Lo que quieren contar los grupos de poder, esa ha sido la “historia oficial[1]”

“…El historiador no debe olvidar nada, todo lo debe recoger para presentar al mundo y a la posteridad los hechos tal como han pasado, los hombres tales como han sido y el bien o el mal que hayan procurado al país”. S.E. El Libertador Simón Bolívar.

Corría el fatídico año de 1830, el más aciago para la historia de Colombia, cuando el 4 de junio fue asesinado en las montañas de Berruecos el que era considerado el oficial más fiel a la causa bolivariana, en momentos en que se dirigía al sur, a reunirse con su señora, Marquesa de Solanda, y su pequeña hija Teresita. El Mariscal, aburrido por las intrigas y conspiraciones divisionistas del partido santanderista, decidió retirarse a Quito, a la vieja casona donde había crecido su esposa Mariana. Esta casona fue restaurada por él, quien la idealizaba como el refugio familiar y protector frente a la perfidia de quienes auspiciaban la fragmentación de Colombia. Después del asesinato, la tragedia no paró, como suele suceder una vez se desata, y una vez más se ensañó contra el apellido Sucre cuando la pequeña Teresita cayó años más tarde desde uno de los balcones de la casona, mientras jugaba en brazos de su padrastro, el general Barriga, bogotano de nacimiento. El hijo de éste, Manuel Felipe Barriga Carcelén, pasó a heredar toda la fortuna de la marquesa y la familia Carcelén.

El Mariscal no pudo llegar a su destino porque tres balazos, ¡malditos balazos!, acabaron la vida del héroe con apenas treinta y cinco años de edad. Nacido en 1795, era doce años menor que el Libertador, con quien, no obstante la diferencia de edad, construyó una fuerte amistad. Sucre era el general más reconocido, admirado y querido en aquel entonces, y su fama creció con cada una de las batallas que dirigió y ganó para la causa independentista. Colombia debía ser imagen y semejanza de Sucre; si queremos saber cómo soñaba Bolívar a Colombia, es necesario conocer el carácter, semblanza y heroicidad del Gran Mariscal[2]: su nobleza de espíritu, honestidad, valentía y elevadas virtudes ciudadanas debían distinguir a los hijos de Colombia, así lo quería Bolívar.

Quizá fue el general Mariano Montilla el único que se atrevió a llevar la noticia al Libertador, quien casi como estertor lanzó una voz con la más aguda pesadumbre: ¡fue Obando, fue Obando! Las causas y pesquisas adelantadas en la época señalaron como autores materiales del crimen a Juan Gregorio Sarria y José Herazo, asesinos a sueldo de la nómina de José María Obando. La orden escrita fue llevada por Apolinar Morillo, quien se encargó de planificar la emboscada en la que participaron tres soldados más, quienes apenas alcanzaron a pasar con vida el fin de ese mismo año de 1830: esos tres infelices murieron, en “extrañas” circunstancias, meses después del asesinato del Mariscal Sucre. El señor Morillo reveló años más tarde su “secreto”: el determinador fue Obando.

Obando recibió la espada de Santander como prueba de gratitud por los servicios prestados y por ser uno de los más fieles detentadores del legado de “ese hombre de leyes”, como lo describió Bolívar para significar la falta de aptitudes del granadino en el campo militar. Santander impartió la orden del tal reconocimiento como última voluntad en su testamento. Obando recibía así beneplácito para ser Presidente de la República. Su compadre, José Hilario López, quien igualmente asechó al Mariscal Sucre con la intención de “hacer con él lo que en Bogotá no hicieron con Bolívar”, también llegó a ser Presidente del país. Cabe recordar, de paso, que Obando fue derrocado por el general José María Melo, quien encabezó una fugaz insurrección de artesanos a favor del proteccionismo, en contra del librecambismo (precursor del neoliberalismo) que encarnaba Obando, López y compañía.

Pues, resulta que hoy día Obando es el egregio apellido que llevan calles, plazas y parques en el país. Hoy día Obando es un prohombre y significa un prócer en nuestra historia. Recibe los más encumbrados calificativos y se enseña como defensor acérrimo de la libertad y la democracia. Así como él, muchos otros personajes de ayer y de hoy son puestos como adalides de la causa noble de los desamparados y la democracia, mientras otros, que realmente se entregaron completos a las causas altruistas de los pobres y excluidos, son borrados de la historia (entiéndase historia oficial) y desterrados de las plazas, de las calles y de la memoria del pueblo que ignora su verdadera procedencia y desconoce a los verdaderos defensores de sus intereses.

La historia puesta al servicio de lo que quieren contar los grupos de poder; la historia como elemento de dominación y tergiversación. La historia empleada para sustraer de nuestra memoria colectiva episodios enteros que configuran nuestro ser y determinan el presente. ¡Si me lo contaran, no lo creyera!: en este país las castas que vencieron al proyecto bolivariano, las mismas que aun hoy siguen dominando, emplean la historia oficial (apoyadas también en un inmenso aparato de propaganda) para borrar episodios enteros, hechos relevantes, escenarios gigantescos y hasta movilizaciones de millones de personas.Como siempre, este cuatro de junio pasa desapercibido: no hay homenajes, no hay actos cívicos en las escuelas, no sonaron salvas por quien selló en Ayacucho, con la más bella victoria, la libertad de un continente. La historia oficial dejó al Mariscal escondido en las páginas ilegibles del olvido atroz y su crimen en la impunidad. Muy pocos mencionan su nombre y menos aún reflexionan acerca de nuestra verdadera identidad, sobre nuestros verdaderos paradigmas.

Es menester descubrir los rostros del crimen, de la perfidia y de los homicidas, de ayer y de hoy, del proyecto llamado Colombia. Las trasgresiones de lesa patria deben conocerse en persona, es apenas necesario para redescubrirnos y reencontrarnos. ¡Tantas verdades que desentrañar, tantos nombres que lavar y tantas calles que rebautizar! Hace falta descubrir la verdadera historia del país, para encontrar los responsables de nuestra debacle como nación y enrumbarnos hacia un horizonte de grandeza, como debe ser el que depare la posteridad a la porción más hermosa del orbe.

[1] Este documento es un fragmento del original, elaborado por Edwin García Maldonado.

[2] “A todo añadiré que el Gran Mariscal de Ayacucho es valiente entre los valientes, leal entre los leales, amigo de las leyes y no del despotismo, partidario del orden, enemigo de la anarquía y, finalmente, un verdadero liberal”. (Bolívar describiendo a Sucre). Diario de Bucaramanga. Luis Perú de Lacroix.

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