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De la rabia al límite: cuando el fascismo se vuelve opinión

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Escribo desde la rabia. No una rabia ligera ni pasajera, sino esa que se acumula en el cuerpo cuando se leen, una y otra vez, comentarios desubicados, anacrónicos, violentamente ignorantes, celebrando invasiones, justificando amenazas imperiales y llamando “dictadura” a todo aquello que no encaja en el molde cómodo del poder hegemónico. Rabia al escuchar voces que, con una facilidad insultante, piden intervención extranjera sobre pueblos que históricamente han sido oprimidos, como si la historia de América Latina no estuviera escrita con sangre suficiente.

Pero esta rabia no puede quedarse ahí. Hoy más que nunca, urge pasar de la rabia impotente a la rabia digna. A esa que organiza, que piensa, que se moviliza.

El ascenso del fascismo en el mundo no es una exageración retórica. Es un hecho histórico en curso. No se presenta ya con símbolos del pasado, sino con discursos renovados que hablan de “libertad”, “orden”, “democracia” y “seguridad”, mientras legitiman la violencia, la exclusión y la intervención. América Latina vuelve a ser un territorio en disputa, y Venezuela, una vez más, el blanco directo del intervencionismo estadounidense. Las amenazas abiertas, los cercos económicos y la narrativa internacional no solo buscan debilitar un gobierno, sino disciplinar a toda la región. Y Colombia aparece, peligrosamente, en esa proyección.

Lo más inquietante no es solo la amenaza externa, sino el aplauso interno. Sectores que se autodenominan “democráticos” celebran la posibilidad de una intervención, simplemente porque no se sienten representados por gobiernos alternativos o progresistas. Aquí se revela una profunda incomprensión —o negación— del sentido mismo de la democracia. La democracia no es un espejo de gustos personales ni un sistema que garantiza comodidad ideológica; es, ante todo, la decisión colectiva de las mayorías, incluso cuando esa decisión incomoda a las élites.

El caso colombiano es elocuente. Gustavo Petro fue elegido democráticamente, mediante elecciones libres y verificadas. Sin embargo, desde el primer día, su gobierno ha sido sistemáticamente deslegitimado por medios de comunicación, sectores empresariales y actores políticos que jamás aceptaron el resultado popular. Para ellos, la democracia solo es válida cuando ganan. Cuando pierden, hablan de caos, amenaza, autoritarismo o “castrochavismo”. Esa lógica no es democrática; es profundamente autoritaria.

En el plano internacional, la hegemonía cultural de los grandes medios cumple un rol central. Se ha difundido, casi de forma celebratoria, la idea de que Venezuela está “saliendo de una dictadura”, como si se tratara de un hecho consumado o deseable. Con frecuencia se ignora que los procesos políticos en Venezuela cuentan con apoyos y legitimidades construidas desde el interior de su propia sociedad, las cuales no pueden entenderse únicamente desde miradas externas o simplificadas. La democracia concibe dinámicas profundas, no exige unanimidad ni ausencia de conflicto; exige respeto por la voluntad popular.

Resulta doloroso observar cómo incluso sectores de la diáspora venezolana celebran estas narrativas sin detenerse a pensar que el desacuerdo individual no invalida un proceso colectivo. La migración, convertida en argumento moral, ha sido utilizada para ocultar responsabilidades estructurales: sanciones, bloqueos, asfixia económica. Al mismo tiempo, otros países festejan la “normalización” de Venezuela no por solidaridad, sino porque no quieren ver migrantes en sus calles. Se acomodan a la idea de que “todo está bien” mientras rechazan a quienes fueron expulsados por un sistema global profundamente injusto.

En Colombia, el papel de los medios de comunicación es particularmente alarmante. Lejos de actuar como una barrera preventiva frente a las amenazas de Donald Trump, han optado por amplificarlas. No hay un esfuerzo serio por defender la soberanía regional ni por generar un debate responsable. Hay, en cambio, un posicionamiento claro: acusar, desgastar y deslegitimar al gobierno de Petro. No es objetividad; es militancia mediática al servicio del poder.

Este clima no es inocente. El fascismo no irrumpe de golpe; se normaliza cuando se acepta que la intervención es una opción válida, que el voto popular es prescindible y que la soberanía puede suspenderse “por el bien mayor”. Por eso, hablar de fascismo hoy implica hablar de conciencia social. Condenar una invasión antes de que ocurra no es exageración; es responsabilidad histórica. Las invasiones no empiezan con bombas, sino con discursos que las hacen aceptables.

La pregunta sigue siendo incómoda pero necesaria: ¿qué modelo de democracia propone Estados Unidos cuando amenaza, sanciona y decide quién puede gobernar? ¿Una democracia real o una democracia tutelada, condicionada y funcional a sus intereses?

Frente a este escenario, no basta la indignación dispersa. Es momento de transformar la rabia en dignidad. Ante la amenaza, coherencia; ante la advertencia, unidad; ante el golpe, movilización. Defender la democracia hoy no es un gesto abstracto: es una toma de posición clara frente al fascismo que avanza disfrazado de salvación. América Latina ya sabe lo que cuesta el silencio. Esta vez, nombrar el peligro a tiempo es también una forma de lucha.

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