Una mirada a la crisis sanitaria por estudiantes de enfermería

La realidad que vivimos en Colombia demuestra claramente el alto nivel de entropía en nuestro “sistema” de salud. El caos en la atención, la precariedad en los programas de prevención y la poca rigurosidad de la investigación aplicada son más evidentes que nunca. Nada nuevo. Sin embargo, hay un actor que ha sido más invisibilizado que el resto: la y el estudiante.

A diario se comenta en los noticieros acerca de la cruda realidad que viven las y los trabajadores del sistema de salud, sin embargo, aquellas personas que apenas se encuentran en la etapa formativa viven una realidad igualmente cruda. En este artículo buscamos llamar la atención sobre estos jóvenes que se encuentran en una grave situación.

Para empezar, al estudiante se le ve como un peso negativo en la atención en salud. Algunos directivos de instituciones educativas y coordinadores hospitalarios comentan sin consideración alguna que las y los estudiantes del área de la salud en poco ayudan y que representan sobrecarga en los servicios. Por otra parte, las instituciones educativas se han expuesto ante una eventualidad inesperada, y la respuesta en algunas ha sido la inmovilidad total de las clases. Hay estudiantes que completan ya un año sin avanzar en sus planes de estudio, eventualidad que resulta a todas luces, crítica.

Esta situación repercute en el contexto socioeconómico y en el bienestar mental de las y los estudiantes de salud. Para la gran mayoría, culminar su carrera en un tiempo adecuado representa la única oportunidad laboral. Graduarse es entonces una garantía para ellos y sus familias, las cuales tienen una alta carga económica debido al costo de la educación y de vida en Colombia. Un año de retraso implica costos de vivienda, alimentación, que debido a la crisis económica se hacen más y más agudos en cuanto pasan los meses. Como es de esperarse, la desilusión se hace palpable en la mente del joven estudiante “¿qué estoy haciendo?” es la pregunta que inquieta, y al transcurrir las semanas y los meses esa frustración ha pasado a convertirse en tristeza, ansiedad, depresión.

Las historias de amigos y amigas que ya no hablan, de compañeros y compañeras que se retiran de las carreras, de personas que han tenido ideas suicidas han incrementado. Cómo no, si se vive entre la espada y la pared. Hay una crisis de salud, donde se requiere de todas las manos, todo el personal posible. Pero las manos del estudiantado no sirven, sobran, mejor no tenerlas. Como si ocurriera toda una metamorfosis absoluta entre el joven que estudia y el que recibe el diploma. Como si un rotulo hiciera al experto y no la transición, la curva de aprendizaje.

Esto implica pasar de un currículo en salud preordenado, rígido, invariable, a un currículo participativo, en el que el estudiante conozca el territorio, donde mejor puede aplicar sus conocimientos e identifique las necesidades concretas en salud que se requiere atender y aquello que requiere aprender para atenderlas.

Quien más puede conocer, desde un punto de vista externo, al estudiante y sus problemas, es el docente. Las y los profes escuchan los problemas, saben las preocupaciones, conocen la situación difícil para la enseñanza de la salud en esta crisis. Se hacen videollamadas en Meet, Zoom, Webex donde se comparten las historias, y juntos, estudiante y docente sueñan con regresar a la práctica, con atender pacientes en necesidad de cuidado, con hacer anamnesis, valoraciones, diagnósticos, terapias. Sueñan incluso con aprovechar la situación para transformar la forma de aprender y enseñar, salir del hospital, atención domiciliaria, creación de aplicaciones. Pero entre estudiante y profe se atraviesa algo: la burocracia institucional. A veces se enmascara en la forma de academia; a veces en la forma de autoridad; otras en la forma de autonomía universitaria. Cada idea que brota, cada propuesta que se construye queda constreñida y derruida por la fuerza de la institucionalidad. Nada sirve si no se aprueba en comités incontables, si no se analiza por los tecnócratas, si no se revisa el balance costo-beneficio.

Como si un rotulo hiciera al experto y no la transición, la curva de aprendizaje.

La primera escuela de enfermería moderna nació en la crisis. Florence Nightingale lideró un grupo de mujeres dispuestas, quienes atravesaron mar y tierra para atender heridos en combate en la península de Crimea. Fácil hubiera sido para la Florence quedarse en casa, no sacrificar nada por el miedo, amedrentarse por la dificultad que representaba alistar personas inexpertas en la atención de pacientes tan complicados. Y, sin embargo, se embarcó. Y así empezó a sonar la voz del cuidado, de la ciencia de enfermería, del arte de la atención en salud.

Imaginemos ¿cuán valiosa es la oportunidad de aprender de atención en salud en esta crisis? Es única; pero hay que saber aprovecharla. Claro que hay que tener precauciones, claro que hay que evitar a toda costa que ellas y los estudiantes se contagien. Pero los directivos deben superar el miedo. Deberán ver la oportunidad por encima del peligro.

Superar la crisis que agobia a las y los estudiantes, y que afecta a las instituciones formadoras en salud requiere que pensemos en forma distinta sobre la educación y las necesidades del país. La primera alternativa clara es aplicar medios alternativos de educación, ampliación de las herramientas virtuales y la simulación clínica. Pero quizá, la mayor propuesta es desligarnos del hospital como centro único de formación profesional en salud. La visita al domicilio del paciente, la atención comunitaria, el seguimiento telefónico y por videollamada son estrategias pendientes de utilizarse.

La mayor propuesta es desligarnos del hospital como centro único de formación profesional en salud. La visita al domicilio del paciente, la atención comunitaria, el seguimiento telefónico y por videollamada son estrategias pendientes de utilizarse.

Por otra parte, las instituciones deben pensarse en el nivel territorial y nacional. Es momento de incluir a los territorios; debe pasarse de la atención urbana de salud a la atención territorial, que incluya áreas rurales y rurales dispersas; allá donde el riesgo de contagio es menor pero las necesidades en salud son mayores. Esto implica, por último, pasar de un currículo en salud preordenado, rígido, invariable, a un currículo participativo, en el que el estudiante conozca el territorio, donde mejor puede aplicar sus conocimientos e identifique las necesidades concretas en salud que se requiere atender y aquello que requiere aprender para atenderlas.

 

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