Informe especial. Socialismo y democracia en el ELN

El propósito de este texto es explicar cuáles han sido las dimensiones sistémicas y antisistémicas de las categorías socialismo y democracia en el ELN con base en un análisis político del discurso de documentos de sus congresos III —de 1996—, IV —de 2006— y V —de 2015—. Los sentidos antisistémicos de determinados conceptos políticos del ELN no son esenciales o universales, sino que han sufrido tensiones, contradicciones o transformaciones dependiendo del devenir de determinados procesos políticos. Los discursos antisistémicos constituyen, pues, un campo de torsión y disputa.

Arrojar luces sobre la trayectoria histórica de ideologías de actores armados como el ELN puede constituir uno de los pasos para legitimar la necesidad de una agenda de negociación con el Estado.

Si sólo quieres leer una síntesis del artículo, puedes pasar a la tercera y cuarta parte.

  1. Caracterización de la aparición histórica del ELN

La emergencia del Ejército de Liberación Nacional —ELN— entre 1964 y 1965 se circunscribe en un conjunto de circunstancias sociopolíticas nacionales e internacionales que explican cómo para ciertas organizaciones la lucha armada guerrillera se constituyó en el principal mecanismo de lucha y resistencia política. El influjo de la Revolución cubana, los efectos del proceso de La Violencia liberal-conservadora, la conformación y experiencia previa de las guerrillas liberales, la dictadura de Rojas Pinilla y, finalmente, el inicio del Frente Nacional, es el contexto en el cual se enmarca la aparición de un periodo de violencia revolucionaria y la fundación de las guerrillas de primera generación: FARC y ELN, en contraposición a las de segunda generación: M-19 o Quintín Lame (Pizarro, como se cita en Medina, 2009, p. 25).

Aunque habitualmente se entiende que La Violencia comenzó a partir del estallido social y político desatado luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en abril de 1948, para Medina, este periodo «se extiende desde 1946 hasta el primer gobierno del Frente Nacional» (2009, p. 50). Esto es comprensible si se tiene en cuenta el recrudecimiento de la violencia política que sufrió el gaitanismo y en general la oposición liberal durante el gobierno de Mariano Ospina Pérez (Otálora, 1989).

Luego del Bogotazo, la instauración y represión a las juntas gaitanistas proclamadas en distintas partes del territorio nacional y la posterior represión, persecución y aniquilamiento contra tales juntas y la oposición (Alape, 1989) llevaron a la creación de guerrillas liberales para hacer frente a la ola de violencia estatal y paraestatal en ascenso, pues «los brazos armados militares y paramilitares del Estado buscaban con operaciones de exterminio a las disidencias homogeneizar políticamente a las comunidades del país» (Medina, 2009, p. 31). De ese modo, la ola de violencia partidista desatada tras estos procesos sociales hizo que ciertos sectores populares recurrieran a la resistencia armada guerrillera apoyada por el Partido Liberal.

Sin embargo, hubo una serie de circunstancias que llevaron a las guerrillas liberales a autonomizarse de la línea política del partido y avanzar en la construcción de proyectos más radicales, particularmente en las guerrillas del Llano:

A diferencia de las guerrillas del sur del Tolima dispersas, atomizadas en permanente confrontación, las guerrillas del Llano crecían numéricamente y se cualificaban políticamente hasta alcanzar niveles de autonomía que las llevó a confrontar la dirección del partido liberal y a tomar la iniciativa en la gestación de un proceso que habría de constituirse en un fenómeno claramente revolucionario (Medina, 2009, p. 34).

Así las cosas, las organizaciones guerrilleras del Llano fueron las que más avanzaron en la constitución de autonomía respecto a la dirección liberal y comenzaron a desarrollar proyectos con dimensiones antisistémicas bajo el influjo del marxismo.

Pero la situación de violencia contra pequeños y medianos campesinos y el temor de sectores liberales y conservadores por el eventual triunfo de un proceso antisistémico llevaron a que éstos apoyasen en 1953 un golpe de Estado dado por Rojas Pinilla para «pacificar» la situación de violencia del país:

En síntesis con el ascenso de Rojas al poder se trataba de ponerle freno a un proceso en el que se había ido gestando una nueva Nación, un nuevo país y un nuevo Estado distinto al que los intereses de las clases dominantes encontraban como legítimo (Medina, 2009, p. 38).

La llegada de la dictadura de Rojas Pinilla al ejercicio del poder estatal, apoyada por élites liberales y conservadoras, tenía, pues, un marcado carácter contrarrevolucionario y sistémico, más allá de que en junio de 1956 intentara construir otra fuerza social alternativa para legitimar una tercería contra el bipartidismo mediante la fundación del Movimiento de Acción Nacional —man— (Tirado, 1989).

Rojas Pinilla implementó una serie de políticas menos coercitivas para desarmar la actividad de las guerrillas: primero, ofreció una amnistía general e incondicional, con promesas de garantías para quienes depusieran las armas; segundo, ordenó la suspensión de las operaciones militares en las zonas de actividad guerrillera y, tercero, dio reconocimiento político a la insurgencia, lo que los habilitaba para «negociar con el gobierno» (Medina, 2009, p. 37). Las guerrillas que quedaron activas fueron las del sur del Tolima y el Sumapaz, territorios con mayor «influencia comunista».

Medidas de mayor impostación a «dividendos, acciones y bonos» a gremios económicos, la persecución a la prensa liberal, la matanza de estudiantes y el intento de arresto de Guillermo León Valencia, quien en 1957 se presentaba como candidato presidencial, detonaron un creciente malestar social contra Rojas Pinilla, y liberales, conservadores y gremios económicos dirigieron el proceso de huelga general que llevó a la dimisión del dictador en mayo de 1957 (Tirado, 1989, pp. 121-125) y, a la postre, al establecimiento del Frente Nacional, pactado en Sitges, España, por el líder liberal Alberto Lleras Camargo y el líder conservador Laureano Gómez, refrendado luego por vía plebiscitaria.

El trabajo de Sánchez y Meertens interpretan el fenómeno del bandolerismo como expresión de resistencia campesina ante la violencia estatal (como se cita en Medina, 2009, p. 41). Pero un tipo particular de bandolerismo sembró la semilla para la conformación de las guerrillas de primera generación, bandolerismo que se desarrolló como un tipo de violencia antisistémica apoyada por antiguos guerrilleros liberales inconformes con la pacificación de la dictadura. En él los campesinos «se inclinan por desarrollar la lucha revolucionaria y dan origen a la nueva guerrilla [del ELN], muchos de ellos viejos guerrilleros liberales que se transformaron políticamente en los procesos de pacificación» (2009, p. 41). En la práctica, el cierre del sistema político del reparto bipartidista del poder estatal consolidado institucionalmente con el Frente Nacional «inauguraba una nueva fase de la violencia en el país: la violencia social y revolucionaria» (p. 42). Ante la exclusión política, el ELN obtuvo apoyo de sectores campesinos, del MOEC —Movimiento Obrero Estudiantil y Campesino— y del MRL —Movimiento Revolucionario Liberal—.

En el plano internacional, la comprensión de las enseñanzas de la Revolución cubana llevó a considerar que una guerrilla pequeña apoyada masivamente podía derrotar a un ejército organizado y a privilegiar la opción político-militar por encima de una organización y trabajo social y político que pudiera disputar la hegemonía (Medina, 2009, p. 47). La exclusión social y política del régimen capitalista frentenacionalista facilitó este influjo insurreccional.

En ese contexto, en 1964 Fabio Vásquez, quien había sido entrenado militarmente en Cuba en el marco de la Brigada José Antonio Galán, escogió a San Vicente de Chucurí, Santander, como territorio del primer foco guerrillero del ELN:

La presencia de una base campesina rebelde unida a una experiencia guerrillera acumulada en la Violencia y a unos estrechos lazos de amistad y solidaridad entre familiares y amigos se combinaron para que lo que surgió en el ritual de un juramento de jóvenes en Cuba, comenzara a tomar forma en un espacio y tiempo determinados (Medina, 2009, p. 58).

Finalmente, el 4 de julio de 1964, bajo el liderazgo de Fabio Vásquez, se dio inicio a la primera marcha guerrillera del ELN hacia el Cerro de Los Andes, también en Santander. Algunos de estos primeros integrantes habían hecho parte de la guerrilla liberal de Alfredo Rangel. Posteriormente, tras meses de entrenamiento militar, en diciembre de 1964 el ELN emprende su primera acción político-militar, la toma de Simacota, la cual se constituiría en el mito fundacional de la guerrilla: «En la mañana del 7 de enero de 1965 la guerrilla entró en Simacota después de haber dado muerte al sargento de la policía que comandaba el puesto y a tres agentes de esa misma institución» (Hernández, 2006, p. 55). Por último, después de «de un mes de la toma de Simacota», según relata el dirigente eleno Milton Hernández, «la guerrilla regresa al Cerro de Los Andes» (2006, p. 57).

  1. Dimensiones antisistémicas desocialismodemocracia en el ELN

 2.1. III Congreso de 1996

El III Congreso de 1996, que criticó el voluntarismo y la esperanza excesiva del II Congreso de 1989, caracteriza este periodo como de ofensiva contrarrevolucionaria y debilitamiento político del ELN, pues reconoce que la guerrilla aún no había dimensionado los problemas internos que llevaron a la caída del llamado socialismo real soviético ni contemplado las implicaciones del ascenso de la hegemonía neoliberal de los Estados Unidos en el sistema mundial:

Desde fines de los 80 entramos a un periodo de contrarrevolución a nivel mundial. Por esos años se derrumbaron la mayoría de los regímenes conocidos como socialistas: la Unión Soviética, Checoslovaquia, Yugoslavia, Alemania Oriental, Hungría, Rumania, Bulgaria, Polonia y Albania. Se desplomó el bloque mundial que se contraponía al del Imperialismo y en general al del mundo capitalista (como se cita en Medina, 2009, p. 630).

Estas circunstancias históricas obligan a replantear qué se comprende por socialismo y, en consonancia con la importancia que pensadoras como Rosa Luxemburgo concedían a la democracia, apartarse del fenómeno de suplantación de la participación del «pueblo» por un cuerpo especializado de burócratas que manejan los poderes del Estado. Esta reflexión también ha de situarse para el ELN en el contexto de la reorganización sistémica de la economía y la política estatal colombiana alrededor de los excedentes del narcotráfico y la consolidación de una «narcoburguesía» (como se cita en Medina, 2009, p. 634).

El socialismo se defiende como un proyecto político alternativo al capitalismo y es parte integral de la estrategia global del ELN, pero debe ser articulado con un socialismo democrático y participativo según los retos que plantea la reorganización del sistema mundial dada tras el fracaso del socialismo realmente existente. Desde esta perspectiva, el socialismo ha de procurar la eliminación de la «explotación del hombre por el hombre» pero al lado de la construcción permanente de soberanía popular democrática y la combinación de «todas las formas de lucha», descentrando parcialmente el rol que había tenido la lucha armada. La búsqueda de la democracia requeriría entonces de la articulación de distintos sectores del campo popular, abriendo incluso la posibilidad de que esta construcción colectiva no necesariamente tuviera como piso común una orientación antisistémica:

El proyecto revolucionario requiere de la presencia de una forma de expresión amplia, flexible y democrática de masas en la que concurran los más variados sectores sociales, movimientos políticos regionales y locales identificados en unos principios programáticos que recogen intereses comunes de la sociedad y se expresan en propuestas políticas para el país. Sus decisiones las toma democráticamente y funciona con autonomía en todos los aspectos (como se cita en Medina, 2009, p. 644).

No obstante su apertura democrática, que los lleva a reivindicar un discurso de defensa de los DD. HH. y de denuncia cuando estos son violados por el Estado (Medina, 2009, p. 656), el ELN no abandonó su autodefinición como organización político-militar que actúa como vanguardia directora de las luchas del campo popular. El marxismo-leninismo siguió influyendo en la constitución de sus horizontes antisistémicos (como se cita en Medina, 2009, p. 645) y su concepción de democracia ya introducía aquí una orientación jerárquica. Pero al tiempo, la apertura del ELN a alianzas con otros sectores muestra el carácter flotante de conceptos como socialismo o democracia, pues estos otros sectores también entrarían en la disputa por los sentidos compartidos de estos significantes de cara a una nueva hegemonía articuladora de luchas alternativas.

La idea de poder popular también fue criticada por el ELN, pues ésta se había confundido con el poder ejercido en los territorios controlados militarmente por la guerrilla, cuando de lo que se trataba era del ejercicio de la autonomía organizativa de las comunidades. Esto ejemplifica el sentido flotante de poder popular, que desde esta definición no necesariamente tendría una dimensión antisistémica (Medina, 2009, p. 651). Sin embargo, la dirección revolucionaria continúa siendo relevante para que este poder popular pueda desplegarse.

Así las cosas, el ELN señala:

[…] la necesidad de construir la Organización política de masas en las distintas regiones, impulsar formas de organización y autogestión social que propiciaran economías alternativas, iniciativas de desarrollo y bienestar de la gente y sentaran las bases del nuevo modelo de Sociedad, Estado y Economía (Medina, 2009, p. 654).

Esto muestra cierto rasgo performativo y más local del socialismo, pues su construcción parte del apoyo a la construcción de economías alternativas de espacios concretos y no de un gran momento politico-militar decisivo de toma del poder estatal a partir del cual construir el socialismo. El socialismo es un proyecto de nuevo Estado, pero también propende por su eliminación:

La meta rectora de nuestra lucha y la razón central de nuestros sueños, son la conquista de una sociedad sin clases, que suprima la explotación del hombre por el hombre. Donde haya libertad y autogobierno de la comunidad y sea innecesario el Estado como aparato de dominación. Un Estado social cimentado en la propiedad colectiva y social de los medios de producción, en el que cada cual aporte según su capacidad y reciba según su necesidad. Que suprima las condiciones de alienación y garantice la riqueza, el bienestar, la libertad, la felicidad y la realización del hombre y la mujer como centro de la sociedad (como se cita en Medina, 2009, p. 661).

A diferencia de la lectura de Medina según la cual las anteriores líneas se interpretan como una búsqueda del socialismo y la transformación del Estado, se puede ver que en realidad hay dos proyectos antisistémicos que, aunque pueden estar relacionados, no tienen la misma radicalidad. El primero, el del comunismo, el cual busca la sociedad sin clases, la abolición de la dominación estatal y la potencia del autogobierno comunitario. Por contraste, el segundo, el del socialismo, se apoya en una transformación de la dominación estatal capitalista para socializar los medios de producción. El primero busca abolir el Estado, el segundo lo reorganiza hacia un horizonte no capitalista. Este último sentido de socialismo es más visible cuando la conquista de un socialismo antisistémico se ve matizada por la propuesta de un socialismo democrático propio que en el programa mínimo del III Congreso pretende la concreción de un nuevo modelo de desarrollo:

En estas condiciones, levantamos un Programa Mínimo para la Colombia de hoy y para un Nuevo Gobierno, de mayorías, independencia nacional y amplia participación. Que abra los causes de la democracia y la participación comunitaria; viabilice un nuevo modelo de desarrollo, de distribución equitativa de la riqueza. Cuya preocupación sea el bienestar de la población y el desarrollo nacional en las relaciones con el exterior, las multinacionales y la banca mundial (como se cita en Medina, 2009, p. 662).

De esa forma, se reconoce que el problema del desarrollo capitalista está anclado a la existencia de poderes mundiales que se benefician del «desarrollo del subdesarrollo». Pero, conscientes de que no es posible un aislamiento total del sistema mundial capitalista, el ELN propone dimensiones sistémicas alternativas para plantear nuevas relaciones de mayor autonomía frente al capital extranjero y la deuda con la banca multilateral, pero bajo el proyecto de un nuevo desarrollo capitalista —agroindustrial— organizado por el Estado y que logre el crecimiento económico. De ahí la importancia de la «transferencia tecnológica».

Más aún, el ELN propone la consolidación del desarrollo sostenible —por lo cual no renuncia a la explotación de la naturaleza— y la combinación de modos de propiedad: «Privada, estatal, colectiva, comunitaria y solidaria […], fomentando de manera especial y desde el Estado, la construcción de un polo de economía popular que conduzcan hacia “una verdadera democracia económica”» (Medina, 2009, p. 633).

Esta «democracia económica» del Estado socialista pasa por la expropiación de latifundios improductivos, monopolios y empresas trasnacionales para fomentar una competencia que no perjudique a los pequeños y medianos empresarios, de cara a un proyecto de modernización-industrialización situado, es decir, según las necesidades de pueblos y gentes (2009, p. 674). El socialismo es, entonces, «garante de todos los intereses de la pluralidad de fuerzas que convergen en el esfuerzo común de construir una sólida economía nacional, [y] debe constituirse en el principal mecanismo regulador del intercambio comercial» (p. 672).

Así pues, el Estado socialista regula el mercado, quita a algunos sujetos y empresas el control sobre bienes y servicios considerados indispensables, sin cuestionar su relacionamiento como mercancías, y los pone al servicio de la población. Pero no suprime el mercado (Medina, 2009, p. 672). Es por esto por lo que este socialismo, en primera instancia, lo que pretende es mejorar las condiciones de acumulación e inserción a la economía-mundo capitalista y no su abolición; en suma, aumentar la complejidad sistémica del capitalismo:

Si bien es cierto que nuestro modelo de desarrollo socialista debe partir de una realidad económica, que no se corresponde con los mayores avances científicos y tecnológicos, de todas maneras aspiramos a descubrir, apropiarnos e incorporar estos primeros escalones de la economía mundial (como se cita en Medina, 2009, p. 671).

Los significantes flotantes de democracia socialismo se funden en la idea de que la participación en este sistema de «todos los sectores sociales» lleva a una economía mixta del desarrollo que convive con relaciones de producción capitalistas que «no reproducen sus formas más degradantes» (Medina, 2009, p. 670). Explícitamente el III Congreso sostiene que el sistema financiero socialista tiene la función de hacer más eficaz al mercado: «El nuevo sistema financiero también debe garantizar los recursos y mecanismos indispensables para un ágil y eficaz funcionamiento del mercado y al servicio de una política de distribución y redistribución de la riqueza en función del bienestar de la sociedad» (como se cita en Medina, 2009, p. 673).

Simultáneamente, el socialismo hace planes constantes para aumentar la productividad de cara al mercado externo (2009, p. 674). La diferencia con el modelo soviético reside en que el socialismo eleno cuenta con pequeños y medianos empresarios que respaldan el nuevo nuevo modelo de desarrollo socialista, pero su avance también incluye el despliegue de formas de autogestión obrera en todas las etapas del proceso productivo, en contraposición a que éstas queden en manos de la planificación de una élite estatal (p. 671).

En suma, la democracia socialista defiende un proyecto de articulación de todos los sectores sociales y no sólo de aquellos que ejercen poder popular, es plural, protege derechos humanos individuales y colectivos y reconoce la posibilidad del conflicto, pero esta apertura lleva a que su concepción de socialismo y democracia oscile una y otra vez entre dimensiones sistémicas y antisistémicas:

La democracia socialista parte de reconocer y constatar la diversidad, no sólo de fuerzas sociales que participan en el Poder Popular, sino además, de las diferentes etnias, culturas, partidos y movimientos políticos y motivaciones ideológicas, que configuran un amplio espectro de pluralidad y que, en un permanente proceso de intercambio, discusión, emulación e incidencia mutua, van construyendo un legítimo consenso nacional, donde es posible disentir sin el temor de ser reprimido (como se cita en Medina, 2009, p. 676).

Las dimensiones sistémicas del III Congreso Medina las recoge del siguiente modo:

En general, el programa mínimo del ELN, promulgado por el III Congreso, es de naturaleza social y democrática y más allá de los aspectos relacionados con la construcción de un nuevo gobierno, las reivindicaciones planteadas en él no desbordan el orden institucional y expresan más bien un modelo de sociedad democrática construida sobre la justicia social, el desarrollo autónomo de la sociedad y el estado colombiano (subrayado ajeno al texto, 2009, p. 666).

2.2. IV Congreso de 2006

A pesar de la defensa de la pluralidad, la posibilidad de disenso democrático y la defensa de un proyecto de desarrollo —agroindustrial— presentes en el III Congreso, en la Declaración política del IV se toma como ejemplo de gobiernos socialistas a Cuba —que cuenta con partido único— y Venezuela —dependiente de la renta petrolera—.

En el siguiente párrafo el ELN (2006b) propone una serie de reformas sistémicas alternativas que no necesariamente tendrían que llevarse a cabo por el «nuevo Estado socialista» sino que, más bien, parecerían constituir un conjunto de demandas al Estado colombiano:

El plan de sustitución debe contemplar el desarrollo agrícola para los campesinos, la devolución de los territorios expropiados por el Estado a través del paramilitarismo, créditos de fomento, programas de producción agrícola rentables, una política eficiente de comercialización, con garantías de compra de los productos por parte del Estado, la dotación de una infraestructura económica y social para el sector rural productivo (p. 30).

Más aún, el ELN defiende la indemnización a las comunidades afectadas por las fumigaciones, lo que refuerza la idea de que el ELN está haciendo demandas al orden social vigente.

En el IV Congreso la guerrilla insiste en la noción de democracia del III Congreso: un campo agonista que parte del reconocimiento de la diferencia y no de su aniquilamiento o subsunción como en el antagonismo; reconocimiento que es estratégicamente relevante realizar:

Para el ELN en Colombia la realidad es diversa y existen múltiples experiencias; es necesario respetar el pensamiento de muchos buscando el reencuentro, la confluencia; porque si se pretende construir nueva sociedad desconociendo lo diverso y lo múltiple, la conquista de los objetivos será muy esquiva (2006a, p. 41).

Sin embargo, a diferencia de la amplitud expuesta en el III Congreso, la democracia aquí es concebida en algunas partes como «ejercicio directo de las mayorías» y no de todo el pueblo o todos los sectores sociales. Pero no es, en todo caso, la democracia sistémica hegemónica «pregonada por el capitalismo y el imperialismo» (2006b, p. 46), sino la directa «participación» de las mayorías para definir «su destino, su futuro y su autodeterminación» (2006b, p. 46), a pesar del interés del ELN de reglar su lucha político-militar por el Derecho Internacional Humanitario, el cual no fue instituido democráticamente —interés que estimula, de todas formas, la complejidad interna del sistema internacional de derechos, el cual protege los derechos humanos de civiles en el escenario de un conflicto armado interno—.

La democracia, en todo caso, es autogobierno de mayorías sin la mediación de la representación. Pero, a la par que es dirección de mayorías y defiende el pluralismo, esta democracia no renuncia, paradójicamente, a construir un consenso para todos (p. 47).

Para el IV Congreso el poder popular que funda la democracia es independiente de lo que el ELN concibe como proyecto para las masas. Se trata, en cambio, del ejercicio de acciones de rebeldía y resistencia propias de las masas. Es un poder cuyos horizontes y articulaciones políticas se van gestando en el despliegue de la lucha. Lo que el ELN intenta, de todas formas, y como lo expuso en el III Congreso, es actuar como vanguardia de este poder popular democrático (2006b, p. 47) para la constitución de una paz con justicia social. La salida negociada al conflicto armado pasaría por esta pretensión (p. 48).

Para el ELN el socialismo es un nuevo sistema social orientado, como en el III Congreso, por el humanismo. Nace de las propias trayectorias políticas de los pueblos y gentes. Y han existido, como se resumió en la Declaración, experiencias de socialismo real en distintos Estados que el ELN reivindica, particularmente las de Cuba y Venezuela. Estos socialismos se enfrentan a efectos excluyentes del capitalismo como la pobreza (2006b, p. 51). Sin embargo, a diferencia del capitalismo, y esto es interesante para evidenciar su carácter de significante flotante, la guerrilla reconoce que el socialismo es todavía incipiente en las realidades sociales y está marcado por la indeterminación (2006b, p. 53)

Si las luchas políticas contemporáneas están signadas por el ideal de que «otro mundo es posible» y la esperanza radica en la construcción articulada de nuevos consensos políticos alternativos (ELN, 2006b, p. 53), el socialismo mismo como propuesta está sujeto a constante cambio según los resultados parciales de la disputa por sus sentidos hegemónicos, que bien podrían ser sistémicos alternativos, tal y como fueron desarrollados en el III Congreso.

Y es que el programa del IV Congreso insiste como en el anterior en que el «nuevo gobierno» socialista ha de conseguir el desarrollo «sostenible y sustentable» (2006b, p. 59) —con lo cual sigue la matriz capitalista de racionalización ecológica en la explotación de recursos naturales— a partir del despliegue de un proceso constituyente desatado por unas mayorías vencedoras, al tiempo que la «nueva institucionalidad democrática» promueve la creación de mecanismos de participación directa de las comunidades a nivel local y regional (p. 56). El ELN sigue concibiendo un desarrollo comprendido como crecimiento, pero «en función del bienestar de las mayorías de la población» (p. 58).

El IV Congreso también reitera la necesidad de plantear «nuevas relaciones con el capital extranjero» (2006b, p. 56) y la deuda contraída con la banca multilateral, pero no explícitamente su eliminación, prohibición o impago: «Se adoptará una política independiente y soberana del FMI y BM. En ese sentido se replantearán las relaciones de subordinación de los organismos monetarios internacionales» (2006b, p. 56), lo que apunta más, por ejemplo, a una renegociación de la deuda externa.

El mercado mundial y las pequeñas y medianas empresas —en particular las del sector agroindustrial— continúan siendo fenómenos prioritarios para el nuevo Estado. Lo que se lograría con el socialismo industrializador es, en principio, la mejora de los términos de intercambio en el comercio exterior y satisfacer el consumo interno: «Se impulsará una industria alimentaria nacional que resuelva las necesidades del consumo interno, que busque establecer relaciones comerciales, justas y equitativas, en el mercado internacional» (ELN, 2006b, p. 58).

Es interesante ver cómo el socialismo democrático bascula entre el ejercicio de las mayorías y la participación «de todas las expresiones sociales y políticas». Pero lo que no varía es el horizonte hegemónico del desarrollo. Para el desarrollo de las ciudades el programa del IV Congreso propone «el encuentro y confluencia de todas las expresiones sociales y políticas para construir entre todas y todos la Ciudad que anhelamos» (ELN, 2006b, p. 60).

Es tal la centralidad del discurso del desarrollo en esta propuesta socialista que el ELN presupone que todas las comunidades indígenas pretenden el desarrollo y no la organización y gobierno autónomo de sus formas de producción y reproducción de la vida, sean o no desarrollistas:

Se harán realidad los derechos de los indígenas a su cultura, territorio, autonomía y autoridades. Participarán activamente en la construcción del nuevo país y el Nuevo gobierno, propendiendo por su desarrollo social, económico y cultural. Se respetará y motivará su cultura ancestral (cursiva ajena al texto, 2006b, p. 61).

2.3. V Congreso de 2015

Aunque en el V Congreso hay una crítica a la democracia burguesa colombiana, en la Declaración política reconocen los esfuerzos democratizadores de gobiernos de izquierda y centroizquierda latinoamericanos, sin distinguir entre sus dimensiones sistémicas —alternativas— y antisistémicas. De ese modo, celebra los procesos políticos de los gobiernos de Morales, Rousseff, Vásquez, Correa o Bachelet, «al tiempo que [acompañan] la heroica resistencia de Cuba, Venezuela y Argentina contra la agresión imperialista» (ELN, 2015b).

El documento Guerra revolucionaria, poder popular y nueva nación del V Congreso parte por considerar que el socialismo es una categoría que se ha «enriquecido» con el paso del tiempo según las cambiantes circunstancias del orden social vigente y «el consolidado teórico y práctico propio, expresado en más de 50 años de lucha» (ELN, 2015a, p. 1), aunque en la actualidad el ELN requiera una «recomposición» de sus fuerzas (2015a, p. 19). La «nueva sociedad socialista» se erige así como una alternativa «en defensa de la humanidad, la vida y el planeta» (p. 1) puestas en peligro por el capitalismo.

El marxismo-leninismo es un cuerpo teórico que ha estado presente en los tres congresos para delimitar la comprensión del socialismo, pero en el V se postula que el socialismo está en «permanente construcción»; asimismo, el socialismo, que continúa siendo el objetivo general de la estrategia política, ha de tener en cuenta «la reflexión crítica de los modelos socialistas que se agotaron a finales de la década de los años ochenta» y «nuestras raíces indoamericanas» (2015a, p. 2).

La transición al socialismo requiere como «objetivo estratégico intermedio» el ejercicio de un «nuevo gobierno» de mayorías «de profundo contenido programático popular» (ELN, 2015a, p. 3), pero tácticamente la guerrilla contempla alianzas con «fuerzas progresistas» (2015a, p. 22) o incluso el llamado «centro político» (p. 16). Más concretamente, el ELN plantea la necesidad de construir una Dirección Revolucionaria Unificada «que pueda establecer alianzas con sectores democráticos» (p. 8), así estos sean sistémicos alternativos y no necesariamente revolucionarios.

Esto es así porque la forma en que el ELN concibe la democracia recoge el acumulado de los dos congresos anteriores en el sentido de basarse en el reconocimiento del conflicto y la diferencia política, así ésta sea minoritaria (2015a, p. 23). Este reconocimiento también incluye como novedad el autorreconocimiento del ELN como victimario, esto es, como un actor que en determinadas circunstancias también ha dejado víctimas civiles (2015a, p. 23).

Pero, además, el análisis de la guerrilla contempla que el ascenso de un gobierno de izquierda «en alianza con sectores democráticos» puede ser un modo de solucionar una crisis de gobernabilidad desatada anteriormente y, asimismo, una alternativa para la transición a un socialismo democrático participativo y autogestionario. Esta opción sistémica alternativa puede trazar, en últimas, «la continuidad estratégica del proyecto revolucionario» (ELN, 2015a, p. 8). La dimensión antisistémica de la unidad y «alianza con sectores democráticos» que participan en el juego de la democracia liberal vigente sólo es posible bajo un horizonte de futuro, esto es, si funciona como estrategia para la construcción futura del socialismo:

En el escenario de crisis de gobernabilidad pueden presentarse procesos transicionales como la Asamblea Nacional Constituyente, un Acuerdo Nacional, un pacto de paz o un triunfo electoral de la izquierda en alianza con sectores democráticos que instauren un gobierno diferente» (cursiva ajena al texto, ELN, 2015a, p. 8).

En ese orden de ideas, la inclusión de Jaime Pardo Leal como referente de trayectoria histórica de lucha política (ELN, 2015a, p. 5) es reflejo de la apertura democrática del ELN, pero también de la condición de democracia como significante flotante, pues Pardo Leal con su candidatura presidencial privilegió la disputa canalizada por las instituciones de la democracia burguesa colombiana por sobre el carácter disruptivo y radical antisistémico que, al menos en principio, habría podido ofrecer la lucha armada. A esta idea de democracia hay que añadir la defensa de los derechos humanos contra el «terrorismo de Estado» (ELN, 2015a, p. 17), de las «economías sociales» y de la «plurijuridicidad» de «los pueblos indígenas, afro-descendientes, países vecinos y otros pueblos o comunidades en proyección de construcción de nueva nación» (2015a, p. 29).

  1. Naturaleza político-antisistémica del ELN y «solución política» al conflicto

Las oscilaciones entre lo sistémico —alternativo— y lo antisistémico son rasgos particulares de los contenidos políticos de los tres congresos aquí analizados. Pero lo cierto es que tales discursos, en cuanto estructuradores de prácticas sociales, tienen una «naturaleza política» independientemente de la extrema violencia que ha ejercido el ELN a lo largo de su historia. Aún más, el ELN ha defendido la idea de «democracia socialista» y de reconocimiento de la diferencia, así ello implique limitar la radicalidad de sus objetivos estratégicos para la construcción de la «patria socialista». El ELN ha manifestado su deseo de pasar más tajantemente del antagonismo —que niega la diferencia política— al agonismo —que la reconoce—.

A diferencia del IV Congreso, cuya mención a la salida negociada al conflicto tiende a ser esporádica, el V considera más abiertamente la posibilidad de una salida negociada—aspecto que fue explicitado en la respectiva Declaración política— y reconoce directamente que su participación en él ha dejado víctimas. De acuerdo con la guerrilla:

Como ELN hace más de 50 años nos alzamos en armas, porque entendimos que las vías legales estaban cerradas para las luchas del pueblo, hoy así lo seguimos considerando. El gobierno [Santos] ha planteado su disposición a poner fin al conflicto armado, y para ello ha convocado a la insurgencia. Asistimos a este diálogo para examinar la voluntad real del gobierno y del Estado colombiano; si en este examen concluimos que no son necesarias las armas, tendríamos la disposición de considerar si dejamos de usarlas (cursiva ajena al texto, 2015a, p. 9).

 No es pretensión de este trabajo, desde luego, hacer una valoración sobre las limitaciones del orden social vigente para una salida negociada mediada por la idea de reformas en pro del significante flotante de la «paz con justicia social». Pero lo que muestra este análisis político del discurso es justamente el carácter político del ELN, análisis basado en una trayectoria histórico-discursiva que se ha pretendido acotar, sin agotar, a documentos relacionados con sus tres últimos congresos, y que muestra los cambios, desarrollos y valoraciones que la guerrilla ha tenido alrededor de las nociones de socialismo y democracia. Una salida negociada al conflicto debe tener como condición el reconocimiento político de la trayectoria discursiva del ELN y para ello es menester comprender sus dimensiones sistémicas alternativas y antisistémicas alrededor del objetivo general del «socialismo democrático», con todas las contradicciones, correcciones, avances o retrocesos que ello ha implicado a lo largo de la historia del conflicto social armado. Tal examen redunda en mostrar los problemas estructurales del capitalismo colombiano y global, articulados y legitimados por las intervenciones del imperialismo estadounidense en la región.

  1. Conclusiones y perspectivas

Los distintos sentidos de los significantes flotantes reflejan la disputa interna por los sentidos compartidos de socialismo y democracia en la construcción de hegemonía dentro del ELN.

En el III y IV Congreso es particularmente persistente la idea de desarrollo como crecimiento, repitiendo las matrices discursivas capitalistas de las teorías de la modernización de Rostow o Lewis. En ese sentido, la lucha política antisistémica pareciera reducirse sistémicamente a una lucha por el desarrollo en el moderno sistema-mundo pero con un Estado socialista democrático que planifica y regula el mercado para mejorar los términos de intercambio en la economía mundial. No obstante, los sentidos antisistémicos de este objetivo dependerán de qué tanto se pueda superar un sistema político socialista que, en realidad, complejiza internamente las condiciones de acumulación, corre el riesgo de quedarse en esa complejización o, peor aún, desplomarse y mantener las condiciones de dependencia y periferialización productiva, como en el caso venezolano.

El IV Congreso, a diferencia del III, matiza su concepción de democracia bajo la idea de dirección de mayorías, también presente en el V Congreso. Sin embargo, en todos los congresos es manifiesta la defensa del pluralismo y de reconocimiento de la diferencia, el conflicto y aun de los derechos humanos. Ello, no obstante, hace que lo que se comprenda por democracia también dependa del desarrollo de la disputa por los sentidos compartidos que otros sectores diferentes al «campo antisistémico» puedan dar.

Así pues, democracia socialismo funcionan —como lo reconoce el V Congreso para el caso del socialismo— según las particulares trayectorias de lucha de la guerrilla y las posibilidades de articulación con otros sectores —no necesariamente antisistémicos—, trayectorias enmarcadas en un sistema mundial capitalista que vio la caída del «bloque socialista» pero que, asimismo, años después es testigo del declive de la hegemonía estadounidense y el ascenso de China. Aunque actualmente no se viven los soplos guerrilleros desplegados tras la Revolución cubana, el Acuerdo de paz con FARC ha abierto nuevos campos de confrontación política y dejado efectos democratizadores cuyas dimensiones aún no se pueden establecer y que la alta votación de Gustavo Petro o el protomovimiento del 21-N en 2019 han desplegado, a pesar de las resistencias sistémicas.

Ante el reto de una salida negociada, el ELN enfrenta, pues, las posibilidades de que sus dimensiones antisistémicas sean convertidas en sistémicas. La opción inversa es su esperanza estratégica. Lo que es claro es que un mero Estado socialista no cambia per se la acumulación globalizada del sistema mundial y de ahí las contradicciones expresadas en los programas económicos expuestos en el III y IV Congreso, aunque su constitución puede detonar un nuevo ciclo de luchas más radicales a nivel global en pro de un nuevo sistema o de un «mundo donde quepan muchos mundos». Esperamos mostrar que, en definitiva, el sentido de lo antisistémico no es esencial sino que es un campo de permanente confrontación.

El presente trabajo podrá mejorar si se incluyen los documentos políticos referidos al I y II Congreso y más literatura complementaria que permita hacer un recorrido histórico-discursivo sobre los significantes democracia y socialismo y sus respectivas relaciones teórico-políticas en el ELN. La creación de herramientas conceptuales que interpreten los objetivos y resultados de la confrontación entre las guerrillas y el Estado como trayectorias que producen desarrollo capitalista o refuerzan o complejizan la periferialización productiva en un régimen de clases podría abrir nuevos horizontes de análisis. Esto requeriría complementar los análisis políticos del discurso con estudios académicos sobre las situaciones políticas y económicas concretas desplegadas a lo largo de la historia del ELN; estudio que también podría ser ampliado a FARC-EP o cualquier otra guerrilla, de modo que se superen visiones de la lucha guerrillera restringidas a la idea de «guerra contra la sociedad» o «amenaza terrorista».

Referencias

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