Libros que se no se deberían escribir

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Son las 4:30 de la mañana, al igual que lo ha hecho todos los días, durante los últimos quince años, don Juvencio Ruiz se levanta del oxidado catre en que duerme, sin sentir cansancio alguno busca en medio de la oscuridad sus chocatos. Su esposa hoy no lo espera con el acostumbrado tinto del desayuno, con movimientos lentos y torpes se prepara y sirve una amarga taza de café, toma largos sorbos mientras escucha las primeras noticias del día por la radiola, la última herencia que le queda de su padre, como raro, hoy tampoco se dice algo de su pueblo.

Con ejemplar paciencia se dirige a su cuarto y con movimientos rutinarios se alista para ir a trabajar, primero la camisa raída y curtida, que ya no tiene siquiera cuello, los resultados naturales de muchos años de trabajo al sol y al agua, algo similar a lo que ocurre con la piel de don Juvencio; luego el pantalón, que en realidad parece más una colcha de retazos, tratando de ocultar con parches los inmensos rotos que las polillas le han dejado; las botas de caucho mal olientes, que tampoco se escapan de tener dos o tres remiendos; su poncho sudoroso, que entre amarillo y blanco, ya no se logra descifrar cuál es su tono original; cincha su machete en el costado izquierdo, en tanto abrocha su navaja en la derecha, por último, su sombrero negro de ala, algo que le hacía muy propio.

La ausencia de su esposa y el abrumador silencio que ronda la casa, hace que salga de ésta sin chistar una sola palabra. El gato no ronda la sala y el gallo no ha dado siquiera el primer canto. Su reloj parece detenido, seguramente falta darle algo de cuerda, mira de reojo las fotografías grisáceas de sus dos hijos, aquellos que ya no están, sintiendo que hoy, particularmente hoy, está más cerca de ellos.

De camino al cafetal, pasa por donde Joaquín, necesita hablar con él, lleva días tratando de encontrarlo, pero no ha sido posible, golpea una y otra vez, pero no encuentra respuesta alguna, da vueltas por el solar de la casa, pero ni siquiera los perros se asoman. Pasa por donde Felipe, el carnicero, busca pagar la remesa de la última semana, pero tampoco lo encuentra, intenta dejar razón, pero tampoco encuentra con quién. Sin prestar mucha atención a su infortuna decide continuar su camino, era ya el segundo o tercer día que trataba de ubicarlos, pero no lograba su cometido.  De no conocerlos, cualquiera pensaría que se mudaron de pueblo y dejaron atrás sus ranchos, pero no, como ellos bien decían: “a nosotros nos sacan con las patas por delante de nuestras casas”.

Sin más reparos, continua su camino, sabe que la jornada de trabajo será larga y agotadora, pues además de la cosecha, a las cinco de la tarde tienen reunión de la junta de acción comunal, él es el presidente y la gente lo estará esperando. Hoy definirán las acciones a tomar en la próxima movilización a la gran Ciudad, pues desde la última, los acuerdos no se han hecho realidad, por el contrario, los intentan seguir sacando de sus tierras. Sabe que seguro allí se encontrará con don Felipe, con Joaquín y podrá encargarle la gallina que necesita a Cleotilde, en pocos días su esposa cumple años y ese será el plato del almuerzo.

Bajo un sol abrazador y un ambiente húmedo, grano a grano se va llenando el canasto, esta cosecha no está muy buena, estuvo muy golpeada por el verano, piensa don Juvencio mientras se cuelga de los palos. Por alguna razón, pese a lo extenuante de la jornada, no siente cansancio y no ha derramado la primera gota de sudor. La jornada se hace gris y poco emotiva, no ha logrado sentir alegría o tristeza alguna, lo único especial que ha dejado el día, además de la impaciencia de la reunión de la tarde, es un profundo olor a fétido, el cual crece a medida que al aire de la mañana se hace más caluroso, quizá algún animal muerto en el motel, piensa él.

Son casi las 11 de la mañana, ha trabajado por casi 5 horas y parece que el tiempo no hubiese corrido, no siente hambre o sed y sabe que su esposa no le llevará  el acostumbrado fiambre, por lo cual decide acercarse al  río y recoger algunos mangos para comer, de camino se cruza con Isaías Guarín, aquel entrañable compañero de lucha que la guerra se había tragado hace un par de años, a tal punto que todos aseguraban que estaba muerto, dando un solo salto de alegría trató de saludarlo, pero éste parecía que no lo recordaba y siguió el camino sin siquiera detallarlo. Un poco extrañado don Juvencio decidió hacer lo mismo, llevándose la buena noticia que su amigo estaba vivo, aún más, parecía que los años no le hubiesen pasado, salvo un pequeño defecto en su pierna derecha, parecía que fuera más corta, cosas de la edad pensó.

Son las 4 de la tarde, Juvencio emprende camino a la reunión, sin embargo, no ve movimientos mayores en la zona, algo que se le hace extraño, sin embargo, se encuentra con algunos viejos amigos que no veía hace años, algunos le saludan con gran emotividad, en tanto otros, pareciese que la memoria se les hubiese borrado y siguen de largo, sin siquiera determinarlo.

***

De manera seca el comandante de la estación de Policía grita el nombre de Juvencio Ruiz López, escribe su nombre con bolígrafo rojo en un gran libro de hojas amarillas y portada verde, en el cual se alcanza a leer “DESAPARECIDOS”. La señora Rubiela, esposa del susodicho, se acerca al escritorio de madera y comenta que se despidió de su marido hace tres días, en la mañana, el mismo día que había reunión de la Junta de acción comunal en la vereda, desde entonces no había vuelto a recibir razón de él.

Los rumores decían que río abajo habían encontrado una vieja camisa y un sombrero. Se hablaba del mismo lugar donde años atrás habían encontrado algunos de los restos de Isaías Guarín, y sí, se hablaba de algunos, porque al pobre hombre lo picaron en pedacitos que su pierna derecha no apareció del todo y tuvo que ser enterrado incompleto.

Se presentía lo peor, la lúgubre muerte rondaba los verdes campos sin que nadie la detuviese, la señora Rubiela lo sabía, no sentía una sensación similar, desde el día que había perdido a sus dos hijos.  De ocurrir lo peor, sólo rogaba que su marido pudiese ir al mundo de los muertos y no se quedase en aquel fétido y gris lugar, donde los muertos no recuerdan su partida del mundo de los vivos, en tanto sus almas vagan eternamente hasta perder todos los recuerdos.

 

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