La obsesión frenética por el Yo

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La OBRA. El ARTISTA. El ARTE. EL YO. La boca intenta ir al ritmo de estas sílabas, pero antes de que las pueda escupir, la mente empalidece y se queda toda tiesa ante la distancia entre el yo y el yo que habita las fantasías.

En el sótano de uno de los museos del centro de Bogotá, me senté en una poltrona; su tapizado floreado color crema junto a una lámpara que se ponía más amarilla en medio del salón oscurecido me convencieron de deslizarme en medio de la fantasía que el artista quería emular: hacer del museo una versión de la sala de la casa. Romper, quizás, el embrujo que sacraliza el “arte” y que pone una barrera entre el espectador y la obra. La OBRA. El ARTISTA. El ARTE. EL YO. La boca intenta ir al ritmo de estas sílabas, pero antes de que las pueda escupir, la mente empalidece y se queda toda tiesa ante la distancia entre el yo y el yo que habita las fantasías.

Poco a poco la obsesión con el sí mismo, con alcanzar la versión orgánica y más liberada del “yo”, se nutre con el circuito del consumo.

El ansia de placer se mete por dentro de la piel y se mezcla con los deseos y las fantasías que convergen en la construcción de los discursos de la identidad del sujeto. El imperio del placer bien puede entenderse como una máquina que alimenta el circuito del consumo. La insatisfacción permanente y la promesa de la felicidad perpetua, de sentirse bien, a través de la adquisición de mercancías se confunde con la autenticidad del yo. Poco a poco la obsesión con el sí mismo, con alcanzar la versión orgánica y más liberada del “yo”, se nutre con el circuito del consumo.

En la sala/museo me escurro en la silla mientras veo en el televisor gordo a una mujer con un corsé rojo que intenta tapar inútilmente un brasier negro de encaje que sobresale por sus senos. Ella mira hacia la ventana mientras un hombre crespo devora babosamente su pene flácido. Al tiempo que su mirada se extravía por el paisaje del barrio, canta melancólicamente un coro donde declara que el hombre que la acompaña podrá tener su cuerpo pero jamás su alma. Entre el canto agónico, la mirada perdida y la repulsión por el otro, el hombre eyacula sobre su torso. Yo sigo sin separarme de la pantalla: convertida en un ojo gigante devoro, como el hombre crespo, sin saciarme. Creyendo consumir al otro, me consumo.

Esto no es otra cosa que afirmar que el consumo se ha convertido en un conjunto de relaciones de poder con la capacidad de dictaminar quién puede o no ingresar a una arena política específica.

El meollo del asunto está en que la mercantilización de la vida ha logrado territorializar las relaciones al grado en que la ficción de que la solución a una gran variedad de problemas reposa en la compra de algún servicio-mercancía (afectos, títulos académicos, etc.) se ha robustecido; lo suficiente como para trazar los criterios de exclusión o inclusión dentro de un tejido de relaciones. Esto no es otra cosa que afirmar que el consumo se ha convertido en un conjunto de relaciones de poder con la capacidad de dictaminar quién puede o no ingresar a una arena política específica.

Mientras tanto, el siguiente espectador se sienta en la poltrona y cae bajo el hechizo voyerista que alimenta el ciclo.

El sujeto al que aspiramos convertirnos, el yo, se transforma en una estatua de mármol demandante, necia e intransigente. Es el “nuevo” dios ante el que nos arrodillamos y esclavizamos. La obsesión por la identidad, y su tratamiento como un fetiche más, se ha transmutado en otro mecanismo de alienación que nos empuja a la caja registradora más cercana, mientras hacemos cuentas, para satisfacer los deseos que revisten a esa estatua. Por esta vía, poco a poco nos convertimos en la obra que se cuelga en el museo. La puerta de entrada y las poltronas son esas mercancías que prometen el placer constante y la satisfacción personal perpetua. Y la metamorfosis continúa: ahora somos la obra, la mercancía desesperada que desea incrustarse en los circuitos de circulación para ser consumida y consumir. Mientras tanto, el siguiente espectador se sienta en la poltrona y cae bajo el hechizo voyerista que alimenta el ciclo.

Pilla este otro artículo de Satuple Panclasta: El goce de la explotación: ¿de las vacas se hace manteca y de los individuos el dinero?

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Si de ficciones se trata, la del Yo es uno de los motores más activos que alimenta el movimiento del mercado. El culto a la personalidad y la obsesión por la satisfacción de las fantasías son los bastiones sobre los que descansa el mito del liberalismo clásico: aquel que presume que los individuos existen, que son como islotes autocontenidos, independientes y, peor aún, separados del resto. Soy cyborg: mezcolanza de voces, de miradas cotidianas y de tropiezos caseros. Un nosotrxs complejo; mitad máquina, mitad organicidad; mitad blasfemia del barrio, mitad plegaria maternal. A ratos, antropólogx; por la necesidad de comunión, profe; y, por vocación, degolladora de fantasmas.

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