No estoy llorando, solo se me metió un #ParoNacional creativo y popular en el ojo

El gobierno uribista se muestra soberbio ante la solicitud de desmontar al Esmad luego de que asesinaran al joven Dilan Cruz; el incumplimiento del Acuerdo de Paz, que contiene reformas sociales que apuntan a la democratización del país, persiste; las medidas contra el asesinato de líderes sociales siguen siendo completamente insatisfactorias, la  bancada del Centro Democrático y sus aliados en el partido Conservador, Cambio Radical, MIRA, U, y Colombia Justa y Libres, en el Congreso, sacaron adelante la Reforma Tributaria que va a ampliar los beneficios del gran empresariado (para que luego saquen sus ganancias a paraísos fiscales), al poner la carga de la crisis sobre los hombros de la gente de a pie; sigue sobre la mesa el proyecto de ley que pretende eliminar el régimen de prima media y afectar así a la juventud y a quienes están por pensionarse; el holding financiero que tiene como propósito poner a disposición del capital financiero privado las empresas financieras del Estado va viento en popa, y en general el paquetazo neoliberal que va a beneficiar a banqueros como Luis Carlos Sarmiento Angulo y a cumplir las demandas de los organismos internacionales neoliberales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos —OCDE— y el Fondo Monetario Internacional —FMI—, continúa.

Así que esta no es una reflexión para ahondar sobre las razones que hay para protestar, sino más bien, un elogio al calor del momento, un elogio al carnaval plebeyo, es decir, a la activación de la creatividad popular que ha suscitado este paro y lo que apunta a ser un cambio en lo que ha sido hasta el momento la cultura política colombiana marcada por la normalización de la violencia y la baja participación política.

La protesta social en Colombia históricamente ha sido sumamente sectorizada, es decir, la protesta tiende a ser o estudiantil, o indígena, o campesina o sindical, y muy eventualmente cívica, sólo en los años 20’s, 40’s y en los años 70’s del siglo XX, la indignación adquirió un cauce común —en especial con el paro convocado el 14 de septiembre de 1977—, que fue rápidamente extinguido o reprimido.

Desde el 2008, con la minga indígena, y más adelante, con el paro estudiantil de 2011, el paro agrario de 2013, una serie de protestas de alcance regional, las movilizaciones por la firma del acuerdo de paz, el paro estudiantil del 2018 e incluso la campaña presidencial del mismo año que alcanzó a poner en jaque cultural el continuismo de los gobiernos elitistas, la movilización ciudadana prendió unos motores de indignación cuyo ruido anunciaba a las generaciones jóvenes, que pese al miedo social que se esparce con el paramilitarismo, el abuso de poder de la fuerza pública y el conflicto armado mismo, era necesario salir a las calles para poner de manifiesto una rabia social acumulada frente a la desigualdad e injusticia.

Así llegamos hasta el 2019, que empezó con tímidas expresiones ciudadanas de movilización desde los meses de enero, febrero y marzo, que nos anunciaban a los más escépticos la posibilidad de la potencia plebeya y callejera en nuestro país. Finalizando el año llegaron las noticias de grandes movilizaciones en Haití, Ecuador y Bolivia, de un pueblo que rechazó el golpe de Estado y que a su vez le decía al gobierno progresista que ya era tiempo de ver caras nuevas. Luego empezamos a ver a un Chile en las calles que nos advertía sobre la mentira del crecimiento económico que trae el neoliberalismo, y nos contaba que su supuesta estabilidad social sólo encubría una profunda inequidad amarrada con la constitución impuesta desde los tiempos mismos de la dictadura. De vuelta a Colombia, protestas estudiantiles en octubre despertaron la solidaridad de universidades privadas y de algunos sectores ciudadanos, también nos enteramos de la muerte de 18 menores de edad en un bombardeo del ejército, de las mentiras del gobierno y las reformas regresivas que venían en camino. Hasta que llegó el paro del 21N.

Una descomunal jornada de protesta, al que las viejas cabezas sindicales del comité de paro querían decretar su suspensión, se desbordó rápidamente contra viento y marea, en cacerolazos barriales nocturnos autoconvocados en redes sociales, de los que participaron las familias que muy probablemente no pudieron asistir a las movilizaciones del día. 

Los mecanismos desplegados desde la extrema derecha y el gobierno mismo, que pretendían satanizar a quienes se movilizaban no fueron suficientes para ponerle freno a un Paro Cívico Nacional, multisectorial, y fundamentalmente urbano, que ya cumple varias semanas de existencia. El asesinato por parte del ESMAD del joven estudiante del colegio Ricaurte, Dilan Cruz, que era el símbolo explícito de la canción “El baile de los que sobran” de la agrupación chilena Los Prisioneros, suscitó más movilizaciones en contra de la brutalidad policial y de la exclusión social a la que se ve sometida la juventud de los sectores populares, y ya no solo contra el paquetazo neoliberal del gobierno uribista.

En conversaciones y redes sociales, algunas personas se muestran insatisfechas frente al carácter y alcance de la protesta social colombiana en el marco del Paro Nacional, al compararlas con las protestas de Chile, Ecuador, y más recientemente de Francia. Esta insatisfacción pierde de vista el impacto y profundidad de algunos de los elementos que comentaba más arriba y que marcan nuestro contexto. El asesinato de líderes sociales que no cesa, la conservatización de Colombia a sangre y fuego desde la llamada época de la violencia, la posterior violencia paramilitar, la vivencia del conflicto armado en el que los habitantes eran tachados de ser colaboradores de uno u otro actor armado y por eso eran sujetos de asesinato, y en sí la irradiación de un miedo social a participar en política, difundido por las élites nacionales desde distintos medios y por distintos mecanismos, sectorizó y aplacó el ánimo de la movilización social y suavizó la indignación con productos culturales que apuntaban a naturalizar el hecho de ser el país que tendencialmente ocupa los seis primeros puestos en desigualdad social. 

Estamos ante una sociedad que está haciendo una lectura distinta del miedo social, cuya respuesta no es el repliegue al ámbito privado sino el grito de denuncia, y el carnaval de indignación en las calles de Colombia. Una sociedad que está empezando a andar en una senda que ya recorrían tiempo atrás países que no vivían, ni viven en conflicto armado, y que está transitando por un desborde de la experiencia de la protesta hacia grupos sociales que nunca habían salido a protestar. Una sociedad que ha sido sometida al silencio y que pese a continuar en una ambiente de represión social, sale de sus casas, parcelas, oficinas, universidades y colegios con cacerola en mano, a ampliar los repertorios de movilización a los que las viejas y ortodoxas lecturas políticas y sociológicas estaban acostumbradas. 

El carnaval, ya lo advertía Bajtín, es un momento que históricamente ha desacralizado al poder, en donde reyes y élites son puestas al mismo nivel de los subalternos, para ser caricaturizados y burlados. En resumidas cuentas, el carnaval es un momento en el que lo plebeyo se burla del poder, y al hacerlo, lo ubica como un objeto susceptible de crítica. Estando el carnaval enmarcado en el ámbito político, lo carnavalesco —signo característico del Paro Nacional— abre la puerta hacia lo destituyente, con consignas que se generalizan como “¡Duque Fuera!”, “¡Duque, Duque, ra, ra, rascame una hueva que tengo comezón!”, “¡Uribe, paraco, el pueblo está berraco!”, o “¡que lo vengan a ver, que lo vengan a ver, que este no es un gobierno, son los paracos en el poder!”.

El carnaval, como espíritu por excelencia de lo plebeyo, abre la puerta hacia la creatividad popular en la construcción de mensajes, canciones, acciones, e incluso en formas de organización, trayendo consigo también, otro rasgo plebeyo fundamental: la democratización del poder, lo asambleario, lo amplio, y en el actual contexto mundial de precarización laboral, inestabilidad social y fractura de las identidades colectivas presentes en expresiones como el sindicalismo, un signo que se hace potencia, tal como lo señala el polémico García Linera y otros teóricos sociales contemporáneos, la potencia plebeya de la multitud, donde los liderazgos no preexisten sino que se construyen en el calor de la movilización y sus experiencias, es decir, no es  “la vanguardia obrera”, en tanto un sector sindical centralizado y de élite —como tiende a ser interpretada esa noción por las fuerzas más tradicionales y ortodoxas de las izquierdas—, la que «dirige a las masas», sino que son expresiones plurales plebeyas, flexibles, territoriales, que se adscriben a las acciones colectivas y espacios de movilización como individualidades, grupos de amigos o familias, antes que partidos o sindicatos como pasaba regularmente en el siglo XX.

Es así que las caras del paro son caras plebeyas, caras de las tías, madres y abuelas del barrio, de las y los jóvenes del barrio que no necesariamente son el estudiantado universitario, de trabajadores de oficina que aprovechan los bloqueos para sumarse a las movilizaciones. Las caras indígenas, campesinas, afros con sus guardias, antes que rostros de dirigentes sindicales o de líderes estudiantiles de clase media. Es decir, difícilmente se puede afirmar que el comité del paro más mediático sea una expresión cerrada del Paro Nacional —de allí que no resulte extraño la demanda por su ampliación—.

Este Paro Nacional trae en sí mismo tres ganancias fundamentales: 

i) Ser el punto cumbre de expresión de una sociedad distinta, dispuesta a la democratización del país.

ii) El que diversos segmentos sociales, distintos a los sectores que tradicionalmente se movilizan, están asumiendo que los derechos son la garantía de una sociedad equitativa y plural, y que no son regalos sino la evidencia de un adecuado uso de los impuestos que se cobran a la ciudadanía.

 iii) Que no vivimos en una monarquía en la que se le debe guardar respeto a los reyes, sino en una república democrática en donde, cuando es necesario, se ejerce la soberanía popular en las calles, y se le debe exigir a los gobernantes mejores condiciones sociales. 

Creo que cuando la ciudadanía canta en las calles el himno nacional, y pone a ondear la bandera tricolor, está haciendo una apropiación plebeya y republicana de símbolos que han sido secuestrados históricamente por élites nacionales y regionales, y está diciendo por tanto, que la nación es el país movilizado y los símbolos patrios deben ser plebeyos. Estamos entonces, frente a la emergencia de una nueva forma de leer la política nacional por parte de importantes sectores sociales: estamos ante la posible emergencia de una cultura política que demanda democracia.

Jaime Bateman, el carismático comandante del M-19, decía hace ya varios años que en este país exigir democracia ya es algo revolucionario.

Adenda: 1.  “La Primera Línea” estudiantil, que es replica de un ejercicio que ha cobrado fuerza en Chile, nació como un mecanismo defensivo de protección de la protesta social. Por su parte, la Guardia Indígena y la Guardia Campesina nacieron, hace varios años ya, como mecanismos de defensa ante la represión estatal y para estatal en sus territorios. Lo más prudente sería leer estas expresiones como manifestaciones de la potencia plebeya, indígena y popular. Su existencia no es en absoluto gratuita, e incluso, dado el contexto de violencia estatal contra la protesta pacífica, es completamente legítima.

2. No podía finalizar este artículo sin traer a colación el performance “un violador en tu camino”, que empezó en Chile, llegó a México, pasó por Colombia y ya va por Turquía, para recordarnos que estamos viviendo además el tiempo en el que el patriarcado “va a a caer, va a caer” y que el “feminismo va a vencer va a vencer”:

Un violador en tu camino, desde el Congreso de la República.

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