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Tramas, atentados y terror

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Artículo escrito por Julio César Pérez García y Santiago Pérez García.

¿Qué tal si hablamos desde la ficción? ¿Y si creamos una trama novelesca en la cual procuremos llegar a presuntas verdades? Es impresentable lo acaecido al precandidato Uribe Turbay. El ejercicio de la violencia, por más que sea ejecutado hacia aquellos actores que la legitiman o enaltecen, jamás será el camino acertado en la construcción de tejido social. Únicamente favorecerá a personajes que ven lucrativo el mercado de la muerte. La tanatocracia como arquitectura político-cultural, simplemente da vía libre al miedo y la inestabilidad. Colombia no puede salir nuevamente a las urnas a votar con y por miedo. La utilidad de las desgracias, expresión que justamente da título a una obra de Fernando Aramburu, es la consigna que más de un buitre confecciona para atenazar su carroña. A diferencia de lo que plantea el escritor español, a saber: “las convicciones dogmáticas consumadas en la historia lo adiestran a uno poco a poco en el noble y entrañable ejercicio de la empatía, que es el camino que suele tomar la juventud cambiadora del mundo para dar, tras muchas cuestas y recodos, en ciudadano sereno, tolerante, compasivo” (Aramburu 347), es justo lo que carroñeros nacionales, encarnados por la ultraderecha, ven en la situación: un festín de oportunidades electoreras.

Llegar a la ficción, puede convertirse en un buen recurso para lanzar libremente nuestras presunciones como hipótesis. Podemos desenvueltamente plantear diversos escenarios. En el primero de ellos, podríamos visualizar el hastío del crimen organizado y narcotráfico hacia el gobierno de turno. Cantidades de operativos, diezmando su lucrativo negocio, atentando contra su propia estética y denunciando firmemente el contubernio con fuerzas armadas y políticas, no deja de ser una conjetura propicia. Podríamos ubicar a aquella presunta ala corrupta de las fuerzas armadas, como orquestadora del atentado, recordando históricos hechos previos a la subida de Álvaro Uribe. Carros bomba y una asonada de violencia que solo una propuesta como la seguridad democrática lograría resolver. Resultado del asunto, dos períodos presidenciales del susodicho, además de investigaciones a militares por vínculos directos con los violentos hechos. Aquel matrimonio macabro de ejército y grupos delictivos, jamás será un secreto para ningún estado. Así como tampoco aquel vínculo impresentable de grupos de ultraderecha con la criminalidad, bien sea para llenar sus bolsillos y preservar el poder o simplemente para imponer sus convicciones a sangre y plomo.

En un segundo escenario, nuestras presunciones podrían llegar a ser aún más atrevidas. Focalicemos a aquel siniestro individuo, catalogado como “el gran colombiano”. Ubiquémoslo con el agua hasta el cuello en el juicio que sigue en su contra. Cada vez más imposibilitado de dilatar el proceso con sus testigos rebuscados, periodistas imparables que denuncian la manipulación ejercida por sus abogados defensores y las álgidas confrontaciones internas con estos últimos, arrojándolo contra las cuerdas. Mostrando aquel rostro de abuelo tierno y vulnerable, contrario al aguerrido mandatario de otrora, que exigía resultados para engordar las cifras de su proyecto gubernamental. ¿Cómo desviar la atención? ¿Cómo hacer que aquel miedo primigenio vuelva al colombiano para que mi proyecto político prevalezca y me salve de la humillación y la condena? Pues bien, al igual que en Ecuador, la presunta trama del magnicidio, no estaría nada mal. Nuestra ficción cobra cada vez más tintes conspiranoicos. Al igual que un bodrio de Tom Clancy. Pero, es innegable la asociación del desastre ocurrido, con el elemento simbólico de la violencia y el pseudopaladín enfrascado en un juicio injusto, cuando él simplemente ha sido un patriota y un salvador para el país.

Si, sería perfecto, para un país que ha hecho del caudillismo una religión política, la idea de una víctima propiciatoria que nos permitiera retomar el proyecto de país que teníamos antes de que el inepto Duque hiciera que se visibilizaran las cosas permitiendo un estallido social y con un candidato progresista, que a la postre ganó, pues les vendía esperanzas de reformas sociales. Pero caramba, no hubo víctima ¿Y ahora? Pues sigamos la trama del mito.  Qué tal si, dada su pronta recuperación, pues las balas de caucho no hicieron mayor daño, vendemos la idea de que Uribe Turbay, como un hombre ejemplar que se levantó de entre los muertos, viene a ser su salvador para sacarlos del miedo y llevarlos por el camino recto de la Seguridad Democrática. Es perfecto: Miguel Uribe Turbay presidente. Este podría ser el camino más seguro para retomar el poder sobre las instituciones y garantizar que el tejido social vuelva a su cauce normal y el orden se vuelva a respirar en nuestra patria. Si, hasta podría formarse una nueva religión conformada por un Yo, el eterno, el Uribe Padre; Uribe Turbay, el hijo y la seguridad democrática, el espíritu santo. Nada mal para encausar nuevamente a nuestro rebaño de borregos. Amen.

En un tercer escenario, podríamos concebir una presunta manguala partidista con congreso y su desesperado presidente a la carga. Sí, un posible golpe de Estado, donde Efraín Cepeda reúna lo más selecto del congreso en un círculo privado con la cúpula militar. ¿No sería perfecto? Persuadir hasta el punto de la sedición. Convocar a los militares al derrocamiento presidencial, bajo argumentos emocionales, enardecidos por la indignación ciudadana. Contando con que la población, aún guarde respeto por el “gran colombiano”, su partido político y su legado de amor patriarcal por el pueblo, claro está. Porque recordando a Herbert Marcuse en Eros y Civilización: “El patriarca, padre y tirano en uno, une el sexo y el orden, el placer y la realidad; evoca el amor y el odio; garantiza las bases (…) de las que depende la historia de la humanidad” (Marcuse 72).

En esta ficción, podemos ver tres escenarios de cómo un puñado de héroes quieren adiestrar nuevamente un país. Dejar aquella senda monstruosa que nos trajo el progresismo, sus jugadas dictatoriales y la violencia extrema a la que nos ha expuesto. No importa que tengamos que mimetizarnos para hacerle creer que nos unimos a su causa, ya que luego revelaremos nuestros rectos principios. Al igual que lo imaginaron heroínas como Miranda y Juvinao, quienes disfrazadas de populacho e indígenas hicieron creer a los zurdos de mierda que lucharían por ellos. ¡Qué trucazo! De este modo, no importan las víctimas, siempre y cuando no seamos nosotros. – Un saludo fraterno, querido lector. Ciertamente, lo largo y ancho de este texto, que con mucho embeleso escribimos para su disfrute, encajaría en un whatsapp de tía, pero como dice el dicho popular amigos: “Piensa mal y adivinarás”.

Referencias

Aramburu, Fernando (2021). Utilidad de las Desgracias. Editorial Tusquets, Barcelona

Marcuse, Herbert (1983). Eros y Civilización. Editorial Seix Barral, Madrid

La patria ya no obedece: crónica del miedo burgués

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“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.”
— Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel

Cuando has tenido el poder durante más de dos siglos, cualquier intento de redistribuirlo parece una afrenta personal. Cuando el Estado ha sido el comité de administración de tus negocios —como lo llamaría Marx— que llegue un gobierno que hable de cambio (aunque sea a medias) ya se siente como una expropiación simbólica. El problema no es que Petro haya cambiado el régimen. El problema es que, por primera vez en mucho tiempo, la patria ya no obedece.

Por eso, la derecha —y su cohorte mediática— entró en pánico moral. Y no tardaron en dictar su veredicto: estamos en una dictadura. ¿La prueba? Una consulta popular. Es decir: preguntarle al pueblo. Tremenda herejía. Porque cuando el pueblo vota lo que el poder no quiere, entonces el voto se vuelve “ilegal”, “populista” o “autoritarismo disfrazado”.

Claro que hay contradicciones. Petro no ha gobernado contra la derecha; ha gobernado con la derecha. La ha invitado al gabinete, ha pactado en el Congreso, ha frenado reformas para no asustar al capital. Pero nada de eso importa. Porque el problema no es la política, es el símbolo. Lo que les arde no es el contenido del gobierno, sino su forma: que un exguerrillero, un sobreviviente de su guerra, se haya sentado en su silla.

Y entonces, los de siempre —en nombre de la libertad, el mercado y la patria— incendian micrófonos, difunden teorías conspirativas, disparan titulares como proyectiles. Y lo hacen con una habilidad digna de manual gramsciano, pero invertido: construyen hegemonía disfrazando privilegios de derechos y caprichos de justicia.

Mientras tanto, los sectores “neutrales”, confundidos por tanto ruido, repiten el guion sin cuestionarlo. Que estamos peor, que no hay institucionalidad, que esto es Venezuela en cámara lenta. Lo que no dicen es que la ruina no empezó en 2022, que la corrupción no fue invento de este gobierno, y que la represión, la desigualdad y la mentira son patrimonio histórico de quienes hoy posan de víctimas.

Porque cuando se habla de odio, hay que señalar de dónde viene. Y no es de quienes organizan asambleas, sino de quienes arman editoriales. No es de las madres que marchan por la vida de sus hijos, sino de quienes legislan para proteger a los matadores. La palabra odio ha sido secuestrada para describir la dignidad.

Lo que ocurre es que la patria está aprendiendo a decir “no”. A negarse a obedecer sin pensar. A distinguir entre autoridad legítima y dominación impuesta. Esa pequeña subversión del orden es lo que genera terror en las élites: el desorden del pensamiento propio, la grieta en la cadena de mando, la rebelión de la dignidad.

Desde los salones más lustrosos se ha activado el dispositivo habitual: el discurso de odio. Esa retórica que disfraza el clasismo de preocupación cívica, el racismo de análisis sociopolítico, y el machismo de defensa de las instituciones. De nuevo, el miedo al otro —al diferente, al que no pide permiso— se convierte en estrategia. Lo llaman castrochavismo, narcocomunismo, o socialismo exótico. Lo que nunca dicen es que es simplemente justicia pospuesta.

Petro no ha tocado las estructuras profundas del régimen. Pero con solo nombrarlas, desató la furia de una clase acostumbrada a gobernar sin ser cuestionada. Como dijo Lenin, los burgueses llaman dictadura a cualquier gobierno que no esté dirigido por ellos. Y como advertía Hinkelammert, el poder teme más al amor organizado por los pobres que a las armas de sus iguales.

Es entendible, entonces, el berrinche. Porque sí, yo también me enojaría si se me acabara el negocio de administrar el país como empresa familiar. Si la gente, por fin, empezara a preguntar. A organizarse. A desconfiar de la prensa que le habla como patrón con micrófono. Porque eso duele más que perder una elección: perder el monopolio del sentido común.

El miedo burgués no teme al desorden, sino al fin de su orden. No teme al autoritarismo, sino al fin de su exclusividad. No teme a Petro, ni a las reformas, ni a los movimientos sociales. Le teme a que la patria ya no se arrodille.

Y sí, como diría Marx en clave irónica, “la historia se repite: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa”. La tragedia fue el siglo XX, lleno de silencios, masacres y pactos de élite. La farsa es el escándalo actual de quienes, tras gobernar sin vergüenza, ahora se declaran oprimidos porque no son los únicos que hablan.

Hoy no estamos en una dictadura.
Estamos en algo peor para ellos:
un pueblo que ya no les cree.

Referencias

Hinkelammert, F. J. (1990). El sujeto y la ley: El retorno del sujeto reprimido. DEI.

Marx, K., & Engels, F. (2004). El manifiesto comunista (C. Marx & F. Engels, Autores). Ediciones Akal. (Obra original publicada en 1848)

Lenin, V. I. (1977). El Estado y la revolución. Ediciones en Lenguas Extranjeras. (Obra original publicada en 1917)

Gramsci, A. (1999). Cuadernos de la cárcel (Vols. 1–3). Ediciones Era

Marx, K. (2007). El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Ediciones Akal. (Obra original publicada en 1852)

Consulta popular por decreto: yo le pido al Gobierno que NO se abstenga

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«Consulta popular por decreto: 24 organizaciones le pedimos al Gobierno que se abstenga», así se titula el comunicado que, a continuación, procederé a responder.

¿Quién soy yo para responder un comunicado de 24 ONGs reconocidas, con trayectoria y biempensantes? Pues una igualada, pero qué le hacemos…

He tenido buenos trabajos, malos trabajos, trabajos de mierda, he cumplido horario, también me lo he saltado, he padecido el desempleo; sé qué significa ser contratista y tener hasta tres trabajos para ahorrar en el periodo de “estoy sin contrato”. Pienso que eso me da algo de legitimidad para responder el comunicado.

Desde hace unos años vengo reflexionando sobre el trabajo, me cualifico para poder decir que estoy cansada de trabajar, que me siento quemada, que no me imagino tener que hacerlo por 20 años más para cumplir la edad de pensión. La Reforma no soluciona las cosas de fondo, pero significa un reconocimiento a la clase trabajadora, a la importancia del descanso, a parar.

El comunicado habla de la Constitución, del Estado Social de Derecho, de la legalidad, la participación, de la justicia y, en términos generales, insiste y reitera que si el Presidente decreta la consulta popular, se va a volver un tirano, sin importar que lo haga con buenas intenciones, luego, en un apartado cortico le hace un tímido llamado de atención al Congreso para que no haga trampa y ni siquiera insinúa el rol tendencioso de las altas cortes.

Tengo sentimientos encontrados, me pregunto qué se debe sentir vivir en ese mundo tan desconectado de la realidad, un mundo ideal como el que cantaban Jazmin y Aladino, así, igual de planito y soso que la canción. El comunicado me hizo reflexionar sobre si me gustaría estar así de ida de la realidad o si prefiero esta vida de proletaria que me enseñó a estar alerta y en la juega. La respuesta es obvia.

Parece que los autores del comunicado replican, sin mayor elaboración, eso de que Colombia es la democracia más antigua del continente, porque desconocen, por ejemplo, que, aunque el gobierno ha impulsado en el legislativo siete grandes proyectos, solamente uno, la reforma pensional, fue aprobada. Las demás han sido hundidas, no como resultado de un debate de ideas, sino por causa de intereses económicos y políticos y con uno que otro argumento mediocre o en algunos casos, con una exposición decentemente preparada por un lobbysta, porque así es como funciona el Congreso. El rol del poder judicial, en muchos casos se asemeja más a una leyenda urbana, y con él, la separación de poderes: decreto que sale, decreto que tumban. Nunca antes las Cortes habían sido tan eficientes.

Por supuesto, las ONGs firmantes son expertas en derecho, hacen litigios internacionales, son unas duras en incidencia jurídica, pero se quedan cortas a la hora de hacer una lectura de coyuntura, pues parece hecha desde el deseo del deber ser y no desde un principio de realidad. El comunicado invoca y defiende lo más procedimental de la democracia liberal, en un contexto en el que la clase política y la oligarquía se la pasan por la faja. Claro que no se trata de hacer lo mismo, sino que la historia pone de manifiesto que a esa democracia toca refrescarla con una dosis de soberanía popular.

En un mundo ideal prima el bien común; no hay conflicto porque es superado por el consenso; la vida y la Ley V son sagradas; las leyes son el resultado de debates marcados por la racionalidad; las cortes están en función de proteger a la ciudadanía con los derechos existentes, con mejores derechos y nuevos derechos. Pero este no es el palacio gobernado por Jazmín y Aladino.

La Consulta Popular por decreto enriquece la democracia, porque genera tensiones, porque se dinamiza el tablero político, la participación se vuelve un hecho real, más allá de las elecciones y la movilización social. La democracia deja de ser solo procedimiento y se traduce en movimiento, un movimiento en el que nos preguntemos si queremos seguir jodid_s o queremos probar una gotica de dignidad. Eso es lo que necesita el país en este momento, no un pacto entre caballeros, un pacto de élites que es como ha funcionado históricamente el país, en el que se acuerde si nos van a seguir explotando igual o peor, porque ya conocemos los resultados de este tipo de acuerdos. 

Como soy una igualada, invito a las 24 ONGs que firmaron el comunicado, a que no le tengan miedo a la democracia viva. No pidan mesura, eso es lo que siempre nos pide la oligarquía y la casta política. Que el pueblo calladito y quietico se ve más bonito. Mesura, sí, mientras nos despojan de todo, no caigan en ese juego. La democracia debe ser radicalizada y profundizada. Los códigos de la democracia liberal hecha a la talla de la clase política tramposa deben ser cuestionados. La democracia también debe ser protagonizada por el campesinado, los rusos, por quienes venimos desde abajo y estamos cansadas de vivir para trabajar.

Posdata 1: aprovecho para invitarles a qué revisen las condiciones laborales de sus contratistas y las convocatorias laborales que hacen, a lo bien.

Posdata 2: patear la lonchera es mi pasión.

Posdata 3: ojalá cuando me toque pasar la HV, los sueldos sean un poquito mejores y no estén tan explotadores.

Caso Miguel Uribe y la tercerizacion del crimen

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Difícil será establecer con precisión cual de las 3 hipótesis sobre el atentado contra Miguel Uribe es altamente verificable (por problemas personales, por su ser político o búsqueda de hacer daño al gobierno Petro).

Difícil porque hoy el crimen funciona en la lógica neoliberal de la tercerización y la subcontratación. Redes de mafia que se alquilan a cualquier postor, que a su vez reclutan infancias y adolescencias desrealizadas, productos descartables del capitalismo salvaje, muchachitos en vidas abismales, muchachitos sin posibilidad de tener criterio moral.

Estos sicarios tercerizados no actúan por objetivos políticos, sino por contratos a tarea. Sobre estas vidas precarias y prescindibles los operadores políticos están a salvaguarda, no hay trazabilidad entre el sicario y el operador político. Así se mata al que no paga la deuda, al amante infiel, al líder social, al político. Todo opera en la tercerización que encuentra vidas baratas sicarializables.

Claro, ya hay cosecha de esta nueva acción sicarial tercerizada, cosecha que suma en contra del gobierno del cambio, crimen oportuno, lo haya realizado o no la extrema derecha fascista, cae como anillo al dedo. Estaba la derecha sin iniciativa política y ahora tienen bandera moral y «legítima» sed de venganza.

El país entra al periodo de la ofensiva derechista que quiere amordazar al gobierno y a quienes critiquen los exabruptos ultras. Nadie podrá criticar a los fascistas, ellos y ellas se abrogan la estatura moral que nunca han tenido.

Aprender a vivir en aguas turbulentas y peligrosas, aprender a resistir, tejer vínculos, afectos, código moral, aprender a no caer en el juego de la trivializacion binaria de buenos y malos, revolucion cultural y ética de lo común.

Ciudades, escuelas e infancias con sentidos esenciales y dignificantes, encuentro con el que piensa distinto, derecho para el que piensa y se expresa distinto.
No es tarea sencilla, es más fácil el odio y el miedo que es a donde nos quieren llevar. Aprender a no sucumbir.

Carta desde Gaza

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Ghassan Kanafani fue un profe, novelista, periodista, rebelde y fundador del Frente Popular para la Liberación de Palestina.

En 1972, con 36 años, fue asesinado por el Mossad en Beirut en un atentado con un carro bomba, sin embargo, a pesar de la persecución israelí, su pensamiento y obra siguen vivas.

Palestina en nuestros corazones.
¡Viva Palestina libre desde el río hasta el mar!

Carta desde Gaza

Mi querido Mustafá.

Acabo de recibir la carta donde dices que arreglaste todo para mí en Sacramento.

También recibí un aviso de la Universidad de California, informando sobre mi admisión en Arquitectura. Necesito agradecerte por todo lo que hiciste, pero tengo que decir, que cambié de idea.

Quiero que sepas, mi querido Mustafá, que mi decisión había sido tomada cuando aún no podía ver las cosas muy claramente. Por eso, mi amigo, no te voy a hacer compañía en el “país del verde y de los bellos rostros”,que describiste. Me voy a quedar por aquí. No voy a salir más.

Lamento mucho esa decisión cuando pienso que no vamos a poder continuar más juntos. Casi puedo oírte diciendo que debemos caminar lado a lado (y aquel nuestro juramento: “nos vamos a hacer ricos”). Pero ahora no tengo elección. Estás en lo cierto, me acuerdo bien de aquel día en que te acompañe hasta el aeropuerto de El Cairo. Apretamos las manos mientras comenzaban a girar las hélices del avión. Las imágenes, allí, se confundían en un torbellino ruidoso, acompañando el movimiento de las hélices. Hasta hoy te veo parado delante de mí, con el rostro serio y silencioso. El mismo rostro que tenías en nuestro barrio de Al Shagiah, en Gaza. Con algunas arrugas demás, es verdad. Crecimos juntos y hoy no necesitamos de muchas palabras para conversar. Prometimos estar siempre juntos. Sin embargo… “dentro de un cuarto de hora el avión despega. Deja de empujar la vida de esa manera. Mira aquí: el próximo año tú vas a Kuwait. Ahorra algún dinero, el suficiente para dejar Gaza e ir a California. Nosotros comenzamos juntos y necesitamos continuar juntos”.

Yo miraba el movimiento rápido, inquieto de sus labios. Era el mismo modo de hablar, sin puntos ni coma. Pero yo sentía, aunque de una manera media confusa, que tu no estabas contento con ese escape. Fui incapaz de enumerarme tres motivos que la enumerasen. Ya había sufrido mucho y tenía todas las razones para preguntarme: ¿por qué no abandonar Gaza y salir fuera? Pero tú, por el contrario, ya estabas mejorando de vida. El Ministerio de Educación de Kuwait había confirmado el empleo, mientras yo había sido rechazado. Durante aquellos años de miseria, recibí de ti algunas pequeñas cantidades de dinero, que siempre hice llamar préstamos para no humillarme.
Conocías bien mi situación familiar y sabías que el pequeño salario que yo recibía en la escuela primaria no era suficiente para las necesidades de mi madre, ni de la viuda de mi hermano y sus cuatro hijos.

“Escucha bien. Escribe todos los días, todas las horas, todos los minutos. El avión va a despegar… Adiós. Mejor hasta la vista… Hasta la vista”.

Tus labios fríos tocaron mi rostro. Tú comenzaste a andar en dirección del avión. Cuando se dio vuelta, a lo lejos, pude percibir tus ojos llenos de lágrimas.

Poco tiempo después, el Ministerio de Educación de Kuwait me ofreció un empleo. No necesito dar detalles nuevamente de mi vida cotidiana después de eso. Te he escrito sin parar. La vida era monótona y medio vacía; vivía hecho una ostra. Sofocado por una terrible soledad, luchaba todo el tiempo y veía el futuro tan oscuro como el corazón de la noche. Una rutina insoportable, arrastrada, una resistencia sin fin contra la fuerza del deterioro provocado por el pasar del tiempo. Todo a mí alrededor era vicioso, asfixiante. La vida era apenas la espera viscosa del fin de cada mes.

Hacia la mitad del año, los judíos comenzaban a levantarse contra la base de Al Shagiah, y después bombardearon Gaza. Cubrieron nuestra Gaza de bombas y fuego. Eso podría haber quebrado la rutina en que yo vivía, pero a aquella altura nada me motivaba. Estaba casi abandonando para ir a California, vivir un poco para mí después de tantos años de sufrimiento. Odiaba Gaza y a todo el mundo que vivía en ella. Todo lo que existía en esta tierra desolada me recordaba un cuadro pintado, una vez, por un compañero de cuarto en el hospital, todo en tonos grises. Siempre di el dinero suficiente para la sobrevivencia de mi madre, de la viuda de mi hermano y de sus hijos. Me inspiraban gran piedad, pero no podían justificar que me resignase a mi tragedia y continuase a vegetar, hundiéndome más y más. En California podría también librarme de esa responsabilidad. En ese verde país, lejos de los aires de la derrota que me persiguió por siete años… Era preciso huir.

Mustafá, tú comprendes esos sentimientos porque también pasaste por eso. Y, ¿de qué estará hecho ese vínculo misterioso que nos aferra, a pesar de todo, a Gaza y que frena nuestro impulso rumbo a lo desconocido? ¿Por qué no intentamos analizar ese misterio, intentando esclarecerlo? Porque en el fondo de nosotros, ¿no existía la certeza de querer olvidar la derrota y curar las heridas, de querer abrazar una nueva vida, más alegre, sin preocupaciones? ¿Por qué? A esa pregunta nunca osamos responder. Por lo menos, hasta hoy…

En las vacaciones de junio, cuando ya estaba arreglando todo para partir, cuando mi imaginación se zambullía en las primeras y pequeñas cosas que dan a la vida sabor y placer, descubrí en Gaza cosas que nunca había visto antes, como un viejo marisco pegado a su concha que el mar había botado, por ahí, en la arena. Más doblado sobre sí mismo que el alma de quien duerme en plena pesadilla. En las minúsculas calles y pasajes, siempre el aroma hecho de la mezcla de derrota y pobreza, las casas con sus balcones somnolientos. Era Gaza…

Una red de ríos inexplicablemente enlazados que nos unía a nuestras familias, nuestras casas, nuestros recuerdos, como una fuente que atrae hacia ella al viajante perdido. No sé exactamente lo que pasó conmigo. Todo lo que sé es que fui a visitar a mi madre un día, bien temprano. Allí, encontré a la viuda de mi hermano que me pidió, llorando, que atendiese al pedido de su hija Nadia, para verla en la misma noche en el hospital de Gaza. ¿Tú conociste a Nadia, la hija de mi hermano, tan bonita ya con sus trece años de edad?

Al final de la tarde, compré una libra de manzanas y fui al hospital. Yo sabía que mi madre y la viuda de mi hermano me habían escondido alguna cosa con respecto a Nadia, algo que no podía decir frente a mí. Sentí, pero no podía adivinar. Me gustaba Nadia como me gustaban todos los niños de esa generación. Niños que habían bebido la leche de la derrota y que se habían acostumbrado a la vida errante; al punto de que una vida sedentaria, tranquila, les parecía una especie de anomalía social.

¿Qué ocurrió en el hospital? Entré tranquilamente en el cuarto blanco. Un niño enfermo tiene algo de santo. Pero ¿a qué se parece un niño marcado por las crueles y dolorosas heridas? Nadia estaba acostada en la cama, sobre una sábana muy blanca. Sus cabellos despeinados hacían al rostro parecer una joya en una caja de pelos blancos. Había un profundo silencio en los ojos, y noté las lágrimas en el fondo de ellos. Pero tenía la mirada serena, como la de un profeta atormentado. Era aún una niña, pero había crecido mucho en poco tiempo, se podía percibir.

— Nadia…

No sé si fui yo u otra persona quien pronunció su nombre. Ella levantó los ojos hacia mí. Cuando vi aquellos ojos negros sentí derretirme como un pedazo de azúcar metido en una cucharada de té hirviendo. Vi su sonrisa transparente y oí su voz:

— ¡Tío! ¿Viniste de Kuwait?

Su voz parecía quebrarse dentro de la garganta. Necesitó apoyarse sobre las manos para levantar el cuello en mi dirección. Coloqué la mano en su espalda y me senté en la orilla del colchón:

— Traje unos presentes de Kuwait. Muchos presentes, pero voy a esperar hasta que te levantes, que té mejores y vuelvas a casa. Compré un pantalón, aquel pantalón rojo que me pediste, ¿recuerdas?

Fue un error que la tensión que venía creciendo sin parar dentro de mí, acabó por provocar. Nadia tiritó, como si un escalofrío recorriera su cuerpo. Agachó la cabeza, guardando una calma espantosa. Sentí sus lágrimas en las palmas de la mano.

— ¿Qué ocurrió Nadia? ¿No quieres el pantalón rojo?

Ella me miró como si fuese a decir algo, pero continuó en silencio. Después de un momento, oí su voz, que parecía venir de muy lejos:

—Tío…

Retiró la colcha blanca para mostrarme la pierna, amputada a la altura del fémur.

Mustafá, ya nunca más voy a poder olvidar eso. No voy a poder olvidar la tristeza que a partir de entonces marca todos los trazos del rostro de ella. Dejé el hospital al final de la tarde para salir andando por los barrios de la ciudad, con las manos crispadas sobre el paquete de manzanas. Con la luz del sol que caía, las calles me parecieron bañadas en sangre. Gaza me pareció enteramente diferente de la ciudad que tú y yo conocimos. Las piedras amontonadas a la entrada del barrio de Shagiah daban la impresión de transmitir algo que se me escapaba. La Gaza en que pasamos siete años de tristeza y frustración no estaba más allí. En su lugar, había una especie de inicio, de muestra de algo que venía desde el frente.

La calle principal, que tomé para volver a casa parecía el primer techo de una carretera, más larga que aquella que va hasta Safad.

Gaza, y todo lo que había en ella, se estremecía alrededor de la pierna amputada de Nadia, gritaba una petición que era más que una petición, era el deseo delirante de dar de vuelta a Nadia la pierna cortada.

Caminé por las calles que el sol aún bañaba. Supe que Nadia había perdido la pierna al intentar proteger a los hermanos cuando su casa se incendió durante el bombardeo. Ella podría haber huido y escapado ilesa. Pero no fue así. ¿Tú sabes por qué?

No, Mustafá. No voy más a Sacramento. No lamento eso. No voy a poder ir hasta el fin de los sueños que tuvimos juntos desde la infancia.

Es preciso que dejemos crecer este extraño sentimiento, que ciertamente tuve, como una herida, al dejar Gaza. Tenemos que hacer que él supere a todos los otros. Busca dentro de ti mismo hasta encontrarlo. Pero creo que tu no podrás reencontrarlo a no ser que lo hagas aquí, en medio de las ruinas de nuestra tragedia.

No voy a partir más. Tú eres quien debe volver. Volver para aprender, delante de la pierna amputada de Nadia, lo que vale la vida, nuestra vida.

Vuelve, nosotros te esperamos.

Ser de izquierdas es estar contra la explotación

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Tener que trabajar es paila, vivir para trabajar es uno de los reflejos de la crueldad de este sistema, hacer que el trabajo para otras personas sea más horrible de lo que ya es, es una práctica lamentable.

Pero también parece que negocios son negocios. Que sin importar si se es de izquierda o derecha, la clave es sacarle el jugo a l_s empleados y explotar su fuerza de trabajo a lo que marque, porque el tiempo es oro, pero el del empleador, el otro no importa.

En Colombia las y los trabajadores no estamos bien en ningún sentido. Nos quemamos jóvenes; padecemos explotación, autoexplotación y co-explotación; tener derechos laborales parece algo casi imposible; los días de descanso en realidad son de recuperación y no son suficientes; no basta con cumplir el objetivo del contrato, sino que toca echarse más cargas encima, las que pide el patrón y las que se asuman para demostrar proactividad. El reconocimiento del cuidado se queda en el discurso, porque no se tiene en cuenta la doble carga laboral de las mujeres. 

Obreros y obreras lucharon por los tres ochos, la derecha nos los arrebató y el lugar de quienes nos decimos de izquierda o somos conscientes de la precarización a la que nos someten, está en recuperarlos, en ir por más derechos y mejores derechos, pero como decía mi abuela, eso se consigue diciendo y haciendo.

Algunas personas están saliendo en redes a justificar la precariedad laboral, ya lo han hecho antes porque crecieron con la absurda idea de que al que madruga dios le ayuda, porque el centro de la vida debe ser el sacrificio, o que la sociedad es de tiburones. Y por lo visto esa gente está en todos los espectros políticos. 

Creo que Marx no es un man que se cita solo para quedar bien, que si una persona se dice de izquierda eso se debe reflejar en su cotidianidad, en unos mínimos de respeto, porque en este sistema de mierda, no ser tan paila resulta revolucionario. Pero bueno, soy una señora mamerta y soñadora que cree en unos valores que, al parecer, se pierden con mejores puestos o salarios.

Mejor dicho, soy de izquierdas y estoy en contra de la explotación.

«Me pregunto quién inventó la expresión ganarse la vida como sinónimo de trabajar.
En dónde está ese idiota»: Alejandra Pizarnik.

La Reforma laboral y el espejo roto del progresismo: notas sobre la coyuntura

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La mayoría de los análisis políticos de los últimos días se han centrado en discutir quién ganó o perdió con el hundimiento de la reforma laboral y el rechazo del Senado a la consulta popular. En lo fundamental, considero que ese es un ejercicio estéril: la situación sigue abierta, y a estas alturas es muy difícil declarar ganadores o perdedores definitivos. Más útil resulta apartarse del regate corto y asumir una mirada de largo aliento. Por eso, aquí propongo abordar otra arista del debate, que me parece más provechosa para las izquierdas y para quienes, desde posturas revolucionarias, hemos apoyado y defendido al actual gobierno.

Me interesa reflexionar hasta qué punto la coyuntura reciente, en torno a la reforma laboral, agudiza el cuestionamiento de varias de las hipótesis políticas centrales sobre las que se construyó la narrativa de campaña y la acción del gobierno progresista. Si tiramos de ese hilo, nos veremos obligados también a pensar con mayor seriedad en los límites del progresismo y en la necesidad de: primero, distinguir con claridad entre izquierdas y progresismo; y segundo, reevaluar los términos de una alianza política que hasta ahora se ha asumido como incuestionable, y cuyo efecto más notorio ha sido que la mayoría de las izquierdas hemos terminado desdibujadas, marchando a la cola del gobierno.

Primera hipótesis: sectores representativos de las clases dominantes pueden ser persuadidos para impulsar reformas

El gobierno progresista que triunfó en 2022, encabezado por el presidente Petro, se edificó sobre la idea de que era posible —y necesario— construir un «Pacto Histórico» o un «acuerdo nacional» con sectores y fracciones significativas de la burguesía colombiana, con el fin de promover reformas que beneficiaran al pueblo y mitigaran o erradicaran las profundas desigualdades estructurales del país. El sabotaje jurídico a los aspectos más progresivos de la reforma tributaria, la amenaza latente sobre la reforma pensional y el naufragio —primero de la reforma laboral y luego de la consulta popular— muestran que la mayoría de las clases dominantes colombianas no quieren pactar nada. No están dispuestas a ceder ni un ápice, y prefieren perder la mano antes que soltar un solo anillo.

La estrategia desplegada para enfrentar este bloqueo político-institucional ha combinado la entrega de cuotas burocráticas a sectores tradicionales para conformar mayorías, el uso instrumental de la movilización social para presionar, y una retórica oscilante entre la revolución y la conciliación. Esta fórmula ha servido para que el gobierno controle los términos del debate mediático nacional, pero no para avanzar de manera efectiva en concretar la agenda de reformas.

Un ejemplo de esta ineficacia es la inclusión protagónica de Armando Benedetti en el gabinete, bajo el argumento de que su «malicia parlamentaria» y pragmatismo inveterado facilitarían el trámite de las reformas, al tender puentes con sectores tradicionales. El balance, sin embargo, es claramente ruinoso.

Segunda hipótesis: para sostener un proyecto de cambio basta con «ciudadanías libres y multicolores»

Tras el hundimiento de la consulta, de manera atropellada se ha hablado desde el gobierno de cabildos populares, huelgas generales, recolección de firmas, apoyo a la mini reforma del partido liberal… En una suerte de estrategia de «todo, en todas partes, al mismo tiempo», el gobierno intenta rodearse de pueblo, pero el músculo organizativo con el que cuenta es precario. Entre otras razones, porque el propio presidente ha fustigado repetidamente las formas de organización política y social que podrían obstaculizar su estilo caudillista de dirección.

En el sancocho teórico del presidente Petro —que, paradójicamente, ha contribuido tanto a su éxito electoral como a muchos de sus errores políticos— desempeñan un rol central las ideas de Toni Negri sobre la multitud. En su lectura, las «ciudadanías libres» valen más que los partidos, las estructuras, los cuadros o los militantes. Con esta retórica —poética cuando habla de «muchedumbres multicolores», o pseudoanarquista cuando se describe como un «alma libre» emancipada de las estructuras— el presidente ha atacado en varias ocasiones a las izquierdas organizadas, cuyos esfuerzos colectivos han sido construidos tesoneramente a lo largo de décadas de estigmatización y represión. Curiosamente, son esos acumulados sindicales, campesinos, estudiantiles y populares los que más le han respaldado, y a los que recurre siempre que necesita llenar plazas.

El problema de fondo de esta concepción —como señalé en una columna anterior (ver: Solamente la organización vence al tiempo)— es que presenta como virtud lo que en realidad es una de las debilidades estructurales del progresismo colombiano: su desprecio a la organización. Lejos de fortalecer experiencias políticas autónomas y de base, como cree Petro, esta postura ha afianzado una lógica caudillista que tiene larga duración en la política nacional, donde las «ciudadanías libres» se convocan para escuchar pasivamente al caudillo y atender sus cambiantes solicitudes, según lo dicten las necesidades coyunturales del gobierno. Sin una organización sólida, no hay crítica interna que fortalezca el proyecto, no hay debate estratégico, ni implantación territorial, ni cuadros formados que asuman responsabilidades. Todo se reduce a la voluntad presidencial, al monólogo unidireccional del caudillo que instruye y señala el camino en discursos, alocuciones o trinos.

Mientras tanto, la acción política del gobierno se llena de siglas vaporosas que no maduran: Frente Amplio, Coordinadora Nacional por el Cambio, Asamblea Nacional Popular, Partido Único, Cabildos Populares… Una visión que se proclama enemiga de los aparatos termina, en los hechos, creando estructuras efímeras, al servicio exclusivo de mantener en la cúspide al presidente como única voz autorizada. Si el proyecto progresista no abandona su ambigüedad frente a la organización popular, seguirá dejando el terreno libre a los Roy, los Benedetti y demás derechas que sí han construido redes organizativas fuertes. Sin organización fuerte, diversa y cohesionada, no es posible cambiar este país.

Tercera hipótesis: la movilización como alternativa instrumentalizada y remedial frente a las múltiples crisis del gobierno

Desde el inicio, el progresismo buscó encauzar institucionalmente el descontento social que irrumpió en la vida nacional durante el trienio rebelde de 2019- 2021. Esa promesa de “explosión controlada” sedujo a sectores como el de Alejandro Gaviria y otros centristas, que vieron en el triunfo de Petro una forma de canalizar e institucionalizar la protesta popular sin alterar demasiado el orden establecido. En parte este punto de arranque explica por qué la relación entre el gobierno y la movilización ha sido primordialmente instrumental: se convoca al pueblo para apagar incendios, no para construir o proyectar la acción política. Cada vez que el Ejecutivo sufre un revés, traslada automáticamente la responsabilidad al pueblo, que debe salir a respaldarlo sin condiciones. Así, la movilización se reduce a un mecanismo reactivo, dependiente de las urgencias del gobierno, en lugar de ser una herramienta estratégica de transformación y protagonismo popular.

Esta concepción termina debilitando la potencia transformadora de la movilización y la independencia y autonomía de los sectores populares a las que no se concibe como actores con agenda propia, sino como una correa de transmisión subordinada al ritmo de las urgencias presidenciales. Ver a Armando Benedetti hablando de convocar una huelga general como si los procesos sociales de movilización se decretaran nos da la medida de lo muy extraviado que esta el gobierno en su relación con la movilización social y popular. 

La coyuntura nos llama a exigir del gobierno nacional que expida por decreto todas las medidas para proteger los derechos laborales que sean jurídicamente posibles. Un buen punto de arranque en este sentido podrían ser los compromisos de la entonces ministra del trabajo en la Conferencia Nacional del Trabajo de septiembre de 2022. En segundo lugar, el presidente debe sentarse a dialogar con las organizaciones sociales y populares para construir colectivamente una estrategia, en vez de persistir en la táctica de lanzar muchas propuestas dispersas que terminan desgastando las fuerzas sociales y su capacidad de movilización. 

Y, por último, las izquierdas debemos reflexionar con profundidad sobre las lecciones de esta experiencia de gobierno. Hoy, más que nunca, urge abrir un espacio político situado a la izquierda del progresismo: uno que no se limite a cargar maletas ni a sostener un malmenorismo sin horizonte. Cambiar este país sigue siendo una tarea pendiente. Las izquierdas y las posturas revolucionarias pueden y deben seguir aportando en esa dirección.

¿Salario emocional? Parece que el genio malinterpretó mi deseo

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Buscando motivos para acumular más rabia frente a las dinámicas actuales del trabajo, claramente encontré otro que se añade a mi lista interminable y que no puedo guardarme. No puede ser que me deprima sola cuando también puedo generarles otras crisis a ustedes.

En Colombia existe una vaina llamada Superintendencia de la Economía Solidaria, o Supersolidaria, que se encarga de que la cosa vaya bien con las cooperativas, fondos de empleados y mutuales. Resulta que esta pipol el año pasado sacó un documento llamado “Guía de salario emocional”. Me había topado hace un tiempo con el concepto e hice cara de sin esquinas, de cuatro letras, del Anubis, o como le quieran llamar. De entrada, eso me sonaba a que en lugar de pagarme bien, me darían emociones, y yo creo que ya el trabajo me ha hecho millonaria en lágrimas, así que perdónenme todos, no acecto.

Me puse a leerlo, como si no tuviera más cosas para perder el tiempo, y vaya joyita esta. El objetivo de la guía es este: “generar estímulos motivacionales aplicados al talento del capital humano de la Supersolidaria, a través de beneficios que permitan fortalecer el sentido de pertenencia de los funcionarios y funcionarias y la apropiación de su trabajo, para que de forma innovadora se promueva su bienestar laboral y familiar”.

Para empezar con mi deporte favorito, que es lanzamiento de mierda a distancias impensables olímpicamente, esta vuelta del capital humano nos ha hecho mucho daño. El capital es lo que usamos para producir, y claro, ahí está nuestra fuerza de trabajo que en un sistema capitalista es vista como un recurso más a explotar. Nunca les han importado nuestras emociones, lo que importa es cómo explotar todo lo posible esta fuerza para que se acumule el mayor de los capitales, según ese punto de vista. Así que…empezamos mal.

Por otro lado, se busca motivar a la pipol para que su sentido de pertenencia aumente y se apropien de su trabajo. Nea, si una empresa no es mía, si los medios no son míos, si la riqueza no es para mí, ¿por qué yo habría de tener sentido de pertenencia? Trabajo porque necesito el salario para cubrir las necesidades que este sistema horrible creó, no porque ame trabajar, así que menos voy a querer un espacio que otro ser creó porque tuvo los privilegios para hacerlo, a cambio de que mucha gente solo tenga para ofrecer su cuerpo, su fuerza y su energía. Esta película de amar el trabajo para no sentir que trabajamos ningún día…bebé, el niño dios son los papás.

Avanzando más en la guía, hablan y hablan del bienestar de les trabajadores, pero ¡ojo! Esto se gana, no es algo a lo que tengamos derecho por el hecho de entregar cada día nuestra fuerza de trabajo y energía vital, no, esto es una especie de boleto que compras con tu sudor, como un raspa y gana que puedes redimir en alguna vaina. Les daré ejemplos concretos. La Supersolidaria creó una tabla de incentivos y salario emocional, en la que a cambio de participar en actividades puedes canjear premios por la cantidad de puntos acumulados.

Así, si “colaboras” como capacitador interno durante cinco jornadas, recibirás un día de descanso al final del semestre o 50 puntos. Crear iniciativas innovadoras que aporten “valor agregado” a las y los funcionarios, puede llevarlo a participar en un concurso en el que por medio de encuesta se elegirá la iniciativa ganadora y a cambio tendrá un reconocimiento a fin de año, o 100 puntos. También, si hace aseo a los puestos de trabajo o participa en inspecciones de orden o en simulacros de emergencias, puede tener hasta 60 puntos.  ¡De repente me dieron unas ganas de trapear!

¿Qué se gana la pipol con los puntos? Más ejemplos. Si usted acumula 400 puntos, puede canjear un “Bono combo de pizza y gaseosa para compartir en familia” o un “Bono de Cine Colombia para dos personas”. Por 600 puntos puede tener un bono para actividades deportivas. Pana, yo montando en bici gratis para ir a camellar…y sin puntos (miau miau miau miau).

Quisiera que esto fuera un chiste o una historia inventada para entretenerles, pero no, es una de las estrategias que hoy abundan en el mundo del trabajo para nombrar con eufemismos las “innovadoras” acciones con las cuales buscan sobre explotarnos. Si una empresa en serio está pensando en que la gente no la pase tan mal, ¿por qué no le brinda opciones a la gente sin que tenga que trabajar más por ello? ¿por qué le llaman “pertenencia” a hacerle aseo al puesto de trabajo si eso no está en mi contrato? ¿por qué nombran como “apropiación del trabajo” una serie de actividades humillantes con las que creen que voy a amar el lugar donde me explotan? ¿Por qué no le pagan dignamente a la gente? Esto es un trabajo, no es mi familia, no es mi deseo estar ahí necesariamente, preferiría estar descansando, así que no, no amo el trabajo, ni admiro estas estrategias del conductismo barato donde me tratan como a una mascota. Dejen de tratarnos como pendejxs.

Cansadxs del mundo, ¡dormíos! No les creas.

Referencia bibliográfica

Superintendencia de Economía Solidaria. (2024). Guía de salario emocional 2024. Recuperado de https://www.supersolidaria.gov.co/sites/default/files/data/20240416_guia_salario_emocional.pdf

El ascenso de lo inhumano

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Que contradictorio que plataformas como Netflix, encargadas del entretenimiento de masas, logren calar interpretaciones históricas y sociales tan impactantes. Ya lo habíamos discutido con series como Adolescencia, de la cual su servidor aquí presente esgrimió su humilde opinión. Y ahora, vemos lo propio con uno de los episodios de Black Mirror en su última temporada, titulado Gente Corriente. ¿Por qué resulta impactante? ¿Es una radiografía de lo inhumano? Este capítulo nos acorrala en dos situaciones hipotéticas. Por un lado, el desarrollo tecnológico y científico que sobrepasa cualquier consideración ética y sociocultural. Y, por otro, la subsecuente mercantilización de los servicios y derechos que todo aldeano global debería disfrutar, verbigracia, la salud.

El profesor Stuart Sim, tomando al filósofo Jean François Lyotard como punto de partida, a razón de conceptos tales como lo inhumano, nos expone: “El humanismo es tomado también como equivalente de capitalismo avanzado, la represión política, la destrucción de la mayoría de los recursos renovables y las grandes narrativas – el marxismo, la democracia liberal o el capitalismo, por ejemplo – que demandan nuestra sumisión a su voluntad (…) en donde la dominación sobre el propio medio ambiente y el deseo de lograr soluciones racionales para ciertos problemas sociales que percibían fueron llevados a conclusiones lógicas y horrorosas” (Sim 20). Este planteamiento nos exhibe algo crucial ¿Es el humanismo una retórica que transgrede o consolida el capitalismo? Al aventurarnos a dar una interpretación de las palabras expuestas por el profesor Sim, podemos encontrarnos con un humanismo como consecuencia obvia del sistema productivo. Lastimosamente, una contingencia completamente inofensiva.

En el capítulo de la serie, luego de la trágica enfermedad acaecida a la esposa, situación que plantea el giro dramático en la trama, la búsqueda de atención médica, fue la decisión más obvia. El tratamiento clínico y su respectiva atención, más allá de su incuestionable costo monetario, figuraba como el acercamiento más humano, fraternal e incluso tierno. La asesora del centro médico, cual hada madrina otorgadora de dones milagrosos, insuflaba de ánimo y esperanza a la pareja. Tal como las promesas capitalistas, tecnológicas e industriales de un mundo igualitario y milagroso, cercano a aquel paraíso de leche y miel, constituyó el fuerte discurso publicitario de la vendedora. Vemos aquí como la salud al servicio de los grandes capitales, trazaba la amarga conclusión de la pareja. Se desenmascara el avance médico-tecnológico como un tentáculo más del capitalismo y un paradigma marginal a lo que, en principios estatales, debería ser el libre ejercicio de un derecho fundamental. Así pues, el episodio nos muestra una radiografía de las personas que pertenecemos al sistema regular. Individuos con ingresos modestos, cuya salida al más grave impase médico, es que nos lleve una muerte fulminante o en su defecto, algo poco doloroso con lo cual se pueda convivir. La ciencia ficción, cada vez más cercana a nuestra realidad, nos exterioriza su cara más cínica. Dejando en evidencia que el discurso más precario resulta ser el humanista, y que el advenimiento de lo inhumano es parte ya de nuestros avatares, como lo expusiera Stuart Sim: “Si bien el humanismo puede haber empezado como un movimiento que liberase a la humanidad del peso muerto de la tradición, se ha vuelto en sí mismo tradición y oprime a su vez a la humanidad, según cuenta la historia. Por esto debe resistírselo y socavar sus bases en la medida de lo posible” (Sim 21).

Termina siendo algo apocalíptico y doloroso, que la retórica de resistencia finalice como parte del paisaje. La consolidación de una consciencia más humana, el anhelado espíritu en la máquina, constituye una mera tradición histórica, al igual que un elemento cosmético de la racionalidad materialista en que vivimos. La pareja en Black Mirror, representa la cotidianidad de un sistema chupa sangre. Es notorio el poco alcance ético del tratamiento, además de la ambigüedad de una existencia útil al sistema productivo (personificada por la esposa). El inhumanismo de Lyotard, representado por la biotecnología, alcanza uno de sus máximos estandartes: El transhumanismo al servicio del capital. Valga citar los interrogantes de Francis Fukuyama en su obra El Fin del Hombre, a razón de los posibles alcances del avance tecnológico: “¿Cómo deberíamos reaccionar ante una biotecnología que, en el futuro, encerrará grandes beneficios potenciales y amenazas que pueden ser ora físicas y evidentes, ora espirituales y sutiles? La respuesta es evidente: deberíamos utilizar el poder del estado para regularla. Y si la tarea rebasa la capacidad de cualquier nación individual, será necesario hacerlo en un marco internacional” (Fukuyama 27).

Pero, ¿Qué hacer cuando el Estado no es suficiente? ¿Cómo reaccionar ante un sistema que está edificado para beneficiar a los grandes capitales antes que a los ciudadanos? El argumento del episodio, hace que cuestionemos nuestra casi invisible participación de las decisiones gubernamentales. En un país como el nuestro, donde por cada reforma que beneficie a la ciudadanía, debemos movilizarnos para exigirle a la rancia élite política que haga su trabajo de manera ética y humana, es completamente evidente el avorazado interés de los mercachifles de la salud en que todo permanezca igual. A los ciudadanos, nos resta asumir la postura del esposo en el episodio. Hacer las veces de bufón para obtener unos pesos más y así acceder a un tratamiento digno, o en su defecto, un simple paliativo. En el territorio nacional, el alma es la prisión del cuerpo, aludiendo a una postura foucaultiana. Nos rendimos frente a las actitudes político-ideológicas tradicionales, aquellas que nos indican que el sufrimiento es una bendición y que el trabajo mal pago encaminado a la extinción nos asegura la redención. Lo inhumano, como nos lo indica Sim, es quizá una nueva forma de considerar la existencia, “este cambio de perspectiva puede tomar formas muy diferentes. Un viraje posible es hacia aquello que podríamos denominar “inhumanismo”: una supresión de las líneas entre los seres humanos y las máquinas que va mucho más allá de los procedimientos médicos actuales” (Sim 25). Así mismo, la máquina mercantil nos va despojando de lo que resta. La resistencia, resulta más allá de nuestra condición. El capitalismo, medida fundamental de la racionalidad más pura, nos ha llevado al horror. Parafraseando a Adorno: escribir ahora poesía, resulta cosa de bárbaros.

Referencias

Fukuyama, Francis (2008). El Fin del Hombre. Editorial Zeta, Barcelona

Sim, Stuart (2004). Lyotard y lo Inhumano. Editorial Gedisa, Barcelona

A la institucionalidad le hace falta una dosis de utopía

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Me avergüenza decir que se me cayeron unas cuantas uñas de los pies. Es que el paso de indio no hay que tomarlo a la ligera. El camino fue largo, muy largo, y al siguiente día también, la comodidad citadina dolió esos días, sentía que cada paso era, y debía ser, el último, pero la mirada burlona de los compañeros indígenas me llevaba a sacar fuerzas de donde no había. Subí al resguardo con el primer grupo, el segundo grupo subía después mientras reunía el mercado necesario para la jornada; fue pronto que nos vimos superados por ese escuadrón que con mirada recia y paso firme, se mezcló rápido con el bosque húmedo tropical que se sentía más húmedo que de costumbre.

Con el aliento que apenas tenía intentaba hacer conversación, lo productivo de los viajes está en la «conversa» como dicen allá. Me contaron sobre la imposibilidad de electrificar porque el actor armado sembró minas antipersona y eso frenó el proyecto. Cuando cae la noche en el resguardo solo se ven algunos rasgos resaltados por la luz del celular —tienen algunos paneles solares cuya energía alcanza para cargar el teléfono—. También hay sombras por el fogón de la estufa de leña y el humo se conjuga con el idioma propio, las risas de los niños y ese sonido de los grillos, ranas y otros animales que no alcanzo a reconocer.

Se mezcla la melancolía con la tristeza, el extrañamiento, el asombro, y un sentimiento incómodo que me acompaña en los viajes y que no me deja simplemente adaptarme al ambiente: la indignación. ¿Por qué no tienen luz en la noche? No, no se debe a una práctica cultural escencializada, se debe a la guerra por el control territorial de los cultivos de coca, a la disputa por las salidas y entradas, también al racismo, a que es tierra de indios y no un centro estratégico de desarrollo. Es lo que ya he visto antes, pero no me acostumbro. Se debe a toda esa basura. 

El camino largo para llegar a este y otros resguardos no tiene explicación en un ejercicio de «senderismo» nivel profesional. No sé trata del afán citadino de encontrarse con la naturaleza. Es, por el contrario, la ley de la necesidad. No hay placa huella, ni línea huella, en cambio, hay proyectos y sueños, que incluyen una garrucha, una vía, o la misma electrificación. Lo básico, lo urgente, es el sueño. 

Días después, ya en la ciudad, mi mamerteria me hace recordar una frase polémica de Lenin, «el comunismo es el poder de los soviet más la electrificación de Rusia». La frase ha sido exaltada y cuestionada con los años. Más allá de los debates teóricos hay un núcleo de verdad en ella: la electrificación, las vías, los acueductos, pensados desde el punto de vista de la gente y no del capital, son revolucionarios. Es una verdad básica pero que en ocasiones se pierde de vista entre tanta reflexión. 

El movimiento indígena es complejo. Hay mil sinsabores y mil contradicciones, los espacios de concertación casi siempre son un golpe de realidad, porque se sabe que hay ganancias, pero que las autoridades y comuneros de base muchas veces dicen «eso que se concerta en Bogotá no se ve por acá». Es la mediación nefasta entre la estructura de desigualdad histórica y las prácticas de acumulación y corrupción.

De nuevo en la calle, voy por la carrera séptima y recuerdo que en los distintos resguardos, como si existiera una conciencia comunitaria que se comunica en tiempo real, había un guardia, una autoridad, un comunero que decía sin excepción «¡Hágale un bordón!» entonces parábamos y varios compañeros buscaban entre los arbustos un palo largo, le cortaban las ramas con machete, lo «ponían bonito» y me lo pasaban para poder continuar. Una autoridad me decía en una de las caminadas, «pídale fuerza a la naturaleza». En otro recorrido un guardia reprochaba «¡Es que cómo en la ciudad comen tal mal!» pero iba con calma mientras avanzamos. Una solidaridad común que sale así sin más, sin pensar, que conmueve hasta los huesos. 

Algunas semanas más tarde, en una reunión estábamos hablando sobre la urgencia de acciones institucionales para atender necesidades básicas, y en una estrategia para lograr cosas concretas. Un funcionario dijo «es utópico pensar en la presencia total de la institucionalidad en este país». Procuro mantener una pose racional en el trabajo, mientras el corazón se me rompe y reconstruye cada cuarto de hora. La guerra, la desigualdad, las prácticas de corrupción internalizadas por muchos sectores, la impotencia por lo que hay, lo posible y lo deseable, quebranta las ilusiones, pero hay que insistir. 

Ya suena cliché pero por estos días no dejo de pensar en la frase de Galeano: «La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar»