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Zohran Mamdani fue elegido alcalde de Nueva York

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5 de noviembre de 2025. Zohran Mamdami es musulman, socialista democrático, migrante, joven, rapero, mal bailarín, y a partir del 1 de enero de 2026, será el alcalde de Nueva York.

Su triunfo dice mucho sobre la situación actual de Estados Unidos, al ganarle al candidato de la maquinaria de la derecha y del presidente Donald Trump, el zorro político Andrew Cuomo, quien ha sido gobernador, fiscal general y ocupó diferentes cargos en el gobierno Clinton.

Mamdami llega a la alcaldía de Nueva York para cumplir sus compromisos de campaña orientados a disminuir el costo de vida de la clase trabajadora en la ciudad.

«Esta campaña es para toda persona que cree en la dignidad de sus vecinos y que el trabajo del gobierno es realmente mejorar nuestras vidas».

Sin necesidad de difuminar su plataforma política, hablando abiertamente de Palestina, de violencias basadas en género, de clase trabajadora, de pago de impuestos de las grandes corporaciones y de proteger Nueva York de Trump, Zohran adelantó una campaña fresca y alegre a través de redes sociales y contó con un despliegue significativo de los Socialistas Democráticos de América, así como de la movida indi, rapera y cultural de la ciudad, además del apoyo de Cynthia Nixon, Morgan Spector, Sofía Coppola, Wallace Shawn, Mark Ruffalo, Lupita Nyong’o, Emily Ratajkowski, Ben Platt, entre otros.

A continuación, compartimos algunas de las propuestas del alcalde electo:

  1. «Congelar inmediatamente el alquiler para todos los inquilinos estabilizados y utilizar todos los recursos disponibles para construir las viviendas que los neoyorquinos necesitan y reducir el alquiler. La razón principal por la que las familias trabajadoras abandonan nuestra ciudad es la crisis de vivienda. El alcalde tiene el poder de cambiar eso».
  2. «Crear una red de supermercados propiedad de la ciudad enfocados en mantener precios bajos, no en obtener ganancias. Al no tener que pagar alquiler ni impuestos prediales, reducirán los gastos generales y trasladarán los ahorros a los compradores. Comprarán y venderán a precios mayoristas, centralizarán el almacenamiento y la distribución, y colaborarán con las comunidades locales en productos y abastecimiento. Con la ciudad de Nueva York ya gastando millones de dólares en subsidiar a operadores de supermercados privados (¡que ni siquiera están obligados a aceptar SNAP/WIC!), deberíamos redirigir el dinero público hacia una verdadera “opción pública”».
  3. «El transporte público debe ser confiable, seguro y universalmente accesible. Pero uno de cada cinco neoyorquinos lucha para poder pagar la tarifa que siempre está aumentando. Para colmo de males: los autobuses de nuestra ciudad son los más lentos del país, robando a la gente trabajadora un tiempo valioso para la familia, el ocio y el descanso. (…) Autobuses rápidos y gratuitos no solo harán que los autobuses sean confiables y accesibles, sino que también mejorarán la seguridad de los pasajeros y operadores, creando el servicio de clase mundial que los neoyorquinos merecen».
  4. «La clase trabajadora de Nueva York está siendo despojada de su dinero poco a poco, y Donald Trump está facilitando que sus amigos corporativos les roben descaradamente. Mientras Trump reduce las protecciones al consumidor y da más poder a los CEO, estafadores, monopolios y el poder monopólico, Nueva York necesita un alcalde que se enfrente a la avaricia corporativa y proteja el dinero de la clase trabajadora. (…) Zohran prohibirá las cláusulas de no competencia, que suprimen los salarios y permiten a los empleadores aprovecharse de sus trabajadores. Pondrá fin a las subvenciones corporativas secretas, donde los dólares de los impuestos se entregan a las empresas en acuerdos protegidos por acuerdos de confidencialidad. Y financiará desafíos a las compañías de servicios públicos, para que ConEd no pueda subir los precios sin una lucha».
  5. «Implementar cuidado infantil gratuito para todos los neoyorquinos de 6 semanas a 5 años, asegurando programas de alta calidad para todas las familias. Y aumentar los salarios de los trabajadores de cuidado infantil –un cuarto de los cuales actualmente vive en pobreza– para que estén a la par con los maestros de escuelas públicas. Esto fomentará el desarrollo temprano de la infancia, ahorrará dinero a los padres y mantendrá a nuestras familias en la ciudad que llaman hogar».

Su agenda de campaña también incluyó temas ambientales, fortalecimiento de la educación pública, dignificación del trabajo docente, fortalecimiento del sistema de salud, derechos laborales, protección de la pequeña empresa,, entre otros.

Nos alegramos por Nueva York y a pesar de coincidir con su programa de campaña, no se nos olvida la tibieza de la política gringa y que eso no se quita con facilidad.

Mientras tanto: un musulman socialista como alcalde de Nueva York, ¡en tu cara Trump!

Después del unicornio: lo que cambia con la reforma laboral (y lo que falta)

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La tercera entrega detalla el capítulo de plataformas de la reforma laboral colombiana (arts. 24–30) y plantea el reto mayor: pasar del papel a la garantía efectiva de derechos en la economía digital.

Cómo se gestó el capítulo de plataformas

Tras más de seis meses de la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales —con 3.000 propuestas recogidas en todo el país, unas 50 de gremios como Alianza In— el gobierno incorporó un capítulo específico sobre trabajo en plataformas. Como explicó la asesora Mery Laura Perdomo, buena parte de la propuesta gremial no buscaba formalización ni empleo, sino bajar costos laborales: una tesis ya desmentida por reformas previas.

Seis llaves regulatorias

  1. Definiciones precisas
    Se delimitan trabajador digital, plataforma, usuario y empresa operadora. Se desmonta la ficción del “usuario independiente” que prestaría un servicio sin relación de trabajo.
  2. Primacía de la realidad
    Se reconocen dos modalidades (dependiente-subordinado e independiente-autónomo), pero si hay subordinación fáctica, se declara relación laboral sin importar el rótulo contractual.
  3. Seguridad social obligatoria
    Las plataformas pagan 60 % de salud y pensión y 100 % de riesgos laborales para todos los trabajadores; la base de cotización es 40 % de los ingresos reales, para reducir evasión y subregistro.
  4. Registro nacional de trabajadores
    Bajo supervisión del MinTrabajo con apoyo del MinTIC, habilita trazabilidad, inspección y acceso efectivo a la protección social.
  5. Transparencia algorítmica y revisión humana. Las plataformas deben informar criterios de asignación, evaluación y sanción, y garantizar revisión humana de decisiones automatizadas que afecten condiciones laborales.
  6. No exclusividad, descanso y no discriminación. Se prohíben cláusulas que impidan trabajar en otras plataformas; se garantiza el derecho al descanso y la no discriminación (personal, ideológica o sindical) en los términos de uso.

El viraje político: frente a la propuesta de Alianza In —derechos segmentados por ingreso, cobertura parcial de riesgos y adhesión unilateral a términos corporativos— la ley impone garantías universales y reconoce el vínculo laboral real.

Del papel al derecho: cómo hacerla cumplir

  • Auditoría algorítmica independiente: acceso regulado a datos y código para verificar sesgos, sanciones y cálculos de tarifa.
  • Inspección laboral geolocalizada: equipos con competencias en datos, IA y seguridad vial.
  • Mecanismos expeditos de queja y reparación: por bloqueos y deudas; debida diligencia en pagos en efectivo.
  • Sanciones proporcionales y publicidad de incumplimientos para desincentivar prácticas abusivas.
  • Coordinación regional: estándares mínimos en la Comunidad Andina y Mercosur para evitar “competencia regulatoria” a la baja.
  • Datos abiertos agregados sobre siniestralidad, ingresos y tiempos muertos para informar política pública.

¿Qué está en juego?

Rappi condensa las tensiones de la economía digital latinoamericana: innovación y capital de riesgo conviven con precariedad y captura. Su valorización (US$6.400 millones en 2024) descansa menos en utilidades presentes que en la expectativa de dominancia futura. La reforma colombiana no resuelve todo, pero establece un piso: relación laboral donde la haya, aportes obligatorios, transparencia algorítmica, registro y límites a la exclusividad.

El desafío ahora es político-técnico: construir capacidad estatal para auditar algoritmos, inspeccionar trabajo en calle y sancionar. El resto depende de la presión social, la coordinación regional y la organización de quienes pedalean la ciudad. Porque el futuro del trabajo digital también definirá el futuro democrático de nuestras sociedades.

Diez años después, Rappi ya no es “una app de domicilios”: es un laboratorio de poder. Con la nueva ley, Colombia marca el paso regional hacia una economía digital con reglas y derechos. Falta lo más difícil: que las cumplan.

Primera entrega: De startup a superapp: la red de poder detrás de Rappi

Segunda entrega: El supervisor invisible: vida y resistencia bajo el algoritmo

Balance rápido y eufórico de la consulta del Pacto Histórico

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La praxis indica que un análisis post-elecciones se debe hacer con mínimo dos cervezas encima y la emoción que se tenga en el momento. Así que como buena analista, lo hice. A continuación, comparto mi balance:

Presidencia

Para el avance 62 los resultados son los siguientes: Carolina Corcho 677.984, Iván Cepeda 1.537.392 y quien no se quiso medir, Daniel Quintero 145.315 votos.

1.

Para la ex ministra de salud, teniendo en cuenta que tuvo a los medios en contra, que estuvo en ese cargo menos de un año, y que es la primera vez que se presenta a elecciones, los resultados son muy buenos. Ahora como cabeza de lista al Senado le queda capitalizar y aspirar a la presidencia en las próximas elecciones. Dejo hasta acá porque el detrás de cámaras se revisa con cabeza fría.

2.

Iván Cepeda arrasó, como diría Thalia. Pesó su trayectoria política y recogió no sólo los votos de la izquierda, sino también de los sectores antiuribistas, resultado de los significativos avances judiciales contra el expresidente. Ojalá para lo que sigue, él y su equipo de campaña le metan estrategia al “ARTE” y le den perrenque a la comunicación política. Ya vimos su importancia con la candidatura de Corcho y de los influencers que consiguieron lugares privilegiados en las listas de Cámara y Senado. El ARTE por sí solo no va a derrotar a un Angel Beccassino, Antoni Gutiérrez-Rubí, Alicia Arango o JJ Rendón.

Congreso

1.

Para hablar del Congreso, empezaré hablando del Congreso de los Pueblos que se vio mucho la semana pasada, pero en las elecciones no apareció ni por las curvas. Robert Daza en el puesto 24 y Rocío Escobar a la Cámara por Bogotá no alcanzó a quedar entre los 30 primeros. Me pregunto por qué se perdió la curul que tenían en el Senado, y si la falta de respaldo no fue solamente porque la registraduría no permitiera el funcionamiento de puestos de votación estratégicos en la ruralidad,  sino también porque sectores que los orbitan desde hace años, pero que en la actualidad son más afines al gobierno (por la entrega de tierras, o el reconocimiento de los Territorios Campesinos Agroalimentarios, entre otras razones), les cobraron los ejercicios de movilización que han venido adelantando en un contexto adverso. 

2.

Preocupante el Partido Comunista. Ha tenido la cabeza de lista durante dos periodos seguidos en el Concejo de Bogotá y su candidato a la Cámara será reelegido, sin embargo, esa fuerza en los tarjetones no se vio traducida en cantidad de votos.

3.

Los votos no se heredan, ni se endosan, solo se transforman. Ese es el gran aprendizaje de estas elecciones. Las y los candidatos “herederos” no recibieron el respaldo esperado, ni los de las maquinarias de Argote y Dussan, ni de quienes esperaban que con una foto y un respaldo abierto a su candidato la magia pasara.

4.

JotaP y Susana Boreal dejaron la vara política muy baja para los congresistas influencers, así que no hay un punto de comparación importante con experiencias cercanas. De este sector queda que tengan disciplina “de partido”, porque teniendo en cuenta sus antecedentes, pueden terminar apoyando iniciativas que se distancien de los ejes programáticos del Pacto, no sé si por desconocimiento o por seguidores, el caso es que ya pasó y se puede repetir.

5.

Le hace muchísima falta un comité de ética al Pacto, uno que sea tomado en serio y respetado. Es increíble que personas como Alex Flórez participaran en la lista. Los sectores alternativos y las izquierdas deben evaluar sus prácticas y alianzas, para garantizar ejercicios legislativos y ejecutivos cada vez más honestos. No es ingenuidad, al contrario, deberíamos dejar de lado el ‘malmenorismo’ y esa idea resignada de ‘la política es así’.

6.

¡Viva el Pacto Histórico!

7.

Me dicen La Terrible y quiero que Iván Cepeda sea mi presidente.

Posdata 1: sospecho que varias personas me van a dejar de hablar por culpa de esta publicación.

Posdata 2: ¡tiembla, tiembla la derecha, mientras el Pacto hace fiesta!

Gracias Bogotá

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Era sábado 25 de octubre a las 6:00 AM. Como de costumbre, me había despertado naturalmente y como cada sábado, me odiaba por eso. Atendí las necesidades de mi gata, comió, le dimos una vuelta a la sala, le dí besos y me acosté con la certeza de que no me volvería a dormir.

A las 8:00 AM me despertó el Pájaro carpintero, la súplica de las peras, y dos personas con micrófono pidiéndole a los niños y niñas que hicieran una bulla. Era la celebración de halloween en el conjunto. No me pude sentir más miserable.

Era imposible poner música, ver tv, y huir del ruido. Como a las 10 AM me asomé por la ventana y había más personas pequeñas corriendo felices. Princesas, ninjas, superhéroes, un león y otras criaturas saltaban sobre rinocerontes inflables. 

Como a las 11, supongo que a los organizadores se les empezó a agotar la playlist infantil y pusieron Latino de Proyecto Uno, Traicionera y un popurrí de Pastor López. A las pequeñas criaturas parecía no importarles el brusco cambio de género musical. Luego siguió El Venao, más merengue, vallenato, el día estaba soleado y pasó lo inevitable, me dió sed.

Mientras miraba de nuevo por la ventana pensé, “ya me bañé y puedo salir al parque. Para no desentonar, aprovecho y me estreno el disfraz que compré para la oficina; tengo un pitillo ecológico, entonces puedo sentarme en una banca, tomar unas cervecitas con la máscara puesta… no es mala idea”.

Pero Bogotá hizo lo suyo. En cuestión de zeptosegundos se oscureció, las primeras gotas fueron la señal de la huída y todo el mundo empezó a correr. Me ahorré lo de una multa, porque en el conjunto ponen multa por todo y todavía más importante, de que madres y cuidadores tuvieran que explicarle a sus hijos e hijas, por qué una Hannya tomaba Coronita en un parque. Gracias a Bogotá esas pequeñas ninjas, princesas, leones y demás criaturas pueden seguir creyendo en la magia, en que un demonio japonés aparece solo para castigar a sus padres y no se parece en nada a una adulta, proto-otaku, cervecera y desparchada.

Bogotá me salvó de mí misma. Finalmente me quedé en el apartamento estudiando sobre imperialismo y preparando el próximo artículo para Hekatombe.

El fascismo daña la imagen urbana

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Hace unos días, el canciller alemán Friedrich Merz declaró que los migrantes “dañan la imagen de las ciudades alemanas” y que “habría que preguntarles a las mujeres, hijas, niñas quién representa el verdadero peligro”. Las palabras no sorprenden, son la traducción contemporánea del fascismo y ese viejo discurso que siempre busca un culpable externo para justificar la podredumbre interna del sistema. Pero que un hombre blanco, poderoso y beneficiario de un Estado que se sostiene sobre la explotación global diga esto, no es un desliz: es ideología pura.

Merz no solo criminaliza la migración, la vuelve amenaza estética: el Stadtbild, la “imagen urbana”, es para él ese paisaje que debe permanecer limpio, ordenado, homogéneo. Lo que le molesta no son los migrantes, sino la interrupción del ideal alemán del progreso capitalista sin rostro ni memoria, el recordatorio de que detrás de cada logro hay manos que no son europeas.

Yo soy migrante, mujer y latinoamericana viviendo en Alemania. Y sí, he visto el peligro, pero no en los cuerpos que cruzan fronteras buscando sobrevivir, sino en los hombres que se sienten dueños de la calle, del trabajo, del idioma y del cuerpo ajeno. Fui víctima y mis amigas también, de violencia por parte de hombres europeos-alemanes, de “ciudadanos modelos”, integrados, rubios, correctos. El peligro no tiene pasaporte ni color de piel: tiene privilegios y un sistema que lo protege aqui y en todo el mundo.

Cuando Merz dice que se les pregunte a las hijas, a las mujeres, quién es el peligro, lo que hace es confirmar que el problema no es la migración sino el machismo, el neofascismo y el capitalismo que los sostiene. Ese mismo sistema que necesita mujeres sumisas, migrantes precarizados y fronteras vigiladas para seguir funcionando.

Europa lleva siglos saqueando el sur global, robando recursos, imponiendo guerras, patrocinando dictaduras, y cuando esas violencias se devuelven en forma de desplazamientos humanos, la respuesta es cerrar fronteras, levantar muros y culpar al migrante. La vieja narrativa de la defensa nacional, el mismo argumento que justificó colonias, paramilitares y corporaciones asesinas, ahora se recicla en discursos como el de Merz, Trump o Netanyahu. Los mismos gobiernos que criminalizan a los migrantes son los que financian las armas que matan niños palestinos. Los mismos que hablan de “democracia” son los que patrocinan el exterminio.

Ninguna persona es ilegal. Ilegal debería ser el sistema que produce desigualdad, que expulsa y mata, que normaliza la violencia patriarcal y el racismo estructural. Ilegal debería ser negar refugio a quienes huyen de las guerras que Europa y Estados Unidos ayudaron a financiar. Ilegal debería ser callar cuando se nos agrede por existir en un cuerpo que no encaja en su Stadtbild.

Ilegal debería ser que se normalice el racismo, que se excuse la violencia de género, que se permita el genocidio mientras se presume de civilización.

El peligro no somos los/las migrantes.

El peligro son los hombres que creen que pueden definir quién pertenece y quién no.

El peligro es el silencio cómplice frente a la violencia, el fascismo que se disfraza de orden y el capitalismo que necesita de todo ello para perpetuarse.

Lo que realmente daña la imagen de Alemania y del mundo no son los migrantes, sino los discursos que legitiman el odio, ese odio causado por el fascismo que ellos representan.

Las ciudades se transforman, son mixtas, diversas, feministas, indígenas, árabes, negras. En las ciudades reales las fronteras se caen. Aunque ellos nos quieran calladas, invisibles o deportadas, seguiremos escribiendo, gritando y existiendo.

Correr en sentido único

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Una carrera, una camiseta

El domingo 19 de octubre amaneció despejado, una mañana óptima para la carrera de 15k en la que participé junto a miles de personas. Me había inscrito por cuenta propia, sin imaginar que el simple hecho de correr se convertiría en una pequeña escena de obediencia y mercado. Días antes del certamen, la entrenadora del equipo del que hago parte me propuso correr con el grupo. Acepté, sin pensar mucho, y luego me explicó que la participación grupal implicaba llevar una manilla identificadora y usar la camiseta oficial de la carrera. Era obligatorio, si no lo hacía, descalificaban al equipo; demasiado tarde para declinar mi aceptación.

El recorrido empezaba en el norte, a la altura de la 134, y seguía por toda la carrera novena. Luego tomaba la 30 (NQS), subía el puente de la 57, pasaba detrás del Campín y volvía a subir por el puente de la 53. Más adelante dábamos un par de vueltas por el barrio La Esmeralda, tomábamos la 60 y finalmente entrábamos al parque Simón Bolívar. Correr era también recorrer la cuidad, pasar por sus capas de cemento y de historia, sentir su respiración hecha asfalto y publicidad. 

Ahí lo entendí. Incluso el acto de correr, que parece libre y personal, está reglamentado, uniformado y capturado. No se puede participar sin cumplir las normas de visibilidad y pertenencia. Mientras caminaba hacia la salida, la multitud era una marea de camisetas idénticas, colores patrocinados y cuerpos que se movían al unísono. El mercado convierte incluso el movimiento —el correr, el respirar, el sudar— en mercancía; estandariza la ropa, el cuerpo, el tiempo y hasta la idea de libertad.

Walter Benjamin, en Einbahnstrasse (Calle de sentido único), ya advertía sobre esa pérdida de diferencia: “…todas las cosas, en un proceso incontenible de mezcla y contaminación, pierden su expresión esencial y lo ambiguo ocupa el lugar de lo auténtico” (pág.27). Del mismo modo, los cuerpos que corren, supuestamente libres, se vuelven intercambiables, absorbidos por el mismo logo y el mismo chip. Correr, en lugar de liberar, se convierte en un circuito de consumo.

La estética del rendimiento

Mientras hacía el recorrido, pensaba en cómo el mercado consigue uniformar hasta los gestos más simples. Hoy, con el cuerpo cansado, sigo dándole vueltas a esa sensación de haber participado en algo que no era del todo mío. Hace unos meses, una compañera de equipo me envió un reel que decía que: “si se pone de moda correr, es el primer indicio de que la ultraderecha va a regresar”. La frase me hizo reír, pero después me quedó rondando. El video afirmaba que cuando la sencillez se vuelve tendencia —uñas cortas, cabello natural, ropa deportiva— eso anuncia recesión económica. Y que cuando el running se populariza, es señal de que la política se mueve hacia la derecha, donde predominan la disciplina, la fuerza mental, y la jerarquía. Benjamin ayuda a pensar lo que hay detrás de esa intuición. El capitalismo tiene la capacidad de absorber cualquier gesto vital y transformarlo en mercancía o en espectáculo. Lo que comenzó como una práctica de cuidado termina siendo un dispositivo de control. El capitalismo no destruye lo singular; lo replica hasta vaciarlo.

Cuando una práctica individual se masifica, deja de ser libre. No porque correr “sea de derecha”, sino porque el capitalismo necesita que todas las personas corramos igual, que compitamos, que nos comparemos, que midamos nuestros pasos, nuestra frecuencia cardíaca, nuestro rendimiento. El problema no está en correr, sino en la ideología de la autoexplotación que lo acompaña, en ese mandato de mejorar siempre, de corregir el cuerpo, y de dominar la mente. Esa moral del esfuerzo solitario alimenta la misma maquinaria que Benjamin veía crecer a pasos de gigante hace casi un siglo.

Cuerpos iguales, tiempos medidos

Esa moral del esfuerzo solitario no solo se piensa, también se encarna. En la carrera, los cuerpos avanzan a un mismo ritmo, sincronizados por la música, los relojes y las vallas publicitarias. Todo parecía dispuesto para que cada quien corriera dentro de una coreografía perfectamente medida. El cuerpo se convierte en superficie publicitaria y el gesto deportivo, en ritual del mercado. Benjamin escribió que la ciudad moderna es invadida por “…aquello que la naturaleza libre tiene de más amargo: las carreteras, las tierras de labor, el cielo nocturno” (28). En la Bogotá que corrí, esa invasión se tradujo en patrocinios. El espacio público quedó colonizado por las marcas, y el “correr juntas” dejó de ser un gesto comunitario para volverse una coreografía de uniformes.

Durante la carrera, las frases de siempre se repetían como eco: “Tú puedes”, “la mente manda”, “el cuerpo obedece” “si superaste a tu ex, puedes con esto”, “¿Te pido un Uber? Esas frases me generan ruido. Separan lo que nunca ha estado separado, la mente del cuerpo, voluntad del agotamiento. Prometen que todo se puede superar si se trabaja lo suficiente. Las frases de superación personal son también una mercancía, parte del mismo consumo simbólico que vende disciplina y felicidad bajo contrato. Recuerdo un grafitti de Toxicómano en la calle 41 bajando por el caño, en una esquina. Tiene el dibujo de una bolsa de basura llena con un letrero que dice “citas y frases de superación personal (tóxicas reciclables)” @toxicomanocallejero. Cada vez que lo veo pienso en eso: en la capacidad del mercado para reciclar incluso la esperanza.

Y, sin embargo, hay algo curioso en esas voces. En el camino aparecen personas que animan a desconocidos, que gritan sin que nadie les pague, que ofrecen agua, que dicen “vamos” solo por acompañar. Hay una generosidad rara ahí, una forma de afecto que no pertenece del todo al mercado, aunque el mercado se aproveche de ella. Es una solidaridad mínima, fugaz, pero que todavía resiste: ese deseo de alentar a otro cuerpo sin pedirle rendimiento o algo de vuelta.

Deporte, política y mercado

Esa solidaridad mínima que todavía resiste en medio del ruido, contrasta con el lenguaje dominante del rendimiento. El reel que me envío Cata, mi amiga, tenía razón en algo. Las tendencias corporales están ligadas a la economía y a la política. La exaltación del cuerpo fuerte, la autosuficiencia, la disciplina individual —todas esas ideas— han sido históricamente útiles para los discursos autoritarios. El problema no es el deporte, sino la lógica del rendimiento, que el capitalismo infiltra en todos los espacios: en la escuela, en el trabajo, en la vida cotidiana y, ahora, en el running. El capitalismo no solo produce mercancías, sino también formas de vida que se ajusten a ellas.

El mercado se apropia del lenguaje del bienestar y del autocuidado. Lo empaqueta y lo vende como identidad: runner, fit, maratonista. Lo que alguna vez fue una práctica vital se convierte en una carrera sin meta. Todo se mide, todo se registra, las calorías, los kilómetros, los tiempos y la energía. La promesa de libertad se transforma en una obligación de rendimiento. El cuerpo ya no corre para sentir, sino para probar que existe a través de la medición.

Correr contra el sentido

Sé que también hago parte de eso que crítico. Esa no fue la primera carrera que corrí y me gusta registrar mis recorridos, guardar las fotos, subir los tiempos a las redes. Hay algo de orgullo, de búsqueda de reconocimiento, de compartir el esfuerzo. Me doy cuenta de que esa necesidad de mostrar también pertenece a la misma lógica que intento pensar críticamente. El cuerpo corre, pero la mirada sigue siendo parte del circuito.  Aun así, algo pasó en la carrera. Corrí junto a una compañera del equipo que podía ir más rápido si quería, y sin embargo decidió quedarse a mi lado. Me acompañó todo el recorrido. Ese gesto, pequeño e invisible para los organizadores, irrelevante para el cronómetro fue lo que más me conmovió. Mientras los demás gritaban “Vamos, que tú puedes”, nosotras simplemente respirábamos al mismo ritmo. Pensé que también hay contagio en resistir, que la solidaridad se encuentra en otros cuerpos, no en las frases de motivación ni en las medallas.

En ese momento, a pesar de ir en la misma dirección de todas las demás personas, sentí que estábamos corriendo contra el sentido único del mercado. No por desafiar el tiempo ni la meta, sino por romper la lógica del rendimiento con una forma de cuidado. El cuerpo de mi compañera, su paso constante a mi lado era una interrupción, un desvío, un recordatorio de que no todo se puede medir ni uniformar. Cuando cruzamos la meta, la música sonaba tan fuerte que costaba escuchar cualquier otra cosa. Me entregaron una medalla igual a las de todes junto con un suero de recuperación. Y, sin embargo, lo que me quedó no fue eso, sino la imagen de dos cuerpos distintos corriendo juntos sin importar el reloj.

Benjamin escribió que el capitalismo construye “la fachada del infierno” (80) con los símbolos de la seriedad y el progreso. Tal vez correr hoy sea hacerlo dentro de esa fachada. Pero mientras haya alguien que se detenga a esperar a otra persona, que corra sin medir su tiempo, todavía habrá un resquicio de vida que no se deja capturar. Correr, no es escapar del mercado, sino atravesarlo sabiendo que no queremos llegar a su meta. Tal vez resistir consista en eso, en seguir corriendo, pero no sola, y sin dejar que nos dicten el paso.

Referencias

Benjamin, Walter (1928). Calle de sentido único (Einbahnstraße), Ediciones Akal.

¡Qué viva la tierra paramilitar!

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Hace un par de días, más exactamente el pasado 7 de octubre, la alcaldía de Federico Gutiérrez, mostró una vez más su talente autoritario y adulador con el patrón (representación no solo de Álvaro Uribe, sino de los cacaos de la ultraderecha local y su infausto legado). En la represión institucional, ejercida sobre una marcha pacífica en contra del genocidio en Palestina, el subsecretario de seguridad de Medellín, el otrora general de la policía Pablo Ruiz, lanza la orden “intervengan”, para que fuerzas del distrito apabullen, agredan y maltraten cobardemente a los marchantes. Todo esto, con la fría complicidad de nuestro querido pseudoalcalde, aquel que nos va a glorificar con un hermoso mar en la ciudad.

La carrera vertiginosa por posicionarse como los hacedores de la nueva cultura paraca es más que evidente. Tanto la alcaldía de Medellín, así como la gobernación antioqueña, irrefutablemente nos lo demuestran con sus acciones. ¿Cesará algún día la cultura paramilitar en el pueblo antioqueño? ¿Será este discurso recurrente el que impulse políticamente a quienes aspiren el mandato de la región? Mark Fisher en su obra Deseo Postcapitalista, aludiendo a Freud nos esgrima la posibilidad de un concepto totémico, derivado del simbólico sacrificio paternalista. Dicha eventualidad, claramente expuesta por nuestro querido alcalde Fico y sus perros de combate, como alias Gury, se exhibe como la extravagante avidez de demostrar sus capacidades represivas con la sociedad indefensa. La alcaldía de Gutiérrez y sus concejales de bolsillo, son al parecer, quienes salvaguardarán aquella figura totémica del paramilitarismo. Más concretamente, serán ellos los que izarán las banderas guerreristas, en contra de lo que huela y piense diferente en el pueblo antioqueño. Como expusiera Fisher: “A través de esta transición de una relación social a una ley consciente, la figura del padre primordial es sustituida por un tótem. Este tótem puede ser un objeto real o imaginario. En algunas sociedades primitivas, el sacrificio del patriarca (…) se vuelve más simbólica” (Fisher 112).

Esta figura patriarcal, quizá un poco desgastada por los líos legales del matarife y la falta de seso de quienes pretenden seguir sus preceptos, dejó su aura totémica en la región paisa. Mitos como la seguridad, la producción laboral desbordada, los paternalismos larvados, el infundado miedo a un supuesto comunismo y las aspiraciones traquetas de grandes hacendados con camionetas Toyota, engullendo aguardiente a lomo de caballo con pistola en cinto, son aquellos valores que los mandatarios regionales de turno, pretenden enarbolar e institucionalizar. Al arribar a la manifestación, cuyo proceso transcurría de lo más pacífico, alias El Gury, con garrote en mano, gruñía irracionalmente “¡hay que defender la ciudad!”. El gran interrogante que genera dicha estúpida acción puede limitarse específicamente a la pregunta: ¿De qué vas a defenderla mi querido mentecato? ¿Tu postura de servidor público te enviste con propiedades de vigilante nocturno para amenazar, amedrentar y coger a palos a la ciudadanía? La derecha colombiana, representada fuertemente por el barullo paramilitar, se deleita en la atrocidad criminal de eliminar al otro. ¿Cómo? Simple, si no se puede por la vía dialéctica y argumental, recurrimos a las vías de hecho, aquellas a las que estamos acostumbrados, verbigracia, la tan sonada expresión de nuestra figura totémica, a saber: “¡Hacen silencio o los callamos!”. Citando a Wolfgang Sofsky: “La violencia explícita busca sembrar el terror, infundir respeto y matar el aburrimiento. Esta violencia posee un sentido genuinamente social (…) Cuanto más cruel sea la ejecución, más grande será la majestad del soberano. Aquí la violencia sirve a la auto-representación y auto-distinción (…) Los espectadores se alimentan de los sufrimientos de la víctima” (Sofsky 28).

Legitimar la violación de derechos, en aras de presuntamente, defender la soberanía de un territorio, no deja de ser un simple sesgo político e ideológico. Los ideales de seguridad autoritaria, no hacen más que alimentar la cultura paraca en el terruño. Es inconcebible que la institucionalidad de alcaldías y gobernaciones, invoque este abominable demonio para movilizar unos supuestos valores regionalistas. Pareciera, que para la alcaldía de Fico, protestar de manera vehemente por aquellas desigualdades y atrocidades globales, es equiparable a lo que ellos conciben como oficio de mamertos, progres o minorías sin mayor recurso que su cultura y dignidad para buscar un lugar en el discurso de poder. Citando una vez más a Mark Fisher: “Si estamos en un grupo subordinado y vemos la forma en que se habla de las cosas en el grupo dominante y luego vemos la realidad de nuestra vida, vemos que una y otra no coinciden. Por lo general, antes de que hayamos tomado conciencia entenderemos el desajuste de nuestra experiencia con respecto a la ideología como una falla en nosotros (…) Están las formas del grupo dominante y las formas del grupo subyugado” (Fisher 163).

Lo caricaturesco de alias el Gury, es la adopción de una teatralidad crispada, heredada de los grotescos comandantes paramilitares. El tono de voz desmesurado, la actitud pendenciera, el hecho de saberse protegido por un referente ideológico infalible (como lo es supuestamente el Centro Democrático) y una alcaldía con un discurso milimétrico que, en el mayor de los casos, lo único que estima es crear una cultura del odio en la población medellinense. El concepto del enemigo interno, persiste en la idiosincrasia paisa. Aquellos fantasmas que rondan la mente de los pobladores, con ideas persistentes de un izquierdismo a ultranza, sin mediar con los valores conservadores de la familia, la religión y la propiedad privada. ¿Cuál es la respuesta? Un ejercicio de violencia que legitime un programa administrativo como la alcaldía de Medellín. Aludiendo a Sofsky: “El sujeto violento entra en un estado de euforia, se entusiasma con su forma de actuar. Cada nueva ocurrencia, cada nuevo muerto hacen crecer su exaltación. Lo cual no significa que esté fuera de sí, ni mucho menos. Se engrandece desde dentro, se expande, se adentra en el terreno de la libertad absoluta” (Sofsky 28). De este modo se materializa un nuevo evento funesto en la cultura antioqueña. Las mentalidades retardatarias y el regodeo por la intimidación institucionalizada, no deberían ser tolerables. Esperemos que dicha situación no haya arruinado el viaje del alcalde.

Referencias

Fisher, Mark (2021). Deseo Postcapitalista, Las Últimas Clases. Editorial Caja Negra, Buenos Aires

Sofsky, Wolfgang (2004). Tiempos de Horror. Amok, Violencia, Guerra. Editorial Siglo XXI, Madrid

A los machetazos

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Cuando nos piden, piensen dialécticamente, me acuerdo de una serie de imágenes en su devenir, la de la semilla, el árbol y el fruto. Plantea Hegel: “El capullo desaparece con la floración, y podría decirse que queda así refutado por ella, del mismo modo que el fruto declara la flor como una existencia falsa de la planta, y brota como su verdad en lugar de aquella. Estas formas no solo se diferencian entre sí, sino que, en tanto que incompatibles, se van desplazando unas a otras. A la vez, sin embargo, su naturaleza fluida hace de ellas momentos de una unidad orgánica, en la que no sólo no entran en disputa, sino que la una es tan necesaria como la otra, y únicamente esta misma necesidad es lo que llega a construir la vida del todo” (La fenomenología del espíritu. Prólogo). El devenir en ciertas triadas (semilla-árbol-fruto/padre-hijo-espíritu santo) o lo que es lo mismo en el decir de filósofos traductores de Hegel, tesis-antítesis-síntesis, nos explica cómo del 1 se convierte en 2, y como de la síntesis de estos dos aparece el 3. Los colombianos, para ponerlo en términos Hegelianos, una vez llegamos a la síntesis, lugar privilegiado donde se resolverían las contradicciones, cortamos a machetazos la superación de las diferencias. Fuerzas regresivas impiden que nuestra muy amada patria saboree lo alcanzado por el “espíritu de la nación”, y nos veamos abocados a vivir en un eterno enfrentamiento, atrapados en la dinámica violenta del amo enfrentado con el siervo. El presidente Gustavo Petro sabe que esa estructura colonial todavía se impone, y por eso la menciona de vez en vez en sus discursos. Volvamos con Hegel para tratar de entender, en lo posible, esta dinámica que aún hoy día goza de absoluta actualidad. En el apartado lV de la Fenomenología del espíritu (Autonomía y no autonomía de la autoconciencia: dominación y servidumbre), Hegel nos habla de dos conciencias que, dadas sus características sociales, económicas y culturales terminan enfrentadas a muerte.

Terminada la lucha, sugiere el filósofo, se define quién es quién, y de ahí surge el amo, considerado un ser en sí (ensimismado, subjetivo, egoísta, mezquino, cuyo objetivo es gozar de lo que produce la servidumbre), y el siervo, considerado un ser para el otro (servil, objetivo, abierto, cuyo fin es trabajar transformando el mundo de los objetos materiales). Una vez se establece el amo, lo que busca no es destruir al siervo sino su reconocimiento, y por eso lo manda a trabajar; prefiere morir que ser un simple esclavo. El siervo, por su parte, prefiere servir, trabajar para el amo en lugar de morir o ser destruido. Para satisfacer al amo, entra en relación con la naturaleza (experimentada como un otro), la tierra, las materias primas, que es donde adquiere a la larga su autonomía y su libertad. Aprende a labrar, cocinar, construir, comerciar, hacer contabilidad, etc., en un proceso de dominio y transformación. El amo, por su parte, termina reconociendo que por haberse alejado de la naturaleza empieza a verse como alguien que no sabe hacer nada, y termina por reconocer la autonomía del siervo; en definitiva, reconoce que se ha convertido en siervo de su siervo, ya que, para cuestiones de trabajo y en aras de satisfacer sus deseos, el siervo es el que posee un saber y ciertos dominios. En definitiva, llega el momento que llama Hegel de reconocer: “Más, para el reconocer propiamente dicha falta el momento de que eso de que el señor hace frente al otro lo haga también frente a sí mismo, y lo que el siervo hace frente a sí, lo haga también frente al otro”. Las dos conciencias, a la par de la metáfora silvestre (afloración-fruto-semilla), pasan por un movimiento que suprime, supera y conserva. Así las cosas, el siervo se vuelve autoconsciente de que, después de todo, no es tan esclavo como parece, dado que posee un saber y un dominio sobre otros objetos, saber y dominio que no posee el amo pues lo ha relegado al siervo, y por eso es que termina siendo reconocido por este. Se vuelve un ser en sí, para sí y para el otro. Y el amo, por su parte, se vuelve autoconsciente de que no es tan amo como pretendía, dado que, para suplir sus deseos, de alguna forma depende del saber y el hacer del siervo que es el que trabaja. En otras palabras, en la dialéctica Hegel nos muestra como la verdad del señorío termina siendo la servidumbre y la verdad del siervo la emancipación por el trabajo. Dadas ciertas circunstancias en el contexto capitalista en el que vivimos, siervo y esclavo acaban pactando y estableciendo nuevas relaciones, acuerdos y consensos, es decir, terminan haciendo comunidad, reconociéndose como conciencias autónomas y libres. Para fines prácticos, determinemos con simpleza maniquea, lo que en Colombia  es una verdad de a puño desde la colonia, de que existen estas dos clases de conciencia, o lo que es casi lo mismo, dos conciencias de clase: La conciencia del amo, conformada por una clase empresarial que corresponde a diez, quizás veinte familias (dueñas de los medios de producción y medios de comunicación), que acaparan el 95% de la economía ,  a la que se le suma una clase media alta (quizás media también), pues dentro del imaginario de una supuesta movilidad social, se conciben como aspirantes a convertirse en amos y por eso emulan y asumen todo el imaginario sociocultural de ellos.

Saltando más de siglo y medio de historia, digamos que una vez la Asamblea nacional constituyente que culminó con la Constitución de 1991, soñamos con ello que se acabarían siglos de luchas, y se detuviera por fin el grifo de sangre heredado de la violencia bipartidista. Pero no fue así, fuimos demasiado ilusos, una vez se instaló el amo en el poder, con su elitismo, clasismo y actitudes mezquinas y egoístas, redujo el contrato a machetazos. Volvió su postura regresiva de amo colonial, a lo que nunca ha renunciado, pues a su parecer con la nueva constitución cedieron demasiado en derechos y poco en deberes, por lo que el pacto constitucional debía desmontarse para imponer su control. El Amo en Colombia, basa su comprensión en la negación y el aniquilamiento del otro. Cada vez que transgrede a machetazos un acuerdo o cercena un tratado de paz, es una herida profunda al espíritu de la nación. Parafraseando a Hegel:  Nada sincronizado puede esperarse si la conciencia nacional es producto de un cerebro dividido, con síndrome de mano ajena. Condición donde una mano intenta abrir una puerta mientras la otra intenta cerrarla. Largo y espinoso camino le espera a la Paz Total.

REFERENCIAS

Hegel, G (2017). Fenomenología del Espíritu. Editorial Gredos, Barcelona.

El espíritu revolucionario en tiempos de burnout

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Cuando estudiaba la licenciatura en ciencias sociales, un profesor dijo en clase que todos éramos revolucionarios cuando éramos estudiantes, pero luego nos chocaríamos con la vida real, el poder del dinero y el trabajo asalariado. Según él, en esas condiciones se nos olvidaría la revolución y entraríamos al ciclo del consumo en el que la meta final es individual: comprar casa, comprar carro, ascender, aumentar los ingresos, etc. El dinero nos seduciría y compraría nuestras apuestas políticas. Me prometí a mí misma no caer en esa trampa y mantenerme fiel a mis ideales. Por ende, me prometí que jamás sería así.

Ahora que dedico la mayoría de mi tiempo a trabajar sé que no es así y no podía ser así. Las conversaciones con mis amistades, que se encuentran en la misma condición de dedicar la mayoría de su tiempo al trabajo, han girado en torno a esa cuestión: trabajar nos agota y nos consume, por lo cual ahora realmente entendemos los planteamientos marxistas. Sin embargo, trabajar también ha maximizado nuestros anhelos de que la realidad cambie. No podíamos renunciar al odio al sistema porque ahora sentimos su peso sobre nuestras carnes. Ya no tenemos el mismo tiempo ni energía para pensar, estudiar, crear. Ahora sentimos cómo el trabajo asalariado nos roba la energía. En lugar de dejarnos seducir por el dinero, sentimos que la necesidad del dinero nos ahoga y anula nuestra humanidad.

Esto se vincula con el trabajo de Simone Weil, filósofa y activista francesa quien desarrolló su pensamiento en la primera mitad del siglo XX. Ella fue una intelectual comprometida con la comprensión de la sociedad para transformarla y especialmente se dedicó a la cuestión laboral. Por ese motivo, en 1934 decidió vivir en su propio cuerpo la condición obrera, renunciando por un año a su trabajo como profesora de filosofía para trabajar en fábricas, incluida la de Renault. A partir de esta experiencia, escribió “la condición obrera”, libro en el cual reúne distintas reflexiones y propuestas en torno al trabajo en las fábricas. De estas reflexiones, destaca el reconocimiento del trabajo en la fábrica como deshumanizante, pues los actos repetitivos agotan, deprimen y nos evitan pensar.

Sin embargo, ella también menciona las huelgas y cómo estas rompen con la rutina de la fábrica para devolver a los trabajadores algo de humanidad, al permitir la colectividad, el diálogo, la crítica y la estrategia. Es decir, incluso en condiciones tan adversas de agotamiento, los trabajadores no renuncian a su deseo de emanciparse, sino que, al contrario, lo añoran con más fuerza pues viven en su cuerpo la opresión y la deshumanización de un sistema que los desangra.

Por lo anterior, estoy convencida de que a los trabajadores defensores de la revolución no nos terminan seduciendo el trabajo ni el dinero. A los trabajadores nos sigue consumiendo el trabajo. El triunfo del sistema radica justamente en eso: no en la eliminación de nuestros anhelos emancipatorios, sino en drenar la energía que requerimos para construir la transformación que deseamos y necesitamos. Es decir, el sistema no elimina nuestros ideales revolucionarios que ahora son más fuertes, sino que consume la energía que requerimos para construir la revolución.

A pesar de lo anterior, en medio del agotamiento y la repetición, los trabajadores nos humanizamos en las huelgas, las protestas, las movilizaciones, las conversaciones con otros en nuestra misma condición, la lectura de los pensadores revolucionarios, la lucha por una reforma laboral digna y un sinfín de acciones que nos humanizan. Aun agotados, seguimos seducidos por la esperanza de que las cosas pueden ser diferentes. En esas acciones está nuestra revolución. Así que no, el espíritu revolucionario no murió en nosotros arrodillado ante el poder del dinero; la revolución grita en el interior de un cuerpo agotado que, a pesar del cansancio, se levanta para reafirmar sus deseos emancipatorios. El sistema puede drenar nuestra energía mental y corporal, pero no nuestro deseo de liberarnos. Nuestro odio hacia el sistema deshumanizante y opresor no ha muerto, sino que se ha fortalecido por los estragos que ocasiona en nuestra vida y en nuestro cuerpo.

El Pacto Histórico, las ganas y el Congreso

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Parece que lo único que se necesita para lanzarse al Congreso por el Pacto Histórico son ganas. No es necesario un trabajo de base consolidado, ni formación política, ni creer de verdad en un proyecto transformador.

Más de 530 personas se inscribieron, lo triste es que no son 530 cuadros políticos, sino que de todos esos, hay un porcentaje considerable que es mediocre como Agmeth Escaf, no mostrará resultados reales como le pasó a Susana Boreal, habrá infiltrados como Paulino Riascos, también de esos que seguro no van a impulsar bajarse el sueldo como pasó con Pizarro, Flórez, Zuleta; o influencers cuyo único mérito es ser parte de una barra brava.

En estos días de consultas, candidaturas y videos ridículos me escondo para que no me pregunten “¿por quién va a votar?”, también para evitar discursos sobre por qué fulanito o sultanita debe llegar y sobre todo, porque me gusta ahorrarle a esas personas incautas las razones por las que no me convencen sus cálculos electorales, ni sus alianzas.

“La política electoral no es lo nuestro”, me decía un amigo y me parece triste, porque la política electoral y no electoral debería ser lo de todas y todos, pero en cambio, en este momento logra el efecto contrario y en mi caso, muchas veces, resulta repelente.

Hay por quién votar, algunas personas son buenas. Ojalá queden y si lo hacen, diosmediante no se corrompan. Dice una canción “el poder emborracha”, el problema es que así no tengan poder, de todos modos muchos terminan en una embriaguez toda loca, vacía y soberbia.

Parece que los sectores “alternativos” o mejor, diferentes a la derecha, no aprenden y estoy convencida de que las ganas no deben ser requisito para aspirar a ser parte del legislativo.

Deberíamos proyectar un legislativo que garantice las transformaciones que necesita el país y procurar prevenir en el corto plazo el fracaso de un proyecto alternativo en el Congreso. Y podré sonar vintage y pasada de moda, pero estoy convencida de la importancia de la formación de cuadros. Hablar de una política de cuadros en tiempos de activismos y no de militantes, de individualidades que se juntan de vez en cuando y no de organizaciones, o egos inflados por las redes sociales o por tener algunos contactos, es complicado, pero si creo en que es posible pensar en la actualidad en otro tipo de figura política.

Nuestro deber es exigir candidaturas que decidan cualificarse y con esto no me refiero a cumplir con el requisito de una maestría o una especialización para sumar una lista de cartones, como argumentó recientemente una influencer, sino de intentar entender el país, el modelo y el sistema, más allá de frases trilladas y conceptos que no entienden; exigir congresistas valientes, dispuestos a denunciar con argumentos; con la capacidad de encontrar soluciones creativas; en los que pese más el trabajo en equipo que iniciativas construidas de afán, o mal hechas.

Vale la pena que, quienes dan el aval se sueñen una política de cuadros democrática, la política de elección o la proyección para candidatizarse no debería traducirse en el nivel de ganas, sino de capacidades, formación y reconocimiento de contexto; no con mantener cacicazgos con delfines o en cuerpo ajeno.

El terror nos ha debilitado políticamente, nos ha dividido y nos ha despojado hasta de la capacidad de llamar las cosas por su nombre;  la comodidad de la burocracia y de los puestos también pesa, y es deber de quienes creemos en un país realmente democrático y justo, soñar con congresistas que nos hagan sentir orgullo.

Este congreso de los sectores “alternativos” dejó mucho que desear. Un congreso diferente, cualificado, debería ser prioridad para mantener la disciplina en la presencia y en las discusiones fundamentales del país. Es un momento histórico para la política seria, no para politiquear y posicionarse para fines puramente individuales. 

Posdata 1: hacerme odiar por los futuros congresistas del país es mi pasión.

Posdata 2: hace mucha falta teoría sobre cuadros al mejor estilo de Mao o de Álvaro Cunhal en estos tiempos de neoliberalismo, redes sociales y ‘tiburones’ de la política, pero obvio a los Dussan, las Flórez, los Lozada y los Argotes no les interesa.

Posdata 3: gente de La Silla Vacía, sé que me leen en silencio, porfis no se inspiren en mi inconformidad para hacer un mal análisis sobre las elecciones y el Pacto Histórico.