Crítica libertaria de la democracia liberal

Diversas expresiones políticas han puesto de manifiesto que existen distintos modelos democráticos, siendo solo uno de ellos el de la democracia liberal, hegemónico hoy en una importante porción del mundo. Este modelo ha sido criticado por perspectivas que defienden el cambio social, y que proponen otros modelos democráticos como la democracia radical o la democracia directa. 

En este #Demokracia compartimos a continuación, una suerte de sistematización hecha por el politólogo Carlos Taibo, de la crítica anarquista a la democracia liberal, que hace parte de su libro Repensar la anarquía. Cabe señalar que cuando el autor hace uso del término libertario, no se refiere a la tendencia contemporánea que defiende una versión extrema del libre mercado y la competencia en detrimento de la solidaridad social, en el terreno económico, y del pensamiento conservador en el terreno político; sino a la postura que promueve valores como el apoyo mutuo, la autonomía, el anti autoritarismo, la autogestión y la acción directa. 

En Revista Hekatombe creemos que es fundamental tener en el radar distintas perspectivas a la hora de criticar la democracia restringida y de indagar sobre otras formas posibles de democracia.

Crítica de la democracia

Pese a que lo común en el pensamiento libertario es que se reivindique la democracia directa, lo cierto es que cada vez hay más personas que parecen concluir que, habida cuenta de la degradación experimentada por la propia palabra democracia, igual ha llegado el momento de buscar términos menos gastados. Esto aparte, aunque muchos pensadores libertarios distinguen, en cuanto a grado de perversión, unas u otras formas de poder político, procuran no engañarse sobre el sentido de fondo de la democracia liberal. Con respecto a ésta se habla a menudo de farsa y de explotación, de desigualdad y de injusticia, de ilusión de la representación y de manipulación desde los medios al servicio del poder. 

La crítica libertaria de la democracia liberal sugiere que esta última, pese a la retórica, nada tiene que ver con el cacareado principio de la mayoría: se inspira, antes bien, en minorías directoras que generan de manera coactiva consensos interesados y reprimen todo lo que opera en contra de estos últimos. Curioso es que se postule el principio de «un hombre, un voto» para apuntalar un sistema asentado en la que al cabo es una organización científica e inamovible de la desigualdad que hace uso, eso sí, de una aparente pluralidad desarrollada en circuito cerrado. Para que nada falte, en fin, la democracia liberal parece inexorablemente vinculada con el aprestamiento de un grupo humano parasitario. «El sistema representativo, lejos de ser una garantía para el pueblo, propicia y garantiza, por el contrario, la existencia permanente de una aristocracia gubernamental que actúa contra el pueblo» (Bakunin).

Pero hay que preguntarse también por qué la democracia liberal deja manifiestamente fuera de su alcance la economía y el mundo del trabajo, o, peor aún, subordina el sistema político a los intereses de poderosas empresas privadas. De la mano de un proyecto que atiende al visible propósito de ratificar los privilegios de los poderosos, la mayoría se ve paradójicamente excluida de la toma de decisiones. Mientras el poder económico se concentra, otro tanto ocurre con el político en un escenario lastrado por la oligarquía y la desigualdad. La democracia liberal acarrea, en suma, una agresión en toda regla contra todo tipo de organización alternativa, horizontal e igualitaria. De resultas, niega palmariamente la diversidad y procura cancelar por completo la posibilidad de buscar otros horizontes. 

Subrayaré, en fin, que es evidente que la farsa democrática se ha perfeccionado: no presenta hoy los mismos perfiles que se revelaban en tiempos de Bakunin o de Kropotkin. Ha engrasado, así, y por un lado, los mecanismos de integración de la mano de la ilusión del consumo, de la generación de dependencias o del reconocimiento de ficticios derechos. Claro es que, en sentido contrario, y en los tiempos más recientes, resulta fácil apreciar una irrefrenable deriva autoritaria y un esfuerzo encaminado, no sin paradoja, a cancelar o mitigar la influencia de mecanismos de integración como los recién mencionados. El desastre del escenario político actual no es el producto de una deriva azarosa: surge, inevitablemente, de los cimientos de la democracia liberal y era acaso insorteable. Quien a estas alturas piense que la corrupción es un problema vinculado con determinadas personas y coyunturas mucho me temo que está esquivando el fondo de la cuestión. 

La democracia directa

(…) en el mundo libertario hay una defensa franca de la democracia directa. Esa defensa se asienta en un rechazo de la delegación y la representación, en la postulación de organizaciones sin coacciones ni liderazgos, y en el repudio de cualquier tipo de gobierno. Para ser hacedero, todo lo anterior exige, por lógica, un previo y activo proceso de descentralización, de descomplejización y de reducción del tamaño de las comunidades políticas. La lógica de la democracia directa conduce de manera inevitable a contestar el mundo de los partidos, que no es otro que el mundo de la delegación y la separación, de los dirigentes y las jerarquías, de las elecciones y los parlamentos.

(…) Añadiré que el debate sobre la democracia directa de siempre se ha visto marcado por quejas en lo que se refiere a la supuesta imposibilidad de despliegue de aquélla. En el argumento han coincidido recurrentemente leninistas, socialdemócratas y liberalconservadores, sin preguntarse, claro, por la idoneidad de sus modelos y sin percatarse, más aún, de en qué medida la hostilidad con que obsequian a la democracia directa no es una explicación, siquiera parcial, del eventual fracaso de muchas de las manifestaciones de ésta. Más allá de ello, sospecho que el empeño de esas tres familias políticas no consiste en subrayar las dificultades vinculadas con la aplicación de la democracia directa en sociedades complejas, sino en defender las ventajas que, para el desorden existente, tiene la seudodemocracia representativa. En semejante escenario me limitaré a enunciar la convicción de que el sistema que padecemos, perfectamente preparado para afrontar los muy relativos espasmos opositores que blanden leninistas y socialdemócratas, no lo está tanto, en cambio, para responder al reto de la democracia desde abajo. 

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