¿Ser varón supone tener el derecho a ser protagonista siempre? Hablemos de micromachismos

 Las manifestaciones del machismo son muchas, en esta oportunidad compartimos una caracterización de los micromachismos propuesta por Luis Bonino. Él es un psicoterapeuta experto en las problemáticas de la condición masculina que en 1990 planteó esta categoría para indicar esas manifestaciones de violencia machista que son cotidianas y se encuentran encubiertas.

 Compartimos algunos fragmentos de Micromachismos. La violencia invisible en la pareja. El texto lo presentamos en tres partes, la primera con la tipología de los micromachismos, la segunda indica la relación existente entre el poder y los micromachismos y finalmente su propósito.

 

 TIPOLOGÍA DE MICROMACHISMOS 

 A los fines de evidenciar con mayor precisión estas prácticas [se encuentran en la segunda parte del artículo], me dedicaré a continuación a su descripción, y para ello he desarrollado una clasificación en tres categorías: los micromachismos coercitivos (o directos), los encubiertos (de control oculto o indirectos) y los de crisis. 

 En los «coercitivos», el varón usa la fuerza moral, psíquica, económica o de la propia personalidad, para intentar doblegar y hacer sentir a la mujer sin la razón de su parte. Ejercen su acción porque provocan un acrecentado sentimiento de derrota posterior al comprobar la pérdida, ineficacia o falta de fuerza y capacidad para defender las propias decisiones o razones. Todo ello suele promover inhibición, desconfianza en sí misma y disminución de la autoestima, lo que genera más desbalance de poder. 

 En los micromachismos «encubiertos», el varón oculta (y a veces se oculta) su objetivo de dominio. Algunas de estas maniobras son tan sutiles que pasan especialmente desapercibidas, razón por la que son más efectivas que las anteriores. 

 Impiden el pensamiento y la acción eficaz de la mujer, llevándola a hacer lo que no quiere y conduciendola en la dirección elegida por el varón. 

 Aprovechan su dependencia afectiva y su pensamiento «confiado». Provocan en ella sentimientos de desvalimiento, emociones acompañadas de confusión, zozobra, culpa, dudas de si, impotencia, que favorecen el descenso de la autoestima y la autocredibilidad. 

 Por no ser evidentes, no se perciben en el momento, pero se sienten sus efectos, por lo que conducen habitualmente a una reacción retardada (y «exagerada», dicen los varones) por parte de la mujer, como mal humor, frialdad o estallidos de rabia «sin motivo». 

 Son muy efectivos para que el varón acreciente su poder de llevar adelante «sus» razones, y son especialmente devastadores con las mujeres muy dependientes de la aprobación masculina.

Tienen todas las características de lo que el psicoanálisis llama «mecanismos psicopáticos», y se vehiculizan frecuentemente a través de la identificación proyectiva, inductora de comportamientos. A diferencia de las maniobras anteriores que se asientan en gran medida en el rechazo, estas lo hacen más en la desconfirmación. 

En cuanto a los micromachismos de «crisis», suelen utilizarse en momentos de desequilibrio en el estable desbalance de poder en las relaciones, tales como aumento del poder personal de la mujer por cambios en su vida o pérdida del poder del varón por razones físicas o laborales. El varón, al sentirse perjudicado, puede utilizar específicamente estas maniobras o utilizar las definidas anteriormente, aumentando su cantidad o su intensidad con el fin de restablecer el statu quo.

He construido estas categorías a partir de ir descubriendo y clasificando, desde la perspectiva de las relaciones de género, múltiples acciones cotidianas de los varones extraídas de la práctica clínica, la vida diaria y la bibliografía. Muchas de estas acciones están naturalizadas, desconociéndose su función al servicio de la dominación. 

Cada categoría está formada por un repertorio de maniobras, a las que he ido designando y definiendo, en el intento siempre difícil de su visibilización.

 Espero que el siguiente listado sea útil para develar aquello que, como terapeutas y como personas, debemos contribuir a desarrollar las menos dramáticas, pero igualmente destructoras formas de la microdominación cotidiana. 

MICROMACHISMOS COERCITIVOS 

 La siguiente enumeración, como la de las otras categorías que realizaré más adelante, procura nombrar, en un desordenado orden, algunas de las maniobras que he podido comprobar con más frecuencia. Quizás estas descripciones animen al lector a ir develando otras, de las cuales impensadamente (o no) es sujeto u objeto. 

 Intimidación

Maniobra atemorizante que se ejerce cuando ya se tiene fama (real o fantaseada) de abusivo o agresivo. Se dan indicios de que, si no se obedece, “algo» podría pasar. Implica un arte en el que la mirada, el tono de voz, la postura y cualquier otro indicador verbal o gestual pueden servir para atemorizar. Para hacerla creíble, es necesario, cada tanto, ejercer alguna muestra de poder abusivo físico, sexual o económico, para recordarle a la mujer que le puede pasar si no se somete.

 Toma repentina del mando

Ejercicio más o menos sorpresivo de anulación o no tenida en cuenta de las decisiones de la mujer basada en la creencia del varón de que él es el único que toma decisiones. Ejemplos de esta maniobra son: tomar decisiones sin consultar, ocupar espacios comunes, opinar sin que se lo pidan, monopolizar, etcétera. 

 El cortocircuito es un tipo especial de esta maniobra- consiste en tomar decisiones sin contar con la mujer, en situaciones que la involucran y en las que es difícil negarse- invitaciones a último momento de personas importantes: jefes. parientes, etcétera- (Piaget, 1993). 

 Apelación al argumento lógico

Se recurre a la lógica (varonil) y a la «razón» para imponer ideas, conductas o elecciones desfavorables a la mujer. 

 Utilizada por varones que suponen que tienen la “única” razón o que la suya es la mejor. No tienen en cuenta los sentimientos ni las alternativas y suponen que exponer su argumento les da derecho a salirse con la suya. 

 No la deja de utilizar, hasta que da “lógicas razones” (las del varón, por supuesto), y obligan a tener muy en claro la propia posición si la mujer no quiere someterse. Provoca intenso agobio. 

 Ejemplo frecuente de esto es la elección del lugar de vacaciones, si a la mujer no le gusta el lugar elegido por el varón de la pareja. 

 Es muy eficaz con mujeres que tienen un modo perceptivo o intuitivo de abordaje de la realidad.

Insistencia abusiva

Conocida como «ganar por cansancio», consiste en obtener lo que se quiere, por agotamiento de la mujer en mantener su propia opinión, que al final acepta lo impuesto a cambio de un poco de paz. 

Control del dinero

Gran cantidad de maniobras son utilizadas por el varón para monopolizar el uso o las decisiones sobre el dinero, limitando el acceso de la mujer a él o dando por descontado que el hombre tiene más derecho a ello. Algunas de estas maniobras, no dan información sobre usos del dinero común, control de gastos y exigencia de detalles, retención -lo que obliga a la mujer a pedir- (Coria, 1992). Incluyo también en este apartado la negación del valor económico que supone el trabajo doméstico y la crianza y el cuidado de los niños. 

Uso expansivo del espacio físico

Esta práctica se apoya en la idea de que el espacio es posesión masculina, y que la mujer lo precisa poco. Así, en el ámbito hogareño, el varón invade con su ropa toda la casa, utiliza para su siesta el sillón del salón impidiendo el uso de ese espacio común, monopoliza el televisor u ocupa con las piernas todo el espacio inferior de la mesa cuando se sientan alrededor de ella, entre otras maniobras (Guillaumin, 1992). 

 

MICROMACHISMOS ENCUBIERTOS

Son los que atentan de modo más eficaz contra la autonomía femenina, por su índole insidiosa y sutil que los torna especialmente invisibles en cuanto a su intencionalidad. 

Abuso de la capacidad femenina de cuidado

Materialización de la mujer. La inducción a la mujer a ‘ser para otros» es una práctica que impregna el comportamiento masculino. De las múltiples caras de esta maniobra, solo nombrare algunas: pedir, fomentar o crear condiciones para que la mujer priorice sus conductas de cuidado incondicional (sobre todo hacia el mismo varón), promover que ella no tenga en cuenta su propio desarrollo laboral, acoplarse al deseo de ella de un hijo, prometiendo ser un «buen padre» y desentenderse luego del cuidado de la criatura. 

Requerimientos abusivos solapados: son tipos de pedidos «mudos» que apelan a aspectos «cuidadores» del rol femenino tradicional. Ejemplos comunes de estos requerimientos son los comportamientos de «aniñamiento tiránico» que utilizan los varones cuando enferman, así como la exigencia (generalmente no verbal) de ocuparse de la familia de él, sus amigos, y los animales que usualmente él promueve que los hijos tengan en casa. 

Este tipo de maniobras, junto con la sacralización de la maternidad y la delegación de la carga doméstica y la crianza de los hijos (definiéndose el varón solo como «ayudante»), son las más frecuentes microviolencias sobre la autonomía de la mujer, al obligarla a un sobreesfuerzo vital que le impide su desarrollo personal. 

Maniobras de explotación emocional 

Se aprovechan de la dependencia afectiva de la mujer y su necesidad de aprobación para promover en ella dudas sobre sí misma, sentimientos negativos y, por lo tanto, más dependencia. Se usan para ello dobles mensajes, insinuaciones, acusaciones veladas, etcétera. De entre su amplia variedad podemos destacar: 

  Culpar a la mujer de cualquier disfunción familiar 

  Culpabilización del placer que la mujer siente con otras personas o situaciones donde él no esté: asentada en la creencia de que la mujer solo puede disfrutar con su compañero afectivo y por él. Elección forzosa con maniobras del tipo de «Si no haces esto por mí es que no me quieres». Enfurruñamiento: acusación culposa no verbal frente a acciones que no le gustan al varón, pero a las cuales no se puede oponer con argumentos «racionales» (al estilo de «A mí no me importa que salgas sola», dicho con cara de enfado). 

Maniobras de desautorización

Conducen a inferiorizar a la mujer a través de un sinnúmero de descalificaciones, que en general son consonantes con las descalificaciones que la cultura tradicional realiza, y que hacen mella en la necesidad de aprobación femenina. Entre ellas: 

  Redefinición como negativas, de cualidades o cambios positivos de la mujer. 

  Colusión con terceros con los que la mujer tiene vínculos efectivos (parientes, amistades) a través del relato de historias sesgadas, secretos, etcétera (Bograd, 1991). 

  Descalificación de cualquier transgresión del rol tradicional.

  Un gesto muy utilizado para acompañar estas maniobras es ‘la cara de perro’, que difícilmente es aceptado como propio por el varón. 

Terrorismo

Se trata de comentarios descalificadores repentinos, sorpresivos, tipo ‘bomba», que dejan indefensa a la mujer por su carácter abrupto. Producen confusión, desorientación y parálisis. Utilizan la sospecha, la agresión y la culpabilidad. Pertenecen a este tipo los sorpresivos comentarios descalificadores del éxito femenino, resaltar la cualidad de la mujer-objeto y recordar las «tareas femeninas» con la familia, en contextos no pertinentes (Coria, 1992). 

Paternalismo 

En este tipo de maniobra se enmascara la posesividad y a veces el autoritarismo del varón, haciendo «por» y no «con» la mujer e intentando aniñarla. Se detecta sobre todo cuando ella se opone, y él no puede tolerar no controlarla. 

Creación de falta de intimidad 

Actitudes activas de alojamiento, que bloquean la puesta en juego de las necesidades relacionales de la mujer y evitan la intimidad que para el varón supone riesgo de perder poder y quedar a merced de la mujer (Weingarten, 1991):

  Negación del reconocimiento. Comportamientos de avaricia de reconocimiento de la mujer como persona y de sus necesidades, que conducen al hambre de afecto (el que, en mujeres dependientes, aumenta su dependencia). Provoca sobrevaloración de lo poco que brinda el varón -ya que lo escaso suele vivirse como valioso- (Benard y Schiaffer, 1 990). 

  Silencio. Renuencia para hablar o hablar de sí, con efectos de «misteriosidad». Su objetivo es evitar el desenmascaramiento y el control de las reglas del diálogo. Algunas de estas maniobras son: encerrarse en sí mismo, no contestar, no preguntar, no escuchar, hablar por hablar sin comprometerse, etcétera (Durrant y White, 1990; Wieck 1987; Sabo 1995). 

  Negación a la mujer de su derecho a ser cuidada (e imposición del deber de ser cuidadora). 

  Inclusión invasiva de amigos, reuniones y actividades, limitando al mínimo o haciendo dejar de existir los espacios de intimidad. A veces acompañada de la acusación a la mujer de ser «poco sociable». 

 Engaños

Se desfigura la realidad al ocultar lo que no conviene que la mujer sepa, porque si no el varón puede resultar perjudicado en determinadas ventajas que no quiere perder. Pertenecen a este tipo maniobras tales como: negar lo evidente, incumplir promesas, adular, crear una red de mentiras, apelar a la desautorización de las «intuiciones» de la mujer para ocultar infidelidades. Dan poder en tanto impiden un acceso igualitario a la información. 

 Autoindulgencia sobre la propia conducta perjudicial. 

Maniobras que procuran bloquear la respuesta de la mujer ante acciones e inacciones del varón que la desfavorecen. Hacen callar apelando a «otras razones», y eludiendo la responsabilidad de la acción. Entre ellas: 

 Hacerse el tonto: se apela a la inconsciencia («No me di cuenta»), a las dificultades de los varones («Quiero cambiar, pero me cuesta»), a las obligaciones laborales («No tengo tiempo para ocuparme de los niños»), a la torpeza, a la parálisis de la voluntad («No pude controlarme»). 

Comparaciones ventajosas: se apela a que hay varones peores. 

 

MICROMACHISMOS DE CRISIS

Seudópodo

Apoyos que se enuncian sin ir acompañados de acciones cooperativas, realizados con mujeres que acrecientan su ingreso al espacio público. Se evita con ello la oposición frontal, y no se ayuda a la mujer a repartir su carga doméstica y tener más tiempo. 

Desconexión y distanciamiento

Se utilizan diversas formas de resistencia pasiva: falta de apoyo o colaboración, conducta al acecho (no toma la iniciativa, espera y luego critica. «Yo lo hubiera hecho mejor»), amenazas de abandono o abandono real (refugiándose en el trabajo o en otra mujer «más comprensiva»). 

Hacer méritos

Maniobras consistentes en hacer regalos, prometer ser un buen hombre, ponerse seductor y atento, hacer cambios superficiales, sobre todo frente a amenazas de separación. Se realizan modificaciones puntuales que implican ceder posiciones provisoriamente por conveniencia, sin cuestionar la creencia errónea de la «naturalidad» de la tenencia de dicha posición. 

 Dar lastima

Comportamientos autolesivos tales como accidentes, aumento de adicciones, enfermedades, amenazas de suicidio, que apelan a la predisposición femenina al cuidado y le inducen a pensar que sin ella el podría terminar muy mal. El varón exhibe aquí, manipulativamente, su invalidez para el autocuidado. 

 Shakespeare ilustra, espléndidamente, las estrategias de utilización de muchas de estas maniobras en función de dominar a la mujer, restringiendo con hábiles artes su autonomía, en su obra «La fierecilla domada». Su lectura alumbra con gran nitidez el efecto devastador de estas estrategias de dominio.

 La efectividad de todas estas maniobras, junto a la falta de autoafirmación de la mujer, forman una explosiva mezcla con negativos efectos relacionales: mujeres muchas veces enormemente deterioradas en su autonomía y varones con aislamiento emocional progresivo y creciente desconfianza en la mujer, a quien nunca terminan de poder someter plenamente. 

 Si bien hemos tenido en mente para la anterior clasificación a la pareja conyugal, muchas de estas maniobras son igualmente realizadas en el ámbito familiar con las propias hijas y madres. 

 Quizás esta larga clasificación haya provocado alivios y rechazos. Como en todo tema que se devela, suele ser más frecuente que sientan alivio aquellos a quienes la invisibilización los desfavorecía, y rechazo a quienes se sentían favorecidos por dicha invisibilización. 

 Tolerar la visibilización no es tarea fácil. No muchas mujeres, pese a entender maniobras en que se ven involucradas, soportan el reconocimiento de su propia subordinación (Dio Bleichniar, 1992). Pocos varones, pese a reconocerse en este listado, están dispuestos a aceptar, a pesar de sus cambios, lo que en ellos aún permanece de la atávica dominancia masculina (Brittan, 1989). Pero la transformación se basa en esos dolorosos reconocimientos y aceptaciones. 

 Sería un error que de esta clasificación se dedujera la «maldad» de los varones. Solo he intentado describir comportamientos de los que ellos sí son responsables, de los que las mujeres no son responsables y que solo a ellos les cabe intentar modificar si desean relaciones igualitarias y cooperativas con las mujeres. 

 

MICROMACHISMOS LA VIOLENCIA INVISIBLE EN LA PAREJA

 En cuanto al poder, este no es una categoría abstracta; el poder es algo que se ejerce, que se visualiza en las interacciones (donde sus integrantes las despliegan). Este ejercicio tiene un doble efecto: opresivo, y configurador, en tanto provoca recortes de la realidad que definen existencias (espacios, subjetividades. modos de relación, etcétera). 

 Dos acepciones surgen con la palabra «poder»: una es la capacidad de hacer, el poder personal de existir, decidir, autoafirmarse; requiere una legitimidad social que la autorice. Otra, la capacidad’ y la posibilidad de control y dominio sobre la vida o los hechos de los otros, básicamente para lograr obediencia y lo de ella derivada; requiere tener recursos (bienes, afectos) que aquella persona que quiera controlarse valore y no tenga, y medios para sancionar y premiar a la que obedece. 

 En este segundo tipo de poder, se usa la tenencia de los recursos para obligar a interacciones no recíprocas, y el control puede ejercerse sobre cualquier aspecto de la autonomía de la persona a la que se busca subordinar (pensamiento, sexualidad, economía, capacidad decisoria, etcétera). 

 La desigual distribución del ejercicio del poder sobre otros u otras conduce a la asimetría relacional. La posición de género (femenino o masculino) es uno de los ejes cruciales por donde discurren las desigualdades de poder, y la familia, uno de los ámbitos en que se manifiesta. Esto es así porque la cultura ha legitimado la creencia en la posición superior del varón: el poder personal, la autoafirmación, es el rasgo masculino por antonomasia. 

 Ser varón supone tener el derecho a ser protagonista (independientemente de cómo se ejerza ese derecho). La cultura androcéntrica niega ese derecho a las mujeres, que deberán entonces (si pueden) conquistarlo. A través de la socialización, esto deviene en la creencia generalizada de que los varones tienen derecho a tomar decisiones o a expresar exigencias a las que las mujeres se sienten obligadas, disminuyendo su valor y necesitando la aprobación de quien a ellas les exige. La ecuación «protección por obediencia» refleja esta situación y demuestra la concepción del dominio masculino.

 Este dominio, arraigado como idea y como práctica en nuestra cultura mantiene y se perpetúa por: 

  • Su naturalización. 
  • La falta de recursos de las mujeres.  
  • Uso por los varones del poder de macro definición de la realidad y de otro poder que especialmente nos interesa: el poder de micro definición, que es la capacidad y habilidad de orientar el tipo y el contenido de las interacciones en términos de los propios intereses, creencias y percepciones. Poder de puntuación que se sostiene en la idea del varón como autoridad que define qué es lo correcto (Saltzman, 1989). 
  • La explotación del «poder» del amor (jonnasdotir, 1993). 
  • Y la mujer, ¿Qué poderes ejerce?: el sobrevalorado poder de los afectos y el cuidado erótico y maternal. Con él logra que la necesiten. Pero este es un poder delegado por la cultura androcéntrica, que le impone la reclusión en el mundo privado. En este mundo se le alza un altar engañoso y se le otorga el título de reina, título paradójico, ya que no puede ejercerlo en lo característico de la autoridad (la capacidad de decidir por los bienes y personas y sobre ellos), quedando solo con la posibilidad de intendencia y administración de lo ajeno. Poder además característico de los grupos subordinados, centrados en »manejar» a sus superiores haciéndose expertos en leer sus necesidades y en satisfacer sus requerimientos, exigiendo algunas ventajas a cambio. Sus necesidades y reclamos no pueden expresarse directamente, y por ello se hacen por vías ‘ocultas»; quejas, distanciamientos, etcétera. 

 Estas situaciones de poder (que desde la normativa genérica desfavorecen a las mujeres) suelen ser invisibilizadas en las relaciones de pareja, llevando a la creencia de que en ellas se desarrollan practicas recíprocamente igualitarias y velando la mediatización social que adjudica a los varones, por el hecho de serlo, un plus de poder del que carecen las mujeres. 

 Si bien no todas las personas se adscriben igualmente a su posición de género, y aunque el discurso de la superioridad masculina está en entredicho, el poder configurador de la masculinidad como modelo sigue siendo enorme. Aun las creencias ancestrales oscurecen las injusticias, aplauden las conductas masculinas y censuran a la mujer que asume otras competencias.  

 Estas premisas que he planteado no son fácilmente aceptadas, ya que implican un desafío a lo «dado», y son aún menos aceptadas por los varones, en tanto ponen al descubierto las ventajas masculinas en relación con las mujeres y obligan por ello al consiguiente dilema ético de cómo posicionarse frente a esta injusta situación (que por otra parte se encuentra en la base de la socialización masculina). Por ello, aun en el tema poco abordado de los varones en terapia, las personas que se han ocupado de él son en general mujeres (Bograd, 1991; Erickson, 1993). Los varones se han ocupado más de abordar los «costos» de la condición masculina (Meth y Pasick, 1990), si bien algunos -principalmente asistiendo a varones violentos- han incluido estas premisas.  

 Para estos trabajos, la comprensión de la construcción de la identidad masculina y sus modos de relacionarse se revelan como indispensables. 

 

LOS MICROMACHISMOS

 (…) llamo así a las prácticas de dominación masculina en la vida cotidiana, del orden de lo «micro», al decir de Foucault, de lo capilar, lo casi imperceptible, lo que está en los límites de la evidencia. 

Decidí incluir «machismo» en el neologismo que cree para definir estas prácticas, porque si bien no es un término claro (en tanto designa tanto la ideología de la dominación masculina como los comportamientos exagerados de dicha posición), alude, en el lenguaje popular, a una connotación negativa de los comportamientos de interiorización hacia la mujer, que era lo que quería destacar en el término.

 Se trata de un amplio abanico de maniobras interpersonales que realizan los varones para intentar:

  • Mantener el dominio y su supuesta superioridad sobre la mujer objeto de la maniobra; reafirmar o recuperar dicho dominio ante una mujer que se «rebela» por «su» lugar en el vínculo; resistirse al aumento de poder personal o interpersonal de una mujer con la que se vincula, o aprovecharse de dichos poderes. 
  • Son microabusos y microviolencias que atentan contra la autonomía personal de la mujer, en los que los varones, por efecto de su socialización de género son expertos; socialización que, como sabemos, está basada en el ideal de masculinidad tradicional: autonomía; dueño de la razón, el poder v la fuerza, ser para sí, y definición de la mujer como inferior y a su servicio. A través de ellos se intenta imponer sin consensuar el propio punto de vista o razón. Son efectivos porque los varones tienen, para utilizarlos válidamente, un aliado poderoso: el orden social, que otorga al varón, por serlo, el «monopolio de la razón» y, derivado de ello, un poder moral por el que se crea un contexto inquisitorio en el que la mujer está en principio en falta o como acusada: «exageras’ y «estás loca» son dos expresiones que reflejan claramente esto (Serra, 1993). 

 Destinados a que las mujeres queden forzadas a una mayor disponibilidad hacia el varón, ejercen este efecto a través de la reiteración, que conduce inadvertidamente a la disminución de la autonomía femenina, si la mujer no puede contramaniobrar eficazmente. 

 Su ejecución brinda «ventajas», algunas a corto, otras a largo plazo para los varones, pero ejercen efectos dañinos en las mujeres, las relaciones familiares y ellos mismos, en tanto quedan atrapados en modos de relación que convierten a la mujer en adversaria, impiden el vínculo con una compañera y no aseguran el afecto (ya que el dominio y el control exitoso solo garantizan obediencia y generan resentimientos). 

 Aun los varones mejor intencionados los realizan, porque están fuertemente inscritos en su programa de actuación con las mujeres. Algunos micromachismos son conscientes y otros se realizan con la «perfecta inocencia» de lo inconsciente. 

 Puntualmente, estas maniobras pueden no parecer muy dañinas, incluso pueden resultar naturales en las interacciones, pero su poder, devastador a veces, se ejerce por la reiteración a través del tiempo, y puede detectarse por la acumulación de poderes de los varones de la familia a lo largo de los años. 

 Un poder importante en este sentido es el de crearse y disponer de tiempo libre a costa de la sobreutilización del tiempo de la mujer. 

 Sus más frecuentes efectos, tales como la perpetuación en los desbalances v disfunciones en la relación, el deterioro en la autoestima y autonomía femeninas y el aislamiento y la consolidación de prejuicios misóginos en el varón, se producen con denegación de su causalidad y atribución culposa a la mujer (uno de los micromachismos más frecuentes).

 Naturalización, poder de micro definición, nominativa genérica, falta de recursos de las mujeres, aspectos todos que avalan estas prácticas y que no podemos tampoco desconocer si queremos desactivarlas. 

 Quizás uno de los mecanismos más férreamente consolidados en el sostenimiento de estas acciones como de otras que conducen al racismo, la xenofobia o la homofobia, sea el de la objetificación: la creencia de que solo algunos varones (blancos) heterosexuales tienen status de persona permite percibir, en este caso, a las mujeres como «menos» persona, negándoles reconocimiento y justificando el propio accionar abusivo (Brittan, 1989). Pero adentrarnos en esto excede en mucho el objetivo de este trabajo en el que solo intento visibilizar los micromachismos. 

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