No me gusta trabajar

2
3848

Dice Engels que el trabajo es “la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre”, así que estoy segura que soy una creación defectuosa.

En 1966 Raphael se hizo famoso con “La Canción del Trabajo”, es un cover al que le metió mano y lo convirtió en un himno a la resignación, a esperar que con el sacrificio algún día llegue algo mejor. Por supuesto, que escucho esa canción hace años y me encanta ver el video con ese Raphael coqueto, pero hasta hace poco me fijé en ese mensaje tan triste que se escondía detrás de ese movimiento de pelvis. En el 2007 descubrí a Skampida y cada vez que los veía en concierto cantaba cual fan enamorada:

Van a trabajar para ganar,
el dinero con qué comprar
la comida para poder tener
la energía para ir a trabajar.

Pese a que descubrí esa canción hace tanto, vine a notar que no me gusta trabajar 11 años después, en 2018 cuando estaba viendo la última película de Winnie The Pooh “Christopher Robin: un reencuentro inolvidable”. Se trata de un man explotado laboralmente, que buscaba ser aún más explotado, hasta que su hija, el pánico a los efelantes, y quienes viven en el Bosque de los 100 Acres le hacen caer en cuenta de su error. Esa película, me llevó a indagar y a encontrarme con El Derecho a la Pereza de Paul Lafargue. En ese momento mi vida cambió y me estrellé con Raphael y con Engels. Me sentía como una traidora de esa clase trabajadora, que a la larga no cuestiona tanto la enajenación del trabajo.

Un día cuando iba del trabajo a la casa, un trabajo chévere y que disfrutaba, pensé ¿Cómo le voy a contar a las personas que quiero esto que siento? ¿Cómo salir del clóset de las arengas sobre el derecho al trabajo, así, a secas? ¿Cómo les digo que el sacrificio laboral ya no es lo mío? Primero lo hice con mi familia, que por supuesto me apoyó y entendió. Lo mantuve en secreto hasta hace unas semanas cuando se lo conté a las integrantes del club de lectura al que una amiga, que conocí por el trabajo, me invitó. Cuando lo hice aprendí que no debo soltar semejante bomba sin contexto, por eso esta confesión tiene tanto contexto.

No soy una vaga, sino, incluso, con toda seguridad, me atrevo a decir que pueden usar mi vida laboral para un comercial de gente emprendedora y echada pa’ lante que no se rinde ante la adversidad, así de horrible es.

Empecé a trabajar los fines de semana cuando tenía 16 años, y diariamente desde los 18 años con un emprendimiento familiar que pagó el pregrado de mi hermana, el mío y parcialmente el bachillerato de mi hermano. Trabajo duro y pesado. Cuando terminé la universidad seguí con la precariedad pero en formato prestación de servicios y conocí el trabajo duro, desagradecido y las pesadillas protagonizadas por compañeros y compañeras.

Dejé de almorzar por estar trabajando, he tenido tres trabajos al tiempo, trabajé en jornadas que iban desde las 6 AM hasta las 3 AM del día siguiente, para entrar a las 8 AM, así de regalada era, pero a eso le decía compromiso. Llegué a ser adicta al trabajo. A propósito de eso, ahora le dicen workalcoholic a la adicción al trabajo, cuando escuché eso por primera vez pensé que era tomarse unos traguitos en el trabajo, lo que no me parecía algo malo, incluso, a veces es necesario y rico.

Trabajar no es placentero. Es correr con fechas absurdas, dedicarle un día completo a escribir un informe para que paguen cuando quieran, es tratar personas con actitudes poco gratas. Aunque no todo es malo, gracias al trabajo tengo amistades bonitas, he aprendido y la he pasado muy bien.

Trabajar es necesario, no en vano contribuyó a la transformación del mono en hombre e inspiró a Engels, pero esta lógica de trabajo impulsada por el capitalismo y condimentada con una buena dosis de sacrificio gracias a la religión, ha llevado a que sea el centro de la vida de la humanidad y a que sea asumido como algo normal y hasta bueno, Lafargue era más brusquito al decirlo:

“Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos” (Lafargue, 1883).

Hace poco repasando entrevistas de trabajo después de ver que en Facebook hablaban de una prueba psicotécnica (esa de los ocho cuadros en los que toca completar una imagen a partir de unas formas chiquitas), me acordaba de esa pregunta típica: ¿Cuál es tu mayor defecto? cuando me la hacían siempre pensaba “no tengo defectos”, pero eso es impresentable, entonces decía cualquier cosa que la persona entrevistadora quisiera escuchar. Ahora, si me hacen esa pregunta, mi respuesta sería: “creo en los tres ochos, ocho horas para trabajar, ocho horas para el ocio y ocho horas para dormir, aunque no estoy convencida del primer ocho, porque debería ser un seis”. Lo que me devuelve a lo que dije arriba, el trabajo es el centro de la vida. En lugar de salir a caminar, dedicarle más tiempo a estudiar, a ver series, a contemplar la vida, a jugar con las mascotas, las horas más productivas del día se van en el trabajo, eso cuando se respetan los tres ochos.

Hace unos años tuve un trabajo envidiable, un contrato a término indefinido con todas las prestaciones de ley, es decir, en teoría, no estaba precarizada. Tenía que entrar a las 8 AM y la oficina quedaba en la 95, a una hora y media de viaje de ida. Una hora de almuerzo, luego dos horas de viaje a la casa, de pie en un bus lleno. No llegaba a disfrutar mis ocho horas de ocio, sino que completaba 12 horas y media dedicadas al trabajo. Una vez me invitaron a una clase de ciencias sociales para hablar de alguna cosa, supongo que de comunicación alternativa, pedí permiso una semana antes y el día de la charla me llamó la jefa y me preguntó cómo la charla contribuía al trabajo que yo estaba haciendo, a pesar de dedicarle ya 12 horas y media diarias de mi vida a esa oficina.

Ahora, decir que no me gusta trabajar no significa que sea una mediocre, pues sigo siendo juiciosa, comprometida, me río, disfruto lo que hago y soy disciplinada, aunque más apegada al criterio de las 8 horas. He tenido trabajos que me han gustado, donde me he sentido valorada y consentida, pero creo que la precarización laboral con figuras como las OPS o las consultorías, los emprendimientos e incluso con los contratos a término indefinido, no permiten disfrutar la vida, sino que nos matan un poquito cada día, y eso se acepta como si se tratara de algo natural.

Es un círculo vicioso lamentable en el que se sobrevive para trabajar, en el mejor de los casos, porque en el peor, el del desempleo, se anhela volver a la sobre explotación laboral, para desde ahí volver a despotricar del trabajo. Empleo y desempleo, dos caras de la misma moneda del funcionamiento del capitalismo.

No me gusta trabajar, pero tampoco estar desempleada y me pregunto ¿Toda mi vida estará atrapada en ese péndulo o podré conocer otra forma de trabajar?

2 Comentarios

  1. De acuerdo, una vez dije algo así: «Trabajar no sirve para vivir y no me gusta mi trabajo.» Es bueno poner el contexto y el punto de vista con el que se califica la relación entre la vida y trabajo. Solo obtuve reproches. Lo más fuerte tal vez, fue que me dijeran «desagradecido» como si se tratara de un favor.

  2. Identificada totalmente con la autora. A veces el trabajo nos genera problemas de salud mental que debemos afrontar en el silencio de nuestras vidas, porque al publicarlo se nos pueden venir encima más problemas que soluciones. La triste vida del oprimido por un sistema que solo piensa en el factor dinero.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here