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Mi pronombre favorito es Camarada

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Mi pronombre favorito es Camarada. Una declaración de amor a la militancia y el compromiso vital por cambiar el mundo

A la Nueva Izquierda le corresponde no esperar con optimismo que los viejos desastres y las represiones engendren las antiguas respuestas defensivas, sino descubrir las nuevas frustraciones y los nuevos conflictos potenciales dentro de la vida contemporánea (...) La militancia duradera no se construye sobre las ansiedades negativas, sino sobre las aspiraciones positivas. E. P. Thompson, Democracia y socialismo, página 298.

El individualismo reinante, impulsado sin tregua desde todos los flancos del sistema, debilita el sentido colectivo que sostiene y hace posible la militancia. Nos convence de que podemos con todo por nosotros mismos, incluso con algo tan desafiante como cambiar el mundo. Nos dice que somos grandiosos, únicos y que nunca deberíamos poner nuestra «chispa» singular al servicio de una estructura colectiva que podría desdibujarnos o engullirnos en sus malvadas fauces autoritarias. Pero, a contracorriente de esta idea, creo que lo mejor de nosotros surge cuando nos unimos a otros para trabajar por una causa compartida en la que creemos y nos empeñamos con pasión.

Cada vez que en nuestra batalla interior se impone la idea de que es mejor estar solos y aislados «haciendo lo que podemos», el sistema gana y se perpetúa. Mark Fisher nos advierte que una de las características de la subjetividad moldeada por el capitalismo es: «No cargues con nada que no puedas quitarte de encima en cinco minutos».

Militar hoy no es tarea fácil. No solo porque la épica y los excedentes utópicos que antaño sustentaban este ejercicio se han debilitado fundamentalmente, sino porque en tiempos muy difíciles nos toca reconstruir un nuevo mito revolucionario con los pedazos y nostalgias que quedan y con las cosas nuevas que hemos ido aprendiendo de las derrotas.

Además, no podemos desconocer que la militancia ha sido una experiencia amarga para muchas personas. No son pocos los que, tras su paso por organizaciones o partidos, han quedado más rotos que esperanzados. No pretendo invalidar esos dolores ni desconocer las dificultades colosales que implica la militancia aquí y ahora, pero sí defender que, a pesar de todo, sigue siendo valioso y necesario militar y ser camaradas si de verdad queremos cambiar el mundo.

Gracias a las expectativas de nuestros compañeros, acudimos a reuniones a las que, de otro modo, faltaríamos. Hacemos trabajo político que podríamos evitar. Tratamos de estar a la altura de nuestras responsabilidades mutuas. A cambio, experimentamos la alegría del compromiso, aprendemos en la práctica y superamos miedos que, de estar solos, nos abrumarían. Nuestros compañeros nos hacen mejores y más fuertes de lo que podríamos ser en soledad. (Jodi Dean, Necesitamos Camaradas, publicado en Jacobin.)

Jodi Dean lo expresa así en Necesitamos camaradas: «La disciplina militante libera». Pero esta visión choca con el paradigma del hedonismo individualista y neoliberal y una de sus expresiones en la socialización política, que es la pertenencia líquida y distante. Hoy en día, estamos poco dispuestos a hacer algo que nos interpele o nos exija renunciar a los pequeños placeres de la vida pequeñoburguesa a los que accedemos a base de la superexplotación que nos imponen y que nos imponemos.

Cuando lo hacemos, buscamos pertenencia política como si fuera un producto de consumo: la organización o partido deberá ajustarse perfectamente a nuestras expectativas, ideas, intereses, estilos y formas personales. Hemos sido convencidos de que somos poseedores de una genialidad singular que nadie más tiene y que no vale la pena poner en relación con otras personas en el difícil camino de construir un intelectual colectivo capaz de dirigir el curso de la lucha.

El individualismo neoliberal nos ha corroído. Por eso, todo compromiso colectivo se asume con desconfianza, con la vista puesta en la puerta de salida y con nula disposición a afrontar el desacuerdo, la discusión y las tensiones inherentes a cualquier proyecto militante.

Muchas veces queremos que la militancia sea un eterno momento heroico, una revuelta gloriosa, una toma constante del Palacio de Invierno. Se pierde de vista que la revolución es un proceso largo y contingente. Militar también es llegar a una reunión en una tarde lluviosa y descubrir que las cosas no salieron como esperábamos. Es lidiar con la desesperanza, la pasividad y el peso de la cotidianidad, que muchas veces inhibe nuestras ganas de luchar. Pero también es rebelarse contra la idea de que no puede pasar nada nuevo ni mejor; es trabajar arduamente para que la vida algún día pueda ser otra cosa.

El mundo que queremos no va a llegar por arte de magia. Esto lo sabemos todos.

El movimientismo de causas concretas y las acciones espontáneas es importante, pero tiene un límite. Sin un plan estratégico, sin un horizonte de transformación, las valentías espasmódicas corren el riesgo de disiparse en el aire. Para que la lucha tenga sentido y continuidad, hacen falta militantes que la sostengan, la organicen y la proyecten más allá de la coyuntura inmediata. En ese sentido, me distancio radicalmente de la idea, muy en boga, según la cual basta con muchedumbres multicolores inorgánicas para cambiar las cosas. Se necesitan partidos, organizaciones y militantes que consagren las mejores horas de su vida a la lucha.

Cuando se habla de militancia, se suele resaltar, a veces más de la cuenta, la disciplina, el trabajo duro, las renuncias y los sacrificios. Todo ello es esencial. Pero rara vez se menciona que las organizaciones y partidos también son espacios de afecto, de aspiraciones positivas, reservorios de esperanza colectiva. Lugares donde muchas personas hemos encontrado sentido a nuestras vidas, nos hemos cuidado y querido, a pesar de las relaciones de poder que, muchas veces, lamentablemente, también se reproducen.

Desde mi experiencia personal, puedo decir que el hambre, la carencia y la tristeza han sido más llevaderas gracias a los camaradas que me ha dado la lucha.

Hace poco vi una película sobre la posguerra —recomendada por una camarada que me aseguró que, en esta historia, para variar, los comunistas eran los buenos—. Se llama El tren de los niños.

En ella, un grupo de niños del devastado sur italiano es persuadido para viajar al norte y recibir refugio, alimentación y educación mientras pasa el crudo invierno. Todo esto, a cambio de nada. Sus madres dudan, porque detrás de esa generosidad no está la Iglesia ni una fundación filantrópica, sino el Partido Comunista de Italia. Sus militantes —ex partisanos, profesionales y trabajadores— recibieron en sus humildes casas a niños de familias no comunistas, simplemente porque su compromiso con la humanidad lo exigía. En ese compromiso vital no cabía la desconfianza.

Por supuesto, la solidaridad puede existir fuera de los partidos y organizaciones. Pero difícilmente alcanza esas dimensiones ni adquiere ese sentido transformador que convierte un acto individual en una declaración de guerra contra el capitalismo y sus valores.

Militar es empezar a matar el individualismo tiránico que habita en nosotros y clavar una espada en el corazón de los valores dominantes, que no solo nos someten, sino que nos quitan las ganas de enfrentarnos y luchar. No todos tienen que ser militantes, pero sin militantes, ninguna transformación radical de la sociedad será posible. La esperanza de un mundo mejor depende de nuestra capacidad de convertir nuestras causas en compromiso, disciplina y pertenencia sólida, más que en meros gustos, preferencias o modas de las que podemos desprendernos o desconectarnos cada vez que nos aburrimos. Si queremos un mundo en el que las mercancías no valgan más que las personas, necesitamos más que desearlo o añorarlo: necesitamos compromiso, estrategia y militancia.

El Catatumbo: una herida abierta en la geopolítica colombiana

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La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será. E.G.

La región del Catatumbo, ubicada en el nororiente de Colombia, es un microcosmos de la tragedia y la resistencia que han marcado la historia de América Latina. Allí convergen el abandono estatal, la violencia sistemática del conflicto armado, el paramilitarismo, las guerrillas, la desaparición forzada, el desplazamiento de comunidades y la lucha incansable del campesinado. La historia del Catatumbo no es solo la de una región periférica dentro del territorio colombiano; es la expresión de un modelo de explotación y dominación que se ha repetido a lo largo del continente. Para comprenderla en toda su magnitud, podríamos mirarla a la luz de las reflexiones de Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latinay sus relatos sobre la devastación de las minas de Potosí.

Históricamente, el Catatumbo ha sido un punto de fricción entre Colombia y Venezuela. La porosidad de la frontera ha facilitado el contrabando, el narcotráfico y la presencia de grupos armados que han utilizado el territorio venezolano como refugio estratégico. En diversos momentos, las tensiones entre ambos países han alcanzado niveles críticos, con desplazamientos masivos de población y crisis humanitarias que agravan aún más la situación de los habitantes de la región.

En ese sentido no es raro observar que la frontera del Catatumbo se asemeja a tantas otras líneas imaginarias impuestas en América Latina, que han sido más barreras de exclusión que puentes de integración. Como bien advertía Galeano, la historia del continente ha sido la de la fragmentación impuesta desde afuera, destinada a impedir la consolidación de una verdadera soberanía popular y territorial. Sin embargo, el Catatumbo no solo es un escenario de tragedia, sino también de resistencia. Los movimientos campesinos han logrado articular luchas en defensa de su territorio, reivindicando el derecho a una vida digna y a una paz con justicia social. A pesar de la persecución, los asesinatos de líderes sociales y las amenazas constantes, la organización popular sigue siendo un bastión de esperanza en medio de la adversidad.

Este espíritu de lucha que se ha mencionado es el mismo que se ha visto en las comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas de toda América Latina, desde las rebeliones de Túpac Amaru hasta las protestas contemporáneas contra el extractivismo y la privatización de los bienes comunes. En este sentido, el Catatumbo no es solo una herida abierta en Colombia, sino un símbolo de la persistente lucha por la dignidad en todo el continente. Desde hace décadas, el Catatumbo ha sido relegado por el Estado colombiano a la periferia del desarrollo. A pesar de su valiosa posición geoestratégica, que lo convierte en un punto clave para el comercio y la conexión con Venezuela, no ha recibido respaldo económico significativo de ningún gobierno colombiano. Las infraestructuras básicas son precarias, la educación y la salud están en crisis permanente, y la presencia institucional se reduce a una militarización que, lejos de proteger a la población, la somete a nuevas formas de violencia. Este abandono ha facilitado la expansión de cultivos ilícitos y la presencia de grupos armados que encuentran en la marginalidad del territorio un campo fértil para el conflicto.

En este contexto, el campesinado ha sido doblemente víctima: por un lado, de la guerra sin tregua entre actores armados que disputan el control del territorio; por otro, de una política estatal que lo criminaliza y lo despoja de su derecho a la tierra. La falta de apoyo gubernamental ha provocado la pérdida de valor de productos tradicionales como la cebolla, la panela y otros cultivos propios de la región, afectando gravemente la economía local y forzando a muchos agricultores a buscar alternativas menos sostenibles. Tal como Galeano describió en las minas de Potosí, donde los indígenas y esclavos africanos fueron forzados a extraer la riqueza que jamás disfrutarían, el Catatumbo es saqueado por una economía extractivista que deja a la población atrapada en un ciclo perpetuo de pobreza y violencia.

El conflicto armado en el Catatumbo ha sido alimentado por la presencia de guerrillas como el ELN y disidencias de las FARC, así como por el paramilitarismo, que ha actuado en connivencia con poderes políticos y económicos para consolidar su control. Las masacres, las desapariciones forzadas y el desplazamiento de comunidades enteras han sido estrategias recurrentes en esta guerra no declarada contra la población civil. La desaparición forzada en particular, como método de terror, evoca las estrategias de exterminio que se implementaron en las dictaduras del Cono Sur y que Galeano denunció en su obra.

En una descripción casi espeluznante, podría decirse que los ríos y fosas comunes del Catatumbo se han convertido en cementerios clandestinos, recordando las minas de Potosí, donde generaciones enteras de trabajadores murieron sin dejar rastro, consumidos por una maquinaria de muerte que nunca les perteneció. Así como en Potosí la riqueza extraída enriqueció a imperios lejanos mientras dejaba solo miseria en la región, en el Catatumbo la riqueza generada por el petróleo y los cultivos ilícitos financia estructuras de poder que solo perpetúan la opresión.

Ante esta realidad, es urgente una intervención humanitaria integral en el Catatumbo que priorice la protección de los derechos humanos. Se requiere una mayor inversión en educación, salud y desarrollo económico sostenible, en lugar de limitar la presencia estatal a un enfoque estrictamente militar.

A todo lo mencionado anteriormente, el decreto de conmoción interior, implementado en diferentes momentos de crisis en Colombia, plantea un debate crucial. ¿Es necesario para proteger la vida y garantizar condiciones básicas de bienestar, o solo perpetúa la militarización y el abandono estructural? Si bien la seguridad es fundamental, su aplicación debería centrarse en asegurar derechos esenciales como la salud, la educación y la estabilidad social, entendiendo que la paz solo es posible cuando se erradican las condiciones de precariedad que alimentan la violencia. La verdadera solución radica en priorizar la vida y el bienestar de las comunidades, construyendo oportunidades reales para que la población pueda desarrollarse en dignidad y fuera del ciclo de conflicto. Esperamos que el abordaje de la situación no vaya a ser netamente la militarización sino la respuesta integral del Estado, pues al parecer, tanto el decreto de conmoción interior y los decretos sectoriales subsidiarios apuntan en esa dirección de garantía de derechos.

El Catatumbo es un espejo de la historia latinoamericana: una región rica en recursos, explotada por fuerzas externas y abandonada por el Estado, pero habitada por comunidades que resisten con valentía. Como en las minas de Potosí, donde los cuerpos se desgastaban en la oscuridad mientras la plata iluminaba los palacios de Europa, en el Catatumbo la riqueza natural y geopolítica se convierte en una maldición para quienes la habitan. Sin embargo, la historia del Catatumbo aún se está escribiendo, y en ella la resistencia popular sigue siendo una fuerza que desafía el olvido y la explotación, reclamando un futuro donde la vida valga más que la guerra por siempre.

Referentes

Agencia Venezolana de Noticias. Venezuela destruye tres campamentos de grupos irregulares en Operación Relámpago del Catatumbo.

Barreto, M. F. (14 de octubre de 2021). El Catatumbo en disputa. Misión Verdad.

Congreso de los Pueblos. Catatumbo por la Vida Digna.

Congreso de los Pueblos. Comunicado por la Vida y la Paz en la Casa del Trueno: Urgen salidas humanitarias a la crisis del Catatumbo

El Espectador. (Fecha no especificada). Entrevista a ‘Calarcá’, líder de la mayor disidencia de las FARC que negocia con Petro.

Naciones Unidas Derechos Humanos. (3 de febrero de 2025). La Caravana Humanitaria llega a Ocaña, Norte de Santander.

Presidencia de la República de Colombia. (5 de febrero de 2025). Decreto 0137 de 05 de febrero de 2025 para adoptar medidas de protección para personas, grupos y comunidades afectadas por las graves violaciones de DDHH y DIH ocasionados por grupos armados organizados. [Enlace no disponible]

Así es mucho del periodismo actual

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Cuando era una niña veía a April O’Neil, la periodista amiga de las Tortugas Ninjas, como una mujer fuerte, curiosa, valiente y comprometida con su ejercicio periodístico; luego llegaron las historias sobre Oriana Fallaci, sus entrevistas y el romance con Alekos Panagoulis. En la juventud aparecieron John Reed, Nellie Bly, Gloria Steinem, Ryszard Kapuściński, Rodolfo Walsh, Guillermo Cano, o el periodismo de la Revista Alternativa en Colombia durante los 70s, y se me armó una imagen idealizada del oficio. Un periodista o una periodista, en esa idea romántica y adolescente, debía ser una persona curiosa, culta, e intrépida, pero luego crecí y me estrellé contra el mundo.

Mientras consumía medios de forma consciente y bebía de las ciencias sociales, era evidente que el código deontológico del periodismo era un listado de afirmaciones vacías que, con las dinámicas del poder, la pereza intelectual, el neoliberalismo y la precarización laboral, terminaron diluyéndose en titulares tendenciosos y análisis tontos. Por supuesto, no es algo generalizado, hay profesionales juiciosas, dedicadas, que estudian y se escandalizan al escuchar a otras personas de su gremio, pero siento que esto es la excepción. 

“Escribir es escuchar”, así era como Rodolfo Walsh explicaba la investigación periodística, en la misma línea Fallaci señalaba: “todo habla y se puede convertir en una historia: basta saber escuchar”, entonces me pregunto, ¿qué escuchan los periodistas de los medios corporativos o los de la derecha que se las dan de muy liberales (no en términos partidistas) y se la pasan invocando al pobre Guillermo Cano?

Hace unos días quedé sorprendida después de ver que un periodista que estuvo en el lugar de la noticia y entrevistó personas, salió al aire a dar una información coja, desde el prejuicio y la ignorancia, sin dársele nada. Mientras tanto, otro periodista en el estudio cargaba con más prejuicios la “noticia”. ¿Alguno escuchó?

Una amiga periodista me envió unos audios en los que me contaba sobre un podcast en el que un grupo de “analistas” que dicen saber cómo se hace buen periodismo, comentaban el consejo de ministros, mientras lanzaban categorías completamente absurdas y que, con tono soberbio trataban de legitimar. Tan absurdas, que ni siquiera las voy a replicar. Amplificaban su ignorancia, mientras confundían Estado, régimen político y gobierno, se reían y se daban palmaditas en la espalda.

Parece que estos periodistas de ahora tienen una idea de neutralidad rara y muy arraigada, para preservarla solamente revisan textos periodísticos como un ejercicio endogámico, sin revisar otro tipo de documentos que les permitan cualificarse para informar o analizar.

La información y el análisis requieren de cualificación, de lectura de contexto, es que es necesario saber algo de historia, de política para redactar o emitir una valoración. Es más fácil quedarse con los prejuicios que estudiar, que incomodarse leyendo autores con quienes no se comulgue, o escuchar personas diferentes a los amigos. Dice Estanislao Zuleta en el Elogio de la Dificultad: “Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre las cosas mismas, sobre la predilección por todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades”.

El análisis periodístico, en gran medida, parece como una superficie despojada de las contradicciones de lo social, de los grises, de los grandes intereses económicos. La imágen de la sociedad es extraña, es como una suma de individuos sin historia, sin clase social, sin dinámicas complejas, sin lazos, etc. En esa sociedad todos los individuos son iguales, aunque a la hora de dar cuenta de un punto de vista, los individuos con más recursos, de familias tradicionales, tienen mayor legitimidad que las personas que vienen de otros lugares. El análisis periodístico convencional se caracteriza entonces por su hipocresía. Es vacío e hipócrita y en eso no hay ninguna dificultad.

La soberbia parece ser un componente obligatorio del quehacer periodístico y del análisis periodístico. Está en el tono arrogante que usan las y los periodistas para validar categorías sacadas de la manga, no tener bases conceptuales para hacer análisis, no tener interés alguno de, por lo menos, revisar Wikipedia para dar una noticia decentemente. No solo pasa en las salas de redacción de los medios corporativos, también en los podcast en los que de forma diferente analizan los medios de comunicación, o en los medios que venden una idea de independencia bastante parcializada.

No espero que quienes practiquen este “periodismo” hagan un ejercicio de conciencia, hay que ser realistas, es mucho pedir que salgan de ese sitio cómodo, lleno de lugares comunes, prejuicios y desconocimiento. Mientras tanto seguirán haciendo encuentros y festivales para culpar a la tecnología, a la partida de la Usaid y a otros, de la crisis por la que atraviesan.

Emilia Pérez, Audiard y la estupidez blanca

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Hay temas que, dentro de su frivolidad perene, manifiestan una intrascendencia tan absoluta que no ameritan algún tipo de desgaste conceptual. Tal es el caso de la película titulada Emilia Pérez, del torpe e infame director francés Jacques Audiard, hasta que tuvimos el placer de escuchar sus últimas declaraciones en entrevista acerca de la lengua española. Tomaremos como referente dicha eventualidad, sin desestimar la grotesca caricaturización que hace del movimiento Trans. Narrativa acaecida en el filme y que merece su propio análisis.

Para aportar un poco de contexto, Emilia Pérez es una producción francesa, que retrata la vida y vicisitudes de El Manitas, ficcionalización de narco mexicano, que toma la decisión de cambiar de sexo. Aunque sincrética la síntesis, más allá de ello, nos topamos con una serie de tropiezos que enmarcan dicha producción como una de las obras más irrespetuosas y desatinadas. ¿Por dónde empezar? Es complejo jerarquizar el horror cometido por el director, pero como hemos mencionado, puntualizaremos en uno de sus elementos como premisa fundamental. El pésimo e irrespetuoso uso de la lengua española y su componente ideológico. En este sentido, es conveniente recordar la sentencia literal, proferida por Audiard: “El español es un idioma de países emergentes, de países modestos, de gente pobre y migrantes”.  

Escuchar el español de la actriz Selena Gómez es, a vivas luces, algo nefasto. No por capricho, se ha convertido en un meme ambulante. Y ni hablar de las odiosas generalizaciones culturales que terminan desembocando en expresiones absurdas, indicando que los mexicanos huelen a tortillas o guacamole. ¿Pueden ser cuestionables los límites del supuesto arte de Audiard? Nada más erróneo que tratar de interpretar el mundo desde la lengua ajena. Lo curioso es que el director francés, en otra de sus intervenciones, esgrime que su cine es para incomodar al fascismo, en este caso, me atrevo a tomar la vocería del pueblo latino de habla hispana para invitar al pseudointelectual a dimitir en su defensa de valores antifascistas. Nada más fascista que asumir la significación del concepto de lenguas de poder o aprovechar la condición social y cultural de las minorías para acrecentar sus réditos como artista. Aquella percepción de superioridad lingüística es equiparable al mayor acto de xenofobia que pueda llegar a orquestarse. En palabras de Eduardo Galeano en su obra Patas Arriba: la escuela del mundo al revés: “Países en desarrollo es el nombre con que los expertos designan a los países arrollados por el desarrollo ajeno. Según las Naciones Unidas, los países en desarrollo envían a los países desarrollados, a través de las desiguales relaciones comerciales y financieras, diez veces más dinero que el dinero que reciben por la ayuda externa” (Galeano 24).

Así pues, las declaraciones del director francés acrecientan la ignominia de su película. La caricatura cultural de un flagelo tan degradante como la narcoestética, aunado a la pobre narrativa de su cinematografía, hace que Emilia Pérez merezca tener su lugar propio e inexorable como la peor producción cinematográfica en la historia. Al igual que cualquier intervención artística, el cine como construcción de lenguaje audiovisual, no puede dejar de lado aquel elemento de verosimilitud.

Aunque la función esencial de dichas producciones, sea la evasión de la realidad como puente sacro entre la obra y el espectador, no debe tomarse a la ligera la representación cultural, cuando se cimienta a partir de referentes directos. No se cuestiona que se haya construido un musical como premisa narrativa a un tema tan sensible, mucho menos hacer visible el movimiento Trans, a quienes la marginalidad y la fuerte lucha de su reconocimiento ha sido una consigna, sino su ligereza absurda, falta de profundidad y el NO reconocimiento del otro como interlocutor válido. En este sentido, el irrespeto al imaginario latinoamericano e hispanoparlante, hace que el esnobismo del director recaiga en acepciones xenófobas, neocolonialistas y mercantiles.

El cine, tal y como lo plantea Antonin Artaud, coterráneo del infame Audiard, y del cual este último debería tomar lección no debe ser una construcción autorepresentativa vacía, como nos lo enuncia en su obra El Cine: “El cine puro es un error, como lo es en cualquier arte todo esfuerzo por alcanzar su principio íntimo en detrimento de sus medios de representación objetiva. Es un principio muy particularmente terrenal que las cosas no pueden actuar sobre el espíritu más que a través de un cierto estado material, un mínimo de formas sustanciales suficientemente realizadas. Existe quizá una pintura abstracta que prescinde de los objetos, pero el placer que se obtiene de ella conserva una cierta apariencia hipotética, con la cual, verdaderamente, el espíritu puede contentarse” (Artaud 14).

Quizá Emilia Pérez, es la forma desideologizada de como el europeo percibe a Latinoamérica. Un lugar subdesarrollado, tropical, constituido con un exotismo vacío, aventurero y vacacional. Latitudes agrestes que se estereotipan a partir del lenguaje de las drogas, la prostitución y los narcos. Suramericanos migrantes con su español atropellado y merecedores que un genio como Audiard, los ponga en la palestra global con una obra incoherente. Obvio, concebida desde la mente de un francés, blanco y capitalista que legitime su estética para que la audiencia válida, aquella que guarda sus mismas características, se deleite con el folklore propio del lenguaje de la pobreza y el subdesarrollo, aquel que Eduardo Galeano fervientemente denuncia como el color que miserablemente le han otorgado al crimen: “En las Américas, y también en Europa, la policía caza estereotipos, culpables del delito de portación de cara. Cada sospechoso que no es blanco confirma la regla escrita, con tinta invisible, en las profundidades de la conciencia colectiva: el crimen es negro, o marrón, o por lo menos amarillo. Esta demonización ignora la experiencia histórica del mundo. Por no hablar más que de estos últimos cinco siglos, habría que reconocer que no han sido para nada escasos los crímenes de color blanco (…) quienes se decían portadores de la voluntad divina” (Galeano 29).

Es esperanzador que la estupidez de un mal director de cine, haya servido para unir al pueblo latino. Su obra, más que el olvido, merece lucir como el estandarte del neocolonialismo y la xenofobia. Además de ser un claro recuerdo que el arte puede enmascararse, legitimando al opresor y denigrando al oprimido.

REFERENCIAS

  • Artaud, Antonin (1973). El Cine. Editorial Alianza, Madrid
  • Galeano, Eduardo (1998). Patas Arriba: La escuela del mundo al revés. Editorial Siglo XXI, Madrid

A mi izquierda, el abismo. Petro, el progresismo y la izquierda: una ecuación que toca repensar

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La sesión televisada del Consejo de Ministros del 4 de febrero sirvió para ratificar lo que ya sabemos y llevamos tiempo diciendo: que Petro no es de izquierda, aunque vampirice electoral y mediáticamente, cada vez que puede y necesita, la memoria sentimental de ese espacio político; que al proyecto progresista que dirige lo prefiere hegemonizado por las posturas del establecimiento, encarnado en Benedetti, Sarabia y otros tantos a quienes defiende a costa de quienes han sido sus verdaderos aliados; y que sus virulentos ataques a la izquierda están fundados en una serie de prejuicios, lugares comunes con poco fondo y una autopercepción sobredimensionada y arrogante acerca de su propio papel y el del M-19 en la historia política reciente del país.

Petro tiene razón al decir que la izquierda no suma 11 millones y medio de votos, como sí lo hizo el proyecto del Pacto Histórico que él encabezó en segunda vuelta, pero se equivoca al subestimar y menospreciar el aporte que hizo la izquierda para su triunfo. No hablo únicamente de poner votos, que también los puso, sino de la labor fundamental que cumplió ese sector político para sostener, con organización, trabajo duro y militancia, una serie de ideas, reivindicaciones y luchas populares en la sociedad, sin las cuales no hubiese triunfado nunca el proyecto progresista. A Petro parece que se le facilita la amnesia selectiva: puede olvidarse de los aportes de la izquierda, pero no de los de Laura Sarabia y Armando Benedetti.

En muchas oportunidades, esa resistencia de la izquierda a la avasalladora ofensiva ideológica y cultural de las clases dominantes ayudó a que no se derechizara aún más el ambiente político nacional. La mayoría de las veces, esas posturas de rebeldía minoritaria pero valiente de la izquierda se sostuvieron muy a pesar del actual presidente, que tercamente insistía en hacerle concesiones de todo tipo a la política tradicional, avalando los TLC, marchando con el uribismo el 4 de febrero de 2008 o ayudando a elegir a Alejandro Ordóñez como procurador.

Es muy importante que la izquierda, que apoyó y ha apoyado al proyecto progresista, reflexione acerca de la necesidad de redefinir las relaciones entre la izquierda y el progresismo petrista. Persistir en la defensa cerrada y sin matices de un gobierno que protegió al ala derecha de su administración por cadena nacional, satirizando y ridiculizando a la izquierda, nos deja mucho que pensar. ¿Será que, en lo sucesivo, nos tendremos que aguantar que Petro desempolve el anticomunismo trasnochado y saque a relucir su aversión por la izquierda cada vez que se cuestionen los nombramientos de Sarabia y Benedetti?

Si en la izquierda terminamos por aceptar el realismo capitalista puro y duro — según el cual esto es lo que hay y punto —, mucho me temo que nos disolveremos definitivamente en los estrechos límites del marco progresista, lo cual, además de desdibujarnos como opción de poder, puede tener un doble efecto peligroso para la izquierda. Primero, por ese camino, se seguirán corriendo las líneas de demarcación del campo político hasta que lo más revolucionario que se pueda proponer en Colombia sea el capitalismo con rostro humano del petrismo. Por otro lado, se produciría el total desarme ideológico y político de la izquierda, no solo frente al progresismo y sus evidentes límites, confusiones y tergiversaciones teóricas, sino también respecto a la propia derecha, que disfrutará y aprovechará que su adversario del futuro puede ser una versión descafeinada de la izquierda revolucionaria y combativa de antaño, con la que le quedará más fácil avenirse.

Durante la transición española, uno de los líderes del centrista y moderado PSOE, Alfonso Guerra —quien, a la postre, sería ministro del impresentable Felipe González—, se hizo célebre por decirles a los comunistas españoles, que toda la vida habían luchado contra la dictadura en condiciones muy difíciles, que a la izquierda del PSOE solo quedaba el abismo. Es decir, que para el partido que más consecuentemente había luchado contra el franquismo no quedaba espacio en la España de la transición. Algo semejante a lo que dijo Petro en su Consejo de ministros televisado.

A diferencia de lo planteado por el presidente Petro, considero que un lugar de lucha, trabajo y militancia llamado izquierda es necesario en Colombia para hacer posibles las transformaciones estructurales y de fondo, a las que el progresismo solo puede asomarse tímidamente.

 El progresismo petrista tendrá que decidir si se posiciona al lado del santismo y otras facciones de las clases dominantes para convertir ese proyecto en el vértice de un nuevo acuerdo político por arriba, o si se pone al lado de quienes han trabajado durante décadas —con aciertos y errores— para cambiar de fondo este país y cuyas banderas no han logrado embarrar ni las balas del régimen, ni la estigmatización de las derechas y menos aún el “fuego amigo” del progresismo.

Ser de izquierda y comunista en este país, al menos para mí, es un motivo de orgullo y no de vergüenza. Es miserable que tengamos que estar diciendo esto en medio del gobierno progresista de Petro, como si viviéramos en la Argentina de Milei.

Hasta pronto, amigo

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Por: Laura Camila Rodríguez

Hace unos meses escribí sobre lo difícil que es ver a nuestro animal de compañía envejecer, pues es una proximidad a la ineludible muerte. Ese día llegó y mi Amigo se fue, entonces, me toca demostrar “finura” y aplicar todo lo que dije en aquél escrito sobre el hecho de que al recordarlos los hacemos infinitos, por eso, escribo sobre él y sobre este vacío que dejó el pasado 22 de enero.

¿Por dónde empezar? Por decir que nadie está preparado para la muerte, por mucho que aquella se deje entrever, pensamos que va a ser condescendiente y nos va a regalar un tiempito más. Aunque, viendo a mi Amigo comprendí que hay algo peor que la misma muerte y es el sufrimiento. Nadie merece pasar sus últimos instantes sufriendo por una decisión (dolorosa) que está en nuestras manos, los animales merecen dignidad tanto en la vida como en la muerte.

¿Y el duelo? es durísimo, llegar a la casa prevenidos porque nos vamos a desmoronar al comprobar que es verdad, que no están aquellos ojos alegres, las uñas que rozaban el piso y parecían taconeando, la cola meneándose al son de ladridos portentosos que acosaban por una galleta y una salida mientras señalaba con sus ojos la correa. En los últimos días continúo dando lo mejor de sí para demostrar su alegría al vernos.  

“Recordar es vivir” dice una frase, en este momento recordar duele y el dolor es parte de la vida. El 23 de diciembre cumplió 13 años bien vividos; sabíamos que era su último cumpleaños y la pasó muy bien, no fue tan efusivo como en festejos pasados, pero fue feliz. El amor no se mide en tiempo sino en la trascendencia que el ser al que se le brindó tuvo en nuestras vidas, que su existencia no sea en vano y que aquella nos sirva para aprender algo nuevo, para ser mejores personas; estoy segura que ellos como los seres nobles que eran querrían eso.

Y bueno, sigo demostrando mi finura y por eso repito una y otra vez las canciones que escuchábamos juntos, especialmente Fly me to the moon de Frank Sinatra, y me recuerdo con nostalgia barriendo y cantándosela a unos ojos grandes que cuando tenían contacto visual con los míos, se intimidaban y trataban de disimular mirando para otro lado (pues sabía que le esperaba una lluvia de besos, abrazos y palabras tiernas). Ya no quiero barrer porque sé que sus pelos dejarán de aparecer, no hemos guardo sus cositas, ya habrá tiempo para eso…

Lo recordaré como un gigante libre corriendo torpemente en sus lugares favoritos (gigante porque era un bóxer blanco con café de gran tamaño); disfrutaba sumergir las patas en el río y era brusco y torpe con aquellas personas que quería; comía con energía su alimento, dejaba babas por doquier (especialmente en la ropa de la gente) y cuando tomaba agua, esta se iba para todo lado excepto su boca. Su tamaño era igual a su nobleza, gigantesca.

No es un adiós, es un hasta luego; es otra frase popular y sí, quiero pensar eso, quiero creer que sí existe un lugar donde van nuestros animales de compañía y que allí se encuentran con sus amigos y tal vez nuestros parientes. “Reubicar es entender que ahora tendrá otro lugar, un lugar más etéreo y menos físico; que tendremos que buscar nuevas formas de amar; que tenemos que honrar ese amor para que el dolor no gane la partida. Solo hasta que volvamos a vernos”. (Vidal, 2022)

La frase anterior es de un libro que iba a regalar, no imaginé que terminaría leyéndolo primero. Resignifiquemos el dolor, seamos mejores. Que su vida deje un cambio positivo en la nuestra. Y aquellos que tienen sus animales de compañía, aprovéchenlos, mímenlos, paséenlos, vayan a sus lugares favoritos, denles sus comidas favoritas, jueguen, y sobre todo llévenlos a chequeos veterinarios, para que después no queden remordimientos.

Estos días me he dado golpes de pecho diciendóme: por qué no lo lleve más al río, y si ese día en vez de montar bici me hubiera ido con él a caminar, por qué no le compré más tortas de las que le gustaban, por qué lo regañé. Debo decir que en los 13 años de su vida solo hizo dos “daños” comerse una media y un billete de diez mil.

Pero, hay algo de lo que no hay remordimiento y es en cuanto a lo médico; le hicimos todo hasta el final, como debe ser. Y en su último respiro estuvimos con él. Por eso, aprovechemos cada instante con esos maravillosos seres porque después cada segundo lo vamos a añorar. Hasta pronto, mi querido y gran Amigo. Gracias.

Referencia

Vidal, L. (2022). Cuando ya no estás. Barcelona: Penguin Random House.

Por: Laura Camila

Boicot a la estética de la crueldad

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Arículo de Mónica Eraso J.

Lo que buscaba Donald Trump este domingo no era tanto enviar de vuelta a su país a un grupo de personas como la foto de esas personas esposadas bajando de un avión militar norteamericano en suelo colombiano 

Editorial de Diario Red, 28/01/2025

El acto de apertura del segundo mandato presidencial de Donald Trump ha sido la deportación masiva de millones de migrantes latinoamericanos desde Estados Unidos. A raíz de ello el pasado domingo estalló, a través de X, una crisis entre Colombia y Estados Unidos. Gustavo Petro enfrentó la soberbia con la que Trump ordenaba tratar a los migrantes detenidos como si no fueran sujetos de derecho. La editorial del Diario Red invitó a los demás presidentes progresistas de América Latina a apoyar a Petro y escribió las líneas que he transcrito arriba en el epígrafe. El Diario Red plantea que lo que Trump y los suyos buscan con esta serie de deportaciones “es causar el terror en la población migrante y anunciar a propios y a extraños que el nuevo emperador va a blandir la espada de decapitar con decisión y sin miramiento” (Ibid). La foto de los colombianos regresando a su país encadenados con grilletes y siendo tratados como bestias peligrosas era la imagen-trofeo con la que el régimen de Trump pretendía demostrar su crueldad y poderío.

Luego de leer este texto lúcido y provocador la pregunta por el estatus de la fotografía en toda esta serie de eventos me quedó rondando en la cabeza. Yo, que me gano el pan reflexionando sobre el vínculo entre imagen y política, no lograba entender cómo era posible que una toma fotográfica fuera uno de los objetivo principales buscados con  semejante trato cruel.

¿Cómo entender la afirmación según la cual lo que buscaba Trump no era tanto devolver a un grupo de personas a Colombia sino conseguir “la foto de esas personas esposadas bajando de un avión militar norteamericano en suelo colombiano”? ¿Qué es lo que puede una fotografía producir en la era de la imagen digital y de su viralización en las plataformas propiedad de los tecno Bros? Las líneas que siguen son mi intento por dar respuesta a esta pregunta.

Hace exactamente cuatro años, en enero de 2021, asistimos al espectáculo televisivo más impresionante que los Estados Unidos han ofrecido a su fiel audiencia mundial: la toma del capitolio por parte de militantes de extrema derecha armados y orgullosamente exhibitivos de la violencia que encarnan. El entonces presidente, Donald Trump, negó haber perdido las elecciones presidenciales y alentó a la masa de fanáticos que lo apoyan a atacar, en un carnaval de terror surrealista, el edificio que alberga la sede física del poder legislativo del imperio en decadencia.

La toma del capitolio por parte de los Trumpistas fue también un fenómeno visual capturado por celulares MAGA y transmitido en tiempo real por redes sociales.

Se trató de un happening del colectivo trumpista pensado directamente como espectáculo visual para una audiencia global conectada a sus pantallas 24/7. El asalto se puede pensar como una especie de superproducción de Hollywood en la que el escenario no es ya una costosa arquitectura efímera de estudio cinematográfico sino el mundo real. Se trataba de una amenaza visual que no pretendía, en realidad, crear un golpe de Estado sino causar terror por medio de la producción de un performance registrado y transmitido cibernéticamente. El performance amenazaba al mundo con una toma de poder de las instituciones imperiales por parte de una masa heterogénea de personajes de película de “action hero”. Su registro se convirtió en una secuencia de imágenes tan viralizada que basta con traerla a la memoria con palabras para que cada uno de ustedes, lectores, pueda evocarla en su imaginación. Así la describe Paul B. Preciado:

El asalto al Capitolio es un caleidoscopio de gorras rojas y de cazadoras de cuero, de camisas de leñador, de tatuajes nórdicos, de vestimentas completamente militares estilo “Tormenta del Desierto” con la inscripción Oath Keepers en el pecho y caros conjuntos de parcas North Face y botas de montaña, de cascos de montar en bicicleta multicolores y chalecos antibalas paramilitares (435).

¿Se acuerdan? Este performance estaba elaborado con la certeza de que estas imágenes se quedarían grabadas en nuestra memoria. Las neuronas de nuestros cuerpos son la nube que las aloja, por ello es tan fácil traerlas de regreso. Los nuevos fascismos han venido perfeccionando, durante la última década, una estrategia para  intervenir en la política,  por medio de la producción de imágenes. La necropolítica es cada vez más Snaff, como lo ha visto Sayak Valencia, y los medios de comunicación nos obligan a tragarnos imágenes de violencia extrema con la excusa de estarnos informando.

En las dictaduras militares que Estados Unidos promulgó en América Latina durante las décadas de los 70 y 80, las torturas que los agentes de la represión ejercían a los ciudadanos “sospechosos” de militar en la izquierda, eran llevadas a cabo bajo el secretismo y sin dejar ningún registro visual de la crueldad. La estrategia, no obstante, ha venido cambiando durante las últimas décadas.

Por ejemplo, las torturas llevadas a cabo en 2003 por la policía militar de Estados Unidos y por los agentes de la CIA en la ocupación militar de Irak, en Abu Dabi, fueron fotografiadas y compartidas por ellos mismos vía internet. La humillación pública de aquellos considerados por los invasores como enemigos era fotografiada puesto que los torturadores querían exhibir su masculinidad bélica, tanto como exhibirían luego las medallas en sus uniformes. Se trataba de fotografías que cumplían la función de los trofeos de caza construidos con los cadáveres de los animales asesinados. Una sensibilidad estética que ensalza la belleza de la muerte violenta. 

Ya durante el último tercio del siglo XX la industria cinematográfica había acuñado dos nuevos géneros con base en la exhibición explícita de la violencia: el gore y el Snaff. La diferencia entre ambos es que en el gore la sangre es salsa de tomate mientras que en el Snaff se ejerce violencia real contra un cuerpo real con el único fin de producir una película que exhiba el abuso y el dolor.

A partir del siglo XXI la producción de cine Snaff dio un giro aún más macabro. Ya no se trataba de películas producidas por la industria cinematográfica, sino que los propios policías y militares estadounidenses se convirtieron en cineastas Snaff. Así, los videos sádicos se producían en los contextos de las invasiones imperialistas a países del tercer mundo, pero también en las aprehensión de ciudadanos negros en las calles de las grandes urbes norteamericnas. Existe un placer visual, para muchos de los votantes estadounidenses, que se genera al ver a miembros de “su” ejército humillando cuerpos de hombres y mujeres no blancas. Las redes sociales, en especial la así llamada “X”, es una plataforma para exhibir, sin ningún veto ético, las imágenes de la violencia extrema ejercida por los agentes norteamericanos.

La más reciente escena de esta larga película estadounidense se planeó en el momento en el que Hollywood se quemaba como consecuencia del cambio climático. El antiguo protagonista de reality show y actual presidente de los gringos, Donald Trump, fue el guionista de una escena que se pretendía grabar desde suelo colombiano. De ahí que “lo que buscaba Donald Trump este domingo no era tanto enviar de vuelta a su país a un grupo de personas como la foto de esas personas esposadas bajando de un avión militar norteamericano en suelo colombiano” (editorial Red). Se trataba de una campaña publicitaria que causara terror en los migrantes y, al tiempo, generara confianza, entre sus votantes, sobre la veracidad de las promesas delirantes que Trump pronunció en campaña.

La estrategia de comunicación de masas retomaba esta estética que diluye las fronteras entre realidad y espectáculo, pero no contaba con que un presidente de una república considerada por ellos como colonia, tuviera el coraje de hablarle a Trump de igual a igual. Que si a Colombia le suben los aranceles en Estados Unidos, como castigo por exigir el trato digno para los ciudadanos colombianos, Colombia le sube también los aranceles a los productos estadounidenses. Que no hay bravuconada ni chantaje que justifiquen la abierta violación de los derechos de los migrantes. El coraje cívico de Petro logró que Trump tuviera que revocar la orden para encadenar a los colombianos y devolverlos en aviones militares. De paso, su estrategia de propaganda política creada a partir de la estética de la crueldad, se vio truncada. Gracias por ello, presidente Petro. ¡Hasta que la dignidad se haga costumbre!

 Referencias

 “Todos con Gustavo Petro”. Editorial Diario Red, 28 de enero de 2025.

 Paul B. Preciado. 2022. Dysphoria Mundi. Barcelona, Editorial Anagrama.

Arículo de Mónica Eraso J.

Rojava uno de los centros de la tercera guerra mundial 

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Artículo de la Comuna Internacionalista de Rojava

La Comuna Internacionalista de Rojava nos comparte este artículo sobre la situación actual de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria, tras la llegada del movimiento fundamentalista Hayat Tahrir al-Sham a Siria.

Cabe recordar que el pueblo de Kurdistán comprende parte del territorio de Turquía, Azerbaiyán, Irán, Irak y Siria, donde precisamente está Rojava, también conocido como el Kurdistán Sirio.

Rojava uno de los centros de la tercera guerra mundial 

La toma del poder por parte de Hayat Tahrir al-Sham en Damasco, la capital de Siria, como resultado de los ataques iniciados el 27 de noviembre del 2024 en Alepo, y que en dos semanas logró sustituir el régimen de al-Assad (presidente de Siria durante 24 años), hacen parte del genocidio expansionista y colonial apoyado por Turquía, en el marco de la Tercera Guerra Mundial. Su objetivo es liquidar al pueblo Kurdo y la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AADNES) y ejercer un control total sobre Siria.

El pueblo Kurdo y la AADNES son los principales obstáculos para Turquía y su gobierno fascista encabezado por Erdoğan. Estructuras como Hayat Tahrir al-Sham (HTS) y el Ejército Nacional Sirio son estructuras islamistas paramilitares creadas y controladas por Israel y Turquía.

Por más que HTS se intente mostrar como una fuerza de gobierno con la que se puede dialogar, es claro que no quieren representar los derechos de las mujeres ni de los grupos étnicos y religiosos, por eso su plan político nunca será implementado y aceptado por la sociedad. La sociedad quiere la paz.

El comandante Mazlum Abdi de las Fuerzas Democráticas Sirias anunció un cese al fuego si Turquía paraba los ataques, pero Turquía rechazó esta propuesta e intensificó la guerra sobre Manbij y Kobanê. La presa de Tişrîn actualmente es uno de sus objetivos militares estratégicos más importantes, es un paso directo desde Manbij a Kobanê, así como también una estructura esencial y necesaria para proporcionar agua y electricidad a toda la región, por eso, recientemente ha intensificado los bombardeos allí. Lo ha hecho sobre la presa y también sobre miles de personas que se han movilizado desde el 8 de enero hacía esta para protegerla de la amenaza de destrucción y para parar los ataques del Estado turco.

Con esta guerra el Estado fascista de Turquía quiere eliminar la posibilidad de que el pueblo tenga acceso a sus necesidades vitales y obligarlos a abandonar sus territorios.

No podrán apagar nuestro sol

La respuesta de Rojava es la puesta en práctica de la educación dada a todos los sectores de la sociedad sobre la estrategia de la Guerra del Pueblo Revolucionario. Una estrategia de defensa de la población atacada por fuerzas estatistas enemigas.

El objetivo de difundir la existencia de esta estrategia de defensa es, por un lado, fortalecer la comprensión del Confederalismo Democrático en el que se basa la sociedad de Rojava y, por el otro, crear una perspectiva común sólida sobre nuestro papel, como movimiento de resistencia global, en defensa de la Revolución de Rojava, la destrucción del fascismo turco y la construcción de Rojava en todas partes.

La urgencia de esto se ha vuelto más clara en los últimos meses, dados los crecientes ataques a la revolución de Rojava y la amenaza inmediata a todas las fuerzas democráticas del mundo. Toda la vida de la sociedad, la economía, etc., se organiza según la guerra, creando la realidad del pueblo que lucha, es decir, preparando y creando una mentalidad que permita al pueblo no abandonar su tierra, sino quedarse y defender lo que ha sido construido. Las sociedades siempre sufren en una guerra, sea legítima o no. Pero los estados han utilizado la violencia como monopolio para centralizarla en sus manos. Condenan el uso de la violencia por parte de la sociedad. Criminalizando los levantamientos populares de la peor manera posible, llamándolos terroristas sin otro objetivo que causar caos y destrucción.

Debemos ver la verdad de la propaganda de los Estados. Para defender nuestra vida y nuestros valores, debemos defendernos a nosotras y nosotros mismos. La legítima defensa no significa necesariamente esperar hasta que el enemigo ataque físicamente, sino que también es legítimo tomar medidas para luchar contra un sistema opresivo. 

La revolución no conoce fronteras

Para el pueblo que habita Rojava, la defensa de esta revolución es el mantenimiento mismo de su propia existencia, es la creencia profunda en los valores en los que se basa: este apego natural a la libertad es la razón de la resiliencia del pueblo, precisamente porque la libertad es una necesidad natural del ser humano, no conoce etiquetas políticas, ni religiosas, por eso la victoria de la revolución es la victoria de todas las fuerzas e individuos que creen en los valores del socialismo y que se ven a sí mismos como parte de esta lucha por la defensa y continuación de una vida libre.

Verse parte integral significa convertirse en sujetos activos para contrarrestar los ataques a su tierra; es ser defensoras de la naturaleza que antes de nosotros respira en esta tierra. Educarse, autorganizarse y ser creativas son elementos esenciales para no dejarse engañar por el enemigo y tener una idea clara, libre de la guerra especial de los medios estatistas.

El tipo de trabajo ideológico que hace la población de Rojava no conoce límites, la implementación de la estructura del Confederalismo Democrático y sus instituciones se puede implementar en todos los lugares donde la sociedad vive para defender su identidad y cultura, donde intenta desarrollar estructuras autónomas del Estado. Conocer esta realidad no debe verse como algo lejano y queremos hacer un llamado a todas las personas que estén dispuestas a ponerse a disposición de la Revolución para su pueblo y su tierra, viniendo aquí y aprendiendo a ser protagonistas de la historia de la resistencia, abrazando la libertad natural.

Por: Comuna Internacionalista de Rojava

¡Salud por la gloriosa Pedagógica!

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Siempre quise entrar a la universidad. Me acuerdo que en el colegio pensaba: solo me faltan tres años para entrar a la universidad, dos años y se acaba esto. Me imaginaba las conversaciones, las fiestas, las marchas y todo eso que veía en las películas sobre la vida universitaria.

Cuando llegó el momento tenía tres certezas: en primer lugar, me presentaría a la Universidad Pedagógica, en la que enseñaba un profesor al que había leído en el colegio. En caso de no pasar, estudiaría para ser técnica electricista en el Sena, porque siempre me habían apasionado los circuitos. Y en tercer lugar, me postularía a la Nacional, porque ese examen siempre ha hecho parte del ritual de transición.

Entrar a la Pedagógica no era fácil, estaba la Prueba de Potencialidad Pedagógica, en la que le medían a una la vocación docente; luego la prueba específica, que en mi caso, era sobre geografía e historia. Finalmente, una entrevista, la más difícil de todas. Fue el profesor Frank Molano quien me preguntó por qué quería estudiar en la Pedagógica y cuál había sido el último libro que había leído. Mi mamá me estaba esperando afuera del A, me acuerdo que le dije: “paila mami, no paso. Miremos el otro semestre en el Sena”.

Felizmente pasé y bebí de todas las ciencias sociales, también bebí Chin Chin; participé en el movimiento estudiantil; disimulé mi ausencia de vocación docente y mi poco interés de trabajar en la escuela; me estrellé con el machismo de mis compañeros; me enamoré de la historia; viajé a Boyacá, Huila, Bolívar, Valle del Cauca, Cauca, Cesar, mientras aprendía de problemas ambientales, geografía, política, interculturalidad y las variedades de chirrinchis.

La UPN me ha dejado amistades entrañables con quienes nos seguimos encontrando después de muchos años, y seguimos compartiendo ese afán de cambio, ese espíritu juvenil y revolucionario que continúa presente en lo que hacemos.

Mucho de lo que aprendí en la Universidad Pedagógica, de ese currículo diverso y sus profesor_s apasionad_s, la lucha por la defensa de la educación pública, la resistencia al uribismo, la pedagogía crítica, el vibrante sentimiento de clase, todas esas cosas me brindaron las bases para trabajar e investigar en lugares diferentes a la escuela y profundizar en otros campos de las humanidades, incluso, a llevarle la contraria a ese fundamentalismo escolar que hay en la peda y explorar otros caminos dentro y fuera de la academia. 

Ustedes pensarán que esto pasa en todas las universidades, pero les aseguro que lo inspiradora que resulta una licenciatura, el hecho de que todas las carreras estuvieran tan cerca la una de la otra, que casi todo el mundo se conozca y se forme profesionalmente desde algo tan generoso como la educación, lleva a que la vida en la UPN sea más intensa y excitante.

Hoy mi universidad cumple 70 años y con emoción me sumo a esta fiesta.

Yo soy rebelde
trabajadora
egresada y educadora.
Por eso lucho
por eso lucho
¡Por construir un mundo mejor!

De la escuela viene un barco cargado de expectativas

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Vano es todo esfuerzo mental por concebir la escuela apolítica, la escuela neutral. La escuela del orden burgués seguirá siendo escuela burguesa. La escuela nueva vendrá con el orden nuevo. La prueba más fehaciente de esta verdad nos la ofrece nuestra época: la crisis de la enseñanza coincide universalmente con una crisis política.


José Carlos Mariátegui, La libertad de enseñanza, 1925.

No hay que fiarse demasiado del discurso liberal que vende —a su mejor estilo— que todos los problemas de la sociedad se resuelven con educación. Yo me distancio categóricamente de ese mito. Muchas de las dolencias que nos aquejan solo pueden superarse cambiando radicalmente el orden social, económico, político y cultural, del cual la educación es, por supuesto, un componente fundamental, pero no el único. Estoy harto de la fórmula supuestamente infalible, bien pensante y muy seductora a nivel cultural según la cual: la educación puede con todo.

Esta perspectiva equivocada no solo siembra confusión en cuanto a quiénes son los adversarios que enfrentamos para construir un mundo auténticamente humano —en el que la vida valga la pena y no solo arrastremos los pasos pesados de nuestra existencia hasta morir—, sino que también carga sobre la educación un cúmulo de expectativas irreales que conducen a la perpetua frustración de pedirle a la escuela que zurza un mundo roto mientras la escuela misma está situada en ese mundo y aporta, en muchos sentidos, a su reproducción simbólica y material. Y aunque es claro que la escuela puede, y de hecho ha remado valerosamente en la dirección opuesta, y es motor de cambio, no puede ni podrá sola cambiar el mundo.

El capitalismo hipócrita, que ve en la educación el antídoto a todos los males que él mismo ha creado y perpetúa, se rasga las vestiduras pidiendo más y más educación de calidad, pero licúa los vínculos familiares en el molino inclemente de la superexplotación, que usurpa el tiempo de crianza y socialización a los padres de las clases populares. Estos aceptan no pasar sus mejores horas con sus hijos, extorsionados por la pulsión de la carencia, el hambre y el consumismo como único horizonte vital de realización. Hace colapsar las estructuras públicas y comunitarias de cuidado y uso del tiempo libre, al tiempo que nos impone un ocio basura, individualista y alienante. Nos aísla y nos fragmenta en un fractal infinito de consumo hedonista, superexplotación, frustración, vaciamiento del sentido y tristeza infinita.

La escuela pasa a ser, así, el lugar en el que se supone hay que hacer contención de todos estos daños: criar, alimentar, cuidar, paliar, educar y un largo etcétera que no podemos seguir naturalizando ni romantizando. Tenemos que dirigir el dedo acusador al sistema que nos enferma y simultáneamente nos vende la tranquilidad enajenada de un falso remedio.

En el umbral de todas estas expectativas grandilocuentes, las lógicas capitalistas que gobiernan al sistema educativo imponen a la escuela un régimen burocrático de perpetua evaluación, de eterna búsqueda de nuevos paradigmas reemplazados cada ocho días por una nueva moda, de constante comparación y competencia que devienen en rankings que no dicen nada. En síntesis, un confuso océano de papeles, trámites, formalismos, proyectos y vigilancia que, en nombre de mejorar la calidad de la educación, aísla a las comunidades educativas de lo realmente fundamental en la escuela: la socialización y construcción de un conocimiento liberador y crítico, mediante el cual las personas accedemos al bien común del saber que nuestra especie pensante ha acumulado en millones de años de historia para ayudar a transformar el presente.

En estas semanas, la escuela está de vuelta. Nuestro barco se hace de nuevo a la mar y precisa, para navegar mejor, deshacerse de este cúmulo de expectativas inútiles inoculadas por el capital y seguirse construyendo como un espacio para repensar y resistir este mundo de injusticias, como parte importante de una estrategia más amplia y potente que nos permita remontar las aguas turbulentas del capitalismo y alcanzar los océanos fecundos de la transformación radical del orden existente.

La educación puede y debe ser más que el estercolero de las miserias del capitalismo.