Hace un mes: 10 ideas para explicar por qué del 21N al 21D hay mucho más que un mes de distancia

Decir que lo que estamos viviendo desde el 21-N es un estallido social sin precedentes en el devenir del país suena a lugar común y lo es en efecto, si se tratara de enunciar la situación  y no de explicarla podría bastar con esa afirmación gastada, pero como bien nos enseñó el personaje del veterano profesor Fernando Robles[1], los lugares comunes —llenos de verdades como suelen estar— solo son útiles si nos obligan a pensar y hacernos las preguntas importantes y fundamentales, en este caso: ¿Qué hace de este un proceso de movilización tan singular? Me aventuro en este texto a sugerir algunas ideas que espero puedan ayudar en la resolución de esta cuestión y con ello, aportar en el entendimiento del nuevo piso de realidad que el paro nacional nos está dejando.

Soy un convencido que sin entender cabalmente este sustrato social, cultural y político emergente la intervención en la realidad para quienes aspiramos a ayudar a cambiar las cosas se hará sencillamente ineficaz.

Colombia ha sido un país altamente conflictivo desde el punto de vista social, en el que no han faltado huelgas, paros, movilizaciones, protestas, bloqueos, tomas de tierras, marchas, plantones… Todas ellas expresiones de inconformidad y resistencia valiosas e importantes pero que han sido casi siempre procesos protagonizados por sectores sociales o territorios localizados que no han logrado por diferentes razones concitar el apoyo activo de la mayoría social; esta historia la hemos visto una y otra vez: paran los indígenas, paran los estudiantes, paran los campesinos, paran los trabajadores, paran los profesores, paran los habitantes de Chocó y Buenaventura, paran los transportadores, pero todos paran por separado. Esta condición de atomización crónica de los reclamos y las disputas es justamente una de las cosas fundamentales que ha empezado a cambiar tras el 21-N, no solo porque muchas de las demandas y banderas históricamente disgregadas del movimiento social y popular han empezado a articularse para impugnar de conjunto al mal gobierno, sino porque se ha favorecido la incorporación a la lucha por un nuevo país de miles de nuevas personas que antes permanecían como espectadoras pasivas de la realidad nacional, excluidas de la mayoría de formas de participación política, lo cual hace del movimiento del paro nacional un sancocho, pero un sancocho muy valioso en la medida que avanza en constituir al pueblo como un actor colectivo de cambio que defiende una idea por ahora es informe pero esperanzadora en el mediano y largo plazo: no podemos seguir viviendo como hasta ahora y un nuevo país es necesario.

La llegada de las fiestas de diciembre nos ha puesto frente a una realidad inobjetable, hay menos gente en las plazas y calles movilizada, pero esta disminución cuantitativa –normal si tenemos en cuenta las arraigadas costumbres de nuestro pueblo y el circuito vital de la gente bajo el neoliberalismo que consiste en matarse trabajando todo el año para disfrutar unos pocos días de felicidad en diciembre— no refleja como sostienen los aúlicos del gobierno el apaciguamiento de la indignación que de hecho se sigue expresando en lugares y formas diversas: partidos de fútbol graduaciones, novenas, conciertos, redes, encuestas, etc. Todos estos escenarios se han ido tornando en altavoces a través de los que la ciudadanía manifiesta sus dolores y rabias pero también sus anhelos y sueños de cambio.

Es cierto que lo que hemos llamado paro nacional por ahora no ha logrado sostener la alteración de la producción y circulación de riquezas —salvo por las jornadas del 21-N y en menor medida del 27-N y el 4-D— y que Bogotá ha sido el epicentro de la rebeldía popular mientras en las regiones la movilización ha tenido comportamientos variopintos. No obstante, hay varias cosas para considerar aquí:

  • Primero la extrema dificultad que supone paralizar la producción en un país en el que la fuerza laboral está concentrada o en circuitos de economía informal y de subsistencia en las que no trabajar es equivalente a no comer, o en trabajos precarizados en extremo, en los que no hay sindicatos, ni contrato, ni garantías de estabilidad de ningún tipo, de manera que si la gente no se presenta todos los días a trabajar le despiden y punto, el modelo neoliberal no solo ha depauperado las condiciones materiales y de vida de las personas, sino que ha limitado al extremo las posibilidades y condiciones para que las personas puedan luchar por cambiar las cosas.

 

  • Segundo, los sectores cuyos repertorios de acción colectiva y protesta implican el bloqueo de vías nacionales y paralizar el flujo de producción y transporte de mercancías y riquezas no han entrado aún de lleno a la movilización: indígenas, campesinos, mineros tradicionales, transportadores y trabajadores precarizados. Aun con todo lo dicho, no se puede perder de vista lo fundamental: que una amplia mayoría antes indiferente respecto a lo que pasaba en el país y prisionera del hechizo autoritario durante años, se ha atrevido a desafiar la normalidad en las horas, modalidades y condiciones en que puede hacerlo, no es correcto despreciar como tibios o poco contundentes gestos como los que hemos visto en los últimos días: vecinas resistiendo a la policía para evitar retenciones, ciudadanos siguiendo bajo su propio riesgo carros sin identificación de la policía en que se llevan manifestantes, gente saliendo de largas y extenuantes jornadas de trabajo a movilizarse, artistas donando su trabajo al paro, señoras sacando las cacerolas en sus edificios así eso les cueste enfrentarse a sus vecinos… Todos ellos demostrativos que hay una ciudadanía que está abriendo los ojos y aprendiendo a luchar tras 40 años en los que nada ni parecido a lo que estamos viviendo había ocurrido.

Ha empezado a crecer una corriente de opinión que sin mirar mucho nuestra realidad concreta y apoyándose en comparaciones superficiales con las protestas de Chile, Ecuador, Hong Kong y Paris —todas ellas producto de unas dinámicas globales comunes pero ancladas a contextos socio—históricos muy específicos— e impotente frente a la indiferencia del gobierno de Duque, que lejos de escuchar las demandas de la calle ha avanzado en su agenda de reformas contra la gente, señala que este mes de paro no ha servido para nada, evaluar de esa manera el movimiento de indignación que empezó el 21-N constituye en mi opinión un profundo error, porque muchos de estos juicios son ahistóricos en el sentido que no consideran las muchas situaciones complejas y particulares que nuestro pueblo ha tenido que enfrentar y superar para atreverse a salir a las calles otra vez [2].

Si bien los triunfos de la movilización por ahora son de naturaleza política, no es menos cierto que antes de ganar la partida en la realidad es fundamental vencer en el terreno simbólico y cultural, dicho de otra manera antes de triunfar un proceso de transformación han debido transformarse primero las mentes y corazones de las personas que lo materializan, este proceso de metamorfosis es el que estamos viviendo, puede que no sea tan fácil de ver ni entender ahora, pero Colombia no es ni será la misma después de este mes.

Algunos de los rasgos y tendencias más interesantes que nos ha dejado este mes de movilización y que a mi juicio, deben hacer parte de los balances y proyecciones que colectivamente hagamos de lo ocurrido son:

  1. Las mujeres y los jóvenes de las ciudades son los sujetos de la movilización: ellas y ellos constituyen el baluarte fundamental del paro nacional, es allí donde con más intensidad se sienten las pulsiones del cambio, y quienes más energía social han aportado en las jornadas de protesta. Jóvenes y mujeres se movilizan desde lógicas de transversalidad e interseccionalidad en las que se conjugan múltiples experiencias, reclamos, lenguajes, identidades y símbolos que otorgan gran riqueza, diversidad y potencia a la movilización.

Las barriadas en que viven los sectores populares, que son quienes sienten con más rigor los efectos de las políticas del mal gobierno siguen siendo espacios por regla general indiferentes a las dinámicas de movilización y en los que necesitamos cavar trincheras profundas a fin de atraerlos a la orilla del cambio; sin ganar esas personas a la lucha será imposible acumular una mayoría decisiva que empuje un nuevo bloque histórico de protagonismo plebeyo, puesto que es en esos sectores de la población donde se han afincado los núcleos duros del uribismo en términos culturales, sociales y electorales.

 

  1. La empatía contra el individualismo neoliberal: tras décadas en que las subjetividades de las mayorías fueran colonizadas por el credo yoista, individualista y de autosuperación del neoliberalismo, ha resurgido la necesidad colectiva de ponerse en el lugar del otro, particularmente cuando ese otro sufre y es oprimido, no en vano uno de los leit motiv predominantes en las pancartas, carteles y piezas comunicativas en relación con el paro ha sido el de la empatía que ha llegado para impugnar a la manera de ser y sentir neoliberal hegemónica que siempre ha negado radicalmente la preocupación por intereses distintos a los propios.

 

  1. La gente sí tiene patria. Los símbolos nacionales en el proceso de movilización: Las izquierdas renunciamos por entero a reivindicar la patria y los símbolos nacionales hace muchos años, pero las recientes jornadas de movilización han puesto en evidencia nuestra equivocación a ese respecto, porque la gente sí tiene patria, porque los símbolos nacionales que la derecha ha intentado apropiar como exclusivamente suyos pertenecen en realidad a una comunidad social muy amplia y porque la bandera, la camiseta de la selección y el himno nacional no son automáticamente sinónimos de un proyecto de dominación, son más bien significantes flotantes cuyo contenido, siempre contingente, si bien puede ser útil para las derechas y su proyecto social y económico de perpetuación de los privilegios para quienes siempre han tenido todo, pueden ser también un eje de estructuración identitaria de un proyecto de cambio que ponga en la mesa la idea que la patria es defender la gente más sencilla, no solo llevar pulseras e izar banderas mientras se tienen cuentas en Suiza y Panamá como hacen los privilegiados en nuestro país.

 

  1. El papel del vecindario: sin duda las movilizaciones de Ecuador, Chile y en menor medida de Haití jugaron un papel de chispa detonante del sentimiento de rebeldía del pueblo colombiano, la crisis del modelo económico y social neoliberal que provocó estallidos sociales de intensidades y características diferenciadas en otros países de la región latinoamericana sirvió para construir la idea de la rebelión contra el mal gobierno como un asunto del sentido común para los pueblos, la situación conflictiva del continente ofreció referentes, palabras comunes, símbolos y ejemplos a un país en el que se ha incubado ya desde hace un tiempo un claro sentimiento de descontento en relación con el estado de cosas pero al que no le ha sido fácil encontrar las formas de vehicularlo. Ver por televisión el desmoronamiento del “milagro chileno” y la fuerza del movimiento indígena en Ecuador derrotando el paquetazo de Moreno sin duda perfiló una imagen y un sentimiento de rebeldía continental común, que fue un enorme estímulo al proceso de movilización en nuestro país, si una cosa queda clara con esta situación es la necesidad imperiosa de buscar mecanismos más efectivos de coordinación y hermanamiento de las disputas entre los pueblos de América Latina.

 

  1. El paro-carnaval y la cristalización de nuevos repertorios de la acción colectiva urbana: la incorporación de una serie de agentes urbanos con escasa experiencia previa en la movilización, generó un proceso desbordado de inventiva popular en el que se fundieron las maneras clásicas de hacer y expresar la política reivindicativa y nuevos códigos y formas  generando una síntesis que logró entremezclar las ya conocidas marchas, mítines y plantones con los conciertos, las verbenas callejeras, las clases al aire libre, las tardes de poesía, las batucadas, las natilladas, las novenas populares… Claro que muchas veces antes la acción colectiva popular ha estado mediada por formas carnavalescas, pero en este caso el paro completo ha sido un carnaval, lo que imprimió a esta movilización en particular el ambiente de una fiesta multicolor y sonora, una gran parranda de la gente contra el mal gobierno que hizo de pegarle a la cacerola un verbo: “cacerolear” y que hizo tantas versiones como pudo de una canción que cantaba la resistencia partisana contra el fascismo durante la segunda guerra mundial no por una sentimentalidad antifascista a priori, sino porque la escuchó cantada por un grupo de ladrones en una serie de televisión.

 

  1. La resistencia a la violencia y la Primera Línea: sobre todo en las movilizaciones masivas, la tensión entre la gente que pedía no emplear formas de manifestación violenta y quienes las defendían fue notoria, esta contradicción se produce en un marco en el cual un amplio sector de la sociedad colombiana se manifiesta contraria y harta respecto a cualquier forma de violencia tras 50 años de guerra interna que dejó desastrosas consecuencias para la gente y una consciencia colectiva en muchos sentidos conservadora, con lo cual defender la violencia como justa es mucho más difícil. En esto no hay que confundir los medios con los fines, la violencia revolucionaria solo es tal, cuando la mayoría social la entiende y la acompaña de lo contrario es el aventurerismo heroico de un grupillo de genios que cree entender mejor que los demás la realidad y que intenta imponer su punto de vista a toda costa.

La Primera Línea tomada del pueblo chileno, expresa la justa idea de la autoprotección popular frente a la brutal represión policial, pero esta se sitúa lejos de las clásicas nociones del tropel universitario, la Primera Línea está concebida para cuidar la movilización, favorecer el repliegue y defender a la gente teniendo siempre como fundamento la aceptación y legitimidad que deriva del entendimiento y apoyo de la gente respecto a su necesidad y justeza.

 

  1. Asambleísmo popular como una nueva forma de organizar y gestionar el descontento colectivo: aunque germinales todavía, hay que advertir con mucho optimismo el desenvolvimiento de las asambleas populares sectoriales, barriales y generales como escenarios y procesos políticos en los que las gentes directamente auto-organizan y auto-dirigen los procesos de movilización y lucha en los que se involucran, si bien su uso durante el paro ha sido hasta ahora reducido y limitado, puede decirse que las asambleas populares aportan un ingrediente de democracia y participación protagónica desde abajo que interpelan no solamente las formas de democracia ritualizada que defiende y agencia la elite, sino las propias maneras en que entendemos en los sectores alternativos la participación y la construcción con las y los diferentes.

 

La proyección de liderazgos populares, la construcción de una institucionalidad popular en tanto espacios de politización y de inteligencias colectivas masivas con vocación de permanencia y poder que se incorpore como elemento integrante de la cultura política de los subalternos, es sin duda, una proyección que debemos apuntar a sostener en el tiempo frente a este punto.

 

  1. La desconfianza en las estructuras políticas y gremiales, la tensión generacional y la crisis de representación: el proceso de paro nacional puso también en evidencia, que si bien el pueblo esta dispuesto a movilizarse por las causas que considera justas, lo hace desconfiando de las estructuras gremiales clásicas, sobre todo de las organizaciones sindicales a las que considera un espacio de minorías privilegiadas y a las organizaciones y partidos políticos a las que juzga como portadoras de intereses instrumentales ajenos y que en todo caso desvirtúan la movilización; esta tensión entre ciudadanía organizada y no organizada que ya había aflorado en el paro estudiantil nacional del año pasado, contiene en este caso concreto  un claro matiz generacional que enfrenta a los y las luchadoras más veteranas y a las nuevas generaciones que se están incorporando a la lucha y que no quieren ser representadas por nadie en lo que podría ser una concreción a la colombiana de los movimientos de código abierto de Hong Kong y París, hay dos versiones extremadas en estas perspectivas enfrentadas de las que hay que cuidarse: el síndrome de adán, propio de las nuevas generaciones que se fundamenta en el desprecio de las experiencias y los acumulados precedentes y la terquedad de las y los luchadores experimentados que consideran que sus experiencias y vivencias son a pruebas de toda crítica y autocrítica. En este aspecto, es necesario ensayar fórmulas que no antagonicen artificialmente la tensión entre lo nuevo y lo viejo y que ayuden a tejer puentes entre las nuevas expectativas y experiencias y los horizontes de movilización y resistencia de quienes han enfrentado al régimen en los tiempos de reflujo.

 

  1. La recomposición relativa del bloque dominante: el libreto de los de arriba para hacer frente a la movilización popular ha alternado entre varios caminos, por un lado, desprestigiar mediáticamente a las y los convocantes intentando ligarles con agentes externos desestabilizadores como Venezuela, el foro de Sao Paulo y Rusia, aumentar los niveles de represión pura y dura que el pueblo paga con su vida, integridad y libertad, convocar falsas conversaciones con quienes no están movilizados para dilatar y escamotear los debates que las ciudadanías plantean en las calles, y más recientemente el intento de reconfigurar el bloque de poder sumando fuerzas parlamentarias y políticas, otrora distantes, con el fin de empujar la agenda de medidas antipopulares que originó la movilización y con ello  remozar la gobernabilidad del régimen, los acuerdos entre el Centro Democrático, Cambio Radical, la mayoría del partido de La U y algunos liberales, que otorgan a Duque una nueva condición en términos de su capacidad de maniobra en el legislativo, pero el acuerdo logrado es frágil, si bien puede servir hasta un punto a la clase política para salir de las afujías presentes, no deja de representar a los ojos de un sector cada vez más amplio de la población  un proyecto de pasado que ya no se identifica con los sentires y necesidades de las mayorías del país, es decir se trata de una victoria táctica en medio de una derrota estratégica que por supuesto no es irreversible.

 

  1. La situación populista en un país que cambió los medios, los referentes y la articulación que se necesitan para transitar el camino del cambio: en Colombia el auge de la lucha de los últimos días con sus subidas y bajadas ha mostrado un país que cambió, pero como siempre, no irreversiblemente, ante esta comprobación una pregunta necesaria es ¿cómo sostener el ánimo de transformación que se ha expresado en las calles? ¿Quién y cómo puede interpretar el descontento presente para situarlo en una perspectiva de cambio cuyo contenido sigue en lo esencial en disputa? Sin pretender poseer las respuestas decisivas, hay tres ideas que quisiera aportar a este respecto:

La primera es que en la actualidad son el partido Alianza Verde y todos los independientes – es decir la versión más descafeinada ideológica y políticamente del campo alternativo—  quienes han ido posicionándose favorablemente en el tablero mediático y político nacional para capitalizar el descontento, la posibilidad de evitar el afianzamiento de esta opción de cambio gatopardiano depende en buena medida de la capacidad de los sectores y corrientes más decididamente transformadoras por darle un giro a sus maneras de hacer y expresar la política, incluida la electoral.

Segundo sin intervenir decididamente en los medios hegemónicos de producción ideológica y cultural[3], sin emprender una batalla más y mejor planificada por la producción de sentido común, sin posicionar referentes capaces de conmover, representar y enorgullecer a las mayorías movilizadas será muy difícil convertir el actual proceso de movilización en proyecto político de cambio para la larga duración.

Tercero, en Colombia está en pleno desarrollo una situación populista, es decir un espacio y un tiempo limitado en el que el tablero político se ha movido, en el que muchos de los consensos políticos sobre los que se asientan los relatos dominantes pueden ser impugnados y en el que se puede abrir paso la constitución de una nueva voluntad colectiva que aprovechando la falta de capacidad de respuesta y auto reforma del bloque dominante, sea capaz de jalonar un proceso en sentido de cambio que ayude a mejorar la vida de la gente y a conquistar en el mediano plazo fortines que permitan avanzar en el logro de transformaciones progresivamente más profundas, el éxito de este proceso es una ruta por descubrir, en el que la experimentación, la mente abierta, la audacia, la reflexión crítica sobre lo que hemos hecho, intentado y pensado constituyen aspectos esenciales.

Hay dos razones para el optimismo de la voluntad en estos días: primero el régimen y el bloque dominante están en crisis, segundo los y las de abajo abandonan progresivamente la pasividad y abrazan nuevas concepciones, ideas, símbolos y sentires, en este interregno la osadía y el atrevimiento para ensayar rutas heterodoxas es condición necesaria para que la movilización iniciada el 21-N y este mes que ha resumido años de resistencias no se quede en nuestro ya amplio anaquel de las posibilidades frustradas. Es fundamental atreverse a ganar aquí y ahora.

[1] Que aparece en la película Argentina Lugares Comunes puesta en circulación en 2002.

[2] Por ejemplo, una situación de guerra de más de cinco décadas cuya preponderancia mediática copo la consciencia de las mayorías y las situó al lado de los proyectos de la derecha, uno de los efectos más importantes de este estado de guerra fue el desestructuramiento del tejido social y popular sobre el cual reposaban los procesos de reclamación colectiva. La guerra sigue en muchos territorios es verdad, pero funciona menos ahora como dispositivo de legitimación de los proyectos e ideas de los que mandan la indignación por los crímenes en Caquetá y por el hallazgo de las fosas comunes en Dabeiba así lo comprueban.

[3] Aquí hay que registrar un muy importante avance, en términos de la generación y difusión de contenido contra hegemónico que ha servido para burlarse y denunciar las actuaciones y argumentarios de las elites y para restar fuerza a los conglomerados empresariales mediáticos que integran el bloque de poder y han construido relatos e interpretaciones de la realidad favorables a la perpetuación del estado de cosas, la debacle de RCN y la imposición de agendas que fluyen de las redes a los medios tradicionales muestran este como un importante terreno de batalla.

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