Hace meses terminé las veintiuna sesiones de radioterapia. Conservo una grabación del 9 de abril, varios minutos de ruidos que, si una no sabe de dónde vienen, podrían pertenecer a una fábrica, a una nave espacial vieja o al interior de una de esas lavadoras viejas que parecen estar a punto de dañarse.
tac
tac
Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr
CLAC
Ñiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
Permanecer quieta, con el brazo levantado y el cuerpo acomodado en una posición que no parecía concebida para el descanso; la máquina se movía alrededor de mí, alguien había calculado dónde debía llegar la radiación y dónde no, y mi contribución consistía en no moverme.
Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr
CLAC
¿Y si hay un terremoto…?
ijueputa.
¿Qué hago si empieza a temblar ahora…?
La máquina me aplasta.
¿Y cómo salgo corriendo con la teta al aire…?
Ñiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
¿Y si se va la luz…?
¿Y si la máquina no se detiene…?
¿Y si llega Skynet…?
ijueputa
¿Y si decide acabar con la humanidad, empezando por la señora que tiene debajo…?
Con todas las formas posibles de morir, tenía que imaginar una nueva mientras recibía un tratamiento para no morirme.
CLAC
Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr
Mi mamá tiene una teoría sobre los veintiún días, dice que cuando una repite algo durante ese tiempo termina por convertirlo en un hábito, que así se puede dejar un vicio o adquirir una buena costumbre; no sé de dónde sacó la cifra, pero me acordaba de ella mientras contaba las sesiones de radioterapia y pensaba qué hábito se suponía que estaba adquiriendo, si después de la última sesión podría dejar de tener cáncer, como quien deja de fumar o aprende a levantarse temprano. Sería una chimba que el cuerpo funcionara así; una llega al día veintiuno y asunto arreglado, el cáncer entiende que ya cumplió su tiempo y se va.
Para llegar a radioterapia bajaba unas escaleras hasta el sótano, pero antes una voz con acento español anunciaba por el altavoz “Señora paciente Giovana Suárez Ortiz, bajar a sala sotano”; sotano, con el acento puesto donde no era, y yo, cada vez que escuchaba aquello, me reía y pensaba, ¿por qué putas no programan bien esta vaina? También me hacía gracia lo de “señora paciente”, como si acabaran de concederme un título nobiliario bastante desafortunado. Al bajar me encontraba con un espejo atravesado por líneas blancas que dividían mi reflejo en figuras geométricas; me tomé una fotografía cada uno de los veintiún días, quería verme regia y también guardar algo de aquellas mañanas, aunque todavía no sabía qué haría con las imágenes. Ahora tengo veintiuna fotografías de mí misma, cortada por las líneas de un espejo, vestida para bajar a que me irradiaran; había leído Desmorir, de Anne Boyer, y me interesaba su manera de escribir sobre la enfermedad sin convertirla en una historia de superación, quizá las fotografías fueran una forma de comenzar a escribir antes de encontrar las palabras.
En el techo de la sala de espera habían puesto unas imágenes de guayacanes y, encima de la máquina de radioterapia, unas buganvilias; supongo que alguien pensó que mirar flores haría más agradable la experiencia, una especie de paseo por el jardín, solo que en un sótano y con radiación incluida. Me preguntaba quién habría escogido las flores, si hubo una reunión para decidir entre buganvilias, orquídeas y girasoles, y si alguien habría dicho que las buganvilias eran más apropiadas para irradiar gente; el “sótano” tenía dos salas, la 5 y la 6, y me parecía que en la segunda atendían a personas que recibían radioterapia paliativa, aunque nunca lo confirmé; veía llegar a personas acompañadas, algunas con dificultades para caminar, otras que necesitaban ayuda, y me preguntaba qué pensarían mientras esperaban, si también tendrían miedo, si alguna imaginaba un terremoto o sí, a diferencia de mí, podían permanecer allí sin que se les ocurriera una nueva catástrofe.
tac
tac
Ñiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
La teta se fue poniendo roja durante las sesiones de radioterapia; poco a poco apareció un cuadrado quemado, primero apenas perceptible y después cada vez más definido, hasta que pude distinguir sus bordes sobre la piel; me resultaba extraño mirar aquella figura tan precisa, como si la máquina hubiera dejado dibujada la zona por donde había pasado la radiación; todavía conservo una marca, aunque se va borrando, y a veces la miro tratando de recordar cómo fue cambiando de un día para otro; la máquina dejó de formar parte de mis mañanas, pero no desapareció la costumbre de vigilar el cuerpo; si me duele la cicatriz me pregunto si será normal, me toco, espero, vuelvo a tocarme y aparece esa pregunta que no necesita demasiado esfuerzo para instalarse, ¿será que volvió? Después intento convencerme de que no puedo pasarme la vida interpretando cada molestia, aunque ya no resulta tan fácil aceptar que un dolor sea solamente un dolor.
Sandra Lee Bartky escribió sobre las disciplinas que producen la feminidad, sobre la manera en que aprendemos a observar nuestros cuerpos, corregir sus gestos, controlar sus dimensiones y examinarlos incluso cuando nadie nos mira; esa vigilancia no necesita siempre una orden externa, porque llega a formar parte de nuestra relación con nosotras mismas. Durante la radioterapia necesitaba que calcularan las dosis, que revisaran mi posición y vigilaran la respuesta al tratamiento, pero también seguía siendo la mujer que se detenía frente al espejo para mirarse, acomodarse la ropa y tomar una fotografía; ambas prácticas ocurrían en el mismo cuerpo, el que entregaba a los procedimientos médicos y el que seguía reconociendo como mío, aunque cada vez me costara más comprender algunas de sus señales.
El cuidado médico exige una atención al cuerpo que puede ser indispensable, pero la incertidumbre hace que una termine vigilándose sin descanso; una cosa es que un equipo médico examine una cicatriz y otra que yo la revise por tercera vez en una tarde, tratando de averiguar si ha cambiado algo. No sé cuándo esa atención me ayuda y cuándo me agota, ni por qué resulta tan difícil concederme un día sin pensar en el cáncer, sin tocarme para comprobar que todo sigue igual, sin preguntarme si una molestia merece una consulta.

En La enfermedad y sus metáforas, Susan Sontag mostró la crueldad de las explicaciones que atribuían el cáncer a una vida emocional equivocada, a la represión de los sentimientos o a un carácter incapaz de expresar sus conflictos; según esas teorías, la enfermedad terminaba pareciendo una confesión involuntaria, como si el cuerpo revelara aquello que una había hecho mal. Me pregunto cuánto queda de esa idea cuando alguien recomienda pensar en positivo, evitar el estrés o mantener una buena actitud, porque el consejo puede parecer inocente hasta que una descubre que también debería sentirse culpable por tener miedo; además de enfermarse, resulta que una puede estar enfermándose de la manera incorrecta.
Hay algo del castigo en esas explicaciones que buscan una culpa detrás del diagnóstico, pero también en las exigencias que acompañan la atención, en la expectativa de que una cumpla, agradezca, espere y no se empute demasiado, incluso cuando debe llamar una y otra vez para conseguir un medicamento que ya le fue prescrito; a veces me pregunto si quienes recomiendan tranquilidad han intentado obtener una autorización médica por teléfono, si saben lo que significa explicar durante cuarenta minutos por qué un tratamiento no debería interrumpirse y escuchar, mientras tanto, una música de espera que termina por resultar más insoportable que cualquier ruido de la máquina.
La palabra paciente empezó a resultarme curiosa, porque una es paciente cuando recibe atención médica, pero también cuando sabe esperar, soportar y no perder la calma; el sistema de salud parece esperar que cumplamos con ambos significados, que entreguemos el cuerpo a los procedimientos médicos y después tengamos toda la paciencia del mundo para conseguir las autorizaciones, los medicamentos y las citas. No sé quién decidió que la paciencia debía formar parte del tratamiento, pero sospecho que nunca tuvo que llamar para conseguir una autorización.
¿Ya estás bien? ¿Ya no tienes cáncer? Son preguntas que escucho con frecuencia y que no sé cómo responder, porque terminar un tratamiento no equivale a recuperar la confianza en que el cuerpo seguirá comportándose como antes; tampoco quiero pasar el resto de mi vida explicando esa diferencia. A veces digo que estoy bien para que podamos hablar de otra cosa, aunque me gustaría que las personas que quiero comprendieran que puedo estar contenta y tener miedo el mismo día, que no necesito que me tranquilicen cada vez que menciono una molestia y que tampoco quiero convertirme en el asunto triste de una conversación.
Y, en efecto, hay muchas otras cosas de las que quiero hablar.
Por ejemplo, de mis abanicos.
La menopausia inducida llegó con unos calores que parecen proceder de una caldera instalada sin mi consentimiento; puedo estar conversando, leyendo o preparando una clase cuando de pronto necesito aire con una urgencia que no admite discusión. He empezado a tener abanicos lindos, me gustan, los abro con cierta satisfacción, aunque preferiría haber desarrollado esta afición por razones menos médicas.
Frrrrrrrrrrrrrrrrrr
El abanico también tiene su ruido.
Frrr
Frrr
No se parece al de la máquina. Lo produzco yo. Puedo abrirlo y cerrarlo cuando quiera.
Quisiera poder perder una tarde, emputarme por alguna pendejada, leer una novela mala hasta el final, aburrirme sin que nadie me recuerde que debería estar agradecida por seguir viva; también quisiera que dejaran de contarme historias de mujeres que enfrentaron el cáncer con una sonrisa, como si el diagnóstico viniera acompañado de una obligación de mejorar el carácter. Ya tenía uno antes y no veo por qué tendría que cambiarlo ahora.
No necesito que esta experiencia me vuelva mejor persona.
CLAC
A veces vuelvo a escuchar la grabación del 9 de abril, reconozco los golpes, el motor, ese sonido agudo que parece prolongarse más de lo necesario; también se oyen voces, al final alguien habla y yo digo “Bueno, gracias”.
Me causa risa escucharme agradecer. La máquina acaba de irradiarme, he pasado buena parte de la sesión imaginando un terremoto y una rebelión tecnológica, y salgo de allí dando las gracias. Supongo que una puede tener miedo de morir y seguir siendo educada.
Frrr
Frrr
Bibliografía
Bartky, Sandra Lee (1990). Femininity and Domination: Studies in the Phenomenology of Oppression. Routledge.
Boyer, Anne (2020). Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista. Sexto Piso.
Sontag, Susan (1978). La enfermedad y sus metáforas. Traducción de Mario Muchnik. Barcelona: Muchnik Editores, 1980.




