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Lo bueno, lo malo y lo feo del “nuevo” esquema de aseo para Bogotá. Una lectura necropolítica

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La ciudad se prepara para implementar el “nuevo” esquema de basuras. En lo que resta del 2025 la alcaldía de Carlos Fernando Galán, a través del equipo que lidera Consuelo Ordóñez, directora de la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos, UAESP, acabará de definir los criterios jurídicos, técnicos y financieros para, según se publicita con bombos y platillos, pasar de la economía lineal del servicio de aseo, a la promesa de economía circular y basura cero, esquema que debe ser implementado a comienzos de 2026. 

Con el “nuevo” esquema la alcaldía pretende una transformación radical en relación a lo que había dejado el alcalde Peñalosa con la licitación del modelo de Áreas de Servicio Exclusivo que duró desde 2018 hasta 2026, y que no resolvió los problemas que para la actual administración son neurálgicos: la falta de cultura ciudadana, la falta de prestación del servicio de aseo de calidad (frecuencia del barrido y la recolección, poda de césped y árboles) para cerca de 300 mil usuarios de bajo ingreso, los altos costos financieros y ambientales de transporte de residuos hasta Doña Juana, el incremento del enterramiento de basuras en Doña Juana (seis mil toneladas diarias), las bajas tasas de material reciclado, el incremento de puntos críticos y zonas de arrojo clandestino de escombros y basuras y, la escasa participación del gremio de reciclaje popular en la economía de escala que constituye el servicio de aseo público de Bogotá.

En su tiempo, el alcalde Peñalosa prometió, con su “nuevo” esquema operativo, resolver definitivamente el problema del aseo urbano, mejorar la calidad, ampliar la cobertura, disminuir las toneladas enterradas e incluir a la población recicladora. Y justamente, 30 años antes de Peñalosa, otro alcalde, Andrés Pastrana juró en 1988 que con la privatización del servicio de aseo y la tecnología del relleno sanitario Doña Juana la ciudad se convertiría en la esquina más limpia de Suramérica. El tropo de la solución definitiva en materia de basuras ha sido recurrente desde que a finales del siglo XIX las principales ciudades colombianas crearon el denominado “ramo de aseo”, como una nueva función del Estado a escala municipal, separado del ramo de aguas y de las aguas residuales. Lo sólido debía fluir por las calles hacia los botaderos y los líquidos pestilentes debían fluir por tubos subterráneos hacia los ríos urbanos. Desde hace 150 años cada nueva administración ha propuesto una solución final para enfrentar las recurrentes crisis de basuras que acompañan la vibrante vida urbana y sus relaciones de producción, consumo, despilfarro y descarte.

¿Por qué históricamente ha resultado tan complejo el manejo de las basuras en Bogotá?, ¿qué desafíos, novedades, continuidades y vacíos tiene la propuesta de aseo de Galán?, ¿qué posibilidades de acción política participativa tenemos las ciudadanías para actuar en y desde nuestros desechos y contribuir a ambientalizar la democracia bogotana? Para esbozar algunas respuestas posibles acudo a la investigación histórica que durante una década vengo realizando sobre las basuras en Bogotá, y la teoría necropolítica, la cual muestra que más que el gobierno de la vida, el capitalismo contemporáneo se caracteriza por la administración de la muerte, muerte de humanos y no humanos, muerte por toxicidad, contaminación, insalubridad. Distribución de formas de muerte, graduales, casi imperceptibles, rentables. Una mirada necropolítica a la gestión de la basura en Bogotá puede resultar provechosa para que aprendamos a vivir y morir bien en este turbulento presente. 

Lejos de la vista y del olfato, lejos de la mente

La basura es un artefacto dúctil, difícil. Su hibridez, material, cultural, política, la hace escurridiza, muerde a toda hora. La modernidad ha pretendido ocultarla bajo la escoba cultural de la limpieza. La promesa a los habitantes de la ciudad, no a todos, ha sido el ofrecimiento de un espacio limpio y seguro, distante de su némesis, la basura, maloliente, activa, desafiante. La basura resulta de la paradoja del capitalismo que incita al crecimiento económico, el progreso, y por ende, el consumo, pero crea imparablemente el torrente de desechos y de vidas desechadas. La ecuación es simple, mayor riqueza, mayor consumo, mayor cantidad de basura. No es cierto que la basura sea asociable a la pobreza, una ciudad con mucha basura es una ciudad rica, capitalista.

Estar a distancia de los amontonamientos de basura pestilente se convirtió en requisito de inclusión a la vida urbana. Se trató de una operación necrológica. Puesto que mantener una parte de la ciudad y la ciudadanía limpias implicó definir, qué otra parte de la ciudad y de la ciudadanía, con menos recursos para disputar el ordenamiento urbano, se tuviera que hacer cargo de los desechos democráticamente producidos por todos y todas. Todos y todas producimos basura, pero no todos y todas barremos las casas, las calles, transportamos desechos, escarbamos tesoros escondidos y vemos deteriorados ambientalmente nuestros entornos y nuestros cuerpos por los gases y líquidos que los microorganismos descomponedores producen al trabajar, para el capitalismo, gratuitamente en la basura socialmente producida.

Gran parte de la política de la basura ha consistido en sacar rápidamente de la vista y el olfato de una parte de la ciudadanía los restos descartados. Narices que no huelen, corazones y mentes que no senti-piensan. Los alcaldes siempre les temen a las masas, masas iracundas de inconformes y masas efervescentes de materialidades en descomposición. 

Regímenes de basura

Pero los efectos que produce la materia en descomposición y los discursos que sobre ella se crean para administrarla, ocurren en una red de actores fluida, móvil y cambiante, que constituyen regímenes de basura difíciles de ver. Es decir, patrones estables conformados por obreros, gerentes, empresas, recicladores, políticas, comportamientos, tecnologías, flujos de recursos, materialidades descartadas y pensadas como obsoletas, microorganismos, infraestructuras, calles, recipientes, vehículos, escobas, investigaciones, normas, creencias, epistemologías, utopías, botaderos y un largo etcétera. Una vez instalado un régimen de basura, este nos define la experiencia y las relaciones de descarte y contaminación, los modos de hacer que conectan todo y a todos en la red, desde la bolsa del baño, la tarifa que se paga, el camión, el relleno sanitario y la creencia de “ponga la basura en su lugar”. No es una línea ni un círculo, sino una red. Una parte del problema de las políticas de la basura en Bogotá, y en gran parte de las ciudades del mundo, es que los administradores políticos urbanos y los cuerpos de ingenieros sanitarios/ambientales, al igual que la mayoría de los habitantes, no logran ver la olorosa y cambiante red de actores en que están inscritos, que hace la basura y define el régimen de basura. Una mirada miope produce medidas miopes. 

La mayoría de las administraciones municipales en su premura de sacar la basura de la vista y el olfato de los votantes planean “nuevos” esquemas de servicio de aseo, para lo cual tienen que estandarizar y simplificar la compleja realidad en red de la basura. La legibilidad estatal hace como si fuera eficiente y se recubre de retórica salvadora. Se ha venido difundiendo una nueva retórica geométrica que considera que pasar de la línea al círculo mejorará mágicamente todo. Este razonamiento geométrico y plano tiene el problema de no ver la profundidad de la red. Al no ubicar los puntos nodales de la red en que se soporta, los diseñadores de políticas de la basura no logran acertar en las estructuras necrológicas que generan desigualdades espaciales y territoriales en la gestión de las basuras.

En términos generales he analizado que desde finales de los años 80 del siglo XX, el régimen de basuras, neoliberal-ambientalista, ha tenido las siguientes características: 

1. Las materialidades descartadas (orgánicas y químicas) se tornaron en una mercancía y el mercado de basuras funciona a partir de la privatización del servicio de aseo y la constitución de monopolios privados (nacionales y extranjeros), con gran capacidad económica y política en torno al barrido, transporte y enterramiento de basuras. El valor de la licitación del aseo en tiempos de Peñalosa ascendió a casi cinco mil millones de pesos, uno de los rubros más altos de la ciudad y uno de los más codiciados y disputados.

2. La tecnología de tratamiento final de los desechos es el relleno sanitario y el medio de transporte es el empaquetamiento en bolsas plásticas transportadas en camiones con destino al sur de la ciudad para que allí, de manera permanente y sobrexplotada, las compañeras bacterias y otros bichos, traten de descomponerlas. No obstante, este reactor biotecnológico, no logra descomponer, sino momificar gran parte de la confusa materialidad química-vegetal-animal-humana que 10 millones de personas y otras criaturas producimos. Las bacterias sobreexplotadas nos regalan toneladas de gases tóxicos que enferman lentamente a los habitantes (humanos y no humanos) del extremo sur oriental y excretan líquidos lixiviados que matan al río Tunjuelo, al Bogotá y al Magdalena. Cuando Pastrana y los ingenieros sanitarios planearon el Doña Juana pensaron en otros tres rellenos en la ciudad y en plantas de transferencia para hacer separación a gran escala de lo enterrable y utilizable, pero su utopía sociotécnica cedió ante el mercado de los desechos y el prestigio de las elites urbanas, que no soportarían ver pasar camiones con basuras por sus encopetadas avenidas. 

3. La participación ciudadana se redujo a poner la bolsa de basura en el espacio público y a pagar la tarifa, cada vez más costosa. Para esta franja de la ciudadanía, la retribución que espera por el pago de la tarifa es no oler ni ver la basura. El régimen de basura tiene un contrato sanitario, un pacto de limpieza que opera por sobre la Constitución Política y que está atornillado por la desigualdad ambiental y espacial. Los sectores sociales de alto ingreso pagan más, tienen sus calles más limpias y su territorio está a salvo, lejos de las toxicidades, ya que históricamente el ingreso, el estatus y el prestigio están espacializados en Bogotá. El área de Doña Juana es un apartheid sanitario necrológicamente dispuesto, planeado e irrenunciable.

4. La población recicladora que ha luchado por su reconocimiento como parte del sistema integral de aseo, sigue en la marginalidad y la informalidad. Sometida a procesos de monstruosización y estigmatización necrológica. Términos como desechable y campañas de limpieza han justificado el genocidio silencioso de habitantes de calle y recicladores. Las medidas compensatorias son limitadas, el cumplimiento del pago tarifario del aprovechamiento no llega a toda esta población. Las asociaciones luchan por sobrevivir y afrontar con pocos recursos las exigencias de formalización y tecnificación, pero el tejido comunitario organizado es minoritario. Una gran multitud de habitantes de calle se dedican a la recolección esporádica de residuos, sometidos a procesos necrológicos de desciudadanización y monstruosización que los hace sentir como zombis odiados y temidos. Su respuesta es la democratización de la suciedad, romper las bolsas, generar amontonamientos de desperdicio. La revancha de quienes viven en situaciones abismales.

5. A medida que mejoran los ingresos de sectores medios y populares se generan más desperdicios. Nuevos residuos como los escombros y los muebles grandes, medianos y pequeños descartados no cuentan con sistemas públicos, accesibles y económicos de recolección y transporte. En mucho contribuyó Petro cuando fue alcalde al abaratar estos costos con la empresa pública de Aguas de Bogotá (odiada por los zares de la basura), que disminuyó puntos críticos y clandestinos de basuras. Nuevas basuras sobre nuestras cabezas colapsan el régimen, las operadoras de cable de internet privadas usan los postes públicos y tienden sin consideración redes de telecomunicaciones aéreas que siguen colgando cuando el usuario cambia de operador. Nadie es responsable de su recolección y tratamiento, ni el usuario, ni las empresas, ni la UAESP.

6.  Las cifras oficiales y privadas sobre la basura que se produce en la ciudad no dan cuenta de todo el descarte. Se entierran 6500 toneladas diarias en Doña Juana, se reciclan entre mil y mil quinientas toneladas diarias y más de dos mil toneladas permanecen en las vías públicas, caen a ríos y humedales, quedan suspendidas en los árboles de parques y avenidas, se alojan como microplásticos en los cuerpos humanos, de aves, mamíferos, anfibios.

Este es, a grandes trazos el régimen neoliberal-ambientalista de basuras. Nadie quiere que a los gobernantes de una ciudad o un país les vaya mal, sería torpe y egoísta apostar y desear que a la administración de turno le vaya mal. Así que, para terminar, quiero hacer algunas reflexiones sobre las deficiencias de lo que hasta ahora se conoce del nuevo esquema de aseo de la alcaldía de Galán y que sin duda no cuestionan los elementos más estructurantes de la red de actores que sostienen el régimen de basuras actual, sino que la fortalecen. 

Del sueño de Galán a la pesadilla de la toxicidad necrológica en Bogotá

Galán, como antes Peñalosa y más atrás Pastrana, plantean cambios trascendentales en el esquema de aseo. Claro, Galán quiere y debe reaccionar a la demanda global de la economía circular y la política de basura cero y también a lo postulado por el gobierno Petro en el Plan de Desarrollo y esto hace más desafiante su propuesta, porque pese a lo plano de la política de economía circular, sus enunciados son sintomáticos de que el actual régimen de basura de Bogotá, no solamente el esquema de aseo, está en crisis. Sin duda hay elementos positivos en los enunciados del nuevo esquema de aseo, pero tiene serios problemas que de no tratarse seguirán generando necropolítica, la administración de cómo morir indignamente.

El primer gran problema es que enfatiza en que se debe incrementar en 30% las tasas de materiales recuperables, papel, cartón, chatarra, vidrio, plástico. Esto no es negativo per se, pero el esquema desatiende lo valioso del residuo orgánico, el cual constituye más de la mitad de la basura generada y enterrada al abandonar la política de producción de materiales compostables. El régimen de basuras actual renunció a la investigación que en las décadas del 60 y 70 del siglo pasado, realizó el Instituto Colombiano Agropecuario ICA, para producir abonos con las basuras urbanas. Pese a que se suele hablar de la importancia de lo orgánico, lo que enuncia la directora de la UAESP, es que Bogotá seguirá enterrando el 70% de sus basuras en el ahora nombrado eufemísticamente Parque de Innovación Doña Juana. Por otra parte, los mercados de materiales seguros reciclables no son del todo estables, por ejemplo, las industrias de vidrio prefieren importar sílice, que reciclar el vidrio. Todos los días las asociaciones de recicladores están indagando los precios de los materiales reciclables. Esta dependencia del flujo de los valores, opera como una Bolsa de Valores, se busca aquello más rentable, y desafortunadamente opaca la pretensión ambiental de esta posibilidad.

El segundo gran problema, es que el enunciado sobre inclusión de la población recicladora no es consistente. Ya existen asociaciones recicladoras que realizan rutas paralelas de recolección de papel, cartón, plástico y vidrio y sin duda participan, aquellas más formalizadas, de la parte de la tarifa para aprovechamiento. Pero aún no se reconoce el tiempo-trabajo invertido en recorrer calles, cargar materiales, llevarlos a sus bodegas, hacer nuevas separaciones, vender el producto, distribuir entre pequeños empresarios y empleados precarizados los ingresos percibidos. No aparece la estrategia de formalización, promoción de organización, dignificación y restitución de derechos ciudadanos a la mayoría de la población recicladora. Así que es posible que las políticas de monstruosización y el revanchismo democratizador de la suciedad continúen. 

El tercer gran problema, es lo limitado de la participación ciudadana, reducida a que la gente sea más consciente, tenga más cultura ciudadana y se prepare para el eventual incremento de la tarifa. Se trata de la herencia neoliberal que lee de esa manera la ciudadanía. La ciudadanía ambiental del neoliberalismo no puede hacer visible y legible la diversidad de prácticas ciudadanas y populares de gestión de basuras. Bogotá tiene una importante franja de clases medias que hacen pacas biodigestoras, pequeñas cooperativas que recogen orgánicos para compostaje, una experiencia popular significativa de reciclaje de orgánicos con una planta de compost de Sineambore en el barrio Mochuelo, huertas caseras, el primer experimento de comunidad recicladora que tiene limpio su barrio, El Regalo en la localidad de Bosa, en el que la comunidad reincorpora sus residuos para agricultura urbana y cuidado de sus espacios, y que logró una disminución sustancial del valor de la tarifa de aseo colectivo al demostrar que no son generadores de basura. De ahí que la oferta de participación ciudadana del “nuevo” esquema de aseo sea limitada, la directora de la UAESP dice que de pronto podría haber algunos ajustes tarifarios a aquellos ciudadanos eficientes, pero no se aclara cómo. Esta subvaloración de la agencia de comunitarismos ciudadanos activos en sus desechos es explicable eso sí, porque al parecer el nuevo esquema de aseo no va a tocar las zonas de servicio exclusivo monopolizadas por carteles empresariales dueños del mercado de las basuras y que ven estas prácticas ciudadanas como competencia desleal. Claro hay que intensificar las campañas educativas, pero también se debe apoyar y ampliar las capacidades de gestión ciudadana sobre sus residuos.

El cuarto gran problema, es que no aparece una estrategia de fortalecimiento de la capacidad de control en la UAESP del servicio de aseo. El régimen neoliberal-ambientalista significó la subordinación de la alcaldía a los poderes empresariales y a los zares de la basura. Bogotá no ha logrado hacer de la UAESP una entidad autónoma con capacidad de regulación. Además existe una recirculación y reciclaje de funcionarios que pasan de la empresa privada a la UAESP, práctica cobijada por la idea de experiencia acumulada, pero que contribuye a orientar en beneficio del monopolio privado sobre las políticas de la basura. Algunos concejales han denunciado que hay empresarios metiéndole mano a la actual propuesta de licitación. Además, uno de los operadores ha demandado a Bogotá porque la UAESP le demostró que estaba inflando los kilómetros barridos. Todo parece indicar que la ciudad va a perder nuevamente ante los consorcios, y la respuesta de la directora de esta entidad distrital es que no puede hacer nada porque esto depende de la Superintendencia de Servicios Públicos, lo que demuestra que el neoliberalismo debilitó la capacidad reguladora del Estado.

El quinto gran problema, es que la estructura necrológica, base de desigualdad espacial y ambiental, no se toca. La directora de la UAESP dice con razón que se deben crear otros puntos de acopio de residuos en Bogotá para evitar la acumulación de basuras en el extremo sur de la ciudad. Afirmación loable pero sin fundamento. Si no se modifica el plan de ordenamiento territorial de Bogotá el cual desde 2003 ha blindado los barrios de estratos altos, con la denominación de uso exclusivamente residencial del suelo, mientras que considera los barrios de la periferia como suelos de mixto del suelo, lo que obliga que las bodegas de reciclaje se ubiquen en la periferia y se aumenten los niveles de toxicidad en la medida en que un alto porcentaje de residuos recuperados están mal separados desde la fuente, están contaminados y suelen arrojarse a las calles de los barrios populares.

El sexto gran problema del nuevo esquema de aseo es que no se corresponde con los cálculos demográficos de los urbanizadores, quienes, desde Peñalosa, aspiran a que Bogotá duplique en dos décadas su población. En el urbanismo neoliberal, consumo y experiencia urbana implicarán mayores volúmenes de basuras. Surge siempre una incógnita, Bogotá está entrando al invierno demográfico, las tasas de reproducción de la población tienden a frenarse, los índices de infertilidad crecen en los cuerpos cada vez más llenos de toxicidades y, las nuevas generaciones no quieren tener hijos. Pero el capital ya se la jugó, el ordenamiento de Bogotá y la sabana está montado sobre el incremento de la población. ¿Será la violencia en las regiones, la desposesión y apropiación de los medios de vida y la destrucción de sus ecosistemas la fórmula necrológica para generar los nuevos 10 millones de almas bogotanas? De verdad espero que no. 

Para nada se trata de plantear un escenario de víctimas y victimarios, he querido presentar que lo que existe es una compleja red de actores humanos y no humanos, con capacidades y posibilidades asimétricas, pero potencialidades múltiples. Como parte de esa red y bicho que genera residuos, esta discusión que ofrezco busca aportar elementos para pensar, sentir y actuar políticamente ante las relaciones de descarte urbano, las políticas de la basura y la ambientalización democrática de la ciudad. Empezar a reconocer que el “nuevo” esquema de aseo de la actual administración no modifica sustancialmente el régimen de basura de Bogotá es importante y es un deber ciudadano.

Bogotá, mayo de 2026

Gritar desde adentro. Una grieta feminista en la autoría

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El domingo 27 de abril fui invitada a presentar el libro Gritar desde adentro en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, publicado por la editorial independiente Albaricoque, este libro hace parte de una selección de obras que apuestan por una sensibilidad crítica tanto en el plano estético como en el político. La invitación fue, para mí, un gesto de confianza y también un desafío, acompañar una obra que no se deja encasillar en un solo género, ni en una sola voz; un documento que ante todo es un acto de denuncia, de cuidado y de pregunta colectiva sobre las violencias de género que se viven y callan en el ámbito universitario.

Lo primero que llama la atención es cómo se estructura el libro, en la página 3 aparece una lista que simula una jerarquía autoral —guion, ilustración, edición, investigación— como si estuviéramos frente a una producción tradicional. Pero esa jerarquía no se sostiene cuando pasamos a los agradecimientos, en la página 6, donde se declara con contundencia: “Gritar desde adentro fue el resultado de muchas manos que trabajaron directa o indirectamente en su creación”. Una declaración, no un gesto de cortesía, un posicionamiento político que desmonta la noción de autoría individual y celebra el ensamblaje colectivo como forma de creación.

Entre ambas páginas —la que simula orden jerárquico y la que lo desarma— aparece el hilo de la página 4, ese hilo, lejos de representar armonía o conexión fluida, es visualmente denso, lleno de nudos, cruces, líneas enredadas, es una imagen potente de lo difícil que es hablar de las violencias en los espacios universitarios, hablar no es lineal, no es limpio, no es clarificación de unos hechos; el hilo encarna la complejidad de nombrar lo vivido cuando las palabras no alcanzan, cuando el contexto institucional aplasta o silencia. Es, como diría Aina Pérez Fontdevila, una forma de mostrar que la autoría también puede ser dolor, fragmento, interrupción, el hilo no une, incomoda, desordena.

Este gesto de disolución autoral dialoga con el trabajo de Aina Pérez Fontdevila, quien en su texto “¿Qué es una autora o qué no es un autor?” cuestiona la idea de una autoría entendida como expresión directa de una subjetividad propia, autónoma y desligada de las relaciones de poder y género que la configuran. En lugar de seguir reproduciendo la figura del autor soberano, la propuesta de Pérez Fontdevila —en diálogo con la teoría de la “escritura femenina”— sugiere pensar la autoría como una red, una práctica relacional, una comunidad. En esa clave, Gritar desde adentro no es un libro firmado, sino tejido. No es una voz, sino un coro.

En este libro sabemos que hay gente detrás de su producción, pero ¿quién dibujó esto?, ¿quién hizo el guion? No hay firmas, ni rúbricas individuales; las autoras, que son todas, ensamblaron las viñetas y les dieron una lógica y un contenido; para entender este proceso, habría que conocer cómo ilustra cada una, cómo piensa cada línea, cómo se enfrentaron juntas a la representación del dolor y la resistencia. Una de las fuentes más importantes fue la investigación de Laura Castrillón Guerrero, titulada ¡Gritar desde adentro!: prácticas de silenciamiento de violencias basadas en género y sexualidad en espacios universitarios, pero esa base fue resignificada por el colectivo que ilustró, editó y dio forma al conjunto. Me consta —por haber hablado con ellas— que no hubo un trazo sin discusión, sin pregunta. Cada página fue elaborada en colectivo, con tiempos dispares, con emociones en juego, con silencios difíciles de representar. Y eso también es autoría, una forma otra de escribir juntas, de figurar lo indecible.

Desde esta perspectiva, el libro toma distancia de la tradición que vincula autoría con propiedad y genialidad. Como recuerda Pérez Fontdevila, es necesario desnaturalizar los atributos del autor, no para eliminarlos sin más, sino para mostrar que la creación es siempre situada, permeada por relaciones de comunidad, repeticiones, memorias. Y si hay un espacio donde esto se hace visible es en los feminismos, en esas prácticas en las que, como dice Haraway, “Importa qué ideas usamos para pensar otras ideas”, y que no se teme preguntar cómo se narra, quién narra y para qué.

En esa misma dirección, el libro introduce una imagen poderosa, la grieta; en la página 39, una colectiva se fractura por una conversación en la que las miembros se preguntan si es posible transformar la universidad desde adentro o si hay que romperla toda; esa grieta no divide, complejiza. Y nos invita a no cerrar la conversación, el libro no busca consenso, sino apertura, es un lugar para pensar juntas lo que duele y lo que resiste.

Durante la conversa en la feria, una de las preguntas fue: ¿cómo pensaron la relación entre palabra e imagen para hablar de algo tan difícil como la violencia? Andrea Cagua mencionó como referente el cómic Hierba, de Keum Suk Gendry-Kim, que narra la historia de Lee Ok-Sun —una de las miles de mujeres esclavizadas sexualmente por el ejército japonés durante la Guerra del Pacífico— sin caer en la exposición gráfica del horror. En Gritar desde adentro, algo similar ocurre en escenas como la de la página 12, donde se muestra el ingreso de una estudiante a la oficina de un profesor con un gesto de incomodidad creciente. No hay necesidad de mostrar el acto de violencia; las puertas cerradas y el rostro de la joven al salir dicen más que cualquier imagen explícita. Esas puertas también hablan, son testigos silenciosos de lo que ocurre al otro lado. ¿Qué pasaría si pudieran contarlo? ¿Qué memorias guardarían sus cerraduras? En este libro, los objetos también dicen, acompañan el testimonio y lo vuelven colectivo.

A esa apuesta por abrir preguntas más que cerrar respuestas le sigue una escena que condensa muchas de las tensiones del libro. En las páginas 58-59, Majo narra su experiencia de violencia una y otra vez. El cómic no representa de forma gráfica el acto violento en sí, pero sí lo rodea con imágenes que denuncian su repetición institucional, los testimonios que deben contarse una y otra vez, las oficinas, el desgaste emocional. A la izquierda de la doble página, la protagonista se va empequeñeciendo, cada viñeta reduce su presencia, su cuerpo se retrae. A la derecha, su figura crece, hay escucha, hay contención; este contraste visual traduce el paso de la revictimización al apoyo, la violencia no solo está en el hecho, sino en las formas de su gestión, en la desconfianza sistemática, en la tramitología que reabre la herida.

Finalmente, en las páginas 80-81 se agradece a quienes acompañaron, retroalimentaron, creyeron. En una de las viñetas se lee: “mi voz es colectiva”, mientras un post-it, un computador con palabras en proceso y un reproductor musical en el que suena Quemar el miedo del colectivo Las Tesis (Chile) completan el gesto. Entre esas imágenes aparece también un reconocimiento, “a la red de profes, compañeras y amigas que desde cada lugar han visibilizado las VBG y sexualidad en los espacios universitarios”. Porque, como señala Pérez Fontdevila citando a Showalter, la escritura hecha desde los márgenes puede ser también un lugar de autodescubrimiento, de creación liberada del mandato de oposición constante.

Gritar desde adentro no es solo un libro feminista por su contenido. Lo es por su forma, por su apuesta metodológica, por la manera en que desmonta la figura del autor para dar lugar a un entramado de voces que se sostienen entre sí, este libro no grita desde el centro, grita desde las grietas, desde adentro. Y por eso, nos interpela.

Referencias

Pérez Fondevila & Torras Francés (eds) (2019), ¿Qué es una autora? Encrucijadas entre género y autoría, Icaria, Barcelona

Breve sumario de brillanteces derechosas

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El filósofo prusiano Ernst Cassirer, alguna vez apuntó con base a Hegel: “La historia universal no es precisamente el albergue de la dicha; los períodos pacíficos y venturosos son hojas en blanco en el libro de la historia (…) “todo, en la historia, carece de un modo racional” (Cassirer 167). Que trágica, pero acertada apreciación. Dicha condición, a vivas luces, alberga la situación colombiana. Aquellos momentos venturosos, cada vez más esquivos, se alimentan de la irracionalidad rampante de quienes ven en el cambio una quimera inalcanzable, o si se quiere, un callejón sin salida. La tragicomedia colombiana, se repite cíclicamente cada cuatro años. Pero antes de dicho evento, las propuestas de avanzada (es sarcasmo), el despliegue ideológico e intelectual y demás virtudes de la ultraderecha colombiana, comienzan a inundar las pantallas con promesas que redundan en las fórmulas mágicas que, al parecer, han permanecido escondidas, para que un iluminado de la godarria nativa, gobierne de manera justa y decente. ¡Compatriotas! Ahora si vamos en serio. A este respecto, recogeremos algunas de las frases, expresiones o simplemente interpretaciones de la realidad nacional que algunos de estos eruditos de la política, han lanzado para nuestro deleite. Empecemos pues con nuestro breve sumario.

Miguel Uribe Turbay: “La clase media en Colombia recibe ingresos de veinticinco a sesenta millones de pesos mensuales”

Al referir la expresión “desconexión de la realidad nacional”, debería venir a nuestras mentes la imagen de este personaje. Producto de la realeza política colombiana, Uribe Turbay, es la viva imagen del congresista nacional por antonomasia: ultraconservador, inútil, sin ideas y heredero de un apellido como único mérito para ejercer la política en un país como el nuestro. Lanzar una apreciación de este calibre, es asumir explícitamente que el ciudadano del común vive como ellos. Lo más curioso de dicha eventualidad, es la aceptación indirecta de una legislación hecha para la clase más acomodada. ¿Es tan difícil hacer entender a un considerable grueso de la población que dichos personajes no legislan para ellos? Más de cuarenta millones de pesos para sostener a un personaje que aún habla de agendas socialistas, las supuestas virtudes de la seguridad democrática y demás sandeces con las que la derecha mueve a sus desahuciados votantes. Como enunciara Osvaldo Baigorria a razón de Georges Bataille, “A lo largo de la historia, el trabajo siempre fue un problema (…) algo innoble, una actividad secundaria que debía subordinarse al tiempo libre. Parece obvio: si existe un tiempo libre es porque hay otro esclavo. Hombres, animales, aunque también máquinas…” (Baigorria 27). La cita anterior sí que puede aplicarse a nuestro candidato. Parásitos godos que pretenden afianzar legislaciones en pro de su élite castrante. El trabajo fuerte es para el ciudadano de a pie, no para la nobleza de la cual desciendo. Por tal caso, Uribe Turbay, es la representación de un linaje politiquero siniestro y una de las cuotas insignia del Centro Democrático y la derecha colombiana.

Paloma Valencia: “Soy más uribista que Uribe”

Por la misma línea de herencias politiqueras miserables, nos encontramos con la señora Paloma Valencia. Nieta del otrora presidente Guillermo León Valencia quien presuntamente impulsó el plan lazo en Colombia, con el fin de erradicar cualquier atisbo de comunismo, o bueno, lo que ellos, incluyendo el brazo armado de los militares de ultraderecha, asumían como amenaza comunista. Y si escudriñamos un poco más, nos topamos con su conservador bisabuelo Guillermo Valencia, personaje deplorable de la historia nacional, a quien se le endilga haber sido un acérrimo opositor a la abolición esclavista del siglo XIX. Al parecer la fijación patriarcal hacia el terrateniente lascivo es un componente genético de la congresista-candidata. La sentencia “soy más uribista que Uribe”, demuestra un abandono total al yo. Una forma de sometimiento ideológico que conlleva a la integral inexistencia. Soy, por cuanto mi líder quiere que sea. Paradójicamente la señora Paloma no ve nada de malo al sometimiento, siempre y cuando sea a individuos infaustos que defiendan las buenas costumbres. Especímenes por el estilo de aquel anónimo escritor del ensayo londinense del siglo XVIII An Essay on Trade and Commerce, citado por Paul Lafargue en su obra El Derecho a la Pereza, quien proponía: “Cuanto más trabajen mis pueblos, menos vicios habrá. Yo soy la autoridad (…) y estaría dispuesto a ordenar que el domingo, luego de la hora de la misa, las tiendas se abrieran y los obreros volvieran a su trabajo” (Lafargue 26).

María Fernanda Cabal: “La masacre de las bananeras ha sido un mito comunista”

Cabal es hasta el día de hoy la congresista más prolífica en la construcción de opiniones y comentarios absurdos. Desde el “estudien vagos”, tan sonado en los movimientos estudiantiles o la aseveración, respecto a que la Unión Soviética aún persiste, no es tarea sencilla elegir en su brillante retórica una sola expresión que no genere pena ajena. Ligada a compañías azucareras con presuntas prácticas de despojo de tierras, creadora de un golem (Polo Polo) y pareja del hasta hoy presidente de FEDEGAN, Cabal es la línea dura de la ultraderecha en el país. Defensora de teorías conspiranoicas en torno a planes macabros del socialismo global para derrocar los paraísos capitalistas, señaló como falso uno de los momentos más oscuros de la historia nacional, siendo quizá la acción más miserable y rastrera que ser humano pueda hacer. Aunque las compañías bananeras tienen sus periodistas colombianos que lavan su imagen, no cabe duda que el deseo ferviente de la derecha por cambiar el pasado, manipulando la narrativa, consolida el deseo voraz y colonialista de las multinacionales en países pobres como el nuestro. Ligando nuevamente una moral acomodada, Cabal enarbola lo que tanto cuestionaba Lafargue en la instrucción de su época, “Quiero hacer poderosa la influencia del clero, tengo puestas mis esperanzas en él para que propague la buena filosofía que enseña al hombre que solo está aquí abajo para sufrir, y no esa filosofía que, por el contrario, le dice al hombre: ¡goza! (Lafargue 15). Bonus Track: Fico “Plata es Plata”. Sin ser candidato presidencial en estos momentos, se dio el lujo de proferir una de las frases más traquetas hasta la fecha.  

REFERENCIAS

  • Baigorria, O (2002). Georges Bataille y el Erotismo. Editorial Alfa Omega, Madrid
  • Cassirer, E (2005). Las Ciencias de la Cultura. Editorial Fondo de Cultura Económica, México
  • Lafargue, P (2015). El Derecho a la Pereza, El Mito de Prometeo y El Ideal Socialista. Grupo Editorial Tomo, México

¿Qué pregunta de la Consulta popular eres, según tu signo zodiacal?

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Aries

¿Estás de acuerdo con establecer un régimen laboral especial para que los empresarios del campo garanticen los derechos laborales y el salario justo a los trabajadores agrarios?

Carnero ardiente, sabes lo que se siente que te trasquilen los empresarios, has tenido que sobreponerte a la ausencia de derechos laborales y a salarios injustos.

Eres líder por naturaleza, por eso no quieres que más personas tengan que pasar por la misma precariedad en la que has crecido.

Tauro

¿Estás de acuerdo con que se pague con un recargo del 100 % el trabajo en día de descanso dominical o festivo?

Torito sibarita, crees en el descanso y la importancia de las recompensas. Has tenido que sacrificar fines de semana enteros por tener que trabajar.

Eres leal a tus principios, por eso defiendes el recargo dominical y festivo.

Géminis

¿Estás de acuerdo que las personas trabajadoras en plataformas de reparto acuerden su tipo de contrato y se les garantice el pago de seguridad social?

Gemelx fantásticx, te encanta tener varias opciones para elegir. Te has tenido que adaptar a las condiciones de la precariedad, pero crees que no está bien estar mal, por eso defiendes la contratación decente y la garantía de seguridad social.

Cáncer

¿Estás de acuerdo en que las empresas deban contratar al menos 2 personas con discapacidad por cada 100 trabajadores?

Cangrejo que no cangrejea ¿O si? Jajaja mentiras. Cangrejo protector, siempre te preocupas por lxs demás, te encanta ver que las cosas funcionen bien. Para ti no es una pregunta sorprendente, sino que es el deber ser.

Leo

¿Estás de acuerdo con que el trabajo de día dure máximo 8 horas y sea entre las 6:00 a. m. y las 6:00 p. m.?

León generoso y mandón, te acostumbraste a trabajar de sol a sol como dice la canción.

Sales del trabajo y llegas a la casa a seguir trabajando, pero ya no puedes más. Crees en los tres ochos, seguro es porque compartes el Ki de María Cano.

Virgo

¿Estás de acuerdo con que las micro, pequeña y medianas empresas productivas preferentemente asociativas reciban tasas preferenciales e incentivos para sus proyectos productivos?

Doncellx del perfeccionismo, lo que para unos son pequeños detalles, para tí lo son todo. Te molesta que sean las grandes empresas las que se lleven todos los incentivos, mientras las micro, pequeñas y medianas luchan por existir.

Libra

¿Estás de acuerdo que las trabajadoras domésticas, madres comunitarias, periodistas, deportistas, artistas, conductores, entre otros trabajadores informales, sean formalizados o tengan acceso a la seguridad social?

Balancita precarizada y buscadora de la armonía universal. Conoces la vida dura, has transitado por la independencia, los emprendimientos y lo que toque. Crees en la justicia y en las garantías para que todas y todos tengan una vida digna.

Escorpión

¿Estás de acuerdo con que los jóvenes aprendices del SENA y de instituciones similares tengan un contrato laboral?

Escorpión intenso y transformador, te amarga “tener” que trabajar gratis, y es peor cuando sabes que las y los aprendices del SENA trabajan al gratín como parte de su proceso formativo… horrible, ¿cierto?

Sagitario

¿Estás de acuerdo con constituir un fondo especial destinado al reconocimiento de un bono pensional para los campesinos y campesinas?

Centraurx optimista, no solo te preocupas por tu futuro ¿o falta de él?, sino por el de las personas que te rodean. Sueñas con una vejez digna, con tiempo para filosofar y crees que así debe ser para todos, todas y todes.

Capricornio

¿Estás de acuerdo en promover la estabilidad laboral mediante contratos a término indefinido como regla general?

Cabra disciplinada y trepadora de montañas, para escalar sabes que la estabilidad y el equilibrio son más que necesarios.

Para cumplir tus ambiciones necesitas tener claro el panorama y eso se logra con contratos a término indefinido. Así funciona contigo y con las demás personas.

Acuario

¿Estás de acuerdo en eliminar la tercerización e intermediación laboral mediante contratos sindicales que violan los derechos laborales?

Portador de agüita y visión, te gusta hacer las cosas por tu cuenta, eres una criatura directa e independiente… eso de la tercerización no va para nada contigo, ni la laboral, ni la sindical, ni la nada.

Piscis

¿Estás de acuerdo con que las personas puedan tener los permisos necesarios para atender tratamientos médicos y licencias por periodos menstruales incapacitantes?

¡Pero mira cómo beben lxs piscis en el río!

Pececito que fluye, sabes que a estas alturas de la vida esta pregunta ni siquiera debería hacerse, este tipo de permisos deberían existir y punto.

Somos la oveja cósmica de la prensa nacional. Recuerden prender muchas velas blancas y salir a votar 12 veces si para apoyar la Consulta.

Cuando la adolescencia duele: sobre pantallas, silencios y ficciones necesarias

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Acentuar la diferencia del
sistema sexo/género no ha
producido más que desgracias
Donna Haraway

Por Giovana Suárez Ortiz y Marisol Grisales

Hay historias que no se dejan mirar desde la comodidad del entretenimiento. Adolescence, la reciente miniserie británica disponible en Netflix, creada por Jack Thorne y Stephen Graham, es una de ellas, se abre como una herida que no sabemos cómo nombrar, pero que duele porque nos implica, porque nos recuerda que incluso les niñes pueden aprender a odiar. Y que ese aprendizaje ocurre en voz baja, en casa, en la escuela, pero sobre todo en la pantalla.

La miniserie, construida alrededor de un hecho violento, el asesinato de una compañera del colegio. No es spoiler, ya todes los sabemos, desde el primer capítulo la historia se revela, pero el hecho es lo que menos importa, la pregunta es qué hay detrás. No se centra en el crimen, sino en los pasillos, las emociones y el tipo de sociedad que conducen hacia él. En lo que se ve y en lo que no, el aislamiento, la hostilidad naturalizada, los discursos que circulan como memes, bromas, verdades a medias en grupos cerrados y foros aún más cerrados. El espectador no se enfrenta a un monstruo, sino a un chico en apariencia tierno e indefenso, ¿cómo no creerle que es inocente? Y eso es precisamente lo más inquietante.

En lugar de caer en respuestas simplistas, Adolescence elige la complejidad. Muestra cómo ciertos discursos de desprecio y superioridad masculina se camuflan en la vida cotidiana de algunos adolescentes; cómo el algoritmo, que parece inofensivo, no hace más que reforzar lo que alguien ya está buscando, afirmación, pertenencia, poder. Y cómo cuando se mezcla con la frustración, la precariedad afectiva y el silencio adulto, esa mezcla puede volverse explosiva.

Desde hace décadas, autoras como Sadie Plant y Donna Haraway abrieron el camino para pensar las relaciones entre tecnología, cuerpo y poder. En Zeros + Ones, Plant escribe: “Las mujeres han estado escribiendo los códigos de la máquina desde el principio, no solo como programadoras, sino como lenguaje mismo” (p. 39). Esta afirmación, que parece lejana, adquiere importancia cuando pensamos en cómo las voces que hoy producen o resisten los discursos en la red están marcadas por lógicas de exclusión y deseo de control. Más recientemente, pensadoras como Safiya Umoja Noble han profundizado sobre el sesgo estructural de los algoritmos en Algorithms of Oppression: How Search Engines Reinforce Racism escribe: “Los resultados de búsqueda reflejan los valores y normas de los socios comerciales y anunciantes de las empresas de búsqueda y, a menudo, reflejan nuestras creencias más bajas y degradantes, porque estas ideas circulan tan libremente y con tanta frecuencia que se normalizan y son extremadamente rentables” (64). Lo que plantea Noble permite comprender cómo un entorno digital diseñado para maximizar clics puede volverse un lugar donde las emociones vulnerables, como la inseguridad o el rechazo, encuentran respuestas en discursos que refuerzan la exclusión y el desprecio.

Pero Adolescence también habla de otros silencios. El de los padres que no saben cómo nombrar lo que sienten sus hijos, el de una escuela y sus docentes sin recursos ni tiempo para acompañar de verdad, y también el de una sociedad que se aferra a respuestas binarias: blanco o negro, bueno o malo, popular o impopular, inocente o culpable, fuerte o débil. Cuando en realidad la serie insiste en mostrarnos todos los grises, lo que se quedó sin decir, lo que no se vio venir, lo que nadie supo detener. Es ahí donde la historia incomoda, en lo que no encaja en las categorías conocidas, en aquello que interrumpe el relato lineal del bien contra el mal.

Este retrato inquietante de la infancia y la adolescencia recuerda lo que Angela Davis ha dicho sobre la necesidad de comprender las desigualdades de forma articulada: “No se puede hablar de racismo sin hablar de capitalismo. No se puede hablar de capitalismo sin hablar de patriarcado. No se puede hablar de patriarcado sin hablar de racismo”[1]. En la serie, vemos cómo un adolescente socializado en un entorno masculinizado y precarizado encuentra en internet una identidad que le promete dignidad, a costa de otres.

Y es que eso es lo más duro de ver, cómo se enseña y justifica el desprecio y la misoginia desde la necesidad, cómo la violencia puede aprenderse no solo con golpes, sino con abandono, porque esta serie no se pregunta solo por quién hizo qué, sino por todo lo que se dejó de hacer antes; por la falta de escucha, por la vergüenza de hablar de emociones, por la incapacidad colectiva de crear espacios donde sea posible el cuidado, también entre varones, también entre adolescentes. Las familias hoy en día están insertas en un tornado de información abrumador sobre la crianza respetuosa, donde a padres y madres se les exige cumplir con ciertos criterios y distanciarse de los patrones familiares de sus antepasados, relacionados con formas autoritarias y violentas. No obstante, se nos olvida que la familia es solo una de las instituciones a cargo de les niñes y adolescentes, el resto de la sociedad no se ha transformado lo suficiente. De ahí deviene la frustración, pero también el dolor por haber fracasado, una vez más.

Las plataformas digitales —nos recuerda Remedios Zafra— no son simplemente canales de comunicación. En Un cuarto propio conectado, afirma: “La actualidad ha convertido la intimidad en algo que proyectamos en las redes sociales” (p. 98). En un contexto donde el sentido de pertenencia se juega muchas veces en línea, ¿cómo distinguir lo que da sentido de lo que daña? Adolescence no pretende dar respuestas. Pero ofrece un relato crudo y honesto de lo que ocurre cuando dejamos que los discursos de odio se instalen como parte del paisaje, cuando nos acostumbramos, cuando dejamos de preguntar qué hay detrás de la rabia.

Judith Butler ha planteado que tanto el sexo como el género son construcciones discursivas, cuestionando la fijeza de lo biológico[2]. En ese marco, la violencia no puede entenderse como una desviación individual, sino como una forma de sostener ciertas jerarquías de poder. Esta serie nos obliga a mirar esas jerarquías de frente, a preguntarnos cómo se sostienen, a quién benefician y a quién dejan sin lugar. No es una historia optimista, pero sí una necesaria, porque si queremos que algo cambie, primero tenemos que atrevernos a mirar. Sin excusas. Sin eufemismos. Y, sobre todo, sin dejar de hacernos preguntas.

Referencias

Butler, J. (2007). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós.

Davis, A. (2017, octubre 26). Racism, Capitalism and the Politics of Liberation [Conferencia]. The Women’s March London.
Noble, S. U. (2018). Algorithms of Oppression: How Search Engines Reinforce Racism. New York University Press.

Plant, S. (1997). Zeros + Ones: Digital Women and the New Technoculture. Fourth Estate.

Zafra, R. (2015). Un cuarto propio conectado. Fórcola Ediciones.


[1] “You can’t talk about racism without talking about capitalism. You can’t talk about capitalism without talking about patriarchy. You can’t talk about patriarchy without talking about racism.”

[2] “Gender is a cultural construction; accordingly, it is neither the causal result of sex nor as seemingly fixed as sex.”

Marisol Grisales. PhD en Historia de la Universidad de los Andes, Bogotá-Colombia (2022). Magíster de la misma universidad (2013) y Antropóloga de la Universidad de Antioquia (2008). Feminista

John Zerzan, primitivismo y posmodernidad

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Hace un par de días, reciclando algunos DVD que aún tenía en mi poder, me encontré con un agradable redescubrimiento. Un documental titulado Surplus: Terrorismo de consumo, que por algunos años acumuló polvo en mi biblioteca. Al repasar algunos momentos de la producción, por demás bastante decente y recomendable, me encuentro con uno de los teóricos invitados al documental. El filósofo y primitivista John Zerzan. La anécdota en cuestión, encuadra el interés puntual de transitar algunas de las ideas del pensador, bastante aterrizadas a nuestros momentos de lasitud ideológica, económica y moral. Adentrémonos en el cuento con dos de sus producciones, que podrían llegar a evocarnos las más álgidas propuestas de la ciencia ficción, sin dejar de lado la realidad que nos ahoga diariamente. Empecemos con la primera de ellas:

1. Futuro Primitivo

¿Qué tal si la salida de la humanidad fuera retornar a la caverna? ¿Qué si dejáramos de lado aquel principio platónico de permitir deslumbrarnos por el albor civilizador y volver a la frugalidad? Estos dos cuestionamientos rondarán nuestra mente al abordar esta corta, pero potente propuesta.

Si bien es complejo establecer una negación a la evolución histórica y cultural, se hace evidente la laberíntica condición posmoderna que digerimos. Zerzan nos recuerda la simpleza del hombre primitivo, el tiempo libre como principio fundamental, la caza y recolección como actividades cooperativas que marcaban los abecedarios sociales sin el agobio de los señalamientos hiperproductivos que no conducen a nada, dejando de lado aquel halo de negativismo que se le atribuye al salvaje, que en palabras del filósofo: “Asimismo, el límite de nuestra existencia precivilizada, hecha de privaciones, de brutalidad y de ignorancia acaba por hacer aparecer la autoridad como un beneficio que nos salva del salvajismo. Aún se invoca al “hombre de las cavernas” y al “hombre de Neanderthal” para indicarnos donde estaríamos sin la religión, el Estado y los trabajos forzados”. (Zerzan 3).

La comprensión y domesticación de la naturaleza ha sido uno de los grandes cuestionamientos de Zerzan. ¿Por qué simplemente no dejar que esta nos lleve en su noble proceder? ¿Existe algo de malo en la condición primitiva como balance de la naturaleza humana? A este respecto el pensador suscita un interés especial en el lenguaje como dispositivo socializador. Es innegable la condición simbólica de nuestra especie, la evolución, si puede dársele dicho apelativo, ha sido estimulada por la necesidad inexorable de comunicar ideas, pensamientos y percepciones. Aunque, en su vastedad, como determinaría el pensador norteamericano, el exceso de ficcionalización nos ha arrojado a la complejidad estructural, no solo como condición cognitiva, sino cultural, ideológica y económica. A este respecto podríamos citar:

El lenguaje parece haber operado como un agente inhibidor, como medio de someter la vida a un control mayor, de poner trabas a las olas de sensaciones a las que el individuo pre-moderno era receptivo. Visto así, se habría producido verosímilmente un alejamiento a partir de esta época, de la vida de apertura y de comunicación con la naturaleza, en dirección a una vida orientada hacia la dominación y la domesticación que siguieron a la aparición de la cultura simbólica” (Zerzan 20).

Es bastante interesante, concebir el lenguaje como componente de dominación. Quizás, el mejor ejemplo que podríamos traer a colación, es la mirada europea en su proceso de descubrimiento al continente americano. En su tendencia dominante, no soportaban la imagen del buen salvaje. Aquel nativo en balance natural y alejado de la dominación simbólica que el hombre blanco había hecho de su mundo: una máquina devastadora de producción mercantil.

2. La catástrofe del posmodernismo (ensayo)

¿Existe alguna definición precisa que encuadre este término? ¿Estamos realmente en la cúspide de la decadencia cultural? Zerzan plantea el concepto de pospensamiento para referirse a la crisis posmodernista. Si bien, la teorización en torno al lenguaje, enfrasca la poca certeza de llegar a una posible unificación de criterios respecto a lo que acorrala la condición humana, resulta relativamente perceptible el deseo en la deconstrucción de aquellos patrones que solían ser sólidos y determinantes en la consolidación teórica que nos ha servido como brújula para entender nuestra historia. En palabras del pensador norteamericano:

“El posmodernismo subvierte dos de los principios centrales del humanismo de la Ilustración: el poder del lenguaje para configurar el mundo y el poder de la conciencia para dar forma a un yo. De este modo nos encontramos con el vacío posmodernista, la noción general de que el anhelo de emancipación y libertad prometidos por los principios humanistas de la subjetividad no puede ser satisfecho. El posmodernismo considera al yo como una convención lingüística. Como señaló William Burroughs: «Nuestro “yo” es un concepto completamente ilusorio» (Zerzan 5).

Si hablamos de emancipación, la ficción que nos plantea la máquina, nos da simplemente para elegir entre el producto A o B. La libertad se consolida en la capacidad de producción, y el yo o consciencia de sí, no es más que un cúmulo de fragmentos ideológicos, discursos, marcas y demás naturalezas que refuerzan la pecera que habitamos. Parafraseando a Fernando de Rojas, aquel escritor medieval, célebre por La Celestina: la vida es aquel voraz trillo que nos recibe cual tierno trigo recién segado.

El ideal de John Zerzan podría definirse como la posible vigorización de un anarquismo individual. Lejos de relacionarlo con la descerebrada corriente libertaria, que promueve con sus estupideces el individualismo mercantil. El pensador, nos lleva a cuestionarnos el ritual capitalista con sus templos de vitrinas y maniquíes perfectos. Un discurso que, tristemente es otro vapor exhalado por la máquina, pero quizá nos arrojé a un noble devenir primitivo.

Referencias

Zerzan, John (1994). Futuro Primitivo. Numa Ediciones, Valencia

Zerzan, John (1991). La Catástrofe del Posmodernismo. www.primitivism.com

La campaña electoral de los grandes medios

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Haciendo mis labores cotidianas, decidí poner de fondo un reportaje de Séptimo día que en YouTube se titula Duros testimonios de víctimas de delitos de mínima cuantía: “perdí mi casa, mi hogar”-Séptimo día. Desde el inicio, parece claro que el episodio se trata de cuál es la mínima cuantía en Colombia ($213’525.000) y cuáles son los beneficios penales que puede tener una persona que delinque por ese monto o inferior debido a que, al ser la menor cuantía, se considera un delito también inferior e incluso excarcelable.

Mi sorpresa llegó cuando empezó a ser evidente que ese punto inicial del cual partía el reportaje se deformaba considerablemente al convertir la cuestión en una diferencia partidistas. Empezaron a entrevistar a congresistas y representantes de los partidos tradicionales como el Centro Democrático y el Partido de la U en contraposición a representantes del Pacto Histórico. Los primeros, los representantes de los partidos tradicionales, defienden un argumento: ese tope está mal y deja impunes los delitos afectando así a las víctimas, por lo cual deben ser endurecidas las penas. Por otro lado, los del Pacto Histórico sostienen que la solución al problema no es la cárcel ni las penas, sino que se concentran en la reparación de las víctimas aplicando el principio de oportunidad.

Llama la atención los siguientes puntos evidentes: en primer lugar, la periodista Paola Bermúdez cuestiona únicamente el punto de vista de quienes defienden que la cárcel no es el problema, no únicamente porque muestran las preguntas que ella le formula a los representantes del Pacto Histórico para contradecirlos, sino porque en cuanto terminan sus intervenciones habla de impunidad y de desatención a las víctimas.

En segundo lugar, esta discusión entre izquierda y derecha no es algo aislado dentro del reportaje, sino que aparece de manera transversal en varios momentos, por lo cual no es sólo una parte del reportaje, sino que ocupa un lugar central dentro del mismo. Diría yo que incluso se convierte en el protagonista. En tercer lugar, concluye explícitamente (por si el espectador es muy despistado para darse cuenta de las intenciones del reportaje): “esta última posición, con una justicia más fuerte y unas penas más duras, la defienden los partidos más tradicionalistas como el de la U, al que originalmente pertenecía Álvaro Uribe Vélez y el Centro Democrático, actualmente opositor del gobierno; mientras que los representantes más progresistas y defensores de los derechos humanos son los que creen que la cárcel no es la solución” (min 46:24).

En cuarto lugar, el reportaje está construido de modo tal que el espectador está obligado a dar la razón a los que sostienen que endurecer las penas de cárcel es el camino, puesto que todo el relato se construye a través de las víctimas de este tipo de delito, lo cual hace que claramente la opinión de uno se incline hacía un espectro político por asociación: si lo que me muestran está mal y quiere ser castigado por la derecha, entonces el bien es la derecha.

Alguien podría preguntarse cómo la periodista podría interpelar a los representantes de los partidos tradicionales, como María Fernanda Cabal (que además de pedir más cárceles dice que estas deben ser administradas por los privados, siguiendo el modelo carcelario neoliberal de los Estados Unidos que no ha logrado frenar la delincuencia ni los delitos grandes en su país), si en este caso están argumentando algo que parece correcto. Argumento lo que yo, en su lugar, les habría preguntado y es lo siguiente: si ellos, como Congresistas, tienen como función justamente modificar, debatir y definir las leyes, ¿por qué no han hecho la modificación de esa ley con la que tanto están en desacuerdo? Una de las principales entrevistadas fue Cabal, quien lleva en el Congreso 7 años y que, como parte del legislativo, en todos esos años, no ha hecho nada para modificar dicha ley. ¿Si no son ellos quienes la modifican porque sostienen que es demasiado injusta, entonces quién puede hacerlo? Razones para cuestionarlos sí hay, porque les pagamos justamente por hacer ese trabajo, el cual claramente no han hecho.

Otro cuestionamiento que puede hacerse, pero que la periodista pasó por alto es durante cuál gobierno y en qué tipo de Congreso se aprobó esa ley contra la cual están hoy los partidos tradicionales y que no han hecho nada por modificar, a pesar de siempre ser mayoría. Según el mismo reportaje, la ley que ha causado este problema es la 906 de 2004, propuesta por el Ministerio de Justicia en cabeza de Sabas Petrelt de la Vega (perteneciente al partido Conservador), durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez (esto último no lo dice el reportaje) y aprobada en el Senado de entonces.

Dicho lo anterior, aunque la periodista no lo diga de manera explícita, del reportaje puede inferirse que el problema que están denunciando fue ocasionado y ha sido sostenido por los partidos tradicionalistas que hoy hablan de lo injusta e insensata que es esa ley. Por el contrario, el reportaje de manera explícita señala al Pacto Histórico como aquel que no quiere terminar el problema, a pesar de que el Pacto Histórico fue creado apenas en el 2021 y desde entonces tienen presencia en el Congreso, es decir, no son responsables ni de la aprobación ni del sostenimiento por más de 20 años de esa ley.

Al culminar el reportaje, para mí fue claro que el tema de la mínima cuantía no fue nunca el tema principal, sino una excusa para hacer campaña política de las elecciones que se aproximan. Por ese motivo, discursivamente limpiaron a los verdaderos responsables y le tiraron lodo a los partidos que van en contra de los intereses de las élites. Este reportaje, como muchos otros que están lanzando los medios masivos de comunicación, no buscan denunciar nada, sino utilizar las voces que tienen para inclinar la balanza a favor de los poderosos que son los responsables de los problemas que vivimos hoy en día. Develar lo paradójico de este contenido y los intereses que esconden es  un deber público, pues la verdad está contada a medias para beneficiar a los que por justicia deberían ser manchados por esos reportajes.  

We can’t do it anymore

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¿Recuerdan el cartel estadounidense “We can do it! (¡Podemos hacerlo!)”? Esta imagen fue creada en el marco de la Segunda Guerra Mundial en 1943, sin embargo, se hizo mucho más visible en la década de los 80´s. Durante mucho tiempo creí que esta imagen tenía que ver con lo fuertes que somos las mujeres, con nuestra fiereza y nuestro puño en alto. Sin embargo, como siempre cuando una es empeliculada, llegó la decepción.

Leyendo más sobre el asunto hace unos años, descubrí que la imagen había sido diseñada por J. Howard Miller para la empresa Westinghouse Electric, y que su finalidad no era inspirarnos a seguir en nuestras luchas, sino motivar a las mujeres a producir más y más duro, en vista de que muchos hombres estaban en la guerra y eran ellas quienes no podían permitir que la vara de la productividad se bajara. ¡Denso Lorenzo!

Si ponemos a conversar esa imagen y ese mensaje con los tiempos actuales, tenemos mucho por charlar. Las que habitamos esta época heredamos la victoria de los movimientos feministas que en el siglo XIX exigieron que pudiéramos ingresar al mercado laboral para obtener autonomía económica, lo que nos ha permitido una transformación vital importante. El hecho de que los trabajos de cuidado no fuesen remunerados nos obligó a llegar al mundo laboral para acceder a recursos económicos, aunque esta no fue la única razón. También ha existido una creencia de que hacer parte de la clase trabajadora nos pone en una igualdad relativa de condiciones con los varones. Hay más aristas de este nudo histórico en las que no profundizaré en esta columna.

En lo que sí me interesa detenerme es en el deseo. Los últimos días me he envideado leyendo a Alicia Valdés, una punki y politóloga española que publicó el año pasado su segundo libro titulado “Políticas del malestar: por qué no deseamos alternativas al presente”. Allí la autora recupera el malestar como clave para el trabajo político y colectivo, haciendo un llamado a descentralizar la razón y el yo del análisis. Además, pone en cuestión que en nuestra sociedad actual nos gobiernen los deseos a tal punto que creemos que otro presente no es posible, y que es más deseable, por ejemplo, endeudarnos con un banco a treinta años para tener una casa en lugar de adscribirnos a una cooperativa de vivienda o crear una, o que deseemos más a un presidente que va a arrebatarnos los derechos adquiridos con tal de sentir una sensación de seguridad que combata nuestros miedos.

En esta misma línea me pregunto: ¿en qué momento el deseo de ser trabajadoras para tener autonomía económica y luchar por nuestra libertad se convirtió en un potenciador de la autoexplotación y el hiper rendimiento? Poder entrar al mercado laboral ha hecho que podamos abandonar relaciones violentas, hogares que no son seguros, vínculos que son tóxicos y amenazan nuestra vida, y esto no debe dejar de ponerse en valor, pero ¿en serio vamos a seguir aceptando que nuestra propia valía dependa de qué tan productivas somos?

Como trabajadora del cognitariado universitario me hago esta pregunta todos los días hasta el cansancio. ¿Por qué tengo que seguir poniendo mi cuerpo como símbolo del sacrificio ante condiciones precarias? ¿por qué pago mis propios estudios para poder sostenerme en un espacio que no me reconoce una sola hora para estudiar? ¿por qué tenemos que dedicarnos a ser máquinas de la producción científica para hacer artículos que solo dos o tres estudiantes leerán o una élite académica hiperespecializada para la que básicamente soy nadie? ¿por qué mis estudiantes cada vez más acceden a hacer dos carreras al tiempo? ¿por qué nos metemos en mil proyectos y mil procesos que van a toda velocidad?

Podría sonar reduccionista mi lectura, porque muchos de esos escenarios o procesos en los que nos vinculamos también nos mueven y nos permiten construir sentido para seguir vivas, es lo que nos queda, sin embargo, rechazo la romantización de la hiperproductividad, propia de los tiempos neoliberales, solo para que otres reconozcan que “podemos hacerlo”, que somos poderosas, que supuestamente podemos con todo y que hay que trabajar tres veces más que los varones blancos heterocis para llegar donde estamos. ¡Basta!

No podemos seguir reproduciendo una lógica que nos está matando, que nos cansa, que nos enferma, que nos agobia y que nos roba el tiempo para lo realmente importante que deberían ser muchas más cosas que el trabajo. Pasemos del viejo “We can do it!” al We can’t do it anymore, No podemos hacerlo más, no deseamos hacerlo más.

Lo siento Shaki, lo siento Karitol, pero eso de que ya no lloramos porque nos dedicamos a ser lobas que facturan o a ser bichotas que todo lo pueden, lo que está generando es que nos veamos a nosotras como máquinas imparables que terminan sosteniendo el injusto orden actual de las cosas.

En un mes de marzo, como este desde el que escribo, del año 1911, un incendio en la fábrica textil Triangle Shirtwaist calcinó a 123 mujeres y 9 hombres. La mayoría de víctimas eran mujeres migrantes que apenas hablaban algo de inglés y que tenían entre 14 y 43 años. Los patrones de esta fábrica tenían a lxs empleadxs en precarias condiciones, lo que hizo que el incendio no pudiera apagarse a tiempo y que el fuego se extinguiera después de consumir tres pisos completos de las instalaciones. Los patrones fueron absueltos en el juicio penal y después fueron obligados a indemnizar a cada familia de las víctimas donde, según Amnistía Internacional, finalmente salieron ganando porque la aseguradora les pagó más dinero a los dueños por cada persona fallecida.

En memoria de cada persona que ha muerto y que sigue muriendo para que tengamos mejores condiciones laborales, deberíamos potenciar un deseo por la ralentización de la vida, por la destrucción de la cronopolítica que hace que el tiempo nos gobierne, y por una relación con el trabajo donde este no sea el centro, porque lo que nos dignifica no es trabajar… al contrario, es comprender que la dignidad es mucho más que creer que vendiendo nuestra fuerza es como nos “ganamos la vida”.

Por un 8M donde suene menos “Mujeres” de Arjona, nos den menos chocolates porque somos el pétalo más hermoso, y mejor nos detengamos todes a pensar y hacer posible cómo vivir mejor, más lento y trabajando menos.

Referencias

Amnistía Internacional. (2023). Triangle Shirtwaist: el incendio que hizo avanzar el reconocimiento de los derechos de la mujer. URL: https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/triangle-shirtwaist-derechos-de-la-mujer/

Valdés, A. (2024). Políticas del malestar. Por qué no deseamos alternativas al presente. Madrid: Debate.

Feminización del Estado; ¿el Cambio es con las mujeres?

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Feminización del Estado; ¿el Cambio es con las mujeres?

La feminización del Estado es un tema que, si bien no es nuevo, históricamente no se ha estudiado y aplicado a profundidad en Colombia.  De hecho, Ángela María Robledo en el 2021 publicó un libro al respecto titulado “Feminizar la política” y en el actual gobierno este tema se ha impulsado con el liderazgo de la vicepresidenta Francia Márquez. Grosso modo, la feminización del Estado tiene elementos fundamentales que abordan las dos preguntas sobre el poder, es decir: ¿cómo se llega al poder? y ¿qué se hace con el poder? Para este caso, la primera pregunta se aborda desde la participación política de las mujeres y la segunda sobre el diseño y ejecución de políticas públicas con perspectiva de mujer y género.

A estos dos elementos, podemos sumar un tercero que es muy relevante y que es el centro de esta reflexión sobre las violencias basadas en género y contra las mujeres particularmente en escenarios políticos, desde el Estado e incluso desde personajes del Gobierno del Cambio. Y no, no es que estemos en contra de las propuestas del Gobierno Petro, solo que no podemos quedarnos “calladitas” en silencio cómplice con lo que está pasando con la presencia de personajes en el gobierno como Benedetti o Hollman Morris quienes enfrentan denuncias por violencias machistas.  

Estos nombramientos, y la defensa inadmisible que se hace de ellos, opaca el trabajo que han realizado decenas de mujeres en distintas instituciones de gobierno, muchas de ellas ligadas a las directrices de la Vicepresidencia, la anterior Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer y el Ministerio de la Igualdad y la Equidad en donde se ha trabajado por el cierre de brechas, la autonomía económica de las mujeres y la eliminación de violencias basadas en género y que generado resultados que son invisibilizados por los escándalos mediáticos de cada semana.

En el 2023 la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujeres liderada por Clemencia Carabalí, diseñó un curso sobre prevención de violencias basadas en género y contra el racismo en el ámbito laboral el cual, han realizado más de 30.000 personas ligadas a la Función Pública; ese año también lanzó el programa SALVIA para la atención integral a las Violencias Contra las Mujeres y logró consolidar la infraestructura institucional del MinIgualdad. 

Durante el 2024 trabajó en la Consolidación del Plan de Acción de la Resolución 1325 sobre Mujeres, seguridad y paz con estrategias clave para las mujeres tejedoras de paz territorial. También impulsó el Fondo Mujer Libre y Productiva para apoyar la autonomía económica de las mujeres particularmente quienes viven en la ruralidad. Desde el Ministerio de Trabajo, en cabeza de la ex ministra Gloria Inés Ramírez, se buscó ratificar el Convenio 190 de la OIT sobre la eliminación de la violencia y el acoso en el mundo del trabajo. Y este año, tras una larga discusión, logró aprobar el CONPES del Sistema Nacional del Cuidado que busca el reconocimiento y retribución de las personas cuidadoras que en su amplia mayoría son mujeres.

Cada logro y avance dentro del gobierno, y en general de las mujeres por nuestros derechos, representan años de lucha, lideresas sociales, periodistas, profesoras perseguidas y violentadas para lograr alguna incidencia política y políticas públicas con perspectiva de género. Por esta razón no es justo que en este momento las mujeres que han llegado a escenarios de poder deban renunciar a sus cargos solo por ser coherentes y no aceptar sentarse al lado de hombres que, a todas luces, son violentos y machistas.  Son ellos, personas como el ex viceministro de Pueblos Étnicos, Nelson Lemus investigado por acoso sexual[8], quienes se deben ir.

Por supuesto, este no es un problema de ideología: “no hay nada más cercano a un macho de derecha que uno de izquierda” y seguramente desde la otra orilla política se visibilizan menos casos de violencias machistas, pero eso no quiere decir que no existan. Un ejemplo es el actual personero de Chiquinquirá, que hace unos años hacía parte de las juventudes del Centro Democrático, y quien aún enfrenta un proceso por presunta violencia intrafamiliar en contra de su expareja. Una vez más, el Estado debe ser garante de derechos, no puede estar en manos de hombres que enfrenten este tipo de procesos.

Creemos y seguiremos trabajando porque estamos convencidas que el cambio es con las mujeres, pero sobre todo que nuestras luchas de lejos trascienden las banderas de un gobierno que, como lo dice Liliana Barrera, busca instrumentalizar con fines electorales a las mujeres para luego deslegitimar su actuar e invisibilizar su trabajo. Parafraseando a Desmond Tutu, mantenernos neutrales en casos de injusticia es elegir el camino de los opresores. Y por esto, no podemos en ningún momento guardar silencio frente a estos escándalos que no solo nos indignan a nosotras, las mujeres y feministas, sino validan y dan un parte de tranquilidad a los hombres que se comportan como compañeros en las plazas y tiranos en las casas.

Mensaje a las bases: Malcolm X

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Compartimos algunos fragmentos del Mensaje a las bases de Malcolm X, un discurso pronunciado el 10 de noviembre de 1963 en la iglesia King Solomon Baptist Church en Detroit, durante la reunión de la Conferencia Norteña de Líderes de Base Negros (Northern Negro Grass Roots Leadership Conference).


… Queremos hablar clara y directamente en un lenguaje que todo el mundo pueda entender con facilidad. Todos hemos estado de acuerdo esta noche en que Estados Unidos tiene un problema muy serio. El problema que tiene Estados Unidos somos nosotros. Nosotros somos su problema…

Así es, somos gente negra, los llamados negros; ciudadanos de segunda, ex-esclavos, Tú no eres más que un esclavo, no te gusta que te lo digan. Pero ¿qué otra cosa eres?, eres un ex-esclavo. No llegaste en el buque Mayflower, llegaste en un barco de esclavos. Encadenado como un caballo o una vaca o una gallina. Y los que llegaron en el Mayflower son los que te trajeron aquí. Te trajeron los llamados peregrinos o padres fundadores de la patria. Ellos fueron los que te trajeron. 

… Para entenderlo tienes que recordar lo que este joven hermano decía sobre el negro doméstico y el negro del campo en los tiempos de la esclavitud.  Había dos clases de esclavos: el negro doméstico y el negro del campo. Los negros domésticos vivían en la casa del amo, vestían bastante bien, comían bien porque comían de su comida. las sobras que él dejaba. Vivían en el sótano o en el desván, pero vivían cerca del amo y querían al amo más de lo que el amo se quería a sí mismo. Daban la vida por salvar la casa del amo, y más prestos que el propio amo. Si el amo decía. «Buena casa la nuestra», el negro doméstico decía: «Sí, buena casa la nuestra». Cada vez que el amo decía «nosotros», él decía «nosotros».  Así puedes identificar al negro doméstico. 

Si la casa del amo se incendiaba, el negro doméstico luchaba con más denuedo que el propio amo por apagar el fuego. Si el amo se enfermaba, el negro doméstico le decía: «¿Qué pasa, amo? ¿Estamos enfermos?» ¡Estamos enfermos!  Se identificaba con el amo más de lo que el propio amo se identificaba consigo mismo. Y si tú le decías al negro doméstico: «Vamos a escaparnos», el negro doméstico te miraba y te decía: «Hombre, estás loco, ¿qué es eso de separarnos (del blanco)?, ¿dónde hay mejor casa que ésta?, dónde voy a encontrar mejor ropa que ésta?, ¿dónde puedo comer mejor comida que ésta?». Ese era el negro doméstico. 

En aquellos tiempos lo llamaban «nigger doméstico» (término racista). Y así los llamamos ahora, porque todavía tenemos unos cuantos niggers domésticos por ahí. 

Este negro doméstico moderno quiere a su amo. Quiere vivir cerca de él. Está dispuesto a pagar tres veces el precio verdadero de una casa con tal de vivir cerca de su amo. Para luego alardear. «Yo soy el único negro aquí. Soy el único en mi trabajo. Soy el único en esta escuela», ¡No eres más que un negro doméstico! Y si viene alguien ahora mismo y te dice. «Vamos a separarnos», le dices lo mismo que decía el negro doméstico en la plantación: «Qué es eso de separarnos ¿De Estados Unidos, de este hombre blanco tan bueno?, ¿dónde vas a conseguir mejor trabajo que el de aquí? Eso es lo que dices, ¿no es cierto?». «No dejé nada en África», eso es lo que dices. ¡Sí, dejaste los sesos en África, hombre! 

En esa misma plantación estaba el negro que laboraba los campos. Los negros del campo. Ellos eran las masas. Siempre había más negros en los campos que en la casa. El negro del campo vivía en un infierno, comía sobras. En la casa del amo se comía carne de puerco de la buena. Al negro del campo no le tocaba más que lo que sobraba de los intestinos del puerco. Hoy en día eso se llama «menudillos». En aquellos tiempos lo llamaban por su nombre: ‘tripas’. Eso es lo que eres: ‘come tripas’. Y algunos de ustedes todavía son come tripas. 

Al negro del campo lo apaleaban desde la mañana hasta la noche; vivía en una choza, en una casucha, usaba ropa vieja de desecho. Odiaba al amo. Digo que odiaba al amo. Era inteligente. El negro doméstico quería al amo. Pero aquél negro del campo, recuerden que era la mayoría, y odiaba al amo. Si ibas con el negro del campo y le decías: 

«Vamos a escaparnos, vayámonos de aquí», él no preguntaba: «¿A dónde vamos?» sólo decía: 

«Cualquier lugar es mejor que este».  Actualmente tenemos negros del campo en Estados Unidos. Yo soy un negro del campo. Las masas son negros del campo…

Igual que el amo de aquellos tiempos usaba a Tom —al negro doméstico— para mantener a raya a los negros del campo, el mismo viejo amo tiene hoy a negros que son mas que tíos Tom modernos, tíos Tom del Siglo XX, para mantenernos a raya a ti y a mí, para tenernos controlados, mantenernos pasivos, pacíficos, no violentos…

Traducción tomada de https://www.marxists.org/