Burocracia lapidaria de Peñalosa y el arte

Revisando las convocatorias de Estímulos de IDARTES ya próximas a cerrar, dirigidas a artistas, escritores, actores, músicos, gestores culturales, entre otros, encontré que si bien existe una variada posibilidad de concursos para participar, la cantidad de documentos, certificados, reseñas, textos, etc., que deben cargarse a la plataforma para poder aspirar a alguno de los premios, es algo más que tediosa. Aun así, y por sugerencia de un amigo decidí participar en un concurso específicamente de fotografía que consiste en la construcción de un gif a partir del registro realizado únicamente en el Cementerio Central, el Pasaje Hernández o la plaza de flores próxima al cementerio y a la estación de la 26.

He aquí entonces, la odisea burocrática para lograr uno de los puntos necesarios para participar en la convocatoria de Estímulos de IDARTES de éste año:
El punto de encuentro fue la estación de Transmilleno de la calle 26, eran aproximadamente las 10:15 a.m. cuando mi amigo y yo nos dirigimos al Cementerio Central, lugar que escogimos para realizar el registro con que participariamos en la convocatoria.

Sentado en el frontón del ingreso, Cronos, ya casi por caersele la guadaña, recibe con indiferencia y hasta aburrimiento a todo aquel que ingresa al cementerio ya sea caminando o cargado, recibe a todos sin importar raza, sexo condición social o actividad a realizar dentro del cementerio. Da cuenta de esto no solo la gran variedad de formas, tamaños y estilos de mausoleos, bovedas y cenizarios, sino la botella de Moscato sobre la tumba o los calzones de dama madura confinados al olvido después de algún ajetreo en la rejita de uno de los mausoleos.

Andubimos un rato para reconocer el espacio, reconocer sus posibilidades de fotos y sus rarezas. Recorrer el cementerio es ver a un tipo susurrarle al oido a una escultura, es el querubín con una flor azul en la palma de la mano, es la paloma que se despulga sobre la cabeza de la virgen, es la hierba crecida desde dentro de las tumbas, es ver el cielo lleno de cruces, es el color marchito de las flores a traves del vidrio, es leer nombres y nombres de conocidos y desconocidos que pusieron su parte en la historia del país.

Ubicada la escultura con la que realizaría el Gif mi amigo, le interrumpió justo para presionar el obturador, un agudo chiflido emitido por el celador del cementerio acompañado de un gesto negativo y seguido por -“Aquí no pueden tomar fotos”. Cuando le preguntamos si necesitabamos entonces un permiso especial y de quíen, nos dijo que recorrieramos el borde del cementerio hasta llegar a la administración, a donde fuimos algo sorprendidos por la prohibición, y con la torpe certeza de recibir inmediatamente el permiso de manos de un alegre funcionario.

La mujer en la ventanilla solo nos señaló una dirección puesta en el vidrio, -“calle 61 con carrera 13, no se cuanto se demora, pero allá les dan el permiso, es la UAESP”.

Sin ningún afán, fuimos a pie por toda la trece, y a pesar de lo sencilla que sonaba, casi no encontramos la dirección, nadie sabía qué era la UAESP y menos en donde quedaba, así que tras varias señas erradas ofrecidas por muy cordiales comerciantes del sector, al fin dimos con quien no señalo exactamente “Queda allá, mire, a lado de…” no recuerdo que tienda de ropa intima femenina, o algo así como pijamas sensualonas. Al abrir la pequeñisima puerta de vidrio y preguntar al celador quién nos podría dar permiso de tomar fotos en el cementerio: “Eso no es acá, es por la caracas, ese permiso se lo dan en la calle 53 con 15”.

Ya solo faltaba que nos pidieran fiador con finca raíz y dos referencias personales y una familiar para poder solicitar el permiso, el preciado papel se alejaba cuando más cerca parecía estar. Al llegar entonces esa dirección y repeir nuestra pregunta nos respondieron: “En éste momeno no hay nadie que los atienda, se acaban de ir a almorzar, regresen despues de las 2”. No, no esperariamos dos horas. Así que acordamos regresar al día siguiente temprano, y ya con el permiso ir hacia el cementerio para tomar las fotos.

Al día siguiente nos encontramos a las 10am (10 pasadas pues llegué tarde), ésta vez en la estación Marly. Entramos al edificio y de nuevo, nadie que nos atendiera, estaban en reunión según nos dijeron la celadora y una muchacha. Ya algo molesta con la situación reclamé a la muchacha el que tuvieran una restricción de hacer registro en el cementerio y ni si quiera por una convocatoria realizada por el mismo distrito, habilitaran canales para facilitar las autorizaciones o simplemente eliminarlas temporalmente. “Deben radicar una carta comentando su situación, contando acerca de la convocatoria, todo”, dijo la muchacha funcionaria. Solicitamos entonces dos hojas en blanco para redactar la carta y la copia, obviamente manuscrias, la premura y falta de paciencia no daba para el protocolo de ir al café internet e imprimir dos esteticas e identicas solicitudes.

Nos dimos casí por vencidos, la carta como Derecho de Petición podía demorarse hasta 15 días habiles, y la convocatoria cerraba en una semana. Así que decidimos cambiar nuestro escenario e ir al Pasaje Hernández.

Listos para sacar las cámaras e ir al segundo piso del pasaje, nos detuvo ésta vez la cara de meme que pusimos al ver un pequeño cartel en la pared de la escalera que tenía una cámara con un signo de prohibido acampañada de un mensaje que acentuaba la imagen: PROHIBIDO TOMAR FOTOS.

Más que molesta la situación se tornó graciosa, el otro escenario que la convocatoria permitía elegir para tomar las fotos, prohibía tomar fotos. Preguntamos a dos personas de almacenes del pasaje antes que por fin una nos respondiera quién nos autorizaría a tomar las fotos. Lorenza (modifico el nombre para proteger la idenidad de la persona). Lorenza era la encargada de servicios generales del pasaje según nos dijo la señora del almacen, ella nos diría si era o no posible que tomaramos las fotos, pero ya eran las 12, Lorenza estaba almorzando. El vivir en el centro facilitó el que nosotros tambien fueramos a almorzar, así que almorzamos, reposamos los alimentos y salimos en busca de Lorenza. Cuando la encontramos le contamos acerca de la convocatoria, que era del Distrito, que ese era uno de los lugares designados, etc., nos miró con incredulidad o con confusión, aún no lo sé, y dijo: “Si fuera para una tarea si, pero para lo que me dicen no” y nos entregó una tarjeta con el número de la administradora del pasaje para que le consultaramos a ella si podíamos o no tómar las fotos.

Decidimos que en lugar de llamar sería mejor ir a la dirección de la tarjeta, que era una pañalera ubicada en la carrera 11 con calle 10. Ya en San Victorino, muy atentos de nuestros bolsos, bolsillos e integridad llegamos a la dirección, preguntamos por la señora a un joven de la entrada que nos señalo el fondo del almacen, fuimos al fondo y un señor muy atento nos dijo: “Ella se fue con su bolso y todo, osea que hoy ya no vuelve”. Cuando le hablamos de la convocatoria, nos dio el celular de otro señor también administrador del Pasaje, o que si queriamos regresaramos a las 4 que regresaba de almorzar.

Le llamamos, colgó, le llamamos de nuevo, y muy hostíl dijo sin preguntar quién era o qué necesitabamos: ¨Estoy ocupado en una asamblea¨, y colgó. De nuevo pusimos cara de meme, esta vez de meme indignado.

Regresamos al Pasaje y en un arranque de anarquia decidimos tomar las fotos sin autorización de Lorenza, de la señora de la pañalera, o del señor de la asamblea. Pero fué un arranque sutil, timido, más bien fué como una acción clandestina, en la que decidimos encubrirnos mientras el otro tomaba las fotos, pendientes de un posible raponazo que nos alejara para siempre de nuestras cámaras, o de la llegada de Lorenza, ante la cual huiriamos.

Justo antes de sacar las cámaras en el primer piso, Lorenza notó nuestra presencia desde el balcón, y al mejor estilo de las peliculas de acción que siempre dan tan buenos consejos para enfrentar momentos tensionantes en la vida, miré a Lorenza fijamente a los ojos, sin agachar la mirada ni un segundo solo hasta que mi amigo me agarró del hombro y me dijo que la dejara de mirar así.

Al final de la tarde las fotos ya estaban en la memoria, con uno que otro sobresalto por la posible llegada de Lorenza, igual logramos nuestro cometido.
Pocos días después llegó la autorización del Cementerio Central, que se encuentra como los calzones en la rejita, confinado al olvido, la administración Distrital no solo le ha descuidado en temas de seguridad, el deterioro y falta de mantenimiento son evidentes, parece entonces que es más peligroso o dañino para el cementerio un transeunte con cámara, que uno con navaja, con moscato, o que un mausoleo agrietado y con humedad en el techo.

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Nicole Pinzón. Integrante de la Revista Hekatombe.
Maestra en artes plásticas de la ASAB, fotógrafa, estudiante de la maestría en historia y teoría del arte, la arquitectura y la ciudad de la Universidad Nacional. Amante de la pedagogía y los derechos humanos.

 

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