Miércoles de ceniza

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En los miércoles de ceniza siempre me acuerdo del colegio. De la peregrinación del colegio a la iglesia, pasamos a la misa a domicilio que constaba de cruces portátiles, manteles y cura. La misa empezaba con las palabras de la rectora, casi siempre, amenazando con el castigo divino y la nota en el Observador.

Era muy aburrido, aunque algunas veces alguien se desmayaba, dándonos el chance de comentar y mover un poquito las piernas, siempre bajo la mirada vigilante de las y los profes que cuidaban la disciplina.

La ceremonia duraba casi dos horas en una formación en el patio central, en la que nos teníamos que aguantar las ganas de ir al baño. Era muy aburrido, aunque algunas veces alguien se desmayaba, dándonos el chance de comentar y mover un poquito las piernas, siempre bajo la mirada vigilante de las y los profes que cuidaban la disciplina. Eso sí, el momento de la paz era usado para el coqueteo, al mejor estilo de una novela del siglo XIX, la agarradita de mano y decir “la paz” era lo más intenso de la jornada, después de la semana santa ya se veían las parejitas armadas, los guiños en el chismógrafo, o las caras tristes por no ser correspondidos.

Quienes se encargaban de poner la cruz eran las y los directores de curso, para hacer más eficiente el proceso. Sinceramente siempre sentí que se desquitaban de los estudiantes cansones, era a ellos a quienes más fea le quedaba la ceniza, con forma de cuadrado o de una cruz invertida.

Cuatro de ellas porque se lavaron la cara después de un partido y se les borró; de la otra, se rumoraba que era medio satánica; el profesor de diseño, del que se sabía era cristiano desde antes de la moda; y yo.

Cuando estaba terminando el colegio se empezó a poner de moda el cristianismo. Quienes habían estado en la Legión de María, ya no la adoraban y preferían no hablar de eso que parecía un oscuro pasado.

Que el colegio se llenara de gente cristiana resultó ser bueno para mí. A pesar de transcribir versículos del nuevo testamento en tercero de primaria, de copiarme de las tareas de religión durante todo el bachillerato, y de tener una pata en el infierno, como me decían algunos compañeros, la idea de dios no terminaba de convencerme.

Pasé de una misa de pie a un culto sentada. El culto tampoco me atrapó, pero por lo menos era más cómodo que la formación.

Un martes pre-ceniza algo le comenté a mi mamá sobre dios, ella, sabia y atea, me dijo: “pues no te pongas la cruz”. Siempre fui la primera de la fila, a quien mejor le quedaba la cruz, pero ese miércoles, cuando mi director de curso me iba a marcar, le dije que no. Él pensó que yo estaba atravesando por una crisis de fe, después de una charla corta en la formación, no me dejé poner la ceniza. En ese momento éramos como siete personas sin la cruz: cuatro de ellas porque se lavaron la cara después de un partido y se les borró; de la otra, se rumoraba que era medio satánica; el profesor de diseño, del que se sabía era cristiano desde antes de la moda; y yo.

Con la incursión del cristianismo en el colegio, el profesor de diseño tomó cartas en el asunto, ese año saloneó invitando quienes no querían la cruz a que se fueran a su salón. Éramos como 30, 29 personas cristianas y yo. Pasé de una misa de pie a un culto sentada. El culto tampoco me atrapó, pero por lo menos era más cómodo que la formación.

Olvidé decir que no estudié en un colegio de monjas, ni religioso, sino público, que en principio debió garantizarme educación laica. Sin embargo, los descansos eran vigilados por una estatua de la virgen María y en las formaciones nunca faltaba el padre nuestro, oración que, a propósito, nunca me aprendí completa.

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