La revolución trans también es sexoafectiva, pero ante todo, de clase

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Muchas caemos en el error de mirarnos bajo el lente que gira en torno a un falo. Ese que decide si cada una se apropia de su placer y deseo, o por el contrario, se les persuade para que sus cuerpos sean escenarios en disputa y en constante control político.

¿Cómo sobrevivir a un cis-tema patriarcal que moldea y mutila nuestros cuerpos en beneficio de una economía que se lucra del consumo masculino al que somos expuestas? Pues bien, así como los procesos de deconstrucción no tienen fecha de caducidad, los procesos de tránsito, tampoco. Cada uno es diferente; morimos con ellos. Sin embargo, transicionar sin poner en peligro nuestras vidas, se convierte en un privilegio de clase que nos toca a muy pocas. Muchas caemos en el error de mirarnos bajo el lente que gira en torno a un falo. Ese que decide si cada una se apropia de su placer y deseo, o por el contrario, se les persuade para que sus cuerpos sean escenarios en disputa y en constante control político.

Por ello, el género no solo es una construcción social que jerarquiza la relación entre individuos sino un performance que construye identidad bajo la represión. Tener en cuenta esto es importante, porque al entender el cuerpo como territorio, sabemos que allí se sostienen y reproducen relaciones asimétricas de poder. Es decir, al ser el primer lugar en el que los valores culturales se transforman y se comunican con el mundo exterior, también, puede llegar a ser una cárcel.

No hay acceso a un trabajo, a una educación, a un sistema de salud y menos, a uno pensional que dignifique nuestras vidas; el estándar de vida de las personas trans en América Latina no sobrepasa los 35 años.

¿Pero a qué costo se transiciona? A quienes hemos sido feminizadas y privilegiadas, nos han dicho que lo pagamos con soledad; pero las empobrecidas, en el peor de los casos, han tenido que terminar enfermas y muertas. Y no es para menos, según Caribe Informativo, los últimos dos años han asesinado a más de 22 mujeres trans en Colombia, como producto de esa exclusión estatal y social que aún se vive.

No hay acceso a un trabajo, a una educación, a un sistema de salud y menos, a uno pensional que dignifique nuestras vidas; el estándar de vida de las personas trans en América Latina no sobrepasa los 35 años. A eso, se suma la hostilidad que cada una vive en sus hogares, los primeros en obligarles indirectamente a caer en espacios de criminalización y violencia.

Ellos fantasean con nuestros cuerpos, mientras nos venden una idea de amor romántico en clandestinidad, basado en estereotipos sexistas que acaban con la autoestima.

Incluso, quienes estamos por fuera de esos espacios, reconocemos que igual la lucha tampoco es fácil. Aplazar los tránsitos para no interrumpir proyectos profesionales y personales, se ha vuelto una alternativa simbólica y violenta para garantizar una estabilidad a futuro. Pero en un país profundamente clasista, racista, y transfóbico, poco sirve ese ejercicio. No importa qué tan preparada estés; vale más el morbo por saber qué hay entre tus piernas que en tus habilidades. Lo he vivido. Desde que transicioné, he peleado por romper techos de cristal, y por evitar ser objeto de las cuotas de inclusión. Esas que se vanaglorian de tener a personas trans en sus espacios, mientras son precarizadas e invisibilizadas.

No contentos con ello, hasta nos privan del placer; ese que ellos experimentan cuando fantasean con noso-trans. Y con todo, después nos hace sentir culpables, porque creemos que no somos merecedoras de algo más. Ellos fantasean con nuestros cuerpos, mientras nos venden una idea de amor romántico en clandestinidad, basado en estereotipos sexistas que acaban con la autoestima.

Piensan que solo uno carente de hombría, podría asumir públicamente su afecto y deseo hacia una mujer trans. Y de hacerlo, su pareja tendría que cumplir con una feminidad hegemónica que restaure la heterosexualidad y la virilidad de su contraparte.

Accedemos a ese vínculo porque constantemente nos dicen que el amor no es para nosotras y eso al macho poco le importa, porque al final del día, su ego queda intacto ante la mirada sacra que la sociedad pone sobre él. Piensan que solo uno carente de hombría, podría asumir públicamente su afecto y deseo hacia una mujer trans. Y de hacerlo, su pareja tendría que cumplir con una feminidad hegemónica que restaure la heterosexualidad y la virilidad de su contraparte. Entre menos trans se vea, mejor. Nos hacen creer que el estar con nosotras conlleva un ‘favor’ y no una responsabilidad compartida.

De lo contrario, mutilan tus emociones. A partir de allí, surge una lucha de clase, ya no con el sistema, sino entre nosotras mismas. Donde alcanzar la validación femenina, depende de qué tan cercanas estemos a los estereotipos de belleza. A raíz de esto, la revolución trans se convierte en sexoafectiva y de clase. Primero, por el deseo de ser amadas sin excepción y en público, a costa de lo que sea, sin importar si nuestras vidas quedan pausadas en el tiempo, en quirófanos de garajes. Y la segunda, porque no es lo mismo la marica con plata, que la marica pobre. A una, sus estilos de vida y estándares femeninos la hacen exótica y a la otra, le es reprochada su vida ordinaria, que no es más que la de una proletaria precarizada con ideales inalcanzables.

El amor como respuesta a las hostilidades de un mundo que se niega a construir desde la colectividad y el saber ancestral de sus pueblos.

Amarnos en medio de la disidencia es poderoso porque crea utopías de emancipación, enfocadas en tumbar al patriarcado que sostiene un orden neoliberal-capitalista que se lucra al hipersexualizarnos. Amarnos sin miedo es la antítesis de toda una industria cultural que define qué cuerpos son dignos de ser amados y deseados. En su mayoría, cuerpos que universalizan una sola experiencia de vida posible: blanca, heterosexual y cisgénero proveniente de la clase media-alta.

Porque finalmente, sí es posible pensarnos una organización social libre de violencias y discriminación, donde despatriarcalicemos las relaciones de poder desde el afecto.

Amarnos como una apuesta política y de contra-poder a la división sexual del trabajo, y a la disputa por los medios de producción. El amor como respuesta a las hostilidades de un mundo que se niega a construir desde la colectividad y el saber ancestral de sus pueblos. Es un llamado de atención a nuestro accionar en un país que ha padecido el conflicto armado y en el que hemos sido botines de guerra. Porque finalmente, sí es posible pensarnos una organización social libre de violencias y discriminación, donde despatriarcalicemos las relaciones de poder desde el afecto. Para no volver a cargar con una herencia colonial siempre dispuesta a marginar y racializar los cuerpos, transformándolos en beneficio del privilegio, la exclusión, la explotación sexual y ambiental.

Adenda: los hombres trans también importan. De hecho, son los más invisibilizados al interior de la población trans. Sin embargo, somos nosotras, las mujeres trans, quienes más padecemos todos los tipos de violencia. Y desde esa experiencia de vida, me enuncio.

Luciana Avendaño. Comunicadora Social y Periodista con enfoque en asuntos políticos y parlamentarios. Defensora de DDHH y activista LGBTIQ+. Apasionada por la historia. Twitter: @lucianaav18 Instagram: @luciana.av7

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