Que los CAI se pinten de vida

Me llamó fuertemente la atención una imagen difundida por redes sociales en la que se ve a agentes de policía volviendo a uniformar de gris un CAI en Bogotá, después que los manifestantes del 9-11 lo hubiesen pintado con multiplicidad de colores, rostros y nombres de víctimas, frases que significaban diversidad de pensamiento y reflexiones que invitaban a cuestionar el estado actual de cosas que impera en Colombia desde hace décadas.

Tal imagen me hizo confirmar una conclusión: la juventud, los artistas críticos, las mujeres libres, los “mechudos” o tatuados, las y los ambientalistas, por mencionar solo algunos, son peligros potenciales a los ojos del sistema, porque este rechaza la diversidad de pensamiento y de ser, por eso vuelven a uniformar los CAI, porque el sistema teme a los colores de la diversidad.

Precisamente, al ser los jóvenes y las jóvenes (de todas las edades) los principales portadores del “virus” de la diversidad, se vuelven el principal enemigo del sistema, de ahí que este cierre los espacios de expresión de la juventud, que la quiera homogenizar en cuadrículas serviles, mientras ella busca escenarios para expresar sus formas de ver y sentir la vida.

No es una contradicción reciente, es la más antigua de las luchas al interior de las sociedades a lo largo de la historia: lo joven contra lo viejo, lo enérgico contra lo desgastado. Y no es cuestión etaria, porque la juventud no se mide en años, la juventud es una concepción de la vida de quienes están en la búsqueda permanente del oxígeno revitalizador de los días y de la existencia, para no perecer inmovilizados por el tedio.

Todo régimen autoritario y dictatorial cercena la creatividad que expande los límites, solo le sirve la “creatividad” que se acoge a los cánones impuestos, sin salirse de los moldes, al igual que le sirve la juventud envejecida y obediente, la mujer sumisa y lo monocromático. La verdadera democracia se pone a prueba en la tolerancia al debate y la crítica, dando ámbito de acción a la creatividad, de ahí que promueva las artes, los deportes (mente sana en cuerpo sano), la educación pública, la salud.

Este sistema actual, con su aparato estatal, educativo, de policía y FFMM, representa lo caduco, o sea, la imposibilidad del ejercicio de la dignidad humana y los derechos fundamentales: carencias, atraso, machismo, violencia, cárcel, hambre, guerra, muerte.

Al mismo tiempo, existe una sociedad que busca escenarios para expresar aquello que nace a su interior con aspiraciones de dignidad y bienestar social. Esto, sobre todo, es lo que se hace sentir en las protestas recurrentes, es la inconformidad de amplias capas sociales que buscan escenarios para realizarse individual y colectivamente: educación, salud, vivienda, trabajo digno, recreación, inclusión, respeto al medio ambiente, participación y distribución de las riquezas (producidas por muchos, pero concentradas en pocos), son las justas exigencias de quienes reclaman un lugar en el mundo, siendo portadores de la fuerza democrática que simboliza la luz de un futuro promisorio, porque el futuro será con ellos y ellas o no será.

En ese sentido, la aversión de la clase gobernante a la diversidad radica en que esta conduce necesariamente al cuestionamiento de ese modelo económico, el cual limita per sé el desarrollo pleno del ser humano y, por consiguiente, de la sociedad. Es así como lo sistémico se vuelve talanquera para el progreso social, contrario a la marcha progresiva del género humano, mientras la democracia, con su propósito multicolor y diverso, se constituye en el antídoto para superar las úlceras que impiden dicho progreso.

Este sistema procura irradiar su uniformidad al conjunto de la sociedad (y lo hace con relativo éxito, de ahí que veamos “buenos” vecinos restaurando los CAI), pero encuentra siempre la resistencia natural de personas cuya riqueza espiritual y fuerza creadora no puede ser encuadrada, convirtiéndose en agentes de “desorden”, elementos “peligrosos” respecto al dogma conservador-eclesiástico.

No obstante, la historia es la muestra fehaciente del triunfo de lo nuevo, demuestra sobradamente que nunca lo caduco permanece, como quiera que en el universo prima la ley de la transformación constante. Siendo la sociedad humana un organismo vivo sujeto a estas leyes universales, es un axioma que lo viejo desaparecerá, las formas multicolores y diversas triunfarán sobre lo oscuro que, sin embargo, ejercerá una resistencia enconada.

Mientras la fuerza vital del universo –a través del esfuerzo de hombres y mujeres valientes-, se desembaraza del sistema económico que retrasa su marcha, en Colombia se seguirá viviendo y sintiendo esa fuerza que tira hacia adelante y se seguirán expresando las voces y sentires que, de una u otra forma, consientes o no, propugnan por la transformación y el progreso social; en el entretanto, que los CAI se pinten con los colores y formas de la diversidad y que se conviertan en bibliotecas para nuestros niños y niñas, es decir, que adquieran los tonos y matices de la democracia y la vida que se abre paso.

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