Decrecimiento para vivir sabroso

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Recuerdo que mientras cursaba mi carrera de economía, en la clase de cierre de semestre de una de las macros, el profesor Juan Neira nos habló del decrecimiento. Lo hizo después de explicar todo el modelo de demanda agregada y resaltar la importancia del crecimiento económico para activar el empleo y reducir la pobreza. Para comprender mejor este modelo se debe tener en cuenta que la economía tiene grosso modo dos preguntas importantes: la primera, cómo se produce y la segunda, cómo se distribuye.

Bajo esta lógica se ha pensado la economía teniendo como base la generación incesante de valor agregado el cual es medido por el índice del Producto Interno Bruto (PIB) y cuyo crecimiento es el que nos ocupa.

En el sistema capitalista, la producción está orientada por la iniciativa de la empresa privada y el sistema de mercado se ha mostrado como el mecanismo más eficiente para abastecer la amplia demanda de mercancías que a diario consumimos de manera casi enfermiza; básicamente, quien tenga dinero en sus manos puede acceder a la compra de cualquier bien o servicio que elija “libremente”. La segunda pregunta, está orientada a la distribución y, por tanto, es una discusión política que nos recuerda los amplios debates entorno al manejo de la política fiscal y tributaria, es decir, la forma de decidir quiénes pagan impuestos y cómo se distribuyen los recursos públicos a partir de la inversión estatal y la política social.

Bajo esta lógica se ha pensado la economía teniendo como base la generación incesante de valor agregado el cual es medido por el índice del Producto Interno Bruto (PIB) y cuyo crecimiento es el que nos ocupa. De hecho, hasta este momento ningún país ha salido de esta lógica; China y Rusia, por ejemplo, mantienen la preocupación por sus altas tasas de crecimiento que garantizan la competencia frente a las otras potencias económicas; es decir, no cuestionan las formas de producción y reproducción del capital, sino las formas de distribución de la riqueza generada.

Aunque en la teoría económica reciente se plantea, por economistas como Jeffrey Sachs, el modelo de desarrollo humano y sostenible, marco teórico de los ODS, éste es apenas un “pañito de agua tibia” frente al riesgo estructural que enfrentamos.   

Esta lógica del crecimiento por el crecimiento que, parafraseando a Edward Abbey, se asemeja a la ideología de la célula cancerígena, ha dejado en la sociedad contemporánea dos problemas graves: el primero obedece al cambio climático irreversible que en tan solo una semana de verano en España dejó la muerte de 510 personas por oleadas de calor y que hoy tiene a 33 millones de personas inundadas en Pakistán,  convirtiéndose, además, en una amenaza inminente a la soberanía alimentaria del mundo. Aunque en la teoría económica reciente se plantea, por economistas como Jeffrey Sachs, el modelo de desarrollo humano y sostenible, marco teórico de los ODS, éste es apenas un “pañito de agua tibia” frente al riesgo estructural que enfrentamos.   

El segundo problema, son las altas tasas de desigualdad económica, fenómeno ampliamente estudiado por Thomas Piketty, y que, según Joseph Stiglitz, durante la recuperación económica de Estados Unidos del 2009 al 2012, el 90% del aumento de la riqueza se quedó en las manos del 1% de la población más rica. Esta situación se profundizó con la pandemia, arrojando las siguientes cifras: “el 10% de la población más rica concentra ya el 52% de las rentas y el 76% de la riqueza del planeta, mientras que el 50% más pobre solo capta el 8% de los ingresos y el 2% del patrimonio.”

en redes circulaba un mensaje del marxista Frederic Jameson que decía “es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”

Con todo esto, cabe preguntarnos: ¿Qué pasa si se detiene ese flujo de generación de valor? Es decir, ¿Qué pasa si abandonamos la lógica del crecimiento por el crecimiento? Durante la pandemia, la economía tuvo un pequeño freno y en redes circulaba un mensaje del marxista Frederic Jameson que decía “es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”. Quizá esta es la razón por la cual la frase mencionada ayer por la ministra de Minas y Energía, Irene Vélez, sea tan controversial al punto que al mismo presidente Gustavo Petro tuvo que salir a hablar sobre el Decrecimiento. Incluso, en una entrevista realizada en la mañana del 2 de septiembre, en la W Radio, a una profesora de la Universidad de Los Andes, se evidencia la confusión que acompaña la polémica entre crecer de manera desacelerada, alcanzar un “estado estacionario” y el decrecimiento como paradigma.

Pero ¿Qué es exactamente lo que propone el decrecimiento? Primero hay que decir que es una teoría que se ha desarrollado desde la década de 1.970 y que tiene como al gran expositor a Serge Latouche, quien propone ocho cambios:

“Revaluar los valores en la sociedad, Reconceptualizar conceptos como pobreza y riqueza o escasez y abundancia, Reestructurar el aparato de producción y las relaciones sociales en función del cambio de valores, Redistribuir las riquezas y el acceso al patrimonio natural entre Norte y Sur y dentro de casa sociedad, Relocalizar la producción de bienes esenciales, Reducir producción y consumo para disminuir su impacto en la biosfera, Reutilizar y Reciclar, reduciendo el despilfarro y combatiendo la obsolescencia programada”.

Además de estos postulados, el profesor Carlos Taibo, propone la desjerarquización, la desurbanización, la destecnologización, la despatriarcalización, la descolonización, la descomplejización y la desmercantilización de mentes y sociedades, elementos que claramente no se pueden transformar bajo un decreto presidencial o a través de políticas públicas, por muy estructuradas que parezcan. En este sentido, la propuesta no es meramente económica, la trasciende al buscar cambios estructurales a nivel social y político, cambios en los valores sociales para que podamos reevaluar la forma de interactuar en una sociedad con mercado y no de mercado, lo cual abre campo a nuevas formas de pensar el comercio justo; el consumo responsable; la producción agroecológica; la economía del cuidado; y en general, si se quisiera englobar en una categoría: la economía solidaria, social, y popular.

Que no solo generen los medios de vida suficientes para los habitantes de los territorios más empobrecidos sino las acciones para la necesaria adaptación al cambio climático. Es decir, una verdadera apuesta para vivir sabroso.

Dicho lo anterior, no es extraño que sea la ministra más cercana a nuestra vicepresidenta Francia Márquez quien ponga sobre la mesa esta afortunada discusión. La economía solidaria y las formas de interactuar alrededor de ella vuelven los ojos al desarrollo local desde los saberes ancestrales, desde las cosmogonías ligadas al disfrute del territorio y desde las formas de vida más tranquilas, que desde la recomposición del tejido social fragmentado por el conflicto armado, promuevan redes de comercio justo, consumo responsable y producción agroecológica. Que no solo generen los medios de vida suficientes para los habitantes de los territorios más empobrecidos sino las acciones para la necesaria adaptación al cambio climático. Es decir, una verdadera apuesta para vivir sabroso.

Una vez más, celebro que la ministra ponga sobre la mesa esta discusión que, además, servirá de insumo para la última clase a mis estudiantes de economía de este semestre. Sean bienvenidas siempre todas las discusiones.

2 Comentarios

  1. En un mundo poco leído, la palabra Decrecimiento causa terror esquizofrénico. Por ello, el mismo S. Latouche recomendó hablar de Acrecimento, es decir, abandonar la loca carrera tras el crecimiento económico, que actúa como señuelo para llevarnos al abismo del colapso ecológico y social.
    Muy acertado artículo, y ojalá, sirva para que todos nos interesemos por este tema clave, y empecemos su construcción práctica.

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