¡Quemar la casa! El apoyo de la élite a Rodolfo Hernández

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Un sector de las élites que ha dominado históricamente a Colombia prefiere quemar la casa antes que aceptar compartirla o permitir que alguien más viva con dignidad en ella.

Un sector de las élites que ha dominado históricamente a Colombia prefiere quemar la casa antes que aceptar compartirla o permitir que alguien más viva con dignidad en ella. Romperlo todo y conducir millones de vidas al abismo y la sin salida ha resultado siempre preferible para los dueños del poder antes que consentir la posibilidad del cambio democrático. Esta actitud destructiva, y hasta un punto auto destructiva, que se activa cuando está bajo amenaza su hegemonía es un rasgo profundamente incrustado en el alma de las clases dominantes del país, al punto que es una de las características que mejor las definen.  

Las muchas formas de excepcionalidad y estados de sitio que tanto han lastimado la legitimidad del Estado y sus instituciones, el intento de gobierno militar a mediados de la década del 50 que se les salió de control y la violencia política permanente contra los disidentes, son sólo algunas de las estrategias que pueden verificarse en el pasado nacional del último siglo y que siempre han actuado como tapones de contención frente a los impulsos colectivos que en diferentes momentos han buscado democratizar la sociedad.

con el Centro Democrático a la cabeza, se han ido encuadrando de manera supuestamente desinteresada con el proyecto improvisado, delirante, peligroso y demagógico de Rodolfo Hernández, a quien antes se le criticaba desde esas orillas pero ahora se le aplaude con benevolencia  y se exculpa por todas sus declaraciones  y actuaciones autoritarias.

Tras la derrota en primera vuelta del segundo candidato uribista (recordemos que el primero había sido, el prematuramente quemado, Oscar Iván Zuluaga) hemos visto cómo los sectores tradicionales de la política colombiana, con el Centro Democrático a la cabeza, se han ido encuadrando de manera supuestamente desinteresada con el proyecto improvisado, delirante, peligroso y demagógico de Rodolfo Hernández, a quien antes se le criticaba desde esas orillas pero ahora se le aplaude con benevolencia  y se exculpa por todas sus declaraciones  y actuaciones autoritarias. Si en primera vuelta el voto por esa candidatura pudo expresar descontento y voluntad de cambio, después del 29 de mayo su cualidad predominante es otra, la de servir de refugio a la derecha más conservadora y recalcitrante que hábilmente ha logrado vampirizar la emoción renovadora y de protesta de la mayoría de las y los ciudadanos que han creído en esa apuesta como una alternativa a las fuerzas del continuismo, al tiempo que agita los viejos miedos a las ideas alternativas y transformadoras para contenerlas y derrotarlas.

Lamento decepcionarles, pero no es magia, simplemente para quienes han mandado no importan los estragos presentes y futuros que puedan generar la decisión irresponsable de elegir a RH como presidente de Colombia, porque para ellos -como decía Goethe- esos estragos son placeres.

En el escenario de segunda vuelta -y como por arte de magia- la democracia más antigua de América Latina no está amenazada si se plantea gobernar bajo el amparo del estado de excepción y por decreto, no hay preocupaciones de Luis Carlos Vélez, D´arcy Quinn o cualquier otro periodista aliado del régimen porque un candidato dice que se limpia el culo con la ley, los opinadores y think-thanks de la derecha no se inquietan por las condenas de antes y los llamados a juicio por corrupción de ahora que ponen en entredicho la honorabilidad e idoneidad de quien aspira a manejar los destinos del país, y frente a la incertidumbre y el enigma de un programa de gobierno generalista y ambiguo no hay rumores de abandono masivo del país por parte del gran empresariado. Lamento decepcionarles, pero no es magia, simplemente para quienes han mandado no importan los estragos presentes y futuros que puedan generar la decisión irresponsable de elegir a RH como presidente de Colombia, porque para ellos -como decía Goethe- esos estragos son placeres.

La maltrecha e imperfecta democracia colombiana existe gracias a las luchas de su gente y, muy a pesar de sus élites

La maltrecha e imperfecta democracia colombiana existe gracias a las luchas de su gente y, muy a pesar de sus élites, estamos viviendo el que podría ser uno de los últimos coletazos del pacto de exclusión política de quienes mandan, fundado en la premisa de “gobernamos nosotros o la catástrofe”. En el horizonte avanza una opción política que pone en el centro la esperanza, que quiere una casa en la que quepamos todos en nuestra diversidad, este proyecto colectivo que se representa en la candidatura de Francia y Petro invita a cuidar y amar la casa común, en lugar de quemarla.

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