Participación democrática para sanar nuestros males

El Estado colombiano y gran parte de nuestra sociedad están tan enfermos y carentes de propósitos, que es fácil dudar de la posibilidad de sanar sus males sin una regeneración absoluta.

Dos siglos de corrupción impulsada desde las altas esferas del poder generó que este flagelo se haya arraigado en la sociedad, considerándose una práctica normal; dos siglos de violencia ejercida por el Estado y sus instituciones a través de una clase política que se dispuso a resolver toda contradicción y diferencia por medio de la guerra, produjo una sociedad belicosa, sumamente violenta, intolerante, en la que toda discrepancia, por pequeña que sea, se resuelve a golpes o bala; dos siglos de sometimiento de la mayoría de la población a la pobreza y miseria más aberrantes, condujeron a nuestro pueblo al destino cruel de la cárcel o la tumba.

La inversión del sentido común y de los principios del derecho constitucional que se abrió paso con la desaparición física de Bolívar, impuso la voluntad de una casta reducida y presuntuosa por encima de la voluntad del pueblo y sirvió de cobertizo a los devaneos de quienes ostentan el poder amparados por una institucionalidad y un marco legal funcionales a sus intereses, que sirve de alfombra para la tragedia de nuestro país.

El Estado, sus instituciones y formas, generaron una sociedad en que la vida no tiene valor, la sociedad no tiene propósitos, la esperanza es cuestión lejana y vaga, determinada por lo que trae la marea diariamente o lo que, por ventura, llevase un camión que se volcó en la carretera.

La condición humana se ha degradado porque quienes debían salvaguardarla, la han prostituido, la han rebajado a su mínima expresión: el individuo y la sociedad van por la vida cuales zombis, en harapos y hambrientos, sin metas, ni horizontes claros.

Por eso, las soluciones en nuestro país empiezan por resignificar la condición humana, dándole el valor sagrado que la recubre en toda sociedad o colectivo inspirado por principios humanistas.

Resignificar la condición humana y la vida en Colombia es, de por sí, revolucionar nuestra conciencia y mentalidad para operar los cambios materiales que deben emprenderse: revolucionar la conciencia y la vida material van de la mano, deben desarrollarse simultáneamente, porque ambas dimensiones se retroalimentan, por eso las predicas celestiales y buenas intenciones espirituales no sirven si no van acompañadas de cambios materiales y, viceversa, los cambios materiales sirven muy poco si no se cultiva la cultura del individuo y la sociedad.

Tan ambiciosa y necesaria obra no podrá ser trabajo de unas cuantas personas, tendrá que ser el producto colectivo más ingente que nos propongamos: para sanar las úlceras que nos carcomen, no imagino otra forma que la participación del conjunto de la población en las decisiones respecto a cómo organizar el Estado y la sociedad, me atrevo a decir que tal planteamiento no es siquiera surgido de mis convicciones ideológicas, sino de la observación cotidiana y el estudio de la historia: no hay otra manera para reponer la salud da la patria y trazar propósitos colectivos, que la participación en masa de la gente.

Ahora bien, la dirigencia nacional más honesta debe conducir el país por este rumbo de la democratización de la vida, convocando a la sociedad a debatir y discutir, soñar y materializar.

«Una Asamblea Nacional Constituyente que forje un nuevo pacto, no el de unos cuantos, sino un pacto de la sociedad en su conjunto, en el que esta defina el rumbo a tomar y sus formas de avanzar»

El carácter masivo de este camino no debe asustarnos, siempre habrán formas de hacerlo, siempre se podrán crear los mecanismos, porque, precisamente, de lo que se trata es de crear: la democracia, al ser un ejercicio colectivo permanente, es creadora por naturaleza.

Los anales de la historia y la política no enseñan un mecanismo más idóneo para todo esto que aquel que ha recibido por nombre “Asamblea Nacional Constituyente”, la nuestra debe responder a un proceso constituyente previo y también ulterior, y ser tan gigantesca como profunda, de modo que remueva la esencia noble y benévola de nuestro ser, asentada en lo hondo de nuestra alma colectiva, para hacerla emerger, aquella esencia que, no obstante los padecimientos sufridos, aun extiende la mano para ayudar, brinda sonriente la tasa de café y comparte las escasas alegrías de la vida en vecindad, resistiéndose a perecer del todo y librando la lucha silenciosa pero tenaz contra la sinrazón de la muerte y la mezquindad.

Una Asamblea Nacional Constituyente que forje un nuevo pacto, no el de unos cuantos, sino un pacto de la sociedad en su conjunto, en el que esta defina el rumbo a tomar y sus formas de avanzar; no una Asamblea Nacional Constituyente limitada, sino una que abra los surcos dilatados de la creación social para resignificar la condición humana en nuestro entorno.

La participación masiva en la configuración del Estado y del espíritu social, darán como resultado unas instituciones jurídicas y morales que serán reflejo de la sociedad, tal como lo determina la más sana lógica del derecho constitucional, la cual señala que las instituciones no deben ser camisas de fuerza que se ponen por encima del ser humano e impiden su desarrollo, sino más bien deben surgir del seno de la sociedad para ser imagen y semejanza de la misma en su ejercicio de autorregulación y desarrollo progresivo.

Es necesario colocar las cosas en su sitio, para ello habrá que recurrir a la fuente más legítima de la concepción republicana que inspiró nuestros orígenes: la ley emanando de la voluntad popular para constituirse en soberanía.

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