Inicio Blog Página 8

El grito post-humano del plástico y los recicladores populares

0

Era una ciudad de plástico
De esas que no quiero ver
De edificios cancerosos y un corazón de oropel
“Plástico”, Willie Colón – Rubén Blades, 1978 del álbum “Siembra”

El 24 de junio pasado una alfombra de 12 toneladas de botellas de plástico cubrió gran parte de la Plaza de Bolívar en Bogotá, una puesta en escena que trae nuevamente la politicidad de los residuos a través de la protesta de la población recuperadora popular en Colombia.

Una explicación del sentido de esta inusual protesta debe articular varias agencias puestas en movimiento, la materialidad del plástico, la población recicladora, la cadena de reciclaje de esta materialidad, las normas nacionales sobre gestión de residuos, el capitalismo como ecología-mundo, el consumidor de contenidos embotellados, las teorías sobre el descarte, la prensa, entre otras. Todas estas agencias, humanas y no humanas, como flujos de materia en movimiento, cuyos pliegues forman campos y ensamblajes específicos por donde fluye el poder. El poder no proviene del Presidente Petro, tampoco de los recicladores, ni del plástico. El poder no es algo que poseen los sujetos humanos y que se ejerce sobre los objetos, no es una entidad única, ni tiene un origen singular, no es un sujeto o un objeto, no es una cualidad sino una relación que surge de los ensambles de materialidad. Es también, simultáneamente potestas, por sus aspectos negativos, represivos y atrapantes, como potentia, en sus aspectos positivos, afirmativos, posibilitadores y empoderantes, pero nunca es exclusivamente cualidad humana, hay que insistir.

El ensamble relacional del poder plástico

Las 12 toneladas de botellas protagonistas de esta acción, según informaron los recicladores, resultó de una obra colectiva de la que participaron 2.000 recicladores populares provenientes de varias ciudades del país, quienes durante semanas recolectaron, clasificaron, lavaron y transportaron cada botella para traerla hasta la Plaza de Bolívar. Un gasto de recursos y energía inmenso, calculado en $2.300 por cada kilo. En las condiciones actuales del mercado de plástico recuperado las empresas que lo compran lo pagan a $1.200 por kilo, lo que significa una pérdida económica de cerca del 50% del trabajo energía invertido. El kilo de vidrio es pagado a $500 pesos y el de papel-cartón oscila entre $500 y $1.500 pesos. Además el valor de estas materialidades está afectada por la tendencia a la baja en los últimos años. Hace dos años el kilo de plástico recuperado se compraba a $3.000, lo que se traduce en una reducción de más del 50%.

Es justamente este trabajo a pérdida el motivo de la protesta. La tendencia a la baja del precio de compra se explica por múltiples razones de la economía política del mercado capitalista. Colombia genera actualmente más de 700 mil toneladas anuales de envases y empaques plásticos, pero solo el 30% se recicla.

El plástico provine del subsuelo, del petróleo, acumulado y procesado durante millones de años por microorganismos descomponedores entre capas geológicas, de donde es extraído y convertido en polímeros de alta versatilidad que hoy dominan la vida social. Así que lo que vimos en la Plaza de Bolívar fue la fusión del tiempo geológico con tiempo social y de trozos de subsuelo con trabajo humano.

En Colombia Acoplásticos, el gremio empresarial del plástico dice comprometerse con una producción de calidad y competitiva ligada a la economía circular, pero se queja de las bajas tasas de reciclaje de esta materialidad. Así que los industriales prefieren la materia prima, resinas de polímeros, en bruto, importadas o aportadas por refinerías colombianas.

A todas luces, los recicladores populares están en desventaja. Es cierto que el gobierno Petro avanza en el reconocimiento y dignificación de su trabajo. Recientemente expidió, a través de la Comisión de Regulación de Agua Potable y Saneamiento Básico – CRA, una norma que garantiza que la labor de aprovechamiento de los residuos, en el servicio de aseo, sea exclusivamente para los recicladores populares. Los recicladores piden un Fondo derivado al impuesto al plástico de un solo uso destinado a compensar, como se ha visto, su trabajo no remunerado, también piden mayor intervención del Estado en la economía mediante la regulación de precios, como medida de justicia económica, social y ambiental. Pero, la problemática va más allá, implica las relaciones con el gran capital, asustado hoy por la aprobación de la reforma laboral.

La puesta en escena de la alianza recicladores-plástico recuperado toca otros dos aspectos que quiero mencionar brevemente.

La fenomenología relacional del ensamblaje plástico

He planteado que el plástico es espacio-tiempo geológico puesto de manera simultánea en el espacio-tiempo social del capitalismo y sus desigualdades, los dos flujos materiales cuyos pliegues nos producen como naturaleza-cultura no binaria. Esto conlleva salir del humano-sujeto-centrismo y abrirnos a nuestro encadenamiento al resto de la materialidad en movimiento. Veamos.

Una vez que el plástico producido por trabajo humano y no humano está en el mercado en múltiples formas, llega a los consumidores humanos y no humanos, por ejemplo, de millones de bebidas edulcoradas y agua embotellada. Hay una tipología de las fenomenologías del consumidor. En la cúspide ideal están los consumidores responsables socio-ambientalmente, una minoría social, desocupan el contenido, lavan el envase y los depositan en lugares dispuestos para esto o los entregan de manera limpia, oportuna y separada a la población recicladora popular de su barrio.

Luego sigue el consumidor promedio. Desocupa el envase y lo deposita en su bolsa de basura doméstica o que encuentra en las calles. Fuera de la vista, fuera de la mente. El envase tiene el 30% de posibilidades de ser recuperado por manos trabajadoras, que lo transportan, separan y lavan para la venta. Y el 70% de posibilidad de ser transportado al relleno sanitario en donde será trabajado por microorganismos que lo momificarán como coctel venenoso que contribuye a formar el paisaje tóxico que mata el río, el suelo, el aire, la gente, las plantas y los animales. Las implicaciones ético-políticas de esta relación con la materialidad descartada es lo que debe ser parte de la formación ambiental de la ciudadanía. Un poco más de inversión de trabajo y tiempo de estos consumidores, como solidaridad de clase y conciencia socio-ambiental contribuirán significativamente.

En la base piramidal está el consumidor depredador, desocupa el envase y lo arroja a la calle, al canal, al río urbano, al humedal. Si bien, en todas sus formas y momentos del movimiento plástico se producen nanoplásticos y microplásticos nocivos, es en esta última fenomenología que se produce mayor daño, la ignorancia no justifica la falta.

Ser conscientes de que somos materialidad que intra-actúa con otras materialidades es fundamental para aprender a vivir y morir bien en este planeta dañado. En el siglo XVIII el capitalismo dio inicio al frente de liberación del carbono, al iniciar la explotación masiva del carbón y el petróleo. Hoy necesitamos un nuevo frente como alianza humana-no humana para aminorar la intensidad del daño generado por la ecología-mundo capitalista.

La simbología materializada de los plásticos en la Plaza de Bolívar

12 toneladas de plástico en la Plaza de Bolívar, un esfuerzo colectivo disruptivo. Una decisión política acertada al escoger el lugar. La Plaza está rodeada de lo que usualmente se llama el poder político y el poder moral-religioso. La Plaza expresa el poder ciudadano, solo que esta vez era materia plástica ejerciendo poder.

El poder-moral religioso está instalado en el oriente de la Plaza, los españoles en el siglo XVI reemplazaron la conexión profunda, la intra-acción entre el agua, las montañas, el sol y los Muiscas, reemplazando la salida del sol y su movimiento entre solsticios por la iglesia católica. Pero el poder del catolicismo no emana del clero. No es explicable sin la multitud de creyentes, peregrinos, militantes. Sin la creencia en la cualidad taumatúrgica del sacerdote y de la imagen sagrada, sin la fe en la promesa de la salvación eterna, sin el miedo al infierno, sin el olor que existe en la iglesia, sin el vino y la hostia, sin los recursos financieros del Estado y los dineros aportados por los feligreses que buscan perdón a sus pecados, y sacar almas del peaje del purgatorio. Sin la arquitectura catedralicia en forma de cruz latina, hecha de concreto, acero, vidrio, que señala el poder divino y la pequeñez humana, sin las sillas de fina madera traída de los bosques de roble, nogal y abarco, sin la cera de abejas y parafina (petróleo) de los cirios, sin el tejido eléctrico… Todos estos actores humanos y no humanos hacen el ensamble del poder católico, que es parte de la red global y local extendida por toda la Tierra.

El poder político tiene tres espacios de la Plaza. Primero el lado sur, el Capitolio Nacional, sede del Congreso. Pero este poder no es explicable sin la intra-acción entre senadores y representantes, votantes, clientelas, lobby empresarial, partidos políticos, arquitectura material, oficinas de congresistas y sus asistentes. Sin la roca, el concreto, la madera, el plástico, el agua, los residuos… Sin las conexiones entre políticos y prensa oficial, sin la creencia en la democracia, sin el descrédito del Congreso, sin sus componendas, trampas, alianzas y sin la red de alianzas entre este espacio y los espacios locales y territoriales.

En el costado occidental está el Palacio de Liévano, sede de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Uno de los tantos palacios (nostalgia colonial) del centro histórico. Este no es sede del poder del Alcalde, sino parte de un ensamblaje de actores humanos y no humanos, políticos, oficinistas, trabajadores, normas, recursos financieros, pero también de piedra, cemento, ladrillo, vidrio y madera, así como del papel, la tinta, las impresoras, los teléfonos fijos y celulares y de la creencia y la incredulidad que rodea a la Alcaldía y a los alcaldes y alcaldesas.

En el costado norte está el Palacio de Justicia. Sede del Consejo Superior de la Judicatura, de la Corte Suprema de Justicia, del Consejo de Estado, de la Corte Constitucional y de la Sala Jurisdiccional Disciplinaria. Pero al igual que las otras locaciones, se trata de flujos de distintas materialidades, creencias, memorias, intra-relacionadas. Sin jueces, abogados, tinterillos, porteros, trabajadores de cafetería, de aseo, sin el papel, sin el concreto, la madera, el vidrio, el agua, sin la creencia en la justicia y en su independencia de los otros poderes, sin el hecho de la estrecha dependencia entre la justicia y el gran capital y los partidos políticos hegemónicos, sin la memoria de la toma (M-19) y la retoma (Ejército), en fin sin este ensamblaje no se podría entender cómo se produce y circula en Colombia el poder de la justicia.

En ese marco de entidades que rodean la Plaza es que se explica su significado como escenario del poder ciudadano. Allí se dan cita las manifestaciones de derecha e izquierda para mostrar quién domina la calle, quién ocupa sus 14 mil metros cuadrados. También los jóvenes que van a conciertos gratuitos y los ladronzuelos que les roban los celulares, hacen la Plaza y son hechos por ella. La Plaza es también concreto y adoquín, palomas, el bronce fundido de la estatua pedestre de Bolívar. Por todo esto, la Plaza de Bolívar es un escenario privilegiado para las manifestaciones políticas de masas.

El plástico regado en la Plaza asombra, aterra, impugna, duele, no es indiferente. El plástico grita, amenaza, tiene agencia. Reclama unas relaciones justas en su tratamiento, pero también dice que no debe seguir fluyendo del subsuelo porque puede generar más paisajes tóxicos en los botaderos y rellenos sanitarios. Los recicladores populares y las botellas de plástico nos dieron una clase de filosofía y de ética política que obligan a replantearnos profundamente en nuestras intra-acciones con el resto del planeta, en nuestras creencias y en nuestra pasmosa indiferencia. Acompañemos y difundamos su predicamento, sumemos esta acción al gran frente a la gran alianza humano-no humano para aprender a vivir y a morir bien en este planeta dañado, en el que están cruzando y acelerando el espacio-tiempo geológico y el espacio tiempo socio-material.

Ni bichota, ni tropicoqueta

0

Desde hace unos días todo el mundo empezó a hablar de ‘Tropicoqueta’, mis redes sociales se llenaron de videos, noticias… como si se tratara del tema del momento, casi tan importante como los ataques de Israel a sus vecinos, y por supuesto, yo no me podía quedar por fuera de la conversación. Así que me puse a la tarea de escuchar casi que todas las canciones y ver los videos, para poder escribir este texto que nadie pidió, arriesgándome a todo tipo de ataques y ofensas, porque hay deidades con las que una no se debe meter, como Carlos Vives, Shakira, Ricardo Arjona, ni Karol G. Se aceptan memes de Marx, ¡pero nunca una reflexión que critique a las estrellas!

Lo primero que hay que decir es que ‘Tropicoqueta’ es un muy buen producto de consumo. Sin lugar a dudas llega a las audiencias que el estudio de mercado identificó, los videos responden a los objetivos publicitarios, el vestuario y los escenarios claramente fueron cuidadosamente pensados e implementados. Como  no soy erudita en reggaeton, me abstengo de opinar sobre las pistas de las canciones o las rimas extrañas.

Pero eso no implica que pongamos unos pesos innecesarios sobre los hombritos de artistas como Karol G. A la pobre, las feministas le echan encima una carga que no quiere, las decoloniales quieren que en sus letras incluya frases de Walter Mignolo; las que creen en el pensamiento crítico, esperan con ansias que cante que latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos, y lo cierto es que ella está muy muy muy lejos de eso.

La música no es solamente para cantarla, bailarla o perrearla hasta el subsuelo, también es importante reconocerla como fenómeno estético y todavía más como síntoma cultural, en línea con Mark Fisher. No hay que olvidar que el capitalismo lo permea todo, es peor que un vinipel, porque no solamente envuelve, sino que además, impregna, clona y en algunos casos, parece que el vinipel no está, pero sí.

Por ejemplo, el capitalismo clonó el feminismo para crear el feminismo de likes, uno que responde a la fórmula consumismo + feminismo = empoderamiento. Se valió del individualismo para vaciar las reivindicaciones básicas y convertirlas en ejercicios puramente identitarios y netamente aspiracionales desde un punto de vista neoliberal. 

El feminismo de likes solo busca reproducciones, interacciones y alcance, así que toma los mensajes del patriarcado y del capitalismo, los ajusta ligeramente, pone algunas cosas en femenino sin problematizar mayor cosa, y listo, tenemos a una mujer empoderada que habla de deseo y mientras lo hace se cosifica. 

El producto lo capitalizan influencers y medios, así que con un poquito de emoción diciendo que ahora habla la mujer deseante, vuelven al producto más feminista y novedoso, y de paso, para este caso, borran la historia, por ejemplo, a Rafaella Carrá que le cantó a la calentura, a las ganas y al orgasmo. Entonces, como yo soy una mujer latinoamericana que desea y este feminismo de likes se vuelve hegemónico, la canción me interpela y justifico la cosificación porque ahora está en boca de una mujer.

Cuando veo películas gringas y hablan de latinoamérica casi siempre usan los mismos ingredientes: un hombre de cabello largo, con pelo en pecho, un collar de oro con una cruz, tocando una guitarra española; mujeres voluptuosas con poca ropa o prendas muy ceñidas; bailes sensuales, y es opcional, la aparición de gallinas y animales de campo.Cuando se trata de Colombia, también se suma una estética traqueta y se hace alusión a la cocaína de formas bien creativas y en muchos casos, apelan a la nostalgia pre-revolucionaria de Cuba, para señalar que todo tiempo pasado fue mejor, así sea entre miseria y ausencia de soberanía.

En el norte global nunca se preocupan por comprender la heterogeneidad de latinoamérica, sino que se limitan a reproducir estereotipos fijos, casi que inamovibles, y esa visión colonial de una tierra exótica, cálida, de mujeres hermosas y hombres como Antonio Banderas en Desperado, está presente en toda Tropicoqueta, lo que resulta curioso, cuando se trata de un álbum interpretado por una mujer que viene del sur global, sin privilegios, y de la que, inocentemente se espera que problematice todo eso, pero insisto, la reivindicación del ser latinoamericana solamente se traduce en clichés, y pistas de bachata y Pérez Prado, pero nada más.

Todas nos hemos cruzado con hombres peyes. Cuando nos han salido con cagadas, las amigas han estado ahí para acompañar, aconsejar, ponerle apodos y hablar pestes del sujeto. Esto no nos hace más o menos feministas, y que Karol G cante sobre eso desde el sentido común  políticamente correcto de época, no la convierte en una vocera de los feminismos, ni de la problematización del amor romántico. El abordaje básico sobre el tema expresa un sentimiento personal, posiblemente, pero también el aprovechamiento publicitario de un sentimiento colectivo, en el que se exprimen los valores y la emocionalidad del público al que está dirigido. 

Esto es lo natural en el capitalismo, y si bien es algo normal, debería ser una invitación a que pensemos dos veces sobre quiénes y por qué son nuestros referentes políticos y culturales en estos temas. Si les gusta musicalmente Karol G, vaya y venga, ¿pero por qué canalizar en ese gusto un movimiento disruptivo y transformador?. El feminismo liberal, acomodado al sistema, se termina refrescando con una bocanada de aire consumista para traducirse en feminismo de likes en el que el feminismo termina por ser una caricatura bien acomodada a los límites del capital. 

Así como Karol G debió dejar quietos los hombritos de Felipe, es mejor que le dejemos sus hombritos sin cargas políticas y no le pidamos nada que no quiera dar. Aterrizar expectativas no es fácil, pero es mejor saber que en ella solo hay un producto de consumo que busca seguir abriéndose camino en la industria musical del norte global a partir de los estereotipos y homogeneizaciones del sur global, sin importar nada más.

El silencio de los que nunca escucharon

0

En tiempos de crisis política, los sectores dominantes no solo reorganizan su poder económico o militar: también reconfiguran la memoria colectiva para blindar su hegemonía. En Colombia, la apropiación simbólica de la figura de Jorge Eliécer Gaitán y su histórica “marcha del silencio” por parte de sectores de derecha es una estrategia deliberada: utilizar el lenguaje de las víctimas, los derechos humanos y la reconciliación para presentarse como perseguidos, cuando históricamente han sido gestores y beneficiarios del sistema de exclusión y violencia.

Esta manipulación no es solo revisionismo histórico; es una herramienta de control simbólico. Como señala el materialismo histórico, la historia es un campo de disputa entre clases sociales, donde quien domina el relato prepara el terreno para reproducir su poder. Hoy asistimos a una batalla por el significado del pasado. Y ese pasado, en Colombia, no se recuerda: se reutiliza. Se moldea, se instrumentaliza, se vacía de contenido para convertirlo en pancarta electoral.

La reciente marcha del silencio promovida por la derecha no fue una manifestación de duelo ni un gesto de reconciliación. Fue una operación simbólica para legitimar una narrativa de victimización falsa y consolidar una imagen de “resistencia” frente a un gobierno que no responde directamente a sus intereses. No marcharon por la paz, ni por las víctimas, ni por la justicia: marcharon para señalar enemigos, lavarse las manos y reposicionarse como los únicos “capaces” de gobernar.

La marcha del silencio original tiene una historia profunda. Surgió en un país desgarrado por la violencia bipartidista, las masacres contra trabajadores y un Estado represivo. Fue un acto político desde abajo, un grito silenciado por el miedo, pero lleno de dignidad. No fue neutra ni decorativa: fue popular, profundamente política y esperanzadora.

Lo que se vio esta vez fue una puesta en escena. Un intento de apropiarse de gestos colectivos con historia para vaciarlos de contenido. Marcharon por el control simbólico, no por las víctimas. Por sus privilegios, no por la justicia. Este fenómeno ha sido analizado por múltiples estudios sobre memoria colectiva: cuando las élites sienten que pierden el control del relato, se disfrazan de víctimas. Y si el pueblo deja de creerles, intentan hablar en su nombre.

El mensaje implícito de esta marcha es claro: personalizar el conflicto, culpar al gobierno actual, ocultar los problemas estructurales. Es una forma de proteger privilegios sin asumir responsabilidad alguna. Lo que les incomoda no es la violencia; es no poder dominar el relato de la nación como antes.

El pasado es su disfraz favorito. Cambian nombres, colores y consignas, pero el objetivo es el mismo: simular que siempre estuvieron del lado correcto de la historia. El peligro radica en que esa simulación sea efectiva. Porque cuando el dolor se convierte en espectáculo, el siguiente paso es el autoritarismo disfrazado de sentido común.

El problema no es que marchen. El problema es que se apropian de símbolos cargados de historia y los convierten en armas simbólicas para recuperar el poder sin examinar su papel en el sufrimiento colectivo. Esta vez, el silencio no fue por la vida: fue amenaza. Fue estrategia para volver a imponer su orden sin responder por el daño causado.

Hoy Colombia vive un momento distinto. Las instituciones ya no están completamente controladas por los de siempre. Y eso incomoda. Por eso marchan “en silencio”: porque no toleran que existan otras voces, otros proyectos, otras memorias. Están acostumbrados a mandar, no a escuchar. A dar órdenes, no a dialogar.

Pero la historia no les pertenece. Si algo nos enseña la memoria, es que debe ser usada como herramienta crítica, no como mercancía política. No podemos permitir que los gestos de lucha se conviertan en marketing de odio, ni que la palabra “paz” se utilice para justificar silencios cómplices.

Recordar no es solo un deber ético: es una forma de resistencia. Porque incluso después del silencio, la verdad siempre regresa.

Referencias

Butler, J. (2004). Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Paidós

Centro Nacional de Memoria Histórica – CNMH. (2013). ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad. Bogotá: CNMH

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores

Marx, K., & Engels, F. (1975). La ideología alemana. Editorial Grijalbo

Molano, A. (2007). Los años del tropel: Crónicas de la violencia. El Áncora Editores

Añadir maricas y batir: “pride” y capitalismo arcoíris

0

En junio de cada año empiezo a ver arcoíris por todos lados y no es porque me haya drogado. Hace años era impensable que grandes marcas del capitalismo global como Nike, Adidas, McDonald’s, Zara, entre otras, pusieran los colores de la bandera LGBTIQ+ en sus logos, pero de un tiempo para acá lo impensable es lo contrario: que llegue este mes y sus símbolos sigan intactos. ¿Qué nos dice esto?

Desde una mirada ingenua podríamos estar celebrando que los movimientos de las disidencias sexuales y de género hayan logrado tal reconocimiento, que hasta las empresas más famosas del mundo quieren celebrar la diversidad. Recordemos que McDonald’s hace unos años ha venido lanzando sus “papas del orgullo gay”, que vienen en una cajita arcoíris y frente a lo cual en 2017 InfoCatólica, mi medio de comunicación de cabecera, planteó lo siguiente: “McDonald’s es reconocido como un líder corporativo en promover la ideología LGTBI, como informa OneNewsNow, «El arco dorado es un importante promotor sobre la promoción del comportamiento homosexual en toda la nación»”. Y es que la decisión de por dónde comerse las papitas es de cada quien, pero acá en gustos no nos vamos a meter.

Detengámonos entonces a pesar: ¿qué tanto contribuye que una marca de tenis ponga un arcoíris en su logo? ¿Qué se venda una hamburguesa con pan de colores? ¿Qué regalen bebidas energizantes en las marchas? Claramente sirve para posicionar el consumo de sus productos y ampliar su número de clientes, porque les maricas aquí son vistos como números, como target, como más ganancias, y de fondo no hay un trabajo real y profundo para transformar un mundo que odia a las diversidades y disidencias sexuales y de género, porque créanme, fobia no es, no es un miedo irracional, es odio, un odio que mata todos los días.

Hasta el 17 de junio de 2025, según el Observatorio de Derechos Humanos de Caribe Afirmativo, 45 personas LGBTIQ+ han sido asesinadas por su orientación sexual o identidad de género. La última fue Emi Brito, una compañera lesbiana que mientras transitaba por una vía comercial fue asesinada a tiros por dos hombres en Riohacha. ¿Cuáles son los esfuerzos que los distintos escenarios empresariales hacen para que esto no suceda? ¿cuántas empresas hoy ofrecen empleos, salarios y condiciones dignas para las personas que rompen la norma del amor, el deseo y el cuerpo patriarcal y heteronormativo?

El medio La República el año pasado publicó un informe en el que muestra cifras del poder adquisitivo de los sectores LGBTIQ+, que ahí nombran como “comunidad”. Afirman que “si esta comunidad fuera un país tendría un PIB de aproximadamente US$5 billones”, y le sitúan desde esa afirmación en el cuarto lugar frente a su poder económico, superado solamente por Estados Unidos, China y Japón. Vale la pena preguntarnos, ¿para qué informar esto? ¿qué implicaciones tiene? ¿qué incidencia tiene en la realidad actual de estos sectores? Pareciera que mientras consumimos somos adorables, y cuando no, merecemos la muerte, porque así opera este capitalismo necropolítico que nos ofrece ataúdes arcoíris mientras nos hace morir.

Evelin Fox Keller en 1969 mencionó una frase que la hizo célebre como filósofa de la ciencia: “Añadir mujeres y batir”, con lo cual hacía referencia al “logro” del feminismo de igualdad que pedía poder para las mujeres, pero no transformaba nada de fondo.  Se lucha por llegar a los lugares, ocupamos cargos de poder y actuamos como cualquier otra masculinidad hegemónica. Podríamos hacer uso de esta frase en tiempos de capitalismo arcoíris: “Añadir maricas y batir”, para consolidar la macabra y venenosa receta de esta época neoliberal donde el resultado final son los sujetos que son útiles siempre y cuando produzcan, se autoexploten hasta el límite y consuman hasta sus últimos días.

No voy a entrar a discutir acá si podemos hablar de orgullo o no. Muchas personas y colectivas han venido escribiendo y ubicando sus posicionamientos al respecto. Sobre lo que sí quiero llamar la atención en este escrito es sobre la necesidad de la formación política crítica en los movimientos de diversidades y disidencias, que en ocasiones resultan seducidos por los patrocinios de bares y discotecas y de empresas que les usan como impulsadores de sus marcas mientras poco o nada se interesan por hacer aportes de fondo a nuestras realidades.

Con orgullo, con rabia, con furia, con ternura radical, como le de la gana, salga, tómese las calles, o quédese en casa descansando como acto de resistencia, o escriba, o dibuje, o vuelva incómodas las cenas familiares… como sea, no dejemos de hablar de lo que nos pasa, que nos están matando, que no podemos amar con libertad, que aún hay despojo y expulsión de los territorios por ser maricas, que las familias siguen afirmando que prefieren hijes muertxs antes que maricas, que somos libres para consumir pero no para vivir.

Sigamos bailando, porque sin danza no hay revolución, pero sigamos también quemando los barrotes que siguen enjaulando nuestros corazones de unicornio.

Referencias

Caribe Afirmativo. (2025).  Asesinato de Emy Brito genera consternación en Riohacha. Recuperado de: https://caribeafirmativo.lgbt/asesinato-de-emy-brito-genera-consternacion-en-riohacha/

InfoCatólica. (2017). McDonald’s presenta sus papas fritas del «orgullo gay». Recuperado de: https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=29684

La República. (2024). Así es el poder adquisitivo creciente que tiene la comunidad Lgbtiq+. Recuperado de: https://www.larepublica.co/especiales/un-mercado-interesante/el-poder-adquisitivo-de-la-comunidad-lgbtiq-3646012

Tramas, atentados y terror

0

Artículo escrito por Julio César Pérez García y Santiago Pérez García.

¿Qué tal si hablamos desde la ficción? ¿Y si creamos una trama novelesca en la cual procuremos llegar a presuntas verdades? Es impresentable lo acaecido al precandidato Uribe Turbay. El ejercicio de la violencia, por más que sea ejecutado hacia aquellos actores que la legitiman o enaltecen, jamás será el camino acertado en la construcción de tejido social. Únicamente favorecerá a personajes que ven lucrativo el mercado de la muerte. La tanatocracia como arquitectura político-cultural, simplemente da vía libre al miedo y la inestabilidad. Colombia no puede salir nuevamente a las urnas a votar con y por miedo. La utilidad de las desgracias, expresión que justamente da título a una obra de Fernando Aramburu, es la consigna que más de un buitre confecciona para atenazar su carroña. A diferencia de lo que plantea el escritor español, a saber: “las convicciones dogmáticas consumadas en la historia lo adiestran a uno poco a poco en el noble y entrañable ejercicio de la empatía, que es el camino que suele tomar la juventud cambiadora del mundo para dar, tras muchas cuestas y recodos, en ciudadano sereno, tolerante, compasivo” (Aramburu 347), es justo lo que carroñeros nacionales, encarnados por la ultraderecha, ven en la situación: un festín de oportunidades electoreras.

Llegar a la ficción, puede convertirse en un buen recurso para lanzar libremente nuestras presunciones como hipótesis. Podemos desenvueltamente plantear diversos escenarios. En el primero de ellos, podríamos visualizar el hastío del crimen organizado y narcotráfico hacia el gobierno de turno. Cantidades de operativos, diezmando su lucrativo negocio, atentando contra su propia estética y denunciando firmemente el contubernio con fuerzas armadas y políticas, no deja de ser una conjetura propicia. Podríamos ubicar a aquella presunta ala corrupta de las fuerzas armadas, como orquestadora del atentado, recordando históricos hechos previos a la subida de Álvaro Uribe. Carros bomba y una asonada de violencia que solo una propuesta como la seguridad democrática lograría resolver. Resultado del asunto, dos períodos presidenciales del susodicho, además de investigaciones a militares por vínculos directos con los violentos hechos. Aquel matrimonio macabro de ejército y grupos delictivos, jamás será un secreto para ningún estado. Así como tampoco aquel vínculo impresentable de grupos de ultraderecha con la criminalidad, bien sea para llenar sus bolsillos y preservar el poder o simplemente para imponer sus convicciones a sangre y plomo.

En un segundo escenario, nuestras presunciones podrían llegar a ser aún más atrevidas. Focalicemos a aquel siniestro individuo, catalogado como “el gran colombiano”. Ubiquémoslo con el agua hasta el cuello en el juicio que sigue en su contra. Cada vez más imposibilitado de dilatar el proceso con sus testigos rebuscados, periodistas imparables que denuncian la manipulación ejercida por sus abogados defensores y las álgidas confrontaciones internas con estos últimos, arrojándolo contra las cuerdas. Mostrando aquel rostro de abuelo tierno y vulnerable, contrario al aguerrido mandatario de otrora, que exigía resultados para engordar las cifras de su proyecto gubernamental. ¿Cómo desviar la atención? ¿Cómo hacer que aquel miedo primigenio vuelva al colombiano para que mi proyecto político prevalezca y me salve de la humillación y la condena? Pues bien, al igual que en Ecuador, la presunta trama del magnicidio, no estaría nada mal. Nuestra ficción cobra cada vez más tintes conspiranoicos. Al igual que un bodrio de Tom Clancy. Pero, es innegable la asociación del desastre ocurrido, con el elemento simbólico de la violencia y el pseudopaladín enfrascado en un juicio injusto, cuando él simplemente ha sido un patriota y un salvador para el país.

Si, sería perfecto, para un país que ha hecho del caudillismo una religión política, la idea de una víctima propiciatoria que nos permitiera retomar el proyecto de país que teníamos antes de que el inepto Duque hiciera que se visibilizaran las cosas permitiendo un estallido social y con un candidato progresista, que a la postre ganó, pues les vendía esperanzas de reformas sociales. Pero caramba, no hubo víctima ¿Y ahora? Pues sigamos la trama del mito.  Qué tal si, dada su pronta recuperación, pues las balas de caucho no hicieron mayor daño, vendemos la idea de que Uribe Turbay, como un hombre ejemplar que se levantó de entre los muertos, viene a ser su salvador para sacarlos del miedo y llevarlos por el camino recto de la Seguridad Democrática. Es perfecto: Miguel Uribe Turbay presidente. Este podría ser el camino más seguro para retomar el poder sobre las instituciones y garantizar que el tejido social vuelva a su cauce normal y el orden se vuelva a respirar en nuestra patria. Si, hasta podría formarse una nueva religión conformada por un Yo, el eterno, el Uribe Padre; Uribe Turbay, el hijo y la seguridad democrática, el espíritu santo. Nada mal para encausar nuevamente a nuestro rebaño de borregos. Amen.

En un tercer escenario, podríamos concebir una presunta manguala partidista con congreso y su desesperado presidente a la carga. Sí, un posible golpe de Estado, donde Efraín Cepeda reúna lo más selecto del congreso en un círculo privado con la cúpula militar. ¿No sería perfecto? Persuadir hasta el punto de la sedición. Convocar a los militares al derrocamiento presidencial, bajo argumentos emocionales, enardecidos por la indignación ciudadana. Contando con que la población, aún guarde respeto por el “gran colombiano”, su partido político y su legado de amor patriarcal por el pueblo, claro está. Porque recordando a Herbert Marcuse en Eros y Civilización: “El patriarca, padre y tirano en uno, une el sexo y el orden, el placer y la realidad; evoca el amor y el odio; garantiza las bases (…) de las que depende la historia de la humanidad” (Marcuse 72).

En esta ficción, podemos ver tres escenarios de cómo un puñado de héroes quieren adiestrar nuevamente un país. Dejar aquella senda monstruosa que nos trajo el progresismo, sus jugadas dictatoriales y la violencia extrema a la que nos ha expuesto. No importa que tengamos que mimetizarnos para hacerle creer que nos unimos a su causa, ya que luego revelaremos nuestros rectos principios. Al igual que lo imaginaron heroínas como Miranda y Juvinao, quienes disfrazadas de populacho e indígenas hicieron creer a los zurdos de mierda que lucharían por ellos. ¡Qué trucazo! De este modo, no importan las víctimas, siempre y cuando no seamos nosotros. – Un saludo fraterno, querido lector. Ciertamente, lo largo y ancho de este texto, que con mucho embeleso escribimos para su disfrute, encajaría en un whatsapp de tía, pero como dice el dicho popular amigos: “Piensa mal y adivinarás”.

Referencias

Aramburu, Fernando (2021). Utilidad de las Desgracias. Editorial Tusquets, Barcelona

Marcuse, Herbert (1983). Eros y Civilización. Editorial Seix Barral, Madrid

La patria ya no obedece: crónica del miedo burgués

0

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.”
— Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel

Cuando has tenido el poder durante más de dos siglos, cualquier intento de redistribuirlo parece una afrenta personal. Cuando el Estado ha sido el comité de administración de tus negocios —como lo llamaría Marx— que llegue un gobierno que hable de cambio (aunque sea a medias) ya se siente como una expropiación simbólica. El problema no es que Petro haya cambiado el régimen. El problema es que, por primera vez en mucho tiempo, la patria ya no obedece.

Por eso, la derecha —y su cohorte mediática— entró en pánico moral. Y no tardaron en dictar su veredicto: estamos en una dictadura. ¿La prueba? Una consulta popular. Es decir: preguntarle al pueblo. Tremenda herejía. Porque cuando el pueblo vota lo que el poder no quiere, entonces el voto se vuelve “ilegal”, “populista” o “autoritarismo disfrazado”.

Claro que hay contradicciones. Petro no ha gobernado contra la derecha; ha gobernado con la derecha. La ha invitado al gabinete, ha pactado en el Congreso, ha frenado reformas para no asustar al capital. Pero nada de eso importa. Porque el problema no es la política, es el símbolo. Lo que les arde no es el contenido del gobierno, sino su forma: que un exguerrillero, un sobreviviente de su guerra, se haya sentado en su silla.

Y entonces, los de siempre —en nombre de la libertad, el mercado y la patria— incendian micrófonos, difunden teorías conspirativas, disparan titulares como proyectiles. Y lo hacen con una habilidad digna de manual gramsciano, pero invertido: construyen hegemonía disfrazando privilegios de derechos y caprichos de justicia.

Mientras tanto, los sectores “neutrales”, confundidos por tanto ruido, repiten el guion sin cuestionarlo. Que estamos peor, que no hay institucionalidad, que esto es Venezuela en cámara lenta. Lo que no dicen es que la ruina no empezó en 2022, que la corrupción no fue invento de este gobierno, y que la represión, la desigualdad y la mentira son patrimonio histórico de quienes hoy posan de víctimas.

Porque cuando se habla de odio, hay que señalar de dónde viene. Y no es de quienes organizan asambleas, sino de quienes arman editoriales. No es de las madres que marchan por la vida de sus hijos, sino de quienes legislan para proteger a los matadores. La palabra odio ha sido secuestrada para describir la dignidad.

Lo que ocurre es que la patria está aprendiendo a decir “no”. A negarse a obedecer sin pensar. A distinguir entre autoridad legítima y dominación impuesta. Esa pequeña subversión del orden es lo que genera terror en las élites: el desorden del pensamiento propio, la grieta en la cadena de mando, la rebelión de la dignidad.

Desde los salones más lustrosos se ha activado el dispositivo habitual: el discurso de odio. Esa retórica que disfraza el clasismo de preocupación cívica, el racismo de análisis sociopolítico, y el machismo de defensa de las instituciones. De nuevo, el miedo al otro —al diferente, al que no pide permiso— se convierte en estrategia. Lo llaman castrochavismo, narcocomunismo, o socialismo exótico. Lo que nunca dicen es que es simplemente justicia pospuesta.

Petro no ha tocado las estructuras profundas del régimen. Pero con solo nombrarlas, desató la furia de una clase acostumbrada a gobernar sin ser cuestionada. Como dijo Lenin, los burgueses llaman dictadura a cualquier gobierno que no esté dirigido por ellos. Y como advertía Hinkelammert, el poder teme más al amor organizado por los pobres que a las armas de sus iguales.

Es entendible, entonces, el berrinche. Porque sí, yo también me enojaría si se me acabara el negocio de administrar el país como empresa familiar. Si la gente, por fin, empezara a preguntar. A organizarse. A desconfiar de la prensa que le habla como patrón con micrófono. Porque eso duele más que perder una elección: perder el monopolio del sentido común.

El miedo burgués no teme al desorden, sino al fin de su orden. No teme al autoritarismo, sino al fin de su exclusividad. No teme a Petro, ni a las reformas, ni a los movimientos sociales. Le teme a que la patria ya no se arrodille.

Y sí, como diría Marx en clave irónica, “la historia se repite: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa”. La tragedia fue el siglo XX, lleno de silencios, masacres y pactos de élite. La farsa es el escándalo actual de quienes, tras gobernar sin vergüenza, ahora se declaran oprimidos porque no son los únicos que hablan.

Hoy no estamos en una dictadura.
Estamos en algo peor para ellos:
un pueblo que ya no les cree.

Referencias

Hinkelammert, F. J. (1990). El sujeto y la ley: El retorno del sujeto reprimido. DEI.

Marx, K., & Engels, F. (2004). El manifiesto comunista (C. Marx & F. Engels, Autores). Ediciones Akal. (Obra original publicada en 1848)

Lenin, V. I. (1977). El Estado y la revolución. Ediciones en Lenguas Extranjeras. (Obra original publicada en 1917)

Gramsci, A. (1999). Cuadernos de la cárcel (Vols. 1–3). Ediciones Era

Marx, K. (2007). El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Ediciones Akal. (Obra original publicada en 1852)

Consulta popular por decreto: yo le pido al Gobierno que NO se abstenga

0

«Consulta popular por decreto: 24 organizaciones le pedimos al Gobierno que se abstenga», así se titula el comunicado que, a continuación, procederé a responder.

¿Quién soy yo para responder un comunicado de 24 ONGs reconocidas, con trayectoria y biempensantes? Pues una igualada, pero qué le hacemos…

He tenido buenos trabajos, malos trabajos, trabajos de mierda, he cumplido horario, también me lo he saltado, he padecido el desempleo; sé qué significa ser contratista y tener hasta tres trabajos para ahorrar en el periodo de “estoy sin contrato”. Pienso que eso me da algo de legitimidad para responder el comunicado.

Desde hace unos años vengo reflexionando sobre el trabajo, me cualifico para poder decir que estoy cansada de trabajar, que me siento quemada, que no me imagino tener que hacerlo por 20 años más para cumplir la edad de pensión. La Reforma no soluciona las cosas de fondo, pero significa un reconocimiento a la clase trabajadora, a la importancia del descanso, a parar.

El comunicado habla de la Constitución, del Estado Social de Derecho, de la legalidad, la participación, de la justicia y, en términos generales, insiste y reitera que si el Presidente decreta la consulta popular, se va a volver un tirano, sin importar que lo haga con buenas intenciones, luego, en un apartado cortico le hace un tímido llamado de atención al Congreso para que no haga trampa y ni siquiera insinúa el rol tendencioso de las altas cortes.

Tengo sentimientos encontrados, me pregunto qué se debe sentir vivir en ese mundo tan desconectado de la realidad, un mundo ideal como el que cantaban Jazmin y Aladino, así, igual de planito y soso que la canción. El comunicado me hizo reflexionar sobre si me gustaría estar así de ida de la realidad o si prefiero esta vida de proletaria que me enseñó a estar alerta y en la juega. La respuesta es obvia.

Parece que los autores del comunicado replican, sin mayor elaboración, eso de que Colombia es la democracia más antigua del continente, porque desconocen, por ejemplo, que, aunque el gobierno ha impulsado en el legislativo siete grandes proyectos, solamente uno, la reforma pensional, fue aprobada. Las demás han sido hundidas, no como resultado de un debate de ideas, sino por causa de intereses económicos y políticos y con uno que otro argumento mediocre o en algunos casos, con una exposición decentemente preparada por un lobbysta, porque así es como funciona el Congreso. El rol del poder judicial, en muchos casos se asemeja más a una leyenda urbana, y con él, la separación de poderes: decreto que sale, decreto que tumban. Nunca antes las Cortes habían sido tan eficientes.

Por supuesto, las ONGs firmantes son expertas en derecho, hacen litigios internacionales, son unas duras en incidencia jurídica, pero se quedan cortas a la hora de hacer una lectura de coyuntura, pues parece hecha desde el deseo del deber ser y no desde un principio de realidad. El comunicado invoca y defiende lo más procedimental de la democracia liberal, en un contexto en el que la clase política y la oligarquía se la pasan por la faja. Claro que no se trata de hacer lo mismo, sino que la historia pone de manifiesto que a esa democracia toca refrescarla con una dosis de soberanía popular.

En un mundo ideal prima el bien común; no hay conflicto porque es superado por el consenso; la vida y la Ley V son sagradas; las leyes son el resultado de debates marcados por la racionalidad; las cortes están en función de proteger a la ciudadanía con los derechos existentes, con mejores derechos y nuevos derechos. Pero este no es el palacio gobernado por Jazmín y Aladino.

La Consulta Popular por decreto enriquece la democracia, porque genera tensiones, porque se dinamiza el tablero político, la participación se vuelve un hecho real, más allá de las elecciones y la movilización social. La democracia deja de ser solo procedimiento y se traduce en movimiento, un movimiento en el que nos preguntemos si queremos seguir jodid_s o queremos probar una gotica de dignidad. Eso es lo que necesita el país en este momento, no un pacto entre caballeros, un pacto de élites que es como ha funcionado históricamente el país, en el que se acuerde si nos van a seguir explotando igual o peor, porque ya conocemos los resultados de este tipo de acuerdos. 

Como soy una igualada, invito a las 24 ONGs que firmaron el comunicado, a que no le tengan miedo a la democracia viva. No pidan mesura, eso es lo que siempre nos pide la oligarquía y la casta política. Que el pueblo calladito y quietico se ve más bonito. Mesura, sí, mientras nos despojan de todo, no caigan en ese juego. La democracia debe ser radicalizada y profundizada. Los códigos de la democracia liberal hecha a la talla de la clase política tramposa deben ser cuestionados. La democracia también debe ser protagonizada por el campesinado, los rusos, por quienes venimos desde abajo y estamos cansadas de vivir para trabajar.

Posdata 1: aprovecho para invitarles a qué revisen las condiciones laborales de sus contratistas y las convocatorias laborales que hacen, a lo bien.

Posdata 2: patear la lonchera es mi pasión.

Posdata 3: ojalá cuando me toque pasar la HV, los sueldos sean un poquito mejores y no estén tan explotadores.

Caso Miguel Uribe y la tercerizacion del crimen

0

Difícil será establecer con precisión cual de las 3 hipótesis sobre el atentado contra Miguel Uribe es altamente verificable (por problemas personales, por su ser político o búsqueda de hacer daño al gobierno Petro).

Difícil porque hoy el crimen funciona en la lógica neoliberal de la tercerización y la subcontratación. Redes de mafia que se alquilan a cualquier postor, que a su vez reclutan infancias y adolescencias desrealizadas, productos descartables del capitalismo salvaje, muchachitos en vidas abismales, muchachitos sin posibilidad de tener criterio moral.

Estos sicarios tercerizados no actúan por objetivos políticos, sino por contratos a tarea. Sobre estas vidas precarias y prescindibles los operadores políticos están a salvaguarda, no hay trazabilidad entre el sicario y el operador político. Así se mata al que no paga la deuda, al amante infiel, al líder social, al político. Todo opera en la tercerización que encuentra vidas baratas sicarializables.

Claro, ya hay cosecha de esta nueva acción sicarial tercerizada, cosecha que suma en contra del gobierno del cambio, crimen oportuno, lo haya realizado o no la extrema derecha fascista, cae como anillo al dedo. Estaba la derecha sin iniciativa política y ahora tienen bandera moral y «legítima» sed de venganza.

El país entra al periodo de la ofensiva derechista que quiere amordazar al gobierno y a quienes critiquen los exabruptos ultras. Nadie podrá criticar a los fascistas, ellos y ellas se abrogan la estatura moral que nunca han tenido.

Aprender a vivir en aguas turbulentas y peligrosas, aprender a resistir, tejer vínculos, afectos, código moral, aprender a no caer en el juego de la trivializacion binaria de buenos y malos, revolucion cultural y ética de lo común.

Ciudades, escuelas e infancias con sentidos esenciales y dignificantes, encuentro con el que piensa distinto, derecho para el que piensa y se expresa distinto.
No es tarea sencilla, es más fácil el odio y el miedo que es a donde nos quieren llevar. Aprender a no sucumbir.

Carta desde Gaza

0

Ghassan Kanafani fue un profe, novelista, periodista, rebelde y fundador del Frente Popular para la Liberación de Palestina.

En 1972, con 36 años, fue asesinado por el Mossad en Beirut en un atentado con un carro bomba, sin embargo, a pesar de la persecución israelí, su pensamiento y obra siguen vivas.

Palestina en nuestros corazones.
¡Viva Palestina libre desde el río hasta el mar!

Carta desde Gaza

Mi querido Mustafá.

Acabo de recibir la carta donde dices que arreglaste todo para mí en Sacramento.

También recibí un aviso de la Universidad de California, informando sobre mi admisión en Arquitectura. Necesito agradecerte por todo lo que hiciste, pero tengo que decir, que cambié de idea.

Quiero que sepas, mi querido Mustafá, que mi decisión había sido tomada cuando aún no podía ver las cosas muy claramente. Por eso, mi amigo, no te voy a hacer compañía en el “país del verde y de los bellos rostros”,que describiste. Me voy a quedar por aquí. No voy a salir más.

Lamento mucho esa decisión cuando pienso que no vamos a poder continuar más juntos. Casi puedo oírte diciendo que debemos caminar lado a lado (y aquel nuestro juramento: “nos vamos a hacer ricos”). Pero ahora no tengo elección. Estás en lo cierto, me acuerdo bien de aquel día en que te acompañe hasta el aeropuerto de El Cairo. Apretamos las manos mientras comenzaban a girar las hélices del avión. Las imágenes, allí, se confundían en un torbellino ruidoso, acompañando el movimiento de las hélices. Hasta hoy te veo parado delante de mí, con el rostro serio y silencioso. El mismo rostro que tenías en nuestro barrio de Al Shagiah, en Gaza. Con algunas arrugas demás, es verdad. Crecimos juntos y hoy no necesitamos de muchas palabras para conversar. Prometimos estar siempre juntos. Sin embargo… “dentro de un cuarto de hora el avión despega. Deja de empujar la vida de esa manera. Mira aquí: el próximo año tú vas a Kuwait. Ahorra algún dinero, el suficiente para dejar Gaza e ir a California. Nosotros comenzamos juntos y necesitamos continuar juntos”.

Yo miraba el movimiento rápido, inquieto de sus labios. Era el mismo modo de hablar, sin puntos ni coma. Pero yo sentía, aunque de una manera media confusa, que tu no estabas contento con ese escape. Fui incapaz de enumerarme tres motivos que la enumerasen. Ya había sufrido mucho y tenía todas las razones para preguntarme: ¿por qué no abandonar Gaza y salir fuera? Pero tú, por el contrario, ya estabas mejorando de vida. El Ministerio de Educación de Kuwait había confirmado el empleo, mientras yo había sido rechazado. Durante aquellos años de miseria, recibí de ti algunas pequeñas cantidades de dinero, que siempre hice llamar préstamos para no humillarme.
Conocías bien mi situación familiar y sabías que el pequeño salario que yo recibía en la escuela primaria no era suficiente para las necesidades de mi madre, ni de la viuda de mi hermano y sus cuatro hijos.

“Escucha bien. Escribe todos los días, todas las horas, todos los minutos. El avión va a despegar… Adiós. Mejor hasta la vista… Hasta la vista”.

Tus labios fríos tocaron mi rostro. Tú comenzaste a andar en dirección del avión. Cuando se dio vuelta, a lo lejos, pude percibir tus ojos llenos de lágrimas.

Poco tiempo después, el Ministerio de Educación de Kuwait me ofreció un empleo. No necesito dar detalles nuevamente de mi vida cotidiana después de eso. Te he escrito sin parar. La vida era monótona y medio vacía; vivía hecho una ostra. Sofocado por una terrible soledad, luchaba todo el tiempo y veía el futuro tan oscuro como el corazón de la noche. Una rutina insoportable, arrastrada, una resistencia sin fin contra la fuerza del deterioro provocado por el pasar del tiempo. Todo a mí alrededor era vicioso, asfixiante. La vida era apenas la espera viscosa del fin de cada mes.

Hacia la mitad del año, los judíos comenzaban a levantarse contra la base de Al Shagiah, y después bombardearon Gaza. Cubrieron nuestra Gaza de bombas y fuego. Eso podría haber quebrado la rutina en que yo vivía, pero a aquella altura nada me motivaba. Estaba casi abandonando para ir a California, vivir un poco para mí después de tantos años de sufrimiento. Odiaba Gaza y a todo el mundo que vivía en ella. Todo lo que existía en esta tierra desolada me recordaba un cuadro pintado, una vez, por un compañero de cuarto en el hospital, todo en tonos grises. Siempre di el dinero suficiente para la sobrevivencia de mi madre, de la viuda de mi hermano y de sus hijos. Me inspiraban gran piedad, pero no podían justificar que me resignase a mi tragedia y continuase a vegetar, hundiéndome más y más. En California podría también librarme de esa responsabilidad. En ese verde país, lejos de los aires de la derrota que me persiguió por siete años… Era preciso huir.

Mustafá, tú comprendes esos sentimientos porque también pasaste por eso. Y, ¿de qué estará hecho ese vínculo misterioso que nos aferra, a pesar de todo, a Gaza y que frena nuestro impulso rumbo a lo desconocido? ¿Por qué no intentamos analizar ese misterio, intentando esclarecerlo? Porque en el fondo de nosotros, ¿no existía la certeza de querer olvidar la derrota y curar las heridas, de querer abrazar una nueva vida, más alegre, sin preocupaciones? ¿Por qué? A esa pregunta nunca osamos responder. Por lo menos, hasta hoy…

En las vacaciones de junio, cuando ya estaba arreglando todo para partir, cuando mi imaginación se zambullía en las primeras y pequeñas cosas que dan a la vida sabor y placer, descubrí en Gaza cosas que nunca había visto antes, como un viejo marisco pegado a su concha que el mar había botado, por ahí, en la arena. Más doblado sobre sí mismo que el alma de quien duerme en plena pesadilla. En las minúsculas calles y pasajes, siempre el aroma hecho de la mezcla de derrota y pobreza, las casas con sus balcones somnolientos. Era Gaza…

Una red de ríos inexplicablemente enlazados que nos unía a nuestras familias, nuestras casas, nuestros recuerdos, como una fuente que atrae hacia ella al viajante perdido. No sé exactamente lo que pasó conmigo. Todo lo que sé es que fui a visitar a mi madre un día, bien temprano. Allí, encontré a la viuda de mi hermano que me pidió, llorando, que atendiese al pedido de su hija Nadia, para verla en la misma noche en el hospital de Gaza. ¿Tú conociste a Nadia, la hija de mi hermano, tan bonita ya con sus trece años de edad?

Al final de la tarde, compré una libra de manzanas y fui al hospital. Yo sabía que mi madre y la viuda de mi hermano me habían escondido alguna cosa con respecto a Nadia, algo que no podía decir frente a mí. Sentí, pero no podía adivinar. Me gustaba Nadia como me gustaban todos los niños de esa generación. Niños que habían bebido la leche de la derrota y que se habían acostumbrado a la vida errante; al punto de que una vida sedentaria, tranquila, les parecía una especie de anomalía social.

¿Qué ocurrió en el hospital? Entré tranquilamente en el cuarto blanco. Un niño enfermo tiene algo de santo. Pero ¿a qué se parece un niño marcado por las crueles y dolorosas heridas? Nadia estaba acostada en la cama, sobre una sábana muy blanca. Sus cabellos despeinados hacían al rostro parecer una joya en una caja de pelos blancos. Había un profundo silencio en los ojos, y noté las lágrimas en el fondo de ellos. Pero tenía la mirada serena, como la de un profeta atormentado. Era aún una niña, pero había crecido mucho en poco tiempo, se podía percibir.

— Nadia…

No sé si fui yo u otra persona quien pronunció su nombre. Ella levantó los ojos hacia mí. Cuando vi aquellos ojos negros sentí derretirme como un pedazo de azúcar metido en una cucharada de té hirviendo. Vi su sonrisa transparente y oí su voz:

— ¡Tío! ¿Viniste de Kuwait?

Su voz parecía quebrarse dentro de la garganta. Necesitó apoyarse sobre las manos para levantar el cuello en mi dirección. Coloqué la mano en su espalda y me senté en la orilla del colchón:

— Traje unos presentes de Kuwait. Muchos presentes, pero voy a esperar hasta que te levantes, que té mejores y vuelvas a casa. Compré un pantalón, aquel pantalón rojo que me pediste, ¿recuerdas?

Fue un error que la tensión que venía creciendo sin parar dentro de mí, acabó por provocar. Nadia tiritó, como si un escalofrío recorriera su cuerpo. Agachó la cabeza, guardando una calma espantosa. Sentí sus lágrimas en las palmas de la mano.

— ¿Qué ocurrió Nadia? ¿No quieres el pantalón rojo?

Ella me miró como si fuese a decir algo, pero continuó en silencio. Después de un momento, oí su voz, que parecía venir de muy lejos:

—Tío…

Retiró la colcha blanca para mostrarme la pierna, amputada a la altura del fémur.

Mustafá, ya nunca más voy a poder olvidar eso. No voy a poder olvidar la tristeza que a partir de entonces marca todos los trazos del rostro de ella. Dejé el hospital al final de la tarde para salir andando por los barrios de la ciudad, con las manos crispadas sobre el paquete de manzanas. Con la luz del sol que caía, las calles me parecieron bañadas en sangre. Gaza me pareció enteramente diferente de la ciudad que tú y yo conocimos. Las piedras amontonadas a la entrada del barrio de Shagiah daban la impresión de transmitir algo que se me escapaba. La Gaza en que pasamos siete años de tristeza y frustración no estaba más allí. En su lugar, había una especie de inicio, de muestra de algo que venía desde el frente.

La calle principal, que tomé para volver a casa parecía el primer techo de una carretera, más larga que aquella que va hasta Safad.

Gaza, y todo lo que había en ella, se estremecía alrededor de la pierna amputada de Nadia, gritaba una petición que era más que una petición, era el deseo delirante de dar de vuelta a Nadia la pierna cortada.

Caminé por las calles que el sol aún bañaba. Supe que Nadia había perdido la pierna al intentar proteger a los hermanos cuando su casa se incendió durante el bombardeo. Ella podría haber huido y escapado ilesa. Pero no fue así. ¿Tú sabes por qué?

No, Mustafá. No voy más a Sacramento. No lamento eso. No voy a poder ir hasta el fin de los sueños que tuvimos juntos desde la infancia.

Es preciso que dejemos crecer este extraño sentimiento, que ciertamente tuve, como una herida, al dejar Gaza. Tenemos que hacer que él supere a todos los otros. Busca dentro de ti mismo hasta encontrarlo. Pero creo que tu no podrás reencontrarlo a no ser que lo hagas aquí, en medio de las ruinas de nuestra tragedia.

No voy a partir más. Tú eres quien debe volver. Volver para aprender, delante de la pierna amputada de Nadia, lo que vale la vida, nuestra vida.

Vuelve, nosotros te esperamos.

Ser de izquierdas es estar contra la explotación

0

Tener que trabajar es paila, vivir para trabajar es uno de los reflejos de la crueldad de este sistema, hacer que el trabajo para otras personas sea más horrible de lo que ya es, es una práctica lamentable.

Pero también parece que negocios son negocios. Que sin importar si se es de izquierda o derecha, la clave es sacarle el jugo a l_s empleados y explotar su fuerza de trabajo a lo que marque, porque el tiempo es oro, pero el del empleador, el otro no importa.

En Colombia las y los trabajadores no estamos bien en ningún sentido. Nos quemamos jóvenes; padecemos explotación, autoexplotación y co-explotación; tener derechos laborales parece algo casi imposible; los días de descanso en realidad son de recuperación y no son suficientes; no basta con cumplir el objetivo del contrato, sino que toca echarse más cargas encima, las que pide el patrón y las que se asuman para demostrar proactividad. El reconocimiento del cuidado se queda en el discurso, porque no se tiene en cuenta la doble carga laboral de las mujeres. 

Obreros y obreras lucharon por los tres ochos, la derecha nos los arrebató y el lugar de quienes nos decimos de izquierda o somos conscientes de la precarización a la que nos someten, está en recuperarlos, en ir por más derechos y mejores derechos, pero como decía mi abuela, eso se consigue diciendo y haciendo.

Algunas personas están saliendo en redes a justificar la precariedad laboral, ya lo han hecho antes porque crecieron con la absurda idea de que al que madruga dios le ayuda, porque el centro de la vida debe ser el sacrificio, o que la sociedad es de tiburones. Y por lo visto esa gente está en todos los espectros políticos. 

Creo que Marx no es un man que se cita solo para quedar bien, que si una persona se dice de izquierda eso se debe reflejar en su cotidianidad, en unos mínimos de respeto, porque en este sistema de mierda, no ser tan paila resulta revolucionario. Pero bueno, soy una señora mamerta y soñadora que cree en unos valores que, al parecer, se pierden con mejores puestos o salarios.

Mejor dicho, soy de izquierdas y estoy en contra de la explotación.

«Me pregunto quién inventó la expresión ganarse la vida como sinónimo de trabajar.
En dónde está ese idiota»: Alejandra Pizarnik.