Ganó Biden y no Trump ¿Cambia algo para Colombia?

El debate sobre las implicaciones del triunfo de Biden sobre Trump ha suscitado múltiples reacciones, desde posiciones radicales que consideran que Biden —e incluso Sanders— representan frente a Trump la cara liberal del imperialismo estadounidense de siempre, al optimismo desaforado que caracteriza a Biden y Harris como «líderes progresistas». Discutamos ambas interpretaciones para comprender luego si el triunfo de Biden tiene consecuencias políticas alternativas para Colombia.

El legado de guerra y deportación de la era Obama

Como bien recoge el periodista Mark Lander, el nobel de Paz de 2009 se caracterizó por ostentar el récord de «ocho años de guerra continua» en Oriente Medio, a pesar de sus promesas de campaña de salir de ella y dar así un viraje al legado de política exterior de Bush. Pero aun cuando hubo cierto desescalamiento militar —que posibilitó inintencionadamente el incremento de la influencia rusa en Siria y el mantenimiento de Bashar al-Assad en el poder estatal—, Estados Unidos continuó sus intervenciones en Irak y Afganistán, además de haber ordenado operaciones en Siria, «Libia, Pakistán, Somalia y Yemen»; es decir, respecto a Bush, Obama llegó a extender sus intervenciones a tres Estados más.

El nobel de Paz gringo, igualmente, fue catalogado por algunos de sus contradictores como «deportador en jefe», pues la tendencia de aumento del número de deportaciones fue profundizada en su mandato: a 2016, de acuerdo con el Departamento de Seguridad Nacional, la administración Obama había deportado a 2.8 millones de personas, superando así las cifras de Bush, que había deportado a dos millones. Al tiempo, sus intentos de aprobación de una reforma migratoria fracasaron en el Congreso y sólo se lograron pequeñas «medidas ejecutivas a favor de los indocumentados».

Matices políticos

El primer fenómeno muestra que sea quien sea el/la que esté a cargo, existen intereses estadounidenses que vienen delimitados por su posición hegemónica en el sistema mundial. Incluso Sanders, por más bienintencionado y crítico que fuera, no podría escapar al interés de preservar el orden internacional y trasnacional capitalista que ha estructurado Estados Unidos y sus aliados europeos alrededor del globo. En ese orden de ideas, el Partido Demócrata y el Partido Republicano son dos brazos de políticas imperialistas, como han sostenido algunos análisis publicados en La Izquierda Diario.

Pero en esta pugna por la definición del orden social hay, desde luego, múltiples matices para Colombia: Obama apoyó activamente el proceso de paz con FARC y ello contribuyó a crear un clima internacional de legitimación, lo que favoreció la apuesta por el potencial transformador del Acuerdo Final de Paz de determinados movimientos y organizaciones sociales colombianos.

Asimismo, durante el gobierno Obama —y por contera, durante la vicepresidencia de Biden— se intentaron reestablecer las relaciones diplomáticas entre EE. UU. y Cuba y ello creó un clima favorable para la institucionalización de Cuba como país garante de las negociaciones de paz. Santos, en ese sentido, tuvo un manejo diplomático inteligente muy diferente a la torpe política exterior de Duque, que intentó forzar sobre Cuba la entrega de diez líderes elenos en contravía de los mismos protocolos acordados para ese proceso de negociación. Recordar, además, que Duque apostó por un «cerco diplomático» y un reconocimiento a Guaidó como presidente que nunca funcionaron, con graves implicaciones en términos de la posibilidad de construir una política migratoria coordinada entre Colombia y Venezuela.

El ascenso de Trump ayudó a legitimar la torpeza diplomática de Duque.

Así las cosas, el ascenso de Trump ayudó a legitimar la torpeza diplomática de Duque. Si bien Trump no cercenó la relación con Cuba, sí congeló y retrocedió los acercamientos previos. Más aún, cuando Duque exigió la extradición de los líderes elenos, su gobierno «contribuyó a darle el tiro de gracia a la relación de EE.UU. y Cuba», como recoge Semana, mediante la promoción de «una campaña para que el Gobierno de Trump metiera [a Cuba] en la lista de países que no cooperan en la lucha contra el terrorismo»; cosa que, en últimas, terminó por darse. Y como hace constar el mismo artículo de Semana, el principal perjudicado de estas medidas fue el pueblo cubano, que siguió padeciendo las consecuencias del bloqueo estadounidense.

Por su parte, el desinterés de Trump por los Acuerdos se tradujo en la merma del control estadounidense sobre su implementación y abrió márgenes de maniobra nacionales para la política de simulación de Duque comandada por su «Paz con legalidad».

La derrota del uribismo

Ya en campaña por su reelección, Trump adoptó en la Florida la misma retórica uribista de creación de enemigos internos —que, dicho sea de paso, es un legado estadounidense— y contrafácticamente expresó que Biden era socialista y un aliado del castrochavismo dado el respaldo de Sanders, a lo que el ahora presidente gringo replicó recordando su participación en la ejecución del Plan Colombia.

Particularmente problemáticas fueron las injerencias a favor de Trump de los políticos del Centro Democrático Juan David Vélez, María Fernanda Cabal y Carlos Felipe Mejía, quienes fungieron como propagandistas de la lucha contra el «castrochavismo» para influir en las elecciones de Florida, con presencia significativa de cubanos, colombianos y venezolanos sensibles a ese tipo de propaganda. La situación escaló al punto que dos congresistas demócratas pidieron en una carta el fin de esta injerencia «inédita» bajo la amenaza de que se estaba poniendo en peligro las relaciones bilaterales entre ambos países, que históricamente han sido independientes de si un demócrata o un republicano era el que estaba en la Casa Blanca.

A Francisco Santos, embajador de Colombia en EE. UU., le recriminaron la hipocresía de su felicitación a Joe Biden debido a una denuncia del congresista Iván Cepeda que mostraría que Pachito habría estado involucrado en campañas a favor de Trump.

El partido de gobierno Centro Democrático tendrá ahora que agachar la cabeza, como lo ha hecho siempre

¡Qué escenario tan complicado se ha dibujado para la política exterior de subordinación estratégica frente a los EE. UU.! El partido de gobierno Centro Democrático tendrá ahora que agachar la cabeza, como lo ha hecho siempre, ante el hecho de que es un demócrata el que ejercerá el poder ejecutivo del hegemón. Es incluso posible que los demócratas cobren esta injerencia haciendo presión por la situación de DD. HH. en el país y el precario estado de implementación del Acuerdo Final de Paz.

Uribe ha planteado como un «reto» de Biden lo que en realidad representa el interés de su clase terrateniente: respaldar la política de simulación de la implementación de Duque, ocultada bajo la bandera de la fracasada «lucha contra el narcotráfico», la cual, dicho sea de paso, pretende tapar sus múltiples vínculos con el narcoparamilitarismo. Uribe supone, también, que Biden continuará respaldando el circo del «cerco diplomático» que, lejos de sacar a Maduro, lo reforzó en el poder y permitió que Colombia cargara con la mayor parte de la crisis migratoria. Son las patadas de ahogado del exsenador.

¿Entonces… Biden es una esperanza para el país?

Sí y no. Las incoherencias de Obama ilustradas al principio de este escrito muestran los peligros del voluntarismo para entender los fenómenos políticos. Biden puede decir lo que quiera y, sin embargo, no se puede ignorar cuál es la estructura política en la cual se desenvuelve. Gustavo Petro, en ese sentido, aun reconociendo el imperialismo gringo en Oriente Medio, puede especular y hablar de la derrota de Trump como una «esperanza» para la lucha —capitalista— contra el cambio climático a partir del eventual establecimiento de un Green New Deal. Pero que tal pacto se concrete tendrá siempre la limitación sistémica de que Estados Unidos necesita seguir creciendo económicamente para resolver sus problemas internos sin asumir su responsabilidad real en la destrucción del planeta y recargando los costos sobre países del llamado Tercer Mundo. Con Biden, la estructuración productiva centro-periferia seguirá primando y estando como telón de fondo de las relaciones internacionales asimétricas entre EE. UU. y Colombia.

En el transcurso de los siguientes cuatro años veremos las contradicciones de la dupla Biden-Harris apoyada activamente por Sanders

Por su parte, del mismo modo que la política migratoria de Obama fue contradictoria, la nueva vicepresidenta gringa Kamala Harris en su tiempo como fiscal de California adoptó políticas de «mano dura» contra las poblaciones más pobres de EE. UU., así ahora se presente como una «progresista» «étnicamente diversa». De acuerdo con Andrea D’Atri, «Kamala Harris persiguió a las personas que mendigan en las calles, hacen graffitis o acampan en el espacio público porque no tienen techo. Ella misma se definía como «la mejor policía» de San Francisco y California. Por algo, en California, se la considera una verdadera líder del encarcelamiento masivo». Este tipo de medidas punitivas no hicieron más que reproducir el racismo sistémico vigente y los patrones estructurales de desigualdad del capitalismo. BBC Mundo también registra su alta cercanía con la policía y sugiere que su apertura a políticas progresistas obedeció más a una circunstancia de coyuntura electoral para atraer votantes.

En todo caso, en el transcurso de los siguientes cuatro años veremos las contradicciones de la dupla Biden-Harris apoyada activamente por Sanders, en el marco de una eventual complejización del ejercicio del imperialismo estadounidense, que hay que rechazar una y otra vez.

Eso no implica creer que Trump y Biden son exactamente lo mismo y, más bien, habría que comprenderse que la victoria del demócrata abre nuevas posibilidades de lucha para movimientos populares y sociales alternativos en Colombia en torno al Acuerdo Final de Paz. El reacomodamiento de fuerzas dentro del uribismo tendrá que enfrentar este nuevo escenario político adverso, no vaya a ser que la furia demócrata recaiga sobre Uribe y sus aliados.

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