Fraternidad y orgullo. Cuando gays, mineros y lesbianas se juntaron para golpear a Thatcher

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La revolución francesa se nos ha enseñado como el paradigma de la revolución burguesa liberal que dotó al capitalismo de un marco institucional concreto y efectivamente eso es, sin embargo, menos discutido ha sido que esa revolución pudo ser otra cosa: ¿Qué hubiera pasado si no guillotinan al incorruptible Robesspiere o si Graco Babeuff y sus compañeros y compañeras triunfan en la conspiración de los comunes? Sabemos bien que en la historia no caben los contrafacticos si no como estímulo a la imaginación y como recordatorio que los grandes acontecimientos de nuestro pasado fueron ante todo posibilidades que se concretaron a despecho de otros caminos que no pudieron ser, con todo y lo que quiera decirse la revolución francesa legó a los revolucionarios y revolucionarias de los siglos posteriores muchos aprendizajes y lecciones, entre ellos, la universalización de un valor sin el cual no podría entenderse ese complejo y a veces indefinible espacio cultural y político al que llamamos izquierda: la fraternidad, lo que llama Juan Carlos Monedero la empatía radical en movimiento.

La fraternidad está o debería estar en el ADN de quienes batallamos desde diferentes trincheras por un mundo y una sociedad mejor, es de hecho la herramienta que nos permite encontrar los túneles comunicantes entre las posiciones que cada uno defiende para liberarse de la opresión o las opresiones que le tocaron o con las que mejor se identifica, es la vacuna contra la feudalización de nuestros combates que proclama que el mundo es mejor si se cumple mi programa o se concretan mis reivindicaciones no importa si la otra gente que lucha no alcanza sus propósitos, razón tenían las feministas negras que a mediados del siglo XX articularon el concepto de interseccionalidad para hacernos entender que las opresiones que padecemos los sectores subalternos ya sea de género, raza, clase o del tipo que sean parecen atomizadas -y el capitalismo en su variante neoliberal se ha esforzado eficientemente en que así lo creamos- pero en realidad están entrelazadas y ocurren simultáneamente, puesto así cobra particular vigencia la idea de Marx según la cual nadie puede ser libre mientras se esclaviza a otro, esta es la cuestión esencial de la fraternidad, no el paternalismo, no la caridad, no el asistencialismo, no la lastima, si no la amistad y el hermanamiento que devienen de la comprensión que mi propio goce y plenitud no son posibles mientras el otro, la otra y el otre padecen.

En 1984 las comunidades mineras de Gran Bretaña se enfrentaron en una dura y larga huelga contra el gobierno de una Margaret Thatcher[1] que envalentonada por su victoria en la campaña de agresión a las Islas Malvinas (1982), anunciaba miles de despidos y el cierre de varias minas carboneras alrededor de las que se vertebran territorial y económicamente varios pueblos y ciudades, el pulso que se prolongo durante un año en el que el gobierno conservador sin ningún escrúpulo reprimió, desprestigió e intimidó a los mineros y sus familias, se sostuvo pese a lo desigual de la contienda  debido a la centenaria tradición organizativa minera claro, pero fundamentalmente por la solidaridad, la cooperación desinteresada que se movilizó desde  vastos sectores de la sociedad que no tenían nada que ver con los mineros, a lo largo del país se establecieron comités de apoyo, redes de colectas y manifestaciones solidarias con los trabajadores en lucha. Una de esas expresiones vino de un lugar que para los mineros resultó en principio desconcertante: un pequeño grupo de gays y lesbianas que baldes en mano recorrían bares, calles y plazas recogiendo monedas para apoyar a los mineros, en entrevistas posteriores los líderes de LGSM (Lesbians and Gays Support the Miners) no se cansan de repetir la idea fuerza que hacían circular entre los homosexuales y lesbianas de Londres: “Nosotros odiamos a Margaret Thatcher, ¿y saben a quién odia más Thatcher? A los mineros. Por lo tanto, debemos apoyarlos”.

El investigador y activista británico Owen Jones plantea en una columna de The Guardian que la clave de esta, en apariencia inédita alianza, fue la rápida y audaz comprensión por parte de este núcleo de activistas londinenses de la raíz común de la que derivaban tanto la discriminación y persecución que padecían las disidencias sexuales por la política conservadora de Thatcher, como la represión brutal contra los mineros en huelga, un asunto que parece muy fácil pero que en la práctica no es tan simple en los movimientos populares y que, es estratégico en la perspectiva de agregar actores y demandas para golpear a los enemigos comunes.

Mark Ashton militante comunista, promotor de los derechos de gays y lesbianas en la difícil década de los 80[2], cofundador de LGSM, hizo giras con sus compañeros y compañeras por todo el país organizando secciones regionales, tomando contacto con comunidades mineras, ayudando a organizar conciertos para fortalecer la caja de resistencia del sindicato minero, prestando sus cuentas bancarias personales para vencer el bloqueo financiero establecido por los bancos y no menos importante, venciendo a base de persuasión y solidaridad práctica, los prejuicios de los propios mineros que desarrollaron históricamente su labor en entornos masculinizados a la usanza patriarcal y en los cuales encontraron primero resistencias y prevenciones pero luego una entrañable fraternidad. Mile Jackson miembro de LGSM relata así su experiencia:

“En la medida que acumulábamos más visitas a esos valles, como hombres y mujeres homosexuales de clase trabajadora, nos hicieron sentir bienvenidos. Bebimos con los mineros y sus familias, hablamos, bailamos, reímos. Nos invitaron a dar un discurso delante de 300 personas, y como sabían que estábamos nerviosos, al terminar nos ovacionaron. De noche nos quedamos en sus casas, salimos a pasear con sus hijos por el paisaje escarpado, fuimos a sus reuniones. Me sentí como en casa”. [3]

Como se sabe la huelga terminó en derrota para los mineros y para la clase trabajadora en general que desde ese momento no se cansa de encajar derrotas en todo el mundo luchando ya no contra Thatcher si no contra sus herederos y herederas políticas, sin embargo, pese al fracaso de los propósitos inmediatos de la movilización, una victoria estratégica se anotaron las y los de abajo en esa lucha: la comprensión de que en la batalla por cambiar las cosas nos necesitamos juntos y juntas, que las resistencias son mas fuertes y tienen mayores posibilidades de vencer en la medida que el ecosistema político, social, étnico, identitario y cultural que las impulsa es más diverso y amplio y estos puentes solo pueden tenderse cuando se entiende la fraternidad como el aire común sobre el que cabalgamos quienes queremos un mundo radicalmente emancipado.

El desfile del orgullo de 1985 en Londres estuvo encabezado por los mineros y sus familias, uno de los oradores del sindicato minero expresó en la tarima: “nosotros llevamos sus banderas porque ustedes llevaron con orgullo las nuestras”, a pesar de la derrota política puede decirse que en sentido estratégico triunfo la fraternidad, ese imprescindible cemento que nos ayuda a pegar nuestras resistencias y sueños comunes.

Cierto es que las izquierdas han y hemos tenido una relación compleja y en general limitada por incomprensiones teóricas y vicios heredados de la cultura patriarcal con las disidencias sexuales, las terribles persecuciones contra León Zuleta en Colombia, contra Passolini en Italia y contra miles de homosexuales y lesbianas en la revolución cubana (que posteriormente rectificó y se auto criticó respecto a este comportamiento), por solo mencionar algunos ejemplos, pero eso no clausura ni nos da el derecho de resignar la oportunidad de construir un lugar llamado izquierda auténticamente fraterno que sea capaz de conectar el orgullo y la fraternidad como hicieron gays, lesbianas y mineros en el Reino Unido, porque solo así tenemos posibilidad de vencer a los gigantes que enfrentamos.

[1] Durante la huelga Thatcher se refería en estos términos a los mineros: “Tuvimos que luchar con el enemigo en el exterior, en Las Malvinas. Pero siempre tenemos que estar alerta del enemigo interno, el cual es más difícil de combatir y más peligroso para la libertad”.

[2] Parte muy importante de la política del partido conservador desde el punto de vista social contra los gays y lesbianas era denunciar una supuesta conspiración para homosexualizar la sociedad, en algún discurso del congreso del partido Thatcher dijo: “A los niños se les está educando en que tienen un derecho inalienable a ser gays.” Cualquier parecido con nuestra realidad es pura coincidencia.

[3] Tomado de El Salto Diario, enero de 2018, escrito por Pablo L.

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