Días que resumen años: (I Parte)

Antes del 28-A algo ya venía cambiando

Se vinieron abajo las estatuas de un pasado incuestionado y plagado —como todos los pasados sobre los que se fundan las naciones colonizadas— de olvidos y silencios, se descosieron las costuras con las que estaban unidos sólidamente los consensos que mantenían a la mayoría social situada entre en el aguante mudo de los sufrimientos y la pasividad escéptica, tuvieron que recular quienes que con arrogancia desde posiciones de poder se habían acostumbrado a ponernos a pagar los platos rotos cuando llegaban los tiempos difíciles, se rebelaron los hijos e hijas del neoliberalismo a quienes tan eficazmente habían engatusado con el cuento de la auto superación, la ilusión del consumo al debe, y la sobre estimación del esfuerzo individual.

Muchas cosas han pasado después del 28- A, no obstante, LO MÁS IMPORTANTE en relación con este levantamiento popular inédito en Colombia es que por fin las batallas, victorias y derrotas acumuladas de tantos años, los dolores enquistados de tantas generaciones, encontraron un feliz punto de coincidencia y erupción simultánea.

Para entender en su real dimensión la importancia de lo que entró en escena a partir de la irrupción del 28-A, hay que renunciar a todo presentismo adánico y a toda matriz explicativa espontaneísta. El 28-A ha sido el punto de confluencia de factores que se venían acrisolando en la larga duración y que a veces a ritmo lento, a veces rápido, a veces de forma imperceptible y otras más visibles venían alineándose. Como el viejo topo de las leyendas socialistas decimonónicas bajo nuestros pies se estaba desmoronando imperceptiblemente la legitimación activa o pasiva el orden social, económico y político que durante muchos años ha resultado funcional a los intereses de quienes mandan. El 28-A no empezó el proceso de cambio, sino que marcó el nacimiento de un país nuevo que tiempo atrás venía gestándose.

La minga indígena del 2008 que enfrentó al autoritarismo uribista en Cali, la lucha estudiantil del 2011 contra la mercantilización de la educación, las huelgas de los trabajadores petroleros contra la multinacional Pacífic Rubiales en el 2012, las luchas contra la mega minería en Marmato, Santurbán y contra la represa del Quimbo, la reconfiguración poderosa del movimiento feminista que ha puesto en cuestión todo, los paros agrarios del 2013, el paro de profesores del 2015, la lucha por el SÍ en el plebiscito de 2016, de nuevo los estudiantes en 2018 exigiendo financiación para las universidades, por solo mencionar algunas disputas durante los últimos años pueden parecernos pompas de jabón desperdigadas en el aire, pero más allá de sus resultados inmediatos fueron forjando una consciencia colectiva nueva, pariendo nuevas lecturas sobre lo que los de arriba nos han hecho con sus políticas, renovaron nuestro vocabulario, remozaron nuestros repertorios de lucha y nos fueron mostrando un camino.

Mientras Chile, la capital neoliberal de América Latina, borraba en las calles el legado del dictador Pinochet, vino el  21-N de 2019 que nos permitió asomarnos con esperanza a un despertar colectivo que evidenciaba una cualidad nueva: ya no se trataba de un rosario de sectores que asincrónicamente se la jugaban más o menos en solitario, apostando con todo en contra, empezamos a ser un pueblo, no esa sumatoria de individuos anónimos que compartían el lugar de nacimiento y algunos símbolos o marcos de socialización cultural, sino el colectivo que se sabe unido por intereses comunes y se encuentra al calor de la cacerola y la marcha para luchar por sus siempre postergados intereses y derechos, los de arriba bramaron con furia como siempre, invocaron fantasmas, mataron a Dilan, dijeron que Maduro, que el foro de Sao Paulo, que se estaban metiendo al edificio del lado, pero el huracán de la gente revolcó las cosas, aunque por corto tiempo.   

En septiembre de 2020 vimos cómo la policía mató con brutalidad a Javier Ordoñez al interior de un CAI  lo que produjo el inmediato estallido de indignación de una juventud que aprendiendo de las protestas antirracistas en los EEUU, agotada por la brutalidad policial y desafiando el confinamiento, se lanzó a las calles a denunciar y enfrentar el proceder de una institución que arropada por los medios hegemónicos y exculpada incondicionalmente por la narrativa de las manzanas podridas ha procedido con brutalidad de manera sistemática contra la gente sencilla. Con las jornadas de septiembre quedó al desnudo que el brazo armado de los poderosos no está ahí para protegernos o cuidarnos a todos y todas en igualdad de condiciones, sino para portarse fuerte con los débiles y débil con los fuertes.

La pandemia catalizó la crisis, pero mal venimos viviendo desde hace tiempo; Hobsbawm, el historiador británico, en un artículo sobre la primera violencia en Colombia dijo que el nuestro era un pueblo que sublimaba su propia capacidad de aguante en su gusto por el ciclismo, pero las copas por fortuna se rebosan por muy despacio que se llenen, los días que vivimos en Colombia han sintetizado luchas del pasado, décadas de carencias materiales y espirituales, ausencias de derechos, precariedad, violencia, postergación y aislamiento. El estallido del paro es tan polifónico en demandas, formas y sectores, porque múltiples son también los padecimientos que tanto tiempo se ha guardado nuestro pueblo.

Se han encontrado pues en estos días dos corrientes subterráneas que nacieron en el pasado y que combinadas han removido los cimientos del presente: las luchas y legados de quienes han batallado antes que nosotros que, aunque viejas tienen el corazón joven, y la crisis de un modelo de sociedad orientado a defender los odiosos privilegios de una minoría que vive a nuestras expensas y aspiraba a que no nos diéramos cuenta nunca de lo que estaba pasando; Lenin solía decir que había días en la historia en que no pasaba nada y días en que pasaban años, estos días que vivimos momentos históricos de verdad, lo son porque resumen años de maltratos, esperanzas y luchas de un pueblo que está decidido a inventarse otro futuro, a construir otra Colombia en la que vivir no valga tantas penas.

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