Mandar, imponer, subordinar: el amor por la jerarquía social

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Por ejemplo, en el ámbito laboral, es evidente en mecanismos autoritarios pero también sutiles como en la costumbre de quienes tienen más alto rango o jerarquía al demandar algo a sus subordinados por medio de mensajes sueltos, sin contexto, y en ocasiones sin coherencia.

Nuestras sociedades aman la jerarquía social. La forma de sostener el autoritarismo es el deseo por ocupar los lugares más altos de la jerarquía, es el deseo de subordinar a otros y hacer que, de un modo u otro modo, sientan esa subordinación. Y con tal de mandar de forma autoritaria, se está dispuesto a asumir un papel servil y a obedecer pese a todo. Eso el anarquismo lo viene diciendo hace mucho.

Esos modos de jerarquía social se expresan abierta o subrepticiamente en distintas situaciones. Por ejemplo, en el ámbito laboral, es evidente en mecanismos autoritarios pero también sutiles como en la costumbre de quienes tienen más alto rango o jerarquía al demandar algo a sus subordinados por medio de mensajes sueltos, sin contexto, y en ocasiones sin coherencia. Es un mensaje implícito que acompaña el mensaje explícito: «estoy tan ocupad@ que no tengo tiempo de escribir» —así no sea del todo cierto—, pero no solo eso, también significa: «mi importancia radica en hacer que se tengan que descifrar mis mensajes encriptados». 

O simplemente el silencio, la negativa a suministrar la información solicitada. Esto se debe a que con la información se demuestra el poder, y cuando la información se da a cuenta gotas, se muestra quien manda al poseer la totalidad de la información. 

Tiende a primar la interacción desde la competencia ante la mirada del poder, o la relación vertical de condescendencia, de servidumbre o de superioridad

La lógica de limitarse a explicar o coordinar, cuando se ocupan lugares de dirección, se deja de lado. El deseo y el deber se orientan al hecho de sentir que se tiene el poder para mandar, imponer e inferiorizar. Aunque, dada la dinámica del sistema, cuando una persona que ocupa ese lugar no cumple con esa expectativa social de dominio, es saboteada para que llegue otra que si ocupe ese papel. Es el deseo de mandar pero también de obedecer al autoritarismo.

La relación en pie de igualdad se evade. Tiende a primar la interacción desde la competencia ante la mirada del poder, o la relación vertical de condescendencia, de servidumbre o de superioridad, según sea el caso. Y no solo en el ámbito laboral sino en múltiples escenarios. 

Es evidente cuando el grupo de oficinistas trata de forma irrespetuosa a quien les atiende en un restaurante para demostrar «superioridad». Y luego ese mismo grupo es quisquilloso con la comida no tanto por la comida como tal, sino como medio para reiterar su lugar de supuesta superioridad y exteriorizar en ese otro las formas de subordinación que viven en su cotidianidad. 

El intercambio en equidad se descarta, y en cambio se privilegia esa posibilidad de ordenar e incluso denigrar. El respeto se termina dando, entonces, a quién se comporta con mayor autoritarismo y a quien se le reconoce mayor jerarquía, sea en términos de estatus o rango, que a quien procura un trato fundado en la igualdad. 

Por supuesto, la jerarquía también sale a flote al buscar exprimir la posibilidad de subordinar en función de la racialidad, el género o la clase. Cuando el funcionario del Estado, el organismo multilateral o la gran empresa llega a zonas periféricas y trata con condescendencia o autoritarismo y desprecio a quienes allí habitan, está mostrando quién vale más en este sistema y, por ende, quién puede inferiorizar o degradar al otro.

Por eso se enseña a desear un escalón alto en esa jerarquía. Porque ese deseo moviliza la reproducción del engranaje de poder

La búsqueda de esa jerarquía por medio de la actitud, el lenguaje, o las prácticas abiertas o casi imperceptibles, es casi la regla en distintos contextos. El bullying, en el ámbito escolar, también se podría entender como una forma de enseñar quien ocupa ese lugar de alta jerarquía en el estatus entre estudiantes, en razón de la fuerza o del apego a los criterios de «normalidad» allí establecidos. 

Y es que la jerarquía social es fundamental para el sistema. La jerarquía por clase, raza, género, especie, y en general por relaciones desiguales de poder, sostiene las relaciones de dominación necesarias para su funcionamiento. Por eso se enseña a desear un escalón alto en esa jerarquía. Porque ese deseo moviliza la reproducción del engranaje de poder. 

No solo importa que existan jerarquías sociales, es necesario hacerlas evidentes y que haya un ambiente permanente de competencia por hacer parte de esa jerarquía. Hacer sentir inferior a la otra persona es uno de los mayores logros en nuestras sociedades. La autonomía y el respeto no valen tanto como el sentimiento de superioridad y la capacidad de subalternizar. 

Que la persona esclavizada no desee su liberación y autonomía y la de quienes también están esclavizados, sino que desee ser capataz, o esclavista. El sistema enseña a querer ostentar el látigo, no a destruirlo. 

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