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La K-política y los K-dramas

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Por supuesto, también veo series coreanas y no se trata de un gusto culposo. Las disfruto y voy por el mundo recomendándolas, al final del artículo dejo una humilde lista de las que me han cautivado. En términos generales, es posible decir que buena parte de las novelas coreanas trivializan la desigualdad, venden la idea de la meritocracia; insisten en la existencia de movilidad social gracias al trabajo duro, el sacrificio o casarse con un millonario o millonaria; nos hacen creer que usar Chanel es normal; y todo el mundo tiene celulares que ni siquiera han llegado a Colombia. 

Esta sociedad conservadora, machista, arribista y cruel que le rinde culto a la explotación laboral, la autoexplotación, al servicio militar y a los poderosos, se esconde detrás de buenas producciones y de la protección de Estados Unidos.

Lo curioso es que en las series que he visto existen algunos vacíos temporales. Está el orgullo de Joseon, luego la ocupación de Japón, y se saltan los gobiernos antidemocráticos y conservadores, como los de Syngman Rhee, Park Chung-hee,Chun Doo-hwan entre 1953 y 1987, para luego, limitarse a retratar la cotidianidad coreana desde los noventas. De pronto es porque no he navegado con suficiente juicio el mundo de los K-dramas.

Parece que las novelas históricas tienen un papel educativo y nostálgico. Reivindican un pasado con castas, con una monarquía parásita y torpe, sin que se nombren protestas que implicaran cambios significativos, como, por ejemplo, la de los estudiantes en 1960 que consiguió tumbar a un presidente. Es como si esa época dorada fuera su expectativa cultural, pero ahora reproducida en los chaebols o los grandes conglomerados empresariales.

En Regreso al Futuro I (1985), después de que Marty McFly interpreta magistralmente la guitarra eléctrica en 1955, dice: «Creo que ustedes aún no están listos para esto, pero a sus hijos les fascinará», eso en términos de Mark Fisher se puede entender como shock frente al futuro. Si el protagonista de una de las series sobre Joseon viajara en el tiempo a la actual Corea del sur, se sorprendería por los avances tecnológicos, pero encontraría casi intacto el modelo de monarquía con la concentración política y económica de los chaebols, no habría shock. 

Mark Fisher también dice, “La lenta cancelación del futuro ha sido acompañada por una deflación de las expectativas” (2018). Este proceso se puede rastrear a los tiempos del Usamgik, o también conocido como el Gobierno militar del ejército de los Estados Unidos en Corea entre 1945 y 1948. Desde entonces, el anticomunismo ha sido política de Estado, con medidas antidemocráticas, como la masacre de Jeju: “en 1948, el Gobierno de Rhee desató una masacre en la que entre 30.000 y 100.000 militantes comunistas, anarquistas y sindicalistas fueron asesinados” (García Granado, 2024), o la masacre de Gwangju en 1980. Desde entonces, cada gobierno se ha dedicado a aplastar otras alternativas, tanto así que, en 2014, fue disuelto el Partido Progresista Unificado por distanciarse de la derecha, mientras esta sigue concentrando capital y poder político en cinco chaebols.

El cambio de un gobierno a otro es básicamente un ejercicio nominal, las elecciones son entre una derecha y otra derecha, ambas apoyadas por Estados Unidos. El reciente golpe de Estado de Yoon Suk Yeol no fue ‘duramente’ recriminado por Biden, puede ser en parte, porque en junio ambos países llegaron a un acuerdo “para la disuasión nuclear y las operaciones nucleares en la península de Corea por el Departamento de Defensa de Estados Unidos y el Ministerio de Defensa Nacional de la República de Corea” (Anadolu, 2024).

En medio de una crisis de legitimidad y gobernabilidad, el presidente Yoon Suk-yeol (un outsider que ha sido comparado con Trump) decretó ley marcial, según él, para “eliminar los elementos subversivos de Corea del Norte en el país y proteger la Constitución”, un autogolpe que apela a esa nostalgia castrense del siglo XX. Mientras tanto, después del fracaso del autogolpe, Lee Jae-myung opositor, también de derecha, llama a la ciudadanía a movilizarse para garantizar el orden establecido, sin salirse del margen de acción de una y otra derecha.

Por ahora, mientras las derechas se pelean, queda esperar que la ciudadanía siga tomándose las calles, como lo hizo en 2018 y 2019, pero ya no para exigir renuncias de figuras públicas, sino para reconstruir las alternativas políticas que históricamente han sido perseguidas.

Estaré pendiente de lo que pasa en Corea, de Kim Seon-ho, Jo Seung-woo, Jung Hae-in, Jo In-sung, Nam Joo-hyuk y Kim Tae-ri. Como dije al iniciar, Corea del Sur se caracteriza por hacerle el juego a Estados Unidos, pero también por sus buenas producciones, aquí recomiendo algunas.

Dramas históricos

Es obligatorio ver los de la dinastía Joseon, especialmente, los que rompen con los estereotipos de género, como ‘El afecto del rey’ (2021) o ‘Cautivar a un rey’ (2024), en ambos casos, se trata de un rey que siente atracción por figuras masculinas encarnadas por mujeres, algo parecido a lo que ocurría entre Ping y Li Shang (Mulán, 1998). Para hablar sobre la lucha por la independencia de Corea contra Japón, Rusia y Estados Unidos, está ‘Mr. Sunshine’ (2018), que además tiene acción, persecuciones, galanes y romance; sobre el dominio japonés en Corea recomiendo ‘El monstruo de la vieja Seúl’ (2023); para hablar sobre la guerra fría y la búsqueda de superhumanos pueden ver ‘Moving’ (2023).

Servicio militar

Si quiere ver una serie con crítica matizada al servicio militar obligatorio y el conflicto de las dos Coreas, ‘Aterrizaje de emergencia en tu corazón’ (2019) es una elección aceptable; pero si lo que busca es una crítica fuerte al servicio militar, entonces toca: ‘D.P’ (2021).

Corrupción

Para abordar la relación entre el crímen organizado y la policía están ‘Mi nombre’ (2021); Stranger (2017); o Detective de sombras (2022) que pone sobre la mesa cómo la policía le es funcional a los grandes conglomerados y sus cuotas políticas.

Romance

Sin lugar a dudas, la mejor es ‘21/25’ (2022) que además de situaciones adolescentes graciosas, muestra los efectos de la crisis económica del FMI en 1997; ‘El amor es como el cha cha chá’ (2021), de manera ingenua propone una vida sin el afán del consumismo, como inspirada en Biun Chul Han, pero no problematiza absolutamente nada; el machismo en Shin, abogado de divorcios (2023); o Bajo la lluvia (2018) que además, tiene como banda sonora ‘Save the last dance for me’ interpretada por Bruce Willis (1989).

Ciencia ficción

El caballero negro (2023) se desarrolla en un futuro distópico, tiene muy buenas peleas y un final bastante regular; Estamos muertos (2022) es una serie sobre zombies, casi tan buena como Estación Zombie (2016).

Sistema educativo

Curso intensivo de amor (2023) critica el sistema educativo, la competencia y el estrés en el colegio; al igual que Aquel verano inolvidable (2022) y el Club de Mamás (2022); por su parte, Jerarquía (2024) y La Vengadora (2022) se concentran en el matoneo.

¿Qué otras series recomiendan?

¿Natilla o prozac?

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Hace un buen tiempo, recuerdo estas festividades navideñas, con la trillada de maíz para hacer natilla. Una, dos, tres molidas para que la harina quedara perfecta en su proceso de dilución con la panela. Obviamente, todo acompañado del consumo de un buen aguardiente y la música que no puede faltar. A este respecto, Guillermo Buitrago, interpretando las tonadas del compositor Buenaventura Díaz Ospino, sentaba muy bien. Un Grito Vagabundo, ha sido uno de los himnos decembrinos en nuestro país por antonomasia. ¿Genera nostalgia? ¿Nos deprime? Quizás un poco. 

Aquellos fantasmas de las navidades pasadas, nos vienen a aterrar por un momento en estas épocas. La letra de Díaz Ospino, en la voz de Buitrago se entona con las líneas: “¿cómo me compongo yo en el día de hoy? ¿cómo me compongo yo en el de mañana? ¿cómo me compongo yo si vivo triste? ¿cómo me compongo yo? Me duele el alma” (Díaz Ospino). Una lírica bastante deprimente, y aún más cuando llega a su catarsis, al Buitrago entonar: “Yo quiero pegar un grito y no me dejan / Yo quiero pegar un grito vagabundo / Yo quiero decirte adiós, adiós mi vida / Yo quiero decirte adiós desde este mundo” (Díaz Ospino). Una sombría tonada que nos recuerda la fragilidad de nuestra condición y el inventario emocional que hacemos cada año.

Además, es nuestro deber moral recordar que una composición antisistema como la de Buenaventura Díaz Ospino, fue censurada en el gobierno de Laureano Gómez. Hecho por demás lamentable, que nos actualiza en esta práctica recurrente de restringir la libre expresión en nuestro terruño. Independientemente de la violencia bipartidista, que consolidó a los liberales como promotores de la canción con fines violentos ¿Quién diría que esta melodiosa trova, directamente relacionada con fiesta y gratos momentos se consolida desde una de las letras más lúgubres? 

El arte como elemento transgresor, siempre servirá como vehículo de denuncia cuando interpreta realidades. Pegar un grito vagabundo, captura el espíritu de la época del autor y su intérprete. Los dilemas políticos y la censura, se magnificaban en una sociedad conservadora que circunscribía incluso, lo más individual de las emociones.

 Tal como lo planteara Camus en El Mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente, hay que responder. Y si es cierto, como pretende Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias perceptibles para el corazón, pero que se debe profundizar a fin de hacerlas claras para el espíritu” (Camus 5). Buenaventura en su composición, alcanza el cuestionamiento de Camus. ¿Merece la pena apegarse a esta existencia? ¿No es el Grito Vagabundo uno de los mayores hitos existenciales en el folklore colombiano?

La censura siempre ha funcionado como el Prozac gubernamental. Normalicemos a nuestros congéneres para evitar explosiones emocionales. Recordemos que toda revolución comienza con la expresión estética y simbólica. Guillermo Buitrago, con la letra de Díaz Ospino, cual Bardo de Ciénaga Magdalena, ha configurado el arquetipo de la fiesta y la emocionalidad nacional. Como toda tradición mitológica, Un Grito Vagabundo, se ha escuchado ceremonialmente en nuestro contexto. 

Un trozo de natilla, un buñuelo o un aguardiente navideño, no serían parte del ritual si su música, en algún momento de la noche, no hace parte del telón de fondo. Como diría el poema del gran Baudelaire: “Hay que estar siempre ebrio. Todo se reduce a eso; es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo, que os destroza los hombros doblegándoos hacia el suelo, debéis embriagaros sin cesar. Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como os plazca. Pero embriagaos” (Baudelaire). 

Los artistas, Don Ventu, como cariñosamente le decían a Buenaventura y Guillermo Buitrago, superaron el peso del tiempo y se eternizaron en nuestra memoria. El eco de su grito retumba en esta temporada como nunca. Retomando a Camus, “Como las grandes obras, los sentimientos profundos declaran siempre más de lo que dicen conscientemente. La constancia de un movimiento o de una repulsión en un alma se vuelve a encontrar en los hábitos de hacer o de pensar y tiene consecuencias que el alma misma ignora. Los grandes sentimientos pasean consigo su universo, espléndido o miserable. Iluminan con su pasión un mundo exclusivo en el que vuelven a encontrar su clima” (Camus 8).

Ni toda la censura, echó al olvido la composición de Díaz Ospino, y menos logró opacar la voz de Buitrago. Privatizar y normalizar las emociones, siempre será el mayor fracaso de las virtudes fachas. Los individuos respiramos arte y literatura. Sería imposible negar que estamos forjados por relatos, el lenguaje nos atraviesa y nos convierte en seres simbólicos. Nos arropamos con aquella colcha de retazos que han constituido nuestras experiencias. Quizá el ritual de la música y la bebida nos devuelve al origen, aquellas navidades pasadas donde la ternura del mito nos arropaba en las noches. 

El choque artístico es la rebeldía de los sentidos, el cuestionamiento de los valores vitales y del estado. Citando nuevamente a Camus, “Esta rebelión da su precio a la vida. Extendida a lo largo de toda una existencia, le restituye su grandeza. Para un hombre sin anteojeras no hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que la supera. El espectáculo del orgullo humano es inigualable” (Camus 29).

¿Natilla o prozac? Una pregunta y una elección que no debería ser compleja para aquellos espíritus libres. Recibamos estas épocas de consumo desbordado, sin amilanar nuestro espíritu de rebeldía, conciencia de clase y mucho menos racionalidad ideológica. Bailemos y embriaguémonos. Entonemos fuertemente nuestro grito, y sin temor cantemos: “Yo quiero pegar un grito y no me dejan / Yo quiero pegar un grito vagabundo / Yo quiero pegar un grito y no me dejan / Yo quiero pegar un grito vagabundo / Yo quiero decirte adiós, adiós mi vida / Yo quiero decirte adiós, desde este mundo”.  

REFERENCIAS

  • Camus, Albert (1985). El Mito de Sísifo. Editorial Losada, Buenos Aires

¿Qué es Rumanía y por qué la paz europea depende de sus resultados presidenciales?

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Opinión de: Luisa Choachí

Cualquier persona con acceso a internet probablemente esté al tanto de la delicada situación geopolítica actual, en la que Rusia, la Unión Europea y Estados Unidos son los protagonistas. Por ello, en este artículo quiero hablarles de un país que suele pasar desapercibido pero que, en este momento, tiene en sus manos el futuro de Europa: Rumanía.

Ubicada en el este de Europa, con fronteras directas con Ucrania y Moldavia, Rumanía ha sido uno de los países de primera línea de la OTAN en este crucial momento para Europa. A pesar de que es más conocida por sus leyendas de terror, como Drácula o los hombres lobo, hoy vive una ola de protestas masivas iniciadas por estudiantes que claman evitar una nueva dictadura.

Aunque Rumanía nunca fue parte de la Unión Soviética, estuvo bajo su influencia como estado satélite desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Esto llevó al establecimiento de un régimen comunista que alcanzó su mayor represión durante la dictadura de Nicolae Ceaușescu. Su mandato terminó el 22 de diciembre de 1989 tras una revolución que marcó el inicio del camino hacia la democracia, un logro que ahora parece estar en peligro.

En medio de las tensiones entre la Unión Europea y Rusia, Rumanía atraviesa unas elecciones presidenciales decisivas. La primera vuelta se celebró el 24 de noviembre de 2024 y la segunda está prevista para el 8 de diciembre. Estas elecciones, ignoradas por muchos, son cruciales para el equilibrio geopolítico europeo. Los dos candidatos en la segunda vuelta son Călin Georgescu, un político de extrema derecha y pro-ruso conocido por sus ideas machistas, fascistas y autoritarias, y Elena Lasconi, una reformista pro-Unión Europea con un enfoque europeo y modernizador.

¿Quién es Călin Georgescu y por qué su candidatura ha desatado protestas masivas?

Georgescu se ha identificado como ultranacionalista y conservador. Durante su campaña, ha elogiado a Putin, ha propuesto sacar a Rumanía de la Unión Europea y la OTAN, y ha prometido retirar el apoyo de su país a Ucrania en la guerra contra Rusia. Además, ha hecho declaraciones misóginas, afirmando que las mujeres «están hechas para parir, no para liderar». Su retórica homofóbica incluye planes para adoptar políticas anti-LGBT similares a las rusas.

La ubicación estratégica de Rumanía, justo frente al conflicto en Ucrania, convierte estas elecciones en una batalla simbólica entre Europa y Rusia, con una clara ventaja para Moscú si Georgescu resulta electo.

El peligro de un nuevo autoritarismo

El gobierno rumano ha acusado a Rusia y China de desinformación y sabotaje electoral, destacando el uso de TikTok por parte de Georgescu como una de las principales plataformas de su campaña. Aunque no está prohibido usar TikTok en las elecciones de este país, su potencial para manipular algoritmos y difundir desinformación ha generado controversia. Las autoridades rumanas señalan que el contenido de Georgescu ha recibido un impulso inexplicable, mientras que el de otros candidatos tuvo un alcance limitado. A pesar de que TikTok ha negado las acusaciones, las sospechas de interferencia extranjera, especialmente por parte de Rusia y China, persisten, subrayando el creciente impacto de las redes sociales en los procesos democráticos.

Tanto la Unión Europea como la OTAN, junto a millones de ciudadanos rumanos, temen el surgimiento de un régimen autoritario que, aunque ideológicamente distinto al comunismo del pasado, podría llevar a la pérdida de libertades y derechos civiles, como ocurrió bajo la dictadura de Nicolae Ceaușescu. El historiador Liviu Zgârciu, declaró en CNN Rumanía: «Sufrimiento y muerte para muchos rumanos. Eso fue el comunismo y el fascismo. Hoy, sus seguidores intentan regresar».

Aunque Georgescu se ha declarado abiertamente pro-ruso, Nicolae Ceaușescu es erróneamente relacionado con Rusia únicamente por haber sido un dictador comunista. Sin embargo, existe una diferencia clave: Ceaușescu mantuvo una política independiente de la Unión Soviética y nunca se declaró pro-ruso, mientras que Georgescu ha adoptado una postura explícitamente pro-rusa y de extrema derecha. Mientras que el comunismo promovía una política colectivista y basada en la lucha de clases, el enfoque de Georgescu es ultranacionalista y autoritario, con influencias cercanas al fascismo y una retórica marcadamente antidemocrática.

Lecciones de Moldavia y el futuro de rumania

El gobierno rumano ha solicitado al Consejo Supremo de Justicia analizar los riesgos para la seguridad nacional derivados de posibles interferencias rusas. Situaciones similares se han vivido en Moldavia, donde las elecciones presidenciales recientes enfrentaron a un candidato pro-ruso y otro pro-europeo, resultando vencedora la opción europea, pese a los intentos de sabotaje ruso.

Las elecciones presidenciales en Rumanía son cruciales para su futuro y el equilibrio geopolítico de Europa. La disputa entre un candidato pro-ruso y uno pro-europeo refleja una lucha por el rumbo del país en un momento de creciente tensión con Rusia. El resultado de estos comicios no solo definirá el destino de Rumanía, sino que también tendrá un impacto directo en la estabilidad de la región y la preservación de los valores democráticos en Europa.

Con Guillermo Elvencio Ruiz en la memoria y el M-19 en nuestros corazones

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Si mal no recuerdo era Civilización 6, un libro gris azulado con la foto de una pirámide en la portada. Esa noche, como todas, mi mamá nos enjalmó en la cama y metió los extremos de las cobijas bajo el colchón para que no nos cayéramos, pero hubo algo que hizo que esa noche no fuera como todas. Antes de que el sueño llegara, mi hermana mayor, heredera oficial de Civilización 6, le preguntó a mi mamá por una foto que aparecía en el libro y que la profesora en la clase había pasado por alto: era la foto de Carlos Pizarro.

Esa noche fue la primera vez que escuché del M19, fue el inicio de mi enamoramiento por su historia y especialmente por mi familia. Fue el momento en el que supe que era hija del EME. 

Esa noche se fue asomando detrás de un telón azul, blanco y rojo, la historia del M y la relación de mi familia con este movimiento. Fui recreando escenas en mi cabeza, que bien podrían haber codirigido Costa Gavras y Brian de Palma. Se fue formando una película en la que mi tío era protagonista y cantaba lo mejor de Sandro mientras era torturado en las caballerizas del ejército; en la que mi abuela, con el corazón destrozado, como los brazos de mi tío, iba a recogerlo a la cárcel cuando quedó en “libertad”; una película en la que mi mamá, con sus ojos claros y tacones altos, le preguntó a la policía por una dirección mientras cargaba un bolso lleno de armas. 

En esta película, basada en hechos reales, también había villanos, y estaban en el poder. Entrenaban caballos para arrancar orejas, perros para violar, mataban bebés de inanición, traumatizaban niños.

Crecí fascinada con la campaña ¿Parásitos, gusanos? espere… M19, aterrada con lo que venía después del golpe de puerta y grito ¡Policía judicial!, y sintiendo profunda admiración y respeto por Augusto Lara, un periodista aventurero con gafas de carey, traje y pipa; y Heliodoro Arguello, un sastre que le dio a la costura otro significado, uno familiar en el que el amor por los otros, por una idea, es primero.

Detrás de cada anécdota narrada por mi mamá, leída en libros como La Ballena azul o Siembra vientos, ese sentimiento por el M se iba fortaleciendo en medio de un revoltijo de frustración, dolor, amor, admiración, que casi siempre terminaba, y termina, con una sensación de quemadura en la nariz y vacío en el pecho. Un carro varado con la Espada de Bolívar dentro, camiones de leche robados para barrios populares, 5000 armas sacadas del Cantón norte. Historias de acción y comedia, de costura, ausencias, y certezas: eso fue y es el M-19.

En la mañana del 4 de diciembre salió a la luz el descubrimiento de los restos, en una fosa común, de Guillermo Elvencio Ruiz, asesinado durante la Retoma al Palacio de justicia. Un hallazgo con el que, una vez más, se cuestiona el relato hegemónico sobre la toma, y se evidencia la relación entre los grandes narcos de los 80’s con la oligarquía y el establecimiento. El presidente Gustavo Petro escribió en X un muy emotivo mensaje en el que no solo resalta la fuerza de Elvencio Ruiz, su secuestro y tortura por el MAS, sino la imprescindible digna sepultura de esta emblemática figura del M19:

“Buscamos su familia para recibir los restos del que hasta ayer, estaba aún desaparecido. Sino se encuentran, le solicito a los excombatientes del M19 organizarse para darle sepultura al que fue fiel a su consigna ¡Vencer o morir!”

Hoy, con esta revelación que trae de vuelta a todos los fantasmas del M, no queda más que recordarles y continuar sobre el camino que avanzaron, no queda más que agradecer sus acciones y trabajar porque sus ideas prevalezcan hasta vencer o morir.

En medio de las anécdotas que llegan de nuevo, recuerdo una frase que leí de Bateman, de  su discurso en la VIII Conferencia del M: “¡Adelante!, siempre que quede uno del M 19, quedará la esperanza de la lucha. Siempre que quede uno dispuesto a levantar esas banderas que son las banderas de la dignidad de nuestro pueblo, no seremos derrotados ¡Nunca!.”

«Las divinas»: sea como sea, aquí no puedes entrar

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En medio de una conferencia, del tipo de conferencias que frecuenta la mamerteria, una persona lanzó una pregunta constante en las izquierdas, aunque quizás más constante en las nuevas generaciones que se empiezan a interesar por ese mundo: «¿Por qué la izquierda no se une?». Como se hizo en un contexto político nacional de relativa unidad —como la que supone la alianza Pacto Histórico—, la inquietud pasó desapercibida. 

La pregunta tiene distintas respuestas en las organizaciones, algunas tienen que ver con que unos sectores tienen una política correcta y otros no; unas organizaciones son de verdadera izquierda y otras no; otros van más allá y dicen que el problema paradigmático reside en la noción tergiversada de vanguardia que lleva a que los partidos o movimientos se vuelvan dogmáticos, sectarios, y busquen que cualquier alianza sea en torno a ellos como un deber antes que por la valía de las ideas, etc. 

En la actualidad, el plano teórico de esta discusión no es ya lo fundamental. Las alianzas tienen que ver con cálculos electorales, egos, y la articulación en torno a algunos ejes programáticos —mejores, por supuesto, en contraste con los de la derecha, sea moderada (centro), tradicional o extrema—, que tienen en cuenta los valores básicos de las izquierdas y los progresismos: la igualdad y la justicia social. 

Aunque este eje de análisis no es el centro del artículo. Desde que empecé a frecuentar estos escenarios, comencé a notar algo que, en la actualidad, identifico con más claridad, y es la exaltación del grupo. Dentro del grupo se genera una sensación de estatus con respecto al que no hace parte, y cierta arrogancia. Se forman unos códigos comunes, no solo de pensamiento o de ideas —en ocasiones ni siquiera este aspecto es el central—, sino de actitudes, expresiones verbales claves, jergas, o modos de vestir. Se trata de la formación de círculos endógenos de reconocimiento. Es la distinción, que hace unos años era quizás más sólida en contextos estudiantiles, sindicales, y en otros que son nicho de construcción de movimiento social, entre la persona «organizada» y la «no organizada», siendo la primera la que hacía parte de algún tipo de colectivo, organización o partido de izquierdas. 

Esta formación de círculos en los que se comparten unos códigos comunes que se exaltan no es extraña. En la psicología social de los grupos es normal que se construyan identidades y lazos sociales. La cuestión dentro de los círculos de izquierdas es que se genera una contradicción: la aspiración, por lo menos bajo la influencia de las teorías de izquierdas de hace unos años, era la de crecer, abarcar a muchas personas, y llegar a ser organizaciones «de masas», pero esta aspiración chocaba con el desarrollo de esas pautas actitudinales de estatus y arrogancia de los círculos «organizados», en el mayor de los casos no conscientes, en los que, incluso, se terminaba por excluir a quienes no compartían o configuraban en su ejercicio las mismas jergas, los modos de vestir, y otras prácticas grupales de exaltación. 

En esta exaltación grupal, que no pasa necesariamente por lo ideológico sino quizás más por lo psicosocial, puede haber quizás una razón sobre la falta de la unidad, pero no solo eso, estos modos grupales de ser impactan también en la cantidad de adherentes que se puedan tener.

En la actualidad, en ciertos contextos de participación y movilización, se está consolidando la idea de «las individualidades», una noción proveniente de la cultura política de los anarquismos que ha ganado algo de fuerza y que presenta elementos interesantes pero también otros problemáticos. Lo colectivo encierra valores que son alternativos en un sistema y un modelo que privilegia el individualismo y la competencia —sin que lo individual en sí mismo sea negativo, por supuesto—. Las apuestas comunes están sujetas a la deliberación y en muchos casos, por lo mismo, obedecen a análisis previos. Por su parte, en muchas «individualidades» tiende a primar la exposición de ideas básicas que no tienen una reflexión profunda, están sujetos a vaivenes coyunturales y no tienen, necesariamente, interés por la construcción conjunta de posiciones o de acciones. 

Hace unos años, el espíritu en contextos de participación era, en primer lugar, la integración en organizaciones o la construcción de colectivos. En la actualidad parece que este ejercicio va en retroceso mientras se posiciona la lógica de las «individualidades». ¿Será que las lógicas que imperan en las organizaciones tienen alguna responsabilidad? 

Las organizaciones han sido golpeadas por la persecución y la estigmatización política en el país, esto impacta sobre su existencia y sobre el número de personas del que están compuestas, por supuesto, pero, ¿no existirá un nivel de incidencia y responsabilidad sobre esta dinámica en las prácticas grupistas —que promueven «estatus», arrogancia, uniformidad y también el sectarismo hacia otros sectores, etc.», que, antes que sumar, terminan excluyendo a potenciales adherentes? 

Quizás haya un factor común, o más factores relacionados, entre la pregunta de aquel comensal sobre la unidad de las izquierdas, y el desinterés por «organizarse» en sectores alternativos. 

Tú por mí, yo por ti, iremos juntas donde haya que ir

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Nunca en un día festivo: es el “lema” de mi amiga más cercana. La primera vez que la escuché decirlo, fue en medio de una conversación de mujeres acerca de los listados de lo que debemos tener en cuenta cuando vamos a salir de fiesta.

– No tomar de más, si la salida es con personas que no son de mucha confianza

– Compartir la ruta del carro con las amigas o familia

-No ir a la casa de un desconocido

-Revisar que el trago sea servido de una botella recién destapada

No salir a tomar un domingo si el lunes es festivo, ante esta recomendación, las demás solo asintieron por cumplir, pero yo sabía a qué se refería, solo las dos sabíamos. 

Hace unos meses, ella salió con una de sus amigas. La salida involucró lo habitual, baile, fotos borrosas para IG, charlas trascendentales y también tontas, carcajadas estruendosas. “Un día oscuro nos dio por andar donde los malos tiran y dan”, dice Christina, y siempre había pensado que era así, cumplir con estos listados nos podía dar seguridad, pero ese día, un antiguo compañero de trabajo, un “amigo”, le escribió y llegó al lugar en el que ellas estaban.

Nosotras hemos vivido juntas por casi 6 años, es de esas amigas que es imposible no admirar, tiene un carácter fuerte, muy fuerte además del don de llegar a cualquier lugar, y con solo un comentario ser el centro de atención, brilla como ninguna otra, inspira respeto y es esa persona de la que todos quieres saber su opinión. Ese lunes llegó a las 5am más o menos, y la forma en la que pronunció mi nombre para llamarme, el gesto que tenía cuando entró, no se me va a olvidar nunca. 

Hasta ese día, siempre había visto la violación como una imagen aterradora y lejana, incluso como un momento, una escena de pesadilla que aunque dejaba una cicatriz, de alguna manera se quedaba en ese bucle de tiempo que nadie debería experimentar. Pero me equivoqué, nos equivocamos. Le pregunté qué quería hacer, si quería ir a Medicina legal, llamar a alguien. No podía bañarse, porque necesitábamos pruebas, y cada posible escenario descubierto detrás de cada pregunta, era más horrible que el anterior.

Van a decir que fue mi culpa, van a decir que yo me lo busqué, van a decir que yo ya lo conocía, van a decir que estaba tomada. Su fuerza pudo más que todos esos miedos, y por su fuerza, salimos para medicina legal. Era lunes festivo y las vías a esa hora estaban casi vacías. Abrí su ventana en un intento inutil de aliviarla un poco, de hacer del viento una compañía que limpiara lo que acababa de vivir. Entramos al lugar que parecía estar cerrado, y los 5 policías que estaban en una especie de recepción, nos vieron entrar y un silencio de milésimas de segundo marcó el después, ese después que nadie considera, lo que sucede a la escena de pesadilla, al bucle.

No me acuerdo si preguntaron qué necesitábamos o simplemente ese silencio hizo que ella dijera: Abusaron de mí. Tuvo la atención instantánea de los 5 policías, y al mismo tiempo una especie de incomodidad entre ellos, los llevó de nuevo a meter la cabeza en lo que estaban antes, el celular, un papel, el computador, lo que fuera que les ayudara a salir de esas tres palabras, a no verla a la cara. Una policía dijo sin ninguna seguridad, que ahí no la podían ayudar, que debíamos ir a La UPJ, que allá le hacían un exámen médico y luego ponía la denuncia, y de ahí salir para otro lugar. No, allá solo pone la denuncia, la contradijo otro policía sin mirarnos. 

Salimos sin comentar nada, no sabía que hacer, solo pensaba lo afortunadas que éramos por contar con un carro. ¿Y si tuvieramos que esperar un taxi? ¿Y si no tuvieramos para un taxi? ¿Y si tuviéramos que conseguir un bus desde aquí, cuál debería ser, en qué parada quedarnos?. Y después de ese momento de agradecimiento tan perturbador,  ¿y ella cómo se siente, debimos quedarnos en la casa, debí motivarla para que se bañara y se metiera en la cama, prepararle una aromática y abrazarla y no exponerla a ésto? 

Llegamos a la UPJ y de nuevo las tres palabras. La policía de la entrada logró que toda la frustración, ira, impotencia, odio, reaccionaran como fuego al que se le echa gasolina. Hasta las 8am. Ahh no, hasta mañana que llega no sé quién. Cuando estaba tomando aire y organizando las palabras para gritarle, un policía le dijo que sí, que la dejara seguir. Subió ella sola y me quedé esperando a la entrada. No debería estar ella sola. 

Cuando salió, tenía los ojos aguados de nuevo. Le pregunté qué le dijeron, y como pudo me respondió, básicamente di papaya… No debí reaccionar así, no debí devolverme esos 10 pasos y golpear la puerta y gritarle a las policías de la entrada, todas mujeres, todas indiferentes, todas daban asco, todas la revictimizaron, No mamá, agradezca que la dejamos entrar a ella. Intentaron cerrarme la puerta, iba a continuar mi ataque pero desistí cuando la vi a ella parada a mi lado diciendo de nuevo entre lágrimas: Yo no dí papaya.

Ella no debía estar sola.

Nos fuimos a la EPS para que le hicieran los exámenes médicos. Debía entrar sola, así que esperé afuera. Luego me escribió que debía quedarse hasta el martes porque en día festivo no estaba la Trabajadora social,  que podía entrar un acompañante para que le llevaran ropa o comida. Entré y después de un rato un doctor  hizo que el agradecimiento extraño apareciera, era la primera persona que le mostraba respeto, consideración. Hizo los exámenes, estuvo pendiente, le preguntó si quería poner denuncia, llenó unos documentos, guardó la ropa interior en una bolsa sellable, le informó que más tarde vendría la policía a hacerle algunas preguntas, le explicó cómo debía tomar los medicamentos, los efectos secundarios como las náuseas, la sensación de debilidad, el dolor de estómago.

Como dije antes, una de las principales cualidades de mi amiga, por no decir la más visible, es su carácter. Eso fue lo que él quiso quitarle, su fuerza, su poder. Rita Segato dice que la violación es un crímen expresivo por un medio sexual, es un mensaje que el violador da a la mujer y a los hombres, a “la mujer se le comunica una lección moral: la mujer es sospechosa de inmoral desde el comienzo de los tiempos, y la violación le castiga por desobediente. A los otros hombres, la violación les comunica la potencia”. 

No es algo sencillo de escribir, y resumir esas interminables horas en un par de páginas no va a permitir jamás describir la dimensión de lo que ella vivió, de lo que tuvo que pasar y de la marca imborrable que queda. Por ahora, solo voy a permitirme contarle al violador, que no logró su cometido, quiero contarle que la fuerza que ella siempre ha tenido, prevalece, que no le quitó nada, que lo que hizo solo habla de su insignificancia y necesidad de sentirse poderoso ante una mujer que siempre estará fuera de su alcance, quiero decirle al violador, que siempre será ese desecho que todas las personas querrán evitar, eso que inspira asco, no miedo, ni mucho menos respeto. 

A pesar de todo eso, de la inutilidad de la policía que no sabe cómo actuar en casos de denuncia de abuso sexual, de acceso carnal, a pesar de la burocrácia asquerosa que deben vivir las mujeres que denuncian, a pesar del machismo, de la cofradía de masculinidad que defiende a los violadores, a pesar de todo, ella no está sola, ella no cambió, ni está rota o destruída. Además de la rabia, de la rabia inmensa que siento, solo puedo decir:

Tú por mí, yo por ti

Iremos juntas donde haya que ir

“+57”: ¿causa o síntoma?

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Un conjunto de cantantes colombianos del género urbano se unió a Karol G para interpretar una canción que representara a Colombia. Dicha canción recibió el nombre de “+57”, haciendo referencia al indicativo del país. Contrario a lo que los artistas deseaban, en lugar de que la canción se convirtiera en un éxito aplaudido por el país, estuvo en el foco de la controversia especialmente por una parte en la que sexualizan a una menor de edad: “una mamacita desde los fourteen”. La controversia fue tan amplia que incluso el presidente Gustavo Petro se pronunció al respecto. Como resultado de las críticas, los artistas cambiaron la letra por “una mamacita desde los eighteen”, para así no hacer referencia a una menor de edad (en Colombia, al menos. En otros países, la mayoría de edad puede llegar hasta los 21 años). 

En redes sociales se evidenciaron todo tipo de comentarios, pero un tipo en particular me llamó la atención. Muchas personas aprovecharon la situación para, como es costumbre, señalar que el reggaetón es el responsable de la degradación de la juventud y, por ende, es la causa de la sexualización de las menores. Sin embargo, esto no es cierto. 

Mi primera experiencia de acoso la viví a los 8 años. Por una emergencia familiar, un domingo en la mañana salí corriendo apurada a la farmacia para comprar unos medicamentos y no llevé chaqueta. Salí con mi blusita de tirantes con la que había dormido. En las dos cuadras que separaban a mi casa de la droguería recibí miradas sobre mis pechos de infante. Desconocía, antes de esa experiencia, que esa parte de mi cuerpo pudiera ser foco de atención. Dos señores que superaban los 50 años me sexualizaron con comentarios obscenos.

Esta experiencia no la nombro para poner el centro en mí, porque sé que ésta no es sólo mi experiencia, es la de la mayoría (sino es todas) las mujeres que fuimos criadas en este país: nuestras primeras experiencias de acoso fueron vivídas en la infancia, la preadolescencia o la adolescencia. Supimos a una edad muy tierna que ser mujeres implicaba que nuestro cuerpo no fuera tratado con respeto ni como una persona, sino que fuera considerado un objeto para el placer de los hombres. Y quienes nos acosaron y cosificaron no fueron justamente los hijos del reggaetón nacidos entre los 90 y los 2000; fueron los señores nacidos a mitad del siglo pasado. Para evidenciar la gravedad del problema, “según cifras de Medicina Legal solo en el último año, con fecha de corte al 10 de abril de 2024, se reportaron 19,192 casos de abuso sexual contra menores, es decir, 53 casos por día”. A esto hay que sumar la cantidad de casos no denunciados, como el mío, que se queda en un “piropo” y ante el cual ningún adulto en la calle interviene para defender a las niñas. 

Dicho lo anterior, me pregunto si en realidad el reggaetón es el responsable de que la cosificación de las niñas esté tan normalizada. Y para mí es clarísimo que la respuesta es un rotundo no. La sexualización de las niñas tiene una historia de larga data, que se evidencia en el hecho de que nuestras abuelas contrajeran matrimonio o fueran apresadas por un marido normalmente muchísimo mayor que ellas, cuando apenas eran unas niñas de 12, 13, 14 o 15 años. También se evidencia en que ellos, los señores que crecieron con otros géneros musicales, fueran nuestros victimarios cuando las hijas de los 90 estábamos creciendo. Ahora, de manera hipócrita, se lavan las manos con respecto a la responsabilidad que tienen en la reproducción de la cultura que cosifica los cuerpos de las mujeres tirando las culpas a un género musical. 

El reconocimiento de lo anterior no exime de responsabilidad a los artistas adultos que pudiendo comprometerse con la transformación de la cultura deciden reproducirla. Por supuesto que Karol G y compañía tienen responsabilidad por la reproducción de la cultura que objetiva a las niñas. Pero hay que reconocer que lo hacen justamente como reproductores de esa cultura y no como productores. 

Por lo tanto, el problema no es el reggaetón o estos artistas, sino que es más profundo: es la cultura colombiana que ha normalizado que los cuerpos de las niñas sean vistos desde la mirada de la perversión. En ese sentido, son ellos tan responsables como lo son los padres que regalan cirugías de implantes de senos a las niñas en sus 15 años, los hombres que acosan a las estudiantes, los hombres que comentan que deberían legalizar a las de 15 años, los familiares que a las niñas les dicen “ya tienes cuerpo de mujercita. Ya puedes casarte”, “¿ya tienes novio?” y demás comentarios con los que crecimos muchas de nosotras y que lo único que logran es que las niñas crezcan sintiendo que sus cuerpos son objeto de observación y son para el placer de un externo: los hombres. De igual modo, esos comentarios que educan a los hombres para ver a las mujeres como un objeto que existe para su placer y no como personas que merecen respeto. 

En consecuencia, todos nosotros tenemos la responsabilidad de no reproducir la cosificación de los cuerpos de las mujeres y en especial de las niñas. Esto no sólo recae sobre un género musical y tampoco fue el reggaetón el que produjo el problema. El reggaetón y las letras que son problemáticas son resultado de la cultura que los ha parido. En este sentido, para acabar con la sexualización de las niñas es necesario ampliar la mirada crítica y en lugar de lavarnos las manos tirando el agua sucia a un género musical, asumamos la responsabilidad que tenemos en la reproducción de esos imaginarios que conducen a ver a una niña de 14 años como una mamacita. La responsabilidad de transformar lo que está mal en esta sociedad es nuestra, de todos y especialmente de los hombres que acosan y sexualizan a las niñas. Sólo entonces no será necesario que una canción sea (de manera justificada) censurada, sino que la cultura no dará a luz ese tipo de producciones. 

Polo Polo y la paradoja de la representación

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La representación de figuras afrodescendientes en contextos de poder político ha sido un asunto sensible que muchas veces camina sobre un terreno complejo y contradictorio. Desde las páginas de La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe hasta las actuaciones contemporáneas de figuras como Miguel Polo Polo en Colombia, emerge un debate que trasciende los límites temporales: ¿hasta qué punto quienes representan a las comunidades afrodescendientes defienden intereses colectivos?

En el siglo XIX, Beecher Stowe construyó a Tío Tom como un personaje devoto y compasivo que, aunque buscaba humanizar la causa abolicionista, se convirtió en un símbolo de sumisión frente al sistema esclavista. Frantz Fanon, en Piel negra, máscaras blancas, (1952) alerta sobre cómo algunas personas racializadas pueden internalizar los valores del opresor, reproduciendo la estructura de opresión desde adentro. Esta figura, lejos de representar la emancipación, valida y refuerza el statu quo.

Un ejemplo contemporáneo de esta dinámica puede encontrarse en Miguel Polo Polo, un político afrodescendiente colombiano que, según sus críticos, defiende posturas que no solo ignoran las demandas históricas de las comunidades negras, sino que parecen alinearse con los sectores de poder que perpetúan el racismo estructural. Al rechazar movimientos sociales como el feminismo o las luchas antirracistas, Polo Polo desempeña un papel que algunos identifican con el síndrome de Stephen Candie. Inspirado en el personaje Stephen, interpretado por Samuel L. Jackson en la película Django sin cadenas de Quentin Tarantino (2013), este síndrome describe a personas de comunidades oprimidas que no solo aceptan, sino que defienden activamente los intereses de sus opresores. Stephen es el esclavo leal al amo Calvin Candie, cuya fidelidad y celo por mantener el orden esclavista lo convierten en un agente eficaz del sistema que lo oprime.

En el caso de Polo Polo, se observa una paradoja similar. Como político afrodescendiente, podría ser una figura clave para la lucha contra el racismo y la inequidad. Sin embargo, su discurso, que minimiza las desigualdades estructurales y ataca a los movimientos sociales progresistas, lo sitúa como un defensor activo de las narrativas que sostienen las jerarquías raciales y económicas en Colombia. Este comportamiento refuerza la percepción de que su representación política no busca subvertir el sistema, sino consolidarlo.

Tanto el “Tío Tom” de Beecher Stowe como Stephen Candie y figuras contemporáneas como Polo Polo nos recuerdan el riesgo de la representación simbólica. Angela Davis (1981) señala que «tener personas negras en posiciones de poder no significa automáticamente un avance para la comunidad». Cuando estas figuras reproducen los valores del sistema opresor, su presencia puede ser utilizada para justificar y perpetuar las desigualdades que dicen combatir.

Polo Polo no solo internaliza, sino que activa discursos que deslegitiman las luchas históricas de las comunidades negras. Al hacerlo, cumple una función doblemente dañina: neutraliza la crítica al sistema desde adentro y refuerza las narrativas conservadoras que niegan el racismo estructural.

Fanon describe cómo las personas racializadas que acceden a espacios de poder suelen adoptar las “máscaras blancas” del sistema, rechazando su identidad y sus raíces para ser aceptadas por la élite. Este fenómeno, evidente en la postura de Polo Polo, resalta la tensión entre la identidad personal y la representación colectiva. Mientras algunos líderes como Malcolm X o Manuel Zapata Olivella lucharon por empoderar a sus comunidades, otros adoptan una postura que perpetúa la marginación.

La representación afrodescendiente en espacios de poder debe ir más allá de lo simbólico. No se trata solo de ocupar cargos, sino de usarlos para transformar las estructuras de exclusión. Como sociedad, debemos cuestionar si quienes representan a las comunidades marginadas actúan en beneficio colectivo o si, como en el caso del síndrome de Stephen Candie, perpetúan las mismas cadenas que deben romper. La emancipación no pasa por el simple acceso al poder, sino por su uso transformador. En este sentido, el desafío para las comunidades afrodescendientes no es solo llegar al poder, sino asegurarse de que este sirva como una herramienta de justicia y liberación, de transformación social, no como un mecanismo para validar las desigualdades históricas.

El acto de Miguel Polo Polo al retirar las botas que honraban a las víctimas de los falsos positivos y arrojarlas a la basura trasciende lo político para convertirse en un gesto profundamente simbólico de desconexión con la memoria histórica de Colombia. Este hecho no solo afecta a las familias que han luchado por la verdad y la justicia, sino que también refleja una narrativa que niega las violencias estructurales que han marcado al país. Como señala Fanon, «el olvido impuesto por los opresores no libera, perpetúa la dominación».

Al ignorar las cicatrices de las víctimas, Polo Polo no solo desestima su dolor, sino que refuerza la indiferencia institucional hacia las comunidades más vulnerables. Este acto, en lugar de ser un gesto político de reconciliación, reproduce una lógica de exclusión que silencia a quienes más necesitan ser escuchados. En un país donde las víctimas luchan por mantener viva su memoria, los líderes deben asumir la responsabilidad de representar su dolor y sus demandas con dignidad y respeto.

El desafío de figuras como Polo Polo radica en comprender que la representación política no es un acto individual, sino un compromiso colectivo. Cuando esta representación se desvincula de las luchas históricas y la justicia, se convierte en una herramienta de perpetuación del poder opresor, dejando a las comunidades sin un verdadero defensor en los espacios de decisión. En este contexto, la lección es clara: la memoria no es solo un derecho, es un deber, y quienes ocupan espacios de poder tienen la obligación ética de preservarla y honrarla.

El ascenso de la Goebbels criolla

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¿Quién no recuerda ese video culo de Victoria Eugenia Dávila, enunciando el buen ejercicio periodístico al cual iba a aspirar, luego de su salida de RCN? Sus palabras tímidas y lastimeras, nos llevaban casi al grado de credulidad. Dávila representaba a otro comunicador arrodillado, que, sin ningún logro trascendental, había sido exiliado de la nómina empresarial y convertido en un paria más, instituido en la máquina picasesos mediática colombiana. Resonemos también el motivo del exilio. Una supuesta investigación, acerca de una red de favores y acoso sexual al interior de la policía. Algo llamado: La Comunidad del Anillo (mis más profundas disculpas a J.R.R. Tolkien y su legado). A raíz de tan magnánima pesquisa y para deleite de la audiencia, nos quedó un registro de video, en el cual, nuestra profesional, ética y exhaustiva periodista, nos deja simplemente una exploración de cómo una fuente se inmiscuye en dicho entramado para develar el horror. Hecho por demás absurdo, al darnos cuenta que, dicha evidencia, simplemente expone a dos individuos, mayores de edad y en plenas facultades físico-psíquicas, alejadas de cualquier presión o amenaza, con el objetivo puntual de buscar un buen lugar para tener relaciones sexuales o hacer el delicioso, como es comúnmente conocido en nuestro país.  Los resultados de este despliegue periodístico fueron obvios. Una denuncia por invasión a la privacidad, la salida de Victoria Eugenia y lo más decadente, aparte de ser el hazmerreír, por más sonado y grotesco del caso, la supuesta evidencia no sirvió para absolutamente nada.

A este respecto, hubo incluso pronunciamiento de la FLIP. Organismo obtuso y mediocre, que, en el contexto nacional, pareciera que los únicos periodistas visibles son los que defienden los valores de la ultraderecha. La salvaguardia ejercida por esta entidad a Dávila fue categórica. Por lo anterior, cabe aclarar que la “periodista”, como cualquier otro individuo, que ejerza con verdadera entereza y ética la profesión, merece el apoyo y la protección que un gobierno pueda brindar. Aunque en este caso, podemos fácilmente inferir, que dicha defensa iba ligada a la oposición acérrima de Victoria Eugenia al mandato del neoliberal Santos y en la conservación del entonces poderoso uribismo de mierda. Era manifiesto y de esperarse que un personaje como Vicky estuviera para mejores cosas. El uribismo, era aún un fortín económico y empresarial que necesitaba buena publicidad, además de un lavado de cara excepcional. La capacidad exponencial de esta señora en cuestión, para crear propaganda, desinformar, generar pánico, estigmatizar y confundir, no podía desaprovecharse. Es de este modo, que llega a la otrora profesional e imparcial revista Semana, a transformarla en la letrina desinformativa que es ahora. Así, asciende nuestra Goebbels criolla, con todas sus facultades para poner al servicio del uribismo, empresarios y familias de siniestro actuar, su sicariato informativo.

No sería tan erróneo plantear que Dávila, seguida de otros “periodistas” de su mismo proceder, constituyen lo que posiblemente vendría a ser la primera línea del neoliberalismo colombiano. Obviamente, estaríamos hablando de individuos con el favor de las élites, con posibilidades socio-económicas y protegidos, no con escudos rudimentarios, sino con micrófonos y con el falso discurso de defensa a la libertad y amor a su país. Un patriotismo conservador, religioso y chimbo que nos han vendido con el paso de los años. Esta abstracción de lenguaje, en palabras de Erich Fromm, “adquiere mucha más importancia considerando las palabras que no se refieren a cosas, sino a sentimientos íntimos. Así, hablamos de amor, ¿y qué entendemos por amor? Resulta increíble, pero casi no hay nada en el mundo que no se llame amor. La crueldad, la dependencia, la dominación, y el amor verdadero, y el temor, la costumbre: a cualquier cosa que se llame amor” (Fromm 63-64). Aquella terrorífica expresión de “mano firme, corazón grande”, adquiere una singular relevancia. Como lo planteara Fromm, las huestes desinformativas del país, procuran la defensa de valores privados, sin temor a equivocarnos. El amor de patria que ellos llaman, está ligado a aquella abstracción de país que nos han querido imponer. Un lugar arcaico, de terratenientes, empresarios patronistas, estructuras gubernamentales podridas y permeadas por la mafia, además de un cúmulo de valores desagradables que han hecho pensar a la ciudadanía que defender la dignidad y los derechos mínimos, garantes de la subsistencia, es sinónimo de vagancia y vandalismo.

El adiestramiento propagandístico, promovido por la radical Dávila, se instaura en aquella función fática del lenguaje, que alguna vez expusiera el estructuralista Roman Jakobson. En términos simples, dicho concepto nos enuncia que el ejercicio de este imprevisto de la comunicación, sostiene a como dé lugar el intercambio de mensajes o elementos simbólicos. Así pues, la vulgar defensa y propaganda a las estructuras de extrema derecha, clanes, e incluso presuntas mafias del paisaje nacional, es reiterativa, haciendo uso de la desinformación, la distracción y el ataque. El ideal es simplemente comprobar que el canal comunicativo permanezca aceitado, independientemente de las sandeces enunciadas. La vacuidad de los mensajes impera, siempre y cuando el populacho se mantenga perfectamente confundido y polarizado. Ya que, es la audiencia enceguecida quien da su parte de validez, como diría Slavoj Zizek: “Vivimos en una sociedad en la que se da una especie de identidad especulativa de los opuestos. Ciertas características, actitudes y normas de vida no son ya percibidas como si estuvieran marcadas ideológicamente, sino que parecen ser neutrales, no ideológicas, naturales, de sentido común” (Zizek 40).

Por lo anterior, no es de extrañarse que Vicky se venda como una devota a la nación. El mismo Goebbels hacía lo propio. En el escenario colombiano, tan solo ha sido echar mano de dos principios goebbelianos, para que nuestra señora periodista nutra su ignominia. Con el principio del contagio, ha reunido a todos sus detractores, incluido al gobierno, en su enemigo individualizado, mostrándose como una perseguida política. Y con el reciente caso Pegasus, su presunta vinculación, la disuade con la transposición, intentando, con sus continuos ataques, ensillar en hombros ajenos sus propios errores. Porque para Vicky, toda situación debe convertirse en propaganda y activismo político, simplemente, “si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.

REFERENCIAS

Fromm, Erich (1994). La Patología de la Normalidad. Editorial Paidós, Barcelona

Zizek, Slavoj (2017). Sobre la Violencia. Editorial Paidós, Barcelona

“La tristeza es rebelión”

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Esa frase tan chimbita la leí en el cuento “La huesera”, que está en Perras de reserva de Dahlia de la Cerda. ¡Por favor lean ese libro! La frase se la tatúa una nena en honor a su mejor amiga mexicana que fue violada, torturada, tirada al río en una bolsa y encontrada seis meses después. Me sentí muy tocada por esas letras, porque en tiempos de demanda de felicidad ficcional, estar triste es una grieta que es necesario seguir abriendo hasta ver bien lo que tiene por dentro y poder hacer algo con eso.

Leyendo a otra de mis amadas, la Sara Ahmed (2019), resoné con su crítica al imperativo de la felicidad. Para la autora, la felicidad opera en nuestros tiempos como una tecnología, es decir, produce discursos y prácticas específicas que aseguran la perpetuación de ciertos tipos de relaciones donde ser felices se vuelve la principal de las aspiraciones y nos obliga a comportarnos de acuerdo a guiones que encajen en esa idea, así por dentro sintamos que nuestro ecosistema interno se descompone progresivamente y huele a podrido pidiendo auxilio antes de morirse.

Después de esa ñoñería, quisiera manifestar que hay muchos tipos de sujetos que me caen mal y que hacen que se me revuelva el huevito (que bien caro que está) cada mañanita. Poco a poco los iré desglosando en mis apariciones en esta revista, a ver si así se motivan a seguir leyendo porque el chisme tiene que ser siempre nuestro género literario favorito. En una columna pasada hablé de las carangas resucitadas, que son los peores engendros, y en segundo lugar se encuentran los coach emocionales.

Lxs coach replican la nefasta idea de la responsabilización del sujeto de todo aquello que le suceda, perdiendo de vista que el sujeto no vive en aislamiento y a costa de sus propias decisiones únicamente.

¿Se imaginan llegar a una cita con algún ser que despierte sus más pecaminosos apetitos y que les diga que es coach? Hágale caso a su profe de educación física y corra. Hace poco me puse de sapa a consultar cuánto cobraba un coach emocional, a ver si así encontraba alguna posibilidad de resurrección del apetito sexual en esa cita imaginaria, y lo que pude concluir es que he perdido plata toda mi vida por andar de “eres arte” leyendo libros gordos y comprando vino de 12 lks.

Un coach basiquito le puede cobrar entre $100 y $150 lks por sesión, peeeero yo me encontré una joya bombastic elefantastic. Resulta que un ser de internet le puede vender paquetes de sesiones con títulos como “12 meses de felicidad”, “Encaje del alma” (para erecciones espirituales… mentiri jeje) o “Transforma tu vida desde adentro hacia afuera” (que suena a laxante realmente). Cada paquete, dependiendo de la duración, puede tener un costo de entre 134 lks a 750 lks. ¿Kestapasanda?

Según las últimas cifras publicadas por el DANE, 3 de cada 10 personas en Colombia se encuentran en situación de pobreza monetaria. Eso significa que tienen ingresos de menos de $435.375 al mes, y a esto podemos sumarle el montón de gente que se gana un poquito más que eso y que hace que no sea contada en la cifra. Me parece re loco que una persona que se dedique al coach le diga al 30% de este país que es pobre porque quiere, que debe cultivar su felicidad y transformar su vida desde adentro y que eso le cuesta la mitad de su salario mensual.

Lxs coach replican la nefasta idea de la responsabilización del sujeto de todo aquello que le suceda, perdiendo de vista que el sujeto no vive en aislamiento y a costa de sus propias decisiones únicamente. ¿Me están pidiendo que le diga al cucho que vende BonIce que cultive su felicidad? ¿Qué le pida a la víctima del conflicto armado que construya el encaje del alma? ¿Qué le diga a mi cucha que cruce la frontera hacia su nueva vida cuando tiene más de 60 años y cero semanas cotizadas para pensionarse? ¡Qué nivel de desconexión con la realidad!

Para completar, abundan los mensajes en las redes donde nos dicen que podemos con todo, que nada es obstáculo, que vibremos alto y que si lo crees lo creas. ¡Ni mierda! La tristeza es rebelión. ¿Cómo no me va a hacer sentir triste esta realidad que habito? ¿este mundo tan injusto? ¿estas condiciones que tienden a empeorar? No me pidan que sea feliz, eso es un insulto, una contradicción evidente.

Cuando entendamos el poder de la tristeza, no para quedarnos nadando en ella, sino para exigir y actuar a diario para que nuestras condiciones sean menos tristes, habremos encontrado una grieta para un fueguito potencial.

La tristeza no es un “bajo” sentimiento o algo “blando” que hay que evitar. “Acaso es necesario prestar atención a los malos sentimientos no para superarlos sino para aprender de qué manera nos afecta lo que nos acerca, deseado o indeseado, como recurso ético” (Ahmed, 2019, p. 435). La gente que no se conmueve, no se sensibiliza y no se siente triste constantemente cada que abre sus ojos y sigue existiendo en este mundo, me genera desconfianza.

Cuando entendamos el poder de la tristeza, no para quedarnos nadando en ella, sino para exigir y actuar a diario para que nuestras condiciones sean menos tristes, habremos encontrado una grieta para un fueguito potencial. En los días más tristes de mi vida es cuando me he dado cuenta que no estoy sola en el mundo, que no merezco sentirme así, que se siente brutal ser abrazada por otra fragilidad y que hay que juntarse a llorar, a sentir, a crear instantes revolucionarios que hagan de mis lágrimas la mayor de las gasolinas.

Muchas gracias, son 100 lks a mi Nequi.

Referencias

Ahmed, S. (2019). La promesa de la felicidad. Una crítica al imperativo de la alegría. Buenos Aires: Caja Negra Editora.

DANE. (2024). Pobreza monetaria. Recuperado de https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/pobreza-y-condiciones-de-vida/pobreza-monetaria

De la Cerda, D. (2022). Perras de reserva. Madrid: Sexto Piso.