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La Britney de los cuchillos

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La Princesa del Pop se ha convertido en la reina -¡qué reina, la Diosa!- del despecho. Ella, que hace no tanto tiempo era el ídolo de millones de adolescentes en todo el mundo, ahora es una adolescente cuarentona que imita a la diva del momento: una cantante colombiana que vivió en Barcelona e hizo de su propio despecho una fábrica de desalojo de la tristeza.

Britney nos regala un monumento al fracaso y al placer de hacer las cosas porque ya qué hijueputas y a la rabia y al arte en su video de Instagram.

Britney, que una vez se rapó la cabeza de princesa Disney, que una vez agarró a sombrillazos a Hollywood y a nuestro deseo de ver la desgracia ajena, que una vez lloró mientras conducía por carretera con un bebé que también lloraba sobre su regazo, nos regala un monumento al fracaso y al placer de hacer las cosas porque ya qué hijueputas y a la rabia y al arte en su video de Instagram.

Porque qué valentía y qué poca perspectiva de carrerismo implica, para alguien como ella, declararse fan imitadora de quien ahora ocupa el lugar que ella misma ocupó antes de que la vida le pasara un tractor por encima. Qué delicia saber que ya no baila según coreografías vigilidas por Warner Brothers y MTV y la agencia mundial de marichulos, que dicen empoderar a las mujeres obligándolas a bailar sexy y a hablar como patronas del mundo, sobre las experiencias que las desgarran.

La Britney de los cuchillos no necesita cantar, ni decir que superó su tusa, ni mucho menos decir que la cura para el dolor es una carrera multimillonaria.

La Britney de los cuchillos no necesita cantar, ni decir que superó su tusa, ni mucho menos decir que la cura para el dolor es una carrera multimillonaria. Recluida en el espacio doméstico al que la confinaron su padre, la psiquiatría, la disquera, Vogue y los jueces de familia, Britney baila con cuchillos para imitar a la diva que fue y desglamourizarla. Baila en calzones, en piyama, con cuchillos que no son de utilería, sino de la vida misma. La repetición del performance de Sahikira, desconterxtualizado, es una cuhchillada a la idea de la diva, a la imitación del dolor espectacularizado, higienizado. Es una diva que parodia la idea de Diva. Es Marta Rosler y la semiótica del espectáculo trash. Su dolor no factura. Su dolor se presenta como una llaga en carne viva. No sirve para consolar, ni para empoderar, ni para excitar, ni para canjear, ni para deleitar, y mucho menos para enseñar o para masturbar. Es una llaga abierta con un cuchillo en la mano y ya.

Lo que quiero imitar de la Britney es la caradura para hacer por puro placer y por puro despecho y desengaño lo que en algún momento creí hacer de manera profesional.

Es un performance que aterra y molesta. Nadie sale a decir que Britney es una potra y que es feminista y que qué brillante y qué cabrona que es. En cambio, salen memes ramplones en los que la comparan con un monstruo. ¡Pues claro que es monstruosa! Por eso es potente, por eso es un espejo que refleja lo que la pinche pantalla gringa le ha hecho a las mujeres durante un siglo. Por eso la amo. Lo que quiero imitar de la Britney es la caradura para hacer por puro placer y por puro despecho y desengaño lo que en algún momento creí hacer de manera profesional. Que el arte sea siempre un cuchillo afilado en manos de quien necesite hacer pedazos aquellos aspectos del mundo que nos han venido trizando la existencia. Britney, mamacita, you did it again!

Mónica Eraso Jurado, artista plástica, estudioculturalera y doctora en ciencias humanas. Soy docente, escritora y madre de Máncel Tomás. Mis investigaciones giran en torno al arte, a la historia del cuerpo y a la historia de Colombia. Mis lentes analíticos combinan el feminismo, la teoría queer y la teoría decolonial y antirracista. Twitter @lamonicaeraso.

La acción contracultural de Aiso frente a la “libertad” para desinformar

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El viernes 29 de septiembre, cerca de 60 indígenas del Movimiento Aiso —Autoridades Indígenas del Suroccidente Colombiano— ingresaron a las instalaciones de la Revista Semana para exigir que dicho medio frene la satanización a las movilizaciones indígenas y que informe con la verdad.

Como ya es costumbre, Aiso abrió un nuevo debate, esta vez sobre los alcances de la libertad de prensa y la libertad de expresión

Tal vez recuerden a Aiso por protagonizar los juicios contra conquistadores como Sebastián de Belalcázar, Cristóbal Colón, Isabel la Católica, y Gonzálo Jiménez de Quesada, un ejercicio de reparación histórica que, además, puso sobre la mesa la discusión frente a los monumentos en el país, la memoria que se reivindica y la importancia de hablar sobre la historia que cuentan las y los de abajo.

Como ya es costumbre, Aiso abrió un nuevo debate, esta vez sobre los alcances de la libertad de prensa y la libertad de expresión, así que en medio de la polémica aprovecho y comparto algunas ideas generales para ir más allá de la indignación de las y los opinadores liberales y su corta idea de democracia.

Al leer los trinos escandalosos de los medios corporativos de comunicación y de sus opinadores, pensé en el cubrimiento de los paros recientes, cubrimientos que siempre se pusieron del lado de los “ciudadanos de bien”, atacando las movilizaciones pacíficas, justificando las agresiones de la policía, y poniendo en el mismo nivel los ataques de la fuerza pública —con todo su arsenal—, con los bloqueos de las y los manifestantes. Claramente, hay un sesgo de clase y de raza a la hora de informar y es entendible porque esos medios pertenecen a esa élite blanqueada que solo busca defender sus intereses.

Claramente, hay un sesgo de clase y de raza a la hora de informar y es entendible porque esos medios pertenecen a esa élite blanqueada que solo busca defender sus intereses.

¿Ataque o protesta? Es bien sabido que en el país cualquier manifestación que sea en contra de las élites y del orden establecido es satanizada. Los medios de comunicación afines al status quo juegan un papel importante descalificando esta forma de participación ciudadana de distintas formas: al decir que está infiltrada por terroristas; al no indicar sus causas; “explicando” cómo deben ser las movilizaciones; señalando quiénes pueden protestar; o desconociendo los múltiples repertorios de acción y sus motivaciones. Estas descalificaciones, poco a poco, se van reflejando en la configuración de una opinión pública que desconoce el lugar de la protesta en una democracia.

Volviendo a Semana y Aiso, no se trató de una protesta solamente dirigida a dicha revista, sino a los medios de comunicación corporativos que llevan años publicando con sesgos racistas y clasistas, recordemos por ejemplo el comentario de Caracol “ciudadanos se enfrentan a indígenas”, o de periodistas como Gustavo Gómez Córdoba “De lejos, parecen borregos. Se acerca uno, como le sucedió a esta oyente de @6AMCaracol, y se descubre que es gente. ¿A dónde los llevarán hoy?”, o como es costumbre con Semana, sin contrastar fuentes: ““Ya los indígenas se están emborrachando con la chicha que traen, es una marcha de cortina de humo”: excandidato presidencial Enrique Gómez”.

las Guerrilla Girl, un colectivo artístico gringo de los ochentas integrado por mujeres. Ellas ingresaban —no amigablemente— a museos para cuestionar las exposiciones en las que solo había hombres blancos, que excluían artistas por razón de raza y género.

Dice el antropólogo Juan Houghton que la acción de AISO fue un ejercicio de escrache que implica: “un acto legítimo de protesta contra un medio promotor sistemático de la violencia”, sin embargo, aunque me gusta la idea de escrache, siento que se puede leer también como una acción contracultural como las adelantadas por las Guerrilla Girl, un colectivo artístico gringo de los ochentas integrado por mujeres. Ellas ingresaban —no amigablemente— a museos para cuestionar las exposiciones en las que solo había hombres blancos, que excluían artistas por razón de raza y género. Se les veía irrumpiendo en galerías, con máscaras de gorilas rechazando las muestras patriarcales, alborotando el avispero, protestando y luego replegándose. Con sus acciones, ellas no atacaban la libertad de expresión de los curadores, ni de los museos, ni a los artistas blancos, sino que hacían un llamado de atención para democratizar la escena artística. También podríamos hablar de las provocaciones políticas de las Pussy Riot a propósito de la libertad de expresión, o los derechos LGBTIQ+. En estos ejercicios de lo que se trataba era de llamar la atención y reflexionar de una forma más profunda y compleja sobre la libertad de expresión, con todo y sus complejidades a la hora de reproducir prejuicios y exclusiones.

Lo de Aiso, en esta perspectiva, fue un acto contracultural, un ejercicio para incomodar sobre lo que se naturaliza. Un llamado a hacerle control ciudadano a los que, se supone, deben hacerle control al poder, pero que, simplemente se convirtieron en una voz del poder de los sectores tradicionales. Es que eso es lo que hace la acción contracultural: patear el conservadurismo, incomodar, sacarnos de nuestro lugar de confort y ponernos a pensar y debatir. 

No caigamos en esa dinámica de escandalizarnos por cualquier cosa, en ese clasismo y racismo propio de los de arriba de no aceptar que los sectores subalternizados y negados tienen una voz y tienen fuerza, “la fuerza de la gente”

No caigamos en esa dinámica de escandalizarnos por cualquier cosa, en ese clasismo y racismo propio de los de arriba de no aceptar que los sectores subalternizados y negados tienen una voz y tienen fuerza, “la fuerza de la gente” como dice el lema de Aiso, porque para eso están los medios corporativos y los opinadores liberales “de bien” que creen que democracia es que no problematicemos lo que hacen las élites, que no nos indignemos ante las injusticias y que no les incomodemos con nuestras protestas. 

Mejor tomemos estas acciones audaces de Aiso para cualificar el debate y evitar caer en la pereza intelectual de hablar desde el pálpito propio de ese sentido común conservador. Para cerrar comparto una de las consignas de la protesta en Semana:

“Mandatamos que los medios de comunicación le deben servir a la verdad, no a los políticos más poderosos de este país, no a las empresas multinacionales, que los únicos fines que tienen es vender sus productos, es vender sus mentiras. Nuestra consigna es abajo las mentiras, abajo la desinformación, abajo, abajo, abajo. ¡Abajo, abajo!”.

Y recordemos la máxima, “la protesta que no incomoda, no es protesta”.

Apertura del Macrocaso 11 de la JEP; un paso adelante para la justicia de lxs sobrevivientes de violencia sexual

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Hace más o menos un año preparaba una columna sobre FORFUPAZ una Asociación de mujeres afrodescendiente víctimas de violencia sexual en el marco del Conflicto Armado que trabaja en el departamento del Meta. Dicha organización la lidera Elizabeth Cometa, quien me comentaba, con mucha resignación y poca esperanza, que la apertura del Macrocaso 11 estaba muy complicada, y al igual que otras mujeres y organizaciones, no entendían por qué la lentitud en un proceso que busca hacer justicia frente a los crímenes atroces que cometieron contra ellas y la población diversa.

Para iniciar es importante resaltar que el Macrocaso 11 de la Justicia Especial para la Paz (JEP) trata sobre la violencia sexual y otros crímenes motivados por el género, sexo, orientación o identidad de género en el marco del conflicto armado interno en Colombia. Delitos que, a fecha de hoy, según datos del Registro Único de Víctimas RUV, han reportado 38.785 víctimas. Estas cifras revelan la realidad de miles de personas, la gran mayoría mujeres y niñas, que han padecido la crueldad de la guerra en su cuerpo, que ha sido utilizado como botín de guerra y que es uno de los diez hechos victimizantes que, acorde con el Auto 092 del 2008 de la Corte Constitucional, evidencian la afectación diferencial del conflicto armado contra las mujeres.

El anuncio de apertura por parte de la Sala de Reconocimiento de la JEP enfatiza en la apertura de tres subcasos publicados en su nota de prensa y que resumo a continuación: 

1- Violencia basada en género contra personas civiles cometidas por miembros de las FARC- EP

En este subcaso se profundiza en dos patrones: el primero, crímenes motivados por la orientación sexual, identidad expresión de género diversa de población civil generalmente ligado desplazamiento bajo el pretexto de “castigar” o corregir su orientación sexual; y el segundo, crímenes motivados por el sexo contra niñas, adolescentes y mujeres adultas de la población civil, en estos casos por el hecho de “ser mujeres” y también como represalia por no cumplir con las órdenes de las FARC, por ser buscadoras de personas desaparecidas o por venganzas a sus padres, compañeros o jefes. Se destaca también la esclavización doméstica y sexual a las que fueron sometidas en las filas después del reclutamiento forzado.

2- Violencia basada en género contra personas civiles cometida por miembros de la Fuerza Pública

También se establecieron dos patrones: el primero, crímenes motivados por la orientación sexual, identidad expresión de género diversa de población civil dadas en medio de requisas, retenciones arbitrarias y/o traslados a zonas apartadas, con la finalidad de someter, perseguir, estigmatizar y eliminar a las víctimas por su orientación sexual diversa. El segundo patrón obedece por una parte por el “hecho de ser mujer” aprovechando las situaciones y condiciones de aislamientos y por supuesto la posición de autoridad y poder al ser una Fuerza del Estado; la segunda modalidad cito textualmente:

“consistió, según documentó la Sala, en que los efectivos de la Fuerza Pública, motivados por la idea de castigar a las mujeres y niñas de la población civil, que percibieron como “propiedad del enemigo", las atacaron, persiguieron y estigmatizaron, en zonas de disputa o confrontación legítima con actores armados ilegales. En estos casos, agentes del Estado allanaron, legal o ilegalmente, las viviendas o retuvieron a sus víctimas, sometiéndolas a actos de tortura sexual, buscando confesiones viciadas. En otros casos las obligaron a trabajar para ellos y posteriormente abusaron sexualmente de ellas. En la mayoría de los casos, las personas agredidas fueron judicializadas como presuntos miembros de la guerrilla.” [6]

3- Violencia de género y por prejuicio al interior de la Fuerza Pública y de las Farc-EP

Fueron las vulneraciones dadas al interior tanto de la Fuerza Pública como de la guerrilla de las FARC por parte de sus compañeros de filas con delitos como: “aborto forzado, anticoncepción forzada, acoso sexual e imposición de sanciones por negarse a requerimientos sexuales, violaciones, hechos que son calificados por las víctimas u organizaciones como esclavitud sexual y obligación de entregar a los hijos e hijas a terceras personas con la consecuente imposibilidad de ejercer su maternidad, entre otros.” Por supuesto, se dieron afectaciones de manera diferencial a la población con orientaciones sexuales diversas.

Frente a lo anterior cabe destacar que no se incluyen los hechos de violencia sexual por parte de los grupos paramilitares y autodefensas que en muchas ocasiones tenían estos delitos como política de guerra convirtiéndolos en los principales perpetradores de estos hechos con un 33% de la totalidad de los casos, seguidos 5,82% de las FARC y 3,34% de agentes del Estado. Éste es un paso no solo para visibilizar crímenes que por sus propias características han sido motivo de vergüenza y negación por parte de los actores armados que los ejercieron, sino porque son luz de esperanza para las sobrevivientes a estos delitos quienes esperan de la mano de la Justicia Restaurativa que promueve la JEP, redignificar sus historias para decir de nuevo, ¡nunca más! ¡Nuestro cuerpo no es botín de guerra!    

Hoy sin duda se ha dado un gran paso, pero queda aún mucho por caminar…Y en este punto es necesario agradecer no solo a FORFUPAZ y a Elizabeth Cometa, sino a las miles de mujeres que desde sus organizaciones territoriales en el Magdalena Medio, Montes de María, todo el litoral Pacífico, Cauca, Catatumbo, el Suroccidente, etc., se han organizado, reconocido y abrazado para continuar estas luchas de la mano de organizaciones como las pertenecientes a la Alianza Cinco Claves y otras que históricamente han hecho parte de esta juntanza que no para y que requiere, hoy más que nunca, seguir caminando con las mujeres organizadas, y con nosotras, las desorganizadas.

Los cambios en el gabinete del gobierno Petro. ¿Demócrata o dictador?

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No es posible eliminar la diferencia. No es posible que todos estemos de acuerdo y corramos felices, tomados de la mano, pegando brinquitos en un campo luminoso con un horizonte claro y distinto. En definitiva, plantear la homogeneización como un ideal es plantear un imposible.

Cuando pensamos en la idea de democracia, en lo que el concepto significa, podemos imaginar un paraíso idílico de igualdad, respeto y tolerancia. Al menos así se prescriben los Estados democráticos: una materialización de los ideales liberales que son bondadosos y bienintencionados por definición. Pero, al fijar la mirada en lo fáctico nos encontramos con algo muy lejano a ese ideal.

Chantal Mouffe ha reflexionado sobre esta cuestión, para poner en duda si realmente es posible y deseable la construcción de la política donde se aniquile la diferencia, el antagonismo y, por ende, el conflicto. A partir de estos cuestionamientos, señala que el conflicto es inevitable, por lo que su anulación no puede ser el objetivo de la política contemporánea. No es posible eliminar la diferencia. No es posible que todos estemos de acuerdo y corramos felices, tomados de la mano, pegando brinquitos en un campo luminoso con un horizonte claro y distinto. En definitiva, plantear la homogeneización como un ideal es plantear un imposible.

A partir del análisis de los discursos que han caracterizado al gobierno Petro, uno puede identificar que desde su posesión fue muy consciente de la conclusión anteriormente señalada: no se puede aniquilar ni es deseable que se aniquile la diferencia. Él siempre ha sido consciente de que entraba a gobernar un país diverso, no únicamente en términos culturales, regionales y demás, sino fundamentalmente en términos ideológicos y políticos.

El conflicto es un resultado ineludible de la diferencia. Pero, a ese conflicto podemos hacerle frente por medio de dos rutas: una democrática, que sería la del diálogo y una no democrática, que sería la de la violencia.

Además, su objetivo fue claro desde el principio y en sus palabras se evidenciaba de qué manera concibe el construir política: “la paz es posible si desatamos en todas las regiones de Colombia el diálogo social, para encontrarnos en medio de las diferencias, para expresarnos y ser escuchados, para buscar a través de la razón, los caminos comunes de la convivencia”. Como puede verse en este y todo su discurso de posesión, él sostiene que la forma de mediar con el conflicto, resultado de las diferencias, no es por medio de la violencia sino del diálogo. Esta es la propuesta que, en efecto, postula también Mouffe: no debemos buscar aniquilar la diferencia, sino aprender a convivir en conflicto por medio del diálogo. Y aquí encontramos una distinción importante: violencia y conflicto no son lo mismo. El conflicto es un resultado ineludible de la diferencia. Pero, a ese conflicto podemos hacerle frente por medio de dos rutas: una democrática, que sería la del diálogo y una no democrática, que sería la de la violencia.

Esta es la razón principal, desde mi perspectiva, por la cual Petro al poco tiempo entró en diálogo con personajes del espectro político opuesto como Álvaro Uribe Vélez, pero también entabló conversaciones con personajes que, sin ser opuestos, tienen diferencias importantes con él, tal y como es el caso de Alejandro Gaviria. Inclusive, les abrió espacio en el gobierno para emprender el camino junto a él.

Me atrevo a lanzar otra hipótesis y es que estas modificaciones no necesariamente han sido motivadas por una actitud menos dialogante. Las motivaciones pueden encontrarse en las conclusiones a las que lleva la experiencia

No obstante, estas diferencias ideológicas producirían la detonación del conflicto. En principio, hubo alianzas por razones democráticas: queremos construir con los diferentes. Pero luego, fue haciéndose evidente que no se iban a materializar las propuestas del gobierno con un gabinete que generaba resistencias a la ejecución de los proyectos, debido a que conciben de manera distinta el qué hacer del gobierno y los caminos que debe recorrer el Estado de derecho.

Esta detonación del conflicto ha hecho necesario que el gobierno modifique varias veces el gabinete de ministros, lo que ha llevado a que sea acusado de “revolucionario”, “dictador”, “ególatra”, entre otros. Por ejemplo, en un reportaje hecho en el diario El País dice: “El Gabinete ya no integra a los sectores de la política tradicional con los que Petro se mostró dialogante en los primeros meses de su gestión. Ha girado hacia la izquierda, con personas más cercanas al círculo de confianza del mandatario”. Sin embargo, ¿es esta la razón que ha motivado esas modificaciones? Es decir, ¿necesariamente las modificaciones en el gabinete han sido impulsadas por una disposición menos dialogante?

En definitiva, si tenemos 4 años para gobernar, no podemos estar 4 años discutiendo si la propuesta con la que fuimos elegidos es oportuna o si es mejor volcarse hacia un modelo más neoliberal.

Me atrevo a lanzar otra hipótesis y es que estas modificaciones no necesariamente han sido motivadas por una actitud menos dialogante. Las motivaciones pueden encontrarse en las conclusiones a las que lleva la experiencia: la diferencia no se puede anular y si hay poco tiempo para la ejecución de propuestas, la diferencia es un impedimento para poner en marcha las propuestas. En definitiva, si tenemos 4 años para gobernar, no podemos estar 4 años discutiendo si la propuesta con la que fuimos elegidos es oportuna o si es mejor volcarse hacia un modelo más neoliberal. Es en el intento de concertación y de llegar a acuerdos con otros que uno se da cuenta de lo que implica la diferencia: muchas veces la conclusión a la que se llega es “no nos vamos a poner de acuerdo”, por más diálogo, escucha activa y reflexión que haya. Esto se debe a que en política no hay lugares equivocados o correctos, sino diferencias de poder, de intereses, de privilegios, entre otras. Al hablar de política, no podemos llegar a la conclusión “2+2=4”. Podemos formular los argumentos más convincentes y mejor estudiados y es posible hacer eso desde orillas distintas, por lo cual el otro no está forzado, por la fuerza de la evidencia, a concordar conmigo.

Petro no ha eliminado a la oposición, sino que la ha desplazado del gabinete porque la ejecución debe ser su prioridad y esto no implica una actitud menos dialogante.

Esta puede ser la razón por la que el gobierno Petro ha tenido que hacer a un lado a ciertos personajes con ideas distintas y otorgar ese lugar a personajes con quienes no haya diferencias ideológicas y empiecen a ejecutar las propuestas, lo cual, en mi opinión, pone en evidencia las reflexiones señaladas por Mouffe: el conflicto no se puede eliminar. Por ende, el conflicto sigue estando ahí y más presente que nunca: lo está en los medios de comunicación hegemónicos que no paran de bombardearlo; está en el Congreso; está también en la parte de la población que defiende ideologías distintas a la suya. Petro no ha eliminado a la oposición, sino que la ha desplazado del gabinete porque la ejecución debe ser su prioridad y esto no implica una actitud menos dialogante. Una actitud menos dialogante sería la puesta en marcha de acciones de censura y represión que, por cierto, no ha llevado a cabo. Es decir, lo contrario a la actitud dialogante es el camino de la violencia y reemplazar a los ministros no es un acto de violencia.

Esta priorización no sólo es sensata, sino también necesaria, pues el enfoque en la práctica es el que garantiza que las propuestas sí se materialicen y se lleven a cabo.

En suma, esta diferencia entre el Petro de hace un año que abrió espacio a la diferencia en los ministerios y el Petro que ha reemplazado a algunos de ellos es una evidencia de las dificultades a las que se enfrenta la democracia: el deber de ser eficiente para poner en marcha las propuestas por las que se fue elegido, mientras que, a la vez, debe ser dialogante con la diferencia. Esta tensión entre la eficiencia y la actitud democrática lleva a que, sin necesidad del uso de la violencia ni de la eliminación del diálogo, se elijan personas afines ideológicamente para ejecutar los planes. Y esto, en ningún caso, implica necesariamente una renuncia al diálogo y, en consecuencia, un reverso hacia la violencia. Más bien, implica priorizar las acciones sobre la discusión eterna que puede conducir al desacuerdo, en cualquier caso. Esta priorización no sólo es sensata, sino también necesaria, pues el enfoque en la práctica es el que garantiza que las propuestas sí se materialicen y se lleven a cabo. Es la única manera de culminar los 4 años de gobierno con resultados palpables y con efectos en la vida de las personas que lo eligieron -y también, hay que decirlo, con efectos en la vida de quienes no lo eligieron-.

Más allá del neoliberalismo: lecciones para la izquierda por Perry Anderson

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En mis intervenciones he tratado de enfatizar deliberadamente la fuerza tanto intelectual como política del neoliberalismo señalando que su energía, su intransigencia teórica y su dinamismo estratégico todavía no se han agotado. Creo que es necesario e imprescindible subrayar estos aspectos si queremos combatir eficazmente las políticas neoliberales en el corto y en el largo plazo. Una de las observaciones más importantes de Lenin de cuya herencia la izquierda sigue precisando posee hoy plena vigencia: jamás subestimar al enemigo. Es peligroso ilusionarse con la idea de que el neoliberalismo es un fenómeno frágil y anacrónico. Teórica y políticamente, él continúa siendo una amenaza activa y muy poderosa, tanto aquí en América Latina como en Europa y en otras partes. Un adversario formidable y victorioso, aunque no
invencible.

No dudaron en mantener una postura de oposición marginal durante un largo período, a pesar de que el saber convencional los trataba como excéntricos y locos

Si miramos las perspectivas que podrían emerger más allá del neoliberalismo vigente, y buscamos orientarnos en la lucha política contra él, no debemos olvidar tres lecciones básicas legadas por estos regímenes.

Primera lección

No tener ningún miedo a estar contra la corriente política de nuestro tiempo. Hayek, Friedman y quienes los siguieron originariamente tuvieron el mérito mérito entendido a los ojos de cualquier burgués inteligente- de realizar una crítica radical del statu quo, aun cuando hacerlo era aventurarse en una empresa muy impopular. No dudaron en mantener una postura de oposición marginal durante un largo período, a pesar de que el saber convencional los trataba como excéntricos y locos. Simplemente, perseveraron hasta el momento en que las condiciones históricas cambiaron y su oportunidad política llegó.

Segunda lección

El maximalismo neoliberal fue, en este sentido, altamente funcional: proveía un repertorio muy amplio de medidas radicales que se ajustaban a las circunstancias concretas de cada momento específico.

No transigir en nuestras ideas, no aceptar ninguna dilución de nuestros principios. Las teorías neoliberales fueron extremas y marcadas por su falta de moderación, una iconoclastia chocante para los bienpensantes de su tiempo. Pero a pesar de esto, no perdieron eficacia. Fue precisamente su radicalismo, la dureza intelectual de su agenda, lo que les aseguró una vida tan vigorosa y una influencia tan abrumadora. El neoliberalismo no puede ser confundido con un pensamiento débil, para usar un término de moda e inventado por algunas corrientes posmodernistas con el objeto de avalar teorías eclécticas y flexibles. El hecho de que ningún régimen político realizó jamás la totalidad del sueño neoliberal no es una prueba fehaciente de su ineficacia práctica. Por el contrario, la intransigencia del temario aportado por los ideólogos neoliberales permitió a los gobiernos de derecha implementar el conjunto de medidas drásticas y decididas que ya conocemos. La teoría neoliberal supo proveer, mediante sus principios radicales, una ambiciosa agenda en la cual los gobiernos podían elegir los ítems más oportunos, según sus coyunturales conveniencias políticas o administrativas. El maximalismo neoliberal fue, en este sentido, altamente funcional: proveía un repertorio muy amplio de medidas radicales que se ajustaban a las circunstancias concretas de cada momento específico.

Esta dinámica demostró, al mismo tiempo, el largo alcance de la ideología neoliberal, su capacidad para abarcar todos los aspectos de la sociedad, y así desempeñar el papel de una macrovisión verdaderamente hegemónica del mundo.

Tercera lección

No aceptar como inmutable ninguna institución establecida. Cuando el neoliberalismo era un fenómeno menospreciado y marginal durante el gran auge del capitalismo de los años ‘50 y ‘60, parecía inconcebible para el consenso burgués de aquel tiempo que, en los países ricos, cerca de cuarenta millones de personas fueran conducidas al desempleo sin que esto provocase graves trastornos sociales. Asimismo, parecía impensable proclamar abiertamente la redistribución de los ingresos de los pobres hacia los ricos en nombre del valor de la desigualdad. Era inimaginable, también, la sola posibilidad de privatizar el petróleo, el agua, los correos, los hospitales, las escuelas y hasta las prisiones. Como bien sabemos, cuando la correlación de fuerzas cambió a partir de la larga recesión, todo esto se evidenció como una alternativa factible e, incluso, necesaria. El mensaje de los neoliberales fue, en este sentido, electrizante: ninguna institución, por más consagrada que sea, es, en principio, intocable. El paisaje institucional es mucho más maleable de lo que se cree.

El mensaje de los neoliberales fue, en este sentido, electrizante: ninguna institución, por más consagrada que sea, es, en principio, intocable. El paisaje institucional es mucho más maleable de lo que se cree.

El pensador brasileño norteamericano Roberto Mangabeira Unger teorizó desde la izquierda este proceso más sistemáticamente que cualquier otro intelectual de la derecha, dándole una fundamentación histórica y filosófica en su libro Plasticidad y Poder. Se trata de un viejo tema siempre actual en el pensamiento marxista, “todo lo sólido se desvanece en el aire”, según la célebre proclama del Manifiesto Comunista. Ahora bien, una vez recordadas las lecciones que el neoliberalismo nos ha legado, ¿cómo encarar su superación? ¿Cuáles serían los elementos de una política capaz de vencerlo? El tema es amplio; por eso voy a indicar aquí solamente tres dimensiones que, a mi modo de ver, nos ayudan a pensar un pos neoliberalismo factible.

1. Los valores

Tenemos que atacar sólida y agresivamente el terreno de los valores, resaltando el principio de la igualdad como criterio central de cualquier sociedad verdaderamente libre. Igualdad no quiere decir uniformidad, como afirma el neoliberalismo, sino, por el contrario, la única auténtica diversidad.

Esta defensa debe articularse a la necesaria extensión de las redes de protección social, no confiando necesariamente su gestión a un aparato estatal centralizado

El lema de Marx conserva toda, absolutamente toda, su vigencia pluralista: “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. La diferencia entre las características, los temperamentos y los talentos de las personas está expresamente grabada en dicha concepción clásica de una sociedad igualitaria y justa. ¿Qué significa esto hoy en día? Igualar las posibilidades reales de cada ciudadano de vivir una vida plena, según sus propias opciones, sin carencias o desventajas debidas a los privilegios de otros. Iguales oportunidades de salud, educación, vivienda y trabajo son el punto de partida. No hay ninguna posibilidad de que el mercado pueda proveer, en cada una de estas áreas, ni siquiera el mínimo requisito de acceso universal a los bienes imprescindibles en cuestión. Solamente una autoridad pública puede garantizar la protección contra la enfermedad, la promoción de los conocimientos y de la cultura, la provisión de vivienda y empleo para todos, etc. Göran Therborn insistió con elocuencia, y yo coincido con él, en la necesidad de defender el principio del Estado de Bienestar. Esta defensa debe articularse a la necesaria extensión de las redes de protección social, no confiando necesariamente su gestión a un aparato estatal centralizado (problema éste que asume una vital importancia no sólo en América Latina sino también en algunos países europeos, como Inglaterra y Suecia).

se precisa un Estado fuerte y disciplinado, capaz de romper la resistencia de los privilegiados y bloquear así la fuga de capitales que cualquier reforma tributaria desencadenaría. Todo discurso antiestatista que ignore esta necesidad, es demagógico.

Para ello precisamos una fiscalización absolutamente distinta de la que existe hoy en nuestros países. No es necesario subrayar aquí el escándalo material y moral del sistema impositivo en Brasil, por ejemplo. Sin embargo, la evasión fiscal por parte de los sectores ricos o meramente acomodados no es solamente un fenómeno de lo que alguna vez se llamó el Tercer Mundo, sino también, y cada vez más, del propio Primer Mundo. Aun cuando no siempre es aconsejable entregar la provisión de los servicios públicos al aparato estatal centralizado, la extracción de los recursos necesarios para financiar los servicios sociales es una función intransferible e indelegable del Estado. Pero, para esto, se precisa un Estado fuerte y disciplinado, capaz de romper la resistencia de los privilegiados y bloquear así la fuga de capitales que cualquier reforma tributaria desencadenaría. Todo discurso antiestatista que ignore esta necesidad, es demagógico.

2. La propiedad

Nuevas formas de propiedad popular deberán ser inventadas; formas que desarticulen la rígida concentración del poder que caracteriza a la empresa capitalista.

La mayor hazaña histórica del neoliberalismo ciertamente ha sido la privatización de las industrias y los servicios estatales. Aquí se consumó su larga cruzada antisocialista. Paradójicamente, lanzándose a tal proyecto ambicioso, tuvo que inventar nuevos tipos de propiedad privada, como por ejemplo los certificados distribuidos gratis a cada ciudadano en la República Checa o Rusia, dándoles derecho a una proporción igual en acciones de las nuevas empresas privadas. Estas operaciones, claro está, se transformarán, a final de cuentas, en una farsa: esas acciones equitativamente distribuidas serán pronto adquiridas por especuladores extranjeros o mafiosos locales. Sin embargo, lo que estas operaciones demostraron es que no hay ninguna inmutabilidad en el modelo tradicional de propiedad burguesa. Nuevas formas de propiedad popular deberán ser inventadas; formas que desarticulen la rígida concentración del poder que caracteriza a la empresa capitalista. Este es otro de los grandes temas que aborda Mangabeira Unger en su obra, y también una de las cuestiones que discute el gran intelectual marxista, John Roemer, en su nueva obra Un futuro para el socialismo.

la invención de nuevas formas de propiedad popular, con numerosas contribuciones y propuestas diversas. Pero el tema está lejos de ser sólo una preocupación de los países ricos.

Existe hoy una discusión mucho más rica en los países occidentales sobre este tema: la invención de nuevas formas de propiedad popular, con numerosas contribuciones y propuestas diversas. Pero el tema está lejos de ser sólo una preocupación de los países ricos. Por el contrario, gran parte de la discusión más reciente sobre estas cuestiones se desprende directamente de la observación de formas mixtas de propiedad en las empresas colectivas chinas. Las famosas TVES, o sea, las llamadas empresas municipales y de aldeas, que hoy son el motor central del aparente “milagro” que registra una economía que posee el único crecimiento realmente vertiginoso del mundo contemporáneo. En China encontramos formas de propiedad tanto industrial como agraria que no son ni privadas ni estatales sino colectivas, ejemplos vivos de una experiencia social creativa que demuestra un dinamismo sin par en el mundo actual.

3. La democracia

Sobre todo, exige una democratización de los medios de comunicación, cuyo monopolio en manos de ciertos grupos capitalistas superconcentrados y prepotentes es incompatible con cualquier justicia electoral o soberanía democrática real.

El neoliberalismo tuvo la audacia de decir abiertamente que la democracia representativa no es un valor supremo en sí mismo. Por el contrario, se trata de un instrumento intrínsecamente falible, que puede, y de hecho lo hace, tomarse excesivo. Su provocativo mensaje era claro: precisa mos menos democracia. De ahí, por su insistencia en un Banco Central jurídicamente independiente de cualquier gobierno; o sea, de una constitución que prohíba taxativamente el déficit presupuestario. Aquí también debemos considerar e invertir su lección emancipadora, y pensar que la democracia que tenemos si la tenemos no es un ídolo que debemos adorar, como si fuera la perfección final de la libertad humana. Es algo provisorio y defectuoso, que se puede remodelar. Nuestro desafío es exactamente contrario al que se proponen los neoliberales: precisamos más democracia. Esto no quiere decir que debamos defender una aparente simplificación del sistema de voto, aboliendo la representación proporcional en favor de un mecanismo al estilo norteamericano (propuesta que ha sido preconizada por algunos líderes políticos latinoamericanos). Esta es una receta descaradamente reaccionaria mediante la cual se pretende imponer un sistema de fuerte contenido antidemocrático (de hecho, en Estados Unidos, ni siquiera vota en las elecciones la mitad de la población). Tampoco “más democracia” quiere decir conservar o fortalecer el presidencialismo. Tal vez la peor de las transferencias extranjeras a América Latina haya sido, históricamente, la servil imitación de la constitución de los Estados Unidos del siglo XVIII, la cual, dicho sea de paso, está siendo imitada por los nuevos gobernantes semicoloniales de la Rusia contemporánea.

Una democracia profunda exige exactamente lo opuesto a este poder plebiscitario. Precisa de un sistema parlamentario fuerte, basado en partidos disciplinados, con financiamiento público equitativo y sin demagogias cesaristas. Sobre todo, exige una democratización de los medios de comunicación, cuyo monopolio en manos de ciertos grupos capitalistas superconcentrados y prepotentes es incompatible con cualquier justicia electoral o soberanía democrática real.

Para realizarlas precisamos un espíritu sin complejos, seguro, agresivo, no menos determinado de lo que fue en sus orígenes el neoliberalismo.

En otras palabras, estos tres temas pueden ser traducidos al vocabulario clásico: son las necesarias formas modernas de la libertad, igualdad y no digamos fraternidad, término un tanto sexista, sino solidaridad. Para realizarlas precisamos un espíritu sin complejos, seguro, agresivo, no menos determinado de lo que fue en sus orígenes el neoliberalismo. Esto será lo que un día, tal vez, se llame neosocialismo. Sus símbolos no serán verborrágicos: ni la arrogancia de un águila, ni un burro de sagacidad tardía, ni una paloma de convivencia pacífica y menos aún un tucán de connivencias fisiológicas. Los símbolos más viejos, aquellos instrumentos de trabajo y de guerra, capaces de golpear y de cosechar, tal vez volverán a ser los más apropiados.

Tomado de: La trama del Neoliberalismo. Mercado, Crisis y exclusión social. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Buenos Aires. 2003.

Ser gobierno no es ser poder

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Esta máquina, al ser un proceso también, se va modificando internamente. Resultado de la movilización, por ejemplo, de organizaciones étnicas excluidas del mapa de poder; de organizaciones populares; de mujeres; de diversidad; el aparataje institucional va incluyendo tanto políticas que amplían derechos como cargos con otros sectores sociales.

Ser gobierno no es ser poder, es una frase que se repite continuamente, en unas ocasiones como una explicación sobre los alcances reales del momento actual, y en otras como un mantra ante la impotencia política.

El Estado es como una máquina en continua construcción, esta construcción implica un proceso social de ampliación de derechos o de restricción. También se puede entender como una relación social que se va sedimentando en función de las tensiones políticas que se van dando en la historia. 

Como producto de la tensión, o de las «correlaciones de fuerza», el Estado va adquiriendo una forma contradictoria. 

En el caso colombiano, se trata de una forma centralista, ya que muchas de las decisiones vienen de Bogotá, y se extienden hacia centros administrativos que le son subsidiarios a nivel regional. Racista, por cuanto se asienta sobre una estructura heredera del orden colonial de exclusión que funciona desde una lógica fundamentalmente asistencial; así como clasista y patriarcal, en tanto los recursos y cargos se concentran y ordenan por la cercanía o distancia a los grupos de elite, una elite blanqueada y masculina. 

Cabe decir que esta garantía de derechos puede seguir marcada, por ejemplo, por la lógica asistencial —colonial— que no fortalece políticamente, ya que el derecho se asume como la transacción cortoplacista de una suma de recursos específicos dirigida a los sectores obligados a la periferia social, cultural y geográfica. 

Esta máquina, al ser un proceso también, se va modificando internamente. Resultado de la movilización, por ejemplo, de organizaciones étnicas excluidas del mapa de poder; de organizaciones populares; de mujeres; de diversidad; el aparataje institucional va incluyendo tanto políticas que amplían derechos como cargos con otros sectores sociales. Pero también puede ir restringiendo los derechos que apuntan a lo público, a mayor igualdad y a la justicia social, así se sigan preservando algunas cuotas de inclusión. Cabe decir que esta garantía de derechos puede seguir marcada, por ejemplo, por la lógica asistencial —colonial— que no fortalece políticamente, ya que el derecho se asume como la transacción cortoplacista de una suma de recursos específicos dirigida a los sectores obligados a la periferia social, cultural y geográfica. 

Pero además esta configuración no es homogénea en las instituciones que componen al Estado, unas son más proclives a la ampliación e integración de personas y derechos, y otras, por el contrario, a la preservación de las estructuras de exclusión. 

Hay un asunto adicional: quienes han logrado manejar en la historia, desde arriba, esa maquinaria, han sido los sectores de élite nacional y regional que cuentan con los recursos suficientes para tener redes de clientela que insertan en la máquina y que responden a sus intereses, sumado, por supuesto, a la posesión de empresas y medios de comunicación que empujan las decisiones que se tomen desde el Estado hacia sus intereses específicos. 

Visto así, la tarea de ampliación de derechos desde el Estado asume también una perspectiva histórica —una perspectiva compleja si se asume, además, una postura radical anticapitalista y escéptica del Estado…—.

Cuando llega un gobierno distinto, que en la práctica es una administración de esa maquinaria heredada, este cuenta con una capacidad parcial para movilizar en una dirección u otra ese proceso sedimentando. 

Visto así, la tarea de ampliación de derechos desde el Estado asume también una perspectiva histórica —una perspectiva compleja si se asume, además, una postura radical anticapitalista y escéptica del Estado…—. En lo inmediato, esa tarea se dificulta mucho más cuando se ocupa un lugar marginal en una institución conservadora, del tipo que tiende a la exclusión. En este tipo de espacio se impone una pregunta constante: ¿Qué tanto se modifica la máquina desde adentro y qué tanto se pasa a ser un instrumento más de la máquina? 

En ese sentido se puede ratificar una certeza que se dice frecuentemente en ciertas organizaciones alternativas: esa máquina-proceso difícilmente se modifica solamente desde adentro, siempre será necesario que los sectores periféricos, subalternizados, la empujen también desde fuera, pero no solo en la perspectiva transaccional de recursos inmediatos, sino de cambio sustancial de las relaciones que reproducen las lógicas opresivas y de exclusión estatal. De otro modo difícilmente se pasará de ser gobierno a ser poder, y ser poder popular también. 

Proverbios Burros, un retrato del país

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Fui al concierto del lanzamiento de Proverbios Burros, el más reciente trabajo de Velandia y La Tigra. Ya había escuchado Venezuela, un pedacito de La Jodencia y Camilo de Chucurí, la canción que de manera desafiante interpretaron Edson y Adriana Lizcano en el Festival Gabo.

Es un retrato del país que nos invita a hablar sobre la lucha, la frontera porosa entre lo que toca hacer y lo que debería hacerse

Sería impreciso hablar de cada canción de los Proverbios burros, como si se tratara de una suma de temas, cuando en realidad es un todo. Es un retrato del país que nos invita a hablar sobre la lucha, la frontera porosa entre lo que toca hacer y lo que debería hacerse, la cultura popular, desde una posición abierta, más allá de moralismos en torno a lo correcto y lo incorrecto.

Y es que eso es la rasqa, es rebeldía, frenesí, dichos e historias cotidianas, rurales, urbanas y ñeras. Un género sin género que funciona también como emisora para hablar del absurdo, la farra y la precarización laboral. No se encasilla, se porta mal, se aburre como los pasillos, y es fiesta del monte. 

No fue necesaria ninguna coreografía, ni un set de baile para quedar con la boca abierta

El escenario fue ambientado con un burro, una mica, una olla exprés, un caballo nostálgico, publicidad sobre empanadas y milagros, una remontadora, promociones de calzones, un billete de Raúl Gómez Jattin y una foto de cuatro músicos cansados. No fue necesaria ninguna coreografía, ni un set de baile para quedar con la boca abierta, bastaron los versos, el bajo, la batería, los invitados y un instrumento que es como un palito que grita según le indica la mano abierta.

Los Proverbios burros son para llorar, sentir rabia, enamorarse y sorprenderse. 

No termino de recuperarme de este concierto y de saber que fui fotografiada por Iván Gaona, así esté perdida entre la multitud. Se habla del reencuentro de Velandia y La Tigra, pero lo cierto es que siempre han estado presentes, nunca ausentes.

Ni quien quiera. Sobre el machismo en la academia

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Artículo enviado en el marco de la convocatoria ¡Publica en Hekatombe!

Cuando entré a la universidad a los 16 años, observaba con fascinación a mis profesores, hombres doctos, a quienes admiraba genuinamente y de los cuales pensaba “su ingenio es más que natural”. También contaba con profesoras brillantes, de las cuales pensaba “sí, pero es una excepción”, para que una mujer llegue al punto de reñir académica e intelectualmente con un hombre, tiene que destinar un doble esfuerzo para poder alcanzarle. Consideraba, adicionalmente, que han existido grandes pensadores y muy pocas grandes pensadoras; claro, cómo no, nadie hablaba de ellas y no tenía muchas herramientas para llegar a sus máximas.

Pensaba que, posiblemente en unos años cuando fuésemos egresados, ellos iban a ser grandes maestros ilustres, y yo una maestra promedio.

Veía a mis compañeros hombres dando sus aportes en clase, con una seguridad tal, que podrían “venderle hielo a un esquimal”. Pensaba cuando los escuchaba hablar (haciendo aportes menos elaborados de los que caldeaba mi cabeza) que de cualquier forma ellos lo hacían mejor. Pensaba que, posiblemente en unos años cuando fuésemos egresados, ellos iban a ser grandes maestros ilustres, y yo una maestra promedio. Luego, con el paso del tiempo, empecé reconocer que mis aportes no eran insustanciales al lado de los de mis compañeros hombres, y decidí empezar a exteriorizarlos, me di cuenta con ello de que muchas personas concluían en lo aportante de lo que decía.

Que los mensajes sutiles que recibimos tanto dentro como fuera del aula, nos empuja a desarrollar una dicotomizada percepción de la existencia, en la cual a los hombres se les carga de confianza y seguridad, y a las mujeres de dudas y vergüenza frente a sus habilidades.

Pasaron los años, y por fortuna conocí los feminismos. Con ellos entendí, de la mano de autoras como Iría Marañón y Marina Subirats, que esa sensación de inferioridad académica e intelectual no era aislada e inconsistente, sino estructural y sistemática. Que los mensajes sutiles que recibimos tanto dentro como fuera del aula, nos empuja a desarrollar una dicotomizada percepción de la existencia, en la cual a los hombres se les carga de confianza y seguridad, y a las mujeres de dudas y vergüenza frente a sus habilidades.

Cuando me encontraba sobre los 20 años, empecé a frecuentar círculos en los que el tema de discusión central era la política local y nacional. Me quedaba completamente absorta, cuando observaba cómo dentro de un grupo nutrido de personas, se presaba total atención a los planteamientos de los compañeros hombres, y en esa misma medida los que realizaban las compañeras eran totalmente ignorados así apuntaran a lo mismo, se encontraran mejor nutridos, desarrollados y argumentados. Se escuchaba a quien levantaba la voz, hombre; a quien controvertía sin argumentos firmes, hombre; a quien manoteaba sin razón aparente, hombre.  Así mismo, las discusiones más álgidas se daban entre ellos, muy pocas veces me topé con quien decidía contraargumentar los planteamientos de alguna de las mujeres presentes.

Recuerdo bien la campaña presidencial del 2022, en la que el candidato Rodolfo Hernández salió a decir: “Es bueno que ella haga los comentarios y apoye desde la casa. La mujer metida en el Gobierno, a la gente no le gusta”, lo que despertó respuestas de todo tipo, incluyendo las del ala “alternativa” y de “izquierda”, donde se encontraban esos mismos hombres, que meses atrás no habían escuchado a las compañeras; hablando de que ellos si reconocían el valor del trabajo de las mujeres. Frente a esto publiqué en mis redes sociales con tanto desparpajo como genuina indignación el siguiente post:

Me hace un ruidito el hecho de evidenciar cómo a muchos que se ven siempre por ahí en redes criticando los feminismos, y las luchas de las mujeres, se les hace ahora sí muy práctico y "funcional" expresar lo "dadivosos" que son con nosotras; 
-"Nosotros si le damos el poder a la mujer" – dicen.
-No, pues muchas gracias ome, que tan generosos.
Ahí si les sirve hablar de la importancia de la lucha de las mujeres. (Empezando por que lo hacen desde una perspectiva tan androcéntrica, que se arrogan el hecho de que sean ellos los que "dan" ese poder). Eso ni de izquierdas ni de derechas, la fraternidad y la adulación de los hombres por, y entre ellos mismos, no tiene espectro político.
Siempre, así lo nieguen, van a tener presente y por delante las percepciones, opiniones y conclusiones de otros hombres. Luego, las de mujeres "que si son intelectuales", comprometidas con el conocimiento, las "verdaderas feministas". (Y obviamente si, Rodolfo es nefasto. Lo que no quiere decir que del lado de los seguidores de Petro no haya muchos que se jactan de una igualdad formal, más no real).”

Luego decidí alejarme esos círculos politiqueros que viven cómodamente inmersos en el pacto patriarcal, y sobre los 22 años incursioné en el mundo laboral. Una vez más encontré allí a quienes revestían su imagen con la de un hombre “deconstruido”, que entendía la envergadura de las luchas de las mujeres, que reconocían el valor de los aportes realizados por estas en el devenir de la humanidad. Sin embargo, cuando nos encontrábamos en determinados espacios, y al momento de realizar lluvias de ideas, propuestas y proyecciones, pareciese que las mujeres nos esfumáramos del lugar, que nuestra presencia fuera imperceptible, porque los susodichos bien podían pasar largos ratos conversando entre ellos, retroalimentando sus ideas. Igual, NI QUIEN QUIERA, a hombres necios odios sordos. Yo escuchaba a mis compañeras con fascinación; veía el valor, la calidad y la potencia de sus propuestas, no era necesario que quienes no quisieran escuchar, lo hicieran.

Sin embargo, cuando nos encontrábamos en determinados espacios, y al momento de realizar lluvias de ideas, propuestas y proyecciones, pareciese que las mujeres nos esfumáramos del lugar, que nuestra presencia fuera imperceptible, porque los susodichos bien podían pasar largos ratos conversando entre ellos, retroalimentando sus ideas.

Con el paso del tiempo he logrado afinar cada vez más la mirada respecto a la sutileza del proceder del pacto patriarcal, y en esa misma medida, he activado mis tácticas de defensa. Creo en el poder de la educación para que cada vez haya en el mundo más niñas seguras de sus capacidades y habilidades, que no se sientan amedrentadas, ni vean menguadas sus posiciones por voces que tratan de opacar y ridiculizar la fuerza y potencia de las cosas que las mujeres pensamos y decimos.

Decía una de las tres damas que se le presentaron a Cristina como un rayo de luz para iluminar su entendimiento en el libro La ciudad de las damas de Christine de Pizan:

“-No temas, querida hija, no hemos venido aquí para hacerte daño sino para consolarte. Nos ha dado pena tu desconcierto y queremos sacarte de esa ignorancia que te ciega hasta tal punto que rechazas lo que sabes con toda certeza para adoptar una opinión en la que no crees, ni te reconoces, porque sólo está fundada sobre los prejuicios de los demás ¿Dónde anda tu juicio, querida? ¿Has olvidado que es en el crisol donde se depura el oro fino, que allí ni se altera ni cambia sus propiedades sino todo lo contrario, cuanto más se trabaja más se depura y afina? ¿Acaso ignoras que lo que más se discute y debate es precisamente lo que más valor tiene? Piensa en las Ideas, es decir, las cosas divinas que mayor trascendencia tienen: ¿no ves que incluso los más grandes filósofos cuyo testimonio alegas en contra de tu propio sexo no han logrado determinar qué es lo verdadero o lo falso, sino que se corrigen los unos a los otros en una disputa sin fin?”

Así como en el siglo XV las damas le ayudaban a Cristina a develar el poder de su propio entendimiento, hoy los feminismos nos llaman a que, en contrapuesta al pacto patriarcal, saquemos del anonimato y la timidez todo lo que las mujeres hemos dicho, decimos y tendremos por decir. Cobijadas en el apoyo mutuo como acto político, con el cual, ni quien quiera ser (o no) validada por quienes, obnubilados por el ego, se nieguen a ver.

Por Una lectora vaga. Bibliotecaria y futura maestra, encarretada poesía. En Instagram es @lecturasvagas.

La ‘jugadita’ contra la reforma a la salud

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Pues me ví el video de Noticias Uno en el que las representantes Katherine Miranda —Alianza Verde—, Carolina Arbeláez —Cambio Radical— y Julia Miranda —Nuevo Liberalismo—, radicaron una proposición para crear una subcomisión que puede entorpecer el proyecto de ley de reforma a la salud, ya sea al dilatar el trámite y garantizar su archivo, o para legitimar públicamente la creación y posterior discusión de una reforma que vaya en contravía de la original. A continuación comparto mis comentarios:

¿Nos sorprende que la representante Katherine Miranda hiciera eso?

No me sorprende, pero la verdad es que me sorprende que se sorprendan y me pregunto ¿Qué esperan de ella? Con esta proposición Katherine nos recuerda que el centro no está por fuera de la derecha, por eso le fluye el trabajo en equipo con Cambio Radical y con el Nuevo Liberalismo para sabotear la reforma a la salud.

¿Es una jugadita?

De hecho es una muy buena jugadita la de las representantes, y, a propósito, se le nota a Miranda su amplia experiencia en el Congreso y el hábil manejo de la Ley V.

Resulta que cuando es debatido un proyecto de ley, las y los congresistas pueden radicar proposiciones, que son básicamente documentos en los que exponen cambios, propuestas o ajustes. Esto hace parte del trámite normal y no es ilegal, pero la forma en la que las representantes lo hicieron no fue la ideal, pues se supone que estas proposiciones también son puestas a discusión, no se pupitrean de afán, como se ve en el video de Noticias Uno.

Lo que sí me parece grave

Miranda en una entrevista a un medio corporativo señaló que ella no tiene la culpa de que los 25 representantes del Pacto Histórico no estuvieran pendientes del debate, y tiene razón.

Personalmente este gravísimo ‘descuido’ lo atribuyo a dos variables: la primera, es la conformación de las listas cerradas, pues se constituyeron en un sancocho de activistas, influencers, personas sin proceso, ni formación política, que básicamente están cumpliendo un sueño personal. La segunda, a la falta de disciplina dentro del Pacto Histórico. Si nos ponemos a ver a congresistas como Aida Avella, Wilson Arias, Iván Cepeda o incluso, Alfredo Mondragón, podemos notar que se caracterizan por sus debates sustentados, así como por su disciplina y formación permanente, alejándose de las frases cliché, cifras erróneas, recomendaciones tontas, y de intervenciones descontextualizadas que ahora son la constante en los sectores alternativos.

En el video se alcanzan a ver dos congresistas del Pacto Histórico que claramente no están haciendo incidencia en favor del proyecto de reforma a la salud, sino que están en plan visita. Eso en un espacio de amigos es comprensible, pero el Congreso no es un club, es un lugar hostil en el que están en puja constante la continuidad y el cambio, en el que las sonrisas y los saludos ambientan intereses políticos, no amistades profundas y sinceras.

También cabe preguntarse ¿Dónde estaba el resto de representantes a la Cámara por el Pacto Histórico?, parece que el único queriente del proyecto de ley fuera Raúl Ávila, el subsecretario general de la Cámara de Representantes que, con desespero e impotencia hacía caras para que se mosquearan los sectores alternativos y votaran en contra de la proposición.

Si el Pacto Histórico fuera una convergencia seria y juiciosa, en este momento habría un proceso disciplinario abierto y una investigación en curso porque no se trató de un error de aprendices, sino de desidia con la discusión de un proyecto clave para el gobierno del cambio.

Quienes votaron por esta lista, en lugar de estar atacando a una congresista de la que no deben esperar nada, deberían exigir disculpas públicas a sus representantes y mayor compromiso con estas medidas, porque para eso fueron elegidos y elegidas, no para que hagan chistes con el Partido Liberal, ni para que se ausenten durante una discusión tan importante.

David Graeber: en deuda

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Fragmento de: En Deuda. Una historia alternativa de la economía. 2016. Tomado de la Biblioteca Anarquista.

Si debes cien mil dólares al banco, el banco te posee. Si debes cien millones, tú posees el banco.
Proverbio estadounidense

Hace dos años, por una serie de extraordinarias coincidencias, asistí a una fiesta en el jardín de la Abadía de Westminster. Me sentía un poco incómodo. No es que los demás invitados no fueran agradables y amistosos, ni que el padre Graeme, organizador del acontecimiento, no fuera un anfitrión encantador y amable. Pero me encontraba fuera de lugar. En cierto momento el padre Graeme intervino para decirme que había alguien, cerca de una fuente cercana, a quien me gustaría conocer. Resultó ser una joven esbelta e inteligente que, según me explicó, era abogada, «pero del tipo activista. Trabaja para una fundación que proporciona apoyo legal para los grupos que luchan contra la pobreza en Londres. Creo que tendrán ustedes mucho de que hablar».

Y conversamos. Me habló de su trabajo. Le conté que durante años había estado implicado en el movimiento global por la justicia social («movimiento antiglobalización», como estaba de moda llamarlo en los medios de comunicación). Ella sentía curiosidad. Por supuesto, había leído mucho acerca de Seattle, Génova, los gases lacrimógenos y las batallas callejeras, pero… bueno, ¿habíamos conseguido algo con todo eso?

«En realidad», repliqué, «es asombroso todo lo que conseguimos en aquellos dos primeros años».

«¿Por ejemplo?».

«Bueno, por ejemplo casi conseguimos destruir el FMI».

Resultó que ella desconocía lo que era el FMI, de modo que le expliqué que el Fondo Monetario Internacional actuaba básicamente como el ejecutor de la deuda mundial: «Se puede decir que es el equivalente, en las altas finanzas, a los tipos que vienen a romperte las dos piernas». Me lancé a ofrecerle un contexto histórico, explicándole cómo, durante la crisis del petróleo de los 70, los países de la OPEP acabaron colocando una parte tan grande de sus recién descubiertas ganancias en los bancos occidentales que estos no sabían en qué invertir el dinero; de cómo, por tanto, Citibank y Chase comenzaron a enviar agentes por todo el mundo para convencer a dictadores y políticos del Tercer Mundo de acceder a préstamos (en aquella época lo llamaban go-go banking); cómo estos préstamos comenzaron a tipos de interés extraordinariamente bajos solo para dispararse casi inmediatamente a tipos de más del 20 por ciento por las estrictas políticas de EEUU a principios de los 80; cómo esto llevó, durante los años 80 y 90, a la gran deuda de los países del Tercer Mundo; cómo apareció entonces el FMI para insistir en que, a fin de obtener refinanciación de la deuda, los países pobres deberían abandonar las subvenciones a los alimentos básicos, o incluso sus políticas de mantener reservas de alimentos; así como la sanidad y la educación gratuitas; y cómo todo esto había llevado al colapso y abandono de algunas de las poblaciones más desfavorecidas y vulnerables del planeta. Hablé de pobreza, del saqueo de los recursos públicos, del colapso de las sociedades, de violencia y desnutrición endémicas, de falta de esperanzas y de vidas rotas.

«Pero ¿cuál era tu posición?», preguntó la abogada.

«¿Acerca del FMI? Queríamos abolirlo».

«No, acerca de la deuda del Tercer Mundo».

«También la queríamos abolir. La exigencia inmediata era que el FMI dejara de imponer políticas de ajuste estructural, que eran las que causaban el daño inmediato, pero resultó que lo conseguimos sorprendentemente rápido. El objetivo a largo plazo era la condonación. Algo al estilo del Jubileo bíblico.Por lo que a nosotros concernía, treinta años de dinero fluyendo de los países más pobres a los ricos era más que suficiente».

«Pero», objetó ella, como si fuera lo más evidente del mundo, «¡habían pedido prestado el dinero! Uno debe pagar sus deudas».

Fue entonces cuando me di cuenta de que esta iba a ser una conversación muy diferente de la que había imaginado al principio.

¿Por dónde comenzar? Podría haber comenzado explicando que estos préstamos los habían tomado dictadores no elegidos que habían puesto la mayor parte del dinero en sus bancos suizos, y pedirle que contemplara la injusticia que suponía insistir en que los préstamos se pagaran no por el dictador, o incluso sus compinches, sino directamente sacando la comida de las bocas de niños hambrientos. O que me dijera cuántos de esos países ya habían devuelto dos o tres veces la cantidad que les habían prestado, pero que por ese milagro de los intereses compuestos no habían conseguido siquiera reducir significativamente su deuda. Podría también decirle que había una diferencia entre refinanciar préstamos y exigir, para tal refinanciación, que los países tengan que seguir ciertas reglas del más ortodoxo mercado diseñadas en Zúrich o en Washington por personas que los ciudadanos de aquellos países no habían escogido ni lo harían nunca, y que era deshonesto pedir que los países adopten un sistema democrático para impedir que, salga quien salga elegido, tenga control sobre la política económica de su país. O que las políticas impuestas por el FMI no funcionaban. Pero había un problema aún más básico: la asunción de que las deudas se han de pagar.

En realidad, lo más notorio de la frase «uno ha de pagar sus deudas» es que, incluso de acuerdo a la teoría económica estándar, es mentira. Se supone que quien presta acepta un cierto grado de riesgo. Si todos los préstamos, incluso los más estúpidos, se tuvieran que cobrar (por ejemplo, si no hubiera leyes de bancarrota) los resultados serían desastrosos. ¿Por qué razón deberían abstenerse los prestamistas de hacer un préstamo estúpido?

«Bueno, sé que eso parece de sentido común, pero lo curioso es que, en términos económicos, no es así como se supone que funcionan los préstamos. Se supone que las instituciones financieras son maneras de redirigir recursos hacia inversiones provechosas. Si un banco siempre tuviera garantizada la devolución de su dinero más intereses, sin importar lo que hiciera, el sistema no funcionaría. Imagina que yo entrara en la sucursal más próxima del Banco Real de Escocia y les dijera: “Sabéis, me han dado un buen soplo para las carreras. ¿Creéis que me podríais prestar un par de millones de libras?”. Evidentemente se reirían de mí. Pero eso es porque saben que si mi caballo no gana no tendrían manera de recuperar su dinero. Pero imagina que hubiera alguna ley que les garantizara recuperar su dinero sin importar qué pasara, incluso si ello significara, no sé, vender a mi hija como esclava o mis órganos para trasplantes. Bueno, en tal caso, ¿por qué no? ¿Para qué molestarse en esperar que aparezca alguien con un plan viable para fundar una lavandería o algo similar? Básicamente ésa es la situación que creó el FMI a escala mundial, y es la razón de que todos esos bancos estuvieran deseosos de prestar miles de millones de dólares a esos criminales, en primer lugar».

No llegué mucho más lejos porque en ese momento apareció un banquero borracho que, tras darse cuenta de que hablábamos de dinero, comenzó a contar chistes acerca de riesgo moral, que de alguna manera no tardaron en convertirse en una historia larga y no especialmente interesante acerca una de sus conquistas sexuales. Me alejé del grupo.

Sin embargo, la frase siguió resonando en mi cabeza durante varios días.

«Uno debe pagar sus deudas».

La razón por la que es tan poderosa es que no se trata de una declaración económica: es una declaración moral. Al fin y al cabo, ¿no trata la moral, esencialmente, de pagar las propias deudas? Dar a la gente lo que le toca. Aceptar las propias responsabilidades. Cumplir con las obligaciones con respecto a los demás como esperaríamos que los demás las cumplieran hacia nosotros. ¿Qué mejor ejemplo de eludir las propias responsabilidades que renegar de una promesa, o rehusar pagar una deuda?

Me di cuenta de que era esa aparente evidencia la que la hacía tan insidiosa. Era el tipo de frase que hacía parecer blandas y poco importantes cosas terribles. Puede sonar fuerte, pero es difícil no albergar sentimientos intensos hacia asuntos como estos cuando uno ha comprobado sus efectos secundarios. Y yo lo había hecho. Durante casi dos años viví en las tierras altas de Madagascar. Poco antes de que yo llegara había habido un brote de malaria. Se trataba de un estallido especialmente virulento, porque muchos años atrás la malaria se había erradicado de las tierras altas de Madagascar, de modo que, tras un par de generaciones, la gente había perdido su inmunidad. El problema era que costaba dinero mantener el programa de erradicación del mosquito, pues exigía pruebas periódicas para comprobar que el mosquito no comenzaba a reproducirse de nuevo, así como campañas de fumigación si se descubría que lo hacía. No mucho dinero, pero debido a los programas de austeridad impuestos por el FMI, el gobierno había tenido que recortar el programa de monitorización. Murieron diez mil personas. Me encontré con madres llorando por la muerte de sus hijos. Uno puede pensar que es difícil argumentar que la pérdida de diez mil vidas humanas está realmente justificada para asegurarse de que Citibank no tuviera pérdidas por un préstamo irresponsable que, de todas maneras, ni siquiera era importante en su balance final. Pero he aquí a una mujer perfectamente decente, una mujer que trabajaba en una fundación caritativa, nada menos, que pensaba que era evidente. Al fin y al cabo, debían el dinero, y uno ha de pagar sus deudas.