«No hay democracia sin feminismo”: Julieta Kirkwood

La chilena Julieta Kirkwood nació en 1936 y falleció en 1985, por causa del cáncer, con tan solo 49 años. Es reconocida por ser una de las precursoras del movimiento feminista en Chile durante la década del 80 y en plena dictadura de Pinochet. Estudió sociología y ciencias políticas en la Universidad de Chile, para después ser profesora en la Flacso. 

Luchó por la democracia desde la academia y en las calles, tanto así que su preocupación por la democracia la llevó a cuestionarse el lugar que la mujer ocupaba en esta, así como en las mismas organizaciones de izquierda y en los movimientos sociales.

A continuación, les compartimos dos textos que más que análisis académicos son reflexiones sinceras y emocionantes sobre cómo una cosa llevaba a la otra, los descubrimientos que trae consigo el feminismo y su relación directa con la democracia, con la justicia, con la construcción de un mundo nuevo. Cerramos la introducción con una consigna muy famosa del Movimiento Feminista de Oposición a la dictadura de Augusto Pinochet:

«Democracia en el país, en la casa y en la cama»

Esperamos que se enamoren de Julieta Kirkwood, así como Hekatombe se enamoró de ella.

 

TIEMPO de feminismo

Hasta hace muy poco tiempo en los grandes debates, congresos, plenos o seminarios que realizaba la izquierda chilena -en el país y en el exilio- el tema del feminismo y de la liberación de la mujer eran los grandes ausentes.

A lo más una mención de séptimo párrafo; a lo más un tributo agradecido al apoyo de las nobles compañeras a la lucha social; a lo más, vagas nociones del importante papel pasado a potencial, jugado o por jugar en el cambio social por ciertas organizaciones femeninas con claridad de historia.

Incluso muchas de estas organizaciones a menudo acallaron y pospusieron sus demandas específicas en virtud de la afirmación: No hay feminismo sin democracia, frase que encierra otra manera de reafirmar la secuencia: Lucha contra la dictadura y por la democracia, primero; el problema de la mujer, después.

Que esta lógica tan precisa y justa del después no se da exactamente así en la realidad, es un sentimiento muy vívido para los grupos feministas de aquí y de allá. Sin embargo, este sentimiento de escamoteo puede hoy ser fuertemente atenuado en nuestra práctica política chilena concreta, y con razones tan contundentes como las que nos proporcionan los sucesos del Seminario Chile en los ochenta, organizado por la Convergencia Socialista en el mes de junio de este año.

Allí alrededor de 300 personas de diversos grupos, partidos o movimientos hablaron y opinaron sobre una alternativa democrática y socialista para Chile.

Muchas de esas personas eran mujeres; muchas de ellas feministas; y todas, sumamente activas.

A las discusiones de los temas tradicionales: sindical, juventud, economía, política, relaciones internacionales, se incorporó-inauguró el debate político «mixto» sobre la Liberación de la Mujer. Así. Con todas sus letras.

Hubo un primer momento de asombro, sorpresa y expectación que, luego de algunas risitas nerviosas, chiflidos semi-broma, guiños y codazos cómplices con murmullos masculinos, se transformó a poco andar en una asistencia contundente en la Comisión que habría de discutir sobre mujeres.

Creemos que la curiosidad respondió en parte al cansancio de lo ya discutido, de lo archisabido en temas más convencionales; tal vez la promesa de renovación política contenida en la convocatoria al Seminario; tal vez la promesa de algo aún no definido, no transformado en «línea»… En fin: hubo de hacerse dos grupos para dar cabida a los cercanos a ochenta en número de interesados/as. y entonces… ¡comenzó el debate!

Y se mezcló el sexo con la política; se habló de sociedades mal constituidas, constreñidas.

Ya fuesen tímidas o alegres, a ratos doloridas, siempre contagiosas, las voces feministas hablaron de experiencias personales, de mundos excluyentes, de lo «femenino» y «masculino», de los sesgos pervertidores de la socialización.

Se habló de historia patriarcal.. de la incidencia de sus rasgos en la génesis de lo autoritario, de lo disciplinario; se habló de la negación del afecto para unos, de la negación de la racionalidad para las otras; de la duda, de la gran duda por el Orden; de la íntima sensación de ser persona. Se dijo de las nuevas protestas y de las viejas; de la sociedad castigada, violentada por códigos rigurosos negadores del placer y de la libertad.

Y allí, entre las palabras y los silencios se consiguió esa tan sutil-esquiva ligazón entre lo material-económico, lo social-político y lo individual-dignidad.

Y nos olvidamos de discutir el documento general.

Las voces entre uno y otro grupo se confundían, se juntaban, gatillaban comprensiones de caminos no recorridos.

Para nadie el después fue igual. Un nuevo dato para cambiar la vida en el socialismo quedó allí bien planteado. Ese dato de lo que es lo político en lo cotidiano. En el AQUÍ. en lo que se palpa. En la manera de relacionarnos.

En fin, al fin un poco de luz de lo nuevo, de la frescura de hablar sin códigos; o mejor: transgrediéndolo. La novedad de recuperar experiencias propias de mujeres y de hombre y de ver la apremiante relación del feminismo con la liberación global.

Ensayo de liberarse de los conceptos gastado, de los problemas pre-establecidos como serios, de seriedad en propiedad.

Ensayo de dilatar los significados hasta reventarlos en un parto de sus múltiples contenidos. Develar el porvenir que encierran.

Atravesar las dudas planteando siempre otra más, por el solo requisito de abrir en pleno lo ojo y el entendimiento.

Fue posible, más tarde, oír de algún varón sorprendido de la claridad de lo dicho por mujeres, de sus bien fundamentados juicios, de la seriedad comprometida con la razón y con el afecto, de sus reflexiones.

Algunos, quizá lo menos, pensaron recibir estoicamente quejas, lamentaciones, reclamos a un ya tradicional machismo culto o cotidiano. Y aprestaron sus bien planchadas corazas urdidas de argumentos deslizados en un sí; pero yo en mi casa… 

Pues nada. Se encontraron con que se trataba de cambiar la vida, no de agregarle pequeños parches o cambios de color; no de colgar algunos nombres más de mujeres en las oficinas, en las comisiones políticas, en las estadísticas ocupacionales. Se encontraron con que era algo más que ayudar en la casa. 

Se vieron frente a mujeres que saben -y comprenden por saber- la magnitud de lo que ha sido expoliado a la humanidad cuando se ha aceptado el someter y el ser sometida, relativo a la mitad de la humanidad, por mucho tiempo, por muchos miles de años y con mucha destrucción, muerte, luchas, persecuciones y perversiones en el acto de incubar desigualdades en intimidades familiares.

En la mirada al Después, nos encontramos en un punto en que no cabe duda razonable de que ni la democracia, y menos el socialismo, se construirán -no pueden ser construidos- si mantenemos en reserva y diferido el problema de la mujer.

Nos encontramos con que es necesario y posible reconocer este problema, verlo, asumirlo -aún en medio de la más atroz negación de la democracia- AHORA, para que la liberación de la sociedad humana sea pensable, imaginable… y que eso no es nada difícil: se logra simplemente mirando nuestros propios actos cotidianos. Aquéllos que descansan en ese hacer que nos consideramos, ese hacer de las otras, de las que infatigablemente ordenan y elaboran todo nuestro vivir cotidiano concreto en la ejecución de pequeñas tareas domésticas, no valorizadas, no valorizabies, colgadas en el ámbito de lo privado. que significa lo que está privado de…,  una pura carencia.

Ese fin de semana se descorrió con modales políticos una parte de la cortina doméstica para mostrar las constricciones, injusticias, desigualdades que allí se guardan, se moldean, se constriñen meticulosamente en nombre del amor, de las maternidades, del orden, de la necesidad de hacer primero lo que siempre ha sido así.

Pero lo que ya se vio con ojos socialistas no podrá ser disipado con un nuevo batir de párpados de la necesidad.

El complejo camino socialista es algo más que el camino del Estado. Es el camino por donde se cambia la vida.

Cuando pedimos democracia en el país y en la casa queremos simplemente significar que el socialismo puede empezarse a realizar en la casa.

Tomado de: Tejiendo rebeldías. Escritos feministas de Julieta Kirkwood.

 

Develemos nuestra historia

Cuando hace tres años un pequeño grupo de mujeres nos juntamos para debatir y re-pensar los contenidos de la democracia, comenzamos a preguntarnos qué significa esta palabra para nosotras: ¿De qué justicia, libertad y solidaridad se trataba para las mujeres? Al poco tiempo la pregunta y el grupo creció… nos juntamos con otras mujeres, con otros grupos. Constituimos el Círculo de las Mujeres. 

Para ese entonces teníamos la sensación de haber “descubierto” la opresión por sexos, para agregarla a las otras opresiones… creíamos haber recién nacido… Que teníamos que inventarlo todo… Desde los orígenes… 

Más adelante, nos propusimos buscar en el tiempo si otras mujeres se habían hecho las mismas preguntas. Algo sabíamos de las Sufragistas, a las que se había llamado “hienas con faldas”, seres “antinatura”. Supimos —se nos había enseñado— que en Chile no habría ya más feminismos, porque había “conciencia social”. Experimentamos el miedo a esas “semejanzas”, a no ser “femeninas”… a “dividir” las ideologías progresistas o revolucionarias.

Cuidadosamente ocultamos nuestro recién inaugurado nombre: Feministas.

Seguimos buscando en los libros de historia: NADA. 

A raíz de la publicación de nuestro Boletín, supimos del MEMCH [Movimiento pro Emancipación de las Mujeres en Chile, nacido en Santiago de Chile el 11 de mayo de 1935]. Ellas lo vieron, nos llamaron, nos encontramos, les preguntamos TODO. Supimos que habían escrito libros feministas, editado folletos y periódicos (“La Mujer Nueva”). 

Que habían formado un movimiento; que habían salido a las calles…

Después nos invitaron a sus tertulias. Tomamos té, y hablamos, hablamos… abríamos los ojos y los oídos… corríamos a contarles a los demás.

Habíamos descubierto que nuestra idea no era una idea atemporal —capricho o moda—, que teníamos continuidad en la historia; que teníamos una identidad singular y humana en tanto mujeres. Simultáneamente comenzamos a hablar con grupos de mujeres en otros países… en el mundo.

Nos pusimos más valientes. Afirmamos: ¡Somos feministas!

Ya en este momento se nos había hecho evidente algo sobre la historia: que así como la historia de la conquista de América la hemos tenido que conocer a través de la pluma de los conquistadores y rarísimamente por el testimonio de sus habitantes originarios, así también, toda la historia referida a las mujeres la hemos tenido que conocer por la pluma y por la vara de los varones. Y así… nos han hablado de prostitutas, de brujas, de santas-madres, o de mártires… jamás de mujeres reales, en mundos reales. Comprendimos por qué entre las feministas del mundo, ahora se habla de “historia invisible”, de historia oculta, no escrita. De historia que necesitamos develar, contra-inventar, decirla en palabras, en nuestras propias palabras y significados. También comprendimos que más invisible aún, por más oculta, estaba la historia de la rebeldía de las mujeres, la historia de las luchas que ellas han sostenido en contra de su opresión, y se inicia con ella. Es simultánea. Y creemos también, que jamás la opresión ha sido aceptada en la “esencia”, como exigencia del “ser” femenino… si no… ¿para qué tantos Códigos, castigos, manipulaciones, sanciones y represiones para obligar a la mujer a asumir su “rol natural”?

Tomado de: Revista Latinoamericana de ecofeminismo, espiritualidad y teología. Cons-pirando.

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