Todos sabemos que para ello se necesita financiación y esta no cae del cielo. ¿Cómo hacemos para conectarnos con los circuitos productivos y la construcción de valor público?

Por Alejandro Cortés. Estudié filosofía. Soy profesor y quiero una academia crítica conectada los problemas de la sociedad civil. Investigo sobre filosofía política, tierras, acumulación de capital y el problema del espacio en la filosofía actual. Me gustan el marxismo, la Teoría Crítica y la filosofía latinoamericana. Combino mi actividad intelectual con el servicio público y me interesa el intersticio entre hacer Estado y pensarlo.

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