La imaginación y la enseñanza del pensamiento crítico: bell hooks

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Necesitamos la imaginación para iluminar los espacios a los que no llegan los datos, los hechos y la información comprobada

Los docentes rara vez hablan sobre el papel que juega la imaginación para ayudar a crear y mantener un aula comprometida. Gran parte del trabajo de un curso consiste en compartir información y hechos, por lo que es fácil subestimar el rol de la imaginación. Y, sin embargo, lo que no podemos imaginar no puede llegar a ser. Necesitamos la imaginación para iluminar los espacios a los que no llegan los datos, los hechos y la información comprobada. Dennis Rader, en su libro Learning Redefined (Aprendizaje redefinido), argumenta que los educadores deben cambiar sus ideas sobre el aprendizaje y que es vital comprender que el hecho de cultivar la imaginación es algo que depende de la iniciativa. También pone el acento en los educadores que nos recuerdan que los hechos se activan gracias a la imaginación. Y cita a George David Miller, que compartía esta idea en su trabajo Negotiating Toward Truth (Negociar hacia la verdad):

Los educadores que dan valor a la imaginación apenas tienen problemas para apoyar la creatividad y el dinamismo. La imaginación nos permite superar la rutina y las posibilidades estáticas. Pero, más que empujarnos hacia esas posibilidades, lo que hace es sintetizar. Conecta cosas que previamente no tenían conexión alguna. La síntesis es un acto creativo, que representa la creación o el nacimiento de nuevos caminos, nuevas posibilidades, nuevas esperanzas y nuevos sueños.

a medida que crecemos, la imaginación empieza a verse como algo peligroso, una fuerza que podría impedir la adquisición de conocimientos.

Y, a pesar de todo, la imaginación recibe escasa atención. La escritora Toni Morrison, durante una visita a una escuela para niños con altas capacidades, se dio cuenta al hablar con ellos de que, aunque eran hábiles en extremo en lo relacionado con la tecnología -por ejemplo, lo sabían todo sobre ordenadores-, carecían de imaginación. En general, en nuestra cultura, las horas que las personas pasan viendo la televisión parecen detener los procesos creativos. En el mundo en el que vivimos, cuando somos pequeños se nos anima a imaginar, a pintar, a dibujar, a crear amigos imaginarios o nuevas identidades, a ir allí donde la mente nos lleve. Pero luego, a medida que crecemos, la imaginación empieza a verse como algo peligroso, una fuerza que podría impedir la adquisición de conocimientos. Cuanto más asciende una persona por la escalera del aprendizaje, más se le pide que se olvide de la imaginación -salvo que haya escogido una profesión creativa, como que se dedique a hacer películas o a estudiar arte- y que se centre en la información que es importante de verdad. J. B. Priestley afirma: 

Debido a que muchos niños son imaginativos en extremo, algunas personas suponen que, para madurar, debemos dejar atrás la imaginación, de igual modo que dejamos atrás la costumbre de untarnos la cara con chocolate. Pero un adulto con la imaginación marchita es alguien mentalmente mutilado y desequilibrado, y corre el peligro de convertirse en un zombi o un asesino. 

En la cultura del dominador, matar la imaginación es una manera de reprimir y contener a las personas dentro de los límites del statu quo. 

Los movimientos por la justicia social -el antirracismo, el feminismo, los derechos de los homosexuales- han insistido siempre en el reconocimiento de que lo personal es político.

Cuando escucho a los estudiantes hablar sobre las múltiples maneras en que se han sentido minimizados por profesores que han rechazado reconocer su presencia o dispensarles una mínima cortesía en el aula, no dejo de sorprenderme por el poder que tenemos como docentes para ayudar o herir a nuestros estudiantes, para fortalecer sus espíritus o quebrarlos. Los movimientos por la justicia social -el antirracismo, el feminismo, los derechos de los homosexuales- han insistido siempre en el reconocimiento de que lo personal es político. En la actual crítica de la cultura del dominador, los pensadores y activistas que se dedican a cambiar la sociedad para que todas las personas tengan igual acceso a los derechos humanos han destacado la «colonización» de la mente y la imaginación. Han hecho hincapié en las distintas maneras en que las personas que forman parte de grupos oprimidos o explotados han sido educadas en el autoodio y en que, como consecuencia de ello, no son capaces de empezar a crecer y de volverse ciudadanos responsables sin pasar antes por un proceso de concienciación. Este cambio suele requerir que las personas aprendan a pensar fuera de los marcos establecidos. Y, para pensar fuera de dichos marcos, tenemos que activar nuestra imaginación de maneras nuevas y diferentes. 

En la cultura supremacista blanca, las personas negras iniciaron el movimiento Black is Beautiful (‘lo negro es bonito’) para resistir el continuo ataque que suponían las representaciones negativas de la negritud.

La imaginación es una de las más poderosas formas de resistencia que las personas oprimidas y explotadas pueden usar y, de hecho, usan. En circunstancias traumáticas, la imaginación puede ser un salvavidas. Muchas veces, los niños consiguen sobrevivir a abusos imaginando un mundo en el que están seguros. En la cultura supremacista blanca, las personas negras iniciaron el movimiento Black is Beautiful (‘lo negro es bonito’) para resistir el continuo ataque que suponían las representaciones negativas de la negritud. Sin la capacidad de imaginar, las personas se quedan atascadas, son incapaces de alcanzar un lugar de poder y lleno de posibilidades. Aunque Rosamund Stone Zander y Benjamin Zander apenas usan la palabra «imaginación» en su libro El arte de lo posible.

Transformar la vida personal y profesional, las pedagogías del compromiso que describen en profundidad sólo pueden producirse cuando las desencadena una imaginación

creativa. En la introducción, titulada «Comienza el viaje», afirman: 

Creemos que muchas de las circunstancias que lastran nuestra vida cotidiana tienen su origen en ciertos marcos de pensamiento, hipótesis que arrastramos en nuestro vivir diario y que, si supiéramos fijar unos parámetros distintos, abrirían ante nosotros nuevos caminos. [ ... ] Las actuales estructuras operativas de nuestro mundo están sufriendo cambios revolucionarios que exigen nuevas definiciones acerca de nuestra identidad y de nuestro trabajo. 

En esencia, los autores están hablando de pensar fuera del marco establecido. Exponen que, cuando no se tienen preocupaciones urgentes sobre la supervivencia, «cada ser humano se eleva en el amplio espacio de lo posible de forma abierta, sin trabas que le impidan imaginar lo que puede ser. Cuando un docente deja que la imaginación se desate en el aula, el espacio para un aprendizaje transformador se expande. Podemos favorecer la aparición de la imaginación en el aula, por ejemplo, pensando maneras nuevas y diferentes de involucrar a un grupo de estudiantes en un momento dado en nuestras clases. Cuando doy clases de literatura afroamericana y propongo como tarea a los estudiantes que salgan a la calle y lean poemas de Langston Hughes a desconocidos y luego escriban sus impresiones y respuestas, me imagino que la experiencia que tendrán al recitar o leer un poema en voz alta y ver la reacción del oyente será muy diferente de la que tendrían leyéndolo tranquilamente en solitario y en la seguridad de una habitación o una biblioteca. 

Y, sin importar cuál sea el tema sobre el que esté dando clase, siempre uso la escritura y la lectura de fragmentos cortos y escritos de forma improvisada para estimular nuestra imaginación colectiva en el aula. Cuando tenemos la libertad de dejar que nuestra mente divague, es mucho más probable que la imaginación nos proporcione la energía creativa que nos conducirá a nuevas ideas y a formas más interesantes de aprender.  

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