Leer por gusto, no por competencia

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En algunos grupos, páginas y cuentas de redes sociales, muchas personas dicen con orgullo la cantidad de libros que han leído en un mes, un semestre o en un año. Fotografían la cantidad y la postean esperando comentarios. Las respuestas no se hacen esperar, están quienes señalan que llevan más o menos libros leídos, mientras que otras cuelgan frases que aluden a la estupidez de quienes no leen en esa cantidad. 

Importa el número. Lo cuantitativo tiene valor, no lo cualitativo, no la vivencia en sí misma. El saber, en esa misma concepción, también es un consumo, es un asunto de cantidad.

Este tipo de publicaciones siempre me han generado incomodidad. La condición de época, marcada por el neoliberalismo, reivindica lo cuantificable: los ingresos, el número de viajes, el número de experiencias, el número de propiedades, o bien, la cantidad de «amigos», seguidores, likes, impresiones, vistas, etc. Importa el número. Lo cuantitativo tiene valor, no lo cualitativo, no la vivencia en sí misma. El saber, en esa misma concepción, también es un consumo, es un asunto de cantidad. Por eso, posiblemente, no sea extraño ver cursos, métodos y discursos que invitan a ese tipo de lectura, no necesariamente la que devora libros por la pasión desatada sino la que acumula para poder decir cuántos textos se han consumido. 

Leer un libro puede ser un mérito, incluso genera satisfacción llegar a la última página. Por eso no es extraña esa sensación de orgullo porque se alcanzó una meta. Pero la lógica de lo cuantificable no apunta a esa satisfacción sino a la exhibición de lo consumido, de nuevo, a la cantidad de lo leído. Es el «valgo más por todo lo que compré, por todo lo que leí»,en últimas «por todo lo que consumí». Es la lectura para el estatus y para el mercado. 

La cuestión con lo cuantificable no radica en la discusión sobre los ritmos, que siempre son variables, sino en la imagen y la idea de la cantidad.

Hay distintos ritmos de lectura que varían no solo por las o los lectores sino por los textos. Unos se leen de manera ágil y otros no. Unos se devoran en unas cuantas horas y otros exigen calma. La cuestión con lo cuantificable no radica en la discusión sobre los ritmos, que siempre son variables, sino en la imagen y la idea de la cantidad. Porque, en esa concepción instalada, es por la cantidad que vale el lector, no por la iniciativa lectora en una sociedad del espectáculo. Un sistema en el que prevalecen las imágenes rápidas y superficiales, para el que la lectura, y en especial la lectura que exige un momento de reflexión, es secundaria e incluso inutil.

Leer es maravilloso. Es un momento con uno mismo, pero también con la imaginación o las indagaciones del otro, de quién escribe. Además, cuando el texto es físico, la experiencia sé extiende hacia lo plástico, al diseño, la tipografía, el olor de las páginas, a todo aquello que lleva a pensar en lo que Holloway llamaba «el flujo social del hacer»

Por eso creo que si el buen lector es quien lee en cantidad, me debo asumir entonces como un lector flojo. Uno que lee de manera desordenada y tranquila, sin registro alguno, sin cálculo, porque lo hace por el mero gusto de leer. 

No comparto la idea neoliberal de la vida como una carrera que debe ser registrada. Una competencia eterna por quién hace primero determinada acción y quién la hace luego en mayor número. Una carrera en la que, además, debe sumarse esa acción maravillosa que supone la lectura. Un ejercicio que debería estar al margen de ese ritmo rápido, cuantificable y fotografiable. Porque no debería valer por la cantidad de páginas o de libros sino por el hecho mismo de entregarse a la lectura. Por eso creo que si el buen lector es quien lee en cantidad, me debo asumir entonces como un lector flojo. Uno que lee de manera desordenada y tranquila, sin registro alguno, sin cálculo, porque lo hace por el mero gusto de leer. 

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