Latinoamérica frente a los tiempos aciagos del capitalismo occidental

A Gus y Marcela, para aportarles un pequeño filamento en el tejido de su trama al sur…

Numerosas son las noticias que corren por estos días acerca del sostenido declive en el que ha entrado el contagio por el coronavirus y la promisoria llegada de la vacuna como fórmula definitiva para su erradicación. Aunado a ello, se habla del inicio de una sólida recuperación de la economía, que, de hecho, ya habría comenzado a mostrar signos evidentes de mejoría a medida que se levantan las restricciones. Son llamativas estas y otras tantas noticias en la misma línea, pues al final no se entiende muy bien cuál es su solidez. En todo caso expresan la gran capacidad de los medios de comunicación de recubrir la realidad de una capa de edulcorante y convencernos que al mundo le esperan tiempos de paz, armonía y prosperidad.

Latinoamérica hoy en día oscila entre claroscuros. Por un lado, se observan unos pocos países como Argentina y Uruguay intentando seguir una senda de desarrollo, de justicia social y respeto por valores democráticos; en seguida, otros donde se instauraron de nuevo regímenes autoritarios y espurios, casos Bolivia, Ecuador y Brasil. A los anteriores se suman aquellos donde han pervivido democracias formales con un fuerte trasfondo autoritario, de violencia, conflicto armado, corrupción y expansión del crimen organizado, como Colombia y, al parecer por la misma senda, Paraguay; o países donde se impulsaron procesos democráticos y reformistas, hoy convertidos en Estados fallidos, como Venezuela y Nicaragua. México, nuestro gigante del norte, se debate entre el anuncio de reformas de corte populista, la perspectiva de un nuevo plegamiento a los Estados Unidos y el riesgo de retoma de una senda autoritaria, marcada por la imposibilidad de erradicar la corrupción, sumado a la violencia de los carteles. En resumen, Latinoamérica hoy es una región fragmentada y sin brújula política o, si la queremos apreciar con palabras optimistas, un inmenso territorio viviendo un fuerte proceso de ebullición y reconfiguración política, donde todo aún está por suceder.

Con alto temor de equivocarme, pues no hay nada más difícil que especular sobre el porvenir, me atrevo a considerar los siguientes escenarios. Arranco por decir que quizás el riesgo más elevado que se plantea hoy para el planeta, al mismo tiempo que la más grande oportunidad para los movimientos renovadores, es el fin del capitalismo norteamericano, o lo que podría considerarse como el fin del modelo neoliberal que surgiera hace ya cuatro décadas y, aparejado a éste, la última fase del orden global capitalista liderado por Estados Unidos.

El Águila desplumada

Estados Unidos atraviesa en la actualidad varios problemas entrelazados que están creando fisuras importantes en sus estructuras, así como en las amarras y tentáculos a través de los cuales ha controlado históricamente el poder sobre el globo terráqueo. Por una parte, la pandemia agravó la crisis económica que ya venía viviendo el país desde el segundo semestre de 2019, y que en realidad revela que la economía norteamericana mantenía un crecimiento mediocre, expresado en su incapacidad de recuperar los niveles de desarrollo anteriores a la gran recesión del 2008. Es así como la recesión actual lo único que hizo fue ahondar las debilidades económicas que traía el país de años anteriores. Llama la atención como esta crisis del aparato productivo norteamericano, caracterizada por la caída del empleo, por la persistencia de empleos precarios y mal pagos, por la caída en los ingresos, y el cierre continuado de empresas, contraste ampliamente con el crecimiento y dinamismo del mercado bursátil controlado por Wall Street, como si se tratara de un mundo aparte que funciona con otras reglas, desconectado de la economía formal.

A la par del riesgo de colapso económico, ha aparecido con el correr de los años, un riesgo para la sostenibilidad política y las bases demoliberales en que se sustenta el sistema norteamericano, encarnado en el presidente populista de extrema derecha, Donald Trump. Pareciera por momentos que Trump ha entrado a acentuar la fractura y la polarización que ya existía entre amplios sectores de la población, especialmente con su apoyo denodado a los movimientos del supremacismo blanco, su guerra declarada contra los migrantes y su desprecio por las vidas de los afroamericanos, frecuentemente objeto de discriminación, persecución policial y asesinato.

A no dudarlo, las elecciones del próximo tres de noviembre y sus resultados pueden constituir una prueba de fuego y, por qué no, un punto de inflexión que pondrá a prueba el futuro del gigante norteamericano. Quien gane las elecciones tendrá en sus manos la hercúlea tarea sacar al capitalismo gringo del abismo por el que amenaza desbarrancarse, arrastrando en ese hundimiento a buena parte de la humanidad.

Un tercer formidable riesgo para los yanquis lo constituye la disputa contra el imperialismo chino, hoy en franco ascenso. Trump ha llevado al fondo el contencioso iniciado por Obama, echando mano de la guerra comercial, consistente en el incremento de aranceles, sanciones y bloqueos económicos, que a ratos amenazan con pasar al plano militar, y que han dejado en el limbo el proyecto de la globalización neoliberal. Es así como, a los quebrantos de una economía mundial que venía en relativo declive, se han venido a sumar la guerra comercial, agregándose ahora, como resultado de la pandemia, la suspensión temporal en el flujo de las cadenas globales de suministros.

Sombrías perspectivas

Un resultado posible del agravamiento de la crisis económica y del derrumbe del modelo de financiarización neoliberal sería el estallido de una nueva burbuja financiera, según se dice, de proporciones infinitamente mayores a la del 2008.  Estallido que a diferencia de lo que ocurre en la actualidad, conectaría directamente al mercado bursátil con el aparato productivo real por medio del cobro de las inmensas pérdidas fruto de la especulación financiera. Lo que automáticamente se traduciría en la quiebra de numerosas empresas, la pérdida de millones de empleos, la caída de los ingresos, el repunte de una inflación desbordada, entre otros muchos males.

El tsunami de la deuda se irradiará sobre todas las naciones y, seguramente serán los más atrasados y los más endeudados quienes llevarán la peor parte. Entre tanto, surgirá un periodo de anarquía económica donde no habrá una moneda universal de reserva ni de intercambio, que guíe y facilite las transacciones económicas y comerciales entre las naciones, sino distintos poderes económicos con mayor o menor respaldo en determinados aparatos productivos o valores representativos, los cuales dirigirán temporalmente ciertos segmentos de la economía. Así que, después del periodo de la globalización, que se anunciaba como el fin de la historia, conoceremos, ojalá no por mucho tiempo, la era del autarquismo[1].

¡Y ahora, ¿Quién reemplazará al Imperio?!

Quiénes se recuperarán más rápido de la debacle. Esa capacidad de recuperación y resiliencia hoy la encarna, muy a pesar de occidente, el Imperio del Medio. China cuenta con un amplio dispositivo de desarrollo tecnológico e industrial que le brinda amplio soporte a su economía, pero, sobre todo, y a pesar de las contradicciones internas y del autoritarismo que caracteriza a su régimen político, cuenta con la cohesión, la organización sociocultural y el liderazgo para hacer frente y salir de los desastres y la ruina que dejarán el colapso del sistema capitalista norteamericano.

La diferencia sustancial entre el capitalismo chino y el capitalismo norteamericano, es que en el primero el capitalismo se desarrolla con una amplia injerencia, regulación y control del Estado, lo que indudablemente le ha permitido a ese país no solo alcanzar el impresionante desarrollo industrial tecnológico de las últimas cuatro décadas, sino, principalmente, avanzar en la superación de la pobreza, y lograr ciertos niveles de bienestar y equidad para cientos de millones de personas.

Por su parte en el capitalismo norteamericano, son los dueños del capital a través de las grandes monopolios financieros y tecnológicos, quienes controlan al Estado e imponen sus condiciones, para garantizar y facilitar su proceso de expansión y reproducción. Es este modelo de capitalismo el que hoy está haciendo crisis en Estados Unidos y en el mundo, por las enormes brechas de inequidad y pobreza que ha generado, por el impacto depredador de sus actividades, que acelera y al mismo tiempo niega o pospone acciones para enfrentar el cambio climático, enmarcado todo lo anterior en la acumulación desmesurada de riquezas a través de una espiral especulativa financiera con elevado riesgo de colapso.

Si en Estados Unidos se siguen ahondando las fracturas políticas, con peligro de agravarse aún más en las próximas elecciones presidenciales, y si, al mismo tiempo no se realizan profundas reformas que permitan meter en cintura al capital financiero y sanear la economía, estableciendo simultáneamente políticas claras para enfrentar el cambio climático, su lugar de liderazgo mundial puede ser tomado en pocos años por China, que, no obstante, las contradicciones que arrastra[2], pareciera estar mejor preparado para afrontar la crisis y salir avante de esta.

Latinoamérica en su laberinto

Como decía al inicio, existe poca conciencia entre nuestras dirigencias y pueblos sobre el escenario mundial que se avecina. Gran parte de las naciones latinoamericanas tienen un vínculo histórico de dependencia con los Estados Unidos. La influencia de Norteamérica en el continente es abrumadora, desde grandes reformas institucionales, políticas y modelos de desarrollo, hasta el influjo en costumbres, modas y prácticas culturales. Nuestras oligarquías siempre están esperando el dictado, la orientación o la bendición de Washington para moldear la política económica, la justicia o los derroteros a seguir en materia de seguridad. Estados Unidos a través de numerosas instituciones, unas más visibles que otras, han prácticamente moldeado nuestra política económica, nuestras instituciones políticas y nuestra cultura en los últimos sesenta años. Por otra parte, grandes proyectos industriales, extractivos y agrícolas junto con las enormes ganancias que de estos se obtienen, son en su mayoría norteamericanos o se producen en alianza con capitales de ese país, por lo que invariablemente van a parar a sus casas matrices, bien sea de manera formal, o, como dividendos no reportados, a paraísos fiscales, lejos del escrutinio público.

Latinoamérica siempre ha sido un actor subalterno en el juego de los poderes imperiales. Es reconocida su importancia como depositario y productor de materias primas para alimentar las riquezas de los países del norte. Frente a la crisis del decadente poder norteamericano, el golpe se avizora en varias dimensiones. En lo económico, llevará seguramente a un mayor descalabro a las economías más dependientes del dólar y de la economía norteamericana. Además de ahondar la crisis económica estructural para grandes mayorías históricamente postergadas, seguramente sembrará el desconcierto en las élites, que no sabrán qué camino tomar ante el colapso definitivo del modelo de desarrollo neoliberal y ante el declive cada vez mayor del poder e influencia política de nuestro vecino del norte. Será interesante observar como este escenario de debacle en lo económico se reflejará cada vez como más fuerza en el desarraigo político de las élites y en la inutilidad de sus instituciones. Nuestras oligarquías se sentirán expósitas y desprotegidas sin el cálido cobijo que les brindaba el Águila imperial.

Asistimos a un cambio de época, a un punto de inflexión en la historia, que representa un quiebre sin precedentes en la columna dorsal del capitalismo, que pone en cuestión la forma como se ha comprendido, se ha vivido y se ha reproducido este orden socioeconómico, cultural y político en los últimos tres siglos.

Es también necesario entender que en medio de la lucha que se avecina por el control planetario, a Latinoamérica no le corresponde esperar desalinearse de las viejas amarras para entregarse a los nuevos dictámenes políticos de oriente, que pueden llegar a ser tanto o más desastrosos, autoritarios y expoliadores que las imposiciones e intromisiones centenarias del vecino del norte. No deberían confiar los pueblos latinoamericanos que venga un “poder amigo” desde otras latitudes a contribuir gratuitamente a su liberación. Tampoco deben considerar que el modelo económico, político y social que en algún momento se nos venderá será mejor o más avanzado que el que hoy se está derrumbando. Mientras haya un poder con pretensiones imperiales en el mundo, ese poder en el fondo solo puede ser despótico y en algún momento buscará instrumentalizar a nuestros pueblos para garantizar una nueva era de saqueo y despojo de sus riquezas.

Siempre ha sido y siempre será responsabilidad únicamente nuestra la construcción de nuestro futuro. La sociedad que soñaron Bolívar, San Martín y Martí, hoy solo se puede construir con un proyecto que armonice y equilibre los acumulados culturales y científicos con el entorno vital, con el respeto y revaloración de los pueblos originarios, con una cada vez mayor justicia social, sumada a la profundización y ampliación de la democracia. Por lo tanto, es necesario pasar definitivamente la página que nos dibuja como países destinados a la exportación de materias primas para atrever a adentrarnos y presentarnos bajo un signo de unidad que desafíe el papel subalterno en que nos han encasillado históricamente.

Bogotá, 23 de septiembre de 2020

[1] “La autarquía es una situación de independencia y autosuficiencia total en términos políticos y socioeconómicos. Así, el país o región no participa del comercio internacional. (…) Es decir, un territorio autárquico produce internamente todo lo que sus ciudadanos consumen. De ese modo, no necesita adquirir ninguna mercancía del extranjero. (…) La formación de autarquías siempre ha respondido al objetivo del autoabastecimiento. Esto implica que las diferentes demandas de los habitantes tengan que satisfacerse con la propia actividad económica del lugar. (…) A nivel práctico, es fácil identificar un estado autárquico como una economía cerrada. Esta se caracteriza por no realizar actividades de comercio con otros países, es decir, las importaciones y exportaciones están restringidas. (…) Otro aspecto relevante de la autarquía es que el Gobierno dirige la vida económica del país, controlando los precios y los sistemas de producción. Además, las autoridades buscan influir en los patrones de consumo”. En: https://economipedia.com/definiciones/autarquia.html

[2] Como son los conflictos y contradicciones relacionados con Hong Kong, Taiwán, los Uigures, el Tíbet, la frontera con India, sumados a los periódicos procesos de huelga y protestas de trabajadores por mejores derechos. Todo ello, como se ha dicho, en un contexto institucional caracterizado por la rigidez, la exclusión y las restricciones al debate y a la participación democrática de su sistema político, con un Estado que en perspectiva puede consolidarse como una dictadura bajo los esquemas de la tecnovigilancia.

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