El oscuro panorama de la izquierda colombiana en Bogotá: análisis

Fragmentada, sin un candidato que unifique, la izquierda sistémica colombiana ha sido incapaz de presentar una propuesta alternativa para Bogotá que conecte con el sentir de una ciudad que en las dos últimas décadas ha tendido a votar por candidatos «alternativos». Atrás están quedando los días en que Gustavo Petro y Claudia López representaban una esperanza generalizada de cambio político a escala nacional. ¿Por qué?

  1. El conflicto López-Petro

Lo que hacía algunos meses parecía una candidatura sólida, hoy luce diluida y con tendencia a la baja. Claudia López, quien encarna el mito capitalista de la clase media «echa a pulso» y que con esfuerzo «todo lo puede», ya no se halla en lo más alto de las encuestas. Así lo registraron recientemente dos firmas: una, Yanhaas, publicada el 26 de agosto de 2019; otra, Centro Nacional de Consultoría, del 3 de octubre. López apareció, respectivamente, con una intención de voto de 24.6% y 26%, mientras que su principal contendor Carlos Fernando Galán la rebasó con 31% y 34%.

El fracaso en su intención de sumar los apoyos del progresismo de Petro pareció haberle sumado factura. El principal punto de quiebre para lograr un acuerdo programático con Petro fue el asunto del metro: el caudillo de la Colombia Humana insistía en la necesidad ineludible de construir un metro subterráneo, entre tanto, la postura de López se resumía en que si Peñalosa dejaba el metro elevado adjudicado, no tenía sentido reversar ese proceso. Gustavo Petro entonces, pasando por encima de las expresiones opositoras de distintos grupos de mujeres de la Colombia Humana, decidió avalar a dedo a Hollman Morris. López y el Polo Democrático —partido que la apoya— habían presentado al Consejo de Estado una demanda para revisar la legalidad del proyecto de Peñalosa, pero a finales de septiembre el Consejo decidió no suspenderlo. Pese a su oposición al proyecto, el propio Jorge Robledo parece resignado a construirlo.

Pero por el mismo tema del metro hay tensiones con López dentro del Polo. Carlos Carrillo, quien se hizo mediáticamente conocido por denunciar junto a Juana Afanador el falso doctorado de Peñalosa, expresó lo siguiente en un tuit:

Por su parte, dada la falta de democracia del movimiento de Petro para escoger candidato a la Alcaldía de Bogotá, el caudillo de la Colombia Humana perdió el apoyo de figuras importantes como María Mercedes Maldonado, exsecretaria de Hábitat de su alcaldía, quien pasó a respaldar la candidatura de López con argumentos referentes a su compromiso con temas ecológicos como la protección de humedales, la Reserva Thomas van der Hammen o los Cerros Orientales.

  1. El discurso del metro: vuelve y juega

Como sucedió con la campaña pasada, el «eterno» karma del metro vuelve con una relevancia inusitada. En su tiempo, la campaña de Peñalosa II no cometió el error de volver a desestimar esa preocupación y prometió la construcción de un metro elevado, aunque en la práctica sin abandonar la idea de que el centro del «transporte público» lo seguiría ejerciendo Transmilenio. Tras su victoria en 2015, los operadores privados de Transmilenio se frotaron las manos.

En la actual campaña el tema del metro ha servido para construir discursos ideológicos cuya función es polarizar y ofrecer una versión reducida de las complejidades de las propuestas de gobierno. Así, desde el discurso de Morris hay tres candidaturas que harían el metro elevado —Uribe, Galán, López—; la suya, en cambio, es la única que construirá el subterráneo. La propaganda consiste entonces en hacer creer que hacer el metro elevado es igual a ser peñalosista y el único no peñalosista, la única candidatura realmente alternativa, vendría a ser la suya.

La imagen de campaña en Twitter de la «opción alternativa» muestra a Petro acompañando a Morris en señal de respaldo. En el significante «Morris» aparece una «o» graficada para representar el metro subterráneo y recordar al votante que él supuestamente sí lo hará. En la imagen de Facebook de la misma publicidad se le agrega el slogan: «A un metro del futuro». Los discursos de modernidad, progreso y desarrollo articulados con expresiones como «estamos a un metro de la salud como derecho, a un metro de la educación, a un metro de la Bogotá del primer mundo» están a la orden del día.

Pero la realidad es que Claudia López no es tan cercana al peñalosismo como parece —pues, en efecto, en 2014 apoyó la aventura presidencial de Peñalosa—, aunque es Morris quien concentra más radicalmente las rupturas frente a él. En «El peñalosímetro de las propuestas de Bogotá» los analistas Carlos Hernández Osorio y Adelaida Ávila Cabrera reconstruyen qué tan cerca o qué tan lejos aparecen los candidatos a la Alcaldía respecto a cuatro puntos fundamentales: lucha contra el delitoeducación, transporte público modelo de ciudad y medio ambiente. El resultado es que, sin ser Petro 2 —como lo es Morris—, López rompe con Peñalosa en todos los ejes menos en el de lucha contra el delito, en el que igualmente se aleja de él. Galán, por el contrario, es «casi Peñalosa» en todos los ejes salvo el de educación, el cual es el único en el que se aleja. Miguel Uribe, como era de esperarse, representa más fielmente que Galán el continuismo peñalosista.

  1. Conquista del sentido común y un metro subterráneo vaporoso

Que el tema de la construcción del metro vuelva a tener prioridad habla sobre cómo se ha construido un sentido común hegemónico en Bogotá. Sin pretender negar la importancia de un metro en términos de que el negocio de Transmilenio deje de estructurar la movilidad bogotana, estamos asistiendo a una discusión sobre qué burguesías trasnacionales construirán un medio de transporte elevado o subterráneo para ir a trabajar de mejor modo —y si bien esa no es la única función de un metro, es su función sistémica principal—. Para el caso del metro elevado, los dos únicos «bloques burgueses» en competencia son, primero, el de Carlos Slim agrupado en «Consorcio Metro de Bogotá»; segundo, el de dos empresas chinas agrupadas en el consorcio «Transmimetro». Respecto al metro subterráneo, recordemos que esta iniciativa fue avalada en la administración Petro por nada más ni nada menos que el Banco Mundial, entidad de gobernanza trasnacional del capitalismo global financiarizado que habría prestado parte del dinero para el proyecto.

Asimismo, no es claro cómo Hollman Morris puede concretar «instrumentos» jurídicos y políticos para detener el metro elevado en caso de ser adjudicado y construir el metro subterráneo desde el segundo semestre de 2020, pues tendría que negociar con Duque y el Congreso para obtener financiación nueva y los estudios de ingeniería de detalle del metro subterráneo no están terminados, como argumenta Carlos Hernández Osorio. En política pensar con el deseo esperanzado es importante, pero debe considerar materialmente la correlación de fuerzas del proceso político para que ese deseo no quede en el plano de la mera especulación metafísico-teológica. No es ético ilusionar con promesas engañosas a los votantes.

  1. Escenarios y perspectivas

Desde una perspectiva antisistémica cuyo problema no sea la jerarquía estatal sino cómo limitarla y controlarla a la par que se construyen formas de autogobierno y cogobierno a nivel local-comunitario y regional, la pregunta por qué jerarquía estatal genera mejores condiciones para acciones antisistémicas que puedan expandirse organizadamente en el marco de una contragobernanza como la que propone el académico Julio Quiñones es relevante. Idealmente, debería existir una dialéctica permanente —y no una subsunción de uno u otro— entre movimientos sociales alternativos y un partido político antisistémico originado de esos movimientos, pero ni la Alianza Verde ni los Progresistas de Petro se acercan a ese modelo de partido-movimiento: uno por falta de depuración y radicalidad ideológica y haber actuado como una suerte de «partido atrapalotodo» en el que en algún momento Petro y Peñalosa estuvieron juntos; otro por un caudillismo que amenaza con quitar vitalidad e independencia a los movimientos sociales. Ello no impide que frente al voto electoral uno pueda determinar qué candidatos y qué estructuras políticas sistémicas pueden generar mejores condiciones de lucha política. No es lo mismo que los jóvenes marginalizados sean perseguidos hegemónicamente con políticas coercitivas de seguridad focalizada a que el Distrito implemente programas de «inclusión social» que gestionen «más estructuralmente» el problema de la seguridad en los espacios concretos donde opera el capitalismo dependiente. El cuestionamiento de las contradicciones debe ser permanente, pero bajo un horizonte táctico y estratégico.

Una unión programática entre Claudia López y Hollman Morris —es decir, Gustavo Petro— podría aglutinar en torno a un candidato a las fuerzas antisistémicas o sistémicas alternativas que esperan una ruptura contundente con respecto al peñalosismo —respaldado por el uribismo— y su modelo excluyente —o de inclusión light de ciudad. Pero este eventual acuerdo tendría que ir más allá del metro, llenar de contenido la idea de «justicia social» en tiempos en que ha emergido una crisis económica nacional que ha arrojado un desempleo del 10.8% para agosto y una constante devaluación del peso colombiano respecto al dólar —fenómeno último con graves repercusiones para el pago de la deuda, pues si el dólar aumenta el valor de la deuda también—. La dependencia colombiana al extractivismo petrolero y la disputa por la hegemonía del sistema-mundo entre China y Estados Unidos, expresada en una guerra comercial, serían algunas de las causas. Ya la propia prensa corporativa está experimentando problemas de tasa de ganancia que ha llevado a diversos «recortes de personal» y la aceleración de la mercantilización de sus contenidos. La globalización neoliberal devorando a sus hijos.

Pero sin acuerdo y unidad, hay condiciones sociopolíticas para que el continuismo vergonzante del peñalosismo encarnado en Galán sea el proyecto triunfante para gobernar la capital del país —hay que ver cómo queda el Concejo—. Galán ha sabido venderse como independiente —a pesar de haber pertenecido durante once años al parapolítico partido Cambio Radical— y «no polarizador», y camuflar sus políticas de «derecha» en el significante flotante —y, por ello mismo, vacío— del «centro». Toda una muestra de la urgente necesidad de construir nuevos cuadros políticos contrahegemónicos que disputen campos de ejercicio del poder de la jerarquía estatal, pero que no puedan reducir la práctica política a la mera influencia o toma del Estado.

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