De gente de bien y buenos muchachos

La primera vez que escuché la referencia “gente de bien” fue en el colegio. Tendría unos 13 años cuando alguien dijo “es que fulano es gente de bien”, a lo que respondí “yo también”, claro no robaba esferos, era floja en matemáticas pero en sociales me iba muy bien, estaba incursionando en el mundo del matoneo saludable, ese que fortalece el espíritu y forja carácter, no del destructor; no era grosera con los profes, solo con Victor Hugo de educación física (si lee esto, en la remala cucho por burlarse de mi estatura y de mi asma). En términos generales consideré que era una persona de bien. Sin embargo, en lugar de reconocer mis virtudes, mis compañeros de curso se burlaron: “la gente de bien es la que tiene plata, la crema y nata de la sociedad”, me explicaron. Entendí por dos razones que no clasificaba en ese selecto grupo: la conversación se desarrollaba en el colegio distrital Castilla, o sea, no había plata. La segunda, una de las cosas más horribles que en ese entonces me podía pasar, es que se le hiciera nata al chocolate. La nata es desagradable, y para nada me parecía a la nata.

Después de esa bochornosa experiencia, las expresiones “gente de bien” y “buenos muchachos” se hicieron más frecuentes, no sólo en la casa cuando escuchábamos a Sandro interpretando su éxito “Buen Muchacho” de 1967, sino después cuando Uribe hablaba en medios sobre Noguera y en general de su gente.

La última vez que escuché esa expresión, fue de Humberto de la Calle refiriéndose a Iván Duque. Es normal que lo diga Uribe, pero con el viejo Humbert, al que parecía que le iba a dar un patatús en el debate caribe por culpa de Iván, la cosa adquiere otras dimensiones. La indignación no se hizo esperar, al parecer ven en él a todo un señor, hasta con aire de cachifo cachaco a pesar de su origen caldense. Aunque sinceramente no espero nada del doctor Humberto a diferencia de mucha gente que se dice de izquierdas y que asumo fue víctima del neuralizador*, no se me olvidan su vida, obra y milagros, entonces no me sorprende.

Tal vez inocente como yo en mi pre-adolescencia, usó mal el término o tal vez lo hizo de forma estratégica. Toca entender que al pobre Humbert con el proceso de paz lo subieron en la propia nubecita, se veía en los muros de algunas personas publicaciones como “Humberto de la Calle, un nombre que me eriza” y frases por el estilo, le hicieron sentir al viejito que lo apoyarian hasta el final, que todo bien y últimamente esos que estaban a punto de irse al altar con él y jurarle amor eterno, se están pasando a la bodega de Petro. De pronto, esa situación de abandono lo llevó a buscar acercarse a las toldas del uribismo con un coqueteo casual al niño de los ojos de Álvaro. No es criticable, todo el mundo tiene que trabajar y pues Humbert sabe que a la presidencia no va, que tendrá que conformarse con una consejería y él como la gente de bien no se deja morir.

La política es dinámica y digamos que eso sirve para justificar los saltos olimpicos de un lado a otro, y a pesar de verse mayorcito y tener voz de abuelito cariñoso, el viejo Humbert es bien dinámico y eso nadie se lo puede quitar, por algo lleva años trabajando con la gente de bien y los buenos muchachos como ministro, consejero y hasta abogado, eso de que le paguen por hablar maravillas sobre la seguridad democrática y que luego le paguen para negociar la paz, no lo hace cualquiera. O casi copiar las respuestas de Petro en el Debate Pacífico – no solo en ese debate, sus programas son muy similares- y luego decir “completamente en desacuerdo con él” en una entrevista para RCN.

Ojalá las cosas le cuajen al señor y si gana Duque, dios mediante le salga trabajo, eso es bien de la gente de bien, se ayudan entre ellos.

Ya, eso era lo que quería decir. Ah y si usted también dio el salto olímpico de Humbert a Petro no sienta que le critico. Chévere que el rayo neuralizador no tenga un efecto permanente y de todos modos toco madera para no pasar por esa misma situación.

* El neuralizador es el que usan los Hombres de Negro para reemplazar la memoria inmediata de quienes ven un hecho ufológico, por situaciones absurdas que intentan explicar algo inexplicable.

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Por: Stephanía Pinzón. Me conocen en el bajo mundo como @TerribleStepha. Potencialmente friqui.
Co-directora de la Revista Hekatombe.

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