De la violencia como fin y otros males

Somos un país de extremos, siempre “o nos pasamos o nos queda faltando”, casi nunca damos la medida exacta a las cosas. Pasionales como los que más, calificamos sin miramiento alguno. El adjetivo es nuestra mayor elaboración mental.

Prejuzgamos con facilidad aberrante: “es de derecha”, “de izquierda”, “de centro”, de allá o de acá. Puede entenderse que lo hagamos al calor y agitación del día, pero, ¡vamos!, en la tranquilidad de la noche, los sensatos o quienes tengan un minuto de sosiego, debemos reconocer que esto no es una buena práctica.

Nuestros análisis parten siempre de subjetividades, de la idea antes que el fenómeno, incluyendo a los materialistas. Así, en algunos sectores de la izquierda colombiana con gran potencial revolucionario, espíritu de sacrificio y denuedo (justo es reconocerlo), el problema de la violencia se convirtió en cuestión de principio. Dejó de ser un medio para rendirle culto como fin en sí mismo. Es punto de discusión per se, no evalúan su pertinencia, sino su “urgente necesidad”. No debaten la política, sino la necesidad de ejercerla a través de la violencia.

Por ejemplo, evaluamos los acontecimientos internacionales al acomodo de nuestra posición ideológica (por no decir sectaria), sin darnos el trabajo de auscultar en el contexto, las causas y efectos. La libertad de opinión se convierte en irresponsabilidad absoluta (insoportable en redes sociales), y aquí, justo aquí, recuerdo al Libertador cuando advirtió que nos debatiríamos entre la tiranía y la anarquía, siempre en la ruina. ¡Vaya trino!

Los sucesos ocurridos en EE.UU a raíz del asesinato de George Floyd, generaron en nuestro país reacciones “solidariamente iracundas” (¿contradicción? No, así somos). Desde aquí mismo salen voces ridiculizando a quienes consideran que el ejercicio de la violencia debe evaluarse con calma y en cada circunstancia, porque, precisamente, no es un principio en sí mismo.

EE.UU es un país extenso (prácticamente un continente, 9.831.510 Km2), con cientos de millones de habitantes (327.352.000). La norteamericana es una sociedad compleja, alienada, pero, al mismo tiempo, súper explotada y maltratada, sobre todo la población negra e inmigrante. Ese país no vive una guerra interna desde el siglo XIX. La guerra civil que padeció duró alrededor de cuatro años (1861 – 1865).

Colombia tiene 1.141.748 Km2 (8.689.762 Km2 menos que EE.UU), con 49.834.000 millones de habitantes (277.518.000 menos que EE.UU). Somos un país subdesarrollado, con un conflicto interno de más de cincuenta y siete años, según cálculos conservadores, porque bien podemos decir que nunca en la historia hemos tenido un día sin guerra.

¿Será que estos datos someros no deben tenerse en cuenta a la hora de evaluar lo que allá y acá sucede?

Sería bueno averiguar si quienes protestan en EEUU han dicho que, como en Colombia nos estamos matando desde hace siglos (con incontables masacres, bombas en clubes sociales y toda clase de barbaridades que cometemos), allá también debe hacerse lo mismo. ¿O preferirán ellos analizar su realidad y actuar conforme a sus requerimientos, historia e idiosincrasia? No se deben comparar ni pretender calcar situaciones que ocurren en escenarios geográficos, políticos, sociales y económicos tan distintos.

La violencia tiene sustento en la legitimidad. La legitimidad se la dan las masas, la mayoría respaldando el uso de esa violencia. Si esta es ejercida por grupos que pretenden suplantar a esa mayoría, se tiene por resultado el rechazo de la sociedad a todo tipo de violencia, sin distinción alguna, y, por consiguiente, el alejamiento del ejercicio de la violencia por parte de la mayoría.

En Colombia tenemos experiencias en eso: la violencia practicada en niveles exorbitantes por los bandos en confrontación (aunque impuesta por la clase gobernante), trajo como resultado que la sociedad se hartara de la violencia, que la repudiara en todas las formas. Se alejó, entonces, la posibilidad de su uso legítimo por parte de la mayoría.

Ahora bien, haré la siguiente aclaración para apaciguar la descarga de calificativos despectivos que se me vendrán encima: si el Estado, a través de sus órganos represivos, es quien ejerce la violencia, es legítimo y vital responder a ella por el mismo medio. Pero, una cosa es responder a ella y otra es que premeditada y pendencieramente se ejerza.

En esto no puede haber errores. El conductor político debe medir muy atinadamente todo esto, no es cuestión de romanticismo ni blandenguería, es cuestión de pragmatismo: en política gana el que menos errores comete. Un tiro de más, un golpe de más, puede retrasar irremediablemente cualquier proyecto revolucionario o transformador. Martí enseñó que la política es arte de precaver.

Finalmente, confieso que deseo ver el día en que el ejercicio de la violencia por parte de los de abajo sea generalizado y, por ende, legítimo.  Ese día no habrá resistencia que se le oponga con suficiencia. Ese día la mayoría aprenderá por sí misma a ejercerla, con base en lo aprendido durante siglos. Ese día se abrirán las puertas de la justicia general.

Ese día llegará, sin duda. Pero, es un error pretender forzar su llegada. Los sucesos históricos tienen su curso propio, en ellos nada ocurre antes de tiempo.

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