Lo duro y lo blando: emociones y masculinidades hegemónicas en la política

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Hay días en los que me imagino en un café, sentada junto a dos de mis autoras más adoradas por estos meses, Sara Ahmed y Laura Quintana, con una luz tenue que nos alumbra mientras tomamos una copita de vino que encima se ve escarchadita por el azúcar que le pusieron. Sí, como unas señoras, como unas tías que se sientan por horas a rajar del mundo y a imaginar posibilidades que quizá nunca lleguen para mejorar este cagadero. Me gusta imaginarme esas cosas muy ñoña y muy tostada, ni modo.

Si comenzamos a zambullirnos con mayor profundidad, uno de los elementos que podemos encontrar es el inexorable vínculo que se teje entre las emociones, los afectos y la política, y que deviene de la superioridad en la que el orden patriarcal ubica a la razón, y la inferioridad que le otorga a la emoción.

Cuando las leo a ellas se me hace inevitable pensar en el actual panorama político colombiano, especialmente para las mujeres. Según ONU Mujeres (2022), en esta legislatura de Senado y Cámara llegamos al 28,8% de participación femenina. A nivel local, ocupamos el 17% en asambleas departamentales, el 18% de los concejos municipales, el 12% en alcaldías y el 15% en gobernaciones.

La respuesta clara a la que siempre llegamos es que habitamos un país evidentemente patriarcal. Sin embargo, esta es la punta del iceberg. Si comenzamos a zambullirnos con mayor profundidad, uno de los elementos que podemos encontrar es el inexorable vínculo que se teje entre las emociones, los afectos y la política, y que deviene de la superioridad en la que el orden patriarcal ubica a la razón, y la inferioridad que le otorga a la emoción.

Ahmed explica cómo el hacer uso de metáforas de dureza o blandura, hace alusión a lo que se va siendo y sintiendo como nación, es decir, las emociones colectivas.

Para Ahmed (2015), la jerarquización producida históricamente entre emoción y pensamiento/razón, ha hecho que se jerarquicen igualmente las emociones y algunas de ellas se clasifiquen como “elevadas” y otras como “bajas”. La autora nos ubica históricamente en el Frente Nacional Británico, partido fascista y de extrema derecha aún vigente y que se fundó en 1967. En uno de sus carteles se critica la acogida de migrantes en el país, porque, según ellos, están buscando prestaciones sociales gratuitas y comodidades fáciles en medio de una “Inglaterra de mano blanda”. Ahmed explica cómo el hacer uso de metáforas de dureza o blandura, hace alusión a lo que se va siendo y sintiendo como nación, es decir, las emociones colectivas.

Así, la “blandura” termina siendo un atributo generizado: “el cuerpo nacional blando es un cuerpo feminizado al que “penetran” o “invaden” otros. (…) La blandura se narra como una proclividad a ser herida” (Ahmed, 2015, p. 22). Y es así como se continúa jerarquizando discursiva y prácticamente la razón por encima de la emoción, porque una nación racional no podría ser asociada con lo blando; una nación admirada es aquella que se lee desde la dureza, desde lo no emotivo y lo impenetrable. 

Y es así como se continúa jerarquizando discursiva y prácticamente la razón por encima de la emoción, porque una nación racional no podría ser asociada con lo blando

Si analizamos el discurso de muchas de las candidaturas a elecciones municipales y departamentales que se presentan en la actual época electoral, veremos claramente esto. En mi ciudad, Manizales, aparecen slogans como “El gerente para Caldas” o “Un gobierno en serio”. En Bogotá frases como “Vamos con el General”, en Medellín vallas con un gigante “Vamos a acabar con” que seguidamente ubica los rostros de Quintero y Upegui en cuerpos de ratas, o ver al mismo Daniel Quintero en el barrio Castilla arrojando fotografías con los rostros de María Fernanda Cabal y Federico Gutiérrez, da cuenta de la “dureza” de estas campañas.

Quisiera decir que estos actos son propios de hombres cis, pero, lastimosamente la masculinización hegemónica de la política también se ha introyectado en cuerpos feminizados. Los casos ampliamente conocidos de María Fernanda Cabal, Marta Lucía Ramírez, Paloma Valencia, Dilian Francisca Toro, entre otras, nos muestran que no basta con que las mujeres o las diversidades lleguemos a los cargos de poder. La tarea hoy también está en feminizar la política, o incluso romper con la lógica binaria que nos obliga a clasificarnos hasta políticamente, pero ¿qué implica eso?

Tiene que ver, por ejemplo, con recuperar las emociones políticas que se nos han arrebatado a las mujeres y disidencias, como la rabia. Como lo expresa Quintana (2021): “No hay mejor manera de desvalorizar lo que alguien está expresando que decir que la persona que lo enuncia habla con rabia” (p. 324). Las mujeres y disidencias sexuales, corporales y de género que se han arriesgado a lanzarse a estos cargos -algunxs con decadentes partidos políticos- no pueden siquiera enunciar alguna lectura de realidad, crítica o propuesta con un tono medianamente rabioso, porque inmediatamente se les invalida y se les recuerda que su lugar en definitiva no es el de la palestra pública.

¿Cuándo van a reconocer nuestras otras potencias y las demás dimensiones de nuestra agencia política? Más allá de usar nuestros nombres para cumplir la cuota en sus listas.

Dice también Quintana (2021) que “la fuerza afectiva de las mujeres ha sido considerada como maligna cuando se despoja de los roles establecidos de ser meramente madre, esposa, objeto de deseo” (p. 330). Es por ello que, en estos tiempos, particularmente las mujeres, somos perfectas para hacer los tamales o el chocolate con pan, reunir a la gente en nuestras casas, conseguir los votos, repartir los volantes y pegar los pendones en nuestras fachadas, y con ello no digo que estas labores no sean loables, pero ¿Cuándo van a reconocer nuestras otras potencias y las demás dimensiones de nuestra agencia política? Más allá de usar nuestros nombres para cumplir la cuota en sus listas.

Nuestro país, de herencia y presente violento, militarista, bélico, sigue anhelando “la mano dura” en la política, sigue haciendo apología a la política testicular (la del que tenga las güevas más grandes), sigue pidiendo que se erija como gobernante el político cis-heteronormado, que sí tiene derecho a enojarse y al cual se le admira por ello; ese que habla duro, se toma sus chorros, se va a los puños con el contrincante si es necesario y amenaza con matar a quien se le oponga, o a quien amenace con romper el sueño securitista que movilizan gran parte de las campañas actuales.

¿Para cuándo una política que derrumbe por fin las masculinidades hegemónicas? No solo en la que otros cuerpos ocupen esos lugares, sino que también permita la lágrima, la digna rabia, el cuidado, la solidaridad, la reciprocidad y los afectos, en medio de un país en transición que nos está gritando hace décadas que la política viril nos va a acabar.

Referencias bibliográficas

Ahmed, S. (2015). La política cultural de las emociones. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México.

ONU Mujeres. (2022). Liderazgo y participación política. Recuperado de: https://colombia.unwomen.org/es/como-trabajamos/liderazgo-y-participacion-politica

Quintana, L. (2021). Rabia. Afectos, violencia, inmunidad. Barcelona: Herder Editorial.

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