Seguridad a las malas, o cambio de paradigma

El viajero que camina en la oscuridad, rompe a cantar para engañar sus temores, pero no por ello ve más claro.” Sigmund Freud

     Multitudes, masa, colectividad, movimientos, redes sociales… es posible que hoy nos encontremos cada vez más solos entre nuestros semejantes a pesar de la perfectibilidad de las comunicaciones. No se trata únicamente de aislamiento o abandono, la soledad es también una cuestión de proporciones sociales con una trama fundamental, por no decir vieja, sobre la cual conviene andar con detenimiento. No en vano países como Japón y Reino Unido han conformado hoy en día Ministerios de la Soledad. Y es que, pareciera, hay algo en ella que no se resuelve nunca en medio de la muchedumbre heterogénea y anónima, entre el espejismo frenético de las ciudades. Sin embargo, debemos a la soledad tantas virtudes como maldiciones, dependiendo de a quién se lo preguntemos y en qué momento de su vida; pues bien, sobre el tipo de soledad a encarar en esta oportunidad se arraiga en el marco de las democracias actuales.

Desde luego, la incertidumbre política nace porque creo que somos empujados por la idea de rescatar una libertad de la que nunca hemos gozado con plenitud, en virtud de la cual el otro también adquiere su propia dignidad; toda vez que en ese espacio relacional e infinito entre el yo y el otro, prosperan formas, contenidos, pero también renovados episodios de ruptura y de crisis en convivencia, es decir, en sociedad. Lo que luego traduzco como: la amarga sensación que queda al final de una serie de derechos que no han sido conquistados sino impuestos sin ningún rigor ético, así como en el hecho de asumir como deberes esas obligaciones —menos culturales, pero sí más tributarias y hasta militares— producto de entrampamientos políticos por las vías de la coacción y la mentira mediática.

Ahora más que nunca el Estado es un escenario más real por aterrador, que por necesario. Un monstruo frio con mil tentáculos como el mismo Leviatán. Con este gobierno Duque, para ser más precisos, la joya de la corona del descaro y la estupidez de la ultraderecha criolla, ya no nos es, según favorabilidad y errores crasos de lesa humanidad, tan evidente que permitamos de buena manera que los destinos y las condiciones materiales de una nación entera puedan colocarse de forma tan arbitraria, como hasta ahora, al pendiente de un puñado de individuos; quienes casi, o por completo, operan al mejor estilo del hampa. O sea, las múltiples reformas amañadas sobre la base del Estado en manos de criminales y corruptos, cuyas arcas personales son atiborradas con los jugosos dividendos de la vida política en democracia. «¿De qué me hablas viejo?» De que cada vez se hace más contundente la relación entre las decisiones políticas de quienes representan la mayoría de los votos y las condiciones cotidianas de buena parte de la gente. Ya viene siendo hora, entre otras, de ir dejando atrás la girada postura de decidir por otros, de generalizar y universalizar los asuntos centrales de la existencia en favor de una ideología; saber que definir y mandar, es también violentar el sencillo y variado proceder de las cosas, pues ellas siempre nos revelan las otras caras de la moneda; la cosa está en que nos pueden gustar o no.

Los hechos políticos que están sacudiendo Latinoamerica este año, me han preparado finalmente para la siguiente conclusión: la lección de los indígenas es paradójica, toda vez que los pueblos originarios que confrontaron y lograron sobrevivir al colonialismo, no son tributarias de la revolución francesa; no contentos con ello, proporcionan hoy formas organizativas que logran derogar leyes y revocar cargos ministeriales en el marco del famoso Estado Social de Derecho. Los movimientos indígenas son fuertes porque, según parece, hay un carácter de unidad y propósito en el proceder comunitario que se hallan en sus prácticas, clave en la búsqueda no sólo de libertades individuales sino colectivas; a saber, el desarrollo de la vida no puede darse sin los demás.

A puertas de empezar a hablar y a reclamar con más fuerza, y a pesar de los silenciamientos y los silenciosos, las movilizaciones sociales o civiles en Colombia pueden concebir formas de lucha pacíficas pero radicales. Esto, porque sabemos cómo ningún otro país, que la violencia interna genera más escaladas de desenfreno y odio fratricida. ¿Habrá que seguir haciendo la guerra para poder vivir en paz, como abiertamente lo comprendía el mismo Aristóteles? ¿Cómo conquistamos los derechos que establecen lo humano que pretendemos ser? Es tal vez, cuestión de pensarlo dos o más veces, pues la urgencia de los de abajo, no es sólo por los imperativos vitales y materiales que evidentemente han sido negados históricamente, sino la capacidad de un desmantelamiento amoroso y creativo de las iniquidades presentes. Los golpes y los tiros de la violencia se vuelven al final contra todos, sin distingo de género, ni de color de piel, y justo en los momentos que uno menos se los espera. Luego, no cambiar la Seguridad Democrática por otra es el camino más coherente al que le está apuntando la gente ahora con miras a una paz huidiza, porque sin lo contingente, donde las cosas siempre pueden ser siempre de otra manera, el orden no tendría su razón de ser; sin el testimonio de nuestra caótica existencia, mucho menos el dios como lo quiere pintar la mayoría.

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