El goce de la explotación: ¿de las vacas se hace manteca y de los individuos el dinero?

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retumba punzante la famosa retahíla: “el trabajo dignifica”, o el estruendoso llamado del dios malévolo del génesis que condena a Adán a una vida de trabajo y sudor para ganar su pan.

Recuerdo que cuando mi mamá se pensionó, después de más de 30 años de trabajar como empleada pública y, claro, después de añorar el retiro, se deprimió. Al principio, empezó a posponer su salida; pero después, cuando fue inminente, empezó vigorosamente a inventar tareas domésticas para ocupar su nuevo tiempo libre. No paraba. Entonces, hacia la cuarta pasada del trapero por el piso ya reluciente, me percaté de que el brillo del suelo hablaba del terror. Del terror a la ausencia de un conjunto copioso de tareas pendientes por acabar, que terminan convirtiéndose en potentes justificadores de la existencia y en efectivas absolvedoras de la culpa cristiana.

lo curioso no es el odio a la explotación sino la espinosa culpa que deja su ausencia.

 Porque ahí, adentro, retumba punzante la famosa retahíla: “el trabajo dignifica”, o el estruendoso llamado del dios malévolo del génesis que condena a Adán a una vida de trabajo y sudor para ganar su pan. Webber ya lo anunciaba: la reproducción del capitalismo está enraizada en la territorialización de los códigos morales del sujeto; tal que la moral sacrificial y la entrega a la profesión operan como puentes que trasladan la explotación hacia el mal llamado “mundo interno”. O, quizás, como lo diría Han, el punto está en que la soga que rodea el cuello del proletario ya no solo es sostenida por el burgués, sino que, en buena parte, también es sujetada por él mismo.

Queda en nuestros cuerpos la posibilidad de imaginar activamente otros mundos posibles.

Hay un límite perverso entre el placer y el sufrimiento: una línea borrosa que los confunde. Porque lo curioso no es el odio a la explotación sino la espinosa culpa que deja su ausencia. El deseo de ser útil, de encontrar una (su)misión y entregarse a ella es otro de los modos en los que la subjetivación es permeada por la fantasía de la producción incesante. Ahí reside la otra cara de la explotación: no la que obedece a la satisfacción de las “necesidades”, sino la que toma forma en la producción de los deseos. Parte del éxito de la reproducción de la máquina capitalista reside en territorializarlos hasta convertirlos en leyes que encuentran asidero en los códigos del capitalismo.

El deseo de ser explotado y su buena aliada, la culpa, participan en la alienación del sujeto. Pero en este también reside la posibilidad de soltar la escoba: de descentrar la soberanía de las lógicas que lo amarran y de marginalizarlas. Porque allí también reside el poder de ellas, en la creación del efecto discursivo de parecer totipotentes y omnipresentes. Queda en nuestros cuerpos la posibilidad de imaginar activamente otros mundos posibles.

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