Ser demócrata según Estanislao Zuleta

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Estanislao Zuleta, ese intelectual colombiano nacido en Medellín, un 3 de febrero de 1935 y que falleció en Cali, un 17 de febrero de 1990, se sentía insatisfecho con la idea de democracia que propone un liberalismo simplón, que consiste en una obediencia del orden democrárico existente, así fuese restringido, y en una convivencia hipócrita que se tapa los ojos ante el conflicto; así como con la noción de democracia de cierta izquierda, concebida como una idea burguesa que no encaja con las aspiraciones revolucionarias.

Crítico, entonces, tanto de la idea de un partido único que garantizara la igualdad social, como de la democracia electorera, defensora de una libertad de las élites para acumular y formar monopolios, y de los sectores populares para morirse de hambre; en contravía de estas dos concepciones,  reivindicó una democracia radical, que pusiera en diálogo la justicia social con la participación real de la población, pero una participación que tuviese como requisito el rechazo del dogmatismo y del sectarismo, que superara la tolerancia insípida e irrespetuosa y se erigiera sobre la formación de una ciudadanía con criterio. 

Compartimos a continuación un apartado que seleccionamos de ”Educación y Democracia, un campo de combate”, texto que compila una serie de entrevistas y escritos de Estanistalo Zuleta. Una selección de  fragmentos en los que nos explica su perspectiva sobre lo que exige la democracia para realizarse a nivel de ciudadanía, pillen:

¿Qué implica la democracia?

La democracia implica (…) la modestia de reconocer que la pluralidad de pensamientos, opiniones, convicciones y visiones del mundo es enriquecedora; que la propia visión del mundo no es definitiva ni segura, porque la confrontación con otras podría obligarme a cambiarla o a enriquecerla; que la verdad no es la que yo propongo sino la que resulta del debate, del conflicto; que el pluralismo no hay que aceptarlo resignadamente sino como resultado de reconocer el hecho de que los hombres, para mi desgracia, no marchan al unísono como los relojes; que la existencia de diferentes puntos de vista, partidos o convicciones debe llevar a la aceptación del pluralismo con alegría, con la esperanza de que la confrontación de opiniones mejorará nuestros puntos de vista. En este sentido la democracia es modestia, disposición a cambiar, disposición a la reflexión autocrítica, disposición a oír al otro seriamente. En realidad, no hay ninguna teoría, de cualquier clase que sea que pueda pretender un enfoque total, ni mirada alguna que globalice el paisaje humano en su complejidad. Los enfoques sobre un mismo objeto, cuando provienen de un pensamiento propio se completan y se combaten a la vez.

Kant, que para su época y para la nuestra fue un gran maestro de la democracia, no amaba en absoluto el concepto de tolerancia; le parecía que era muy pretencioso porque parecía implicar la idea de que era inevitable tolerar las opiniones de otros, pero sobre la base de la convicción inmodificable de que «yo sé que tengo la razón». El concepto de tolerancia no le parecía especialmente fuerte ni adecuado para hablar de democracia; ésta por el contrario, consiste en sentir alegría por las diferencias que puedan existir entre nosotros, en la certeza de que los conflictos son inevitables, y de que, a pesar de que no nos van a conducir a unanimidad alguna, nos van a enriquecer.

(…) la democracia implica igualmente la exigencia del respeto. Respeto no quiere decir lo que cierta ideología liberal imagina: dejar que todo el mundo piense lo que le venga en gana y hacer uno lo propio. Este tipo de respeto conduce a un mosaico de microdogmatismo, en el que cada cual tiene su punto de vista y respeta el ajeno con tal de que no se metan con el suyo. Así ocurre en cierta fastidiosas conversaciones de café en que hay tres personas con ideas distintas y fijas y toleran que uno hable de su manía, cualquiera que sea, con tal de que después se calle y deje hablar al otro de la suya y después al otro que oye bostezando, Allí, por consiguiente, no hay ningún diálogo, hay tres monólogos.

Respeto significa, en cambio tomar en serio el pensamiento del otro; discutir con él sin agredirlo, sin violentarlo, sin ofenderlo, sin intimidarlo, sin desacreditar su punto de vista, sin aprovechar los errores que cometa o los malo ejemplos que presente, tratando de saber qué grado de verdad tiene; pero al mismo tiempo significa defender el pensamiento propio sin caer en el pequeño pacto de respeto de nuestras diferencias. Muy a menudo creemos que discutir no es respeto; muy por el contrario, el verdadero respeto exige que nuestro punto de vista, sea equivocado total o parcialmente, sea puesto en relación con el punto de vista del otro a través de la discusión. Esta idea es tan antigua que ya está enunciada por Platón en la Carta séptima a los amigos de Dión de Siracusa. En un debate seriamente llevado no hay perdedores: quien pierde gana, sostenía un error y salió de él; quien gana no pierde nada, sostenía una teoría que resultó corroborada. Esta es una disputa muy distinta a la que se presenta en las guerras, en las que el que pierde, nunca gana.

(…) debemos reconocer que en el hombre existen profundas tendencias arcaicas contra la democracia y, si queremos defenderla realmente, comencemos por reconocer una de sus mayores dificultades: nuestros orígenes no fueron democráticos. En este sentido la democracia es maduración, superación de nuestros orígenes y afirmación contra nuestras tendencias a regresar a lo arcaico, que están siempre presentes.

Los psicoanalistas, sostienen que el dogmatismo está inscrito en nuestro origen, porque los padres seres que para nosotros son esenciales nos inscribieron en un mundo que ya estaba fijado de antemano. El lenguaje, por ejemplo, no es neutro. Nunca es simplemente denotativo. No se reduce a nombrar las cosas. Está cargado de interpretación. Nos ofrece un mapa del mundo completamente valorado. El lenguaje es, pues, nuestro dogma inicial.

Tal vez siempre conservaremos la añoranza de una palabra inobjetable a la que podamos atenernos como alguna vez lo hicimos, al aprender a hablar, a la palabra de la madre. En algún momento todos pasamos por una crisis que Piera Aulagnier llama «la prueba de la duda»: el descubrimiento progresivo y doloroso de que los padres aquellos «monstruos sagrados» de nuestra infancia, eran personas comunes y corrientes, que podían equivocarse y que muchas de sus opiniones eran dudosas o sencillamente erradas. Este descubrimiento nos puede provocar resentimiento, rebelión, dolor, o llevarnos simplemente a buscar un reemplazo en el líder que elijamos. Por esto afirmamos que el dogmatismo es lo arcaico y la democracia no nos viene espontáneamente, sino como resultado de una conquista, como aceptación de la angustia, de la duda, de la duda sobre sí mismo y de pasar por «la prueba de la duda». Se han hecho descripciones muy notables sobre este punto. No pienso extenderme en él porque amerita una larga disertación. Quiero indicar solamente que nuestro origen mismo es el dogma, independientemente de dónde nacimos y del trato que nos dieron, por bondadoso y libertario que haya sido.

En el desarrollo progresivo de la democracia, es necesaria una afirmación positiva, no una afirmación resignada. La unanimidad nunca se consigue, se impone, y en realidad ni siquiera se impone, porque hay cosas que no se pueden imponer. Alguna pequeña reserva de libertad tiene el hombre en las peores circunstancias, bajo la dictadura más atroz o bajo la tortura. Un tirano puede, en esas condiciones obligarnos a decir o a hacer cualquier cosa: arrodillarnos, llorar. Pero hay dos cosas a las que nadie puede obligarnos: a pensar y a amar. Todo tirano fracasa en esta empresa cualesquiera que sean los métodos que emplee. Puede obligarnos a pensar como él, pero no lo logrará si no lo deseamos; sí por temor a la angustia que significa pensar por nosotros mismos, llegamos a pensar como el tirano, lo convertiremos en un nuevo ídolo.- Fue Dostoievski quien dijo que los hombres no habrían padecido tanto la esclavitud si no amaran tanto sus cadenas.

Hay que comenzar por reconocer que la adhesión a la democracia sólo la lograremos en lucha contra nosotros mismos: contra nuestra formación arcaica, contra nuestros anhelos de seguridad o de dogma, contra el afán de idealizar a alguien de tal manera que no nos quepan más dudas contra nuestra tendencia a despojarnos de la responsabilidad de la decisión y de la dificultad que implica el pensar por nosotros mismos.

Por todo ello la lucha por la democracia es frágil, ya que se trata de algo difícil de alcanzar. Es mejor comenzar por reconocer que es así. Muy probablemente conocer la vulnerabilidad y la fragilidad de la democracia, que la historia nos muestra de manera tan dramática, nos prepara para amarla. Cuántas bellas causas han terminado en la idolatría por un caudillo.

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