¿Un nuevo ciclo de la guerra en Colombia?

A un poco más de 4 años de la firma del Acuerdo con las FARC y ad-portas de una nueva campaña electoral, vale la pena ubicarnos y traer a la mesa el «análisis de salvamento» que hace el investigador Francisco Gutiérrez Sanín, de la Universidad Nacional de Colombia, en su libro ¿Un nuevo ciclo de la guerra en Colombia? sobre la implementación del Acuerdo y el posible futuro político. Sea dicho que el texto tiene un lenguaje ameno, hace gala de un fino humor sarcástico y se lee de una sentada. Sin dudas, el capítulo de Lo que se nos viene pierna arriba es el más interesante porque se aventura a detallar las nuevas disposiciones de la guerra.

Es contundente. Las condiciones están dadas para que Colombia, después del corto periodo de paz minimalista que tuvo, entre en un tercer ciclo de violencia[1]. Las razones son varias, sin embargo, en términos generales se habla de una deficiente implementación del Acuerdo, un contexto internacional adverso donde se fortalece la visión de mundo antiliberal, un discurso de Gobierno que programáticamente no se recoge en el Acuerdo y menosprecia la capacidad de los grupos irregulares para retar al Estado, y a un marcado fortalecimiento de grupos armados que retoman actividades y ganan legitimidad en medio de la desigualdad social, rentas ilícitas y precaria presencia nacional del Estado. Un panorama entristecedor.

Sobre la implementación del Acuerdo el tema es amplio y pasa por varias dimensiones. Una de las más importantes corresponde a la claridad de que en estricto sentido no se tiene un acuerdo, pues una de las partes se arroga el derecho de cambiar lo acordado e implementar unilateralmente lo que considera pertinente. Otra corresponde al incumplimiento del Gobierno sobre el tema de sustitución integral en el cual se ha dejado de lado la sustitución voluntaria, entrega de subsidios, dotación de infraestructura y bienes públicos, formalización y acceso a tierras y fortalecimiento de la vida participativa. Respecto al punto agrario, del millón de hectáreas prometidas no han pasado más de 30 mil a manos de los campesinos y «el interés del gobierno ha sido reformar la política de restitución de tierras y garantizar acceso de los empresarios a baldíos». En lo que corresponde a las condiciones para la participación política, el uribismo ha presionado para sacar a la guerrilla desmovilizada de la competencia política y el asesinato a líderes sociales viene en aumento. Por último, en el tema de justicia transicional, la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, la Justicia Especial para la Paz y la Comisión de la Verdad han sido blanco de la extrema derecha con la intención de hacerlas sucumbir. Para Gutiérrez Sanín «…ya mucho del Acuerdo quedó hecho trizas. Además, considerando por separado cada uno de los puntos que lo constituyen, lo fundamental no se ha hecho, y es probable que ya no se haga…», adicionalmente «las transformaciones territoriales prometidas en el Acuerdo tampoco se han hecho realidad. Ni de lejos».

La paz es frágil y el uribismo es quien más ha querido cercenarla o verla fracasar. A esa derecha radical le corre una de las críticas más grandes ya que su programa político choca de frente con el Acuerdo en dos escenarios: justicia transicional y política de tierras.

Si bien el uribismo ha adecuado su discurso al pos-Acuerdo, ha hecho lo posible por impedir su implementación en varios frentes, uno de ellos es en el gobierno por medio de un travestismo internacional y la desfinanciación de la paz, y en el parlamento a través de ataques a la justicia transicional, iniciativas contra la reforma política y las políticas de acceso a tierras, y constantes intenciones de reformar el Acuerdo; en lo ideológico no se distancia de las dinámicas violentas que abrigan sus auditorios, los cuales se justifican en una ramplona narrativa antisubversiva que a menudo están paramilitarizados y narcotizados y ven a la justicia transicional como una amenaza; en ese mismo frente ideológico, tienen entre sus filas a grandes acumuladores de tierras y ganaderos vinculados a la financiación y liderazgo del paramilitarismo los cuales no toleran ninguna política de acceso a la tierra para los campesinos, organización del predial rural o reparación a las víctimas; finalmente, el uribismo tiene un discurso de odio y una «veta de violencia» que justifica los llamados a la intimidación armada y al homicidio político, no es sino recordar «las masacres con sentido social» o las constantes iniciativas para flexibilizar el uso de las armas. Sobre lo anterior, Gutiérrez es incisivo al criticar al conglomerado propaz: «Lo que no puede suceder con los pacifistas sinceros es que por una parte promuevan «la paz estable y duradera» y por la otra no desarrollen una política seria y consistente frente al uribismo» y agrega que «…las debilidades, inconsistencias y vacíos de la retórica pacifista han contribuido también a este bloqueo en el que nos encontramos».

Dentro de los factores que robustecen la removilización, la cual no se despoja totalmente de motivaciones y discursos políticos, se presentan crudas dinámicas:  mandos medios de las FARC han creado nuevos grupos o se han unido a ellos, existe un flujo significativo de retorno de combatientes rasos al monte, parte de las milicias de las FARC se rearmaron en diversos proyectos, el ELN sigue activo y cuenta con al menos 2000 miembros, el control territorial del ELN y las disidencias sobre algunos municipios se ha solidificado, el EPL no ha desaparecido y las organizaciones armadas irregulares pueden refugiarse en Venezuela. Así mismo, vale mencionar que pese al cambio tecnológico que trae la nueva sociedad interconectada y que en cierta medida da ventajas a las capacidades de las fuerzas militares del Estado, como por ejemplo los mecanismos para la ubicación de irregulares en zonas selváticas vía georreferenciación satelital, estos grupos no se quedan atrás y estarían en capacidad para ingresar a los nuevos teatros de confrontación. Los facilitadores son varios: aumento de tropas vía removilización, acceso a capacidad de fuego de punta, uso militar de tecnologías democratizadas como los teléfonos inteligentes o las impresoras 3D, presencia y participación en la vida económica y política en centros urbanos intermedios y conocimientos sobre la guerra heredados de la lucha guerrillera y paramilitar. En síntesis, los irregulares tienen capacidad para entrar a una guerra actualizada versión siglo XXI.

Son tres las plazas más importantes: viabilizar la recuperación económica pospandemia, derrotar al uribismo por un amplio margen y bregar para salvar lo que se pueda del Acuerdo. De lo contrario, «plomo es lo que hay, plomo es lo que viene».

Aun con esa visión oscura del futuro político colombiano, Gutiérrez asegura que el Acuerdo es «…una oportunidad única, que puede influir decisivamente sobre las próximas generaciones de colombianos. No la vayamos a desperdiciar». Al respecto presenta algunos aspectos positivos de la Colombia contemporánea: el primero corresponde al  balance de lo ganado por el Acuerdo, donde incluye los factores humanitarios que han permitido salvar muchas vidas, las innovaciones institucionales para focalizar operaciones sobre «condiciones subyacentes al conflicto» y las nuevas voces o actores políticos que fueron promovidos por la paz; el segundo se refiere a que hoy Colombia es un país diferente al de las guerrillas comunistas de los 60, ya que el proyecto guerrillero ruralista no tiene éxito en medio de una sociedad urbanizada y tampoco es fructífero reclutar en una población envejecida, así mismo es un país mucho más rico, cuenta con una oferta educativa más amplia, tiene una firme dinámica migratoria, hay una nueva constitución que ha abierto el sistema político y la sociedad considera que apelar a la violencia hoy es menos tolerable. A final de cuentas, asegura que la posibilidad de recaída en el conflicto es alta con todo y esos elementos a favor de la paz.

El libro del profesor Francisco es valioso porque nos sitúa sin florituras en el aquí y el ahora, y nos alienta a reconocer que estamos en mora de activar nuestras capacidades políticas como ciudadanos del común para construir y fortalecer un proyecto plebeyo de paz democrática que supere la frustración y desilusión de nuestra generación y ofrezca un nuevo relato. Son tres las plazas más importantes: viabilizar la recuperación económica pospandemia, derrotar al uribismo por un amplio margen y bregar para salvar lo que se pueda del Acuerdo. De lo contrario, «plomo es lo que hay, plomo es lo que viene».

[1] El primero fue el periodo de «La violencia» que enfrentó a gobiernos conservadores contra guerrillas liberales y el segundo correspondió a la «guerra contrainsurgente» que fue protagonizado por guerrillas, gobierno y paramilitares.

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